-Del sufrimientos han emergido las almas más fuertes, los personajes más grandes también tenían cicatrices.
-Kahlil Gibran.
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Capítulo 13: Frío I: Dementores
Los días pasaron con bastante rapidez. Razón de ello fue la forma en la que se comportaba Malfoy y Granger cuando bajaban a interrogar a Wirlack. Si bien la relación entre ellos no era la más sana, ya no existía entre ellos esa tensión constante que hacía de la atmósfera fuera imposible de respirar. Simplemente, se hizo tolerable.
Hermione por su parte siempre era la que daba el brazo a torcer en ciertas situaciones, pero esta vez, fue Malfoy quien lo hizo.
Podía ser muchas cosas, pero no un desagradecido.
Las miradas de rencor y de desagrado no cesaron por completo, pero si en gran medida. Ya no eran esos ojos grises que la destrozaban con tan solo contemplarla por unos segundos, no era esa mirada de desprecio que la hacía sentir pequeña, ni tampoco esa necesidad de pagar su ira contra ella. Si había rechazo y desprecio… pero no era lo mismo. Parecía que iba más bien dirigida hacia todo el mundo. Era extraño el cambio de comportamiento de Malfoy, más de uno lo notó cuando iban juntos a interrogar a Wirlack.
Y el motivo era más simple y complejo de lo que cualquier mortal habría podido llegar a pensar.
Para alguien como Lucius no podía evitar sentir molestia cuando en muchas ocasiones percibía la mano invisible de Granger en su cabeza, en su herida, se hacía extraño. Todavía sentía un ligero cosquilleo retumbar en las partes sensitivas de su cabeza. De algún modo, no lograba deshacerse de esa vago estremecimiento. Sentir una extraña sensación placentera que lo adormilaba de vez en cuando.
Ella, una impura.
Asco.
Rechazo.
Repugnancia.
Eso era lo que debía de sentir… era lo debía de sentir. Sin embargo… sin embargo cuando los dedos de Granger se posaron el su cabeza se sintió familiarizado con una sensación que hacía tiempo que no sentía.
No recordaba que las manos de la bruja pudieran irradiar tanto calor, lograr que sus huesos no se agacharan del frío para salir pidiendo de la calidez de la hechicera era una sensación que iba más allá de lo extraño.
Si era sincero consigo mismo, echaba en falta esa sensación. Sentir que esa oscuridad se apagaba, que la sensación húmeda desaparecía de su piel.
Era como si Hermione hubiese sido el fuego que hubiese necesitado tras pasar noches enteras bajo una gélida lluvia.
Y ahora la tenía en frente, como si nada la hubiese afectado. Ajena de las recientes sensaciones que había despertado en él.
Era molesto.
Ver como ni se inmutó al verlo la mañana siguiente, como si nada hubiese pasado. No era como si el cinismo de Hermione se tratara de esconder sus actos, si no el hecho de que no hubiese nada en ella que lograra perturbarla. Simplemente no la afectaba en lo absoluto.
—Tenemos un problema. —dijo Rigel. —alguien a filtrado a la prensa de media comunidad mágica que tenemos a Wirlack.
Oh si, se le olvidaba que tenían más problemas de los que habrían esperado.
Ahí estaban reunidos, en la famosa "sala roja" donde poco importaba el poder que se pudiera ejercer. Era imposible que cualquier espía pudiera escuchar, la magia de habitación le haría salir volando del edificio.
El primer ministro de magia de Londres; Kingsley Shacklebolt, Marie Ternavoulle encargada de dirigir todo el papeleo de las oficinas y controlar que no se saturaran los casos de muggles siento testigos de cualquier tipo de magia. Pollux Willckberg que fue el primero en haber aconsejado la dichosa reunión que actualmente tenían. Hermione Granger que, por razones que desconocía a pesar de ser su jefe, estaba presente… y Narro… que se limitaba simplemente a ser él mismo y ser la cara de todo el puñetero edificio.
¿Por qué se sentía que a pesar de ser quien dirigía el ministerio era el que menos poder tenía?
—La prensa ya se a enterado de que tenemos a Wirlack precisamente aquí. —informó Kingsley con desánimo. —Traté de controlar al ministerio de Londres pero no pude contenerlos por más tiempo. —se disculpó el primer ministro soportando el peso de la culpa sobre sus hombros. —lamento no haber podido hacerlo.
—No se disculpe, hizo lo que pudo. —respondió Rigel quitándole importancia —además, mucho no podía hacer más que tratar de luchar contra sus propios compañeros.
—No olvidemos lo que han "escgito" en "El pgofeta" y en el "Feu d'alchimie" (el periódico principal de la Francia mágica)—Marie comenzó a leer en voz alta— "Forneus Gravenson Wirlack, acusado de más de quinientos homicidios a muggles "geside" "dentgo" de la sede diplomática de "Pagís"." —la ceja de Marie se alzó hacia arriba —oh, "espegad", no e llegado a la mejor "pagte". Aquí dice; "El "pgófugo" de la "pgimega" guerra mágica conocido "pog" su apodo como; "Wirlack machacacráneos" estuvo viviendo "dugante" 40 años en "Fgancia" sin que el "ministegio" mágico lo "supiega" ¿puede "seg" que el "ministegio" lo "supiega" y "quisiega pgotegeg" a un "cgiminal"?"
Granger se enfureció quitando el periódico de las manos de Marie mientras empezaba a releer el titular.
—¿¡Qué!? ¿¡quién demonios a escrito esto!? —los ojos castaños de la bruja se entrecerraron y al ver de quién se trataba el rostro de la chica se enrojeció de la furia.—Rita Skeeter, ¡Cómo no!
—¿La conoces? —preguntó Marie.
—Demasiado bien —respondió Hermione tratando de tragarse su rabia.
—La señora Skeeter como decirlo…—la expresión del abogado de Wirlack se tornó a una de pura y clara exasperación — tiende a escribir…
—Pura basura literaria sobre las vidas ajenas lucrándose de lanzar mierda a los demás.
Kingsley y la bruja miraron con asombro a Malfoy que parecía compartir el mismo rechazo de Granger hacia Skeeter.
—Si, exactamente lo que ha dicho Malfoy. —dijo el primer ministro mirando con sorpresa al platinado.
—¿Ella supone algún peligro? —preguntó Narro con un leve tono de preocupación.
—Es demasiado estúpida como para serlo—respondió con ingenio Hermione.
Ahora era a Lucius a quien le tocaba quedarse sorprendido. Así que Granger sabía insultar a las personas y era capaz de echar veneno, oh, lo que estaba descubriendo.
