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[Poder y pasión]
Anna llegó a Lidsen cerca de las ocho de la mañana, en donde no dudo en sacar parte del dinero que llevaba consigo para comprar un caballo, que la llevaría a través del bosque hasta el camino de la Montaña del Norte, justo en donde se encontraba la posada de Oaken. La chica cabalgó todo el día, apenas sin detenerse a comer, pues sabía que debía llegar allí a las cuatro de la tarde.
Lo que Anna no sabía, es que tras ella se encontraba un pequeño pelotón de soldados de las Islas del Sur, comandados por Hans, quien a su vez, se hallaba cansado pero frenético, pues sabía a la perfección que la amenaza de su hermano no era vacía, y que su vida dependía del éxito de su misión. En principio, el muchacho no supo por donde comenzar a buscar, pues ella podría estar en cualquier parte.
— Vamos Hans, tu conoces a esta chica, estuviste por casarte con ella, sí alguien puede encontrarla, ese eres tú— se animó mentalmente el príncipe.
Mientras Hans recorría los campos que circundaban Arandelle por centésima vez, un recuerdo llegó a su memoria, como una especie de revelación: Elsa construyó su castillo de hielo en la Montaña del Norte, y así fuere peligroso, ella trataría de llegar al refugio de su hermana.
— ¡Soldados! — gritó el príncipe — debemos tomar el camino de la Montaña del Norte, es allí donde se dirige la princesa.
Por su parte, Anna siguió cabalgando con rapidez a través del bosque, y mientras la tarde llegaba, la chica sintió su esperanza crecer, en medio de la pena producida por la perdida de su hermana.
— Elsa… ya estoy cerca, pronto llegaré, Elsa ayúdame — pidió Anna mentalmente mientras que su caballo seguía a trote veloz por el camino.
De repente, el sonido de cascos alertó a Anna, su cerebro le insistió que debía calmarse, que tan solo se trataba de campesinos que iban al campo con sus carretas, pero su instinto le dijo algo completamente diferente. Ella sabía que tenía que esconderse, por lo que se ubicó al lado del camino y bajo de su caballo. Desafortunadamente, la princesa estaba en lo correcto, se trataba de oficiales de las Islas del sur.
— Nos dividiremos para buscarla — anunció Hans desde su caballo, en tanto que ella lo miraba darle instrucciones a sus hombres. Anna dudo acerca de lo que debía hacer a continuación, pues si escapaba a galope, produciría ruido, y el pobre animal tendría dificultades para sortear los obstáculos del bosque. Sin embargo, si huía a pie, no tendría oportunidad, ya que todos aquellos hombres llevaban un caballo.
Finalmente, Anna decidió montar su caballo y emprender la cabalgata hacía la posada de Oaken. No obstante, sus temores se cumplieron, e hizo gran cantidad de ruido al montar al animal.
— ¡Alto ahí! — gritó Hans desde el camino. Sin embargo, ella no se detuvo y siguió a pleno galope mientras que no dejaba de maldecirlo mentalmente, al tiempo que se culpaba a sí misma por haber sido tan incauta y confiar en una sujeto como aquel, quien no tenía más que un corazón congelado e hielo en las venas.
— ¡He dicho que se detenga! — gritó el sujeto en tanto proseguía con la persecución a gran velocidad.
Anna no sabía que hacer, pues no lo perdería fácilmente, él parecía muy determinado, y era mejor jinete de lo que ella nunca sería. Sin embargo, no podía darse por vencida, no cuando estaba tan cerca del parador de Oaken, y de poderse reunir con Kristoff. El golpe de los cascos contra el piso era ensordecedor, a pesar de que solo se encontraba siguiéndola el príncipe. En ese instante, la chica vio la luz al final del bosque y se encontró con un arrollo rocoso, que Anna reconoció de inmediato: se trataba del mismo al que había caído la noche de la coronación, en el que congeló su vestido antes de dar con la tienda.
A penas su caballo pisó el suelo junto al arroyo, la princesa supo que no podría conducirlo por aquel terreno rocoso, por lo que bajó a toda velocidad y comenzó a correr hasta el otro lado del riachuelo, en donde se encontraba la posada.
— ¡Anna! — gritó Hans quien bajó de su caballo al darse cuenta de que él tampoco podía seguir — ¡detente, tengo que llevarte de vuelta! — insistió el príncipe.
