"Quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de redención que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado."

MARTIN LUTHER KING


Capítulo 16: Calidez III

La mano de Granger todavía seguía sintiéndola. Todavía sentía la impresión de sus dedos en la suya. Lucius miró sus manos una vez más, todavía había algo cálido y caliente en ellas, todavía quedaba esa agradable sensación en sus dedos blancos.

¿Acaso una persona podía desprender tanta calidez? No es que fueran impresiones suyas, pero sentía como si ese calor hubiese atravesado lo más profundo de su piel, todavía quedaba algo que no se iba de él, no podía ponerle nombre, no sabía ni siquiera si acaso lo tenía, pero era algo sensacional. Tampoco era algo que quisiera poner pegas.

"Todavía no lo a perdido"

"Sé que su hijo a venido también a cerciorarse de su salud"

Las palabras de Granger atravesaron su cerebro como una flecha.

Resultaba ciertamente irónico que esas palabras fueron las mismas que Rigel usó para hacerle entender que Draco todavía seguía queriéndole, y por ello se sintió aún más culpable por las horribles palabras que había arremetido contra Narro.

Había cosas horribles en el mundo; ver a tus amigos caer, ver a tus seres queridos alejarse de ti, ver que tu mundo queda echo trizas. Pero había algo mucho, mucho peor que eso, cuyas dimensiones iban más allá de lo colosal. Y una de ellas era ver como un ser querido, ya fuese un amigo o familiar se le quebraba la voz del dolor cuando él mismo había sido el causante de su martirio. Eso, era con diferencia algo horrible que no debía de permitir que sucediera. Más aún si estaba en sus manos.

"Sé que no le odia, sé que todavía le quiere, pero también sé que él se niega a aceptarlo señor."

Oh, el orgullo Malfoy que con tanto esmero había tratado de inculcar a Draco ahora se había vuelto en su contra. Aunque había cosas, que no tenían nada que ver con portar el tan aclamado apellido.

Tenía que buscar a Rigel, buscarle y pedirle las disculpas que él merecía, pedirle perdón por su idiotez y arrogancia. Sabía que era arriesgado salir del edificio después de que intentaran asesinarlo, pero había cosas mucho más importante que su vida. Y una de ellas era tratar de sanar una herida que sangraba demasiado. Agarró el abrigo, y se esfumó de la habitación. Él sabía muy bien donde podría encontrar a Rigel, sabía el punto exacto donde se ubicaría el mago.

Su cuerpo apareció justamente donde el esperaba, estaba algo mareado, habían salido recientemente del hospital, no podía no sorprenderse de que se sintiera algo débil.

Estaba en mitad de una llanura, escuchaba el agua del río correr con rapidez junto con el murmullo de la hojarasca negra chocando las unas contra las otras por culpa de la frondosa noche. El suave y dulce silvido del viento que acunaba con ternura cada brizna de hierva que había en el suelo.

Alzó su grisácea mirada para contemplar el hermoso edificio en ruinas que tenía frente a él. Los ladrillos rojos estaban viejos y chamuscados, lo que indicaba que en su momento hubo un espantoso incendio que marchitó cualquier recuerdo interior de aquella casa que alguna vez se le llamó hogar. Lucius dejó que la brisa se metiera en su abrigo negro dándoles suaves formas onduladas que hacían que su presencia intimidara en el lugar.

Tragó con fuerza sintiendo como el amargor de su boca descendía sobre su laringe hasta llegar a su estómago. Él sabía muy bien los agrios recuerdos que había en ese sitio. La dura reminiscencia que esas paredes habían sido testigos del hórrido crimen que se aconteció en esa casa.

Hasta el asesinato de la familia Potter parecía un caramelo al lado de ese acto inhumano.

Subió por las escaleras, eran viejas y la madera de pino estaba levantaba por la humedad que provocaba que cada paso que daba sonara un suave crujido. El lugar en si mismo era tétrico, la oscuridad y la penumbra eran perfectos para filmar una escena de terror muggle.

Subió al primer piso, y solo había una habitación donde la luz reinaba con fuerza. Dio varios pasos hasta llegar a esa habitación.

Ahí estaba él, tal como lo había imaginado.

Rigel estaba sentado en una silla vieja y polvorienta en mitad de la habitación llena de libros intactos, con el papel pintado intacto junto con unos muebles que parecían sacados de una revista de anticuarios. Allí estaba él, contemplando absorto en sus recuerdos aquel habitáculo que tantos secretos tenía mientras sostenía en sus manos un osito de peluche.

—Esta era la habitación favorita de Belona —dijo Rigel sabiendo quién era el intruso que estaba detrás de él.

—¿Porque era la biblioteca?

—Si, ella decía; "vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida"

Lucius dio unos pasos hacia él, mientras analizaba aquella habitación con el esplendor que tuvo en su momento.

—Asriel había heredado el mismo amor por los libros, era idéntico a su madre. Con tres añitos ya sabía levitar los libros. —recordó Rigel mientras apretaba con fuerza el peluche de felpa que tenía entre sus manos —¿sabes que hechizó los libros en orden alfabético? Era todo un granuja. Belona siempre le restaba importancia y de alguna manera que desconozco acabábamos riéndonos hasta que nos dolía la tripa.

Lucius asintió en silencio.

—Ojalá Asriel hubiese conocido a su hermana pequeña, creo que habrían echo un equipo digno de ver. El niño más tranquilo y manso junto con la niña más alocada y traviesa de toda la comunidad mágica. —las arrugadas manos de Rigel acariciaron con cariño el osito —habría sido espectacular haberlos visto juntos… habría sido espectacular —susurró para si mismo las últimas palabras.

Lucius invocó una silla y se sentó a su lado mientras miraba los libros de ese lugar.

—Sé que es absurdo tratar de mantener esta habitación intacta, pero aquí fue donde ellos murieron. —expresó con solemnidad el mago —creo que sería justo mantener este lugar lo mejor que pueda, aunque solo sea con un hechizo ilusorio.

