"El hogar debe ser el refugio sagrado de la vida."

Jhon Dryden

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Capítulo 11: Calidez V

A veces Lucius olvidaba que el ser humano podía llegar a ser una raza curiosa. Con una capacidad única e inigualable de perseverar para cumplir un objetivo. Era más que evidente que si el ser humano no hubiese sido dotado de tales rasgos, probablemente hubiesen sido más que vulgares animales incapaces de pensar.

Bien, hasta ahí todo correcto.

En teoría, que una persona se presionara un poco más de lo que debía tampoco era malo. De echo, hacerlo y tratar de sobrepasar las limitaciones de uno mismo podía llegar a ser una perfecta evolución de uno mismo. De lo contrario la magia sería algo más… arcaica y habrían dado pasos de bebé hasta estar en la situación actual en la que estaban.

Pero lo de Granger era del género idiota.

No, mejor, era de deficientes mentales.

La bruja no estaba precisamente en condiciones como para trabajar correctamente. No al menos después de lo que había visto. La chica había vomitado del estrés o cuales quisieran que fueran los motivos. Estaba pálida, ojerosa y para colmo llevaba a rastras un aspecto enfermizo que a cualquiera le habría parecido alarmante.

Quizás no tanto; pero la esencia débil y enclenque de la chica de podía avistar a un kilómetro de distancia.

Lucius miró de reojo a la bruja.

Aunque pareciera mentira, cuando la chica dijo que trabajar la ayudaría no era ninguna broma. Por alguna razón que se alejaba de su comprensión el echo de trabajar parecía ser su fuente de alimentación. Como si fuera una amalgama de energía y fuerza para su labor de rellenar informes y aspectos importantes a remarcar del interrogatorio.

Como Granger le había dicho;

"Gracias señor… pero me siento más cómoda si termino mi trabajo".

La cabezonería de esa muchacha era sin precedentes. Severus no escatimaba en adjetivos para aquella bruja. ¡Con razón era la sabelotodo de su generación!

No sabía cuantas horas habían pasado desde que interrogaron a Wirlack. Pero un manto oscuro había envuelto las calles de París. Una preciosa capa estrellada había adornado la infinita bóveda celeste del planeta. Y por ende, la luz natural había desaparecido haciendo que cierto platinado maldijera a todos los Dioses.

Lucius se frotó el puente de su nariz, el cansancio empezaba a hacer mella en sus ojos y la dichosa letra se volvía borrosa y difusa. No quería admitir que era por la edad, que necesitaba ver a un especialista para su vista, pero como buen orgulloso Malfoy que era, antes se quedaba ciego que admitir que su vista le fallaba en gran parte por su edad.

Pero ¡diablos! Tenía que admitir que no podría estar mucho tiempo forzando a sus ojos.

Malfoy dirigió su mirada a la joven bruja que seguía trabajando.

Ambos se encontraban cara a cara. En distintos escritorios pero uno delante del otro.

Lucius podía divisar a le perfección el rostro de bruja. Estaba muy concentrada, tanto que ni siquiera estaba notando que el rubio la observaba.

El ambiente era algo pesado, pero tranquilo y relajado. Quizás, la única tensión amarga que residía en el aire era proporcionada por el propio Lucius.

Malfoy estaba preguntándose por que Granger mantenía esa expresión de dolor en el rostro. Casi incluso parecía que estaba a punto de llorar. Sus ojos estaban humedecidos, pero no sabía de qué. ¿Que era lo que la tenía tan preocupada? ¿que era lo que pasaba por su cabeza para mantener esa expresión de angustia permanente? ¿por qué parecía que estuviera pasando por un calvario atroz?

—¿Se puede saber que diablos la ocurre? —preguntó de manera brusca el platinado.

Hermione alzó la cabeza sobresaltada.

—¿Perdón?

Diablos, cualquier cosa menos ver su fea expresión arrugada por el llanto. Cualquier cosa menos eso.

—Lleva con esa expresión de martirio desde que se ha puesto a trabajar.

Hermione, comprendiendo la naturaleza del enfado de Malfoy logró calmarse un poco. Pero no demasiado.

—Lo siento, simplemente… simplemente… estaba pensando. —trató de excusarse de manera torpe, tratando de ocultar su preocupación.

Lucius enarcó la ceja.

—¿No será en ese animal de Wirlack?

Solo hubo un silencio largo e interminable.

—¿Enserio está así por alguien como él?

La bruja torció sus dedos con nerviosismo. No sabía como decirlo, como expresar lo que la rondaba por la cabeza sin sonar como un idiota.

—No es exactamente como piensa señor.

—Sorpréndame

Hermione lo miró con rapidez para desviar de inmediato su mirada. El tono sarcástico del mago no ayudaba mucho a que la bruja se tranquilizara.

—Son sus palabras señor… su, declaración.

—¿Eso?

