"El amor es primariamente una instalación, en la cual se está y desde la cual se ejecutan actos."
Julián Marías.
Capítulo 15: Quebrantable.
Los días en el hospital no fueron muy largos. Concretamente fueron tres días los que estuvo ingresado. Desde que Hermione Granger supo por parte de Rigel que lo habían intentado asesinar de ese modo tan cruel, tanto la bruja como el mago se habían encargado de aumentar la seguridad de la sala. Por el día, tenía dos aurores custodiando la puerta, mientras que Granger solía hacer visitas regulares por las noches, donde Lucius, por norma estaba en la delgada línea entre el sueño y la lucidez debido al agotamiento tanto mágico como físico que había sufrido. De cualquier modo, la chica se quedaba acurrucada en el sillón mientras leía algún que otro libro de derecho mágico o completaba trabajo que por el día no pudo hacer. Ambos pasaban las veladas en un cómodo silencio y Lucius se había acostumbrado al sonido del pasar de las hojas de sus libros o el ligero rumor de las plumas contra la rugosidad del papiro.
De vez en cuando estudiaba su rostro a exentas del arduo trabajo de la bruja que se había zambullido de lleno en los libros, estudiaba la expresividad de sus ojos, o las pecas que se extendían por su piel tostada similar al caramelo, las cejas que a veces luchaban contra la otra en un vano intento de mantenerse concentraba y no caer en el sueño profundo que necesitaba. Sus pómulos apenas eran notorios, de echo, eran rellenitos y a primera vista, suaves y sedosos, pero sobretodo, lo que más resaltaba al parecer del platinado eran esos ojos inteligentes que siempre trataba de encontrar una respuesta lógica a todo lo que la rodeaba. Su iris castaño parecía cobrar varios matices pardos cuando se encontraba en un costoso acertijo, y de alguna manera que él desconocía cobraban una expresividad y una vida que le parecían demasiado lejanos y desconocidos como para entender lo que veía. Casi sentía que cualquier persona, ya fuera muggle o mágico podría saber lo que estaba pensando sin necesidad de usar legeremancia.
No, no era una chica precisamente bella, no pertenecía a ninguna belleza de la aristocracia mágica al que estaba acostumbrado a mezclarse. No poseía esa belleza indómita y férrea de Narcissa o la cruda elegancia que alguna vez tuvo Bellatrix, ni tampoco la hipnótica figura de Alecto Carrow, ella era tan simple y vulgar que se le escapaba de su mente que su presencia llegara a tener impacto en una habitación tan pequeña.
Era como tratar de comparar faisanes dorados con un simple gorrión de campo.
Se suponía que los sagresucias no eran nada ni nadie, que eran insignificantes aunque tuvieran poderes mágicos, se suponía que ellos pasaban desapercibidos porque no valía la pena prestarlos atención y de hacerlo, deberían sentirse afortunados ¿si así era, por qué se sentía tan extraño en su presencia? ¿por qué sentía tan… ajeno de si mismo? Ahora era capaz de tolerar su presencia, de soportarla sin querer maldecirla, e incluso se sentía más tranquilo y relajado. Se negaba a admitirlo incluso en sus pensamientos más profundos y abismales que se encontraban en su cabeza, pero con Granger era capaz de sentirse cómodo sin necesidad de maldecirla. Ya habían sido varias veces esa sensación de resguardo y protección que lograba darle algo de paz a sus caóticos pensamientos.
Y eso, era peligroso.
...
Estaba dentro del ministerio, sintiendo que, a pesar de que la estructura tanto externa como interna del edificio le pertenecían no lograba considerarlo como su propiedad, ni siquiera era capaz de reconocer lo que tenía frente a él.
Sus manos permanecían igual de frías que costumbre, y daba igual cuantas veces tratara de frotarse en ellas, seguían heladas y gélidas. Tampoco era algo de lo que mereciera dar vueltas, pero eso no quitaba que fuera incómodo para trabajar cuando a veces estaban tan rígidas.
—Vamos hombre, alegra esa cara, por fin estás en casa.
Sintió las fuertes palmas de Rigel impactando contra su espalda dejándolo por unos momentos sin aire con el que poder respirar.
—Maldita sea Rigel, ¿¡quieres dejar de hacer eso!?
—Échale la culpa a la sangre vasca. —se defendió alzando las manos en señal de rendición.
Sintió algunas miradas de los empleados en ellos dos, y odiaba ser el centro de atención de ese modo. Solo quería volver a su oscuro despacho, a su preciado y cómodo agujero negro donde nadie podía interrumpirlo y donde había creado gran parte de su pequeño mundo.
Rigel lo acompañó hasta el despacho mientras charlaba alegremente sobre los equipos de Quidditch que jugarían en la mundial que se celebrarían en Bulgaria. Cuando llegaron, todavía seguía hablando sin control y como era de esperar, Lucius desconectó cualquier palabra dicha por parte del mago mientras pedía con clemencia algo de paciencia para no lanzar un hechizo contra Rigel y silenciar esa bocota suya que no paraba de parlotear.
—Estuve hablando con Kingsley y no encontró a nadie en el ministerio —dijo Rigel ahora con algo más de seriedad.—Sea quién sea el sujeto quien te quiere muerto debe de tener muchos contactos para haber logrado tapar algo como eso, me dijeron que hubo una evidente fuga de dementores pero nadie logra saber quien fue quien lo permitió. Por el momento están interrogando a todos los trabajadores, pero no creo que vayan a encontrar algo.
Lucius se frotó la sien con algo de impaciencia. No es que sintiera que corría peligro dentro del edificio en el que estaba, pero una vez que saliera de allí, era cuando realmente sentía que su vida podía llegar a peligrar. Solo sería cuestión de segundos para que algún tipo de factor sorpresa se lo llevara por delante provocando que una risa seca renacieran de sus labios.
—No creo que vayan a poner el más mínimo esfuerzo.
—¿Qué? ¿por qué?—la confusión del mago se hicieron evidente en sus cejas y ojos— Hablamos de matar a una persona a través de dementores ¿quién en su sano juicio no se preocuparía?
—¿Quién en su sano juicio trataría de proteger a un asesino que fue la mano derecha de uno de los magos más sádicos de toda la historia mágica? Mago que trató de matar a un simple e inocente niño.
La voz de Lucius había sido bañada en una despiadada realidad, sus palabras habían sido formuladas sin énfasis de agresividad, por el contrario, parecía más bien como si estuviera narrando con humor una historia para niños cuyo final era desgarrador pero con tintes de suavidad por los espectadores inocentes de su historia. En su caso, era la mirada de un hombre que parecía ser incapaz de comprender porque la gente se negaba a ayudar a un asesino que fue tiempo atrás.
—Granger te salvó. —luchó contra los argumentos de Lucius de forma infantil como si eso fuera una evidencia demoledora.
—Granger… —suspiró exasperado —Granger es Granger. —La conclusión final era certera, eso sin duda, casi tan fuerte como luchar verbalmente contra un filosofo griego. —¿Que es lo que te preocupa?
Rigel frunció el ceño, parecía nervioso e incluso había cierto brillo culpable en sus ojos, sus piernas dieron suaves barridos en la alfombra verde del despacho mientras jugaba con sus dedos con inquietud.
—Se me olvidó decirte; sé que te enfadarás pero mandé una carta a tu hijo diciéndole lo que te había ocurrido.
Los pasos del Malfoy se habían parado de lleno mientras que una expresión dolorosa cubría su rostro con unas suaves cinceladas de desesperanza que habían adornado en sus ojos grises no sin antes lanzar al culpable de la situación una mirada de odio.
Una parte de él sabía que nunca recibiría una respuesta, que Draco no se presentaría (de echo no lo hizo). Estaba enojado, muy, muy enojado. Rigel no tenía derecho a inmiscuirse en su vida privada y ni mucho menos a escribir a su hijo sobre lo que le pasara o dejara de pasar.
—¿Cuando lo mandaste? —preguntó controlando el temblor de la rabia que se acrecentaba en sus manos.
—El mismo día en que fuiste ingresado en el hospital.
