[Adiós Arandelle]

Elsa observó con atención los mapas sobre su escritorio, y por más que buscaba y buscaba, no veía una solución. ¿En qué momento las cosas se habían salido de control de semejante manera? ¿En que momento, un breve instante de egoísmo había fijado su destino? Si tan solo no hubiera congelado el reino y escapado durante su coronación, si tan solo ella hubiera sido más hábil en contener sus poderes, si tan solo…

Su majestad — llamó una voz masculina que golpeaba la puerta.

Karl ¿Eres tu? — preguntó Elsa antes de permitirle entrar.

Sí.

Pasa— dijo la reina, por lo que la puerta se abrió, y por ella entró uno de los más jóvenes generales de Elsa, alto, de cabello castaño, y el favorito de la reina.

¿Cómo van las cosas? — preguntó Elsa sin quitar su atención del mapa.

Mal, pero eso ya lo sabes— respondió el general con una sonrisa melancólica en sus labios.

En cuanto se casen, quiero que Anna y Kristoff salgan de acá, como va todo, no creo que podamos resistir sus ataques por más tiempo, ni siquiera con mis poderes daríamos la pelea — se quejó Elsa.

Y tu, ¿acaso no piensas dejar Arandelle? Deberías ponerte a salvo — le aconsejó el general.

No puedo , no lo haré, este es mi lugar — dijo Elsa.

Este también es mi lugar, lo será hasta el final, pero eso tu lo sabes— aseguró Karl. En ese momento, la reina tomó el rostro del general en sus manos y lo beso muy lentamente en los labios.

Elsa, la puerta está abierta, podrían vernos, y tu dijiste que era mejor mantener… — comenzó el general, pero fue silenciado por un nuevo beso.

Pues que vean, ya no me importa — aseguró la reina — si el mundo acaba pronto, lo único que tendremos son estos momentos — dijo Elsa en suspiro, mientras lanzaba sus brazos alrededor del cuello del general.

Solo estos momentos mi querida Elsa — repitió el sujeto. — supongo que si algo pasa, quieres que cuide a tu hermana ¿no es verdad? — preguntó Karl.

No, de mi hermana cuidaré yo, en todo caso, Anna es más fuerte de lo que todos piensan, ella podrá sobrevivir, yo lo sé, pero Arandelle no lo hará — murmuró la reina en tanto permanecía abrazada al general, quien hacía lo posible por mantenerla cerca de él.

¿Quieres de cuide de Arandelle? — murmuró mientras mantenía sus labios pegados a la nuca de la reina.

Sí.

Entonces te doy mi palabra, mi querida Elsa …

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Nuevamente, en la biblioteca del castillo de Arandelle, Anna y Hans continuaban su conversación.

— Muéstrame — comenzó Anna casi emocionada.

— ¿Que quieres que te muestre? — preguntó Hans sorprendido.

— Quiero saber en donde estuviste cuando viajaste a las colonias del continente occidental — explicó la princesa. Después, ella caminó hasta uno de los estantes de donde sacó un atlas, y lo abrió en una pagina que contenía un enorme mapa, encima de la mesa que daba contra la ventana.

— ¿Estuviste aquí? — preguntó Anna señalando con su índice una de las colonias en el continente oriental.

— No, esos territorios son de Malengrad — corrigió el príncipe, quien tomó la mano de la princesa y guió el dedo de Anna hasta que llegó al punto correcto en el mapa.

— Aquí, yo estuve aquí — dijo Hans. En ese momento, el príncipe se sintió más relajado, por lo que se sentó en la mesa, junto al atlas, y recostó su espalda en la ventana, dejando que el sol de la tarde lo calentara. Por su parte, Anna siguió revisando el mapa silenciosamente, mientras leía en voz baja los nombres de los países que veía en el.

— ¿Viste muchas cosas interesantes? — preguntó Anna.

— Sí, en este lugar— dijo Hans señalando una pequeña isla junto al continente— hay unas playas blancas de agua azul que se confunde con el cielo, pero, no te recomiendo bañarte allí, pues están infestadas de medusas. Sin embargo, si montas un bote encima de ellas, puedes ver sus reflejos de colores, parecen hadas, o algo parecido — comentó.

— Suena hermoso — suspiró Anna. Hans sonrió ligeramente, al verla un poco menos triste que los últimos días. Después de todo, gústele o no, esa chica iba a ser su esposa.

Anna volvió a quedarse callada mientras revisaba aquella pagina con atención, y esta vez, Hans aprovechó la oportunidad para mirarla sin ninguna vergüenza. La verdad era que la princesa no había cambiado mucho desde su última visita, aún tenía ese aire aniñado e inocente que él mismo había utilizado en contra de ella. Pero, también tenía esos aspectos físicos que lo habían atraído en primer lugar, como el largo cabello rubio rojizo, tan brillante, que la luz armaba visos en él, o los labios color cereza que ahora se curvaban en una sensual "O", mientras leía los nombres de los países en voz baja. Incluso, aquellas trenzas que caían de una manera casi sugestiva sobre sus senos. En definitiva, él podía comprender a la perfección porque su hermano mayor deseaba a Anna, pues, puede que no hubiera sido amor, pero él también experimentó el mismo sentimiento en cuanto la conoció, y aún no era completamente libre de su encanto.

Involuntariamente, Hans movió su mano y tomó el extremo de una de sus trenzas. Sin embargo, apenas alcanzó a tocar su cabello antes de que ella le diera una firme palmada a su mano. El príncipe supo de inmediato que había cometido un error, al ver sus ojos abrirse de par en par y llenarse de furia.