—No, no. Cómo decirlo —Hermione miró hacia las luces que iluminaban el techo blanco del salón —temo por lo que pensarán en el juicio de Wirlack. —Lucius se quedó en silencio, indicándola que ella podía continuar. —algo como el abuso sexual es horrible. Más aún si son tu propia familia la que te destruye. —los ojos de Hermione se barnizaron con otra capa más de dolor —sé que cuando le hagan salir al estrado, cuando esto —señaló el papiro en el que escribía —salga de la boca de Pollux… sé con total certeza que muchos se reirán de él. Se reirán de su sufrimiento, se reirán de su dolor. Lo humillarán por mero placer. —la expresión de Granger se endureció —no son más que ovejas lanzando piedras a un lobo atado y malherido. —escupió con rabia.

Malfoy escuchó con atención las palabras de la bruja. Palabras certeras y crudas, tan ciertas que daban rabia.

Sin embargo, había dudas que rondaban por su mente, matices extraños que no lograba comprender; ¿porque Granger había empatizado con esa intensidad con alguien tan cruel como Wirlack? ¿porque sentía que entre ellos dos había una extraña conexión que no lograba dilucidar que era? ¿porque se miraban de esa forma? ¿porque alguien como Granger, una impura, una sangresucia, lograba tener ese dominio hacia ese animal al punto de hacerle hablar cuando ella quería?

Era tan molesto que le hacía enojar.

—¿Qué fue lo que le hizo hablar a Wirlack?

La expresión tensa de la bruja le confirmó que había un secreto inquebrantable entre ambos.

—No se lo puedo decir señor.

Malfoy se enderezó de asiento enarcando una ceja.

—¿No me lo puede decir? —repitió con una profunda burla que a más de una le habría crispado —¿cómo es eso? Que yo recuerde es su deber informar de cada maldita palabra que diga Wirlack, tanto él como la persona quién le pregunta.

La voz desdeñosa del señor Malfoy no ayudaba mucho a que Hermione se envalentonara contra su propio jefe o al menos que ella pudiera defenderse sin sentirse pequeña.

—¿Que fue lo que le dijo a Wirlack para que cooperara? —volvió a preguntar y esta vez con más fuerza que antes haciéndole ver mucho más amenazador.

—N… no puedo decírselo señor.

—¿Por que no? Tengo curiosidad por saber que le dijo a Wirlack alguien como… usted. —remarcó con desdén haciendo uso del doble sentido.

Ah no, por ahí no pasaba. Podía aguantar el tono condescendiente del mago, sus miradas de odio o incluso las muecas que hacía cuando estaba en su presencia. Pero que se atreviera a ir por ese camino… no lo permitiría.

Irónicamente aquellas palabras la dieron a Hermione el coraje que necesitaba. O al menos, el necesario para no sentir que se quebraba.

—Señor Malfoy, podrá tratar de insultarme todo lo que quiera, como si quiere maldecirme, pero mis labios están sellados. —respondió con tranquilidad.

—Me sorprende que esa boquita pueda hacerlo. —respondió con asco.

—A mi también me sorprende que sea capaz de no mandar a nadie que me maldiga mientras usted se limita a observar.

Hermione gana, Lucius pierde.

La expresión seria de Malfoy desapareció de su rostro recibiendo como respuesta una mirada cargada de un profundo odio, tan, tan insondable y penetrante que logró que la bruja apartara la mirada.

—No olvide que soy su superior. —respondió con perversidad.

Touche.

Aquello había sido muy cruel. Demasiado.

Las palabras desdeñosas habían sido bañadas con un profundo veneno que la revolvía el estómago. La bruja quiso contestar, quiso echarle en cara sus palabras. Pero no pudo. Simplemente su garganta no la dejaba. No la permitía tan siquiera mostrar un mínimo vestigio de disconformidad.

Aunque no la gustara admitirlo, aunque quisiera demostrar que ese tipo de comportamiento no la afectaba sabía que tratar de negarlo sería una tontería absurda. ¿Tratar de engañarse a ella misma? ¿valía la pena?

Hermione respiró con fuerza, tratando de aguantar las lágrimas, de ese cúmulo de emociones que la estaban dejando agotada anímicamente.

¿Era necesario que fuera así con ella? ¿que dirigiera hacia su persona esas miradas de trillante desprecio? ¿era necesario tener que soportarlo?

Por su puesto que no. Por su puesto que no tenía que aguantar esas horribles miradas llenas de desprecio y resentimiento.

Hermione apretó los dientes y tragó sus penas. No la importaba si se ahogaba en su propia miseria cuando llegara a su piso, pero de hacerlo, no sería delante del rubio.

Por puro orgullo.

La bruja sintió que no valía la pena pensar demasiado en las palabras de aquel maldito mago. Que había una persona que realmente necesitaba su ayuda.

Ambos pasaron varios minutos en un incómodo y tenso silencio. Aunque la bruja podía percatarse demasiado de las fortuitas miradas de Malfoy. Pero estaba demasiado enfadada como para hacer que ella dejara su trabajo. Demasiado enojada como para que ella lo mirase o al menos lo hablase.