El hombre mayor no podía ignorar la expresión de dolor y tristeza del platinado. Sus ojos grises, acostumbrados a estar barnizados del orgullo y vanidad habían sido teñidos por la podrida y repugnante desilusión a la par de la desgarradora realidad de ser plenamente consciente de que no vendría, de tener el conocimiento de que aunque muriera, su propio hijo no se habría preocupado en lo más mínimo.
—¿Qué diablos pasaba por tu mente Rigel? ¿que escribiéndole acabaría viniendo? ¿que seríamos felices y todo volvería como años antes de que toda esta mierda cubrieran nuestros cuellos? —los ojos de Lucius lanzaban dardos envenenados a Rigel mientras este se le acercaba para tratar de tranquilizarlo. —¡No me toques! —respondió de manera violenta.
—Lucius, no puedes tratar de huir continuamente, tienes que hablar con Draco. —trató de razonar Narro mientras intentaba de forma inane calmar la furia de Lucius. —¡tienes esta oportunidad! ¡hacerlo antes de que sea demasiado tarde!
—¿Tarde dices? ¡yo ya no soy nada para Draco!—vociferó con rabia— ¡Maldita sea! ¡yo perdí a mi hijo en el mismo momento en que le obligué a entrar en una guerra!
—Pero puedes arreglarlo, no puedes hundirte en la miseria para el resto de tu vida, ¡todavía tienes tiempo para recuperarlo! ¡no lo has perdido!
—¿Perder? ¿qué sabrás tú de perder hijos?
Lucius se giró hacia el mago con rapidez, él jamás quiso decirlo, no estaba en su mente hacerlo, no quería, no sabiendo el dolor que le producía esos recuerdos, pero estaba tan cegado por la rabia que no fue capaz de medir el acerbo hiel de sus palabras. Abrió varias veces la boca para tratar de decir algo, de hablar, pero no pudo. Sus disculpas quedaron muertas en su garganta, lo que sus ojos fueron testigos hizo que algo dentro de él se partiera en mil pedazos, algo que sintió a un profundo dolor.
Los ojos negros de Rigel estaban abiertos de par en par, se había puesto tan pálido que fácilmente se le habría podido asemejar con un cadáver en plano estado de descomposición. El ambiente, a pesar de que los ecos de los gritos habían sido callados por una atmósfera tétrica se respiraba en el aire una horrible sensación pútrida de dolor y sufrimiento. Las heridas del pasado, que parecían casi sanadas habían sido abiertas de golpe con el cuchillo de las palabras, y lo que era peor, lo que más había echo que aquel arma lacerara tan profundamente a través de las costillas directas al corazón fue su portador, ver que era un conocido, un amigo, un hermano. Era lo que más dolía. Saber que esos secretos tan profundos que en un pasado no muy lejano reveló al hombre que tenía frente a él los había usado en su contra como dagas bañadas en veneno dolía demasiado. Los expresivos ojos negros de Rigel fueron sepultados por una expresión moribunda y rota donde rápidamente, fueron opacados por la agonía de los recuerdos más espantosos que un padre y marido podrían presenciar. La alegría que siempre irradiaba desaparecieron como la brisa de invierno.
Fuego. Sangre. Lágrimas.
Tal era el semblante de su rostro que parecía que estuviera a punto de llorar.
—Yo… yo… no quería decir eso, no… no…
Rigel lo miró con una calidez vacía y triste.
—Pero tu hijo vive.
La sonrisa que le regaló a Lucius lo hizo sentir aún peor de lo que ya se sentía. Fue como si le hubiesen dado un puñetazo invisible en el estómago. Hubiese preferido que lo respondiera con odio, con desprecio. Habría sido mucho más fácil de lidiar con ello, él estaba acostumbrado… pero el modo en que lo dijo… no había recelo en sus palabras, no había ni tan siquiera el mínimo indicio de resentimiento. Solo el desesperado anhelo de Rigel de haber podido tener tanto tiempo como lo tenía Lucius.
Las manos ásperas del mago se posaron en su boca, tapándola como si estuviera tan cansado de la vida que la propia muerte lo esperara con una sonrisa propia de un amigo que puede liberar a su ser querido del dolor y el sufrimiento.
—Tengo que irme Lucius, te veré más tarde —respondió con suavidad sin borrar la sonrisa rota de su rostro.
La puerta del despacho estaba a punto de ser abierta por Rigel, Lucius sabía que si no actuaba rápido podría arrepentirse el resto de su vida.
—Espera, ¡espera por favor!
Rigel lo volvió a mirar con cariño, aunque fuera frío y quebrado.
—Sé que no querías decirlo, sé que no era tu intención Lucius, lo sé. Estás enfado y lo entiendo, pero comprende tú también, que ahora, que necesito estar solo.
La expresión desoladora de Rigel le hizo comprender que no era momento de tratar de disculparse, que ahora, después de haber dicho aquellas simples palabras no podía tratar de perseguirlo y tratar de solucionarlo. No podía echar sal a una herida cuando era tan profunda y hueca. No cuando estaba burbujeando del dolor y la agonía.
Cuando escuchó la puerta cerrarse Lucius se sentó en su sillón tapizado de seda verde. Se pasó las manos por su rostro mientras controlaba sus profundas respiraciones. ¿De que se quejaba? ¿de que le repudiaban? ¿de que la gente le odiaba? Era un cínico al creerlo cuando había hundido sus dientes de perro en la mano de la única persona que había querido ayudarlo, de la única persona que le había aceptado tal y como era a pesar de que sabía que no era fácil de querer. Le había dejado entrar en su casa, en su vida, en su familia… le desveló todos sus más profundos secretos con la única intención de ayudarlo a sobrellevar el dolor que cargaba ¿y para qué? ¿para qué si lo había echo tanto daño?
Lucius no comprendía como podía llegar a ser tan imbécil, tan cretino y necio, después de todo lo que había echo por él, después de haberle salvado la vida… y así se lo pagaba. Abriendo heridas tan profundas y dolorosas que jamás cicatrizarían. Él, que conocía su dolor, que conocía lo atroz que había sido la muerte de su amado hijo lo había usado en su contra.
¿Qué clase de monstruo podía hacer eso? ¿que clase de monstruo era para haber usado esas palabras contra alguien quien no merecía ningún mal? A alguien quién se merecía todo el oro del mundo, a una persona que sacrificaba tanto… alguien, quien debería de estar rodeado de lujos, rodeado del valor de su alma.
Era irónico, la historia de volvía a repetir. La misma situación con Severus, distintas palabras, pero escenarios similares. El daño que le hizo convenciéndole de que todos los muggles eran así, prometiéndole que uniéndose a los mortífagos encontraría el consuelo que necesitaba, y de un modo u otro, lo acabó matando, indirectamente, pero lo hizo.
Narcissa tenía razón.
Todo lo que tocaba lo destruía.
...
Hermione vio a Rigel caminar con prosaica premura. Los pies los arrastraba con rapidez viéndole desparecer con viveza por uno de los trasladores del ministerio.
Parecía destrozado.
A punto de llorar.
Tuvo el impulso de correr hacia él, pero prefirió no hacerlo. No porque no quisiera, si no porque tenía la firme sensación de que querría espacio. Estar a solas consigo mismo en un ambiente tranquilo y pacifico donde no pudiera llegar a pensar. De algún modo, ver a alguien tan alegre y vital como Rigel, un hombre que lograba hacer que sus preocupaciones y miedos callaran con fuerza, para verlo así, tan demacrado y perdido. Cuando sus ojos estaban vacíos y huecos como huesos en polvo de antaño de una vulgar tumba. Era desconcertante.
«Todos podemos tener malos días» pensó con cierto pesimismo.
Sus rodillas, a pesar de estar cómodamente envueltas por el calor que le ofrecía sus pantalones granates no lograba hacer que el frío se filtrara por sus delgados huesos, ni siquiera su grueso jersey de lana negra como sus zapatillas grises. Sus pies daban pesados pasos que harían creer a más de uno que bajo la suela de sus deportivas llevaba una plancha pesada que la hacía andar con lentitud y sin el más mínimo brío. No se encontraba muy bien, desde que había llegado a su piso comenzó a sentirse mal y a volver a sentir nauseabundos mareos. Quería ignorarlo, pero otra parte de su mente, la más racional la indicaba que eso, no era normal.
