"El verdadero amor nace de la comprensión."
Buda
Capítulo 14: Calidez IV.
¿Había muerto? ¿no pudo resistir a los ataques de los dementores y ahora había viajado a otro plano terrenal? Es decir, al mundo de los muertos.
Lucius creía a ciencia cierta que una palabra de origen hindú de desconocido origen, ya fuera mágico o muggle llamada "Karma" se aplicaba a todo los seres vivos. Sin excepción. Todos cobraran su sentencia y sus crímenes en el momento preciso. Sin embargo, parecía estar teniendo una extraña prerrogativa.
¿No se suponía que tenía que recibir un terrible castigo? ¿sufrir hasta el resto de sus días pagando por todos sus errores? ¿no se suponía que tenía que ser así el orden del universo? ¿entonces por qué tenía en su cuerpo una sensación tan placentera? ¿no se suponía que la gente como él tenía que ir al infierno mientras aullaba de dolor?
Su visión, a pensar de sentir que estaba nublada sus sentidos estaban más que despiertos.
Estaba tumbado en la cama, en una cama blanca para ser más precisos. La luz atravesaba una ventana que desconocía su procedencia. De alguna forma que él no lograba comprender su visión era tan nítida como borrosa.
Giró la cabeza y vio el cuerpo de una mujer. Al principio creyó que se trataba de Narcissa, que era ella la que estaba a su lado. Pero para sorpresa suya no era así. La piel de la mujer desconocida era tostada, ligeramente morena que parecía desprender calidez por cada poro de su piel, no como la de Narcissa que fácilmente se podría haber camuflado con la nieve si así hubiese querido. El perfecto lacio pelo rubo fue cambiado por una maraña de pelo perfectamente rizado acompañada con perfecta armonía del cuerpo delgado de la extraña con la que compartía su cama.
¿Quién era? ¿por qué no podía verla? ¿por qué sentía una profunda desesperación al no poder tocarla?
La mano trató de rozar el hombro desnudo de la misteriosa mujer.
Estaba caliente. No era fría, si no cálida. Como Rigel habría dicho; «Una estufa andante»
Notó con ligera ironía la cantidad de pecas que estaban proyectadas en su piel, concretamente en su hombro. Algo le incitaba a querer quitar la sábana para descubrir algo más. No estaba desnuda, y por lo que veía dormía placidamente con un camisón normal y corriente, pero que incitaba a querer tocar y quitar.
La mujer preció haber sentido su toque y aquel monte de rizos castaños se movieron con un suave ronroneo perezoso.
La presión de sus entrañas se hicieron eco por su cabeza, era como un volcán ansioso de poder dejar salir toda la lava que llevaba guardando tanto tiempo. Iba a mostrar su cara, iba a ver de quién se trataba. Sin embargo, en aquella maravillosa luz blanca que hacía perfecto juego con las sábanas notó otro bulto. Un bulto más pequeño, un bulto que se tapaba y que desvelaba su posición al ver una pequeñas manitas blancas que se aferraban en taparse como si con eso hubiese logrado hacer creer a todos que había desaparecido.
Con una arrebatadora fuerza de voluntad se enderezó apoyándose en sus antebrazos en el colchón para averiguar el intruso que se encontraba en las sábanas. Las apartó con lentitud y vio una sonrisa juguetona, una expresión aniñada, un niño que no llegaría a ser mayor de seis años con unos ojos traviesos que lo miraban como si hubiese urdido una trastada al haber logrado meterse en esa cama. Su cabello era tan rubio como el suyo, tan pálido que parecía blanco. Y esos ojos… no eran los grises de Draco. No eran ese color tan característico de los Malfoy.
Eran castaños.
¿Pero cómo era posible? ¿si no era Draco, quién era? No lograba ver con claridad su rostro, era demasiado difuso. Veía y a la vez no, y eso era desesperante.
El niño lo miró con un brillo inteligente, un profundo cariño y amor al hombre que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.