— Debí saber que tu no podías ser diferente a tus hermanos — soltó Anna con resentimiento. Después, se dio media vuelta y salió corriendo hacía la entrada.

— ¡Anna! — alcanzó a decir Hans antes de que ella se estrellara con Rudi, quien se encontraba en la puerta de la biblioteca.

— Woow, ¿por qué tanta prisa princesa? — preguntó Rudi tomándola por los hombros. Después, su mirada pasó a Hans.

— Hola hermanito, debí suponer que tu estarías aquí — dijo el mayor — he venido a traerles noticias — comentó Rudi casualmente, en tanto entraba a la habitación, y se ponía cómodo en el sofá frente a la chimenea.

— ¿Qué clase de noticias? — preguntó Hans.

— Jorgen aplazó el viaje un par de horas, dijo que partiremos a las ocho de la mañana — les indicó Rudi, poniéndose aún más cómodo, y retirando las botas de sus pies.

— ¿Eso significa, que puedo ir a ver a mis padres y a Elsa antes de irnos? — preguntó la princesa emocionada.

— Sí, supongo que tendrás tiempo para hacerlo, pero no podrás ir sola, ya has intentado escapar dos veces — dijo Rudi mientras se recostaba en el sofá. — ¿Quieres que te acompañe? — preguntó el mayor de los príncipes.

— No — se apresuró a contestar Anna.

— ¿Por qué no? — preguntó Rudi algo ofendido.

—No quiero ir con usted, es más, preferiría ir sola, o con un par de guardias — dijo la princesa.

— Me temo que eso no podrá hacerse, debes ir con alguno de nosotros — intervino Hans.

— Entonces, prefiero ir contigo — le dijo Anna a Hans.

— Woow, eso dolió, preferiste a mi hermano antes que a mí— dijo Rudi verdaderamente ofendido.

— No debería sorprenderse, usted no ha sido exactamente amable — se quejó Anna.

— Supongo que no, no lo he sido — reconoció Rudi. Fue entonces, cuando Hans se dio cuenta de que su hermano mayor le dedicaba una mirada extraña, y por primera vez desde su llegada a Arandelle, el treceavo príncipe temió que pudiera estar desarrollando resentimiento hacía él.

— Entonces, nos veremos mañana a las seis de la mañana, pasaré a recogerte a tu habitación — dijo Hans de repente, quien se dio media vuelta y se dispuso a salir de la biblioteca, pues no quería que aquella simple conversación fuera motivo para malos entendidos.

Anna lamentó la partida de Hans, y comenzó a recoger los libros que llevaría durante el viaje, como si la misma persona que la había obligado a vivir en temor, no estuviera allí, junto a ella.

— ¿Vas a llevar todos esos libros? — preguntó Rudi casualmente tratando de entablar conversación.

— Sí — respondió Anna, quien no quería tener que cruzar una palabra más con aquel sujeto.

— Así que lees mucho — comenzó nuevamente el príncipe.

— Sí — contestó Anna fríamente, al tiempo que acababa de poner los libros en la cesta

— Por lo que veo, no tengo la menor oportunidad de llegar a ser tu amigo — dijo el príncipe frustrado por su intento fallido.

— No, no realmente — reconoció Anna.

— Es una lastima, mi parte curiosa también estaba deseosa de conocer a una de las dos misteriosas princesas que pasaron trece años escondidas en su castillo — admitió el príncipe.

— Quien tenía el secreto era mi hermana, ella era especial, yo soy… yo soy solo "yo", así que si aún siente curiosidad, será mejor que se vaya olvidando de ello, no va a encontrar nada especial en mi — dijo Anna firmemente sin despegar su atención de los libros que empacaba.

Por su parte, Rudi solo rio suavemente Después, él se levantó y dio unos pasos en dirección a la chica — Sin embargo — comenzó nuevamente cuando estuvo tan cerca, que Anna pudo sentir su respiración — mi propuesta sigue en pié, puede que aún no sientas la necesidad de tener un aliado más fuerte que Hans, pero pronto lo harás.

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Ya era muy tarde cuando Anna terminó de hacer su equipaje. Después, rezó un poco, normalmente, ella no era una persona especialmente religiosa, pero últimamente, todos los sucesos de su vida parecían obedecer a una misteriosa fuerza que se hallaba por fuera de su control, por lo que no le quedaba más opción que esperar que las cosas mejoraran por una especie de milagro, o que la persona que hasta el momento había sido su benefactor siguiera siéndolo sin esperar nada a cambio.

Luego de un par de horas, Anna se dio por vencida, y aceptó que no lograría conciliar el sueño aquella noche, por lo que encendió la lámpara de aceite junto a su cama y comenzó a leer. De repente, un extraño presentimiento se apoderó de ella, como una especie de ráfaga fría que la inundó hasta los huesos.

Elsa, si eres tú, dime qué es lo que tengo que hacer…

La princesa se levantó y vistió su bata. Después, tomó la lámpara sobre su mesa y caminó cuidadosamente hasta la puerta. Anna empujó suavemente las laminas de madera, y se sorprendió al ver que no habían guardias vigilándola

Indícame el camino Elsa…

Anna avanzó lentamente por el pasillo hasta que llegó a la entrada de las cocinas. No podía explicar que la había llevado hasta allí, pero la chica decidió seguir su instinto, después de todo, era la única arma que tenía en aquel momento. Esta vez, la princesa no encontró a nadie merodeando por las habitaciones de la servidumbre, pero, volvió a sentir aquel viento frio que la había levantado en primer lugar, y casi mecánicamente, bajó por la rejilla del desagüe a través del que ella y Kristoff habían tratado de escapar un día antes.