A pesar de tener frío estaba demasiado caliente, se tocó las mejillas y parecían que estaban tan incandescentes que arderían de un momento a otro, se colocó la mano en la frente y como sospechaba . Las evidencias se hicieron claras; mareos, nauseas,vómitos, escalofríos. Era evidente que había pillado un fuerte resfriado que había provocado en su cuerpo la sensación febril que tenía. Entre el bosque donde habían llevado a Wirlack y luego los cambios bruscos de temperatura en el hospital… era lógico que estuviera en el estado en que actualmente se encontraba. Odiaba la idea de estar enferma, más aún cuando tenía tanto trabajo que hacer. Pero tampoco podía ignorar que sus piernas a veces sentían que desfallecían, junto con la agobiante sensación de que no tenía fuerza en sus brazos. Tampoco es que fuera, en su racional mente a no hacer caso de sus síntomas físicos y pedir un día libre para ir a descansar y tener un merecido sueño.
Y por esa misma razón, iría a trabajar aún más y tratar de averiguar quién demonios había tratado de matar a Malfoy y como diablos habían descubierto su paradero. Por ello, sin mucha energía pero tratando de luchar contra sus anomalías físicas recogió un buen cúmulo de carpetas amarillas y con cierta lentitud se acercó a una de las altísimas estanterías donde estaban saturadas de archivos que sabía que algún día, los elfos tendrían que transportarlos a otro lugar.
Subió por una de las escaleras que estaban apoyadas en los estantes gracias a unos railes que hacían que fuera imposible que te pudieras caer a no ser que fueras demasiado torpe. A duras penas alcanzó uno de los informes sobre el árbol genealógico de los Wirlack o Warlock, como antiguamente se llamaban mientras bajaba sintiendo que sus tobillos no estaban muy comprometidos ese día, pero para suerte suya, no acabó cayéndose de los barrotes ni haciéndo el ridículo frente a todos.
A pesar de que cientos de brujas y magos iban de un lugar a otro con tanta prisa que ni siquiera el tiempo podría atraparlos con un chute de cocaína, a ojos de Hermione sentía que todo iba muy despacio.
Las paredes blanquecinas junto con las enormes alfombras de origen marroquí provocaba en la bruja una sensación aún mayor de sueño si es que se podía, la hipnotizante simetría de las bellas alfombras lograban en ella un efecto de pura somnolencia. Negó con la cabeza varias veces con la vaga esperanza de poder despertarse.
Tenía que organizarse bien si quería que las cosas salieran como ella quería. Bajaría al décimo piso y le daría gran parte de sus investigaciones a Malfoy, esperaba (y con mucha suerte) que se sintiera de tan buen humor que su jefe toleraría su presencia y aceptaría sus nuevos descubrimientos y ya, si por alguna razón desconocida tenía el milagro de que colaborara podría irse a su cama a descansar en paz.
Hermione dejó que su cuello cayera ligeramente hacia otras notas que había guardado en la última carpeta sobre Wirlack. Era muy importante también dársela. Quizás, las investigaciones lograrían avanzar aún más de lo que lo estaban haciendo.
—¿Granger?
Una voz que conocía muy bien retumbó con violencia en su cerebro, una voz que se encargó de hacer de sus años en Hogwarts un verdadero infierno. La tomó con reverenda sorpresa al encontrar a cierto rubio que la miraba con el mismo asombro que ella.
Si, era Malfoy y había preferido que fuera su jefe que el sujeto que tenía frente a ella.
Ahí estaba él, Draco Malfoy en mitad del salón mientras la mirada con una abrumadora mezcla entre burla y estupor. La última vez que le vio fue en el ministerio siendo juzgado precisamente por Kingsley como cabecilla del jurado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Hermione al azar.
Hermione estudió con rapidez el rostro del chico que tenía de frente. Estaba algo cansado, pero se le veía lleno de una renovada vida, los ojos plutonio que tanto aborrecimiento llevaba con solo ver su presencia se habían vuelto en una extraña mezcla entre culpabilidad y frialdad.
—Debería preguntarte lo mismo. —contestó el chico con una sorpresa que no se iba de su voz.
Hermione sintió que sus rodillas la fallaban. No sabía como describir la actual situación. Se respiraba una amarga realidad, los recuerdos dieron de golpe entre ellos dos; la sangre, la violencia, la crueldad. Distintos bandos, mismo sufrimiento. Algo había cambiado en Draco, algo había en sus ojos grises que parecía haber vuelto a nacer como un fénix resurgiendo de sus cenizas. La complexión del muchacho había mejorado ampliamente, no era tan huesudo como antes, había ganado el peso que necesitaba y por como le miraban algunas brujas parecía haberle dado varios puntos a su favor. Examinó ahora y con más calma, que tampoco tenía esa expresión apagada y marchita. Había una nueva luz que nacía de él.
Parecía feliz.
La bruja estaba algo tensa, no sabía si Draco había cambiado o no, no sabía si sus ideales seguían tan ferrimos como el acero. No sabía si él acabaría insultándola o no.
—Trabajo en el ministerio, me ofrecieron una vacante libre aquí. —respondió Hermione sin tratar de dar demasiadas explicaciones mientras se dirigía al ascensor, y por lo visto, Malfoy parecía tener la misma intención.
Una sonrisa de insuficiencia se esculpió en el rostro angelical del joven hechicero al ver donde subía por el sello que llevaba en sus carpetas.
—Departamento en defensa de los elfos domésticos y protección muggle, que sorpresa Granger. —dijo mientras pulsaba al botón del elevador.
Una suave risa se escapó de manera deliberada de los labios de la chica provocando en ella la necesidad de saltar de alegría al ver a alguien como Draco bromeando con esa naturalidad con alguien como ella.
—Siempre fui… algo predecible —respondió con el mismo tono mientras entraba en el ascensor. —¿a que piso vas?
—No lo sé, sé que tengo que ir a firmar unos documentos en… en… —Draco fruncía en ceño —donde guardan las tierras…
—¿En el departamento de propiedades terrenales mágicas?
—Exactamente Granger, precisamente lo que había dicho.
La joven bruja renegaba con la cabeza sin despegar su sonrisa mientras pulsaba en botón donde la llevaría al décimo piso.
—¿Pero cómo es que estás aquí? Londres y París tienen su distancia.
Draco soltó una risa hueca y seca que no logró reprimir.
—También trabajo para el ministerio, en concreto con alguien a quien conoces bastante bien.
—¿De quién se trata?
Draco ladeó su cabeza mientras que con su mirada se burlaba de la chica.
—Kingsley Shalcklebolt.
—¿Qué? ¿pero cómo? ¡Él jamás me dijo nada!
—A sido hace tres días que me a subido… de rango por decirlo así. —su rostro se ensombreció — la verdad que es… una larga historia.
No lo entendía, había algo en sus ojos grises que había quedado atrás. Había algo, algo muerto que no lograba sepultarlo en sus memorias. Fue una fracción de segundo, pero lo suficiente como para ver esa misma mirada que tenía un mago de dieciseis años que de lo desesperado que estaba se refugiaba en un fantasma como Myrtle la llorona para no volverse loco.
—Tengo tiempo para escucharla.
Draco sonrió con genuina sinceridad mostrando unos hoyuelos que no recordaba que existían.
Hermione no ignoró esa última expresión. Parecía estar luchando contra si mismo. No lo culpaba, después de la guerra tuvo que presentarse en el ministerio y tener que desvelar los puntos secretos donde se resguardaban los mortífagos. No quería ni imaginar el dilema moral y ético que tendría a sus espaldas al ver que su mundo idílico enseñado por sus padres de había echo pedazos. Sus gritos de alabanza a la pureza de sangre habían sido arrancados de cuajo, aquella ideología que estaba tan adherida en su piel había sido abandonado tras sentir como lo despellejaban por toda la sociedad.