Tampoco era como si Malfoy quisiera disculparse.

Sin embargo, para alivio de ambos, sobretodo para Hermione, las puertas se abrieron de par en par.

—¡¿Todavía estáis trabajando?!

Los dos giraron sus cabezas para ver a un Rigel muy animado.

—Estaba terminando el informe. —respondió Hermione.

—¿En serio? Pero si son las diez de la noche. —La chica se sorprendió ¿tanto tiempo había pasado? —de echo, hace una hora que deberías de haberte ido. —indicó mientras daba golpecitos en su reloj de la muñeca.

Hermione se estiró sintiendo todos sus músculos entumecidos de haber pasado tanto tiempo en una mismas postura.

—Ahora enseguida me marcho.

Los ojos ce Rigel se entrecerraron. La expresión exageradamente seria de la chica junto con ese brillo enojado de sus ojos le decían que algo había ocurrido entre ellos.

—Huy señorita, que cara más larga llevas ¿que a pasado? ¿este imbécil te a molestado? —preguntó mientras miraba a Lucius con una sonrisa —si quieres te lo puedo tirar por la ventana, no creo que haga mucho desperfecto… bueno, quizás la sangre, sería una molestia para los pobres elfos.

Malfoy le lanzó una mirada de advertencia, asegurándole que de tener esa brillante idea, lo pagaría muy caro.

Era evidente que Rigel no haría algo como eso, pero sus palabras lograron el efecto deseado de hacer reír a la joven bruja que mantenía una expresión desolada.

—No, no, no será necesario —respondió Hermione con más soltura —es por Wirlack… —Hermione giró la cabeza mirando el informe que había redactado del interrogatorio —a veces olvido lo poco avanzada que está la raza humana. —susurró con pesar. —¿El ser humano no aprende? —lanzó aquella pregunta al aire mientras se levantaba para alcanzar su abrigo. —¿tanta necesidad tiene de hacer daño a sus propios congéneres? ¿de humillarlos? ¿sangre de su sangre?

Lucius apretó la mandíbula con demasiada fuerza. Sabía de sobra que esas palabras no iban dirigidas hacia él, si no que iban dirigidas hacia la principal persona que destrozó la mente del preso. Que ella no tenía esa mente tan retorcida y ponzoñosa en tratar de hacer daño de verbal.

Pero de alguna manera, no pudo evitar sentirse señalado por las palabras de Granger.

—¿Porque lo dices? —preguntó el mago.

La chica hizo un suave gesto con su varita y el informe llegó a las manos de Narro.

—Lea la parte que subrayé.

Rigel obedeció y comenzó a leer el informe donde indicó la joven bruja. La expresión de Narro se contrajo del horror, dejando ver el sufrimiento que pasaba por su mente. Las palabras del hombre que habían sido escritas, la letra pequeña donde la chica indicaba ciertos aspectos a remarcar.

Casi se podía ver el dolor con el que fue escrito.

—Joder.

Granger y Malfoy observaron como Rigel se tapaba la boca con la mano. Como si con eso pudiera sostener el aire que se había quedado congelado en sus pulmones.

—Es innegable que todavía existen este tipo de animales. —escupió el mago entregándola el informe a la chica —lo peor es que conozco a unos cuantos hijos de perra del ministerio que se reirán de esto cuando salga a la luz.

El ambiente no es que fuera tenso, de echo, bastó al presencia de Narro para que esa sensación desapareciera. Simplemente el aire de la sala era triste. Un constante duelo de dolor que no abandonaba el lugar. Casi incluso, se podía oler la tristeza que caminaba por la habitación.

—¿Te sientes lista para volver a hacerle preguntas mañana? —preguntó Narro.

—Si. —respondió con tranquilidad.

—En ese caso, me llevaré esto para Pollux, él sabrá que hacer. —dijo mientras que con un suave gesto de varita el informe desapareció.

Hermione asintió mientras se abrochaba su abrigo.

—¿Algo a remarcar de los cadáveres?

—Oh, es verdad, también vine por eso. —recordó con un tono menos lúgubre — han encontrado más de ciento veinte cadáveres. Y no os lo vais a creer —dijo Rigel —hay tanto muggles como magos.

Lucius frunció el ceño.

—¿Magos?

—Si, yo también me quedé sorprendido. Pero como dijo la señorita Granger; Wirlack usó el bosque como una gigantesca fosa común. Y eso que todavía no han terminado de examinar todo el perímetro.

La piel de Malfoy se erizó al instante.

—¿Me estás diciendo que los ciento y pico cadáveres son solo un tanto por ciento?

Rigel asintió.

—Escalofriante ¿verdad? Lo peor es que lo Aurores han confirmado que probablemente saquen unos quinientos cadávereso puede que más.

Lucius le daba la razón al mago, pero lo que realmente le tenía desconcertado era la pasividad de Granger. Estaban hablando de cadáveres ¡cientos de muertos en una fosa común! Y los que faltaban por descubrir.

