Disclaimer: Frozen no me pertenece es del ratón gringo, no me lucro de esto, solo es para escapar de lo aburrido de la vida real. Gracias por entender.

[deudas no saldadas]

Hans subió las escaleras del palacio hasta la segunda planta, mientras que sentía que cada uno de sus pasos pesaban como si llevara gruesos lingotes de plomo en los pies. El príncipe se hallaba exhausto, pues se encontraba despierto desde la madrugada, preparándose para el ataque. Y ahora, él tenía que cuidar de la princesa. A decir verdad, no era que lo deseara ni mucho menos, él planeó mantenerse alejado de ella, hasta que fuera estrictamente necesario cruzar palabra, pero su recién adquirida conciencia no lo dejó, él, a diferencia del resto de sus hermanos, no pudo dejarla a merced de Rudi y Runo, y muy en el fondo, se sentía orgulloso por su decisión.

— Anna— la llamó el príncipe mientras abría la puerta de la habitación — te traje algo de comer — dijo Hans en tanto le dejaba un plato de comida en el tocador.

— Gracias — murmuró Anna.

— Ah, casi lo olvido —añadió Hans — vi a Elsa, los soldados de Natsia la trajeron, está inconsciente. Pero, conseguí el permiso de mi hermano mayor, te dejarán verla si así lo deseas — comentó el príncipe seriamente.

— ¿De verdad? — preguntó Anna ilusionada parándose de la cama. — oh gracias Hans.

— ¿Crees que podamos ir en este momento? — preguntó la chica.

— Sí, no veo porque no — dijo Hans en tanto se frotaba la barbilla en un gesto pensativo.

— Pero deberás seguir mis ordenes y si tratas de escapar yo…

— No lo haré — lo interrumpió Anna calmadamente.

Hans tomó nuevamente el codo de Anna, y la condujo hasta el muy concurrido recibidor. Allí, encontró a sus hermanos comiendo pacíficamente, en una improvisada mesa de madera, en tanto un par de mucamas y mayordomos los atendían pacientemente, como si se tratara de una cena corriente en el palacio. Sin embargo, al ver el rostro de una de las chicas, encontró un ojo morado, a través del cual, pudo leer claramente los eventos de aquel día sin tener que escuchar palabras de su boca.

— ¡Becky! — exclamó Anna. — ¿te encuentras bien? — preguntó la princesa quien trató de librarse del agarre de Hans, pero este no se lo permitió.

— Si su alteza — dijo la chica dedicándole una breve sonrisa. Después, Jorgen se puso de pie, viéndose elegante e imponente con su distintivo porte aristocrático y cabello rubio.

— Princesa Anna — la llamó el quinto príncipe — le aseguro que su personal está a salvo, no se preocupe, están en las mejores manos, solo deben aprender a colaborar con nosotros… — dijo el sujeto con amabilidad fingida, en tanto asentía en dirección a la chica del ojo negro. Por su puesto, Hans no necesitó otra palabra para armar todo aquel rompecabezas.

Típico… — pensó sarcásticamente Hans. Sin embargo, como de costumbre, la inocente Anna no entendió nada de lo que pasaba a su alrededor.

— Pero, ¿por qué tiene un ojo negro? Son unos animales — preguntó la princesa molesta.

— Oh, la princesa sigue altanera, creo que no ha aprendido su lección — bromeó Rudi quien se hallaba sentado comiendo tranquilamente. Por lo que Hans, quien aún tenía en sus manos el codo de Anna, pudo sentirla estremecerse.

— Queremos ver a la reina — terció Hans, que no quería que la conversación se fuera hacía ese tema, mucho menos, cuando era más que obvio que sus hermanos se hallaban completamente embriagados— dijiste que podríamos hacerlo, en cuanto la metieran a su celda — le recordó el menor a Jorgen.

— Sí, sí, ya lo sé, no hará gran diferencia ¿saben?. La reina está completamente drogada, se encuentra inconsciente, pero si desean verla, no veo porque no habría de hacerse, ya les dije a los guardias de Natsia que ustedes bajarían a visitarla, pero la fusilarán mañana a primera hora— comento Jorgen tranquilamente. Anna se mordió el labio, y fue obvio que se encontraba al borde de las lagrimas.

— Oh, princesa, no hagas eso, nos rompes el corazón — volvió a burlarse Rudi, esta vez, dejándole claro a todos los presentes que no debería tomar una copa más.

— Ya regresamos — intervino Hans, al ver la mirada llena de resentimiento que Anna le dedicó a su hermano. En tanto las otras mucamas lo miraban como si fuera una especie de monstruo mitológico dispuesto a comerse a la princesa. Hans supuso que habrían de esperar que él tuviera la misma piedad que tuvieron los ejércitos de la alianza con su gente.