Le estaba hablando con una voz infantiloide, con cariño y suavidad. Lucius miraba estupefacto al pequeño infante que de pronto se había levantado para empezar a saltar sobre la cama como si su vida dependiera de ello, casi parecía un terremoto saltarín de ojos castaños.
Finalmente, el propósito inicial de tratar de despertar de la cama a aquella extraña mujer había sido finalmente logrado.
Aquella maravillosa selva de rizos cayeron sobre los hombros de la mujer por efecto de la gravedad, y a pesar de ello, había mechones que se iban hacia arriba como pequeños granujas en pleno acto de rebeldía. El camisón blanco contrastaba a la perfección con la piel tostada de la chica haciendo que Lucius contuviera un suspiro con temor a deshacer lo que estaba presenciando.
Lo que vio, una vez que la chica alzó su rostro fue desconcertante.
La veía y la vez no.
Era como si algún ente malévolo le hubiese tapado la visión colocándole en sus ojos algún tipo de venda semitransparente. La observaba, la escuchaba; pero no podía ni verla, ni entenderla. Era una sensación horrible, una necesidad de poder ver con claridad su rostro le provocaba en él una terrible ansiedad, quería tocarla, palparla con sus manos y saber de quién se trataba. Necesitaba escucharla, entender que era lo que le decía. Veía una sonrisa, una hilera difusa blanca donde se situaba la boca. Le hablaba con calidez, él no sentía, lo notaba en su voz. La mano de la chica se alzó sobre el tocando su rostro con un infinito cariño y ternura. Sus manos se sentían bien.
Se sentían cálidas.
Se sentían liberadoras.
De manera instintiva, los ojos de Malfoy se cerraron. Su propio cuerpo, su propia piel parecía reconocer al tacto a la increíble criatura que le proporcionaba semejantes caricias.
Quería más.
Más de esa sensación tierna y cándida. Más de esos dedos bronceados que se enredaban con suavidad en su largo pelo platinado. Más de esas palabras que a pesar de no entender que decían, se sentían reconfortantes y amables a pesar de que ni siquiera estaba seguro de conocer ese idioma. Más… más de esa gloriosa sensación de deliciosa y gentil felicidad.
Quería mecerse en las tiernas caricias que sentía. Un nubarrón de placer y genuino deleite viajaron por todos sus nervios sensoriales. Guardaría en sus memorias para la posteridad tan bella imagen. Esa sensación inexplicable que crecía en lo más profundo de su corazón.
¿Qué era? ¿de que se trataba? ¿que clase de maravilloso embrujo estaba sufriendo? ¿había muerto? ¿pero no se supone que la gente como él iba al infierno?
Unos labios cálidos se posaron en los suyos disipando cualquier traza de inseguridad que lo inquietara. Eran tan tiernos y suaves, tan deliciosos que no le importaba pasarse toda una eternidad en esa cama con ese pequeño niño que con tanto cariño lo miraba.
Sin embargo… sin embargo algo no iba bien.
Las manos de la joven mujer que tenía frente a él comenzaron a volverse lejanas, y las palabras empezaron a desparecer. Algo lo estaba arrastrando, algo lo estaba llevando a otro lado oscuro del que no quería ir. Las manos del platinado trataban de aferrarse contra las de la chica pero estas simplemente desobedecían.
No, no quería irse de allí. Quería quedarse en ese lugar, averiguar que estaba ocurriendo, por qué ese niño que lo miraba con esos ojos inteligentes tenía los rasgos tan característicos de un Malfoy.
Todo lo que veía fueron intercambiados por un nubarrón negro y un intenso dolor que se asentó en su cabeza recordándole que todavía no había muerto.
Abrió con pereza los ojos, le costaba más de lo que a él le habría gustado admitir. Lo primero que vio fue un techo blanco con luces a su alrededor.
«Fue un sueño» se percató con amargura, prefería ese color, que a pesar de que eran blancos se sentían tan cálidos como una chimenea en invierno.