—No, eso está bien.

Rigel se giró para mirarlo a los ojos.

—¿Tú crees?

Lucius le contempló, contempló sus ojos negros que tanta expresividad emanaban, contempló sus arrugas, su suave sonrisa que tantas travesuras maquinaban hacer en un futuro no muy lejano. Su expresión aniñada que a pesar de las palizas que le había dado la vida no se alejaba de él. Lucius envidiaba el exagerado grado de optimismo que tenía Rigel hacia la vida en general.

—Totalmente.

Ambos se mantuvieron en un cómodo silencio mientras contemplaban la pequeña biblioteca pero cuya densidad de libros harían envidiar a cualquier otra.

—Draco a venido. —dijo de la nada Lucius como si se hubiese estado conteniendo por demasiado tiempo.

Las cejas de Rigel se alzaron y se giró una vez más hacia el platinado con una sonrisa de oreja a oreja.

—A ido a por unos documentos a Francia ¿sabes que se refugió en la señorita Granger para no estar conmigo?

Rigel sonrió aún más.

—Es la técnica Malfoy secreta, ¿no lo sabías?

Lucius contuvo una sonrisa. Mientras Rigel continuaba hablando.

—Denoto cierta sorpresa en tu voz, ¿es por que ella es una impura?

El platinado negó con suavidad.

—No, no es por eso. No me sorprende que Granger quiera ayudar, esa chica es capaz de salvar al perro que le mordió. Es solo que me sorprende que Draco aceptara la ayuda de esa bruja, sobretodo cuando yo me encargué de que se ensañara contra ella —declaró con la conciencia sobre sus hombros —más aún, porque si mal no me equivoco recuerdo que en tercer año Draco fue abofeteado por ella.

Rigel no pasó desapercibido el modo en que opinaba el ojigris de la chica. Ya no era una niñata tonta e imprudente, ahora había pasado a un escalafón mayor donde se había transformado en una chica que ayudaría a su mismísimo verdugo solo porque es movida por su obstinado sentido de la justicia.

—Conclusión, siempre habrá una Granger que abofetee a un Malfoy. —razonó Rigel mientras veía que Lucius trataba de contener una sonrisa—Hurón albino senior y hurón albino Junior recibiendo el guantazo de una Granger cabreada. Lo vuestro es genético ¿eh?

Puede que la expresión de Malfoy fuera una seria y distante, pero para el pequeño e íntimo círculo personal, sabían que esa expresión tan estirada y regia era propio de Lucius cuando trataba de aguantar la risa.

—Según ella parece estar muy feliz en Londres, y por lo visto no parece haber tenido demasiados problemas en volver a reinsertarse en la sociedad.

—¿Todo esto lo sabes gracias a ella?

¿Gracias a ella? Sabía mucho más, aprendía con ella, aprendía con aquella criatura que parecía tan ajeno a él que intimidaba. El hombre de cabello plateado se quedó meditabundo, recordando el maravilloso consuelo de Granger hacia él. Sus suaves y tiernas palabras de aliento que le quitaban ese peso de encima, su extraña capacidad de saber olvidar lo que era, lo que fue en su momento. Lucius se miró la mano, la misma mano donde Granger le había tocado. ¿Qué había echo él para merecer tales palabras de aliento? ¿que había echo él, para llegar a merecer ese descanso que tanto necesitaba? ¿acaso él merecía su comprensión? ¿merecía su atención?

—¿Es que esa niña no conoce el rencor?

Fue tal el tono de enojo con el que lo dijo que el propio Rigel se sorprendió. Aquella pregunta iba más dirigido hacia si mismo que hacia ella, y eso incluía su enfado.

—¿Olvida que yo miraba mientras la torturaban hasta la locura? ¿olvida a todos los muggles que asesiné a sangre fría? ¿que por mi culpa ella estuvo petrificada cuando ella tenía solo doce años? es que no lo entiendo Rigel, no entiendo como ella puede ayudar a alguien tan podrido como yo. Busco respuestas, pero no las encuentro.

Una mano viajó por su espalda mientras que parecía darle la respuesta con esa simple acción.

—No creo que lo haga, pero cada persona da, lo que tiene en su corazón. La señorita Granger es alguien que por naturaleza es incapaz de odiar a alguien de manera prolongada.

—¿Pero por qué? Después de todo lo que la hice, de las veces que la humillaba —el peso de la culpa se incrementó en su conciencia—después de todo lo que la hice sufrir.

Rigel por su parte parecía deleitarse con los dilemas morales de su amigo, no tanto por su sufrimiento si no por ver como se abría a él, por ver como aquellas dudas empezaban a salir de su cabeza. Ver aquellas cadenas invisibles se iban aflojando de su cuello.

—Quizás porque ella cree en la redención del ser humano.

Lucius lo miró escéptico.

—¿Redención? No me hables de eso.

—Lucius, no eres el mismo hombre que ella recuerda. Granger es una muchacha muy observadora; analiza, piensa y resuelve. Puedo apostar mi cabeza, que no eres el mismo mago que recuerda de la mansión.

Una risa seca y rota salió de su garganta.

—¡Oh! ¿y que soy ahora?

—Un hombre destrozado por la guerra con demasiados demonios internos.

Lucius miró a los ojos de Rigel, era esas cosas lo que le quebraba. Él no merecía esa comprensión, no merecía esa empatía que le estaba siendo brindado. Lo que merecía era tormento, amargura y dolor ¿acaso no era injusto? ¿no era injusto que después del sufrimiento que había ejercido contra quienes no lo merecían él tuviera descanso y paz?

Desde luego que no, más aún cuando seguía siendo un fanático de la pureza de sangre. No del mismo modo que otros momentos de su vida, pero todavía seguía con su ideología. Aunque supiera que a veces, era insostenible.