— Vamos — insistió Hans quien la empujó fuera del salón, para escapar de las miradas curiosas que los seguían. El príncipe vio de todo en los ojos de los presentes, desde curiosidad, hasta miedo por el destino de la princesa.

Anna y Hans bajaron la fría escalera que conducía a las mazmorras, él ya las conocía, había pasado un par de horas en ellas antes de que lo embarcaran en un bote a las Islas del Sur, y en otra oportunidad, cuando él mismo encarceló a Elsa, pero, aún así, se sorprendió al ver la profundidad de los calabozos, pues se hallaban en una parte que le era desconocida.

— Su alteza — lo llamó uno de los oficiales de Natsia que resguardaban la celda de Elsa. — su hermano nos avisó que vendrían, pero la reina se encuentra inconsciente, no notará su presencia — les advirtió .

— No importa, ella quiere verla — dijo Hans.

— Como diga — respondió el guardia obedientemente mientras abría la pesada puerta de metal. Dejándoles ver a la reina quien se hallaba descuidadamente tendida en el piso, en tanto que sus manos se encontraban atadas con cadenas, muy parecidas a las que Hans le hubiera puesto un año antes.

— ¡Elsa! — exclamó Anna por lo bajo antes de caminar en su dirección. Después, la chica la tomó con dificultad y la puso sobre la destartalada cama que se encontraba en la esquina, con la intención de que se sintiera más cómoda.

En seguida, la princesa se quedó sentada junto a ella mientras le acariciaba suavemente la frente, de la que salía una ligera línea de sangre. Anna comenzó a llorar silenciosamente por segunda vez aquel día. Hans recordó la ocasión en la que la dejó con la intención de que ella muriera congelada en la biblioteca del palacio, pues Anna no derramó una sola lagrima, al parecer, su traición no produjo suficiente herida en su corazón, no, cómo lo hacía la posibilidad de perder a su hermana mayor.

Como te envidio Anna — pensó el príncipe al ver que la chica a pesar de su reducida familia, tenía más amor en su vida de lo que él nunca tendría en sus doce hermanos, probablemente, era por ello que tenía el corazón congelado.

En aquel instante, el sonido de la puerta llamó la atención de Hans, y se dio cuenta de que el guardia pretendía cerrarla para dejar solas a las hermanas.

— No — negó Hans en tanto que detenía la puerta con la mano — no es seguro dejarlas solas, la princesa es bastante escurridiza, lo sé por experiencia propia — le advirtió el príncipe. Anna no dijo nada ante esto, tan solo lo miró con sus enormes ojos azules, y Hans se dio cuenta de que no había nada que pudiera hacer para descifrar el misterio de la expresión que le dedicó en aquel momento.

— Si deseas — comenzó Hans sintiéndose culpable y miserable como no lo hacía desde tiempo atrás — puedes quedarte con ella por el resto de la noche, mañana la ejecutarán, así pueden pasar sus últimas horas juntas— dijo el príncipe mientras se sentaba en el suelo junto al marco de la puerta con su espalda recostada en la pared y su cabeza hacía atrás.

Anna siguió sin responder, tan solo permaneció mirándolo con sus inocentes y tristes ojos. Fue cuestión de segundos antes de que la chica dejara de ponerle atención, y se concentrara en su hermana mayor. Hans pasó el resto de la noche en un extraño estupor producido por la falta de sueño, en tanto miraba a Anna acariciar la frente de Elsa, mientras le tarareaba canciones, y le murmuraba frases cargadas de amor.

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— Anna— la llamó Hans en tanto que agitaba suavemente su hombro, pues ella se quedó dormida encima del cuerpo inconsciente de su hermana.

— Anna — repitió Hans — ya es hora, tenemos que irnos.

— ¿Ya? — preguntó la chica horrorizada adhiriéndose con fuerza al vestido de Elsa — No, por favor Hans, diles que no hagan esto. Ella no los atacará, no tienen porque fusilarla, ella no…

— Anna — la interrumpió Hans cerrando los ojos brevemente para tratar de mantener la calma— yo no puedo hacer nada, esta no es mi decisión. Por favor, levántate, tenemos que irnos— le pidió el príncipe.

— Hans, te lo ruego, no se la lleven. Elsa y yo nos iremos de Arandelle, pueden quedarse con el reino, con lo que ustedes quieran, pero, por favor déjenla en paz— rogó Anna entre sollozos mientras que Hans se sentía cada vez más incómodo al escuchar su llanto.