—Eso me deja más tranquilo. —dijo Narro. —el problema es que no podemos mantener a Wirlack por más tiempo en el ministerio, ya no es seguro para él.
—¿Por qué no? —interrogó la joven bruja.
—"Pog" que pueden "tratag" de "mataglo". Alguien que a cometido tantos "cgimenes" puede "despegtag" el odio de los "familiages" a los que asesinó.
—Y por ello su vida puede correr peligro —terminó Hermione por Marie.
La mujer de cabellos rubio asintió.
Era muy difícil de creer que alguien pudiera colarse en el ministerio y tratar de matar o torturar a alguien como Wirlack. Sin embargo, no podía olvidar que Harry, Ron y ella lograron introducirse en un sistema aún más reforzado como lo fue con el corto reinado de Voldemort en el ministerio, logrando quitarle uno de los Horrocruxes a la mismísima Dolores Umbridge. Así que si tres magos inexpertos como ellos lo lograron (con mucho ingenio por su puesto) ¿que les hacían pensar que otros no lo harían?
Si, era mejor llevarlo a otro lado antes de que su vida llegara a peligrar.
La sola idea de que le pudiera suceder algo a Wirlack la aterraba. Sabía de sus crímenes, sabía muy bien lo que les había echo a esas víctimas pero ella era conocedora de un secreto que esperaba que nadie conociera, más aún cuando le prometió a al mago que no revelería su secreto.
A sus ojos, el prisionero no merecía ningún mal.
—¿Donde será llevado? —preguntó Pollux sacando a Granger de sus pensamientos.
—Lo llevaremos a una cabaña… un poquito especial, el lugar está en ; La vallée de l'oubli, traducido al cristiano sería al valle de los olvidados. —respondió Lucius.
Rigel veía el rostro compungido de la joven bruja.
—Hermione, él estará a salvo. —consoló a la bruja cuya expresión de malestar no había cambiado mucho.
—¿Él estará bien? ¿estará seguro?
La forma en que lo preguntaba, la forma en que ella casi clamaba por la seguridad de ese animal provocaba en Lucius una profunda aversión hacia el preso que con el pasar de los días se acrecentaba aún más si es que era posible.
—Si, él tendrá las medidas de seguridad acorde, pero él estará en pleno confort. —le prometió Kingsley —Permíteme la pregunta Hermione, ¿pero por qué estás tan preocupada por alguien como Wirlack? También mató a una gran cantidad de muggles.
«Eso mismo me pregunto yo» pensó Lucius con cierto desgano.
—Simplemente… prometí que me aseguraría de él.
Kingsley no le dio más vueltas, sabía que las palabras de Hermione guardaban algo oculto, que había algo más que perturbaba su mente. Pero el primer ministro conocía muy bien a la bruja, y si no quería desvelar sus motivos eran por razones personales bien fundadas. No la presionaría en tratar de hacerla hablar, más aún si su sentido justiciero era tan arraigado, fuera lo que fuera que supiera del prisionero, eso quedaría en la profundidad de la mente de la chica.
Lucius por su parte solo sentía como sus entrañas se revolvían de la furia.
¿Es que esa chica no tenía dos dedos de frente? Estaba más preocupada por un asesino cien mil veces peor de lo que alguna vez fueron Bellatrix o Dolohov.
—Señor Malfoy—la voz de Hermione se dirigió a Lucius —¿Podremos seguir interrogándolo? —preguntó la chica.
El platinado se quedó unos segundos en silencio, notando en su tono de voz el ligero disgusto de no poder hablar con esa alimaña.
—Me temo que si, habrá que seguir haciéndole más preguntas. —respondió con apatía. —se usará el encantamiento Fidelio para evitar que cualquier buitre ya sea de la prensa o del ministerio logre detectarlo.
La chica asintió algo más esperanzada de que nada malo pudiera ocurrirle a Wirlack.
—¿Para cuando se le trasladará? —la voz de Marie hizo eco por todo el salón.
Rigel y Lucius se miraron por unos segundos, donde solo ellos dos podían entender el lenguaje de sus miradas. Y en el caso del platinado, no estaba muy conforme a las futuras palabras del otro mago.
—Esta noche, cuando sean las doce lo llevaremos a la cabaña; Pollux, tú iras con el primer ministro a darle largas a todo el ministerio, tanto el mío como el vuestro y de paso apaciguar el comprensible cabreo de los jueces que decidirán si matar a nuestro queridísimo Wirlack o no—Kingsley y Willckberg asintintieron conformes. Rigel cambió la trayectoria de su mirada hacia la bruja ca cabellos rubios —Marie, eres la bruja más brillante y poderosa que conozco a la hora de realizar hechizos de seguridad. Será un gran parámetro lo que tendrás que hacer, por lo que sería conveniente si lo haces horas antes de que nosotros lleguemos. El fidelio se usará para que no detecten a Wirlack, pero tendrás que usar esa cabecita tuya para lograr que toda la cabaña sea invisible.
—¿"Quigues" "decig" que "tendgé" que "usag" los mismos que "conjugos" que se usan "contga" los muggles?
—Exactamente… ¿podrás hacerlo?
Las delineadas cejas rubias de la mujer se alzaron ligeramente con un ligera capa de impostación fue la que bañó los ojos verdes de Marie.
—Es difícil, "pego" no imposible.
—No esperaba menos de tí Mari Tere —aplaudió con sus palabras recibiendo como respuesta un bufido cargado de exasperación. —Y tú Granger, —sus ojos negros se calvaron en los castaños de a chica —irás junto con Wirlack, dado que es innegable tu capacidad para calmar a esa bestia, de todos modos, Malfoy estará cerca por si ocurre cualquier incidente.
El salón se quedó por unos instantes en silencio. Rigel comenzó a frotarse las manos como si tuviera frío y con una sonrisa se dirigió hacia todos los magos y brujas que estaban reunidos.
—Wirlack será llevado en un carroza —al ver la expresión de horror del primer ministro tuvo que afirmar sus temores —y si, será llevado en esos horribles carromatos que usted tanto detesta primer ministro.
La mirada de Kingsley se apagó con genuina inquietud. No era no que no se fiara del modo en que funcionaba el ministerio Francés. De lo que no se fiaba era de las propias carrozas que hacía que hasta el más valiente acabara rezando por su vida (Kinglsey por lo visto no tuvo muy buena opinión del medio de transporte Parisino)
La reunión no se alargó más de lo debido, hablaron del método más fiable en trasladar al alguien tan demente como Wirlack de una manera segura, asegurando que eran las medidas más adecuadas.