—Sigo creyendo en la pureza de sangre Rigel.

—¿Y?

—Se supone que tendrías que estar molesto.

Rigel se encogió de hombros.

—Jamás me has insultado por mis orígenes ¿por qué debo ofenderme de tu ideología? Eres plenamente consciente de tus palabras y de tus actos, tú eres tu propio juez y carcelero. Lo único que puedo hacer como amigo, es tratar de enseñarte diversos caminos en los que a mi modesto entender, pueden ser los mejores para ti. —Rigel se acomodó en la silla polvorienta —eres un buen hombre Lucius, padre de familia y marido. Que no supieras escoger los mejores caminos eso es otra cosa, pero es innegable que trataste de dar lo mejor de ti para proteger a tu familia, y por ello no te hace ni un mal mago, ni un mal hombre ni una mala persona. Simplemente te hace humano.

La simplicidad de las palabras de aquel hombre que parecía tan distinto a él, tan llenas de sabiduría, de sensatez y buen criterio le hacía darse cuenta del valor que tenía aquel mago. El modo en que sabía analizarlo, la asombrosa capacidad de ver más allá de los actos, más allá de la simple y vulgar piel. Por un momento creyó que Rigel Narro era el hermano perdido de Hermione Granger.

—Cometer errores es algo que nos hace humanos Lucius, cambiar y saber como evitar volver a cometerlos nos hace inteligentes. —aseguró con gran mesura. —y mi querido amigo, serás rubio de bote pero no idiota, así que, sabiendo que tienes algo de inteligencia de las pocas neuronas que van luchando por ahí, sabrás como empezar de nuevo sin ningún problema.

El platinado enarcó la ceja haciéndose el ofendido. Era bueno escucharle bromear de nuevo, ver que era el Rigel de siempre.

—Gracias y perdón.

Rigel miró a Lucius sin entenderle, sin comprender porque había lanzado esas dos palabras que parecían casi inexistentes en el vocablo de un Malfoy.

—¿Por qué lo dices?

Lucius se sinceró, sabía que lo mejor que podía hacer era liberarse de esa máscara indiferente y cínica y hablar más allá de la piel, en un lugar de su pecho donde las palabras carecían de falsedad.

—Te doy las gracias por tener paciencia conmigo a sabiendas de lo difícil que soy, gracias por haber querido contactar con Draco a pesar de que sabrías como reaccionaría y perdón por mis palabras, perdón por ser tan…

—¿Gilipollas integral de pan bimbo?

Lucius no pudo captar la parte de "pan bimbo" algo que estaría muy probablemente relacionado con el mundo muggle, pero dada la situación, era algo que carecía de sentido buscar su lógica.

—Si, gilipollas integral de… pan bimbo.

Rigel se levantó de la silla con una sonrisa en la cara como un niño travieso que a realizado la travesura del siglo.

—Lucius Malfoy disculpándose, lástima que no haya traído la cámara para grabar. Esto es como quien ve a un político diciendo la verdad. —declaró con descaro.

El ojigris se limitó a bufar mientras le deba una mirada de advertencia, asegurándole, que de ir por ese camino lo pagaría muy caro. Algo que obviamente Rigel pasaba olímpicamente.

—No pensé que sería tan fácil ser perdonado —dijo Lucius con un cinismo intencionado.

Rigel sonrió encogiéndose de hombros.

—Mañana es tu cumpleaños, no necesitas drama en un día como ese —el mago apoyó sus manos en su nuca con una expresión puramente campechana —¿que le parece señor Legolas si nos vamos ahora a casa?

—¿Legolas? ¿otra vez con ese nombre?

—Te pega, es rubio y un poco cabrón.

La mirada de Lucius debió de ser en ese momento épica para que Rigel comenzara a pegar unas sonoras risotadas mientras se agarraba con fuerza el estómago.

—¿Ya? ¿terminaste de reírte de mí?

Rigel lo miró con seriedad durante un par de segundos para que después volviera a reírse en su cara.

—Solo necesitas un arco y unas flechas.

Lucius rodó los ojos con cansancio mientras trataba de controlar su ferviente furia. Sin previo aviso le agarró de la solapa de su abrigo marrón de lana y le hizo desaparecer junto con él en la actual edificio donde su madre y la pequeña Belona los estarían esperando.

Hermione todavía se sentía algo desfallida, sentía esa sensación febril que no se alejaba de su cuerpo junto con la vaga percepción de encontrarse exageradamente débil. No la gustaba, pero con los medicamentos adecuados, Hermione estaba segura de que se sentiría mejor. Para suerte suya, o al menos era así como lo veía ella, no se encontraba lo suficientemente mal como para ser incapaz de hacer correctamente su trabajo.

La bruja por su parte no podía evitar darle vueltas a lo que había ocurrido la noche anterior. No podía olvidar esa expresión tan humana de Malfoy, era casi tan chocante como paradójico. Ver el dolor en sus ojos, la desesperanza echa carne ¿cómo no derrumbarse ante eso? ¿cómo no querer consolar a alguien quien se encuentra así de roto? Cualquier persona con un mínimo de compasión habría echo lo mismo.

O al menos era así como ella lo veía.

Hermione cargó con las carpetas y las dejó de una manera casi violenta en su mesa, no porque quisiera, si no por que sentía que sus brazos flaqueaban.