— Hansy, ¿qué pasa? ¿por qué sigue ella aquí? — preguntó cansadamente Frederick, uno de los hermanos de Hans, mientras que se recostaba descuidadamente en el marco de la puerta.

— Por favor, por favor no… — pidió la princesa casi de manera inentendible, ya que sus sollozos no la dejaban hablar con claridad.

— Princesa, váyase de aquí — dijo el sujeto pacientemente tratando de razonar con ella — Esto es parte de la guerra, así son las cosas.

— Además— continuó Frederick — si no consigo sacarla en diez segundos, llamaré a Rudi, probablemente, él pueda disuadirla — la amenazó el sujeto con expresión dura como el acero.

— Vamos Anna — dijo Hans alarmado por aquello, quien se agachó, la tomó firmemente por los hombros y comenzó a empujarla hacía la puerta, hasta que se encontraron en el pasillo.

— ¡Elsa! — gritó Anna quien trataba de soltarse de su agarre — ¡Elsa! — repitió. En ese momento, un grupo de soldados entraron a la celda y uno de ellos sacó a la reina quien parecía una tétrica y pálida marioneta. Al verla, la princesa se conmocionó tanto, que tuvo que rodearla con ambos brazos para que no escapara.

— ¡Tranquila Anna! — gritó Hans luchando por mantenerla en su lugar.

De repente, los dos príncipes escucharon el estallido de pólvora resonar a través del pasillo, seguido por el replicar de las campanas de la abadía, que últimamente se habían vuelto las encargadas de anunciar el horror por venir. Hans jamás olvidaría el grito de Anna en aquel momento, parecía como si algo en su interior se hubiera desgarrado, y nuevamente, el príncipe vio ante sus ojos a la princesa congelada correr y ponerse debajo de su espada, tal y como lo hacía en sus pesadillas, una y otra vez, en un gesto que le hizo entender que ella amaba más a su hermana que a su propia vida.

Anna no dejó de llorar tras silenciarse las campanas, sino que siguió gimiendo mientras que se sostenía firmemente de la camisa del príncipe. Hans, aprovechó su estado vulnerable para guiarla lentamente hasta su habitación, y al llegar, la dejó sentada en la cama. Por unos breves instantes, el muchacho observó con atención a la chica frente a él. Había un mundo de diferencia entre la princesa que encontró el día anterior en el salón del trono de Arandelle, cuando sus hermanos se presentaron ante ella, en tanto que él permanecía prácticamente escondido en las sombras, pues no quería enfrentarla. Aquella Anna se veía hermosa en su impecable vestido blanco, alegre e inocente, tal y como la conoció en el puerto durante la coronación de Elsa. Pero, esta mujer era una completamente diferente, y pensar que él tenía que ver en ese cambio, le provocaba nauseas.

— ¿Por qué? — preguntó Anna con la mirada perdida y los ojos rojos — ¿por qué me estas ayudando? Pensé que querías verme muerta , al igual que a Elsa. Si alguien debería estar feliz, ese eres tú. Sin embargo, no pareces estarlo— comentó en un tono muy bajo.

— No estoy feliz — aceptó Hans en un susurro.

— ¿No lo estas? — preguntó nuevamente Anna.

— No.

— ¿Por qué?

— Hay momentos en nuestras vidas en los que tomamos decisiones equivocadas. Yo no era el hombre que quería dejarte morir en la biblioteca de Arandelle, ni el que trató de decapitar a la reina, sé que yo no soy esa persona. Yo era diferente, yo era mejor… — comenzó Hans con la voz carrasposa.

— ¿Mejor qué quién? — preguntó Anna.

— Que mis hermanos— respondió Hans

— Tu eres ese hombre. Tu, y tu familia nos destruyeron — dijo Anna calmadamente mientras su odio se deslizaba por cada silaba de aquellas palabras.

— Lo sé— respondió serenamente — también sé que tengo una deuda contigo, yo voy a pagarla.

— No quiero nada tuyo, te odio — respondió Anna en completa calma.

—Entiendo — dijo nuevamente el príncipe — es así como debería ser.

Después de aquella conversación, Hans caminó muy lentamente hacía la puerta y salió, dejando atrás a la princesa acompañada tan solo de su dolor.

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Hans no entró en la habitación de Anna en lo que restó del día, tan solo envió a un par de mucamas a su cuarto con un par de bandejas, tampoco quiso enfrentarla cuando durante la tarde del día siguiente, un par de oficiales de Barona la acompañaron al cementerio, en donde se encontraban sus padres, para enterrar a Elsa. Por el contrario, él se quedó en el castillo donde cumplió su deber como soldado del ejercito de las Islas del Sur, y ayudó a sus hermanos a poner bajo control la ciudad.