La princesa era realista, sabía que aquel momento no era propicio para huir, pues no llevaba más que su bata, su ropa de noche y una lámpara de aceite que no duraría mucho, pero algo le decía que tenía que estar allí.

Anna… corre, ven conmigo.

Murmuró una voz en la parte de atrás de la cabeza de la princesa, por lo que pensó que debería estar volviéndose loca, o tal vez sería culpa del stress al que se había visto sometida durante las dos últimas semanas.

— Su alteza — la llamo una voz masculina, por lo que la chica se dio vuelta de repente.

— No grite, por favor — le pidió el sujeto. En ese momento, Anna inspeccionó al hombre frente a ella de arriba a abajo, y se dio cuenta de que no era peligroso, todo lo contrario, se trataba de Karl Andersen, uno de los generales del ejercito de Elsa. El último recuerdo que la princesa tenía de él, era el de aquel soldado herido en la cabeza, que durante el día de la invasión fue él único con el suficiente coraje para contarle la verdad, a pesar de que su hermana le ordenó expresamente que no debía hacerlo. Sin embargo, ahora, el valiente y guapo general no era más una sombra, pues no llevaba más que un uniforme sucio y corroído.

— General — empezó Anna sorprendida. — ¿Qué esta haciendo aquí? ¿Cómo consiguió entrar? — preguntó la chica asustada.

— Pude hacerlo gracias a la servidumbre, por lo que veo, aún le son fieles a usted y a la reina — explicó Karl.

— Sí, lo son— respondió Anna — pero, yo pensé que usted estaba muerto, que fue fusilado con los demás y con mi hermana — dijo la princesa casi en un suspiro.

— No, yo fui llevado a un centro de detención de Barona, querían que les diera información acerca de los poderes de su hermana, y sobre la existencia de otro heredero. Usted sabe bien que no sé nada acerca de eso, por lo que tuvieron que torturarme, pero hace un par de días logré escapar — explicó el sujeto.

— Oh, debe estar cansado, debería acompañarme arriba y… — trató de empezar Anna, pero el ex general no la dejó continuar.

— No. Yo tan solo vine a darle esto— comenzó en tanto sacaba un sobre sellado de su chaqueta — lo he llevado conmigo desde la caída de la capital, ella me dijo que usted debía leerlo — le explicó Karl. Anna tomó el sobre y lo revisó, hasta que se dio cuenta de que tenía el sello de cera de la reina.

— Elsa… — susurró Anna mirándolo con detenimiento — ¿por qué tiene esto? ¿por qué se lo dio precisamente a usted — preguntó la princesa. Fue en aquel instante que la chica entendió, y la imagen de la reina siempre acompañada por su guapo general fue más clara que nunca, ellos dos se querían . Al parecer, su hermana era una verdadera experta guardando secretos

— Por favor, léala — pidió el general, por lo que Anna rompió el sello y saco la pieza de papel en su interior.

Mi Querida Anna…

Empezaba la carta. Lo que siguió, contrajo el corazón de la princesa, quien paso sus ojos rápidamente, mientras estos se le llenaban de lagrimas, pues aquellas palabras de amor, escritas por el puño de la reina, eran unos de los pocos testimonios de su existencia, y las últimas frases que jamás le dedicaría a ella. Anna sintió el vacío ahondarse en su corazón, y por primera vez, la chica era consciente de un espantoso y aterrador hecho : jamás la volvería a ver.

Por favor Anna, siempre he admirado tu coraje, tu, a diferencia mía,

puedes enfrentarte al mundo con la frente en alto, y hacer que se

Conmueva por tu dulzura y bondad, por favor, no pierdas eso, te prometo, que

Algún día podremos estar juntas como siempre lo soñamos, pero, por ahora, tenemos que afrontar lo que viene, el desastre es inminente, y si lees estas carta, sabrás que he fallado. Aún así, hay una oportunidad para ti, no me olvides

Anna, no olvides estas palabras, y pase lo que pase, no te dejes caer en la desesperación. Tu bondad es más fuerte de lo que parece.

Con todo mi amor

Elsa.

El último párrafo de la carta le conmovió el corazón, en especial, porque la firmó sencillamente como "Elsa", no como la reina, sino como su hermana. Pero, a pesar de las palabras de la mayor, Anna no entendía como quería que conservara su carácter, después de todo lo que había sobrevivido, y de toda la crueldad que tuvieron que ver ella y la gente de Arandelle, era casi imposible no terminar como uno de ellos, corruptos y ambiciosos, como los hermanos Westergard.

— Anna — empezó Karl de una manera menos formal — Elsa siempre te deseó la mayor felicidad, ella pensaba que tendrías tiempo para casarte y ponerte a salvo antes que el desastre estallara. La invasión era inminente— le explicó.

— ¿Ella conocía lo peligrosa que era la situación? — preguntó Anna algo molesta por el hecho de que se le hubiera escondido todo una guerra en sus narices.

— Sí, pero también sabía que no saldrías del castillo sin ella, por lo que planeó que te fueras de luna de miel, y después, no podrías regresar a Arandelle hasta que la situación se hubiera normalizado, ella quería ponerte a salvo — dijo el general tratando de explicarle.