Sonrió de lado al recordar como Marie, esa misma noche la había arrastrado a tomar el dichoso café que ella le prometió. Vaya sorpresa la suya cuando descubrió que la cafetería estaba en el mundo muggle y la pedía consejo para salir con una guapísima camarera que las había atendido con amabilidad. Fue algo desgarrador cuando tuvo que explicarla que en el mundo muggle las relaciones del mismo sexo todavía no estaban del todo bien vistas, su expresión de decayó de inmediato dando por echo que no tenía posibilidades de poder establecer una relación con aquella joven mujer de la que era evidente que estaba perdidamente enamorada de ella. Sin embargo, no todo estaba perdido como la indicó la joven bruja. Hermione era muy observadora, y por como reaccionaba la chica cuyo nombre marcaba en la chapa era; "Lilou" era más que revelador. Fue un alivio poder decirla que era correspondida y que lo único que tendría que hacer sería tener mucha cautela, ya no era solo el mundo mágico lo que se estaba jugando, si no también los problemas sociales que tendría Lilou si la gente de su entorno llegaba a enterarse de que la gustaban las mujeres.

Una punzada de dolor sintió en su pecho.

Marie era capaz de ir contra toda la comunidad mágica por la atención de aquella muggle pero Ronald era incapaz de responder sus cartas ¿Qué eran realmente? ¿no se suponía que una relación se basaba en dar y recibir? Hermione entregaba y entregaba todo lo que tenía a Ronald, pero ella nunca recibía nada por parte del pelirrojo ¿qué había echo mal? ¿que era en lo que había fallado? ¿había algo mal en ella? ¿había algo que hiciera mal? Si al menos tuviera un respuesta trataría de poner remedio.

Encima había vuelto a recibir noticias de todos menos de Ron. Harry se había esmerado lo suyo en escribirla con la misma pasión que ella le escribía, ¡más de cinco hojas! Luna, George, Ginny, Neville, todos ellos la escribían con la misma alegría… todos, menos Ron. No sabía si era por los medicamentos o por su estado de salud pero se sentía en una montaña rusa de emociones. Y en ese momento quería sentarse a llorar sin que nadie lo supiera. Solo quería desahogarse de toda la presión que llevaba en su pecho.

La chica se sentó y abrió el cajón de su escritorio mientras veía un pequeño envoltorio. No sabía que hacer con él, ni cómo dárselo sin que sintiera que bufaran.

—¿Estás bien? Tienes mala cara

Hermione alzó la cabeza (no sin antes cerrar su cajón) para ver la cálida mirada de Marie.

—Son problemas… personales, nada de relativa importancia.

La mujer, que tonta no era enarcó la ceja desconfiada.

—"Claaaaago, pog" eso tienes una "expgesión" de "magtigio" que no puedes con ella.

Hermione sentía que lloraría en cualquier momento, y lo último que quería era eso.

—No estoy de humor Marie, te prometo que te contaré lo que ocurre, pero no me siento con ganas de hablar de ello ahora.

La atractiva mujer entendió las palabras de la joven bruja por lo que se limitó a darla un suave apretón de hombros con la animosidad de hacerla entender que comprendía su situación.

—Te entiendo, "pego" si necesitas que patee algún culo, solo tienes que "decigmelo". —acotó con el filtro del humor tratando de quitar con éxito la negatividad de la bruja.

Hermione sonrió y vio como se alejaba la bruja se cabellos dorados, suspiró y bajó la cabeza para volver a ponerse con los informes, no se sentía muy animada ese día. Entre la fiebre y que se sentía como si la hubiesen pateado emocionalmente en las entrañas no estaba del todo segura si podría rendir como ella quería.

Empezó a revisar cada papiro que tenía en sus manos, cada papiro que había escrito sobre las declaraciones de Wirlack sobre sus asesinatos. No es que se quejara de como estaba ahora y entendía que fueran a tardar en interrogar a Wirlack, después de todo era el señor Malfoy quien tenía la potestad para ir a interrogarle cuando él quisiera, pero eso no quita que hubiese preferido poder estar en esos instantes con él a solas. Sonaba ridículo e incluso grotesco. Pero la presencia de ese hombre llegaba a tranquilizarla tanto que sus problemas se esfumaban, y ahora necesitaba que se desparecieran. De algún modo, todo lo que la estaba pasando la consumía de un modo u otro, la estaba agotando y eso la molestaba.

No supo cuanto tiempo pasó, ni como era posible que el tiempo fuera tan, tan, pero tan lento ¿desde cuando leer se la había echo tan tedioso y agobiante? Por suerte suya, había terminado con mayor rapidez la mitad de cada uno de los formularios de los muggles a los que asesinó, claro, ella sabía que la quedaban otros doscientos y pico de víctimas que debía de rellenar, pero estaba terminando. Aquel trabajo era más agotador de lo que habría creído alguna vez. Rellenar; peso, edad, trabajo, familia, el tipo de tortura que usó Wirlack hacia ellos, Hermione estaba realmente cansada junto con unos fuertes dolores de cabeza producido por el reiterado esfuerzo de sus investigaciones.

El reloj del salón marcaba las ocho y cuarto, por lo que no fue ninguna sorpresa ver que los magos de su alrededor desaparecían en menos de lo que canta un gallo. Había descubierto algo sobre los franceses, que a su parecer, la resultaba curioso y gracioso a la vez; Ya podía haber una tercera guerra mundial, una bomba atómica o hasta el armagedón si uno lo prefería, pero no habría francés que se perdiera la hora de comer o de cenar.

Hermione no tenía demasiadas ganas de comer, por no decir ninguna. Por lo que estiró sus piernas con total libertad cuando se cercioró que no había nadie. La chica se quedó mirando al techo blanco mientras dejaba que su agotada mente empezara a nublarse de un suave manto oscuro. Se sentía tan bien poder descansar, poder cerrar los ojos y echarse una pequeña siesta. Algo que asaltó en su mente fue precisamente eso; ¿podía descansar un poco? ¿podía darse ese lujo? Hermione se enderezó de su asiento, cruzó los brazos y enterró su cabeza en el hueco de sus brazos. Solo era dormir un poquito, descansar cinco minutos, nada más. Solo haría eso, se prometía a si misma y a algún ente invisible llamado conciencia que solo serían cinco segundos, que solo sería cerrar los ojos y dejar que su cerebro descansara un poco.