¿Porque la chica ni se inmutaba de las palabras de Rigel? ¿porque tenía una expresión de absoluta calma cuando hablaban de un verdadero homicida? De un monstruo horrible que ni siquiera el más sádico de los mortífagos habían llegado a esa espeluznante cifra.

Era una matanza de lo que se trataba. Una carnicería sin precedentes. Una masacre perpetrada por un verdadero monstruo. Un lobo con piel de cordero.

Y sin embargo, ella… no tenía ninguna expresión de horror. ¿Porque sentía que Granger sabía mucho más de lo que aparentaba?

Casi parecía que lo sabía de antemano. Casi parecía que Wirlack le había desvelado sus crímenes con anterioridad. Casi parecía que entre ellos dos se habían visto más veces de lo que el podía haber creído. Y eso lo estaba preocupando ¿podría Rigel tener razón sobre la chica? ¿podría alguien como Forneus manipularla hasta el grado de lograr su cometido? Aunque no supiera cual era. ¿por que esa cara?

¿Que diablos era lo que ocultaba?

—Probablemente tengan que buscar por más sitios —dijo Hermione mientras metía varias carpetas en un bolso.

—¿Cómo? —interrogó Rigel —¿crees que hay más cadáveres?

Hermione alzó la cabeza y miró a Narro.

—Creo que sobrepasan un mayor número del que creen los Aurores. Si hay algún lago profundo probablemente se deshiciera de los cuerpos en ese lugar —explicó con calma.

Rigel miró al techo, exasperado, tratando de encontrar una respuesta lógica.

—¿Pero qué le pasa a ese hombre? ¿tiene complejo de Hitler? ¿a dado clases de donde meter cadáveres a Stalin y Mussolini? ¡coño! Fijo que le dio la idea de hacer los Gulags de Siberia al mostacho soviético. ¿Pero por que tiene esa manía de matar a tanta gente?

Lucius, como era de esperar no entendió nada de las palabras de Rigel. Pero Hermione conocedora de la historia muggle… las risotadas que pegó fueron tan escandalosas que de haber habido personal trabajando en el salón, la habrían mirado como si la hubiese salido alas de pollo por la espalda.

—¡Oh dios mío! —Hermione luchaba de verdad contra su propia risa, pero la era imposible. ¿Que podía hacer? Era culpa de Narro que hubiese soltado semejante comentario. —¡eso fue horrible!

Y encima tener que ver la expresión de desconcierto de Malfoy añadía más el polvo mágico de la comicidad.

—Definitivamente me iré al infierno; Me acabo de imaginar a un negro en el día de Halloween llevando el uniforme de las "SS"

¡No podía ser posible!, aquello tenía que ser una broma. Era demasiado racista y cruel. Pero entre las risas y la cara de no entender nada del platinado hizo que Hermione tuviera que arrodillarse en el suelo mientras lloraba de la risa.

—Día veinticuatro; todavía no sospechan nada. —remató con el mago con ingenio mientras que con su voz imitaba el sonido de una radio.

—¡No, para por favor! —exclamaba Hermione entre risas.

—Tres tristes Trotskistas pican piedras en un Gulag. —añadió a la lista de chistes que lo llevarían al infierno.

La joven bruja no pudo evitar imaginarse a Stalin escribiendo esas rimas en su despacho mientras se fumaba una pipa.

—¡No!, ¡ese fue cruel! —la expresión de la chica se suavizó, callando finalmente las risas —¡pero es muy bueno! —exclamó para volver a reírse como una loca.

—Tan bueno como que Hitler realmente se suicidó cuando le llegó la factura del gas.

Las risas fueron aún más sonoras, y el hecho de que Rigel parara de hablar ayudó a que la bruja calmara sus risotadas.

Hermione respiró con más calma mientras el oxígeno volvía a sus pulmones.

—Dios… eso fue… fue… —la hechicera negaba con la cabeza —hacía tiempo que no me reía así. —admitió mientras apretaba su estómago adolorido.

—Humor negro en su máxima expresión querida.

La bruja lo miró con una cálida sonrisa. Se sintió mejor, la sensación amarga de los momentos posteriores a que entrase Rigel lograron calmarla al punto de sentir que estaba en una nube flotante. Y eso ero bueno, esa percepción de crudo rechazo por parte de Malfoy habían sido opacados por los ingeniosos comentarios del mago.

Hermione finalmente se marchó del salón con una ancha sonrisa en la cara, no sin despedirse de Rigel con un sigiloso "gracias" mientras que de vez en cuando se podía escuchar por el pasillo alguna que otra risa que se la escapaba de sus labios.

Rigel miró a lo lejos la figura de la chica que pronto desapareció.

—No sabes el gusto que da poder hacer chistes muggles. Los llevaba retenidos hace muuuucho tiempo —explicó a Lucius clavando su mirada negra en los ojos plutonio del hombre.