Los magos y brujas empezaron salieron del salón llevando en sus hombros una carga con la que la mayoría no estaban a gusto. Tener que proteger a una salvaje bestia como lo era el preso que tenían bajo sus pies no ayudaba mucho. Sin embargo, eso tenía su recompensa, ver la expresión afligida de Kingley fue profundamente satisfactorio para Lucius; ver como tenía que proteger aquello que prometió combatir… oh, era sensacional. La idea de ver como se tenía que manchar las manos para proteger a un criminal del calibre de Wirlack fue algo gratificante. Jamás pensó que estaría tan feliz de saber lo que podía provocar alguien como Fornues, mejor dicho; algo como eso al primer ministro.
Lucius miró de reojo al primer ministro que parecía querer hablar con Granger
Los ojos negruzcos de Shacklebolt se posaron con rapidez en los platinados de Lucius. Había resentimiento, desprecio. Y el rostro oscuro del mago cuyas togas eran tan coloridas y alegres no pudieron ser contrastadas con la frialdad de su mirada. Sus ojos claramente le hablaban, claramente decían: "alguien como tú no debería de estar libre" la respuesta que Malfoy le dio fue una mirada que lanzaba puñales barnizados por la cruda indiferencia. Sabía que no debería importarle lo que pensara un maldito traidor de sangre, que poco importaba lo que la gente creyese.
Y no le importaba en absoluto. Sentía una verdadera aversión por aquel trozo de carne que había llegado tan alto. Como si él se sintiera con una superioridad moral solo por haber combatido contra los mortífagos.
—Hermione, ¿podríamos hablar?
No le importaba lo que pensaran en él, pero sí que trataran de alejar a todas las malditas personas que le rodeaban como si el fuera un portador de viruela de dragón verde.
—¿Ocurrió algo?
—No, nada malo, es sobre un asunto del que necesito zanjar.
«Y una mierda» pensó con rabia.
Lo que lo enfurecía, no era que tratara de advertir a Granger como era, ni tampoco que la dijera que era un mal hombre, si no el echo de que el primer ministro fuera tan estúpido como para olvidar que la chica ya había visto su lado más repugnante, que olvidara el echo de que Granger había sido torturada bajo su propio techo sin que él hubiese echo nada.
Que la tratara como una maldita muñeca de cristal cuando era una maldita pieza de acero inquebrantable.
De las cosas malas había que sacar algo bueno ¿verdad?
Ver a una Granger confundida que se alejaba junto con Kingsley del salón rojo como si tuviera un secreto que decirle le hizo recordar que tenía que hablar con Rigel antes de que ese cenutrio llegara a escabullirse de él.
Cosa que no quería que sucediera.
Esperó sentado a que todos se fueran. Pollux desapareció por los polvos azulados de una pequeña bolsa que tenía y Marie se limitó a desaparecer metiéndose en uno de los tapices de la sal aque la llevarían por otro camino más rápido para sacar de la celda a Wirlack. En conclusión estaba solo él a excepción de Rigel que como bien le conocía, era el último en salir de cualquier lado (a excepción de cuando tenía que rellenar todo el papeleo de la sede; ahí era más rápido que una Saeta de fuego bañada en redbull)
—Hay una cosa que no logro comprender
Rigel lo miró con atención cerrando la puerta con un simple gesto de la varita.
—¿De que se trata mi rubio amigo? —preguntó mientras se distraía mirando el precioso escenario de París.
—¿Por qué has filtrado el caso de Wirlack a todos los medios?
Un largo y pacífico silencio se proyectó en el salón. Ni siquiera tuvo el más mínimo efecto las palabras de Lucius en Narro.
—Era preciso hacerlo. —explicó lleno de entusiasmo —comprendo que no toleres mis métodos, pero son necesarios.
—¿Necesarios para qué? No me malinterpretes; estaría encantado de encontrarme a esa bestia de Wirlack empalada y mutilada, pero hacer esto no es propio de ti.
Rigel se giró hacia el rubio sin cambiar ni un ápice su mirada cálida y su expresión risueña.
—Lo sabrás en su momento Lucius, no te preocupes por eso.
El platinado apretó las mandíbulas. El no saber que pasaba por su mente era muy molesto, molesto al punto de querer hechizarlo para saber que diantres pasaba por esa cabeza suya.
—¿Que no me preocupe? ¿olvidas que ahora toda la prensa estará volcada en todos y cada uno de las personas que estemos trabajando en este caso? ¿que pasa con Marie? ¿que crees que escribirán de ella? ¿y de Willckberg? ¡maldita sea Rigel, lo van a acribillar! —los nervios estaban a flor de piel, estaba asustado, realmente le preocupaban las terribles palabras que podrían quedar impresas en los periódicos —¿que crees que dirán de Granger? Esa chica es una heroína de guerra en su país, ¿crees que los periódicos la van a retratar bien? ¿que simpatizarán por ella y por su ridícula visión de la justicia?
La expresión de Rigel no cambió en absoluto, de echo, pareció brillar aún más cuando escuchó que Lucius nombró a aquella bruja que tanta estima tenía.
—Lucius, mi fiel amigo, me ofende la idea de que me creas tan estúpido como para caer en esa breva. Cambié el nombre de todos los trabajadores del ministerio por nombres muggles que no vienen a cuento, incluyendo el tuyo. Así que venga, ¿que es lo que realmente te preocupa?
La respiración de Lucius se ralentizó, quedándose algo más tranquilo.
—Te conozco bien Rigel y tengo la sensación de que serás tú quién cargue con todo esto.
El rostro de Rigel cambió ligeramente, había algo de culpabilidad y quizás tristeza. La desventaja del mago de origen Vasco era que tener unos ojos tan expresivos no ayudaba mucho cuando él quería ocultar algo.
—Eso es lo de menos, se lidiar con ese tipo de cosas, sin embargo hay algo que me tiene inquieto. —los ojos negros del mago lo miraron con aprecio —¿cómo es que supiste que era yo?
—Que parezcas imbécil no significa que lo seas, —Lucius se levantó de su asiento mientras se dirigía a alcanzar su bastón donde el mango estaba tallado en plata de una serpiente con las fauces abiertas —fue demasiada casualidad que estuvieras preparando todo el papeleo legal con Wirlack antes de que el propio ministerio de Londres se enteraran. Además, usaste el nombre de tu padre; Laskain Lain Narro, si mal no equivoco.
—Mmm, a veces tiendo a olvidar que me conoces bastante bien. —respondió con apego.