Y así lo hizo, cerró los ojos y se lanzó sin ningún resistencia a los brazos de Morfeo para quedar flotando en el maravilloso mundo onírico que la había sido brindada.

Sintió que alguien se acercaba a su mesa y se sentaba cerca de ella mientras escuchaba el contacto de unos dedos con sus informes. De algún modo, más que despertarla y preocuparla por saber que alguien estaba toqueteando sin su permiso su arduo trabajo, de forma extraña se sintió en un relax y remanso tan grande que aquella acción fue como un sonajero para ella.

.

Unos ojos castaños se abrieron con lentitud, sintiendo como alguna hoja inservible se la había quedado pegada en su mejilla. Sentía que sus ojos, a pesar de estar abiertos, seguían engrudados en sus párpados. Se sobó la mejilla con una expresión que probablemente hubiese sido la somnolencia echa carne.

Las luces estaban apagadas, más allá de la tenue luminiscencia producida por una pequeña lámpara que estaban en todas las mesas de cada mago y bruja que parecían haber sido olvidadas por los trabajadores

—Por si se lo pregunta son las doce menos cuarto.

Hermione se sobresaltó de inmediato y giró su cabeza en dirección al origen de esa voz para encontrarse un rostro que conocía demasiado bien. Sus ojos no podían creer lo que estaban viendo. Lucius Malfoy se había quedado a su lado mientras revisaba todos sus escritos sin haberla despertado.

—Yo… lo siento, pensé que solo descansaría cinco minutos, yo…

—¿A escrito usted todo esto? —preguntó el platinado ignorando por completo las disculpas de la joven bruja, indicando con una de sus manos una de las tantas carpetas amarilla que la hechicera, había introducido en orden,

Hermione, que todavía estaba algo aturdida asintió con pereza.

—Esto es mucho trabajo en poco tiempo ¿lo sabe verdad?

Hermione no lo entendía, ¿Malfoy estaba enojado con ella o la estaba alabando?

—Quería terminar cuanto antes y…

—Hacer las cosas con prisas solo llevan al desastre.

—No lo entiendo ¿hice algo mal? —interrogó llena de dudas tratando de despertarse con la mayor rapidez de la que se la había permitido.

Lucius la miró por un prolongado tiempo logrando incomodar a Hermione, no tanto porque la mirara si no por la forma en que lo hacía. Era axfixiante, opresivo y aterido. Casi parecía que la estaba arrancando los pensamientos de su cabeza solo para deambular por el puro placer de hacerlo.

—A cometido varios errores señorita Granger. —Lucius le entregó uno de sus formularios donde él señalaba el descomunal fallo que había cometido —como puede ver, a confundido una de las víctimas con otras, algo que a repetido reiteradas veces en otros informes.

Los ojos de la joven se abrieron de par en par mientras empezaba a leer con desesperación su propia letra dándose cuenta con horror que el platinado tenía razón. ¿Cómo había podido cometer semejante fallo? Algo como eso era gravísimo, algo que no se podía pasar por alto. Se trataba de víctimas a manos de uno de los asesinos seriales más sádicos de la comunidad mágica y ella era tan tonta en confundir los cuerpos. En ese instante lo único que quería era que la tierra la tragase.

—Yo… ¡Cristo! ¿que e echo?

—¿Tiene por costumbre refugiarse en figuras religiosas cada vez que se encuentra en problemas?

—Virgen de la trinidad ¡claro que no! —respondió con humor.

No sabía si estar más sorprendida de que Lucius estuviera interactuando con ella con tanta… ¿cordialidad? No estaba del todo segura si esa era la palabra más adecuada, (probablemente lo fuera) o el echo de que no la estuviera cantando las cuarenta (con toda la razón en la opinión de Hermione) por haber cometido semejante fallo nefasto del tamaño de la catedral de Notre Dame.

—Ya los e vuelto a corregir yo mismo.

Oh, genial, era obvio que estaba en un universo paralelo donde por alguna razón que ella desconocía, Malfoy se estaba comportando como un ser humano decente y no como un capullo energúmeno que producía urticaria en las manos cuya única cura era soltarle un guantazo.

—Yo… señor, lo siento.

Tal era su expresión abierta que Malfoy la miró con cierta burla.

—¿Que pasa señorita Granger? ¿tan extraño es que ayude a una bruja?

La joven lo miró con firmeza a los ojos, ahora que lo pensaba, últimamente lo estaba haciendo de forma prolongada.

—Si —respondió con sinceridad —no me malinterprete, soy consciente de que mis errores también le atañan a usted, por lo que sé, que debe de tratar de evitar en la medida de lo posible que los incurre.

—Entonces, ¿cual es su sorpresa?

—Que decidiera ayudarme a pesar de que mi error es lo suficientemente grave como para expulsarme de este departamento.

Lucius se encogió de hombros.

—Sería un idiota si lo hiciera, a demostrado que usted es un miembro más que válido en este ministerio.

La frase de Lucius profundizaron en la mente de la chica, se quedaron grabadas sintiendo una genuina sinceridad en sus palabras. No había mentira, ni si quiera el más mínimo indicio de mofa en él. No era un comentario bañado en la crueldad más absoluta. Algo que Hermione agradeció profundamente. Malfoy la estaba valorando, la estaba considerando como su igual. Malfoy se centraba en sus logros y éxitos, sabiendo ir más allá de su procedencia.

—¿Me está reconociendo mis méritos? —preguntó con suavidad, ni siquiera parecía sorprendida.

Lucius se quedó mirándola demasiado tiempo, solo la sostenía la mirada perdiéndose en sus ojos castaños. La miraba de una manera extraña, era diferente. No era una mirada muy familiar, pero si cercana. Algo había cambiado, pero no sabía el que, no lograda darle una palabra o adjetivo propio, pero si se sentía como si el propio Malfoy se hubiese desecho de la máscara de la indiferencia. Parecía que quería deshacerse de ella en presencia de la joven bruja con un propósito en específico, tratando de hablar a través de sus ojos, tratando de decirla lo que pensaba sin que las banales palabras quitaran el profundo significado de sus miradas.