— ¡Vete al diablo Hans! — Respondió la princesa mientas comenzaba a cruzar a través de una piscina de agua. Sin embargo, fue detenida por Hans, quien se lanzó contra ella haciéndola caer.
Tanto Hans como Anna quedaron empapados mientras que continuaban el forcejeo, pues la chica había decidido que no habría manera de que la llevaran al palacio nuevamente.
— Suéltame — gritó Anna.
— Cálmate Anna — respondió Hans tratándola de detener como lo hizo poco antes de la muerte de Elsa.
— ¡Jamás! — contestó furiosa.
— Anna, tengo que regresarte al castillo, mis hermanos sospechan de mi, si no te llevo de vuelta, Jorgen me enviará directo a la horca — vociferó el muchacho, pero ella no dejo de luchar.
— ¡Kristoff! ¡Kristoff! — llamó Anna con la vaga esperanza de que él recolector de hielo pudiera ayudarla. Sin embargo, muy en el fondo , ella sabía que todo estaba perdido y que no había manera de escapar, no importaba que se hubiere encontrado a unos cuantos pasos de la libertad.
— Déjame, déjame — gritó nuevamente Anna mientras luchaba por soltarse de su agarre.
— No puedo Anna, lo lamento — dijo el muchacho cada vez más bajo, mientras que ambos se dejaban caer en la piscina de agua.
— Lo lamento Anna— se disculpó Hans — tengo que hacerlo.
— Eres un mentiroso, dijiste que me ayudarías — gritó Anna.
— Cálmate — dijo el muchacho en un tono más bajo al tiempo que la apretaba en contra de su cuerpo para que ella no pudiera huir. Hans se dio cuenta de que aquel toque era casi intimo, pero no le importó, tan solo se lamentó de poder cumplir su promesa, pues parecía que su destino era ser un Westergard, un egoísta, cruel y ambicioso Westergard, uno, que al igual que sus hermanos, era incapaz de ver más allá de su reflejo en el espejo.
— Kristoff… — susurró Anna quien comenzó a sollozar.
— Vamos Anna, es hora de regresar — dijo Hans quien la ayudó a ponerse de pie, mientras la halaba por el codo. Anna y el príncipe no se habían dado cuenta de que un grupo de soldados se había reunido al rededor del lecho del rio. Entre la multitud, la princesa pudo distinguir a Oaken quien debió escuchar todo el alboroto desde su tienda. La chica pudo ver la preocupación y el reconocimiento en sus ojos, y esto la tranquilizó, ya que de seguro, él le contaría lo que pasó a Kristoff, y así sabría que ella no lo había abandonado.
— Vamos Anna, súbete — le ordenó el príncipe, mientras la obligaba a subirse a su caballo. Después, él mismo trepó, y se sentó detrás de ella, para que no pudiese escapar nuevamente. Anna odió cada minuto de aquel viaje, parecía que su esperanza moría con cada instante que pasaba, por lo que se mantuvo en silencio en tanto continuaban la marcha.
— Por favor, no vayas a intentar nada estúpido, como saltar del caballo o algo parecido — dijo Hans sin emoción, pero ella no respondió.
Ya había caído la noche cuando finalmente llegaron al castillo de Arandelle, en donde los recibió Jorgen con una brillante sonrisa.
— Pero miren quien regresó — comentó alegremente — vaya estado en el que se encuentran— añadió al ver que estaban completamente empapados y cubiertos de lodo por su pelea en el rio.
— Cierra la boca — le murmuró Hans a su hermano en un tono peligrosamente bajo.
— Es sorprendente lo que puedes llegar a hacer con el estimulo adecuado, ¿no lo crees hermanito? — preguntó Jorgen con una sonrisa cargada de ironía.
— Yo no tuve nada que ver con su escape — dijo Hans, por lo que Anna le dedicó una breve mirada.
— ¿Es eso cierto princesa? — la interrogó Jorgen.
— No, yo escapé sola, él no me ayudó — contestó Anna mientras que Hans reprimía su sorpresa.
— Si nos disculpas… — dijo Hans antes de tomar a la chica del codo, y obligarla a subir por las escaleras del castillo hasta su habitación, en donde, para molestia de Anna, los esperaba Rudi quien se hallaba sentado en la cama.
— ¿Qué estás haciendo aquí? — preguntó Hans fastidiado, pues lo ultimo que necesitaba su día, era tener que vérselas con su hermano mayor.