Su sociedad idealizada como clon de su padre había sido pulverizado por cada mago y bruja de la comunidad mágica. ¿Cuanto sufrimiento había bajo su piel? ¿cuantos gritos de llanto y dolor había callado? ¿cuantas veces había tenido que apretar los dientes sin poder tener ni el más mínimo derecho a bramar del calvario sufrido?
—Gracias Granger, te lo agradezco.
Las puertas se abrieron en el piso y oh, para mayor sorpresa de Hermione se encontró con otro Malfoy ¿que diablos pasaba hoy? Solo la faltaba encontrarse en su piso al abuelo de los Malfoy.
El rostro del hombre más mayor se iluminó al instante de verlo, incluso ignorando la presencia de la tan odiada señorita Granger.
—Draco.
El modo en que susurró su nombre, la forma en que sus ojos brillaron al verlo… era la misma mirada de un padre que esperaba con ansiedad e inquietud la llegada de su hijo vivo tras una interminable y horrenda guerra, la misma mirada de alivio y anhelo tras ver que regresa a casa sano y salvo.
—Hola —fue todo lo que dijo, con un gesto seco y desconfiado. —padre —el modo en que lo pronunció, sonaba tan gélido como el hielo de un glaciar. No había ni el más mínimo afecto en esa palabra que tantos recuerdos albergaban.
La frialdad de las palabras del chico hizo que la propia Hermione se girara con desconcierto al joven mago al ver con el cruel tono con el que hablaba a su padre. Casi tuvo el impulso de regañarlo por hablarle así.
«Draco. Apenas lo visita. Es más que evidente que le odia y eso le afecta» Las palabras de Rigel hicieron eco en su mente destrozando cualquier necesidad en reprenderlo.
No podía culpar a Draco, pero tampoco entendía la necesidad de culparlo de ese modo.
¿No se daba cuenta que así lo único que conseguía eran degenerarse en el odio y la miseria?
A Hermione se la encogió el corazón al ver como la expresión del patriarca Malfoy se descomponía. Estaba sufriendo con el rechazo de su hijo, estaba sangrando por dentro, se estaba rompiendo con las palabras frías de Draco.
Parecía tan vulnerable en ese momento que ni todas las máscaras del mundo habrían podido ocultar su dolor.
—Yo… yo voy a dejar esto en la mesa. —interrumpió la chica con la esperanza de huir en ese momento si no fuera por que sintió desde su espalda una mano que se aferraba a su muñeca con desesperación.
—Granger, me prometiste que me guiarías por el ministerio ¿recuerdas?
La bruja se giró con las mejillas rojas de la ira, ¿cómo se atrevía a querer meterlo en sus problemas familiares? ¡como si los suyos no fueran suficientes! Podía haber respondido que se negaba, que no estaba en su voluntad dejarse manejar por el rubio, pero su expresión… sus ojos grises que necesitaban huir de su padre.
¿Que tan desesperado tenía que estar para querer aferrarse a alguien como ella? Una impura, la chica del trío dorado, la misma chica que destruyó todo su mundo.
Lucius clavó sus ojos en los de Hermione, parecía querer sonsacarla todos y cada uno de sus secretos. La mirada endurecida de sus ojos junto una flamante necesidad de tener respuestas provocaron una fuerte contradicción en la bruja. ¿Qué debía de hacer? ¿de que lado debía de estar? ¿de Lucius o de Draco? La chica trató de decir a su jefe con la mirada que no tratara de forzar las cosas, que no era buena idea, que debía dejarlo ir. Para sorpresa de Hermione, el hombre pareció haber entendido el lenguaje de sus ojos.
—Señor…
—Comprendo, deme los archivos, los revisaré yo mismo. —dijo con un tono monótono y latoso.
Algo en ella se partía en dos por tener que elegir entre los dos magos;
Un hombre destrozado por la guerra, sintiendo todas las culpas en sus hombros mientras llevaba la cruz de la condena que no tenía porque llevarlo si sabía como poner remedio. Mientras que por otro, estaba un niño, al que le destruyeron su inocencia, la luz aniñada que había en el murió en la misma guerra que su padre le metió.
La chica le entregó los archivos tratando de decirle con sus ojos que no tenía que preocuparse, que todo estaba bien.
—Volveré por la noche señor.
Lucius la miró con algo que no supo dilucidar entre rabia u agradecimiento. Quizás, eran las dos cosas.
Las puertas del ascensor se cerraron, mientras que lo último que veía la bruja eran los dolientes ojos grises de Lucius.
Cuando ambos sintieron que el ascensor empezaba a bajar por los pisos Hermione se encaró hacia Draco enfurecida.
—¡¿Pero en qué demonios pensabas Malfoy?! —las manos de la chica se alzaron sobre su cabeza mientras daba vueltas alrededor del minúsculo habitáculo que podía tener un ascensor. —¡Por los clavos de cristo! ¡seré despedida! ¡Dios mío! ¡no volveré a encontrar trabajo en mi vida!
Una fina y elegante risa se escurrió en los oídos de Hermione.
—¿De qué te ríes Malfoy? —preguntó roja de la ira.
—A diferencia de otras personas, no has cambiado en absoluto. Sigues siendo la insufrible sabelotodo que conocí en el primer año.
Había algo de melancolía en sus palabras, una cercana añoranza que Hermione comprendía a la perfección. Hogwarts había sido el hogar de muchos, esa placentera independencia que hacía del castillo algo más que un internado. Los recuerdos, los amigos, junto con la floreciente sensación de que uno ya era parte de él. Y ahora… ahora eran adultos que no podían volver a ver con los mismo ojos el encantado colegio de magia, sobretodo, después de haber visto las masacras que se acontecieron.
—¿Que a ocurrido Malfoy? Si quieres mi ayuda te la daré, pero necesito la verdad.
Malfoy apretó las mandíbulas mientras que su mirada se oscurecía.
—Necesito hablar contigo.
—Bien, perfecto, pero no me mires como si fuera el ser más aterrador del mundo Malfoy, no voy a comerte vivo.
Otra suave risa se derritió en sus oídos.
—Como si tener a una sabelotodo no fuera ya un castigo.
Hermione le golpeó con suavidad en el hombro mientras se hacía la ofendida.
—Conozco una buena cafetería, si quieres te puedo llevar.
Malfoy asintió con una rígida sonrisa. Hermione presentía que algo iba muy, muy mal para que alguien como Draco quisiera hablar con ella.
La bruja le guió, por unos pequeños callejones hasta llevarlo a su destino (no sin antes ser devorado por las miradas de varias brujas al ver pasear a Draco) . La cafetería era pequeña, pero no por ella fea. Era muy hermosa, parecía un restaurante sacado de los tiernos años veinte donde el glamour y la elegancia instaban a que no se les olvidara.
Hermione le llevó a una de las esquinas del bar con la ventaja de que estaba más lejos del bullicio junto con una agradable estufa mágica que lograba hacer que la bruja olvidara el frío que recorría sus huesos.
Ambos pidieron cada uno lo que querían para tomar, Draco pidió un café wallpurgui donde las semillas de las plantas del café eran conocidas por lo increíblemente amargas que eran y Hermione optó por pedir un chocolate caliente.
Ambos, aún teniendo las bebidas se quedaron en silencio. Draco parecía querer hablar pero no sabía como. Estaba tan nervioso que lo único que producía en Hermione era la necesidad de calmarlo.
—¿Cómo estás?
Draco pareció tomarlo con sorpresa mientras que la bruja daba un sorbo corto al chocolate caliente.
—B… bien, bien. La verdad es que e logrado rehacer mi vida con mayor facilidad de la que alguna vez habría creído —los ojos platinos del muchacho se posaron en su taza de café negro del que parecía tan absorto y tan ajeno al mundo, que fácilmente podría haber pasado una vaca rosa volando con la esvástica nazi dibujada en su piel y él, ni se habría percatado — después de que me juzgaran me fue imposible encontrar un trabajo estable, de echo no sería la primera vez que tuve que mendigar de otras familias para no tener que dormir en la calle. —Draco sonrió de lado —es irónico, ¿no crees? —dijo alzando esta vez su mirada a los ojos castaños de la chica —las mismas personas a las que intenté destruir, fueran las únicas que me dieron cobijo y alimentos.