Al finalizar la tarde, Hans se sintió lo suficientemente valiente para ir a la planta en la que se encontraba la habitación de Anna, y entrar.

—Buenas tardes — dijo torpemente, pero ella no respondió, tan solo siguió trenzando su cabello frente a su tocador. En ese momento, Hans se percató del sonido de la madera al quemarse, y vio los últimos rastros del voluminoso vestido blanco que llevaba el día anterior, en la chimenea.

— Mis hermanos quieren que bajes a cenar con nosotros — empezó nuevamente Hans.

— ¿Es necesario? — preguntó Anna quien dio los últimos toques a una de sus trenzas, se paró de su asiento, y se volteó dándole la cara. Hans la miró con detenimiento antes de responder. Aquel día, la princesa llevaba una versión de su tradicional vestido de corpiño y mangas largas, en color negro, la razón era obvia: ella se encontraba de luto.

— Tu sabes bien que sí. Mi hermano lo ordena, y en tu posición… — empezó nuevamente Hans.

— Entonces vamos, no hay que hacerlos esperar — lo interrumpió la chica resignada.

La pareja bajó al comedor, y al tiempo que cruzaban los silenciosos pasillos, Hans pudo percatarse de que una extraña calma se había apoderado del castillo, después de la violencia de los acontecimientos del día anterior.

— Buenas tardes — dijo Anna al tiempo que sus hermanos se ponían de pie justo y como ordenaba el protocolo.

— Buenas tardes princesa — la saludó Jorgen, quien precedía la mesa, sentándose a su cabeza.

En aquel momento, Anna y Hans tomaron asiento, uno junto al otro, al tiempo que una de las mucamas entraba y comenzaba a servir la sopa. El príncipe notó en seguida que se trataba de la muchacha del día anterior.

— Hola Becky, ¿Cómo está tu ojo? ¿ya te sientes mejor? — preguntó dulcemente la princesa.

— Está mejorando, gracias por preguntar, alteza — dijo la chica — ¿usted se encuentra bien? — preguntó Becky.

— He tenido días mejores — respondió Anna.

— Hey Becky — dijo Runo desde su asiento — olvidaste el plato de su alteza — la regañó el príncipe al tiempo que su hermano Rudi sonreía ampliamente. A Hans no le gustó aquello, pero entró en verdadero pánico cuando vio que la chica ponía en frente de Anna un plato pequeño.

— ¿Una zanahoria cruda? — preguntó Hans aliviado, ya que pensaba que se trataría de un ratón muerto o algo por el estilo. Después de todo, a él le hacían aquellas bromas todo el tiempo, así que ya conocía el modo de pensar de sus hermanos. Sin embargo, la tranquilidad del príncipe no duró mucho, ya que la mucama salió corriendo del comedor.

— Pero que… — comenzó Hans, pero se quedó callado al ver la expresión en los ojos de Anna, y las miradas confidentes de los príncipes quienes comían su sopa en tanto esperaban la reacción de la chica.

— ¿No le gustan las zanahorias, princesa Anna? — preguntó maliciosamente Rudi.

— No. Yo las detesto— murmuró Anna en tanto Hans se percataba de que sus manos temblaban por la ira — si me disculpan, no tengo apetito — dijo Anna antes de salir como una ráfaga del comedor. El menor de los hermanos, no alcanzó a preguntar nada, ya que los demás comenzaron a reír a carcajadas.

— Eso fue innecesariamente cruel — opinó Frederick en tanto trataba de reprimir la risa — realmente cruel, pero, fue muy bueno. Esta vez si que se pasaron, par de sin vergüenzas — dijo el sujeto refiriéndose a Rudi y Runo.

— ¿De que se ríen? — preguntó Hans.

—Este par de imbéciles son de lo peor— opinó Jorgen con una sonrisa en sus labios, y Hans no pudo contradecirlo, ya que no decía más que la verdad.

— La zanahoria era parte de esa mascota que tenían las reina y la princesa, creo que era un hombre de nieve, o algo así — comentó descuidadamente Frederick mientras seguía tomando su sopa como si nada hubiera pasado.

— ¿Hombre de nieve? — preguntó Hans.

— ¿No lo viste, Hans? — preguntó Runo sorprendido — era la cosa más curiosa que he visto en mi vida, hablaba y se movía como un ser humano, a pesar de que estaba hecho de nieve, e incluso, tenía una pequeña tormenta que flotaba sobre él. Se deshizo al morir la reina, solo quedó la zanahoria y un par de ramitas — comentó.

— ¿Cómo se atrevieron a hacer algo así? — preguntó Hans sin emoción.