— Nada en especial, hermanito. Solo quería saber si los rumores eran ciertos, y en realidad lograste traerla de vuelta, no pensé que pudieras. Sin duda, la amenaza de Jorgen te hizo esforzarte más de lo normal— se burló Rudi.
— ¿Qué esta haciendo en mi habitación? — preguntó Anna molesta.
— Princesa, ya nada en este lugar te pertenece, tu cediste a tus derechos, esta ya no es tu habitación ¿lo recuerdas? — preguntó el príncipe maliciosamente. Anna frunció el seño, rodeó la cama, hasta que llegó al armario y comenzó a buscar en él.
— ¿Dónde están mis joyas? — le preguntó la chica a Rudi, quien levantó las cejas, genuinamente sorprendido por la pregunta .
— Yo no las tomé — aseguró el príncipe.
— Por favor, tengo objetos con valor sentimental, le daré unas que pertenecieron a mi hermana, si me las devuelve, son más costosas — trató de negociar Anna, pero el muchacho comenzó a negar con la cabeza.
— Le juro, alteza, que la propuesta suena atractiva, pero no tengo la menor idea de que sucedió con sus joyas — dijo Rudi aun sorprendido.
— ¡Devuélvamelas! — grito Anna.
— Alteza. — intervino Gerda desde la entrada — el príncipe Jorgen me pidió que preparara el baño para usted, ya está todo listo.
— Iré en seguida— dijo Anna quien dejó la habitación, no sin antes dedicarle una mirada de odio a Rudi.
— Muy bien Hans, los dos sabemos que yo no soy quien está en completa bancarrota, desde que papá le quitó sus tierras. ¿Dónde están sus joyas? — preguntó Rudi cansadamente.
— Oh vamos, ella no las necesita, no dejó que yo tomara las de Elsa, y además, de ahora en adelante, Anna vivirá en prisión, si tiene suerte, conseguirá un amante poderoso que interceda por ella frente a papá. Yo, en cambio, soy pobre — dijo descuidadamente Hans.
— Buen punto — aceptó Rudi.
— ¿Y tu, qué haces aquí? — preguntó Hans.
— Solo quería verla cambiándose de ropa — confesó Rudi levantando los hombros, por lo que Hans rodó los ojos irritado.
— Oh por favor, hermanito, no te creas la gran cosa, todos tenemos nuestros vicios — agregó.
— Supongo que es verdad — reconoció Hans.
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Anna permaneció sentada en la tina restregado suavemente con la esponja de baño, mientras se deshacía del barro y la suciedad que se impregnaron en su piel aquella tarde en el rio. Sin embargo, lo que no pudo limpiar, fue el sentimiento negro que le dejó la muerte de Elsa, en realidad, no creía que jamás pudiera sobreponerse a aquello.
Era extraño, pero, a pesar de los años de soledad, y del aislamiento de su hermana, Anna nunca dejó de pensar que ellas dos tenían un lazo especial, aunque la reina pareciese no quererla como ella lo hacía, la princesa jamás pudo dejar de amarla.
Tiempo después, cuando se enteró de la existencia de sus poderes, Anna entendió un poco mejor a la mayor, pero no fue hasta su primer cumpleaños después del deshielo, que vio cuan equivocada estaba sobre ella. Elsa se llevó a si misma hasta extremos absurdos solo por complacerla, pero, no sabía que la princesa ya tenía lo que quería: el amor puro y verdadero de una persona, y esta era su hermana mayor.
— Elsa… — susurró en tanto abrazaba sus piernas a su cuerpo, y recostaba su cabeza en sus rodillas. Anna cerró sus ojos lentamente, mientras que dejaba que el agradable sentimiento del agua caliente contra su piel, y el sonido de la madera quemándose en la chimenea, la relajara.
— Oh, Gerda, no es necesario que hagas eso, pero te lo agradezco— dijo en tanto sentía que le frotaban la espalda.
— No soy Gerda — dijo una voz masculina. Anna se alarmó como nunca, por lo que abrazó con más fuerza sus piernas a su cuerpo, como si con ello consiguiere protegerse.
— ¿Qué cree que está haciendo? — preguntó seriamente Anna.
— Solo quería verte, y considerando que por primera vez te encuentro sin Hans a tu lado, pensé que sería el momento propicio — comentó Rudi casualmente. Mientras que Anna sentía como delineaba los huesos de su espina dorsal con su dedo, aquello, le causó un escalofrío.
— ¿Me va a hacer daño? — preguntó Anna.