—Maravilloso —respondió con desgano.

La expresión de Rigel endureció de inmediato. Alzó la varita y cerró la puerta.

—Lucius, ya se que eres rubio oxigenado, sé que eres esa amiga rubia tonta y caprichosa que todo el mundo tiene, pero hombre… contrólate un poco. Mira como has dejado a la chiquilla.

El mago lo miró con rabia, tratando de controlar un sin fin de improperios.

—No vayas por ese camino…

—¿Por el camino amarillo?—interrumpió —¡pero si eso es del mago de Oz! —Rigel puso una mueca de asombro en su rostro —Así que tu secreto culposo es ver películas muggles —el rostro del mago se dibujo una expresión de complicidad —el mío es ver la banda del patio cuando no está mi hija. —alzó las cejas con rapidez con una sonrisa tonta.—yo me identifico con T.J.

Lucius calmaba por paciencia. Si, más paciencia de la poca que tenía. Respiraba con fuerza mientras trataba de recordarse que matar a Rigel solo le traería dolores de cabeza.

—Por más gusto que te dé tratar de imaginarte a mi mismo disfrutando de lo que quiera que sea eso solo podrá ser eso; pura imaginación.

—Si, si, no dirás lo mismo cuando Belona te ate de pies a cabezas y te obligue a ver "las supernenas"

—¿Como has dicho?

Rigel se sentó en el borde de la mesa del escritorio de Hermione mientras miraba a Lucius con humor.

—Tranquilo, no serás el único al que le obligue a ver esa serie… no recuerdo haber tenido que soportar un personaje más pedante que "princesa más billetes" (princesa más plata en Latinoamérica). Llego a ser Burbuja y la reviento los tímpanos a esa pequeña mocosa insoportable. ¡No, mejor todavía! Hablo con cocodrilo para que la devore.

Los siguientes minutos Lucius tuvo que tragar con explicaciones incontenibles mientras veía a un hombre de unos cincuenta años maldiciendo a un personaje ficticio dirigido expresamente para un público infantil femenino por que ese personaje (princesa más billetes) había tratado de estropear una misión de las supernenas.

—Por que por lo menos, Mojo Jojo es un villano cojonudo. Es un simio, pero te cae bien. Pero princesa más billetes… la cabrona es infumable.

Todavía trataba de recordar como diantres había entablado una amistad con ese degenerado que se enfadaba por algo tan absurdo como una serie infantil ¡que era para su hija de nueve años!

—¿Cómo es que no te e matado todavía?

Rigel frunció el ceño mientras parecía estar haciendo memoria.

—¿Por que en Azkaban no se está muy calentito?

Lucius alzó las cejas.

—Gracias por recordármelo. —respondió con ironía.

Esta vez, la expresión del mago mestizo se transformó en uno más serio.

—Bromas aparte mi buen amigo, —Rigel miró a los ojos de Malfoy con un profundo afecto—si tanto la odias… si tanto la detestas, si te parece un suplicio trabajar con Granger dímelo y veré si puede haber una solución, veré si te pueden cambiar a otro departamento o viceversa. Pero por favor, no lo pagues con ella.

¿Detestar? ¿odiar? ¿realmente era eso lo que le rondaba por la mente a Lucius? ¿era un buen camino simplemente separase de esa manera? ¿era lo mejor para él?… ¿para ella?… ¿para ambos? Sabía que sus palabras habían sido muy crueles. Que se había excedido del límite. Pero se sentía iracundo, se sentía tan cansado, tan agotado que simplemente necesitaba desahogarse. Gritar con tanta energía hasta que sus pulmones que quedaran sin fuerzas.

¿Era necesario recordar a Granger cual era su lugar en el mundo? ¿que ella no valía lo mismo que cualquier otro mago solo por su condición mágica? ¿que por el mero echo tener padres muggles tenía que cargar a sus espaldas con el rechazo de una parte de la comunidad mágica? ¿de esa forma tan injusta y detestable?

Por su puesto que no.

Aunque su ideología sobre los impuros, sobre aquellos descendientes de muggles, de aquellos asquerosos sangresucias fueran tan sólidos como el hierro, reconocía la cruel matanza que se había echo contra ellos, la atroz persecución que acometieron contra esos pobres infelices. Aunque todavía creyera firmemente que se situaban en un eslabón muy inferior a los magos. No debió de haber matado a ninguno de ellos. No debió… no debió de hacerlo.

¿Seguía férrimo hacia su ideología?

Si.

¿Eran correctos los métodos que se habían usado para cazarlos como vulgares animales?

No.

Y era ahí donde se originaba ese lío mental que tanto lo martirizaba.

Era ver a la joven bruja, ver a Granger a los ojos y despertar ese sentimiento contradictorio que tanto tormento le traía. El sufrimiento que había causado hacia tantas vidas inocentes se concentraban en unos ojos castaños tan expresivos que le aterraba ver más allá de su mirada. Le aterraba ver ese reflejo del que tanto temía.