La mirada platina de Lucius se fundió con la necesidad de saber que aquel mago atolondrado sabía lo que hacía. No dudaba de su buen juicio, de echo, pondría su vida en sus manos con la seguridad de que él se encargaría de que nada malo le sucediera. Y por ello se encontraba en esa situación, por ello necesitaba asegurarse de que alguien como Narro no corriera peligro.
Él no lo merecía.
—Solo ten cuidado. —aconsejó a Narro.
El mago sonrió de oreja a oreja, apreciando el hecho de que Lucius se preocupara de él a la manera Malfoy.
…
La noche estaba cerrada, y apenas se lograba ver el manto estrellado que se había volcado en los cielos Parisinos por culpa de frondosa lluvia que caía por las calles.
Todo estaba hiendo tal como había dicho Rigel; Pollux y Kingsley se dirigieron hacia el ministerio para dar más largas aún y tratar de apaciguar a los jueces de todo el jaleo y alboroto que se estaba creando y explicarles que era inevitable que se volviera tan mediático.
Marie ya se había instalado en la cabaña tres horas antes de que fueran a instalar a Wirlack.
Y ahora solo quedaban Hermione, Lucius, Forneus y un animado Rigel que estaba tarareando una canción que todos desconocían mientras un elfo doméstico los guiaba con una antorcha por unos oscuros pasadizos que se encontraban en las entrañas del ministerio.
Las cadenas de Wirlack e escuchaban pesadas y dolorosas. Lucius sabía muy bien que dejarían heridas, no por nada había sido él mismo quien había mandado que pusieran esas cadenas al rededor del cuello, muñecas y tobillos del prisionero.
—Liri conoce grandes secretos del ministerio, Liri está feliz de poder guiar a los amos por caminos misteriosos.
Lucius observó la cálida mirada de Hermione al observar que la elfina de expresivos ojos naranjas no vestía con trapos si no con un uniforme azul marino diseñado para ellos.
—¿Falta mucho para llegar? —la voz desdeñosa e infantil de Wirlack hicieron que Lucius le chirriaran no solo los dientes si no también su paciencia.
—No señor, Liri les lleva por un buen camino, Liri conoce muy bien estos pasadizos. Liri os puede asegurar que estamos muy cerca—contestó con humildad la elfina. —Liri abrirá un translador mágico para poder llevar a los amos a su destino.
Wirlack no parecía ni lo más mínimo preocupado de todo el escandaloso cambio que le iban a hacer. Sin embargo Lucius detectó en el rostro de la chica algo de tristeza, tenía una expresión desolada y descontenta.
¿Era por Kingsley? ¿era por algo que le había dicho sobre él? No parecía que fuera eso, aunque los ojos de Hermione rara vez se posaban en los platinado del mago no sentía que la expresión de disgusto fuera dirigida expresamente hacia su persona.
Entonces, si no era por él quién mantenía ese gesto en la cara ¿qué había sido? ¿era por que a Wirlack le cambiarían de destino?
—Ya hemos llegado, Liri espera haber sido una buena elfina, Liri espera saber que haya servido muy bien a los amos.—dijo con una voz chillona pero cargada de cariño que provocaba en Hermione la necesidad de achuchar entre sus brazos a la criatura mágica que tenía frente a ella.
Todos miraron al frente, y vieron que tenían a una enorme carroza oscura que iba a ser tirada por ocho caballos negros con cuerpos esqueléticos donde solo la piel hacía una extraña capa en los huesos de los animales dándoles un aspecto terrible.
—Thestrals —murmuró Hermione pero no lo suficiente como para que Lucius no pudiera escucharla.
—Así es. Pensé que sería bueno si los usábamos, son invisibles para la mayoría de la población mágica y además tienen cierto… encanto—explicó Rigel.
Lucius no dijo nada, simplemente se mantuvo en silencio. Así que Hermione también podía verlos… tampoco entendía de que se sorprendía. Habían logrado sobrevivir a una maldita guerra ¿que diablos esperaba?
Hermione por su lado estaba sorprendida de que Malfoy también fuera testigo de ellos, la entró la curiosidad ¿a quién había visto morir? ¿cual fue el ser querido que tuvo que ser testigo de su muerte atroz? Aunque no era solo de Malfoy de quien se sentía algo decaída por poder verlos, si no las palabras animadas de Rigel. ¿Cómo podía actuar de esa forma tan feliz? ¿cual era el ingrediente mágico para que tuviera tal grado de optimismo?
—Hacía tiempo que no los contemplaba —dijo de la nada Wirlack.
Hermione se giró hacia él y lo miró con dolor.
—A Colette la habría encantado poder verlos
La suavidad con la que Forneus soltó esas palabras, la humanidad con la que se expresó. Era casi tan sorprendente como desgarrador.
Todos ellos entraron en la carroza negra y Hermione no pudo evitar recordar su cuarto año cuando fue a dormir a las tiendas de campaña con la familia Weasley para ver las copa mundial de Quidditch. No parecía nada de puertas para fuera… pero una vez que te introducías en ella, las dimensiones iban más allá de lo mágico.
No había tampoco que exagerar, no era tan, tan, tan grande. Pero si era voluminosa. Probablemente del mismo tamaño del "salón rojo" donde habían hablado esa misma mañana.
Rigel se colocó en la parte del cochero donde la elfina se sentó a su lado con una expresión de pura felicidad, se notaba a leguas que los tediosos y monótonos días de oficina habían sido recompensados en tener la posibilidad de hacer algo tan emocionante como ir de manera confidencial y casi de manera ilegal a trasladar a un asesino serial. Liri probablemente podría haber compartido en otro momento la misma emoción de la joven Gryffindor cuando rompió las reglas en quinto año contra Umbrigde.
Hermione tenía que admitir que los franceses siempre se las ingeniaban para hacer de cualquier cosa algo realmente hermoso y digno de ver. Cosa que se aplicaba en el interior de la carroza.
Había una lámpara de araña colgada en el techo que emitía una tenue luz dorada, no brillaba mucho y la penumbra se cernía sobre los elegantes muebles de wengué negro. De algún forma, parecía que estaban en alguna sala secreta de algún castillo medieval.
Había una celda de considerable tamaño para Wirlack donde Hermione le llevó para tener que afirmarle con pesar que debía de quedarse ahí.
—Me gusta mucho el rollo francés. Primero te meten en una cárcel de mierda, después pasas a una cárcel con muchos más lujos y después te meten literalmente en una habitación propia de un rey. Tengo que admitir que este sistema penitenciario me está agradando bastante —replicó con ironía provocando en Hermione una suave risa.
—¿Estáis listos chicos? —se oyó desde fuera la voz de Rigel.
—Si, ya puedes despegar cuando quieras —respondió el platinado.
