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[EL ÚLTIMO ADIÓS]

Anna siguió con la pesada rutina que se impuso en el castillo de Arandelle. Durante mucho tiempo, la princesa creyó que el palacio era el sitio más sobrecogedor del mundo, y que nunca sería más que una prisionera en aquel lugar. Sin embargo, ahora se sentía mucho más recluida e infeliz que antes, todo, gracias a los hermanos de las Islas del Sur.

Lentamente, Anna se levantó de su cama, y caminó hasta la ventana, en donde se detuvo a observar la parte externa del castillo, a los guardias haciendo cambio de turno, y a un par de mercaderes que proveían de comida al palacio. La princesa aún no acababa de entender como su vida había cambiado de semejante manera.

De repente, Hans cruzó la plazoleta en frente del palacio, ataviado con su uniforme de soldado, por lo que Anna intuyó que se disponía a ir a su turno como guardia de la ciudad. La princesa estaba confundida, pues aún no entendía como semejante guerra dio inicio sin que ella se hubiera dado cuenta, ¿desde hacía cuanto tiempo Elsa le había guardado aquel secreto? Pero, también se sintía culpable, pues no podía dejar de pensar en que ella había sido quien había llamado la atención de las Islas del Sur al involucrarse con Hans durante la coronación ¿sería posible que ella hubiera puesto al mismísimo diablo en la puerta de su palacio?

— Princesa — la llamó Kai desde la puerta.

— Su alteza, el Príncipe Jorgen exige su presencia en el comedor, es hora de cenar — anunció el jefe de mayordomos. Sin embargo, a Anna no le pasó desapercibido que él no quería llamar al nuevo regente de Arandelle por su recién adquirido titulo, es más, aún decía su nombre con una ligera nota de desprecio.

— Gracias Kai — asintió la chica. Quien después, tomó una profunda bocanada de aire para darse fuerzas para afrontar lo que venía.

Anna bajó las escaleras hasta que llegó al comedor en donde encontró a los cuatro hermanos restantes reunidos, y se sentó en el asiento que siempre solía ocupar. La cena trascurrió en relativa calma mientras que los príncipes discutían alegremente lo que planeaban hacer una vez llegaran a las Islas del Sur.

— Oh, he olvidado contarle las buenas nuevas, princesa — exclamó Jorgen mientras que devoraba el enorme pedazo de carne que tenía en el plato. — hoy llegó una carta de papá. Usted y mis hermanos tendrán que viajar a las Islas del Sur. Yo me quedaré como el regente de Arandelle — comentó sin mayor detalle.

— ¿Qué? — preguntó la chica aterrada — yo no puedo salir de Arandelle, yo pertenezco aquí, de ninguna manera dejaré que me lleven a otro país — aseguró Anna.

— Tu no tienes opción, eres una prisionera de guerra, de aquí en adelante, harás lo que papá te ordene — interrumpió Rudi quien la miraba por encima de su copa de vino, con la mala intención brillándole en los ojos.

— No voy a ir a ninguna parte — respondió Anna firmemente y sin dejarse intimidar por ninguno de los príncipes.

— ¡Ha! — intervino Jorgen — claro que lo hará, princesa, así tengamos que montarla encadenada al barco. Además, si le sirve de consuelo, yo cuidaré de su país.

— No lo haré — repitió Anna, quien muy en el fondo sabía que en realidad no tenía opción, terminaría montando el barco justo como ellos querían. Después de aquella conversación, la princesa se quedó en silencio hasta que terminaron su comida.

— Bien, tengo que reconocer que estuvo delicioso— dijo Jorgen alegremente sintiéndose completamente satisfecho por la comida y las buenas noticias.

— Ya pueden retirarse — afirmó — y si alguien tiene la oportunidad de hablar con Hans, por favor, cuéntenle las buenas nuevas— dijo el príncipe alegremente.

Anna se levanto en silencio, no quería ser notada, solo deseaba que la dejaran en paz. Pero, su ambición no llegó a ser cumplida, pues alguien la tomó fuertemente por el codo.

—Pronto llegaremos a las Islas del Sur, y tendrás que vértelas con papá. Te aseguro que él no te dejara estar tan tranquila como has estado hasta ahora — susurró Rudi en su oído mientras que a Anna le dolía cada vez más el codo, dado lo fuerte de su agarre.

— Suélteme — murmuró Anna tratando de soltarse, pero el no le hizo caso.

— Hans no va a poder protegerte, princesa— aseguró el príncipe — es hora de que vayas pensando en tu seguridad, te prometo que no dejare que nada te pase, si aceptas mi propuesta — murmuró mientras pegaba los labios a su nuca.

Anna sintió un escalofrió recorrerle la espalda, combinado con una punzada de ira ciega, que la ayudó a deshacerse de su agarre de una vez por todas.

— No voy a aceptar nada de usted— contestó Anna dándose la vuelta y enfrentándolo. Una parte de ella, se sentía como una tonta irracional, que se atrevía a contradecir a sus captores, a sabiendas de que se encontraba completamente perdida. Pero, no podía dejarlo salir con la suya, después de todo el daño que él y su familia le habían causado. Y mucho menos, cuando la trataba como una especie de prostituta de clase alta.