Un monstruo.

Una persona que tenía la posibilidad de haber cambiado, de haber salvado a su familia, de haber salvado la vida de su propio hijo… de su esposa… Y no hacerlo. No hacerlo por miedo al rechazo de su familia, no hacerlo por su colosal estupidez, por su maldito orgullo.

Por su ceguera en no querer ver una realidad negra mientras que el se engañaba en pintarla de blanco.

Mientras que Granger; ella, que había luchado contra viento y marea contra aquellos que se atrevieran a tocar a sus seres queridos. La admirable forma en que aguantó las torturas de Bellatrix en no revelar la espada de Gryffindor, la asombrosa capacidad de apretar los dientes y seguir con la terribles pérdidas que sufrió. Seguir adelante aún con esas pesadillas. Aún cuando uno de sus verdugos se había vuelto su jefe y no abandonar su trabajo.

Ella representaba todo lo que él no pudo ser.

Solo se veía a si mismo como un maldito cobarde.

—Lucius, no tienes por que cargar con esa cruz que tu mismo te impusiste. —dijo Rigel llamando la atención del platinado que hacía ya varios minutos que se había inundado en su oscura mente.

¿Cruz? ¿imponer? Oh, que tan inocente podía llegar a Rigel. Era para reírse de la amargura.

Él no quería cargar con tanto dolor, no quería aguantar todo ese cúmulo de recuerdos horribles que lo perseguían sin piedad. No le gustaba sufrir. No quería sufrir. ¿Pero lo merecía? ¿merecía tener esa liberación? ¿esa maravillosa sensación llamada felicidad? ¿ese tierno cosquilleo que hacía tanto tiempo que no sentía? ¿después de todo el daño que había infringido?

No. Tenía que pagar. Pagar por haber destruido la vida de su amada familia. Por destrozarlos con sus propias manos.

—Déjame en paz —contestó Lucius de manera brusca.

El mago ojinegro siguió mirándole con una sonrisa. Lo conocía muy bien, sabía de sobra que Lucius tenía la costumbre de tratar de aparentar una expresión de fuerza y firmeza, aunque por dentro se estuviera quebrando. Rigel sabía muy bien que Lucius era demasiado orgulloso para admitir que a veces necesitaba ayuda.

—No my friend. No puedo dejarte en paz. Vas a venir conmigo te guste o no.

—¿Me vas a obligar? —preguntó con rebeldía.

Rigel se encogió de hombros.

—Nop, pero puedo llegar a ser tan pesado que daría dolor de cabeza a una aspirina. —agregó con humor.

En eso, Malfoy si que estaba muy de acuerdo.

—Rigel… no estoy de humor.

—¡Vaya, eso es toda una sorpresa! —ironizó mientras se bajaba de la mesa haciendo un gesto donde su abrigo se lanzó encima de su cabeza como si de una manta negra se tratara—creo que mi abrigo atenta contra mi vida.

El platinado lo miró con estima. Una mirada que empezó a llenarse de cierta calidez aunque mantuviera una expresión seria. Sabía muy bien que Rigel tenía su propia forma de animarlo. Que estaba haciendo todas esas tonterías con el único ánimo de alegrarlo un poco. Aunque eso, conllevara burlarse de si mismo.

De algún modo, Lucius concibió la firme idea de que si Rigel y Severus se hubiesen conocido probablemente a su manera, habrían entablado una fuerte relación. Sobretodo teniendo en cuenta el diferente humor que tenían. Mientras que Severus era tan ácido como el limón rayando lo ofensivo y un pésimo gusto por herir a sus víctimas (en su caso a los alumnos, cuya preferencia iba dirigida a la casa de los leones) Mientras que Rigel… se satirizaba a si mismo se una manera ingeniosa.

Malfoy repitió la misma acción (pero sin que su abrigo quisiera "atentar contra su vida")

—¿A donde pretendes llevarme? —preguntó con desidia.

—E descubierto algo increíble.

Rigel, que ya se deshizo de su abrigo lo miró con una amplia sonrisa.

—Espera que me ponga bien el abrigo.

—Está del revés —indicó Malfoy.

—¡Pero que dices! Ni que fuera tan… —la risa de Narro desapareció al ver que las costuras estaban del revés, tal como Lucius había indicado—coño, pues es verdad. —se quedó en quieto como una estatua como si sus neuronas se hubiesen congelado —pues ya que estoy lo dejo así, da toda la flojera cambiarse.

El platinado rodó los ojos.

Rigel se acercó y posó su mano en el hombro del Malfoy siendo envueltos por una espiral que los llevó rápidamente a un lugar que conocía bastante bien.

Estaban en la estación, donde un puñado de magos iban y venían de un lugar a otro. Pero en definitiva, el lugar en si mismo, estaba casi desértico. Sin embargo, eso no era lo que se podía remarcar. Lo importante era el lugar donde Rigel le había echo situarse.