—¡No os oigo! —gritó con fuerza.
Hermione, que captó a la primera la referencia de Rigel contestó más animada;
—Si capitán.
—Uuuuuuh ¡nos vamos a la mierda entonces!
Y tan pronto como lo dijo, el carruaje despegó de una manera muy violenta. La lámpara se movió de un lado a otro por efecto de la gravedad, llegando casi a lamer el techo. Hermione pegó un grito, casi llegó a caerse si no fuera porque unas manos arrugadas y fuertes la sujetaron del antebrazo.
La bruja respondió con una débil sonrisa al prisionero que evitó su caída.
Malfoy por su parte, que ya se lo esperaba, astutamente se agarró con antelación al manillar de uno de los muebles por lo que ni se inmutó cuando despegaron del modo tan violento como lo hicieron.
Pasaron varios minutos hasta que las turbulencias cesaron, minutos en los que la chica se sentó haciendo compañía al recluso.
Lucius observaba desde su sillón la escena. La oscuridad le había consumido por la falta de luz, haciendo que el mago fuera un mero espectador junto con todos los objetos que se limitaban a hacerse notar son suaves siluetas proporcionadas por las ridículas bombillas de la lámpara de araña. El platinado no estaba demasiado lejos de Granger, podía ver su rostro decaído, la expresividad de sus ojos teñidos en el desánimo y el desconsuelo.
Y por lo visto, no parecía ser el único en haber notado su tristeza.
—¿A ocurrido algo?
La voz de Wirlack sonó extrañamente comprensivo. La calidez de su voz te hacía incluso olvidar la cantidad de personas a las que había torturado y asesinado.
—No, no, nada en especial.
—Hermione, estuve casado por mucho tiempo, reconozco cuando alguien está triste ¿que ocurrió?
La bruja tragó con amargura, no era que se pusiera a llorar, pero no podía negar que dolía mucho.
—Es… bastante absurdo los motivos señor.
—¿Familia?
Hermione negó.
—¿Amigos?
Otra negación.
—¿Amor?
La chica se quedó en silencio, y esa fue toda la respuesta que necesitó Wirlack.
—¿Cómo se llama?
Lucius vio que Granger se quedó muda por unos instantes, parecía como si las paredes la estuvieran comprimiendo, como si la quitaran el último suspiro alegre que podía soltar de su boca.
—Ron, —Hermione alzó la cabeza para clavar sus ojos castaños en los negros de preso —Ron Weasley.
Con lo inteligente que era la chica y el pésimo gusto que tenía en los hombres. El platinado no pudo evitar enarcar la ceja y aguantarse un comentario hiriente.
«Con el más idiota de la familia, cómo no.»
Lucius siempre pensó que los integrantes de la familia Weasley tenían una extraña capacidad para adaptarse en los ambientes. Nunca los tuvo precisamente estima y siempre tendría de ellos la visión de que, a pesar de ser de sangre pura, eran una vergüenza para los magos cuyas ideologías eran contrarias a las suyas. Sin embargo, a pesar de ser más pobres que las ratas todos sus miembros habían sabido ganarse a vida después de la guerra con inteligencia. Unos de ellos trabajaba en el ministerio, otro trasladaba dragones de un lado a otro y los cuidaba, además, si mal no recordaba los gemelos habían montado en el sexto año una tienda de bromas que por lo visto les había ido muy bien, y otro más que trabajó en Grinngots ¡hasta la única hermana estaba de gira deportiva en Quidditch!. Mejor dicho, casi todos.
No recordaba el nombre de Ronald Weasley más allá de los patéticos escándalos que daba en "El Profeta".
—¿Es por él que estás así? —preguntó Wirlack como un padre tratando de consolar el primer corazón roto de su hija.
—No, no es como piensa… es… es complicado.
—Tengo tiempo para escuchar querida, mucho más del que tú crees.
La bruja sonrió algo más, quizás no era la persona más ideal para contarle sus penas, pero la sensación de poder desahogarse y soltar lo que llevaba guardando tanto tiempo era liberador.
—Digamos que guardo muy buena relación con el primer ministro.
—¿El primer ministro de Burundi?
Hermione pegó una buena risotada, mientras trataba de taparse la boca por lo horrible que había sonado eso.
—Si, a veces tiende a creer que… soy de porcelana, pero es debido a su naturaleza sobreprotectora.
Por la expresión dura que se dibujó en la cara de la joven hechicera, Lucius supuso que Kingsley hablaría sobre él o probablemente la posibilidad de cambiarla a otro departamento.
Era más que evidente que eso parecía haberla enfadado.
«Jódete Kingsley» pensó con maldad para sus adentros.
—¿Que fue lo que te dijo?
Hermione suspiró, parecía más relajada, más satisfecha.
—Al principio me habló sobre idioteces, quise golpearlo la verdad, pero luego… luego me habló sobre Harry. También de Luna, de Neville, incluso me dijo que pronto se iría al festival de Quidditch que se celebraría en Escocia para ver a Ginny —era estúpido, quizás del género idiota por hablar con Wirlack sobre personas que él jamás había oído hablar, pero por como la mirada y la escuchaba, parecía que era conocedor de esos íntimos amigos que tenía la chica, como si él fuera conocedor de esa ufana amistad y él solo fuera un viejo amigo con el que poder soltar sus penas—fue curioso ¿sabe? No nombró a Ronald así que le pregunté por él; Cómo se encontraba, si estaba feliz. Ya sabe, esas preguntas que hacemos cuando no sabemos nada de esa persona.
La expresión de la bruja se apagaba con lentitud mientras que a la vez, que su rostro iba mejorando a uno más calmado.
—¿Qué te dijo?
Los labios de Hermione se pusieron blancos de la fuerza que metía tratando de ahogar sus penas.
—Se que suena horrible, pero Kingsley dijo que estaba muy feliz… demasiado… era como si yo no existiera para él. Imagínese como lo vería alguien como él para que diga eso…—las manos de Hermione se retorcían las unas con las otras, con la falsa creencia que eso lograría calmar su ansiedad— menos mal que yo no pude. —susurró aquello último.
—Siento que no soy amada.
Los ojos de Forneus se fundieron en empatía, en comprensión. Algo que trataba de transmitirla con todas sus fuerzas. Pero también tenía que hacerla ver la realidad.
—No eres amada porque él no te quiere.
La chica sonrió, el ambiente era tranquilo y cálido. Tanto, que logró olvidarse de la existencia de Malfoy, olvidar por completo que cierto platinado había escuchado con atención toda la conversación.
—Lo sé. —contestó con naturalidad.