— Vamos princesa, no hagas esto más difícil de lo que debe ser, por favor, ¿es que acaso no puedes ver cuanto me gustas? — preguntó Rudi en un tono que más parecía una burla que cualquier otra cosa.

— No más — dijo Anna completamente exasperada— déjeme tranquila— prácticamente gruño la princesa quien se preparó para dar media vuelta y marcharse, pero él la detuvo por las muñecas.

— ¿Qué crees que te va a pasar una vez lleguemos a las Islas del Sur? — preguntó venenosamente Rudi mientras aumentaba la presión sobre su piel — yo te diré que va a pasar : no eres más que una carga, papá y los reyes de Barona y Natsia desean verte muerta, porque saben que nunca podrán ser los legítimos gobernantes de Arandelle, hasta que no se hallan deshecho de ti, pero los accidentes suceden, y un día, sin que tu lo esperes, podrías caer de tu caballo, o resbalar por las escaleras e incluso ahogarte al comer un trozo de pan. Pero yo puedo protegerte, ya he pensado la forma de hacerlo— murmuró el príncipe, tan cerca de Anna, que ella podía sentir su aliento sobre su rostro.

— Ya no tengo nada más que perder, que hagan lo que quieran conmigo, no me importa. Pero no dejaré que usted me ponga un dedo encima — siseó Anna con odio, en ese momento, la chica le dio una fuerte patada a su atacante, que hizo que la soltara de inmediato, por lo que aprovechó la oportunidad para escapar. Anna subió las escaleras a toda velocidad hasta que llegó al pasillo. En principio, pensó en esconderse en su cuarto, hasta que escuchó una voz tras ella.

— ¡Anna! ¡ven aquí! — gritó Rudi, por lo que ella aceleró el paso en tanto cambiaba de dirección abruptamente. Anna miró a los alrededores, y no vio nadie, ¿en donde se encontraba la servidumbre? ¿y sus hermanos? ¿por qué nadie la ayudaba? Se preguntó en tanto cruzaba el pasillo como una ráfaga de viento.

De repente, Anna encontró lo que se hallaba buscando: la misma puerta azul y blanca frente a la que se había encontrado miles de veces antes de aquella. La princesa entró al cuarto de Elsa y se aseguró de cerrar con llave, con un fuerte golpe.

Anna dio un par de pasos dentro de aquel cuarto, ya había estado allí desde la muerte de Elsa, pero, por alguna razón, ahora todo era mucho más real, y más doloroso. Anna caminó hasta el armario y sacó uno de los vestidos de su hermana, el mismo que usó para la coronación, aún conservaba su aroma. Lentamente, la princesa se dejó caer en el piso agarrando fuertemente aquella pieza, mientras que un fuerte golpe se escuchó en la puerta.

— Sé que estás ahí, pequeña idiota, sal de una vez — gritó el príncipe al otro lado de la puerta.

Anna se encontraba aterrada, y por primera vez, entendió los beneficios de las puertas cerradas, pues no era difícil comprender a Elsa, quien también se habría hallado asustada en aquella misma habitación, temiendo a poderes desconocidos que no podía enfrentar.

— Anna… — la llamó la misma voz en la puerta en un tono peligrosamente bajo — sal de ahí, si no lo haces por las buenas, te prometo que te haré lamentarlo — insistió, por lo que Anna solo cerró sus ojos y se aferró con más fuerza al trozo de tela.

Elsa, por favor, has que se vaya. Por favor, protégeme — pidió Anna sin soltar la pieza de ropa.

— ¡Anna! — gritó Rudi mientras golpeaba la puerta con violencia.

Pasó un largo tiempo antes de otro ruido se escuchara nuevamente, y tan solo llamó su atención el siseo de un par de voces que la tranquilizaron, ya que Anna pudo escuchar frases y murmullos que sonaban algo así como: "cálmate" "no puedes hacer esto sin el permiso de papá" "déjala".

— Esto no se va a quedar así, Anna — le advirtió el príncipe.

Gracias Elsa, gracias….

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Hans estaba agotado, había pasado las últimas noches en vela haciendo guardia, y sus días procurando por que su estúpido hermano no hiciera nada que pudiera meterlos en problemas a todos, sin contar con que aún tenía su deuda sin pagar con Anna. Él era el culpable de todo aquel desastre, él, con su ambición e inmadurez, habían llamado la atención del rey de las Islas del Sur a ese lejano e insignificante reino que no tenía más que una peculiar reina, y un ejercito débil. Y si bien, Hans no podía arreglar las consecuencias de la guerra, por lo menos podía tratar de ayudar a la princesa en la medida que le fuere posible.

— Buenas noches señor — Llamó un hombre con una carreta que se apresuraba a pasar las murallas de la ciudad. Por su parte, Hans vio a los otros soldados dirigirse hacía él.