— Eso depende de lo que tu definas como "Daño" — respondió con una ligera risa — pero si te refieres a si planeo tener sexo contigo, no, aún no— afirmó calmadamente.
— Me guste o no, Hans tiene razón. Tengo que esperar que papá decida tu suerte, no voy a enfurecerlo, no sería inteligente — dijo el muchacho mientras volvía a frotar la espalda de Anna con la palma de su mano. Después, él caminó hacía un costado de la habitación, y acercó una silla a la tina.
— Por favor, déjeme en paz — pidió Anna en un suspiro — Váyase. — insistió, a lo que él respondió con una suave sonrisa.
— No entiendo porque tanto drama, princesa. Todo el mundo sabe que mi hermano y tú acordaron casarse después de un par de horas, pensé que no tendrías problemas en aceptarme a mi — dijo Rudi calmadamente. Anna se molestó ante las implicaciones de este comentario.
— Hans no trató de violarme cuando nos conocimos — dijo la chica molesta — simplemente, no puedo creer que usted piense que aquello está bien.
— ¿En qué mundo vives princesa? — preguntó Rudi burlándose de ella — esas son las reglas de la guerra, si ganas, tomas lo que quieres, así funciona, y es ingenuo pensar lo contrario, lo mejor sería que consiguieras un aliado al lado de los más fuertes, y yo podría serlo, si tu me lo permites. — propuso el príncipe.
— No voy a… a… ser su amante— dijo Anna ruborizándose.
— ¿Por qué no? — preguntó Rudi.
— Porque usted… Ustedes mataron a mi hermana, y saquearon mi reino, es imposible que yo quiera tener… usted sabe, este… algo, lo que sea, con cualquiera de ustedes — dijo Anna tímidamente, al tener que enfrentarse a un tema al que no estaba acostumbrada.
— No pareces ser alguien muy práctico — comenzó nuevamente el príncipe quien se recostó en el espaldar de su silla descuidadamente. Mientras que Anna no dejaba de encontrarlo cada vez más amenazante, como consecuencia de un efecto de la luz de la chimenea.
— Lo más sabio sería buscar la protección de alguno de nosotros. Sé que piensas que Hans será suficiente, pero él está muy abajo en la escala de papá, él no es nadie — comentó Rudi.
— No voy a ser su amante — negó nuevamente Anna, esta vez, de una manera contundente. El príncipe no respondió nada, tan solo permaneció mirándola con un gesto pensativo.
— Dices "no" muy fácilmente, como si tuvieras derecho para hacerlo— dijo Rudi en un tono de voz calmado y sin ninguna prisa —contaré hasta cinco para que reconsideres tu decisión, si no lo haces, tomaré lo que quiero de todas maneras — la amenazó.
Anna estrechó aún más sus piernas contra su cuerpo, recostó su cabeza en sus rodillas y cerró los ojos, esperando lo peor
Uno
Elsa, por favor, ayúdame.
Dos
Elsa, no me dejes
Tres
Tu eres todo lo que tengo.
cuatro
llévame contigo
cinco.
Elsa…
Anna sintió una mano tomar su muñeca con una fuerza hiriente, por lo que ella soltó un fuerte grito instintivamente, de repente, el sonido de la puerta llamó la atención de los dos.
— Alteza, por favor, no es mi intención interrumpir, pero la princesa Anna debe descansar — dijo firmemente Gerda quien miraba toda la escena con su ceño fruncido y sus labios apretados.
— Si, tiene razón, lo mejor será dejar las cosas como están — aceptó Rudi en tanto soltaba la muñeca de Anna, por lo que la chica intuyó que debió recordar la advertencia de Hans y no enfadar a su papá.
Anna no fue capaz de decir palabra, tan solo lo vio partir. Sin embargo, al mirar hacía la puerta, pudo ver claramente un codo vestido de verde, y una bota de cuero negra. Estaba segura de que se trataba de Hans, quien estaba recostado de espaldas en la parte externa de la puerta. Pero sus sospechas fueron confirmadas al ver el rostro de Rudi cuando salió del cuarto.
La princesa terminó de vestirse con la ayuda de Gerda, pues apenas si podía dejar de temblar. Hasta entonces, toda demostración de romance y sexo habían sido para ella una expresión de amor y cariño, nunca había imaginado que pudiesen humillar, y tener una profunda relación con la manipulación y el control, aparentemente, todo se reducía al mismo deseo general: el poder.
El sexo no solo era amor y placer, también significaba poder.