— Y usted, ¿Qué hará? — preguntó Anna.

— Yo voy a salvar el sueño de Elsa, sé que aún hay gente que le es fiel, voy a reconstruir el reino de Arandelle — dijo con firmeza.

— ¿Va a armar una rebelión? — preguntó la chica en un suspiro.

— Sí, lo voy a hacer — dijo, aunque bajó su mirada al darse cuenta en la situación tan precaria en la que se encontraba — sé que sonará como una locura, no tengo ejercito, ni nadie que me apoye, tan solo soy un soldado derrotado, pero tengo que hacerlo, es lo último que puedo hacer por la reina, no pude salvarla, así que daré todo lo que tengo para reconstruir su reino.

— Usted en realidad la amaba… — murmuró Anna.

— Sí, y quisiera creer, que ella también lo hacía — dijo tristemente.

— No sé si le sirve, pero ella me dejó unos doc… — comenzó la chica nuevamente, pero fue interrumpida.

— No, princesa, sé que la reina guardaba muchos más secretos de lo que los dos podemos imaginar, pero lo mejor será que usted no los revele hasta que mis planes hallan cobrado forma, por ahora, solo la pondría en riesgo a usted — dijo el general.

— Sin embargo — continuó Karl — quiero que se comprometa a algo. Prométame que se mantendrá con vida, en cuanto pueda, yo la traeré de vuelta a Arandelle, usted es lo último que me queda de su hermana, y usted era su más grande tesoro, no creo que pueda imaginarse cuanto la quería Elsa — dijo el general emocionado, en tanto tomaba sus manos — pero, necesito que sobreviva, ¿puede hacerme ese favor, Anna?

—Si — contestó la princesa en tanto sentía que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.

— Le deseo la mayor de las suertes, princesa Anna.

— Yo también, General Andersen.

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Anna regresó a su habitación sintiendo que flotaba en una nube, la carta de su hermana, así como todas las otras revelaciones, golpeaban su cabeza, y amenazaban con aplastarla. Sin embargo, la chica despertó de su ensoñación cuando llegó a su cuarto y encontró al guardia con el que Hans había conversado el día anterior, dando vueltas de un lado al otro, completamente frenético, lo cual era casi gracioso, considerando que el muchacho tenía una apariencia delgada, casi enfermiza, con cabello rubio, como si se hallara asustado todo el tiempo.

— ¡Princesa! — exclamó al verla. Anna podría haber jurado que se veía muy feliz, tanto, que estaba a punto de desmayarse.

— Buenas noches — respondió Anna con una tímida sonrisa.

— Que susto me ha dado, pensé que había escapado — comentó el muchacho.

— No, ya sé que es inútil — respondió Anna amargamente — fui a la cocina por algo de comer, tenía hambre — mintió.

— Oh, gracias al cielo — suspiró el soldado — es mi primer trabajo, y no quiero arruinarlo, pero realmente necesitaba ir al baño — comentó. En ese momento, Anna vio la baraja de cartas que tenía en el bolsillo de su casaca.

— ¿Juegas cartas? — preguntó Anna intrigada.

— Solo las tengo para jugar "solitario", cuando estoy de guardia, eso me ayuda a mantenerme despierto, me encanta jugar "solitario", aunque preferiría "póker", o "canasta" — respondió el muchacho en tanto las sacaba y se las mostraba. En aquel momento, Anna entendió a la perfección que su pobre centinela no era el más experimentado de los militares, pues era demasiado charlatán y amigable para su conveniencia.

— ¿Quieres jugar cartas conmigo? — preguntó Anna contenta, al tiempo que el muchacho palidecía por la pregunta.

— Pero… se supone que debo cuidarla, para evitar que escape— dijo el muchacho nervioso por la sugerencia de Anna.

— No escaparé si estoy jugando cartas contigo — le respondió la chica traviesamente.

— Me meteré en problemas — argullo el muchacho.

— ¿Qué clase de problemas? — preguntó Anna restándole importancia a los miedos del joven guardia — solo vamos a jugar cartas — insistió. En ese momento, el muchacho la miró con desconfianza, como si temiera que lo atacara en cualquier oportunidad, pero, por alguna razón que la princesa no supo descifrar, él decidió confiar en ella.

—Esta bien, pero jugaremos aquí afuera, en el piso, no está bien visto que una mujer soltera, mucho menos noble, invite a un soldado como yo a su habitación, peor aún, si se encuentra en su ropa de dormir. Yo me metería en enormes problemas — comentó el guardia al tiempo que se sentaba en el suelo junto al marco de la puerta.

— Que divertido, nunca tuve un compañero de cartas, Elsa no era muy buena, y antes de que abrieran las puertas tenía que conformarme con hacer castillos de cartas o jugar "solitario" — dijo la princesa emocionada.

— ¡Eso es perfecto! — exclamó el soldado — ya verá, le enseñaré muchos juegos interesantes — dijo emocionado.

Anna y el guardia pasaron las siguientes dos horas jugando y charlando, y en ese corto tiempo, la princesa se enteró de que aquel soldado se llamaba Robert, que era el mayor de siete hermanos, y que sus padres ya eran ancianos, por lo que él debía trabajar para mantener a la familia, de ahí que fuera tan importante tener éxito en su primera misión como soldado.