—Harry.
—Si, cararajada fue el único en tener el coraje suficiente como para darme un buen puesto en Gringotts. —El chico entrecerró los ojos —veo que estabas al tanto.
Hermione sonrió mientras daba otro sorbo a su taza.
—Harry y yo sabíamos de tu situación, pero no sabíamos como ayudarte. Con lo terco que eres pensamos que si lo hacíamos directamente te negarías diciendo algo como; "No necesitaba vuestra ayuda"
Una suave risa se escurrió de los pálidos labios del chico.
—Si, probablemente abría ocurrido algo como eso.
—Pero dijistes que Kingsley te había subido de puesto, no recuerdo que él trabajara allí.
—No, no lo hace, de echo trata de evitar en la medida de lo posible ese lugar por los…
—Impuestos mágicos de hacienda —repitieron al unísono Hermione y Draco. Ambos se miraron y rieron entre ellos con total confianza.
—Se enteró de que trabajaba allí y me buscó. Nada serio, simplemente algo de ayuda extra. Era el único mago de sangre pura que no estaba preso por haber luchado con los mortífagos por lo que pensó que sería bueno si sacaba tajada de ello. —el platinado se recostó en su silla mientras saboreaba con complacencia el amargo café que navegaba por su lengua —Shacklebolt tenía la firme idea de que podría detectar cuentas bancarias fraudulentas originarias de mortífagos desertores que no tenían que estar allí y evidentemente dichas cuentas dárselas a Shacklebolt para que pudiera capturarlos y juzgarlos con la condena que les correspondían.
Así que Draco Malfoy estaba haciendo de "chivo expiatorio" de Kingsley. Ni en mil años se habría imaginado que Draco ayudaría a los aurores a capturar a los mismos magos oscuros que en un momento pasado los ayudó en realizar sus más sádicos ideales.
—¿Qué te hizo aceptar su propuesta?—preguntó Hermione con inteligencia.
—¿Tan obvio soy?
—Eres un Malfoy —respondió con un eje de humor que el chico supo entender.
—Me prometió que si trabajaba con él, todas las propiedades que me habían sido quitadas en Londres las recuperaría. Pero, que para hacerlo, tenía que hacer unos trabajos para a ojos del ministerio demostrar mi… arrepentimiento.
—Por eso estás aquí.
Draco asintió mientras se balanceaba con las patas posteriores de la silla con un magistral equilibrio.
—Al estar en suelo extranjero puedo recuperar ciertos patrimonios que me corresponden en Londres, pero para ello tengo que dejar cierta cantidad considerable de dinero. En definitiva, tengo que pagar para recuperar mis propiedades en Londres. Lo que pasa es que en Francia, por ser oriundo de aquí y que uno de mis antepasados naciera y se criara en Tours me da cierta… ventaja. Digamos que me lo dan en bandeja de plata.
Hermione comprendía las palabras del mago. Era injusto que tuviera que recuperar todas sus pertenencias teniendo que pagar por sus propias propiedades, algo que por naturaleza ya de por si le pertenecía. Nunca estuvo muy de acuerdo con esa ley, el hecho de que alguien por tener un antepasado que hubiese nacido en Francia les facilitaran los negocios a paises extranjeros no era algo de lo que estuviese muy de acuerdo. La idea en si misma era buena, pero las personas que habían usado a su favor dicha ley nunca lo habían echo con las intenciones tan precarias y sinceras como las tenía Draco.
—Lo que no sabía era que trabajabas aquí, más aún con mi padre. —la expresión del platinado se sacudió tornándose en una confusa —no comprendo porqué no dejaste el trabajo o al menos cambiarte de departamento, después de lo que pasó en la mansión… después de…
—Malfoy, si realmente me sintiera en tal posición lo habría echo en su momento, pero la verdad es que estoy mucho más cómoda de lo que habría llegado a creer. Tu padre es algo difícil de… lidiar. Pero no me a echo la vida imposible, a su manera tiene su propia forma de ayudarme.
—¿Él? ¿ayudar? Creo que no estamos hablando de la misma persona Granger. —respondió con una renovado veneno en su voz.
Hermione lo miró con cierta aprensión. No culpaba a Draco del resentimiento de su padre, pero tampoco aceptaba el tono cruel con el que se dirigía a él. Ella nunca olvidaría el orgullo con el que miraba Lucius a su hijo cuando jugaba al quidditch, aún cuando perdía en un partido, o el brillo de sus ojos platinos cuando Draco fue nombrado prefecto. El modo en que su jefe colmó de comodidades y regalos a su único y amado hijo. Sabía que quizás no era lo mejor para él, que no era lo mejor forma de demostrar su cariño a su querido retoño, que tenía que haberle enseñado a pensar por si mismo y no crear un clon suyo. Pero era innegable que Lucius quería a Draco con todo su ser.
A sabiendas de lo turbio que se volvería la conversación, y sabiendo lo cabezotas que eran ellos dos Hermione tomó otro rumbo y mucho más sano donde el sentido de la autoconservación primaba en ella.
—¿Qué es lo que ocurre? Dijiste que querías hablar conmigo.
Draco apretó sus labios hasta dejarlos en una suave y delgada línea blanca.
—Sé por Shacklebolt que estáis en un caso bastante peliagudo, un tal Wirlack ¿cierto?
Hermione asintió con suavidad.
—¿Ocurrió algo?
—En Gringotts un día apareció un mago que quería hacer una trasferencia al banco de Paris. No le di mucha importancia al principio, pero cuando vi su nombre me preocupé, en uno de los cheques estaba un nombre y apellido de uno de los muggles a los que asesinó quién tú sabes—Dracó trató de hacer memoria— Alan Smith, me sorprendió bastate por lo que indagué. Ese nombre era falso, traté de hablar con él pero antes de hacerlo escuché una conversación con otro tipo que estaba encapuchado, no logré entender que decían, creo que hablaban en francés. La verdad, no me habría preocupado si no hubiese escuchado tu nombre. Le dio una bolsa de lo que supongo que era dinero. Sinceramente, no sé que era pero no creo que fuera nada bueno. —sus ojos se inundaron de algo similar al temor —sé cuando una persona quiere hacer daño, estuve con los mortífagos el tiempo suficiente para saber detectar a gente malvada.
Draco pegó un aletargado suspiro.
—Creo que alguien quiere asesinarte Granger.
La chica se quedó unos segundos quieta, sosteniendo todavía su taza de café entre sus manos mientras miraba con soslayo al mago que tenía frente a ella.
—Tampoco sería algo nuevo. —respondió con calma. —siento curiosidad por el método que vaya a usar contra mi.
—Granger, esto es serio, no es ninguna broma.
—No dudo que sea así, se de sobra que no eres propenso a este tipo de bromas.
—¿Entonces? Deberías de estar al menos preocupada. —la mano de Draco viajó a su nuca mientras trataba de controlar una irrefrenable ira —¿Es que no te preocupa lo más mínimo que te quieran hacer daño? Te creía más inteligente Granger.
La bruja no sabía si estar más sorprendida de que alguien como Draco se enfadara con ella porque no se sentía inquieta en lo más mínimo por el reciente descubrimiento de Malfoy o esa extraña percepción suya de que el rubio se estaba preocupando por ella. Prefería optar por la idea de que Draco tenía algo más en mente que su propia seguridad.
Hermione dejó que una risa seca saliera de ella sin dejar de dar varios sorbos al delicioso chocolate caliente. Más aún si recordaba todo lo que la había ocurrido en los últimos meses.