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Hans subió a su habitación en la parte alta del castillo, muy cerca de donde se hallaba la princesa, debido a que desde el principio temió por su seguridad, después, caminó hasta el baúl donde guardaba su ropa, lo abrió, y buscó el joyero que sacó del armario de Anna aquella mañana.
Ciertamente, tal y como Anna lo había anticipado, la colección de la chica era más reducida que la de la reina, pero, no por eso, dejaba de ser imponente y bastante costosa. Tras inspeccionar los diferentes compartimentos de la caja, Hans encontró el más pequeño de estos ocupado por un simple artefacto: una argolla dorada.
A decir verdad, la argolla no parecía ser muy fina, pues si bien estaba hecha de oro, era gruesa, con comisuras y diminutos e imperceptibles puntos negros, lo que indicaba que no estaba bien trabajada. Aquella joya no parecía propia de una princesa, todo lo contrario, más parecía la alianza de la mujer de un mercader de la ciudad. Hans la apretó fuertemente en su mano, pues no quería quedarse con la prenda de amor que otro hombre le dio a la misma persona con la que una vez quiso casarse.
Al volverla a inspeccionar, el príncipe pudo ver claramente todo el trabajo que hubo detrás de aquella joya, después de todo, un recolector de hielo estaba hasta abajo de la escala social, de seguro habría tenido que pasar por mucho para comprarla, y podérsela dar a Anna.
Hans bajó las escaleras hasta el vestíbulo, que tras la conmoción de los días anteriores, se veía brillante y hermoso, tal y como él lo recordaba. De repente, una mano le tomó el hombro.
— Jorgen — dijo Hans.
— Hansy, por favor, ve a buscar a la princesa. Ya nos encontramos listos para cenar — le indicó.
— No querrá bajar.
— ¿Por lo de la broma? — preguntó Jorgen genuinamente sorprendido, como si pensara que ella era una tonta sensible.
— Por eso, y por algo que paso esta tarde, mientras que ella tomaba un baño— le comentó el treceavo príncipe, quien, al ver a su hermano sorprendido, procedió a contarle los eventos.
— Ese imbécil… — murmuró Jorgen completamente furioso — tan solo quiere meternos en líos con papá, no lo permitiré. — aseguró antes de desaparecer por el pasillo.
— Olvida a la princesa, no la invites a cenar — grito Jorgen antes de desaparecer por completo.
Hans le hizo caso, y regresó a su habitación, pues él tampoco tenía apetito, o mejor dicho, no quería enfrentar a sus hermanos. Sin embargo, era casi media noche cuando su estomago empezó a rugir por el hambre, así que optó por dirigirse a la cocina sin pensarlo dos veces, tal vez, en el camino, pudiera dejarle la argolla a Anna sin que ella lo notara.
El silencio en el palacio era apabullante, por lo que pudo sentir el pesado sonido de sus botas de cuero sobre la madera. De repente, el príncipe cruzó por el pasillo en el que se encontraba la habitación de Anna y notó algo que lo alarmó de inmediato: la puerta estaba abierta de par en par. Hans no entendió como sus hermanos habían podido ser lo suficientemente descuidados para no apostar guardias en la entrada.
Rápidamente, Hans bajó las escaleras, hasta que llegó al pasillo que conducía al pabellón del personal de servicio. Después de todo, ella había utilizado aquella vía para escapar la noche anterior, y si tenía suerte, no se encontraría muy lejos. En aquel instante, el sonido de trastos golpear en la cocina llamó su atención, por lo que sacó el puñal que siempre llevaba escondido en su bota, y comenzó a avanzar. Lentamente, el príncipe abrió la puerta.
— ¡Ah! — gritó Anna, al verse descubierta.
— ¿Anna? — preguntó Hans, quien volvió a esconder el puñal en su bota.
— ¿Hans?
— ¿Qué estás haciendo aquí? — preguntó el príncipe, a quien todavía le palpitaba con fuerza el corazón por aquel susto.
— Hambre… quiero decir, comida… quiero decir, yo tenía hambre, de comida, sí, de comida — balbuceó torpemente la chica, quien tenía un sándwich en una mano y un trozo de queso en la otra.
— Oh, yo también — reconoció Hans, en ese momento, su estomago lo traicionó y gruño a todo volumen.
— Ya veo — comentó Anna — aquí hay un sándwich de más, tómalo — dijo pasándole un plato por encima del mesón de la cocina.