Trató de cerrar la mano, saber si sus sentidos estaban intactos, y por suerte así era. Le dolía todo el cuerpo, tanto que parecía que sus huesos y cada fibra muscular habían sido envueltos en plomo. La cabeza le dolía a horrores, peor incluso que tener migrañas junto con la peor resaca de la historia. Las rodillas sentían que habían sido trituradas por algún enfermo al sentir un horrible quemazón (sospechaba que era ungüento curativo) que se instaló más allá de piel creando una sensación de malestar continuo. En definitiva, sentía que estaba para que lo tiraran a la basura. Solo hacer un simple movimiento era sinónimo de dolor asegurado.
Se giró hacia los lados y vio que estaba en una camilla propia de los hospitales, con la enfermiza y aburrida decoración que solo ese tipo de lugares eran capaces de hacer para que las aborrecieras al minuto de estar allí.
—Me alegra verte despierto.
La voz de Rigel sonaba contenta aunque con unos ligeros tintes enojados. Lucius entornó los ojos en dirección a la voz de donde provenía. Allí estaba él, con su indómita figura donde a veces, si eras observador uno se podía dar cuenta del gran poder que podía ejercer contra las personas. Probablemente si hubiese estado cara a cara contra Voldemort habría sido un digno rival.
El mago que tanto sentido humor tenía, contemplaba con deleite los bellos paisajes parisinos que le ofrecía la ventana del edificio.
—¿Cómo te encuentras?
—Como el estiércol de un hipogrifo.—Lucius se enderezó de la cama con lentitud profiriendo algún que otro improperio haciendo que Rigel riera con suavidad—¿qué… qué ocurrió?
—Granger sintió que algo andaba mal e insistió en ir a buscarte, dijo que tenía un mal presentimiento y bueno… es por eso que ahora estás aquí.
¿Qué? ¿eso fue lo que ocurrió?
¿Granger le había salvado la vida?
—¿Recuerdas algo de lo que pasó la noche anterior? —preguntó sin despegar su mirada de la ventana.
Lucius lo miró como si estuviera loco.
—Había cientos de Dementores, querían a Wirlack, pero por lo visto se equivocaron.
Rigel hizo un sonido con su boca como si imitara un interruptor que le indicaba que ese no era el botón que debía de haber pulsado.
—Me temo que los dementores no eran a Wirlack a quien buscaban. —la cabeza del mago se giró con suavidad hacia el platinado —si no a ti.
Lucius no comprendió muy bien el significado de sus palabras ¿a él? ¿con qué propósito? Él ya pagó sus crímenes en su momento.
—Eso no tiene ningún sentido. —bufó como si el tema en si mismo fuera una estupidez.
Rigel lo miró con una abismal seriedad.
—Alguien envió a los dementores hacia ti Lucius —sus ojos negros se endurecieron con tanta fuerza que Lucius comprendió que tan grave era la situación. —alguien te quiere muerto. —Rigel se acercó con lentitud hacia Malfoy —y por lo visto quiere hacerlo del modo más horrible que puede existir.
—Me gustaría decirte que se de quien se trata, pero no es el caso. Tengo muchos más enemigos de los que puedas imaginar.
La dura mirada de Narro no desaparecía. Lucius sabía muy bien que no iba dirigida hacia él si no a la persona que trató de matarlo, pero eso no significaba que Rigel no pudiera resultar amenazador cuando se lo proponía.
—Lo sé, tienes una capacidad única en el mundo para hacer que te quieran matar. —añadió esta vez, con más humor.
Lucius sonrió a duras penas con un tinte oscuro conocido como amargura.
—Supongo que si. —respondió Malfoy —aunque reconozco que hay métodos menos enrevesados.
—El que te quiso muerto trabaja en el ministerio, solo alguien de allí podría haber mandado a los dementores. —Lucius notó un barniz de culpabilidad en los ojos de Narro, algo que por lo visto lo estaba martirizando. —Me temo que esto a sido por mi culpa Lucius. —dijo como si hubiese cometido el mayor acto de traición que la historia hubiera escrito —no es casualidad que te hayan querido matar en el mismo instante en que yo publiqué el caso de Wirlack a los medios.