La siguiente media hora las pasaron en silencio, en una pacífica tranquilidad. Hermione se sintió liberada, finalmente había podido soltar todo aquello que la inquietaba. Poder soltar esas palabras que la iban ahogando, que la estaban haciendo presa de ella misma iba más allá de lo sensacional.
Malfoy pensaba en las palabras de la chica. El modo tan crudo en que ella misma trataba de aferrarse a los recuerdos, la forma tan madura en aceptar al mismo tiempo que no era correspondida, que todo el esfuerzo y dedicación que ponía en el pelirrojo no servía para nada.
"Siento que no soy amada"
De algún modo sentía que las palabras de Granger no estaban cargadas de dramatismo si no de una brutal aceptación.
El carruaje comenzó a dar tumbos otra vez. La lámpara de araña se balanceaba con violencia y esta vez si que tocó el techo.
—¡Ya estamos llegando! —gritó Rigel desde fuera.
El carruaje no tardó el dejar de tener turbulencias y pronto pasó a estar en un suelo liso. Cuando estuvieron en terreno plano, Lucius esperó a que Granger y Wirlack salieran del carruaje no sin antes recibir una mirada perversa por parte de, como no, Wirlack.
Cuando finalmente salieron, la intensa lluvia fue cubierta por una suave capa de neblina y una densa oscuridad de la que apenas se veía.
Se escucharon las botas de Rigel cuando este cayó por su propio peso al césped del frondoso bosque mientras que la elfina Liri tenía pegado en su rostro una expresión de pura felicidad. La elfina de ojos amarillos se bajó del carromato, y chasqueando los dedos hizo que una luz blanca se pusieran encima de ellos alumbrándoles sin ninguna dificultad el camino.
—Damas, caballeros, Wirlack, son… —Rigel giró la muñeca ver la hora —las dos y media de la mañana y estamos oficialmente en; " La vallée de l'oubli" y ahora habrá que buscar a Mari Tere, creo que se perdió.
—Lo dice el tipo que se "pegdió" en el "pgopio" ministère
Hermione giró la cabeza y vio a Marie con una expresión relajada con prendas de caza muggle.
—Oh Mari Tere, me rompes el corazón, se suponía que nadie lo sabía. —se defendió con una mano en el pecho de manera teatrera.
La rubia rodó los ojos para darse la media vuelta y hacerles una seña con la mano.
—Seguidme, es "pog" aquí.
No fue mucho lo que tardaron en llegar y tal como dijo Rigel, el lugar era una cabaña en perfectas condiciones que de solo mirarla te hacía querer huir. Era como en esas películas de terror muggle que Hermione vio alguna vez en un acto de rebeldía donde un grupo de pubertos idiotas acababan haciendo el idiota (si es que se podía) resucitando a un demonio o llamando la atención de un asesino serial al que uno a uno iba matando como si fueran simples iguanas con retraso mental.
Tal cual era la cabaña, solo le hacía falta una silla mecedora para aclimatar aún más el ambiente tétrico que se respiraba.
—Este lugar sería perfecto para viernes trece en versión francesa. —soltó Wirlack con ironía.
—Y el Oscar es para… —Rigel siguió con la broma mientras que imitaba a unos tambores.
Hermione pegó unas sonoras risotadas mientras veía la expresión no solo de Wirlack, si no también de Marie y hasta de Malfoy con un rostro que prácticamente llevaban escrito en la cara; "no tengo ni idea de porque aún te aguanto".
—Ya paro, jo, que manera de cortar el rollo —se quejó Rigel como si fuera un niño.
Mientras que el mago seguía negando con la cabeza mientras se quejaba de tener unos compañeros aburridos y sosos, el hombre guió a Wirlack al interior de la cabaña donde se podía respirar el aire cálido del lugar. El fuego en la chimenea ardía sin llegar a consumir la madera lo que hacía que produjera una agradable sensación de calor.
Los muebles eran sencillos, y tenían cierto aire antiguo al ver que mucho de los adornos y el estilo rústico de la cabaña eran propios de los años cincuenta del mundo muggle.
—Bien señor Wirlack, puede caminar y hacer lo que quiera por todo este parámetro de la casa, también puede recorrer parte de la zona exterior pero no más de veinte metros. Recibirá tres comidas diarias que le serán proporcionados por Liri. Esta le servirá y le ofrecerá todo lo que crea que sea necesario. Aunque le aviso que todo lo que pida, Liri nos informará primero.
Wirlack asentía a todo lo que le iba diciendo el mago.
Narro la habló de lo que podía y no debía de hacer si no quería ser rastreado por su propia seguridad.
—¿Le queda claro señor Wirlack? —preguntó Rigel con amabilidad.
—Cristalino. —respondió con frialdad.
—Perfecto, echaremos unos cuantos encantamientos más y nos iremos para disfrute de su estancia.
El preso no dijo nada, solo se mantuvo en silencio no sin antes clavar sus ojos en los castaños de Hermione. Aquellos ojos negros que emanaban frialdad se transformaron en unos ojos cálidos que querían transmitirla seguridad. —Estaré bien.
Hermione ya lo sabía, sabía que ese lugar era muy seguro, pero no por ello significaba que ella podría tratar de ignorar esos sentimientos de inseguridad que tanto la martirizaban.
Rigel dio con su varita un suave toque en las cadenas de Wirlack haciendo que estas desaparecieran.
—Gracias, estaban algo… apretadas —dijo el prisionero con una mirada escalofriante en dirección a Malfoy. El cual, este lo ignoró por completo.
Los magos salieron de la cabaña y alzaron sus miradas al cielo estrellado. Todo estaba en calma, una paz que te hacía querer cerrar los ojos y mecerte en esa suavidad natural y fundirte con la naturaleza salvaje.
—Me iré un poco más lejos para lanzar hechizos protectores. —dijo Lucius a Rigel.
—Ten cuidado, de este bosque no me fío mucho.
Lucius rodó los ojos y caminó hacia la negruzca espesura de los matorrales del bosque desaparaciendo de la vista de Hermione.
—Bueno señoritas, ¿están preparadas?
Hermione y Marie se miraron con una suave sonrisa y alzaron sus varitas a la cabaña pronunciando un suave; "Repello inimicum" poco a poco una semiesfera cubrió todo el ancho de la cabaña dejándole un pequeño parámetro para que pudiera caminar si así lo deseaba.
Lucius, en las entrañas del bosque pudo ver tras haber caminado un buen rato la densa cúpula de magia protectora que habían creado para retener a Wirlack y que este no pudiera escapar. Aunque en el fondo sabía que si alguien como Forneus hubiese querido escapar, ya lo habría echo.