Una bellísima fuente donde una cierva de mármol blanco lamía las heridas de un aterrador lobo negro. Los baños de plata y oro. Esa mezcla asombrosa de colores simples que hasta la persona con los gustos más vulgares habría quedado prendado de semejante belleza.

Lucius nunca logró comprenser porqué una maravilla como esa había sido establecido en un lugar tan vulgar como una estación. Un lugar donde los magos no se pararían en observar semejante perfección. Un lugar, donde ese primor pasada desapercibida.

—¿Porque estoy aquí? —preguntó Lucius sin tanta brusquedad.

Rigel sonrió, mirando con deleite el profundo simbolismo de esa estatua.

—Es curioso, te sorprendería saber lo poco que conocemos nuestros propios inicios… Esta preciosidad sin que el noventa y nueve por ciento de los magos conozcan su origen ¿Sabes cual es la historia de este manantial?

Malfoy miró por unos instantes al mago para después volver a posar su mirada en la estatua.

—No. —respondió con suavidad.

—Esta estatua fue creada en el año mil setecientos ochenta. Su autor se llamaba Gaël Fayolle, inspirándose en los crímenes de Edmond Gautier Laforêt.

—¿Laforêt? —la voz de Lucius sonó atónita—Sé que hizo una carnicería contra un pueblo muggle.

—Así es. Él era un prestigioso mago de sangre pura, un verdadero fanático de la pureza de sangre. Estaba casado y tenía hijos, como puedes imaginar una idílica familia acorde a su estatus social. Pero un día viajó al mundo muggle, quería comprar un tipo de madera especial que solo los muggles comercializaban, o al menos es así como lo indican las crónicas. En cualquier caso, Laforêt conoció a una mujer muggle y se enamoró profundamente de ella. Toda su ideología fanática, toda creencia suya sobre la sangre se desvaneció por completo. Fue un amor correspondido, aunque fuese prohibido, ambos se enamoraron profundamente. —Rigel caminó al rededor de la fuente —no se sabe mucho de la mujer muggle, una simple campesina que se había quedado viuda desde muy joven. Laforêt quiso colmarla de riquezas y regalos, por lo que construyó un pequeño castillo secreto en unas alejadas fincas donde ningún mago o muggle podría detectarlos. El romance duró muchos, muchos años, más de los que tú yo podríamos contar. Y por lo que se pudo leer en sus memorias, decía así; "Conocerla fue uno de los momentos más felices de mi vida" pero, sus idas y venidas empezaron a levantar sospechas. Y como era natural, su esposa descubrió el romance entre su marido y la mujer muggle. —Rigel dejó de caminar, contemplando a la cierva que miraba con cariño al lobo— a sabiendas de que los muggles quemaban por cualquier cosa a una mujer si se la acusaba de hechicería, su esposa lo usó a su favor y no tardaron mucho en encontrar su ubicación y quemarla en ese mismo lugar. La colgaron y la quemaron.

Lucius miró sorprendido al mago.

—¿Qué pasó después?

—¿Después? Lo más triste. —la expresión del hombre se dibujó de una lúgubre amargura —La mujer cuyo nombre se desconoce, escribió con anterioridad a su muerte una carta donde le decía a Laforêt que ella estaba embarazada. Cuando Laforêt se enteró de su muerte… —Rigel negó con la cebeza, casi como si el hubiera sabido siempre el destino atroz que les esperaba al círculo interno de Edmond— se volvió completamente loco, más aún cuando supo que su esposa había urdido ese retorcido plan. —Rigel movió los hombros tratando de deshacerse de las agujetas que había adquirido a lo largo del día —la violó de una manera atroz y brutal para después despellejarla y empalarla viva… y en cuanto a los muggles que mataron a su amada… lanzó un hechizo por todo el pueblo. Una horrible maldición. Una plaga de lobos negros que mataron a cada hombre, mujer y niño. El uso de la magia negra en su estado más puro.

—Sigues sin explicarme la historia de esta estatua.

El mago lo miró con los ojos bien abiertos.

—No seas impaciente Lucius. Jamás encontraron los cuerpos de los dos amantes. Sin embargo… —inclinó la cabeza hacia la cierva albina— solo hubo un testigo que escribió que a lo lejos vio a un enorme lobo negro delante de una cierva blanca. Hablaba de ellos como espectros, suaves neblinas de colores opuestos. Y que de algún modo se fusionaron entre ellos dejándolo completamente inconsciente.

—El testigo era Fayollè ¿cierto?

Rigel asintió ante la acertada respuesta del platinado.

—Fue su padre quien lo vio, pero si; Gaël se inspiró en las palabras de su padre para hacer la mejor obra de su vida. La mejor creación tallada sobre la perfecta dualidad; El bien y el mal; La guerra y la paz. Blanco y negro, frío y calor.