—De un modo u otro me habrían querido muerto, no es tu culpa.
—Lo sé, que pero te e expuesto por mi falta de imprudencia. —Rigel se llevó la mano a la nuca como su tueviera un malestar que no impedía mantenerse recto—tendría que haber medido antes la gravedad de la situación.
Y era así, contra esos argumentos Lucius no podía rebatirlos. Rigel debió de haber tratado de sopesar todo lo que conllevaba algo tan contraproducente como sacar a la luz un caso tan especial como lo era Wirlack, y tener en cuenta que si eso salía a los medios, todos aquellos que trabajaran con Wirlack se verían afectados, para bien o para mal. Y aunque dudaba que Granger, Willckberg y Ternavoulle llegaran a encontrar a alguien que quisiera asesinarlos a pesar de que habían ocultado su nombre, Rigel sabía que tenía que haber sido mucho más prudente con la situación y haber sido mucho más cuidadoso. Aunque, era inevitable que tarde o temprano que alguien tan odiado como Lucius fuera objetivo de una mente tan brillante como enferma para matarlo de la forma más cruel y atroz posible.
En cierta manera, era inevitable.
—¿Donde estoy? Esto no parece que sea un hospital muggle.
Rigel sonrió de inmediato borrando por completo la mirada dura que tenía momentos atrás.
—Estás en Enfant Brûants.
La expresión de Lucius se mezcló entre el desconcierto y la cruda sorpresa.
—¡Pero si la última vez me rechazaron!
—Lo sé, pero tener a una Granger cabreada que pega puñetazos a diestro y siniestro ayuda mucho. —el rostro de Rigel se iluminó por completo —te trajimos, pero el director del hospital…¿como se llamaba esa pedazo de mierda asquerosa que ni un cerdo podría cagar con diarrea? —frunció el ceño mientras trataba de hacer memoria. —¡Jason Moore! O más conocido como; "el toca escrotos del siglo XX". Ya me acorde del nombre de esa pulga miserable fruto del incesto entre dos iguanas con embolia cerebral. En definitiva, el retraso con patas volvió a negarse a tratarte diciendo que eras un asesino y todas esas gilipolleces.
Rigel negaba con la cabeza con una sonrisa tan ancha que te contagiaba a sonreír.
—Mal asunto negarse esa noche, Granger venía bastante cabreada. Le aseguró que si no se dignaba en tratarte… espera, ¿como dijo? —Rigel volvió a hacer memoria —¡ah si,! Le cortaría sus gónadas y se las daría de comer junto con una denuncia de negligencia médica. Por lo visto la chica quería dejárselo bien claro con el plus de asestarle un puñetazo en la nariz no sin antes llamarlo "gilipollas hipócrita". Lo que te perdiste Lucius, le partió la nariz de un golpe. ¡de un solo golpe la tía! Cada día admiro más a esa mujer —Rigel se acercó a Lucius como si estuviera a punto de contarle un secreto increíble —Marie y yo estamos pensando en crear un club de fans de Hermione, podrías apuntarte y si quieres dirigirlo como presidente, te lo permitimos, pero antes tendrás que someterte a una votación colectiva—Rigel enarcó las cejas como si estuviera echándole los tejos a una jovencita —¿te apuntas?
Lucius no sabía si reír o llorar.
La forma en que Rigel se expresaba del director (a pesar de ser de origen inglés) de uno de los hospitales más prestigiosos de toda la comunidad mágica de Francia era… halagador. Saber que alguien se preocupaba por él de esa manera, maldiciendo de una manera ingeniosa y a veces muy bruta de ese mago era digno de ver. Era como si el rechazo del director de ese hospital le hiciera más daño a Rigel que a su propia persona.