Hans se sentó, y juntos tomaron su cena en silencio, pues era extraño que después de todo lo que habían pasado juntos, tuvieren que sentarse a la mesa como un par de amigos, y compartir la comida de la manera más informal.
— No debiste salir de tu habitación vestida así — dijo Hans. Por lo que Anna, quien se encontraba en pijama, se miró a sí misma.
— No creo que tenga que darte lecciones de protocolo, pero una mujer noble no debería andar así a mitad de la noche,— opinó el príncipe.
— No me importa lo que pienses — contestó Anna molesta.
— Y tu seguridad, ¿acaso no te importa? — preguntó Hans haciendo referencia a sus hermanos mayores.
— ¿Y a ti que te importa mi seguridad? — contestó Anna.
— Ya te lo dije, tengo una deuda por saldar — comentó Hans.
— Curiosa manera en la que pagas tus deudas, invadiendo los países de otros, y matando a sus hermanas — le respondió la chica agresivamente.
— Tú sabes bien que yo no tengo elección. Tú también comprendes lo que se siente tener a tu propia familia encima, como si fueran un carcelero, pero, trataré de ayudarte, siempre y cuando esté dentro de mis posibilidades — dijo Hans en voz baja.
— Aún no entiendo porque lo haces.
— No tienes que hacerlo — respondió el príncipe, quien después metió la mano al bolsillo y tomó la argolla — tengo una confesión que hacer — empezó el muchacho nuevamente.
— Yo tomé tus joyas — confesó.
— Tu… — empezó Anna molesta.
— Y creo que esto es lo que querías recuperar — dijo el príncipe en tanto sacaba la joya y se la enseñaba.
— Sí, era precisamente lo que deseaba — aceptó la princesa, en tanto la tomaba. — la olvidé cuando escapé del castillo, pensé que si estaba con Kristoff, no haría falta, ahora, es lo único que me queda de él — comentó.
—Entonces, guárdalo princesa, si es que te hace feliz — dijo Hans con una débil sonrisa. De repente, un golpe en la pared los alertó.
— Ven conmigo— le indicó Hans, quien le tomó la mano y comenzó a halarla a través del pasillo, mientras que se mantenía en frente de ella con la intención de protegerla. En aquel instante, al sonido de golpeteo, se le unió una serie de risitas de mujer.
Hans y Anna se deslizaron hasta el extremo del pasillo, hasta una puerta que daba contra los salones de descanso de la servidumbre. El príncipe miró por la pequeña obertura de la puerta entre abierta, y vio claramente a un hombre y a una mujer semidesnudos en pleno acto. El sujeto era su hermano Jorgen, y la chica…
— Becky… — susurró Anna.
— Anna, vámonos de aquí — murmuró Hans a lo que ella respondió con un asentimiento. Lentamente, la pareja comenzó a moverse hacía las escaleras, hasta que llegaron a los pasillos.
— Así que ella es la amante de tu hermano — empezó Anna pensativamente, Hans no tenía la menor idea acerca de lo que pasaba por la mente de la princesa, pero una cosa era segura: aquello la había perturbado.
— Personalmente, ya lo había imaginado — comenzó Hans en un suspiro. — lo que no me explico es como encaja todo el asunto del ojo negro aquí. Sea lo que sea, esa niña tomó la decisión más conveniente: buscar a alguien poderoso, que pueda protegerla mientras dure la situación de peligro, y en este momento, no hay nadie más poderoso en Arandelle que mi hermano Jorgen— comentó casualmente el príncipe.
— ¿Tu crees eso? ¿Realmente crees que buscar protección de aquella manera está bien? — preguntó Anna.
— Yo soy quien trató de decapitar a tu hermana hace un año, no soy la mejor persona para ser juez sobre lo bueno y lo malo — dijo Hans — pero, es lo más práctico, considerando las circunstancias. Mi hermano lo sabe, y probablemente se está aprovechando de ello.
— No quiero terminar como ella — expresó Anna firmemente — no quiero terminar como amante de ninguno de tus hermanos — dijo la chica.
— En tanto papá no halla dado su veredicto acerca de lo que debemos hacer contigo, no habrá problema, pero después… después, no puedo prometerte nada — aseguro Hans.
— Realmente estoy atrapada, ¿no es verdad? — preguntó Anna con una sonrisa melancólica.