Y Hermione lo entendió.

—Gracias señor.

Lucius la miró con confusión.

—¿Por qué me da las gracias?

Ahora fue ella quien se encogió de hombros.

—Le agradezco profundamente que aprecie mis logros señor —la hechicera sonrió con soltura — sé que mi presencia le turba, soy consciente de ello, y también que no es fácil trabajar conmigo, aunque eso es algo que le puedo asegurar que le ocurre a todos quienes me rodean. —la chica de cabellos rebeldes entrelazó sus dedos dejándolos descansar en su regazo —estoy feliz de trabajar aquí señor, la gente es increíble y son muy fáciles de amar, ni que decir de Rigel. De algún modo han logrado hacer que me sienta como en casa a pesar de que el idioma y el lugar son diferentes. —sus ojos brillaron con una luz inocente que Lucius creyó que jamás podría volver a ver en una persona —me siento muy útil aquí, siento que puedo demostrar mi valía, y mis conocimientos son tomados en cuenta y no porque sea una heroína de guerra. Usted podría haberme echo la vida imposible, estaba en su mano hacerlo, pero no lo hizo. —su sonrisa se ensanchó aún más dejando que su voz se llenara de calidez —incluso con Wirlack, usted sabe muy bien que estoy escondiendo algo, no sabe de qué se trata, pero sabe que algo me traigo entre manos con él. Sin embargo, miró hacia otro lado, estaba en su posibilidad destruirme pero no lo hizo. Por eso le doy las gracias señor, por dejarme volver a empezar de cero.

El hombre sentía una presión en su pecho que se alargaba hasta su garganta. ¿Qué debía de decir? ¿que tenía que hacer? Sus palabras cariñosas y amables le hacían sentirse bien. Le hacían creer que él tenía salvación como ser humano, que su alma rota y marchita era algo que merecía la pena sanar.

—¿Que la hace creer todo eso? —cuestionó con un ligero tinte de hostilidad.

—La última vez que le vi en la batalla solo pude ver a un hombre preocupado de su familia. Cuando se fue con su esposa dando la espalda a los mortífagos, se requiere mucho valor para hacer algo como eso.

El hombre negó con pesimismo.

—Confunde el valor con el instinto de supervivencia señorita Granger —la crudeza de sus palabras no dejaron indiferente a la bruja —me di cuenta de que Potter estando vivo después de que el Lord le lanzara un Avada sería absurdo seguir luchando en una guerra donde ya sabía de antemano el resultado.—su cabeza se inclinó sutilmente hacia el suelo —no, no soy de ningún modo un hombre de valor, solo trato de medir los resultados de antemano. —una sonrisa socarrona cargada de amargura se marcó en su rostro para alzar su mirada en la chica —¿que piensa ahora de mí? ¿todavía cree que tengo salvación?

La bruja sostuvo su mirada con afecto.

—Tenemos salvación si así la deseamos.

—¿Cree usted que la deseo?

Hermione lo miró con más seriedad.

—Está sufriendo señor, desea profundamente salvarse, pero usted cree no merecerlo.

Lucius se reclinó en su asiento sin apartar su mirada grisácea de los ojos castaños de la bruja. ¿Desde cuando la chica del trío dorado lo conocía tan bien? ¿desde cuando Granger había logrado psicoanalizarlo a semejante grado? ¿tan obvio era? ¿podía ser que sus gritos habían sido escuchados? ¿podía ser que a pesar de que estaba en un mundo lleno de gente sorda, ella era la única que había podido oírlo?

—¿Cree usted que merezco salvarme?

—Si, solo que con una diferencia minúscula.

—¿Cual es esa diferencia?

—Que usted tiene que dejarse salvar porque usted es demasiado terco como para dejarse ayudar.

Hermione sonrió solo para él, con tanta calidez que aún estando en ártico, el platinado no habría podido sentir ni el más mínimo frío.

—Herencia de los Malfoy supongo—bromeó a pesar de que no estaba en su naturaleza.

—Tan característico como el rayo de Harry Potter. —respondió con el mismo humor.

La chica volvió a sonreír, era tal la expresión que tenía que ¿cómo no iba a querer mantenerla así? Tan cándida, un rostro natural y sincero. Ella era capaz de ver en él lo que nadie podía, era capaz de escuchar sus lamentos, ella podía escuchar sus gritos de dolor. Solo ella había sido capaz, a pesar de todo el daño que la había echo, a pesar de lo mortífero que había sido con la gente que era como ella, a pesar de haberlos cazado como viles animales. Y ahora, ahora la tenía frente a él, respondiéndole con una allanada sinceridad, mirándole a los ojos sin perturbación. Sonriéndole y escuchándolo como si jamás él, la hubiese hecho daño. Perdonándolo.

—¿Cómo se encuentra señor?

—¿Perdón?

—Pregunto, que cómo se encuentra. —repitió con simplicidad como si fuera lo más normal del mundo. —no tuve oportunidad de preguntárselo después de que le dieran el alta.

—Como puede ver, estoy vivo.

—Estar vivo no significa encontrarse bien.

Una sonrisa casi natural salió de él. La pura inocencia de esa chica, la forma en que miraba en la oscuridad de sus ojos y no se espantaba era deliciosa. Eran tan suave y tierno que quería mecerse en esa sensación que le resultaba tan extraña para él.

—Cosas como esas pueden ir cambiando en el transcurso del tiempo.

—¿Por qué no lo hizo? —preguntó cambiando de tema.

—¿Hacer el qué? —interrogó Malfoy con el rostro confuso.

—Invocar un patronus.