Y luego Granger…
Cada día le llenaba de nuevas sorpresas. De ningún modo se habría llegado a esperar que alguien como Granger, quien tenía todo los motivos del mundo para odiarlo llegara a enfurecerse tanto por el simple motivo de que no querían admitirlo en una de sus habitaciones. Él, que se había limitado a observar cuando torturaban de la manera más salvaje y atroz sin hacer nada. Sin tratar de parar aquel calvario. Y allí estaba ella, defendiéndolo como una leona y llegando a maldecir e incluso golpear a figuras de autoridad.
Draco se quedaba corto con las descripciones de la chica.
—Descansa, le diré a Granger que has despertado.
—¿Ella está aquí? —preguntó con un natural desconcierto.
—Si, desde que te ingresaron no se a separado de la puerta, tiene a las enfermeras mártires, revisa los ungüentos para asegurarse de que no tratan de envenenarte o paranoias suyas muy bien fundadas.
Malfoy no dijo nada, se quedó callado dejando que las palabras de Rigel entraran en su cerebro.
—Por eso tengo que decirla que has despertado, así podrá descansar un poco o al menos quedarse más tranquila. —Rigel lo miró con cariño junto con un ligero brillo de tristeza—aunque no lo creas Lucius, hay personas que te quieren y se preocupan por ti.
Aquellas palabras fueron una brutal bofetada a la realidad. Se sentía que había traicionado la confianza de Rigel, como si hubiera escupido su mano, la misma mano que lo salvó de caer a un profundo agujero al que horas antes no le había importado meterse.
Lucius abrió la boca varias veces, quiso disculparse, tratar de decir algo, pero no podía. Algo que Rigel notó, y tal como le conocía le quitó un peso de encima con sus palabras.
—No hace falta que te disculpes, sé como te sientes. Sé que a veces las cosas se vuelven tan turbias y oscuras que parece que te ahogas y tratas de huir a algo que logre calmarte —la mano de Rigel se apoyó en el hombro de Lucius —entiendo muy bien ese sentimiento amigo mío. —los dedos apretaron ligeramente en Lucius de manera intencionada provocándole un ligero dolor—pero también conozco el dolor de aquellos que ven el sufrimiento de esa persona querida. Así que, como vuelvas a tratar de renunciar a tu vida cuales quieran que sean los motivos, te juro por toda la puñetera corte mágica de Merlín que te mato —apretó con mucha más fuerza el hombro del platinado creando en él un quejido de dolor —¿queda claro?
—Clarísimo, pero suéltame ya. —protestó por culpa del dolor.
La presión de la mano de Rigel desapareció del hombro del mago dejándole una renovada sensación de alivio. El capullo tenía más fuerza de la que aparentaba. Sin embargo, había cosas que no paraban de resurgir en su cabeza, junto con el sentimiento de culpabilidad que no ayudaba mucho.
—Me tengo que ir al ministerio, tengo que cantarle las cuarenta a uno que yo me sé. —Rigel le entregó una mirada más cariñosa e íntima —recupérate cuanto antes, se te echa de menos.
¿Por qué? ¿por qué las palabras de Rigel podían hacer tanto efecto en él? A veces era tan iluso, tan tonto en olvidar lo bien que le conocía Rigel, cómo era capaz de divisar esas sombras oscuras y abstractas que el podía llegar a ser tan idiota al ser incapaz de ver lo que tenía frente a él.
Rigel era tan parecido a Severus que a veces dolía.
Narro sonrió una vez más y salió por la puerta.
"sé como te sientes"
Oh si, comprendía muy bien esas palabras, sabía de antemano el profundo sufrimiento de Rigel que acometía en su magullada alma. Rigel había perdido mucho más que él, mucho más de lo que otras personas podrían llegar a pensar, y si era sincero consigo mismo, si tan solo le hubiese pasado la mitad del calvario de Rigel probablemente no habría podido aguantar por más tiempo. Quizás era por eso, quizás ese fue el principal motivo por el que optó en no alejarse de esa persona que era tan distinta a él.
Él comprendía su dolor, le entendía.