— El Rey dijo que esta misión es muy importante, en todos lo periódicos decía que nuestra tarea era librar a este reino de una hechicera, también dijo que ella pensaba atacar a las Islas del Sur, por eso debíamos declararle la guerra a Arandelle — le explicó el muchacho en respuesta a la pregunta que Anna le hizo.

— ¡Eso es mentira! — se apresuró a decir Anna — mi hermana jamás le haría daño a nadie, ella nunca planeó esta guerra, nosotras vivíamos en paz, y si quiere le puede preguntar a cualquier súbdito, la gente era feliz con Elsa como su reina — dijo la princesa al borde de las lagrimas. A lo que el chico tan solo respondió encogiéndose de hombros.

— Eso parece — murmuró Robert — papá dice que todos los políticos son mentirosos, y nosotros tenemos que pelear en guerras para que ellos se hagan más ricos. Supongo que está en lo cierto — comentó. En aquel momento, un feo presentimiento abordó a Anna.

— Robert, ¿Cuántos años tienes? — preguntó la princesa sin estar segura de querer oír la respuesta.

— Dieciséis — respondió Robert. Fue entonces cuando Anna se dio cuenta de que aquel pobre muchacho era más joven de lo que ella había pensado, y sintió el peso de la injusticia de tener que ver a un personaje como él, que apenas había salido de la niñez, tener que vérselas en un conflicto como aquel.

— Eres muy joven — murmuró Anna.

— Lo sé, pero tan solo necesitas dieciséis años para unirte al ejercito, así que pensé que era una buena opción para ganarme la vida — comentó el chico.

— Aún así, no es justo — concluyó Anna.

Después de aquello, la conversación se tornó mucho más animada, en realidad, los dos se enfrascaron tanto en el juego, que comenzaron a hablar cada vez más alto, vitoreando y celebrando en cada oportunidad.

— ¡Eso es trampa! — gritó Robert.

— Claro que no — contestó Anna al tiempo que reía con ganas.

— ¿Qué esta sucediendo aquí? — preguntó Hans, quien había escuchado todo el escándalo desde su habitación, por lo que salió a inspeccionar el pasillo.

— Estamos jugando cartas— respondió Anna animadamente — ¿quieres jugar una partida? — preguntó la chica.

— Son las dos de la mañana, y mañana tenemos que salir a las seis— dijo Hans pacientemente — tienes que dormir, Anna.

— Esta bien — aceptó la chica resignada — Hans tiene razón. Buenas noches Robert, gracias por el juego, me divertí mucho — agradeció Anna con una débil sonrisa en sus labios, en tanto se ponía de pie.

— No, yo soy quien debe darle las gracias alteza, fue un honor jugar con usted — respondió Robert al tiempo que se levantaba y hacía una leve reverencia.

—Buenas noches a los dos — se despidió Anna antes de entrar a su habitación.

— Buenas noches— contestaron Hans y Robert al unísono.

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Al día siguiente, Anna se levantó muy temprano, a pesar de que cuando mucho había dormido un par de horas. La princesa no podía dejar de pensar en la carta de Elsa, pues en ella, la reina le pedía que se mantuviera alegre y dulce como siempre, no obstante, la princesa tenía problemas para entender cómo sería posible hacerlo, pues la circunstancias se tornaban más y más adversas a cada momento.

Así mismo, Anna tampoco podía dejar de pensar en el triste y herido rostro del general Andersen, y preguntarse porque no había visto la relación que él y Elsa habían sostenido por cerca de un año. Sin embargo, no eran los secretos lo que más le acongojaba el corazón, sino el pensar que su pobre hermana jamás tuvo la oportunidad de amar libremente a la persona escogida por ella, y ahora, él parecía completamente obsesionado con la venganza. A decir verdad, Anna se moría por ayudarlo, pero, su principal objetivo era que el sueño de Elsa no se desperdiciara, y darle a Arandelle el futuro por el que la reina dio su vida.

En aquel momento, el toque de las campanas de la iglesia anunció las seis de la mañana, por lo que la princesa dejó su costura, y le abrió la puerta a Hans, quien había llegado pocos segundos antes.

— Buenos días, Anna ¿Qué estás haciendo? — preguntó el príncipe al ver que tenía la muñeca de trapo que se asemejaba a Elsa en las manos de la princesa.

— Nada en especial, solo estoy mejorando el relleno, será un viaje largo, y no quiero que se estropeen — mintió Anna en tanto entraba y metía a las dos princesas de trapo dentro de su baúl.

— Entiendo — contestó el príncipe. — es hora de irnos, es mejor que volvamos pronto, si es que quieres pasar por las cocinas a despedirte de él — dijo el príncipe refiriéndose a Kristoff.

— Sí, eso me haría feliz — contestó Anna, quien parecía todo menos "feliz" aquella mañana.

— Vamos— le indicó Hans ofreciéndole su brazo galantemente. Anna lo tomó con cierta reserva, pero aún así, juntos caminaron hasta la entrada principal, en donde subieron al carruaje que los llevaría al cementerio.

— No sabía que te gustara jugar cartas — comentó Hans, quien quería romper la pesada tensión en el ambiente.

— Sí, me gusta, es divertido — respondió Anna sin quitar su vista de la ventana.

— Pienso que es simpático que hallas elegido a tu guardia como compañero de juego, ciertamente, no es convencional — se burló Hans.

— ¿Te refieres Robert? — preguntó Anna, quien esta vez volteó su rostro en dirección al príncipe — es agradable, y muy gracioso.