— Vamos Hans, solo fue una broma, algo cruel, pero nada más — terció Jorgen al ver a su hermano cada vez más.

— ¿Una broma? Esa chica perdió a su hermana, su novio, su reino y su fortuna en un día. ¡Y ahora es prisionera de guerra! — exclamó Hans furioso mientras golpeaba la mesa con la mano.

— Sí, así es la guerra, tu ya deberías saberlo, has pasado más tiempo en el ejercito que cualquiera de nosotros — dijo Rudi encogiéndose de hombros — ¿A que no es la cosa más linda que hallan visto en su vida? — preguntó el príncipe dirigiéndose a sus hermanos y cambiando de tema.

— La reina era más hermosa — añadió Runo con la boca llena de pan.

— Probablemente, pero ella está… ustedes saben, ¡muerta!. Sin embargo, la linda pelirroja está viva, y en nuestras manos. Cuando lleguemos a las Islas, le pediré permiso a papá, sé que no me lo negará — contestó Rudi

— No puedo creerlo— dijo Hans, quien ya había olvidado como era tener que pasar tiempo con sus hermanos.

— Oh por favor Hans, déjanos en paz. Tu eres quien deberías estar más feliz con esto, después de todo, fue por culpa de esas niñitas que te enviaron con el ejercito a las colonias del continente oriental, y después te obligaron a trabajar en las caballerizas— opinó Rudi irritado por la falta de sentido del humor de su hermano menor.

— Déjalo Rudi, ¿acaso no ves que él es un hombre nuevo? — preguntó sarcásticamente Frederick mientras los restantes se reían — él no es como nosotros, ya no, él es "diferente" — se burló el príncipe.

— No, no lo soy, tan solo, no apruebo la crueldad innecesaria, nunca lo hice, ni siquiera cuando traté de apoderarme de Arandelle — dijo Hans seriamente.

— Es por ese complejo de superioridad que papá te odia — afirmó Jorgen tranquilamente.

— No es un complejo de superioridad, simplemente, creo que actué mal, y me arrepiento de lo que hice — comentó Hans.

— Hans— empezó nuevamente Jorgen — es natural que quieras el poder, después de todo, eres un Westergard, tú único error fue fallar — opinó el mayor.

— Después de tanto tiempo fuera de casa, había olvidado como era vivir en esta familia — dijo Hans completamente frustrado, al tiempo que dejaba su servilleta sobre la mesa y se levantaba con la intención de buscar a la princesa.

— Anna — llamó Hans a la puerta. La cual, se abrió ante él.

—Necesito ir al cuarto de Elsa — anunció la chica fríamente.

— Me temo que tendré que acompañarte, no se supone que deba dejar que salgas sola— comentó Hans casualmente.

Hans entró acompañado de Anna a la habitación de la reina y se dio cuenta de que se hallaba tal y como la había dejado la mañana de su abducción, lo que significaba que aún no la habían saqueado, probablemente, sus hermanos y el ejercito estaban demasiado ocupados para hacerlo. Y en ese momento, el príncipe tuvo una idea que lo llevó al armario de la reina.

— Así que aquí están… — dijo Hans en tanto sacaba de los cajones un par de cofres.

— ¿Qué estás haciendo con eso? — preguntó Anna alarmada desde el otro lado de la habitación — devuélvelo — repitió al tiempo que se acercaba hacía él, pero ya era demasiado tarde, el había tomado un par de pendientes de rubí, con su correspondiente collar y un brazalete de diamantes que metió en el bolsillo interno de su chaqueta.

— Pretendamos que es el precio por la protección que te he brindado — dijo calmadamente, mientras que Anna lo miraba con intención de lanzarse contra él.

— Puedes quedarte con el resto — dijo Hans pasándole el gran joyero.

— Si te dejo conservarlos, ¿me protegerás de tu hermano? — preguntó Anna en tanto tomaba el cofre entre sus manos.

— Si es que te refieres a Rudi, sí, trataré de hacerlo, hasta que lleguemos a las Islas del Sur. Él dijo que planea pedirte a papá— comentó Hans sorprendido por la pregunta de Anna, pues imaginó que ni un millón de años lo dejaría quedarse con alguna de las pertenencias de Elsa. Definitivamente, su instinto de supervivencia por fin estaba comenzando a mostrarse.

— ¿Pedirme? ¿cómo si fuera un objeto? — preguntó Anna ofendida.

— Aunque… tengo una mejor idea — propuso de repente el príncipe. — debes escapar esta noche. Tienes las joyas de Elsa, eso te dará medios para hacerlo.

— ¿Escapar? — preguntó Anna sorprendida — ¿tú me ayudarías?.

— Sí.