Los motivos que lo ataban para no hacerlo, lo desconocía. Y eso era un buen motivo para asustarse.
El barro húmedo ensuciaba sus botas de cuero negro, y sin embargo no le importaba. Hacía tiempo que ciertas cosas dejaron de importarle.
«Como trabajar con una sangresucia»
Las mandíbulas de Lucius se apretaron con fuerza. Quería decir que odiaba trabajar con ella, que la detestaba… y sin embargo, ¿Por qué? ¿por qué a pesar de saber lo que era se sentía tan…? Tranquilo, relajado. Era como si estando con ella se sintiera algo más liberado. No sentía la necesidad de seguir apretando los dientes como antes. No es que la apreciara, la detestaba… pero no con la misma intensidad.
Todavía sentía la mano de la chica en su cabeza.
Todavía la sentía.
Sentía su calidez, la suavidad de sus dedos paseando por su cabello. Era como una mano invisible, a veces en su estupidez llegaba a tocarse la herida para asegurarse de que Granger no estaba ahí.
—¿Por qué me evitas? ¿es que ya no me amas?
No, esa voz. Un escalofrío sacudió su cuerpo. Tragó con fuerza mientras trataba de controlar su miedo. Las manos le temblaban demasiado, su vista comenzaba a fallar. No quería, no quería volver a esos recuerdos. Después de haber logrado tener unos días de paz, después de haber logrado tener algo de calma… no, no, ¡no podía ser posible!
Lucius miró hacia todos los lados menos al lugar donde pertenecía la voz.
No quería ver su rostro, no quería escucharla. Quería huir, salir corriendo y no volver. Solo quería un poco más de esa preciada calma, de esa tierna paz que le había sido brindado durante esos días.
Simplemente quería descansar.
—¿Estás huyendo Lucius? ¿por qué? —la voz de Narcissa sonaba dulce y la vez preocupada. Casi parecía la mujer con la que se casó y no el horrible espectro que tanto lo martirizaba.
El platinado volvió a temblar mientras se sentía pequeño. La atroz angustia de tener tanto espacio y sentir que se ahogaba. Sentir que un fango horrible lo estaba succionando hacia sus peores miedos, hacia sus propias entrañas llenas de miseria.
—Narcissa por favor. —Lucius se apoyó en un árbol húmedo y frío mientras cerraba los ojos como un niño para evitar a ese horrible monstruo que se escondía bajo su cama. —No me hagas esto.
No le importaba que estuviera así de gélido, ni que le ensuciara su elegante ropa negra. Solo no quería verla.
—Cariño, mírame.
Lucius negó. No, no quería verla, no quería ver su rostro, no quería ver sus ojos.
Pero su voz sonaba tan dulce y suave, tan cariñosa y afectuosa. Solo quería mecerse en su voz como alguna vez hizo en tiempos pasados
—Lucius, amor, mírame por favor.
Su pulso se aceleró, esa voz que tanto añoraba, esa voz que tanta alegría le dio en su momento. Era la misma, era esa misma voz. ¡Era ella! Su amada Narcissa, su amada esposa. Lucius abrió los ojos, y la vio. Vio sus rasgos perfectos y angelicales. Su perfecta nariz respingona, su amplia frente donde salía sus ocurrentes respuestas, sus labios rojos que tantas veces besó. Y esos ojos… esos brillantes ojos azules que tanto cariño le profesaron.
—¿No estás cansado de esto? —preguntó su esposa.
¿Si estaba cansado? Si, claro que si. Estaba cansado de su vida, de lo que hacía, de que Draco le odiara. Solo quería levantarse y no sentir dolor, no volver a sentir más frío. Abrir los ojos y descubrir que todo había sido un mal sueño. Que se levantaba con alguien a quien amaba… solo… quería volver a sentirse amado, sentir que no había destruido con sus propias manos todo aquello que más había anhelado.
—¿No quieres acabar con esto?
Una mano gélida se posó en la mejilla de Lucius, era horriblemente fría.
—Si, quiero dejar de sentir frío. —contestó con la voz rota.
Su esposa le miró con cariño, con el mismo cariño con el que siempre le miró, con el mismo cariño cuando se casaron. Esa genuina felicidad joven se presentaron en los ojos azules de su esposa.
—Entonces sígueme. —respondió con una cálida sonrisa tendiéndole la mano.
Lucius ignoró aquella vocecita que le decía que no era buena idea lo que estaba haciendo, que tenía que huir de ese lugar, buscar ayuda, gritar lo que sea. Pero que bajo ningún concepto llegara a aceptar la mano de aquella mujer. Pero por esa vez, decidió no hacer caso, optó por apagar su cerebro y dejarse llevar. Dejarse llevar de la propia situación.
Cada vez se sentía con más frío, sus huesos comenzaban a temblar y una sensación gélida se cernía a cada paso que daba. El vaho que salía se su boca se hacía más y más intenso, junto con una inusual escarcha que había destruido cada miserable brizna de hierba.
¿Por qué? estaban en septiembre, Francia podía ser un país frío pero no como para tener esas heladas tan intensas propias de un invierno en Siberia.
¿Que estaba pasando? ¿que estaba ocurriendo? A pesar de que una sensación de peligro sacudía sus instintos más primarios de algún modo se habían apagado, solo seguía a su esposa, no quería desprenderse de su mano fría. Quizás, si la sostenía con fuerza lograría calentársela, quizás lograría darla un poco de calor a sus gélidos dedos.
—Ya hemos llegado cariño, ya hemos llegado. —dijo alegremente Narcissa.
Lucius observó que habían llegado a un tétrico claro, una pequeña laguna que de manera incomprensible había sido completamente congelada. No había nada vivo en ese lugar, todo estaba muerto y congelado. Lucius alzó la mirada para ver con horror que había una cantidad inhumana de dementores que volaban como un espantoso enjambre de figuras negras que destruían con su presencia cualquier rastro de felicidad.
Eso le recordó de inmediato a los horribles meses que soportó en Azkaban. Las veces que aguantó las sombrías visitas de los dementores. Absorbiendo en él cualquier rastro de felicidad que tuviera, cualquier anhelo que lo mantenía cuerdo, las esperanzas de lograr sobrevivir.
Instintivamente la mano del platinado viajó directa a su varita.
—No cariño, no lo hagas, esta es la única forma de poder liberarte.
¿Que debía hacer? ¿que tenía que hacer? ¿luchar? ¿pelear hasta que se quedase sin aliento? ¿combatir con todas su fuerzas? ¿acaso merecía la pena? ¿valía algo?