— Sí, lo es, en realidad, es mi amigo — aceptó Hans — pero, aún así creo que es extraño. Normalmente, alguien en tu situación odiaría a todos los que vinieran de las Islas del Sur. Si yo fuera tu, lo vería como mi enemigo — comentó el príncipe.

— ¿Robert mi enemigo? — preguntó Anna — pero si tan solo es algo más que un niño, no parece peligroso, además, yo no soy tan tonta como parezco, Hans, sé que hay gente peligrosa, ya no confiaría tan rápidamente en alguien, aprendí del mejor de los maestros — comentó la princesa, quien aprovechó la ocasión para lanzarle un insulto velado al príncipe.

— No, Robert no es peligroso, es solo un soldado que trata de hacer dinero para mantener a su familia, pero, aún así, me sorprende que no creas que es tu enemigo solo por el hecho de haber nacido en las Islas del Sur — comentó Hans quien fingió no oír el insulto.

— No voy a odiar a nadie sin haberlo conocido primero, y sin razón alguna, yo no soy así, Hans — contestó Anna.

— No, no lo eres, tu eres mejor que eso — aceptó Hans con una sonrisa melancólica en los labios.

— Alteza — llamó el cochero — ya hemos llegado — anunció.

Anna y Hans bajaron del carruaje, y mientras que el príncipe se quedó a cierta distancia de ella, Anna se aproximo a las tres tumbas en la parte de arriba de la montaña, dos de ellas, marcadas con un par de imponentes piedras, y la tercera, si bien, también tenía una marca que hacía honor a la persona a la pertenecía, se notaba que era bastante reciente, pues la tierra se encontraba recién removida y el césped aún no crecía sobre ella.

Hans vio silenciosamente como Anna se dejaba caer de rodillas sobre la tercera tumba, en tanto lloraba a todo pulmón. Nuevamente, el treceavo príncipe pudo ver la clara imagen de la princesa congelada correr debajo de su espada, esta escena se repetía una y otra vez en su cabeza, amenazándolo con hacerlo perder a razón, y recordándole quien era, y que nunca podría cambiar su destino. Los sollozos de la princesa continuaron, y el muchacho no pudo hacer más que verla, y admirar su carácter, pues Anna era de ese tipo de personas intachables a pesar de las adversidades, no como él, que entregó su corazón congelado ante la posibilidad de quedarse con el trono de Arandelle.

— Es hora de irnos Anna —dijo Hans quien se había acercado silenciosamente a ella esperando que no se molestara por la interrupción.

— Sí, es hora de irnos — contestó la chica, quien luchaba por contener las lagrimas y ponerse de pie.

El viaje en carruaje de vuelta no estuvo la mitad de animado que el de ida. Y cuando llegaron al castillo, se encontraron con una desagradable sorpresa esperándoles a la entrada.

— Tienen quince minutos para despedirse de todos en las cocinas — dijo Jorgen quien lucía malhumorado, muy diferente al tradicional aristócrata que siempre llevaba como fachada.

— Que carácter — se quejó Hans. — Vamos Anna, a su majestad se le han subido los humos a la cabeza, y no quiero molestarlo en este momento — se quejó Hans.

— Sí — respondió Anna reprimiendo una leve sonrisa.

La despedida en la cocina no fue mucho mejor que la de el cementerio, a decir verdad, todo consistió en una serie de abrazos silenciosos entre Anna y el personal, que en muchos casos, la habían criado desde que era bebé. Sin embargo, el príncipe opinó que el momento mas sobrecogedor de todas aquellas despedidas fue la que le dedicó al recolector de hielo, quien aún yacía tendido en la cama de Becky.

Anna y Kristoff no se dijeron nada el uno al otro, pareciere que todas las palabras se hubieren agotado el día anterior, tan solo se quedaron en silencio por un buen rato hasta que la princesa se paró de su silla y le dio un último beso.

— Adiós — se despidió Anna. — No me olvides — pidió nuevamente la princesa con lagrimas en sus ojos.

— Nunca — respondió Kristoff quien le dedicó una breve sonrisa desde su cama.

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Tal y como Jorgen ordenó, cuatro de los seis hermanos Westergard y Anna se encontraron en la puerta, con sus maletas preparadas y dispuestos a subirse al carruaje, hasta que Frederick salió furioso del castillo.

— No puedo creer la valentía de ese cretino, no es más que un patán petulante, se cree la gran cosa porque es unos cuantos meses mayor — se quejó el príncipe iracundo en tanto se aproximaba al carruaje en donde estaban sus hermanos menores y la princesa.

— ¿Qué sucedió? — preguntó Runo.

— Jorgen, eso sucede — gritó Frederick — papá fue muy claro en su carta, uno de nosotros tiene que quedarse junto a él. Pero, el muy patán pensó que sería excelente idea quedarse como rey único de Arandelle — les explicó Frederick.

— Eso es una locura — intervino Hans — si Jorgen se queda solo, estará en un sitio completamente rodeado del enemigo, sin nadie en quien confiar. No es una estrategia inteligente — opinó el treceavo príncipe.

— Tienes razón Hans — reconoció Frederick — pero nadie puede llegar a su dura cabeza, es imposible. Incluso ordenó que empacaran mis baúles sin mi consentimiento — comentó.

— Entonces, déjalo, que haga lo que se le dé la gana — dijo otro de los hermanos con quien Anna no había tenido mucho contacto. — cuando se de cuenta de que está completamente solo, y de que ha fallado, volverá a llorar en frente de papá — opinó el príncipe.