—Malfoy, mi jefe fue un mortífago que se limitó a mirar mientras me torturaban, su hijo trató de asesinarnos en la sala de los menesteres pero en un giro de tuerca fuimos nosotros quienes lo salvamos a él, trabajo en un caso con uno de los magos más sádicos y sanguinarios que toda la comunidad mágica puede recordar en toda su historia y si mal no me equivoco, alguien a querido asesinar también a tu padre. Por lo que no, Malfoy, no soy ninguna inconsciente por no alarmarme más de lo que debería. En otras circunstancias lo habría echo, pero teniendo en cuenta que mi vida se ha vuelto un caos en menos de tres meses lo siento si no te doy la reacción que esperabas.
—Granger, lo que pasó en la mansión… yo…
La bruja dejó a un lado su café mientras entrelazaba sus dedos mirándolo a Draco con algo similar al afecto.
—No te estoy culpando de nada, lo que pasó, pasó. Ambos tratábamos de sobrevivir como podíamos tomando caminos distintos y puedo asegurarte que eso no es ningún crimen.
Los ojos de Draco se fundieron en algo que Hermione no supo reconocer, era un brillo especial, un mirada que solo iba dirigida hacia ella. La comprensión dada por la que en tiempos pasados fue su férrima enemiga, era la misma que ahora la tendía la mano y le comprendía sin rencor. Era la única capaz de entender su sufrimiento con las agallas suficientes como para ser capaz de decir lo que pensaba sin formularlas con el filtro del odio y el resentimiento.
—Simplemente… simplemente no quiero que… no… —la lengua del rubio se hacía un nudo en su garganta tratando de matar las palabras que quería decir. —alguien como tú no merece más sufrimiento.
La cabeza de Draco se agachó sintiéndose demasiado cobarde como para levantarla y mirar los expresivos ojos castaños de Hermione. No sentía que pudiera hacerlo, era como si un poder invisible le prohibiese hacerlo. La expresión corporal de Draco denotaba cargas incansables de estrés y una sobrada e innecesaria preocupación, pero dadas las circunstancias desde el punto de vista de la bruja, no podía culparlo.
—Tú tampoco te mereces más sufrimiento del que ya has tenido Malfoy, sé has tenido que soportar una carga peor que la mía.
Y era así, Hermione era consciente de que ella se sentía cómoda y segura con Harry cuando fueron en busca de los Horrocruxes, que tenían el firme apoyo de los suyos, de la orden aunque se hubiera disgregado. Mientras que Draco, había entrado en una guerra que no quería. Donde la salvaje supervivencia con un líder que despreciaba a sus seguidores matándolos a sangre fría, había destrozado a un niño que no tenía que ser testigo se semejante atrocidad. Sangre, violencia, masacre. Era su pan de cada día. A saber, cuanto terror tuvo que presenciar un mago inocente que solo deseaba seguir siendo un niño con la calidez que le brindaba su familia antes de que su mundo se volviera tan ruin y hotil.
¿Por qué? ¿por qué Hermione era la única que era capaz de entenderlo? Algo en él se rompía, saber que esa chica, la misma que disfrutaba humillándola, la misma a la que tantas veces despreció por su procedencia era la única en haber sido capaz de ver lo que realmente era. Una simple alma rota que a duras penas lograba pegar sus trozos de ilusiones perdidas.
—Granger, te lo suplico, ten cuidado. —las manos del chico taparon su rostro mientas parecía controlar el murmullo de sus lamentos —solo… ten cuidado.
La joven bruja quiso apaciguarlo con su mirada, había muchas más palabras que el platinado quería decir, pero no podía, no podía porque se ahogaba en sus recuerdos. Claro que sabía ella que Draco tenía algo más en mente que se sentía incapaz de decir. Pero prefirió no presionar.
—Lo haré, te lo prometo.
Draco sonrió de nuevo para volverla a mirar a los ojos. Rápidamente las palabras comenzaron a fluir de su boca y pasaron a charlar sobre sus nuevas vidas y como les estaba hiendo, sobre como se recuperaron después de la guerra y lo difícil que había sido tener que superar las pérdidas. De alguna forma, más que abrir heridas, parecían estar sanando con mayor rapidez al poder hablar cómodamente de aquel tema tabú que se consideraba para la gran mayoría de los magos. Hermione lograba hablar de la muerte con tanta naturalidad que dejaba algo perturbado al chico. Era tal el grado de aceptación que había en sus palabras que le daba la falsa percepción de que aquella chica de pelo enmarañado estaba en un plano espiritual superior al suyo. La forma en que hablaba de heridas del pasado sin mezclarlos con el resentimiento era delicioso, Draco se deleitaba con las suaves formas abstractas que Hermione desprendía de sus labios. Ese brillo aniñado que no había desaparecido de sus brillantes ojos castaños, esas perfectas pecas que incentivaban a tocarlas y sobretodo, esa enorme biblioteca de Alejandría que tantos papiros estaban guardados a la espera de algún sabio que supiera apreciar sus conocimientos.
Hermione Granger era una bruja donde la palabra aburrimiento desaparecía en el aire.
Pasaron varias horas en la cafetería. La gente pasaba a su alrededor, algunos con prisa, mientras que otros disfrutaban de la calidez del lugar. Alguna que otra bruja lanzó una mirada algo más que tentadora al cuerpo de Draco donde este, obviamente ignoraba.
—Malfoy, me tengo que ir.
—¿Qué? ¿tan pronto? ¿no puedes quedarte un poco más?
Sonaba desesperado, desesperado por la compañía de la chca.
—Son las nueve y media y todos mis compañeros de trabajo ya se han ido hace media hora, aparte, debo de terminar un informe que debí de terminar hace varias horas.
El joven hechicero hizo una mueca de desaprobación. Quería hablar más con ella, quería charlas más, escuchar su voz cálida y afectuosa.
—Vale, vale. Olvidaba lo diligente que eres Granger. —levantó las manos en señal de rendición.
Hermione negó con la cabeza sin despegar su sonrisa de la cara.
—Y tú sigues siendo el mismo Malfoy que conocí.
Draco sonrió con ese halo de arrogancia con el que siempre se caracterizó.
—Evidentemente, mala hierva nunca muere —los ojos grises del chico se tornaron a unos más serios—Granger, por favor, tómate en serio lo que te dije ¿vale?
La bruja asintió a sabiendas que dejarle con la duda no sería beneficioso para ella. No era que pusiera en duda las palabras de Draco, simplemente no se sentía amenazada ni tampoco perseguida. Fuera quien fuera esa supuesta extraña persona que parecía querer asesinarla había tenido cientos de momentos para hacerlo, aparte, no se había sentido en ningún momento vigilada o perseguida.
Hermione se despidió de Draco con la mano mientras salía de la cafetería. Corrió con rapidez por culpa de la torrencial lluvia que la empapó de pies a cabeza y corrió hasta el edificio enladrillado y se metió dentro de la enorme entrada. Tal como había imaginado, no había nadie, ni si quiera un mísero fantasma que rondara por los pasillos. Miró a los cuadros y estos hacían su correspondiente vida nocturna durmiendo plácidamente.
«Que envidia» pensó para sus adentros.
Sin quererlo, su mente viajó a las palabras que alguna vez Ron dijo muy sensatamente; "Tu vida tiene que ser una mierda para llegar a desear la de un gato o un cuadro". Hermione apretó los dientes y trató de evitar su memorias. No quería imaginárselo en esos momentos, no cuando ahora empezaba a ir sobre ruedas y su vida caótica comenzaba a tener cierto orden.
Hermione no se preocupó demasiado por su ropa húmeda, en ese momento tenía demasiado calor como para ocuparse del frío húmedo que atravesaba su piel. Anduvo con tranquilidad, sintiendo la maravillosa compañera del silencio que ahora había decidido hacer acto de presencia.
La bruja se quitó sus zapatillas y empezó a andar descalza por los pasillos hasta llegar al ascensor. Era evidente, que ella ignoraba por completo las huellas húmedas que dejaba a su paso, ¿pero que más daba? Agua en una alfombra no hacía daño nadie.
Con una de las manos que todavía sostenían sus zapatillas húmedas se adentró en el ascensor y marcó el botón al piso al que quería ir. Subió y salió de él sintiendo como el frío empezaba a hacerse notar. Solo quería ir a su mesa y buscar las carpetas que le había dado a Malfoy, dudaba que estuviera a esas horas de la noche y probablemente estuviera durmiendo plácidamente en su casa.