— No te creo — dijo Anna escéptica.

— ¿Acaso no te he ayudado desde que llegué al palacio? — preguntó Hans sorprendido por la desconfianza. — estoy en deuda contigo.

— Tu no eres una buena persona, tu y tus hermanos son unos monstruos, ustedes… — comenzó la chica, pero no pudo continuar ya que un sollozo se lo impidió.

— Yo no soy un monstruo — Aseguró Hans, en un tono que sonó mucho más autoritario de lo que él inicialmente había deseado. Por lo que no le extrañó que Anna diera un paso hacía atrás. Sin embargo, aquel sencillo gesto si le demostró que la chica estaba mucho más asustada por el ataque de sus dos hermanos de lo que inicialmente había pensado.

— No lo soy — prosiguió el príncipe. De repente, Hans recordó las palabras de su padre : Los Westergaard son leones, no ratones. Ellas resonaban en su cabeza como una especie de mantra, que le indicaba que tomara el camino del más poderoso, del fuerte, y del que no tiene miedo de aplastar para lograr lo que desea.

Hans decidió dar otro paso en dirección a Anna, y ella volvió a retroceder asustada. Pero Hans no se detuvo hasta que se encontró frente a ella.

— Yo no soy un monstruo — aseguró nuevamente — y prometo que te ayudaré a escapar, es la única manera que tengo para pagar mi deuda.

— ¿De verdad? — preguntó Anna mucho más confiada, se diría que casi esperanzada.

— Sí, pero debes hacerlo de noche, y seguir las recomendaciones que yo te dé ¿entendido? — preguntó Hans.

— Entendido — respondió Anna.

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Eran casi las once de la noche cuando Anna finalmente se encontró lista para partir, la princesa trepo cuidadosamente a la cornisa del amplio ventanal triangular de su habitación y se dejó resbalar hasta que dio con otro tejado ubicada justo abajo del primero. Sin lugar a dudas, aquella hazaña sería mucho más difícil sin la protección de todas las capas de nieve que existían durante la primera vez que lo hizo. Pero, aún así, llegó hasta uno de los pisos más bajos, cerca a las cocinas, en donde se introdujo al palacio. No obstante, pronto Anna se dio cuenta de que no fue la decisión más inteligente.

— Alteza — exclamó Gerda, la ama de llaves , al verla entrar.

— Gerda yo… — comenzó la chica asustada, ya que sería obvio que la princesa pretendía huir, después de todo, llevaba su capa de viaje y una mochila cruzada.

— ¡Rápido! — susurro la mujer mientras corría hacia la chica y la tomaba de la mano — por aquí — dijo la mujer en tanto la guiaba por uno de los tantos pasillos especialmente diseñados para uso del servicio.

Anna la siguió sorprendida, mientras que veía otras mucamas y mayordomos que despejaban el camino para que ella pudiera seguir adelante. La princesa hubiera querido agradecerles de una mejor manera, ya que estas personas estaban poniendo la cabeza en juego, pero la prisa no le dejó, tenía que cruzar las murallas del castillo antes de que llegaran las dos de la mañana, pues, a esa hora habría cambio de guardia y perdería la protección de Hans.

— Tenemos que hallar una manera para que no llamé tanto la atención — dijo Gerda. Después la mujer sonrió como si hubiera hallado la solución.

— ¡Ya sé! — anunció. — Frank sale del castillo en diez minutos, irá a la plaza por nuestro pedido semanal de pescado, él llevará su carreta, puede llevarla ahí — sugirió.

— Eso es perfecto, gracias Gerda — agradeció Anna.

Fue cuestión de minutos antes de que la chica se encontrara en la puerta de servicio ubicada en la cocina, preparada para subir en aquella carreta cubierta y esconderse hasta que llegaran a uno de los vecindarios de la parte externa de la ciudad.

— la llevaré hasta el último distrito, allí, usted podrá tomar una diligencia hasta lindsen, y … bueno, en realidad no tengo la menor idea de que esté planeando hacer, pero sea lo que sea, espero que tenga suerte — dijo Frank dedicándole una sonrisa.

Anna sonrió y se montó en la parte de atrás de la carreta, escondiéndose entre los toneles y sacos vacíos de arroz. El olor a pescado era insoportable, y la princesa se hallaba aterrada, pero, esta parecía ser la ultima oportunidad que tendría para reunirse con Kristoff. De repente, la carreta se detuvo, y la chica casi se desmaya al escuchar la voz de una serie de guardias socavarle información a Frank.