— Buenas noches — respondió uno — me temo que necesitamos ver sus papeles de viaje — pidió otro de sus compañeros. En ese momento, Hans le prestó más atención al campesino, y se dio cuenta de que él había visto ese cabello rubio y esa nariz tan peculiar en alguna parte, por lo que se acercó lentamente al grupo. Efectivamente, se trataba del recolector de hielo, el famoso prometido de la princesa.

— Oh, hola Hans, no te vimos — dijo uno de sus compañeros casualmente en tanto seguía inspeccionando los documentos.

— Hola Robert — contestó Hans — ¿qué tenemos aquí? — preguntó mirando a Kristoff.

— Solo es un recolector de hielo que quiere pasar la temporada en Arandelle — respondió el guardia — puedes comprobarlo por ti mismo — agregó pasándole los papeles. Hans solo los ojeó por encima, pues sabía exactamente lo que encontraría en ellos, así que rápidamente pasó su mirada al recolector de hielo, quien se la devolvió con una expresión cargada de odio puro.

—¿Qué piensas Hans? ¿lo dejamos pasar, o no? — preguntó uno de los guardias.

— Sí, parece inofensivo, dejémoslo pasar — dijo Hans, por lo que Kristoff se sorprendió, de seguro habría esperado que el príncipe lo delatara y lo mandara a un calabozo, pero él sabía que aquel recolector de hielo era la última esperanza de Anna.

— Que pase — anunció el otro guardia — ¡abran las puertas! — gritó, antes de dejarlo pasar. El príncipe de las Islas del Sur, lo miró alejarse en su carreta, mientras que silenciosamente le deseaba buena suerte, pues, aquel hombre de seguro podría ayudarlo a pagar su deuda.

Ya era pasada la media noche cuando Hans finalmente pudo volver al castillo. En principio, deseaba ir a tomar un trago con los otros soldados, pero se encontraba realmente exhausto, así que prefirió buscar la comodidad de su cama.

— Buenas noches — lo saludaron los centinelas de la puerta del castillo con la mayor familiaridad.

— Buenas noches — respondió el príncipe amistosamente.

— ¿Qué tal ha estado tu turno, Hans? — preguntó amablemente uno de los guardias más jóvenes que le dirigía una brillante sonrisa.

— Muy bien, sin novedades. Los otros se fueron a tomar un par de cervezas, pero yo solo quiero dormir — afirmó Hans.

— Bien muchacho, que tengas dulces sueños— dijo otro de los guardias de mayor edad.

— Gracias, buenas noches — respondió Hans con un gesto con la mano. Era bizarro, pero aquella sencilla conversación era imposible de tener con su propia familia, entre ellos, no había más que comentarios hipócritas y malintencionados. Y esto era uno de los aspectos más curiosos que había descubierto durante su año en las colonias del oriente, que muchos extraños podían ser más amables que cualquier Westergard.

Hans ascendió cansadamente por las escaleras de piedra, y podría haber jurado que vio una sombra moverse por debajo de ellas "el recolector…" pensó el príncipe, quien estaba seguro de que el personal del palacio lo dejó entrar. Sin embargo, el muchacho decidió avanzar y fingir que todo aquello no era su problema. Pero, no fue sino hasta que llegó al segundo piso del castillo, hasta que decidió apersonarse del caso, ya que encontró a Rudi montando una especie de guardia improvisada en la puerta del cuarto de Elsa, como si se tratara de un león enjaulado.

— ¿Qué estás haciendo? — preguntó Hans irritado.

— ¿Qué parece? — respondió Rudi aún más irritado — estoy esperando a que la pequeña bruja salga de su escondite, y te aseguro que cuando lo haga, lo lamentará — gritó el príncipe con la intención de que ella escuchara desde la habitación.

— Déjala tranquila, ¿no crees que ya ha sido suficiente? — dijo Hans cansadamente.

— ¿De qué lado se supone que estas? — preguntó Rudi — ¿por qué la defiendes? Nosotros somos tus hermanos, deberías tomar nuestro lado sin dudarlo.

— ¡Ha! — rió Hans sin el menor sentido del humor — de igual forma en la que ustedes me apoyaron cuando papá decidió mandarme en el peor barco que encontró al continente oriental, como si fuera uno de sus esclavos de las colonias. Yo pagué por mis crímenes, y no soy la misma persona que salió de Arandelle hace años, ya sé que tipo de piedad se encuentra en esta familia, y no, yo no quiero ser como ustedes — comentó Hans venenosamente.

— Siempre has sido un melodramático, Hans — dijo Rubi con desprecio.

— Y tu un cerdo que se viste y actúa como un príncipe — respondió Hans.

— Entiendo que estés resentido, pero no tientes mi paciencia — dijo el mayor cruzándose de brazos — dime la verdad, acaso tú te estas acostando con ella — preguntó Rudi apuntando con la cabeza hacía la puerta.

— ¿Con Anna? — exclamó Hans sorprendido, y preguntándose de donde habría sacado semejante idea — No, cómo se te ocurre que… ¡No! — negó el príncipe.