Las luces estaban apagadas, y si no quería acabar besando al suelo lo mejor sería para su salud física y metal encendarlas antes de que acabara escoñándose en alguna mesa que no era la suya.
Pegó un estornudo dejándola por unos segundos algo atontada a la bruja.
Estaba delante de su escritorio pero no estaba ninguna de sus carpetas, no había rastro de ellas. Hermione se alarmó al instante. ¿Y si Malfoy las había dejado en otro sitio? ¿y si Malfoy no se había dado cuenta y ahora esos informes tan importantes estaban en otras manos?
—Debería secarse, puede coger un resfriado.
Hermione, por esa vez no pudo aguantar y soltó un chillido reprimido al oír esa voz detrás de sus espaldas.
—¡Cristo! —la mano estaba en su pecho casi como si su deber fuera estar ahí— ¡Virgen santa! — exclamó jadeando. —¿tiene por costumbre dar sustos de esa forma?
Ella no se dio cuenta del modo en que le estaba hablando a Lucius, que era un tono casi familiar, sin embargo, al platinado no pareció ofenderle lo suficiente como para encararla. Tan solo se limitó a enarcar la ceja casi con algo similar a la burla al escuchar "Cristo".
—Si busca sus informes están en la mesa de mi despacho.
La voz era monótona y seca, como siempre, no había ni una maldita emoción en él.
Hermione asintió con suavidad.
—Tiene mala cara.
Las mejillas de la chica se ruborizaron de la vergüenza. Que hasta alguien como Malfoy se diera cuenta que no estaba muy bien no era bueno para ella.
—Ha llovido mucho afuera —explicó con solemnidad.
Lucius sacó su varita mágica e hizo un complicado movimiento con ella. Del extremo salió un chorro de aire caliente que fue dirigida hacia su ropa, y ésta empezó a despedir vapor hasta que se secó por completo.
—G… gra… gracias.
Hermione no sabía si estar más sorprendida en no saber ese hechizo o que alguien como Malfoy, mejor dicho, alguien como Lucius se tomara las molestias de lanzar un hechizo de calor solo para tratar de secarla.
Estaba en un mundo paralelo y no se había dado cuenta, definitivamente era eso ¿que otra explicación podía tener?
—Leí lo que decía sobre el señor Wirlack, que era incompatible que pudiera vivir en sociedad, que tal era su grado psicopatía que volvería a repetir sus crímenes sin pensárselo dos veces.
—Algo que sigo creyendo firmemente señor.
El hombre la miró de arriba abajo.
—Sin embargo, es más que evidente que guarda una profunda simpatía hacia él ¿por qué?
Los ojos castaños, movidos por su sentido de la justicia se apoyaron contra los fríos y maquiavelicos ojos grises de Malfoy.
—Tengo muy claro mis principios señor, y no voy a romperlos, pero digamos que… comprendo los actos de Wirlack, no los apruebo, pero si entiendo lo que le motivó a hacerlos tanto daño.
Era más que evidente que la chica le había dado un argumento absurdamente ambiguo que era imposible de coger mirase por donde se mirase. Sin embargo, se había molestado en tratar de explicárselo a Malfoy, había tratado en su medida darle una respuesta. No era la que él quería, pero era una respuesta.
—¿Algún día lograré saber la verdad?
La chica de ojos avellana se quedó algo sorprendida, pero rápidamente su sorpresa fue intercambiada por una suave sonrisa.
—Si, le aseguro que en su momento sabrá toda la verdad.
Malfoy la contempló en el silencio por varios segundos que parecieron eternos. Hermione veía que aquel hombre no parecía querer hablar, que no había nada rondando en su mente como para que se quedara plantado mientras la observaba con criterio.
—Bien, acompáñeme.
La bruja obedeció casi de forme instintiva y siguió al cuerpo oscuro del hombre. No podía evitarlo, pero Malfoy emanaba poder y ferocidad allá por donde iba, y a veces era inevitable que ella tuviera esas reacciones.
—Creí que a estas horas usted se habría ido a casa. —dijo mientras se maldecía internamente por no poder estar callada.
—Vivo aquí.
Hermione se sorprendió
—¿Aquí? ¿dónde?
La curiosidad mató al gato, dicen en algunos países. En este caso se aplicaba en la chica que tenía la mala costumbre de hacer demasiadas preguntas en el peor momento. Por como se paró Lucius y por como la miró la indicó que había sido una tonta por haber preguntado por algo como eso. Sin embargo, si por lógica, su día había estado lleno de sorpresas, era evidente, que más sorpresas no iba a ser un problema.
—Este castillo perteneció en su momento a mi familia, así que tengo derecho a vivir aquí el tiempo que me de la gana.
Hay algunas habitaciones que están en desuso por lo que, evidentemente le saco provecho.
—Siento haber preguntado. —se disculpó sintiendo como todos los colores se subían por su rostro. —no volveré a hacer más preguntas.
Malfoy la miró y se quedó en silencio mientras la guiaba por el pasillo.
—¿No se siente solo?
¡Ni un minuto! ¡ni un miserable minuto sin hacer preguntas! Lo de esa bruja era patológico, simplemente no era normal el grado de necesidad e saciar la astronómica curiosidad de esa niña.
—¿Está en su naturaleza hacer preguntas por todo?
—Si, de lo contrario no habría sido la bruja más brillante de mi generación.
Lo que se suponía que era un pregunta insultante se había tornado en su voz una pregunta con un tinte ligeramente cómico. Mismo tinte que Hermione supo responder.
—Recuerdo que el profesor Snape en su época de gloria me apodó: "La sabelotodo insufrible"
Una suave sonrisa de insuficiencia salió en su rostro haciéndole parecer varios años más jóven.
—Debió de sentirse ofendida.
—¿Ofendida? Al principio si, pero al final le acabé cogiendo cariño al apodo. Cuando el profesor Snape murió fue… extraño. Sentí que algo en Hogwarts había desaparecido para siempre.—Hermione no pudo darse cuenta del modo en que Lucius la mirada, de ese extraño brillo interesado que se había puesta en ella— Se que suena absurdo pero, al haber desaparecido, las clases de pociones… dejaron de ser lo que eran. Soy muy consciente de que el profesor Snape siempre tildaba a ser… cómo decirlo sin sonar grosera… el profesor Snape era… era…
—¿Un capullo integral?
Hermione soltó una risotada.
—Si, no lo habría dicho mejor. Era exactamente eso. —Hermione se quitó unas cuantas lagrimillas de sus ojos que amenazaban con salir rodando de sus ojos.— sus clases en cierta manera eran divertidas, era las respuestas mordaces que daba a cualquier alumno que no pudiera cumplir sus expectativas. De echo, había un chico de Revenclaw que tenía siempre el pelo a cero, creo que era porque así se lo indicaba su religión, no lo recuerdo. Pero un día estaba molestando a su compañera y el profesor lo llamó tobogán de piojos. —las risas de Hermione volvieron a florecer se sus labios. —era genial a su manera. —Hermione miró a los ojos de Lucius. —¿Cómo era de estudiante? ¿tenía esa misma lengua capaz de dar bofetadas verbales? ¿Tumbarte moralmente por los suelos al punto de necesitar ir a la enfermería a recuperar tu dignidad? —preguntó con humor.
Lucius se paró en la puerta de su despacho y se giró para contemplar a la joven bruja que tenía en frente, la miró con fuerza, no sabía si seguir teniendo esa conversación o pararla los pies. Ella no era nadie para reírse con él con tanta familiaridad, no era nadie para nombrar a su difunto amigo delante de él, no era nadie para sentirse tan suelta con él, era casi insultante.
Ell era absolutamente una don nadie. Bastante hacía con mantener una conversación con ella, bastante con perder su valiosísimo tiempo en una criatura tan insípida y basta.
Entonces, ¿por qué? ¿por qué esa chica lograba confundirlo tanto al punto de nublar su buen juicio? ¿por qué esa chica era capaz de hacerle olvidar lo que ella era por momentos?