No lo juzgó cuando descubrió quién era, ni lo rechazó, ni lo repudió. Lo aceptó tal y como era, con esos matices oscuros y feos que a nadie le gustaban. Se sentía como un cínico por haber tratado de ignorar lo que ocurriría si el dejaba el mundo de los vivos.
"tratas de huir a algo que logre calmarte"
Entonces, ¿por qué se sentía tan abandonado? ¿por qué sentía que nadie podía ayudarlo? ¿por qué se sentía tan rechazado?
¿Por qué no podía sentirse amado?
Era ridículo, pero su mente viajó por unos instantes a su niñez. A su acogedora familia, a pesar de que su padre tendía a ser demasiado estricto con él no significaba que no lo quisiera… simplemente, no era el mejor hombre expresando sus emociones, lo mismo ocurría con su madre; Quizás era demasiado seria, pero no hubo ni un solo día en que no le demostrara su amor por él. Y por ello recordó una de sus lecciones de vida, que no supo seguir.
«Si no puedes vivir sin amor, entonces no tienes nada que hacer en el mundo»
¿Tenía razón su madre? ¿podía seguir tal como estaba? ¿pero que clase de vida estaba llevando? Era vacía, sombría y fría. Eso no era vida, no podía disfrutar de ella cuando el se hundía poco a poco en su miseria, y lo peor, por voluntad propia.
«hay personas que te quieren y se preocupan por ti»
Lucius apretó los dientes, ¿quererle? ¿preocuparse? Lo que le importara la gente del exterior le daba igual, que opinaran lo que le dieran la gana, pero no la gente que quería; Narcissa, Draco, Severus… todos ellos, de un modo u otro habían desaparecido de su vida.
Simplemente no creía merecer algo como eso.
No después de haberlos hundido en la más absoluta oscuridad.
La puerta se entornó y vio el rostro de Granger preocupado.
—¿Señor? ¿puedo pasar?
No había falsedad en su expresión, no había un intento falso de quedar bien delante de él. Era una expresión natural y genuinamente sincera.
Lucius dio un ligera cabezada afirmándola que la daba permiso.
La chica entró algo atorada con las mejillas enrojecidas. El hombre se percató de sus ojeras, de las bolsas que tenía bajo sus ojos fruto del insomnio nocturno, aunque eso no significaba que hubiese perdido ese brillo tan especial que tantas veces portaba Granger.
—¿Puedo sentarme? —preguntó al azar.
Lucius volvió a asentir con soslayo. Odiaba la idea de que alguien le llegara a ver así de vulnerable, que alguien supiera que en efecto, era tan mortal como el resto y podía sufrir daños… pero por razones que desconocía, no se sentía tan molesto como habría esperado en presencia de la joven bruja.
La chica se sentó cerca de su cama, ni muy lejos ni muy cerca.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó algo nerviosa. Parecía que quería entablar una conversación y no sabía como.
—Como puede ver… no muy bien —respondió con cierta crueldad.
No era porque su cinismo le hiciera ser así (en parte si), ni tampoco porque fuera incapaz de admitir que su vida estaba en deuda gracias a ella, pero el poder incomodar a Granger al grado de que su rostro se enrojeciera tanto y verla tan nerviosa delante de él… simplemente se lo estaban poniendo en bandeja de plata.
—Granger, no creo que haya venido hasta aquí para cerciorarse de mi salud, así que ¿que es lo que quiere?
Hermione se puso aún más nerviosa sintiendo que era incapaz de mirarlo por más tiempo a los ojos.
—Bueno, señor… quería disculparme.
Ahora fue él quien tenía en su rostro una expresión de desconcierto.
—¿Disculparse? ¿sobre qué?
La hechicera alzó los ojos y lo miró con firmeza.
—Sé que es tarde e incluso absurdo, puede que lo sea la verdad —dijo con una suave risa, parecía decírselo más así misma que al hombre que tenía frente a él. —pero quería pedirle perdón, por la vez que le abofeteé la cara.