— Sólo pensé que era la única razón para que quieras protegerla — comentó casualmente Rudi quien conocía lo suficiente a su hermano menor, para saber que no mentía.

— No, es… es… es complicado, durante este año, pensé mucho, y estoy cansado de tratar de ser alguien más, alguien que siempre trata de complacer a papá — dijo Hans, quien no sabía a ciencia cierta como explicar todos los sentimientos y dudas que tuvo durante su viaje a las colonias.

— Papá solo quiere que seamos fuertes, que defendamos lo que le pertenece a la familia Westergard, no como esta gente — opinó refiriéndose a Anna y a su familia — tu deberías comprenderlo mejor que nadie.

— A mi me importa un rábano la familia Westergard, no me han dado sino dolores de cabeza, solo quiero que me dejen en paz, solo deseo vivir tranquilo, sin deberle nada a nadie, sin sentirme culpable por cada uno de mis actos — se quejó Hans.

— Como digas hermanito, pero no importa cuan buenas sean tus intenciones, si papá quiere que tu hagas algo, tendrás que obedecerle— le recordó al mayor.

— ¿Crees que no lo sé? ¿Tu crees que yo estaría en este país si no fuera porque papá lo ordenó? — preguntó molesto.

— No — dijo sencillamente Rudi. En ese momento, Hans volvió su atención al cuarto de la reina.

— Déjala en paz, ella no te va abrir esta noche, podrás acosarla todo lo que quieras una vez tengas el permiso de papá, deja que disfrute sus últimos instantes de paz — comentó Hans tratando de calamar la furia de su hermano.

— Tienes razón — aceptó el príncipe. — creo que me iré a la ca… — comenzó Rudi quien dejó la frase en el aire.

— ¿Viste eso? — preguntó el príncipe.

— No — mintió Hans, quien claramente había visto al recolector esconderse tras una esquina.

— Podría jurar que vi un hombre — dijo Rudi.

— Yo no vi nada — negó Hans.

— Voy a llamar a los guardias — anunció Rudi mientras salía corriendo por el pasillo.

— Anna — la llamó Hans — sal de ahí, tenemos una emergencia — dijo, pero ella no respondió.

— Hablo en serio, creo que tu recolector de hielo está en el palacio, esta es tu oportunidad, si no la tomas, no habrá otra — afirmó Hans, por lo que no pasó mucho tiempo antes de que la chica abriera la puerta y se mostrara.

— ¿Kritoff está aquí? — preguntó Anna preocupada. — ¿cómo lo sabes?

— Yo mismo lo dejé entrar a la ciudad. No sé como, pero sé que logró infiltrarse al palacio, hay que buscarlo, y tienes que huir — susurró Hans desesperado. Pero ella lo miró a los ojos.

— Así que lo que le estabas diciendo a tu hermano era verdad… — murmuró Anna.

— ¿Oíste nuestra conversación? — preguntó Hans sintiéndose inexplicablemente nervioso.

— Sí — respondió Anna.

— Eso no importa — dijo Hans — tenemos que correr — el príncipe tomó la mano de Anna y juntos corrieron hasta las cocinas del palacio en donde seguramente Kristoff tendría personas que lo ayudaban a esconderse.

— ¡Anna! — exclamó Kristoff al ver a la chica entrar a la cocina en compañía de Hans.

— ¡Kristoff! — respondió la chica quien corrió hacía él y lo abrazó con todas sus fuerzas. Hans, pudo verla sollozar suavemente, como si hubiera estado conteniendo aquel sentimiento desde hacía mucho tiempo.

— Ya pasó, pronto saldremos de aquí, ya verás que todo estará bien — la consoló el recolector.

— ¡Por aquí! — gritó una voz desde la parte de arriba del castillo — las cocinas y los cuartos de la servidumbre, estas son una de las pocas zonas que nos faltan por revisar — indicó la voz de un soldado.

— Tienen que apresurarse — los apuró Hans quien quería que la pareja saliera de una vez por todas de aquel lugar.

— ¿Por qué nos está ayudando? — le preguntó Kristoff a Anna, mientras que los tres corrían hacía una de las rejas que daba al desagüe del castillo.

— Te lo diría si lo supiera, Kristoff, pero lo ha estado haciendo desde que llegó— dijo Anna apresurada, refiriéndose a Hans.

— No confío en él — dijo Kristoff.

— Yo sí — intervino Anna — y él es nuestra última esperanza.

—Dejen de hablar y apresúrense — murmuró Hans quien ya estaba molesto por todo el parloteo a su alrededor. De repente, el príncipe vio una luz al final del hediondo túnel que servía de desagüe del castillo, y se dio cuenta de que se hallaban justo en la parte de abajo de la plazoleta en frente del palacio. Desafortunadamente, las puertas principales se hallaban completamente cerradas, lo que significaba una sola cosa: no había escapatoria.

— Tenemos que salir por la puerta auxiliar — dijo Anna inteligentemente.