— Supongo que no me queda otra opción — dijo Frederick resignado. Al tiempo que la atención de los demás hermanos se iba disipando.

La primera en subir al carruaje fue Anna, quien no esperó a que nadie la ayudara, sino que trepó la escalerilla por sí misma. Sin embargo, pronto se arrepintió de aquella acción, ya que el siguiente en abordar el vehículo fue Rudi, quien se sentó junto a ella. Rápidamente, la princesa trató de pararse para sentarse en la silla de enfrente, pero no logró, ya que un par de manos la sujetaron firmemente por la cintura.

— ¿A dónde vas? —le susurró el príncipe una vez ella se encontró sentada en la silla nuevamente.

— ¿Hay algún problema? — preguntó Hans al tiempo que subía la escalerilla del carruaje y se sentaba en la ventanilla al frente de Anna.

— Ninguno — respondió Rudi con una sonrisa brillante.

Fue cuestión de minutos, antes de que todos se encontraran en el carruaje. Por lo que Anna miró hacía la ventana, y le dedicó un último adiós a aquel castillo, el mismo sitio del que había soñado partir tantas veces, el que en muchas ocasiones se convirtió en la peor de las cárceles, pero que a fin de cuentas, había sido el hogar de su niñez y el contenedor de todos los buenos recuerdos de su familia.

— Si lo miramos por el lado amable — comenzó Hans — tú siempre quisiste conocer el mundo, ahora tienes la oportunidad de hacerlo — comentó el príncipe con una sonrisa melancólica en los labios, que le indicó a Anna que él sabia exactamente como se sentía, por lo que la princesa no pudo evitar devolverle el gesto a modo de agradecimiento. En ese momento, los cascos de los caballos golpeando el suelo fueron el indicio de que habían comenzado la marcha, por lo que la chica contuvo la respiración y miró hacía el cristal en tanto pasaban las pesadas puertas de metal, las que nunca más volverían estar cerradas para ella.

— ¿Qué es esto? — preguntó de repente Rudi quien llevó las manos hacía el cuello del vestido de Anna y sacó la delgada cadena de oro que estaba escondida bajo su ropa.

— ¡Déjeme! — exigió Anna levantando la voz.

— Por favor, no nos hemos montado al barco y ya tenemos problemas — se quejó Frederick quien obviamente no estaba de humor. — déjala en paz — dijo sin emoción.

— Es una sencilla pregunta — se defendió el príncipe — ¿Qué es esto? — repitió en tanto halaba la cadena de oro, de tal forma, que Anna temió que llegara a romperla.

— Es mi anillo de compromiso — respondió Anna asustada por la presión que ejercía sobre la joya.

— Ah, olvidaba que ibas a casarte — respondió el príncipe. Después, inspeccionó la argolla que colgaba de la cadena — vaya, pero que cosa tan burda ¿tu prometido te dio "eso"? — preguntó con desprecio.

— Ya basta Rudi — intervino Hans quien se estaba hartando de todo aquel acto.

— Entonces, los rumores eran ciertos, ¿usted realmente se iba a casar con un recolector de hielo? — interrumpió Frederick completamente sorprendido.

— ¿Qué rumores? — preguntó Anna ofendida — por su puesto que era cierto, él y yo nos queremos. Elsa aprobaba nuestra boda — se defendió la chica.

— ¿Qué la reina que? — intervino Johan — tiene que ser una broma. ¡con un recolector de hielo, no lo puedo creer! — exclamó el hermano.

— ¿Es eso cierto Hans? — preguntó Runo.

— Sí, hasta donde yo sabía, él comenzó a cortejarla durante el tiempo en que estuvimos comprometidos, al mismo tiempo, ¿no es cierto Anna? — preguntó Hans con un ligero toque de veneno en su voz, pues aquella espina le había quedado enterrada en la mente desde que visitó Arandelle por primera vez.

— ¡Tu no tienes derecho a sentirte ofendido! — lo silenció Anna furiosa en tanto sentía la presión de Rudi sobre la cadena que colgaba de su cuello.

— Tiene razón, Hans — reconoció uno de los hermanos que Anna desconocía. — tu menos que nadie tiene derecho a sentirte ofendido.

— No recuerdo haberte pedido tu opinión…

— Pero como te atreves a hablarme así, pedazo de…

— Eres un miserable, Hans Westergard, tu trataste de matarme — comenzaron a gritar tres voces al mismo tiempo, por lo que Frederick decidió ser la cuarta, y silenciarlos a todos.

— ¡Ya basta! — gritó el príncipe — silencio todo el mundo — repitió, por lo que todos se quedaron callados.

— En fin — continuó Frederick reasumiendo la compostura — Princesa Anna, lo que usted estuvo a punto de hacer es una de las cosas más tontas que he escuchado en mi vida — dijo el príncipe alarmado — ¿tiene idea del escandalo que aquello hubiera causado? Usted jamás hubiera podido mostrar su cara en la alta sociedad de Arandelle y de ningún país. — la regaño con firmeza.

— ¿Y a mi que me importa lo que la alta sociedad quiera de mi? — preguntó Anna con desprecio, por lo que Frederick se mostró aún más escandalizado, ya que para él si era muy importante lo que el resto de la aristocracia pensara acerca de él — lo único que yo quería era vivir en el campo, formar una familia con mi esposo, y tener a mi hermana junto a mi, probablemente, me hubiera gustado viajar de vez en cuando, ver sitios nuevos, pero nunca me interesaron ese tipo de cosas — aseguró Anna tan molesta, que no pudo ver la genuina sonrisa que parecía en el rostro de Hans.