¿Valía la pena luchar por su vida?
Un dementor se acercó a él, sintiendo esa horrible sensación de que le quitaban una parte de su alma. Sintiendo como lo mataban de una forma horrible y atroz.
Sus rodillas cayeron al suelo.
—Lo siento Narcissa, siento todo lo que te hice.
Las imagenes se volvieron borrosas, veía a su esposa, cuando eran más jóvenes cuando la felicidad reinaba en la mansión. Veía a un pequeño Draco jugando con los costosos regalos que le daban, veía la mansión radiando de felicidad y color.
Y se lo estaban arrebatando.
Otro dementor absorbe una parte de él.
Veía a Draco con orgullo, veía sus ojos brillantes y felices al tener su nueva escoba para Hogwarts, veía su rostro alegre, feliz y lleno de calidez que solo un niño rodeado de amor podría tener.
Otro dementor absorbe una parte de él.
Hacía calor, era Junio y varias sirvientas pasaban con una cesta donde las sábanas estaban empapadas de sangre. Todos corrían, y él estaba nervioso a la vez que ansioso. Le llaman una de las criadas para informarle que puede entrar a la habitación. Dentro, ve las cortinas corridas, la ventana abierta dejando que fluya el aire mientras las cortinas de seda verde ondean la habitación. Ahí está ella, ahí está la mujer que tanto adora. Está cansada, parece agotada y sus ojos están cerrados. Un joven mago lleno de nervios se acerca hacia ella. ¿Estará bien? ¿la a ocurrido algo malo? Sin embargo, toda preocupación desaparece cuando ve un pequeño bultito blanco envuelto en todas esas sábanas plateadas y verdes.
Un bebé duerme junto con su madre, tiene el pelo blanquecino, y sus manitas son rosadas y blancas. El mago lo toca con suavidad recibiendo como respuesta el tierno agarre de una diminuta manita que se aferra a su dedo.
¿Esa cosita la habían creado ellos? ¿esa criatura tan perfecta y asombrosa la habían echo ellos?
Los ojos de su progenitora se abrieron con suavidad para sonreír al joven hombre que la miraba con una ternura que iban más allá de lo que las palabras alguna vez podrían haber descrito.
Se llamará Draco. Dijo la mujer que estaba agotada.
Otro dementor absorbe una parte de él.
—Perdóname… perdóname…
La imagen cambió por completo, ya no había calidez, ya no había esa luz que había en la mansión. Ahora era oscura, vacía, tétrica y sin vida. Un simple recuerdo del lugar que alguna vez se llamó hogar. Estaba él, mirándose al reflejo, observando su propia figura mientras leía una carta, Iba a ser llevado a Azkban. Su esposa estaba en el suelo mientras lloraba con el corazón destrozado. Le gritaba, le chillaba cosas horribles, le decía que él había destruido a su propia familia, que era una vergüenza. Que le odiaba.
Lucius quería gritar, quitar hasta que sus pulmones no tuvieran más oxígeno, quería gritar para que pararan, que dejasen de hacerle tanto daño. Que le dejaran pegar una bocanada de aire.
Otro dementor absorbe una parte de él.
Los recuerdos se volvieron más nítidos y horribles. Estaba en el funeral de su esposa, solo estaba Draco y él, no había nadie más. Su hijo lo miraba con odio pero no decía nada. Solo por respeto a su madre. Salen del cementerio y Draco le repudia, suelta todo lo que llevaba dentro por demasiado tiempo. Lo llama asesino, le culpa de su muerte, le culpa de haberle destruido la vida, de no haberle dejado tener elección.
Otro dementor absorbe una parte de él.
Su cabeza apenas logra engendrar otro recuerdo, ahora se vuelve un torbellino de imágenes difusas que no siguen ningún patrón lógico. Solo sabe una cosa, los recuerdos felices, la calidez que tenía en sus memorias van desapareciendo, se le escapan de sus manos.
No, no, el no quiere eso, no quiere desprenderse de aquello que le da felicidad.
A lo lejos escucha su apellido, alguien lo está llamando, alguien grita por su nombre. Es de una mujer y también el de un hombre.
Otro dementor pasa sobre él, y otro y otro.
Ya no ve a Narcissa, no está por ningún lado. No le importa que su mano esté fría, el la puede calentar, él puede acostumbrarse a esa sensación.
Vuelve a escuchar su nombre, y esta vez suena más fuerte y cerca. Siente una mano que se posa en su cabeza, es cálida y reconfortante y siente un suave hormigueo que lo calma. Le pregunta si está bien, si está herido. Pero no puede contestar. Solo ve un nubarrón oscuro que apenas le deja pensar con claridad.
Sabe que otro dementor se acerca, sabe que su final está cerca, lo presiente, pero no puede hacer nada.
No quiere.
Sin embargo, una luz ilumina sus ojos, algo potente y poderoso sale de una varita.
Es una nutria plateada que flota mientras se deshace de los dementores. Sus ojos se vuelven más nítidos y logra enfocar mejor su vista. La nutria plateada lucha con fuerza, pero no puede contra tantos dementores. Son demasiados como para poder combatirlos.
Otra voz suena, es la de un hombre, suena lejana, incluso como si estuviera bajo el agua.
Escucha al desconocido pronunciar uno de los hechizos, un conjuro poderoso que alguna vez escuchó en Hogwarts. Entonces lo vio claro, supo de quienes se trataban cuando vio a un colosal dragón de plata junto con la pequeña nutria destruir a cada uno de las horribles criaturas que volaban en el cielo nocturno.
Estaba demasiado cansado, demasiado agotado como para combatir contra el cansancio y el agotamiento.
Cerró los ojos y esta vez, se dejó guiar por una mano que, a pesar de que estaba fría le hacía sentirse seguro.
Se sentía bien.
Quizás, podría descansar.
Nota del Autor.
Heeeey, hola a todos de nuevo.
Siento no haber actulizado antes, pero estuve de vacaciones con mi madre por las preciosa tierra de Sevilla (me enamoré como una puta colegiala de su sempai)
Volviendo al caso, al final e tenido que meterme una caña que flipas para poder por lo menos tener presentado un capítulo. Este es, probablemente y con diferencia el capítulo más largo hasta hora ¡8500 palabras en cuatro días! Todabía estoy flipando.
Este capítulo a sido... intenso, ver así a Lucius, tan echo mierda... uff, no me a sido fácil. Además, no estaba del todo segura como realizar a nivel narrativo la parte final, y después de varios intentos, esta a sido mi elección final y en mi opnión la más acertada.
En fin, no os doy más el coñazo.
Besos desde España (y comentad)