— Tenemos que inspeccionar la parte de atrás de su carreta — dijo una voz masculina, por lo que Anna se asustó y trató de encogerse aún más en el rincón en el que se hallaba escondida. El soldado entró muy lentamente, mientras que la madera crujía bajo sus botas de cuero, de repente, se detuvo muy cerca de donde ella se encontraba, y se quedó en silencio. En ese momento, Anna buscó la valentía para levantar su cabeza, y vio un rostro conocido.

— ¿Hans? — susurró la chica, al verlo sobre ella, pero, él no la dejó decir una palabra más, ya que llevó su dedo índice hacia sus labios, haciéndole entender que debía permanecer en silencio. Anna siguió su recomendación y lo escuchó gritar:

— ¡Todo en orden! ¡Está limpio! — anunció el príncipe. Anna lo miró estupefacta, pues, en realidad él había cumplido su promesa de ayudarla a escapar. Mientras la princesa continuaba silenciosamente su viaje hasta los barrios circundantes, no podía dejar de sentirse agradecida con todas aquellas personas que le tendieron la mano en el camino, gente que no tenía ninguna obligación de ayudarla, pero que no dudaron en poner su cabeza en juego por ella, y sin las que su torpe plan jamás hubiera resultado.

Después, la chica pensó en Hans, pues lo último que había esperado era que el miserable cumpliera su promesa. Aparentemente, era cierto que había una segunda oportunidad para todos. Sin embargo, uno de los detalles que más llamó la atención de la chica, fue el hecho de él se hallara vestido como un guardia común. Anna sabía que había muchos nobles en el ejercito, pero era claro que ellos jamás tendrían que empezar desde abajo, ya que los más altos rangos estaban reservados para su propia clase, probablemente, este era parte del castigo que el rey de las Islas del Sur le impuso por haber fallado en Arandelle un año atrás.

Anna trató de no volver a pensar en ninguno de esos desdichados príncipes de las Islas del Sur, ellos hacían parte de un pasado que se había visto forzada a dejar atrás, junto con su hermana y el castillo donde creció.

— Elsa… — murmuró Anna al tiempo que apretaba con fuerza sus rodillas hacía su cuerpo. La princesa no entendía porque su hermana había decidido guardar en secreto la inminencia de una guerra, y desde hace cuanto tiempo existía la amenaza de una invasión, ¿por qué nunca pudo confiar en ella?, su relación siempre estuvo envuelta en secretos de todo tipo. Y aún así, a Anna no le hubiera importado vivir engañada el resto de su vida, si eso implicaba tenerla junto a ella.

— Elsa… — susurro nuevamente Anna, sintiendo el mismo vacío insoportable que experimentó en los últimos días, mientras pensaba en su pobre hermana quien para su consuelo, no había sufrido antes de morir, ya que ni siquiera pudo estar consciente al momento de ser fusilada.

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Eran cerca de las nueve de la mañana cuando Hans escuchó nuevamente el toque de las campanas de la ciudad. En tanto que su hermano Jorgen cruzaba frenéticamente una y otra vez la antigua oficina de Elsa.

— No entiendo como pudo haber pasado, simplemente, no entiendo — dijo el hermano mayor completamente preocupado.

— Nadie en este mugroso palacio parece haberla visto — se quejó Johan, quien era sexto en la línea de sucesión, con una expresión entre sombría y preocupada — parece como si se hubiese esfumado en el aire. Es obvio que alguien debió ayudarla a escapar.

— No entiendo porque es tan importante. Ella ya no tiene dinero, ni poder político, no es nadie, ¿no sería mejor que desapareciera? — preguntó Hans quien aún vestía su sucio uniforme militar, y se hallaba descuidadamente sentado en una de las sillas en la esquina del cuarto.

— ¡No digas tonterías! — gritó Jorgen completamente iracundo mientras que golpeaba fuertemente la mesa con su mano. — esa chica es la última miembro de la casa real de Arandelle, todo el mundo sabe que ella es la heredera legitima, al igual que sus hijos, y los hijos de sus malditos hijos también lo serán. Papá tenía planes, y ahora … — explicó el mayor quien dejó la frase en el aire.

— Es cuestión de tiempo antes de que comiencen las revueltas — añadió Frederick — el parlamento apoyaba a la reina, y por lo tanto, apoyarán a la princesa, ella es un símbolo, la necesitamos.

— Pues si hay revueltas, el ejercito puede reprimirlas — opinó cansadamente Hans — no veo porque tanto escandalo, Anna no tiene madera de reina, jamás llegará al trono, y ella lo sabe.

—El problema no es que llegue al trono, pero, claro, tu dices eso porque parecías estar de su lado — dijo Runo. De repente, la cara de Jorgen cambió, como si hubiera tenido una especie de revelación.