Los ojos castaños de la chica eran tan expresivos que esta vez fue Lucius quien se sintió intimidado, la cruda franqueza con la que se disculpó junto con esa mirada que no estaba llena de odio o veneno si no de una abrupta sinceridad… le hacían sentirse pequeño.
—Se que no estaba en mi derecho —habló con sinceridad — que fui absurda por haber levantado heridas que no había necesidad de levantar y por ello quiero disculparme debidamente señor Malfoy.
Lucius la miró con lentitud, la examinó concienzudamente. Sus ojos, su pelo, su nariz, el color de su piel, ese puñado de pecas que la daban un aire infantil. Era como si la habitación dejara de existir, como si solo ellos dos existieran en todo el universo con la única intención de tener una larga y cómoda charla. Se sintió extraño, algo raro que hizo que su estómago se partiera en dos ante la reciente necesidad de vomitar.
—Se que e tenido momentos para disculparme antes —continuó con suavidad —pero… no pude; A veces, por que estaba enojada, otras porque estaba demasiado cansada y otras… simplemente lo olvidaba.
Si hubiese sido otra persona, como Naricissa la habría dicho cuan equivocada estaba. Que él único quién no tenía ningún derecho en hablarla de ese modo, después del calvario al que la sometió, era él. Era él quien tenía que pedir disculpas por sus horribles palabras, por su comportamiento grosero y maleducado… pero ella no era Narcissa. Era una sangresucia, una paria de la sociedad, una impura que no debía de estar en el mundo mágico. Sin embargo, hubo algo en él que le hizo tolerar la presencia de la chica, incluso, lo hizo sentirse cómodo.
Él le debía su vida después de todo.
—¿Por qué lo hizo?
Granger le miró sin comprender.
—¿A que se refiere?
—¿Por qué me salvó la vida?
Hermione sonrió de lado y se acomodó en su asiento mientras cruzaba los brazos al igual que las piernas.
—¿Tiene que haber un motivo señor?
—Evidentemente.
—¿Y cual es ese si se puede saber?
Lucius la fulminó con la mirada recibiendo como respuesta la inquebrantable sonrisa de Hermione que había tomado ligeras pinceladas de humor.
—Parece que olvida lo que la ocurrió en mi mansión, —los ojos platinos de Malfoy se dirigieron al antebrazo de la chica —porque, que yo recuerde la marcaron como a un vulgar animal.
Cualquiera habría creído que el platinado trataba de burlarse del modo más cruel posible de la bruja. Pero tal era el tono que usó, que Hermione sabía que ese tono enojado provenía más de la incertidumbre de no comprender porqué alguien como él había sido salvado por ella.
—Lo recuerdo muy bien señor, a menudo sueño con ello, pero sigo sin comprender su enfado.
Malfoy pegó un golpe a la mesilla que estaba al lado de su cama.
—¡Por el amor de Merlín! ¡usted más que nadie tendría que desear mi muerte! —vociferó nublado por la ira —¡¿es que no lo recuerda?!
Hermione se acomodó aún más en su silla, aunque esta vez con una expresión tan seria que te hacía creer que tenías a McGonagall cabreada.
—¿Su enfado proviene de eso? ¿de lo que ocurrió en su mansión? —entrecerró los ojos, y al ver el silencio que tenía el platinado como respuesta comprendió. —no tengo motivos para odiarlo señor. —dijo como si nada mientras se estiraba en la silla unido a un largo bostezo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—¿Por qué no iba a tenerlo? Que yo recuerde no fue usted quien me maldijo con el Crucio si no la tarada de Lestrange.
El hombre apretaba la mandíbula con demasiada fuerza, y varios surcos se presentaron en su sien. La atmósfera no era tensa y a pesar de que estaban hablando de heridas del pasado que todavía no se habían cicatrizado del todo, no se sentía que hubiera rencor, casi se podía afirmar que tener a aquellos dos sujetos en la habitación dialogando los estaba regenerando.
Como si pudieran volver a empezar de cero olvidando los errores del pasado.