— ¡Si! — asintió Hans — excelente idea, vamos — los instó el príncipe, por lo que con mucho cuidado, dejó que el recolector de hielo abriera la pesada reja que daba contra la plazoleta.

Lentamente, los tres salieron por el pequeño orificio, mientras se cuidaban de no llamar la atención de ninguno de los soldados que hacían ronda por allí. Anna, Hans y Kristoff se movieron por las sombras hasta que llegaron a un punto donde la oscuridad de la noche no los podía proteger más.

— Hay alguien por ahí, ¡Abran fuego! — llamó uno de los guardias, por lo que los soldados comenzaron a disparar a ciegas hacía la oscuridad, aunque ninguno tuvo la suerte necesaria para herirlos.

— ¡Ah! — se quejó Kristoff. Hans volteó en su dirección, y se dio cuenta de que una rosa escarlata brotaba de su pecho.

— No… Kristoff, no — dijo Anna. Mientras se apresuraba a ayudarlo a mantenerse de pie. En ese instante, Hans también sintió un dolor punzante en el brazo, pues, si bien la bala no había alcanzado a penetrar su piel, si lo rozó.

— Ah… — se quejó Hans quien también sangraba.

— No, Hans — murmuró Anna preocupada. Después, ella le pasó el pesado cuerpo de Kristoff al príncipe — sostenlo, Hans, voy a detener esto, no hay necesidad de hacer que nos maten a los tres — dijo la chica sabiamente.

— ¿Qué vas a hacer? — preguntó Hans.

— Ustedes dos escóndanse, yo me encargaré de ellos — le indicó la chica.

— ¡Es una locura! — afirmó Hans consternado.

— No lo es, tu sabes bien que no me dispararan — aseguró Anna.

—¡Alto al fuego! — gritó Anna mientras comenzaba a correr hacía un sitio en el que la luz de la luna alcanzaba a brillar. Tal y como ella lo predijo, los soldados dejaron de dispararle.

— Soy yo, estaba tratando de escapar nuevamente — afirmó la chica valientemente. Hans tan solo vio como se le acercaban un par de soldados, pero no pudo saber que pasó a continuación, ya que comenzó a correr en compañía de Kristoff quien lucía cada vez más pálido. Hans bajó nuevamente por la rejilla del desagüe, y volvió a las cocinas, en donde ya no quedaban guardias.

— ¡Kristoff! — exclamó Gerda alarmada. — ¿Qué le pasó? — preguntó preocupada.

— Le dispararon — dijo sencillamente el príncipe — él y Anna estaban tratando de escapar, pero no lo lograron, tenemos que esconderlo, no pueden encontrarlo.

— Yo lo esconderé en mi habitación— intervino Becky quien se había acercado a la cocina.

— No, tu no lo esconderás, tu eres la amante de mi hermano, de seguro irás corriendo a contarle — dijo Hans con desconfianza, en tanto Gerda miraba a la chica estupefacta.

— Su alteza, usted está en lo cierto, pero eso no quiere decir que no lo odie, el es mi boleta de protección. Yo ayudaré a la princesa Anna hasta donde me sea posible— Aseguro la chica. Hans no supo si debía confiar en ella, pero no le quedaron muchas opciones, así que la siguió hasta su habitación, en donde dejó a Kristoff tendido en la cama, en tanto Gerda y otro par de mucamas comenzaban a tratar sus heridas.

— Su alteza — lo llamó Becky mientras que Hans se dejaba caer pesadamente en la silla junto a la cama de la chica. — ¿quiere que limpie esa herida? — Preguntó.

—No es tan grave — negó Hans.

— Está sangrando — dijo la chica.

—Esta bien, gracias por tu ayuda — agradeció Hans. Después, el príncipe dejó que la chica le atendiera la herida, mientras que esperaba el nuevo día al lado de un convaleciente Kristoff.

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Anna se despertó muy temprano, se vistió y se dispuso a salir de su habitación hacía las cocinas en donde seguro se vería a Kristoff, pero se encontró con una sorpresa muy poco grata.

— Lo siento su alteza, pero tengo ordenes expresas de no dejarla salir — dijo uno de los soldados.

— Por favor, solo quiero…

— No puedo hacerlo, el capitán fue muy claro en ese punto— insistió el chico.

— Oh vamos Robert, no seas estirado — dijo Hans casualmente mientras se acercaba a la princesa y al soldado.

— Hans, tu sabes que el capitán nos colgará del mástil de un barco si la dejamos escapar nuevamente, los príncipes no son personas pacientes — dijo el muchacho como si hubiera olvidado que Hans era uno de los príncipes.

— Los príncipes no son más que un montón de cretinos — aseguró Hans. — Yo la llevaré a donde ella quiere ir, si ella trata de escapar, asumiré la responsabilidad por todo.

— ¿Estas seguro, Hans? — preguntó Robert — podrías meterte en problemas. — añadió el chico nervioso.

— No lo haré, ella no tratará de escapar, te lo aseguro — dijo tranquilamente.

— Vamos Anna — le dijo Hans tomándola por el codo — ¿a donde quieres ir?