La historia era asombrosa. Eso era innegable, con un final desgarrador y trágico, pero sin dejar de lado la belleza que tenía. Sin embargo, el rubio seguía desconcertado ¿cual era el propósito de haberle llevado hasta ese lugar? Precisamente a esa estación. ¿No habría sido más lógico haberle dicho desde el ministerio la historia de esa estatua?

—¿Me has llevado aquí solo para decirme esto?

—Nop.

Viendo el largo silencio que el mago había creado a propósito para Malfoy este preguntó con impaciencia;
—¿Que es lo que tienes en la cabeza?

—¿Sabes como se llamaba la esposa de Laforêt?

Lucius sintió un ligero escalofrío recorrer la espina dorsal. Aún así, negó con suavidad.

—Elizabeth Fleming Wirlack.

La piel del rubio se erizó por completo. Sintiendo las palabras de Narro demasiado lejanas como para que fueran ciertas. ¿Cómo era posible? ¿como era posible que una leyenda se convirtiera en una realidad tan tenebrosa y atroz? Por otro lado, no le sorprendía demasiado el estado psicológico de Wirlack. Sus antepasados no es que se les pudiera catalogar como personas precisamente cuerdas.

—Parece ser que el sadismo de Wirlack le viene en los genes. —comentó Rigel con naturalidad.

—Wirlack no escogió Francia al azar. —llegó a la conclusión el platinado.

—Eso parece mi buen amigo. Además, el pueblo en el que la mujer muggle murió es el mismo donde Forneus vivió durante más de cuarenta años.

Los dos se miraron. Cada uno con un brillo distinto; mientras que Lucius lo miraba con una mezcla entre horror y asombro, los ojos de Rigel estaban barnizados entre el afecto y la estima.

—Lucius, volvamos a casa.

«Volvamos a casa» repitió en si mente.

Que dulce era esa palabra. Que tierna sonaba. ¿Hacía cuanto que no la escuchaba así de cálida? ¿hacía cuanto que una persona lo miraba de esa forma y lo invitaba a su casa a sabiendas de su sucio secreto? A sabiendas de todo lo que había echo, a pesar de que sus manos estaban manchadas de sangre.

Lucius bajó la mirada, no podía mirar a los cálidos y acogedores ojos negros de Rigel. Simplemente… no tenía fuerzas. No era capaz de ver su reflejo en ese filtro aniñado del vasco. Esos ojos negros que de vez en cuando veía la estela de un recuerdo. La estela de un viejo amigo que parecía materializarse en ese peculiar mago con un ingenioso sentido del humor.

—Venga Lucius, no te hagas de rogar.

Sintió una mano en su hombro, un ligero apretón de pura confianza para desaparecer de nuevo, en un remolino que lo transportó a un lugar completamente diferente.

Un lugar que conocía a la perfección.

Lucius alzó la cabeza y supo donde se encontraba. El mismo lugar donde aquel extraño mago cuyo sentido del humor lo encotrnaba rancio, lo cobijó y lo cuido como si fuese si igual cuando nadie le habría tendido una mano.

Un precioso edificio antiguo, que aparentaba tener más años de los que realmente tenía. Unos pintorescos ladrillos rojos y naranjas que demostraban la excentricidad de su dueño. A pesar de la oscuridad, había unos pequeños soles del tamaño de una pelota de baloncesto bailando alrededor de las ventanas.

Rigel abrió la verja de hierro ignorando el ruido que hizo.

En el piso más alto, donde se ubicaba la buhardilla, se encendió una luz.

—Creo que Belona sabe que estamos aquí.

—Si, eso parece —respondió el platinado entrando en el pequeño patio saturado de ridículas flores fosforescentes.

Que bien se sentía. Que sensación tan gloriosa la que empezaba a sentir. No sentía frío en sus huesos, del mismo modo que sus manos no temblaban. La ropa que Malfoy traía se sintió innecesaria cuando empezó a notar una sensación placentera de calidez.

Eso era.

Calidez.


Nota del Autor

Heeey, muy buenas a todos. ¿Os gustó el capítulo? creí que esta vez sería bueno tener algo más... soft. Más suave, algo más dulce después de todo el drama de los capítulos anteriores.

No quiero que considereis esto como relleno. Pero entended que necesitaba escribir sobre la relación entre estos dos personajes, no quería que todos y cada uno de los capítulos fuera solo Hermione y Lucius. De alguna manera siento que eso no ayuda a avanzar. Por eso quise darle esta vez mucho más protagonismo a Narro que a Hermione y haceros ver el gran vínculo que hay entre estos dos magos.

Siendo sinceros, no recuerdo haberme reído tanto a la hora de escribir. El exagerado humor negro que e usado en este capítulo a sido brutal, y de veras, siento si alguien se siente ofendido con este capítulo pero... me e descojonado como nunca.

En fin, con esto dejo de dar lata.

Prestad mucha atención a la historia que contó Rigel sobre el manantial. Es mucho más importante de lo que creeis.

Y con esto terminé.

Un abrazo a todos desde España y gracias a vosotras dos por haber comentado.

Besos.