—Puede que sus métodos no fueran los más correctos, pero es innegable que trató de luchar por lo que usted creía correcto y lo mejor para su familia.
La cabeza de Lucius se entornó a la de Hermione y la miró como si se conocieran por primera vez. La miró con otros ojos, más allá del asco y desagrado… la miró como ella merecía ser observada. Como una bruja tan apta como otra cualquiera, tan brillante como lo demostraba su inteligencia, tan fuerte como su carácter se presentaba.
—Proteger a quienes amamos no es ningún crimen.
¿Cómo? ¿Cómo era posible? ¿cómo podía ser? La chica que tenía a su lado era la misma chica que humilló en la mansión, la misma que ignoró su sufrimiento, la misma que permitió que fuera petrificada por un basilisco ¿por qué? ¿por qué se sentía así? Tan extraño de si mismo, tan raro, no sentía ni tan si quiera que sus pensamientos le pertenecieran. Se sentía como si algo hubiera abandonado su cuerpo, algo que no lograba dilucidar que era. Ella le entendía, ella era capaz de verlo, capaz de ir más allá de las apariencias, más allá de los actos que había cometido.
—Solo quería decirle eso señor. —dijo con una radiante sonrisa.
La chica se levantó y parecía dispuesta a irse.
—¿A donde va? —preguntó con cierta severidad aunque se asemejaba más a un niño caprichoso.
—Iré a dormir un poco, la verdad es que me caigo del sueño.
—Puede dormir aquí.
Lucius era plenamente consciente de sus palabras, sabía muy bien lo que iba a decir, y sabía que era una rotunda locura. Pero, estaba de tan buen humor, que podía soportar la presencia de la castaña.
Hermione estaba tan sorprendida que su rostro era demasiado cómico, casi tanto como escuchar a un político del ministerio decir la verdad. Ella realmente quería irse de la habitación, quería dormir en unas pequeñas camas que una de las enfermeras (a la única a la que la había caído bien) la había dicho que podía usar. Pero que alguien como Lucius Malfoy la pidiera de esa forma que la dejaba dormir en su mismo techo… era imposible negarse. Aunque el asiento la pareciera de lo más incómodo, no rechazaría la propuesta del platinado por que sabía el profundo trasfondo que tenía sus palabras.
Sobretodo, cuando él se lo había pedido de ese modo.
Hermione sonrió, dejó el pomo de la puerta y se acurrucó en el sillón de la habitación no sin antes invocar una manta que la cubría todo el cuerpo a excepción de su cabeza pareciendo una especie de larva envuelta en su capullo. Donde Malfoy la observaba de vez en cuando con miradas que muchos no habrían sabido si eran de odio o de anuencia.
A Hermione no la importaba, estaba tan cansada y agotada que su propia mente no trató de maquinar terribles maneras de como Malfoy podría torturarla estando tan cerca de él, simplemente se dejó llevar por el mundo onírico sintiéndose en una inusual tranquilidad durmiendo con la misma persona que trató de destruirla años atrás.
—Yo también lo siento. —dijo Lucius viendo a una Hermione en el sueño más profundo.
Nota del Autor:
Ooooooh Dios mío. Amados lectores míos, podéis empezar a cantar de felicidad porque ahora es cuando empieza el Lumione puro y duro. Además, con todo lo que les viene encima será interesante ver las reacciones de nuestro querido Lucius, además algo se cuece en el ministerio de Londres como también os estaréis preguntando; ¿que demonios a pasado con Rigel?
Os dejo con las ganas porque soy una criatura horrible y cruel.
Quizás este capítulo halla sido un poco corto, pero creo que era innecesario añadir más cuando este capítulo es que literalmente a marcado un antes y un después en este fic.
Y con esto me despido.
Espero poder actualizar lo antes posible, pero creedme, con las fiestas y los estudios te quitan mucho más tiempo del que puedes llegar a creer en un principio.
Un besazo desde España.
PD: Lo siento Natalys, pero como recompensa te dejo este capítulo lleno de azucar 30% amargo y 70% dulce.