— A… A… A… las cocinas — respondió Anna con dificultad.

— Bien, debes estar hambrienta, te llevaré a las cocinas — dijo amablemente el príncipe en tanto se alejaba de la habitación.

— La ama de llaves dice que se encuentra muy débil — comenzó Hans en un tono mucho más serio, una vez estuvo seguro de que nadie los oía — mande llamar un doctor en la madrugada, yo le pagué para que…

— ¿Tu mandaste llamar un doctor? — preguntó Anna mirándolo a los ojos.

— Si — contestó Hans con la boca seca por los nervios. — lo hice.

— Gracias — murmuró Anna.

— Si… — comenzó Hans nuevamente, tratando de evadir el tema — él dice que se encuentra fuera de peligro, pero aún necesita reposo — dijo el príncipe.

— Oh, que alivio — exclamó Anna en un suspiro.

— No te pongas tan contenta, princesa. Aún tenemos un problema — comentó el príncipe en tono serio.

— ¿Cuál?

— Jorgen decidió que saldremos de la ciudad mañana en la madrugada, tomaremos el primer barco militar con destino a las Islas del Sur, así que si van a escapar, tiene que ser hoy en la noche — afirmó el príncipe.

Anna no respondió a aquello, tan solo se limitó a seguir su camino hasta las cocinas. Los dos príncipes atravesaron el pasillo hacía los cuartos de los sirvientes, hasta que llegaron a la habitación de Becky en donde se encontraba un pequeño ejercito tratando al enfermo.

— Buenos días Alteza — la saludaron las mucamas en tanto hacían una leve reverencia.

— Buenos días — respondió la chica — ¿cómo va todo? — preguntó.

— Su alteza — dijo el doctor, quien se levantó de su silla, hizo una reverencia y la miró con una expresión cargada de preocupación y cansancio — el peligro ya ha pasado, la fiebre está bajando, si todo sigue como hasta ahora, sobrevivirá. Solo necesita un par de semanas de reposo, no debe levantarse por ninguna circunstancia.

— ¿Un par de semanas? — intervino Hans preocupado — no tenemos tanto tiempo, ella y el recolector tienen que irse esta misma noche, no habrá otra oportunidad.

— Me temo que es imposible. Él ni siquiera puede mantenerse en pie, no podrá dar un par de pasos antes de comenzar a sangrar nuevamente — dijo el medico contrariado.

— Tiene que… — trató de comenzar nuevamente Hans, pero la mano de Anna en su hombro lo detuvo.

— Hans, por favor, déjalo así — lo calmó la princesa, y después, se dirigió a todos los presentes — les agradecería si nos dejan un par minutos a solas, por favor — pidió, por lo que todos los demás comenzaron a abandonar lentamente la habitación.

Mientras salía, Hans se detuvo un par de segundos a observar el rostro de Anna, y una vez más, sintió la misma punzada insoportable de culpa y de tristeza que experimentó el día de la muerte de Elsa. ¿Por qué aquello pasaba justo en el momento en el que él había decidido cambiar su vida? Aparentemente, el universo amaba ponerlo a prueba, y demostrarle que nunca podría ser completamente libre de sus errores pasados.

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— Kristoff — comenzó Anna suavemente, mientras se sentaba en la silla junto a él.

— Anna — respondió Kristoff casi sin aliento.

— ¿Escuchaste lo que dijo Hans — preguntó la chica.

— Si, lo hice, el dijo que… — empezó el muchacho pero sus palabras murieron gracias al dolor que sentía en el pecho.

— Sé lo que él dijo — continuó Anna — la verdad es que el rey de las Islas del Sur quiere a cuatro de los cinco hermanos de vuelta. Pero, pero… también me quiere a mí — dijo la princesa con dificultad.

— ¿Qué quieres decir?— preguntó Kristoff preocupado, mientras que Anna lo miraba con tristeza. El recolector de Hielo lucía terrible, aún llevaba la misma camisa ensangrentada de la noche anterior, tenía la piel sudorosa y su cabello rubio se le pegaba al rostro completamente empapado.

— Kristoff…

— ¿Qué quieres decir? — insistió el recolector de hielo exasperado por la falta de respuestas.

— No sé que quiere de mí, pero algo me dice que planean asesinarme y hacerlo pasar por un accidente, pero antes, el rey de las Islas del Sur desea conocerme — dijo Anna tristemente mientras apartaba un mechón de pelo de la frente de Kristoff.

— No puedes irte, yo te… — trató de decir el muchacho desesperado, pero ella lo interrumpió.

— Kristoff, la guerra está perdida, Elsa está muerta, mis padres están muertos, y ellos piensan que yo soy la única heredera — empezó Anna con determinación

— ¿Ellos piensan…?— preguntó Kristoff algo confundido, pero al ver que Anna ponía un dedo sobre sus labios, haciéndole entender que hiciera silencio, él decidió no preguntarle más sobre el tema.

— Anna — comenzó nuevamente el muchacho — aún podemos escapar, y hacer una nueva vida juntos, sé que no podré darte lujos de princesa, pero viviremos en paz, y tendremos la familia que siempre quisimos.