—Supongo que usted conoce el nombre de Los merodeadores ¿verdad? —Hermione asintió —eran verdaderos demonios con él, así que supongo que de ahí sacó ese carácter tan irritante hacia los Gryffindor. Le recuerdo como el clásico ratón de biblioteca, era reservado y silencioso. No tenía tendencia a hablar demasiado más que lo justo y necesario, pero cuando lo hacía —Lucius miró hacia el techo pintado —desde luego que sabía lucirse. —bajó la cabeza y volvió a mirar por unos momentos que se hicieron eternos a los brillantes ojos marrones de la chica.
Se limitó a contemplarla. Era lo único que quería hacer en esos momentos, dejarse llevar y mirarla como si fuera una ave del paraíso al que había logrado tomar suficiente confianza como para poder apreciarla a esa distancia tan cercana.
La luz de las velas flotantes iluminaban con suavidad su rostro, dejándola ver ese montículo de pecas que se se habían estrellado en su cara de una forma casi invisible. Lucius se dio cuenta en ese momento de lo pequeña que era y de lo fácil que sería destruirla. Lo fácil que sería enroscar su mano en su cuello y apretar su tráquea hasta que sus ojos dejaran de emitir la luz que tenía. Lo fácil que sería torturarla hasta la locura, lo fácil que sería destruirla.
Tan fácil de matar y lo poco atrayente que lo encontraba.
—Pase. —dijo con sequedad abriéndola la puerta para dejarla pasar primero.
Algo que Hermione supo tomar en cuenta. Desde luego, que sus modales eran excepcionales.
—Ahí los tiene —indicó, dejándola ver que todos los archivos estaban encima de su escritorio. —puede irse a su casa cuando quiera.
Hermione fue esta vez quien se dedicó a mirar durante un largo rato a los ojos de Lucius sin mediar palabra alguna. Algo que pareció irritarlo con facilidad mientras la daba la espalda para poner varios libros desperdigados en su enorme biblioteca personal.
—¿Quiere decir algo o se va a quedar callada?
La chica rió abiertamente ante el tono casi desesperado de su jefe.
—Draco está bien señor. Encontró trabajo en Gringotts donde le pagan muy bien, está recuperando su vida social y no parece tener ningún problema en Londres.
Algo pareció nacer en los ojos del platinado, algo parecido a la felicidad resurgió en sus ojos.
—¿Él… él está… está… ?
—Si, él está feliz en Londres señor.
—Eso es bueno.
—Señor, sé que no es de mi incumbencia y que probablemente me mande al infierno, pero sé que su hijo a venido también a cerciorarse de su salud.
Lucius se giró hacia ella.
—¿Que la hace pensar eso?
Hermione se encogió de hombros.
—Todavía no lo a perdido.
La bruja pensó que la chillaría, que la diría palabras horribles o que simplemente la mandaría al infierno. Sin embargo, para mayor sorpresa suya, se encontró con algo que no tenía nada que ver con lo que habría esperado del comportamiento cínico del señor Malfoy. Este se volteó y la miró. A pesar de que había de diferencia varios metros entre ellos se sintió como si estuvieran a dos palmos uno del otro. Y Hermione lo sintió en el ambiente, lo ambiguamente pesado que se había vuelto, no se sentía como un ambiente hostil o agresivo… más bien se sentía decaído, casi culpable.
—Eso no es cierto.
Algo se encogió dentro de su pecho cuando vio una expresión tan sumamente frágil de Lucius. Su máscara indiferente había caído, sus ojos cínicos y crueles habían sido bañados en la humanidad más absoluta dejándola ver por primera vez sus inseguridades y sus miedos más profundos y arraigados. Necesitaba liberarse un poco de su cruz, descansar y sentirse un poco menos pesado.
Ella, que siempre se caracterizó por su sentido común y por saber reaccionar con fría lógica, pero esta vez era especial, esta calló cada una de sus voces, clausuró por completo su biblioteca de Alejandría, cerró cualquier ventana cuya respuesta sería regalada a la fuerza. Dio varios pasos hacia él sin temor, sin el más mínimo indicio de miedo por su parte. Sabía que esa persona era la misma que no había tenido reparos en observar como un animal como la torturaban, la misma persona que saber a cuantas persona había matado, la misma persona que había sido la mano derecha de uno de los magos más sádicos y sanguinarios de todos los tiempos. Pero ahora no importaba, no se trataba de lo que había echo en el pasado, no era el Malfoy que había echo tanto daño, ahora era un simple hombre roto, por la indiferencia de su hijo.
Su mano viajó a la pálida de Lucius, capturando por completo su atención y lo más sorprendente fue ver que no la retiró con violencia, ni tampoco hizo una mueca de asco o repugnancia, de echo parecía tan cómodo que daba la sensación de que no le importaría quedarse así para siempre.
Hermione no sabía con total seguridad lo que estaba haciendo, pero no la importaba. Ni siquiera la idea de no pensar con claridad.
—Sé que no le odia, sé que todavía le quiere, pero también sé que él se niega a aceptarlo señor.
Todo aquello salió de su boca con naturalidad, con tanta fluidez que era imposible que fuera una mentira. Y para dejárselo claro, la chica lo miró a los ojos, lo miró de tal forma que era imposible que la mentira pudiera haber corrompido a esos hermosos ojos castaños.
Sería un crimen.
La bruja estaba tan cerca de él que podía oler su perfume, incluso su champú. Parecía tener gran afición a los productos naturales. Había un suave y enloquecedor aroma a miel y limón junto con un suave almizcle de madera húmeda.
Extraña combinación, pensó el platinado.
Y su cabello, oh, aquel montículo salvaje de rizos castaños lo invitaban a enterrar su nariz y aspirar su aroma. Lo incitaba a una curiosidad natural y humana, lo invitaba al punto de olvidar que esa chica tan joven era una impura, una asquerosa sangresucia, lo invitaba al punto de creer que frente a él, había un ser de carácter superior.
Sus dedos eran pequeños al lado de los suyos, pero eran cálidos y firmes. Lucius quería cerrar la mano, cerrarla y sostener a esa pequeña criatura para él solo. Sin embargo, no se atrevía a hacerlo, no se atrevía a romper la maravillosa magia que se había formado entre ellos dos.
Eran suaves, tiernos, cálidos.
No quería que Hermione se fuera, no quería que ella desapareciera, sin embargo ocurrió.
La chica se separó de él con lentitud haciendo que se sintiera terriblemente abandonado por un frío helador, aunque todavía no soltaba su mano.
—Usted fue un buen padre para Draco, simplemente tomó el camino incorrecto, pero por que usted creía que era lo más sano para su hijo. Quería protegerle de los peligros, usted quería colmarlo de comodidades y llenarlo de riquezas para que se sintiera completo, eso no lo hace un mal padre. Estoy segura que Draco, antes de entrar a Hogwarts, fue un niño muy feliz.
Lucius contempló casi con un obsesivo salvajismo a la muchacha que tenía frente a él ¿Era un sueño? ¿era real lo que estaba presenciando? ¿era posible que alguien tan ajeno a él pudiera comprenderlo con tanta facilidad? ¿que pudiera destruir esas barreras con tanta sencillez? ¿que viera sus inseguridades de forma tan atroz?
Sus labios se estrecharon y fueron directos a la mano que ahora estaba prisionera en la suya.
—Gracias.
Eso fue todo lo que podía decir, era lo único que podía dejar salir de su voz antes de llegar a derrumbarse. Finalmente cedió y dio la libertad que necesitaba la mano de Hermione.
—Volveré mañana señor, no se preocupe.
Incluso su voz sonaba dulce y afectuosa.
Esta vez, Lucius no pudo tener suficiente valor para mirarla a la cara y despedirse, o al menos decir algo. Solo se quedó allí, paralizado en el mismo lugar sintiendo todavía los dedos de la chica en su mano mientras Granger desaparecía con los informes por su puerta.
Dios, lo que le había gustado haberse sentido protegido de ese modo.