Lucius se inclinó sobre su silla mientras miraba hacia el techo oscuro dejándose impregnar por el calor del foco de la lámpara mientras estiraba las piernas. Dejó que un aletargado suspiro saliera de él. ¿Que debía de hacer? ¿decirla la realidad? ¿podía confiar en ella? ¿abrirse hasta ese punto? Aquellas preguntas que en un principio le alarmaron se volvieron en simple polvo fino al darse cuenta de lo ridículo que eran esas dudas, qué más daba, después de todo, ¿no era tarde para pensar algo como eso? ¿no era tarde cuando ya se había sincerado a ese grado con ella?

—Los mortífagos no tienen patronus, nunca lo han tenido ni nunca lo tendrán.

—¿Por qué dice eso? el profesor Snape lo tenía.

Lucius, aún estando postrado en su silla mientras contemplaba el techo oscuro se encogió de hombros.

—Snape no había asesinado a sangre fría, ni tampoco había disfrutado del sufrimiento ajeno. Cuando se unió a los mortífagos era solo un joven confundido que necesitaba refugiarse en alguien para aliviar su dolor —la mirada grisácea del hombre se llenó de culpa —le hice entrar en ese círculo, yo hice que cavara su propia tumba.—el mago entrelazó sus dedos apoyándolos en su regazo con una postura meditabunda —Snape era alguien diferente, era una buena persona. Las buenas personas por mucho que las maltraten no dejan de ser como son. Por eso él podía invocar un patronus.

—Usted también puede.

Lucius bajó su mirada a los ojos marrones de la bruja para sentirse que algo brotaba en él. No había miedo en sus ojos, no cuando ella ya había visto la oscuridad que lo sepultaba, había algo en esos ojos castaños que le erizaban la piel, ¿que era? ¿cómo podía nombrarlos? ¿era convicción lo que salían de sus ojos? ¿una arrolladora fe en su persona? ¿Aún cuando tenía cientos de demonios bailando con desprecio en sus ojos grises? ¿la creencia de que él podía salvarse? Lucius pensaba que nadie podría llegar a salvarlo, que nadie sería capaz de ver cuan roto estaba por dentro. Y ahora, ahora veía a esa niña con esa perturbadora mirada, la misma niña que miró como la torturaban de la forma más sádica y asquerosa, y ahora… ahora ella le daba consuelo, le daba esperanzas. Le daba la firmeza de que él si merecía la pena salvarse. De que su alma si tenía valor, aún cuando era una bala desecha y perdida.

¿Cómo negarse a esos preciosos ojos pardos que con tantas silenciosas palabras hablaban? ¿cómo negarse a esa bruja que podía escucharlo? ¿cómo negarse a esa chica que lo veía como era, sabiendo enterrar el crudo pasado que había entre ellos?

¿Cómo negarse a ella?

—No sabe invocar un patronus ¿verdad?

«Ojalá hubiera burla en su voz», pensaba con desánimo el mago, si así hubiera sido, habría sido más fácil de lidiar, habría sabido como defenderse. Pero no era así. La colosal empatía que le estaba brindado era tan grande que solo podía sentirse en un estado de confort absoluto.

—Me temo que no señorita Granger, tampoco creo que sea algo que pueda llegar a hacer.

—¿A visto alguna vez como se realiza un patronus?

El hombre negó con un eje de acritud.

—Nunca e visto a ningún patronus, eso incluye el modo en que se realizan, aunque si escuché sobre ellos en Hogwarts.

—¿No recuerda nada de lo que ocurrió en el bosque con Wirlack?

—Algo si. Recuerdo unas luces plateadas que luchaban contra los dementores, recuerdo que uno era muy grande y el otro muy pequeño, aunque me temo que la nitidez de mis recuerdos son demasiado lejanos para mi.

Hermione sonrió de oreja a oreja, sacó la varita y con un siseo en su voz pronunció; "Expecto Patronum". De la punta de su varita salió unos hilos plateados que conformaron una pequeña nutria que empezó a bailar en el aire alrededor de Lucius Malfoy.

Si tan solo ese hombre se hubiera visto probablemente hubiese querido poner un telón a su alrededor para que nadie pudiera ser testigo de su mirada aniñada.

Era tan hermosa esa criatura que estaba cerca de él, la forma tan divertida en que se movía alrededor de él como si fuese un viejo amigo, que lo único que provocaba en Lucius era una allanada sensación de paz y puericia que parecía imposible que tales sentimientos pudieran ser albergados en un hombre como él. Todo su cuerpo reaccionó de manera pacífica. Como si estuviese viendo el origen del universo como un mero espectador en una sala de cine. No se movía, de hacerlo podría ser un pecado capital, temía romper esa magia que sus ojos estaban presenciando. Esa criatura tan pequeña y hermosa parecía demasiado entretenida moviéndose alrededor de él como para darse cuenta del hombre terrible con el que estaba.

¿Cómo era posible? ¿cómo era posible, que aún siendo mago, y uno muy poderoso sintiera que estaba ante una magia tan natural como arcaica? ¿por qué se sentía como un niño pequeño viendo por primera vez la magia? Quizás, y solo tal vez porque estaba viendo magia natural en su estado más puro y primitivo.

Y fue esa vez, en ese momento que una sonrisa real salió de su rostro. La primera vez que sonreía al ver esa simple y pequeña nutria plateada que nadaba a su alrededor, la primera vez que esa expresión se adornaba en su rostro. Tan sincera y real como un atardecer en un caluroso verano.

Lucius levantó su mano para tratar de tocar al pequeño mamífero, quería sentirlo, necesitaba palparlo y lo acarició. Sintió algo similar a las corrientes de agua de un riachuelo bailar entre sus dedos. Era suave al tacto, no era ni frío ni caliente.

Pura magia.

La nutria tras varios segundos desapareció en el aire, dejando al hombre con una extraña sensación de abandono en su pecho, igual que quien se despierta tras un precioso y fantástico sueño.