— No, Kristoff, no podrá ser — dijo Anna mientras que sentía que las lagrimas se formaban en sus ojos — yo sé que me perseguirán, ellos no necesitan a la verdadera heredera al trono como un constante dolor de cabeza, y no quiero que tu te veas inmiscuido en esto — murmuró la princesa mientras su voz se hacía cada vez más débil.

— No, no es cierto, por favor, Anna, no te des por vencida los dos…

— Esto es el adiós definitivo, Kristoff — suspiró Anna quien había cerrado sus ojos para evitar enfrentarse a su mirada.

— No me puedes hacer esto, Anna — murmuró.

— No es mi intención herirte, solo tenemos que aceptar la verdad: Aún no sé que es lo que quiere el rey de las Islas del Sur de mi, pero sea lo que sea, no podré volver a poner un pie en Arandelle, no me lo permitirán.

— Entonces iré por ti, yo…

— ¡Ya basta, Kristoff! — gritó Anna con la voz llorosa. — es suficiente, mañana en la madrugada nos iremos a las Islas del Sur, no hay nada más que yo pueda hacer, mucho menos en el estado de salud en el que te encuentras — se quejó.

— Anna… — suspiró Kristoff.

— Por favor, perdóname. Recuerda que siempre te amé, pero ya no puedo seguir peleando contra la corriente

— Anna…

— Voy a hacer lo que ellos me pidan, porque, puede que yo esté perdida, pero sé que Arandelle no, aún tiene posibilidad de salvarse — dijo Anna.

— No, por favor no hagas esto, por favor, Anna. Tu y yo íbamos a casarnos— pidió suavemente el recolector de Hielo.

— Lo lamento tanto, por favor, olvídate de mi— dijo Anna.

— Bésame — prácticamente le ordenó Kristoff, por lo que la princesa hizo lo que él le pidió sin pensarlo dos veces.

— Adiós princesa, sabes que te extrañaré — dijo el recolector de hielo. Mientras que Anna no pudo reprimir un sollozo.

—Yo también lo haré — murmuró. Después Anna se levantó, y se secó las lagrimas — tengo que regresar, necesito hacer el equipaje para mañana, vendré a visitarte si llego a tener la oportunidad, Gerda te cuidará hasta que quieras dejar el palacio, aunque podrías pasar por un miembro de la servidumbre si deseas vivir aquí, no tendrás problemas— dijo la princesa, aún con la voz quebrada.

— Esto es lo mejor, Kristoff— dijo Anna en voz baja.

— Espero que así sea — contestó Kristoff.

— No me olvides — pidió Anna.

— Nunca — respondió el recolector.

Anna salió de la habitación, y se encontró a Hans en el pasillo, recostado junto al marco de la puerta, por lo que le dirigió una mirada cargada de resentimiento.

— Espero que estés feliz — dijo Anna con los ojos rojos y la voz quebrada. — ya no me queda nada, podríamos decir que tienes tu venganza.

— No, no lo estoy, no quería venganza, eso te lo aseguro — aseveró Hans.

— Aún sigo odiándote — respondió Anna quien deseaba descargar todo su odio y desesperación en él.

— Es así como debe ser — contestó Hans estoicamente.

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Anna pasó el resto del día alistando su equipaje, y recorriendo los sitios comunes que hacían parte de su vida desde la infancia, en los mismos en los que pasó innumerables horas sobrellevando la soledad, pero que ahora daría todo por no tener que abandonar. Lentamente, la chica dio unos cuantos pasos en la enorme biblioteca hasta que se acercó al ventanal. De repente, el crujir de la madera la interrumpió.

— ¿Ya terminaste de alistar tu equipaje, Anna? — preguntó Hans quien se paró al lado de ella.

— Aún no, estoy empacando unos cuantos libros — dijo la chica seriamente.

— No tienes que llevarlos, en las Islas del Sur también podrás conseguirlos — dijo Hans— yo podría buscarlos para ti si es que así lo deseas — sugirió el príncipe.

— No te entiendo — murmuró Anna algo exasperada. — la última vez que te vi, me dejaste para que muriera congelada, en este mismo cuarto, después, trataste de decapitar a mi hermana y quedarte con su trono, ¿por qué me ayudas? ¿qué quieres de mi? — preguntó la princesa, pero, al ver que él no tenía intenciones de contestar, decidió insistir nuevamente.

— Sí es que estás buscando lo mismo que quiere tu hermano, puedes irte olvidando de ello — advirtió Anna seriamente.

— No, claro que no— aseguró Hans indignado.

— Anna, ¿Alguna vez has estado en el continente oriental? — preguntó Hans, tratando de que ella entendiera su punto.

— No, tu sabes bien que no puedo dejar este castillo — respondió Anna.

— Es hermoso, diferente, peligroso y conmovedor al mismo tiempo — empezó el príncipe — cuando estuve allí me di cuenta de que no tenía la menor idea de cómo era el mundo por fuera de las murallas de un castillo.