— Hans — empezó — ¿dónde te encontrabas ayer en la noche?.

— Haciendo guardia con los centinelas de la entrada, puedes mirar los registros si es que no me crees — afirmó el muchacho.

— Así que haciendo guardia… — dijo Jorgen desconfiado — y debo suponer que tu tampoco la viste, tú al igual que el resto de Arandelle, todos parecen estar completamente ciegos en este lugar — comentó furioso.

— ¿Cómo te atreves a acusarme de algo así? — preguntó Hans fingiendo sentirse ofendido por las palabras de su hermano. — yo tengo más motivos para odiar a Anna que cualquiera de ustedes — se defendió.

— Y aún así, nunca pareciste odiarla — dijo Frederick quien también parecía desconfiar, al igual que su hermano mayor.

— No es que no la odiara, simplemente, creo que ustedes son excesivamente crueles, yo no soy así, ya no — dijo Hans alarmado al ver la cara de sus otros hermanos.

— Escúchame bien — gritó Jorgen en tanto lo tomaba por el cuello y lo empujaba hacía la pared — te prometo, que si no encontramos a esa niña hoy, antes de que caiga el sol, tú serás el que pagues, estoy seguro de que papá te mandará a la horca por esto. — lo amenazó.

— Yo no hice nada — aseguró Hans en tono calmado, pero igualmente furioso al tiempo que su hermano lo acorralaba con mas fuerza contra la pared.

— Pues, ahora harás "algo" — contestó Jorgen quien prácticamente le escupía aquellas palabras en la cara. — vas a encontrarla, o te aseguro que mi mayor propósito será hacer que te cuelguen tan pronto lleguemos a las Islas del Sur — gritó.

Jorgen soltó el cuello de la camisa de su hermano, y este pudo recobrar el aliento. Hans entendió que se había excedido, pues nunca había visto a su elegante hermano tan descompuesto como en aquella ocasión. Era obvio que sus amenazas no eran vacías, por lo que Hans debía elegir entre su cuello o el de ella, y mil veces preferiría entregarla que someterse a la horca.

— Yo no tuve nada que ver— mintió Hans — aún así, voy a reunir un grupo de hombres para ir a buscarla.

— Espero, que por tu propio bien tengas suerte — dijo Jorgen — recuerda, tienes hasta el atardecer para hallarla.

— Entendido.


Hola a todos, tuve el capitulo muy rápido, ¿no lo creen? Eso es porque tengo unas escenas de varios capítulos escritas y esperando a ser sacadas del celular, para juntarlas y hacer un solo episodio. Tal y como predije, este fic no tuvo demasiados hits, así que mis notas de autor también van a ser más desvergonzadas, pero no importa, estoy feliz escribiéndolo, y tengo mucho adelantado, por lo menos dos episodios mas, escribo mucho en el celular cuando estoy en salas de espera, el bus, filas, el dentista, universidad, perdiendo tiempo en el trabajo, etc. Supongo que la gente debe pensar que tengo muchos amigos, y mi novio que lo estoy engañando, porque no me despego del teléfono, pero, ¡no!, yo estoy escribiendo fics de una peli para niños ¡HA!

Sobre este capitulo. He escrito a Hans de muchas maneras: malo, aún más malo, moderadamente bueno pero en evolución a volverse malo. Por lo que quería un Hans diferente, uno que se encuentra en proceso de cambio. La idea ya la tenía, pero se concretó por el extracto del libro "Frozen Heart" que anda circulando por ahí. A mi me parece que el Hans que nos presenta el fragmento del libro, es una persona moderadamente decente, él mira a su familia desde la óptica de alguien que comparte sus valores. Sin embargo, al ver lo que hizo durante "frozen", es obvio que él se convirtió justo en lo que despreciaba: en sus hermanos, y ahí está la ironía del personaje. Otro de los aspectos que me interesó, fue cuando el papá de Hans le dice: "si dejaras de creerte mejor que tus hermanos, aprenderías algo de ellos". para mi, esto significa que él lo conoce mejor de lo que Hans cree, y que hay algo de él que no encaja en toda la dinámica de los 12 hermanos. En fin….

Por cierto , gracias a aquellos que me incluyeron en sus categorías, realmente no pensé que pasara, pero me alegro que halla alguien que encuentre este fic entretenido, normalmente, no miro las estadísticas (ustedes saben, esas barritas de colores que señalan el numero de hits) pero como este fic ha tenido tan pocos lectores, me gusta ver que hay gente que vuelve a releer el cap, supongo porque les ha gustado o algo así.

Bueno… me voy, mi hora de almuerzo va a acabar, y quiero publicar antes de que tenga que volver a trabajar. Adiós