— Sí— dijo Hans fríamente — todos lo estamos, todos somos prisioneros de papá, pero tú, tu estas en un sitio aún peor, te encuentras al final de la cadena alimenticia, en un lugar en el que todos son depredadores — aseguró.
— Hans — empezó nuevamente la chica mirándolo a los ojos — tú eres el hijo menor, ¿alguna vez te sentiste así? — preguntó.
— Todos los días de mi vida.
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Al día siguiente, la rutina del palacio se reanudó, cómo si no hubiese habido una guerra en su interior, y para tormento de Anna, cómo si no hubiese existido otra reina anterior.
— Gracias — dijo Anna al tiempo que una de las mucamas le servía una taza de té, mientras tomaba silenciosamente el desayuno en el comedor, junto con los hermanos Westergard.
— Esta mañana recibí una carta de papá, dirigida a mi — anunció Jorgen orgulloso de ser quien transmitía las noticias.
— ¿Y qué? ¿quieres una medalla o algo así? — preguntó Frederick, por lo que los demás hermanos soltaron una carcajada, incluso Anna no pudo esconder una ligera sonrisa.
— No necesito medallas, cuando tengo una corona — contestó arrogantemente Jorgen — Papá me nombró lord regente de Arandelle, de ahora en adelante, estaré a cargo de este país — dijo.
— Pero no serás "rey", en estricto sentido — añadió Runo.
— No puede serlo, en tanto exista una reina legitima — comentó Hans mientras que Anna sentía todas las miradas del comedor sobre ella.
— Entonces, ¿debemos deshacernos de ella? — preguntó Rudi dedicándole una mirada a la princesa.
— Ni pensarlo, si la matamos, eso solo desencadenaría una violencia que no podremos afrontar — contestó Jorgen.
— Ustedes ya mataron a su reina, no veo porque otra muerte más haría la diferencia — dijo Anna fuertemente.
— La cuestión era diferente, princesa. La reina Elsa no nos dio otra opción, sus poderes eran demasiado peligrosos como para dejarla con vida, por lo que decidimos asumir el riesgo, pero usted…
— Tu eres un pequeño ratoncito asustado, no podrías herir a una mosca. No hay necesidad de desatar protestas por una chica insignificante como tú — dijo Rudi venenosamente.
Anna lo miró dedicándole todo el odio que sentía en aquel momento, y fue allí, cuando entendió que el príncipe se hallaba molesto por el rechazo del día anterior, al parecer, detrás de toda aquella fachada, no había más que un niño malcriado que no estaba acostumbrado a que se le negara lo que quería.
— ¡Suficiente! — intervino Jorgen. — basta de tonterías, hay algo más importante que deseo preguntarle, princesa Anna.
— ¿Q-qué? — preguntó Anna ligeramente asustada.
— ¿Hay otra persona que podría ser heredera al trono? ¿Un primo lejano, un sobrino del rey, o un hijo bastardo? — preguntó Jorgen seriamente, mientras que sus otros hermanos lo miraban tensionados.
— N-no. Ustedes saben que Elsa y yo somos las únicas hijas del rey — dijo Anna aún más asustada.
— ¿Nadie? — insistió Jorgen.
— N-no, nadie — repitió la chica. En ese momento, Jorgen se paró de su silla y caminó muy lentamente hasta la de Anna. Después, se agachó tomando ambos apoya brazos y puso su mirada al nivel de la chica.
— Princesa Anna, usted no está en posición de mentir, puede que papá no halla autorizado que la matáramos, pero yo tengo maneras para sacarle la verdad sin tener que acabar con su vida, y le aseguro, que son tan dolorosas que harían que usted prefiriera la muerte — dijo seriamente. Anna pudo ver la ambición y la codicia escritos en su rostro, él quería el trono de Arandelle y haría lo que fuera por él.
— No, ya le dije que éramos sus únicas hijas, papá era hijo único, no me queda familia — dijo Anna en un solo suspiró, que desencadenó un sollozo — estoy completamente sola.
— Entiendo — murmuro Jorgen, en tanto se ponía de pie nuevamente — miren esto hermanos, es por este tipo de circunstancias que papá siempre insiste en que debemos tener la mayor cantidad de hijos posibles. Los matrimonios son convenientes por donde se miren, sirven como alianzas y para prevenir este tipo de situaciones — les indicó el príncipe señalándola con el dedo.
— Runo, Rudi, Hans — los llamó Jorgen — ustedes también deben darse prisa, papá lleva bastante tiempo esperando, deben casarse lo más rápido posible.