— Pero, tu eras un almirante, ya habías viajado mucho, ¿por qué esta vez fue diferente? — lo interrogó Anna genuinamente sorprendida.

— Ser un almirante, y además, de la nobleza, es muy diferente a ser un soldado común, Anna, la vida trascurre entre clubes de caballeros y elegantes fiestas, casi no tienes que tener relaciones con la gente del lugar, pero lo que vi, lo que hice durante este último año, me enseñó que puedo tener la posibilidad de escapar de papá, de su influencia, y del pasado, quiero vivir de una manera diferente, sin sentir que debo probar que soy más que el desecho de mi familia, más que un mero remplazo — murmuró.

— Pero, parece que no importa cuan buenas sean mis intenciones, al final, papá sigue ganando. Te juro que yo no quería venir nuevamente a Arandelle, nunca pensé que él tuviera esto en mente, tan solo me enteré cuando fue demasiado tarde para detenerlo, aunque, debí haberlo presentido— aseguró Hans.

— ¿A que te refieres? — preguntó la chica.

— Papá me escribió durante mi estadía en las colonias del oriente, él me pidió una y otra vez que describiera lo que había visto en Arandelle, lo cual me hizo sospechar de él, ya que yo sabía que de no tratarse de asuntos de negocios, el jamás me habría si quiera dirigido la palabra, sin embargo, tengo que reconocer que yo estaba tan emocionado de recibir una de sus cartas que traté de calmar mis sospechas — comentó el príncipe.

— Finalmente, después de un año, él me mandó llamar. En cuanto llegué, me citó a una reunión, en ella se encontraban los reyes de Natsia y de Barona. Aun recuerdo que ni siquiera me saludó, tan solo me dijo que les contara todo lo que había visto y vivido en Arandelle. A nadie pareció importarle que yo las hubiera tratado de matar, solo querían escuchar acerca de los poderes de Elsa, y hacerla ver como si fuera una especie de monstruo, yo no pude hacer mucho para cambiar esta visión, él ya había creado toda una fachada para justificar su guerra, me utilizó como a cualquier peón de un juego de ajedrez — comentó con ira creciente en su voz

— No volví a escuchar una palabra de papá, hasta que me ordenó que ayudara a mis hermanos con la invasión, unas horas antes de venir a este país — concluyó el príncipe amargamente.

Anna sabía que no debía sentir pena por él, después de todo, mucha agua sucia había corrido entre los dos, pero no pudo dejar de hacerlo. Su padre lo había utilizado como una mera marioneta para montar una guerra improvisada. Si algo había aprendido acerca del príncipe de las Islas del Sur desde la primera noche en que lo conoció, era que él también era una persona muy solitaria, y al igual que ella, solo deseaba la atención y el amor de una persona, que en el caso del muchacho era su papá.

— No voy a ayudarlo a continuar con esto, yo he cometido muchos errores solo por tratar de complacerlo a él y a mis hermanos, pero ya no más. — dijo el príncipe resueltamente —es por eso que debo ayudarte a ti — comentó mientras la miraba a los ojos.

— Gracias Hans— susurró Anna

— Tal vez, algún día podamos mirarnos el uno al otro, y decir que todas las deudas están saldadas — comentó el príncipe con una sonrisa melancólica en los labios.

— Tal vez… — repitió Anna dejando la frase inconclusa.


Nota de autor: hola a todos, es la primera vez que yo misma me pongo triste con uno de mis propios capítulos. No saben cuanto me dolió escribir esto, es en serio. No sé si lo saben, pero parte de mi corazoncito también shippea Kristanna, así que escribir este capitulo fue… oh, no, fue terrible.

Pero tenía que hacerlo, inicialmente, parte de estas escenas no iban a estar en la historia original, la idea era que Anna no iba a poder volver a ver a Kristoff desde su despedida en el primer capitulo, pero, para mi esto no encajaba en la personalidad que tenía el recolector en la película. Pues me parecía que él intentaría rescatarla de alguna manera, de lo contrario, no le haría justicia al personaje. Por lo que decidí escribir todo este capitulo para mostrar eso, aunque me maté todos los buenos sentimientos en el camino.

Ahh… por cierto, no sé si lo notaron, pero cambie mi imagen de la portada, puede que para la mayoría no sea la gran cosa, pero, para mi lo es, yo soy pésima recordando nombres, así que cuando alguien cambia su imagen me despista completamente, y Holly Golightly de desayuno en Tiffany's era casi mi marca registrada, creo que todos me reconocían apenas veían mi avatar, por lo que pensaba hacerlo cuando actualizara mis historias de Naruto, donde están la mayoría de mis lectores, pero no me resistí, así que ahora tengo a la Bella y a la Bestia, que es casi, casi, mi película favorita en todo el universo, desde que tenía cuatro años

Finalmente, les agradezco a quienes leyeron esta historia, sé que no somos muchos, pero que más da, me he divertido como nunca escribiendo esto y me alegra saber que hay gente que también disfruta leyendo.