Sin que Lucius lo hubiera sabido una Granger se había levantado de su silla para acercarse al hombre que tenía frente a ella y entregarle entre sus manos una pequeño envoltorio en papel verde con reflejos plateados.

Lucius estaba sin palabras, se sentía incapaz de hablar y de hacerlo, solo podría balbucear incoherencias y quedar como un idiota ante la chica.

—Ábralo, creo que le gustará.

Malfoy la miró incrédulo y debía de reflejarse muy bien en su rostro para que Hermione contuviera una sonrisa natural que estaba a punto de estallar en su cara.

Abrió con suavidad el envoltorio sintiendo que su pecho iba a mil por hora, era extraña esa sensación. No recordaba haberse sentido tan ansioso por un envoltorio tan pequeño y diminuto.

Pero oh, cuando lo abrió y encontró el contenido supo que el que fuese pequeño no significaba que careciera de valor.

Era una simple foto, pero con tanto valor que ni todo el dinero de Gringotts habría llegado a pagar. Quizás era algo absurdo y disparatado, pero lo que tenía en sus manos era para Lucius un verdadero regalo cargado de un profundo valor sentimental. Era la única foto donde Draco sonreía de manera sincera a la cámara siendo ya un adulto, después de la guerra, después del funeral de su madre. Estaba en movimiento, se le veía feliz y risueño posando para una foto que parecía íntima siendo elevado de rango en Gringotts.

—Feliz cumpleaños señor Malfoy.

Lucius se quedó paralizado, en blanco, sin saber ni siquiera cómo reaccionar. No le habían dado un manual de cómo hacerlo.

—Esto… esto es… —las palabras se atragantaban, no sabía ni que decir —gracias, realmente gracias.

Hermione sonrió dejando que un suave rubor cargado de felicidad se implantara en sus mejillas.

—Pensé que le haría feliz tenerlo.

La bruja se giró para colocarse el abrigo marrón donde el frío era impenetrable.

—¿Se va?

—Si señor, tengo que dar de comer a mi gato y además, es bastante tarde.

¿No podía quedarse un poco más? ¿no podía hacerle un poco más de compañía? Lucius también se levantó de su silla deseando estar un poco más cerca de ella.

—¿Cómo puedo devolverle el favor? Dígamelo señorita Granger, ¿que debo hacer? —preguntó con un halo de desesperación mientras atrapaba la mano de la bruja contra la suya. —me salva la vida y ahora me entrega este regalo, ¿que tiene en mente señorita Granger?

Esta vez fue Hermione la que estaba sin palabras, la que sentía que su lengua estaba en huelga de silencio ¿qué hacer cuando veía a ese hombre así de sincero y abierto? ¿que hacer cuando veía a un hombre tan sumamente humano y benévolo?

La mano de Lucius apretó ligeramente más su agarre, era tan perfecta, tan suave y cálida que se moldeaba a la perfección con la suya. Era tan maravilloso que no quería dejar que esos pequeños dedos se alejaran de él.

—No tiene que hacer nada señor. —susurró casi con miedo a que alguien la oyera.

—¿Nada? Salvó mi vida aunque carezca de valor —la recordó con suavidad.

—Señor, todas las vidas tienen valor.

—No la mía, mi alma está muy negra y rota señorita Granger.

Los ojos de la chica brillaron con fuerza aunque mantenía una expresión seria.

—Está negra y rota porque usted no sabe cómo recomponerla.

—Oh, ¿y que hará? ¿pegarla a pedazos? —inquirió con cierta burla pero sin deshacer su agarre.

—Solo si usted me lo permite.

Lucius la miró con firmeza, pero dejando que sus ojos se ablandara tanto que nadie habría creído que esa mirada gris pudieran albergar tanta piedad y compasión.

—¿Tiene por costumbre salvar las causas perdidas? —preguntó con un eje irónico aunque con cierto tinte amargo.

—Usted no es una causa perdida.

—¿Qué soy entonces?

—Un hombre al que la guerra lo destrozó.

En ese momento Lucius solo quería hundirse en esa joven y soltar todo lo que llevaba dentro, hablarla de cómo se sentía, de lo miserable que era, de la clase de ser horripilante que era, de lo mal padre y marido que había sido. Sin embargo, cuando sintió que una mano acariciaba la suya, sin miedo, sin rastro de pánico toda duda desapareció de su mente.

—Aunque usted se niegue, sé que está sufriendo, y sé que sus demonios lo están destrozando, pero por favor, déjeme ayudarlo. Si usted me lo permite, podré demostrarle que no es ninguna causa perdida, que su alma tiene tanto valor como cualquier otra. Pero tiene que dejarme señor, si usted se cierra, por mucho que lo intento ni yo, ni nadie podrá salvarlo.

No sabía si reír o llorar ¿Tanta fe tenía en su persona? ¿tanto como para decir esas palabras? ¿esas maravillosas y dulces palabras? Pero ahí estaba él, aferrándose a esa pequeña mano, aferrándose a esa chica que tendría que repudiarlo. Hablando de su alma rota, hablando de que no valía la pena tratar de salvar. Pero ahí estaba. Y era innegable que necesitaba que alguien curara sus heridas, que alguien lo colmara de tiernas palabras y lo llenara de un afecto que hacía tiempo que no tenía.

—Señor…

—Váyase a casa, es evidente que necesita descansar.

No, no quería que esa chica hablara, no quería saber lo que diría, solo necesitaba un poco de esa calor que había podido tener en sus manos por varios minutos. Un calor que conservaría el resto de la noche. El platinado se desprendió de su mano con total lentitud, casi tratando de prolongar el mayor tiempo posible esos dedos tostados a los que había echo prisioneros.

Hermione le sonrió y se dio la vuelta para marcharse mientras Lucius se quedó plantado en el mismo lugar, mirando entre sus manos la foto en movimiento de Draco.

Por Merlín ¿que le estaba haciendo esa chica con él?