— Jorgen, tu sabes que no es fácil, yo no tengo tanto talento como ustedes en ese campo — intervino Runo sonando francamente desesperado.
— Yo ya estoy comprometido, es cuestión de meses antes de que le dé a papá lo que quiere— contestó Rudi descuidadamente — es una duquesa o condesa, o algo así, apenas si nos hemos visto un par de veces, aunque sin duda, eso es más de lo que tu conociste a tu esposa antes de casarte, fue papá quien planeó todo este circo — le dijo el muchacho a Jorgen.
— Buen punto — reconoció el mayor.
— ¿Y tu Hans? — preguntó Jorgen mirando al menor de los hermanos.
— ¡Ha! Tiene que ser una broma — dijo irónicamente en príncipe.
— No lo es. Ya tienes 24 años y aún no tienes ningún prospecto, es una vergüenza para la familia — lo reprendió Jorgen.
— Oh vamos Jorgen ¿qué mujer noble en su sano juicio querría casarse con un sujeto como ese? Es pobre, apenas si es un soldado regular, y ahora no huele más que a caca de caballo — dijo Runo desde su asiento, por lo que los demás hermanos comenzaron a reír.
— ¡Silencio! — gritó Jorgen.
— Esto no es una broma, es un asunto muy serio. Hans, ¿cuando planeas dejar de perder el tiempo y cumplir con tu deber? — preguntó seriamente.
— Sinceramente, Jorgen, no sé que esperas de mí — comenzó Hans cansadamente — después de diez matrimonios, un compromiso, e innumerables hijos, no hay otra alianza posible que yo pueda traer a esta familia. Hace tiempo que sé que no soy más que un reemplazo, pero ni siquiera creo clasificar en esa categoría, tan solo soy un desecho. Ya lo he aceptado, así, que si fueras tan amable, y no meter tus narices en los asuntos ajenos, sería magnifico — comentó el príncipe.
— No seas dramático Hans — se quejó Rudi — aún puedes casarte con la hija de algún mercader o algo así. Últimamente, se ha puesto de moda entre las familias plebeyas acomodadas casarse con nobles. Ellos aportan dinero, y nosotros el apellido, y así todos ganan.
— Personalmente, creo que esa sería la mejor solución para alguien como Runo. Yo prefiero que me dejen en paz — concluyó Hans, quien obviamente estaba harto de todo el tema.
— Eso dependerá de lo que papá decida, él verá si tiene un mejor uso para ti, así que no te hagas ilusiones — lo previno Frederick.
Anna escuchó aquella conversación en silencio, y francamente. La princesa no sabía que pensar, hasta entonces, los matrimonios, al igual que el sexo y el romance, eran un asunto que solo le correspondía a la pareja, y era chocante, que se le tratara como si fuere nada más que una especie de contrato, o transacción de negocios.
Al parecer, el amor también podía ser el más lucrativo de los negocios.
Hola a todos, les dije que tenía muy adelantado este capitulo, el próximo también, así que lo publicaré muy pronto, un agradecimiento especial a mis lectores, sé que no somos muchos, pero no importa, me ha gustado mucho trabajar en este fic, no sé, me tiene súper contenta por alguna razón, es algo que escribí para mi, pero, como siempre, amenazas de muerte, comentarios y flamers son bien recibidos.
Les agradezco como siempre por sus suscripciones y favoritos, y por sus comentarios, gracias a Ficfic, me alegra mucho que te halla gustado la historia, creo que este capitulo también va a ser de tu agrado, y sí, la verdad es que yo no soy capaz de escribir sin trama, necesito que tenga algo de sentido, de lo contrario no me interesa, así que no te inquietes, no importa lo sucio que se ponga esto, seguirá con su historia y con su trama.
A avatarjkl; gracias por tu comentario, sí sé que tengo descuidados mis fics en esa área de ffnet. Bien, en relación con "puede ser posible" ese fic fue concebido como un oneshot, así que ya está finalizado. Y frente a "emboscada", la verdad del asunto es que me quería tomar un tiempo libre con esos fics, aún no me repongo de la obsesión con frozen, y estoy retomando una vieja obsesión que tengo en la sección de Naruto, lo lamento, realmente sí, deberás, pídeme otro fic Anna/Kristoff o de lo que quieras, y lo haré en seguida, pero a esa serie de historias, las quiero dejar descansar un tiempo mientras termino proyectos viejos y otros que me divierten más, como este.