— En conclusión, lo único que querías, era ser feliz — comentó el treceavo príncipe aún sonriente, al tiempo que Rudi aumentaba la presión sobre la cadena de Anna — No puedo más que sentir envidia por ti, mi ambición me arruinó, pero tu tienes tu corazón en el sitio adecuado — aseguró.

— ¿Por qué habrías de sentir envidia? — preguntó Rudi sin soltar su cadena — solo demuestra que es una simplona, pero, al fin de cuentas, la princesa no pudo conseguir lo que deseaba — se burló.

— Suélteme — exigió Anna nuevamente.

— Rudi… — le advirtió Frederick — ya basta, por favor, no te pido mucho, solo un par de minutos de tranquilidad — insistió el Príncipe, frotándose las sienes.

— Frederick — intervino Runo quien se encontraba mirando por la ventana — ¿por qué tenemos que ir hasta el puerto segundario, no sería más fácil si nos hubiéramos embarcado en el que está en frente del castillo? — preguntó el príncipe.

— No, allí todos hubieran podido verla partir — dijo refiriéndose a Anna — eso hubiera sido el equivalente a declarar una guerra civil— comentó Frederick.

— Para ser honesto, creo que el viejo está cometiendo error tras error —opinó Hans quien ahora se encontraba mirando por su ventana — si hubiera dependido de mi, yo no la habría sacado tan rápidamente de Arandelle, la gente pensará que estamos raptando a su reina, o algo parecido.

— Técnicamente, eso es lo que estamos haciendo — dijo el hermano con el que Hans tuvo el altercado minutos antes.

— Sí. Aunque lo mejor sería que ellos no se den cuenta — explicó Hans pacientemente — yo preferiría evitar un baño de sangre.

— Además — comenzó nuevamente Hans, mientras retiraba la cortina que cubría la ventanilla — Jorgen ha mantenido las tropas ociosas, nuestros oficiales apestan a brandy y al perfume de cada una de las prostitutas de Arandelle — dijo mientras observaba el exterior con el seño fruncido.

Anna decidió imitarle, y se dio cuenta de lo que le molestaba, pues se encontraban en el distrito rojo, y afuera, podían verse un buen numero de oficiales de las Islas del Sur, con su distintivo uniforme de paño verde oscuro, el mismo, que ahora el treceavo príncipe usaba todo el tiempo, riendo y bebiendo por las calles con un grupo de mujeres que a juzgar por su apariencia, debían ser prostitutas.

— Sí Jorgen sigue descuidando las tropas de aquella manera, las cosas no acabaran bien— concluyó Hans preocupado.

Anna pudo entender el malhumor del treceavo príncipe, y de alguna forma, esto le dio esperanza, pues mientras los soldados de las Islas del Sur seguían regodeándose en la victoria, en medio de prostitutas y alcohol, los rebeldes de Arandelle ya se estaban organizando en los bajos mundos. Sin embargo, la princesa no pudo estar tranquila por mucho tiempo, ya que en cuestión de minutos, el carruaje se detuvo. Muy lentamente, la chica bajo del carruaje, y miró a su alrededor, tratando de memorizar cada una de las escenas que sus ojos veían, como las montañas al fondo de la ciudad, el fiordo y el imponente castillo que parecía resguardar al reino desde la distancia.

— Te prometo que haré todo en mi poder para que algún día puedas regresar — dijo una voz a sus espaldas, por su puesto, se trataba de Hans, quien le dedicaba la misma sonrisa melancólica.

— No sabes cuanto te agradezco todo lo que has hecho por mi, Hans Westergard — murmuró Anna mientras lo miraba a los ojos.

— No tienes que hacerlo — respondió el príncipe — sé que es mucho pedir, pero me gustaría que pudieras contemplar la idea de perdonarme — se atrevió a susurrar el príncipe.

— Aún es muy pronto… — comenzó Anna — pero creo que puedo hacerlo — respondió dirigiéndole una leve sonrisa.

— Eso es todo lo que necesitaba escuchar — respondió Hans, en tanto le ofrecía su brazo para que ella lo tomara.

— Es hora de abordar — dijo Hans. — dile adiós a Arandelle.

— Adiós, Arandelle…


Nota de autor: Hola a todos, espero que le halla gustado este capitulo, la verdad es que yo misma me puse triste nuevamente, pero era necesario para la trama, así que tenía que hacerlo, muchas gracias a todos por sus suscripciones y comentarios, sé que no somos muchos los que estamos en este ship, pero que se le va a hacer.

Hablando de shipping, yo ya había escrito otro fic Hanna, (propaganda) se llama "Con hielo en las venas", para ser honesta, entre todo, absolutamente todo lo que he escrito, es mi fic favorito, en serio. Normalmente, a mi me dan escalofríos leer las cosas que escribo después de un tiempo, pero ese fic me gustó tanto, que aún lo puedo leer sin encontrarle problemas a cada momento, es el tipo de cosas que me gusta leer. En la nota de autor de ese fic yo decía que siempre tengo esa fetiche con la pareja del mala-malo/bueno-buena, no sé, pero es mi debilidad, nunca es mi ship principal, pero es mi placer culposo, y es la primera vez que me atrevo a escribir acerca de ellos.

En fin… nuevamente, muchas gracias a todos por sus comentarios, por favor, no olviden dejar sus comentarios, amenazas de muerte o flamers antes de irse.