[En alta mar]

Anna fue rápidamente instalada en el barco, junto a los demás príncipes. La tripulación les dio una zona especial en la cubierta. La muchacha dejó su equipaje de mano sobre la cómoda cama de su elegante camarote, puede que no le gustasen los príncipes, pero tenía que reconocer que su nueva habitación era hermosa.

La cama se encontraba forrada de una manta color carmín y acompañada de finos tapetes que hacían juego. Ciertamente, a los príncipes de las Islas del Sur les gustaba viajar con grandes lujos a su alrededor. Anna no tardo en adaptarse al ritmo impuesto por la tripulación del barco. La princesa encontró un sólo problema a todas sus reglas: la obligaban a levantarse a las seis de la mañana. Anna no era una gran madrugadora. A pesar de lo anterior, se adaptó con facilidad. Aunque ella debía reconocer su nada de esto hubiera sido posible sin Hans.

— Anna— la llamó Hans el primer día, cuando salió de su camarote con la intención de almorzar en el comedor con los demás príncipes.

— ¿Qué quieres? — preguntó la princesa sin interés.

— Ven conmigo, deberías almorzar con nosotros — comentó el muchacho, quien parecía particularmente feliz, como si hubiera perdido una enorme carga de su espalda con tan sólo dejar el reino de Arandelle.

— ¿Nosotros? — preguntó Anna sorprendida.

— Mis amigos y yo — respondió escuetamente el príncipe.

— No lo se... — dudo Anna. La princesa había escuchado rumores acerca de como solían comportarse los marinos en alta mar, y ella no planeaba ser la fuente de diversión para nadie.

— No te preocupes. Son buenas personas. Uno de ellos es Robert — explicó Hans.

— Eso suena interesante ¿porque me invitas? — preguntó Anna desconfiada.

— Sólo pensé que preferirías alejarte de mis hermanos por un instante. Desde qué invadimos Arandelle, tu no has tenido una comida en paz. Me siento mal por ti. Pensé que ahora que no tenemos de Jorgen dándonos órdenes, podrías descansar— opinó el príncipe.

— Frederick nunca lo permitirá — comentó Anna desanimada.

— Puede que no lo parezca, pero Frederick es muy diferente a Jorgen, él es un tirano. Frederick tan sólo es un egoísta. No le importará sí cenas con nosotros— explico Hans.

— Suena interesante — murmuro Anna quien sopesaba sus posibilidades.

— Ven conmigo — dijo Hans quien ya estaba perdiendo la paciencia. El príncipe tomó fuertemente la mano de Anna y la haló hasta que llegaron a la puerta que conducía hasta los niveles inferiores del barco. Juntos bajaron hasta que llegaron a una sala amplia y bulliciosa. El escándalo era tal, que nadie de percató de la presencia de la princesa, por lo que pudo entrar libremente al comedor. Anna se sentó en una de las largas mesas y Hans la imitó.

— Anna— comenzó Hans — quiero presentarte a mis amigos: a Robert, ya lo conoces—dijo el príncipe en tanto lo señalaba con la mano. Robert le dedicó una leve sonrisa y un saludo.

— Y el viejo cascarrabias de este lado, es Kurt, uno de los miembros más antiguos de la flota de las Islas del Sur— explico Han. A juzgar por la expresión del príncipe, se notó que el príncipe quería provocar al marino.

— ¿Cómo te atreves muchacho? ¿Cuál viejo cascarrabias? — preguntó Kurt — yo he recorrido los mares desde antes que tu nacieras — afirmo — deberías mostrar más respetó por tus mayores.

— Lo hago, te juro que te respeto como a nadie— dijo Hans sonriendo. — pero me gusta fastidiarte.

— Pequeño rufián— contesto el marino dedicándole una sonrisa.

— ¡Ya llegó la cena! — gritó un marino que se encontraba lejos de ellos. Anna vio a tres miembros del equipo de las cocinas colocar una gigantesca olla en cada una de las mesas, mientras que los marinos se alineaban frente a ellas esperando su turno con un plato vacío en la mano.

— Vamos, tenemos que hacer fila — indicó Hans. Anna, Kurt y Robert siguieron al príncipe, hicieron una larga fila hasta que una de las ayudantes de cocina les sirvió en el plato una aguada ración de arroz, vegetales y una mísera porción de carne.

Ciertamente, la calidad de la comida fue deficiente en comparación a lo que estarían disfrutando los príncipes de las Islas del Sur. Pero Hans estaba en lo cierto. Anna necesitaba aquel cambio, pues sus últimas comidas habían consistido en una serie de rituales incómodos. La pesada conversación y las malintencionadas miradas de Rudi estaban haciendo mella en su estado de ánimo.

Por primera vez en semanas, Anna se sintió hambrienta. Por lo que comió rápidamente, en tanto sus compañeros hablaban de aspectos técnicos del barco. Puede que ella no entendiere, pero la manera desprevenida y alegre en la que lo hacían la relajó.

— ¿Tu has viajado en barco, Anna? — preguntó Robert.

— Sólo algunas veces, pero nunca más de una semana— respondió la chica.

— Es difícil — añadió Hans.

— La primera vez que viaje al continente oriental, pensé que me volvería loco, seis meses en un barco, eso es un largo tiempo— comentó el príncipe.

— Con los años te acostumbras — intervino Kurt — hay tripulaciones mejores que otras, y viajes más fáciles, pero al final, todos se parecen— les comentó el marino.

— Anna solía temer al mar ¿ no es verdad Anna? — les contó Hans, quien aún recordaba lo que la princesa le contó el día de la coronación de Elsa.

— Es cierto — aseguró la chica — mis papás murieron en un accidente de barco— comentó Anna, sintiéndose molesta con Hans por divulgar aquel detalle sobre su vida privada.

— No hay porque molestarse princesa — la alivio Kurt — aquel que no teme al mar es un tonto, la naturaleza es la fuerza más fuerte, con ella no se puede razonar, yo también tendría miedo si fuera tu— comentó el anciano en un tono pomposo que usaban muchos marinos viejos, aún así, aquellas palabras la consolaron.

Anna terminó su comida, y Hans se ofreció a llevarla a su camarote nuevamente, ya que los miembros de la tripulación tenían que regresar a sus trabajos regulares. La princesa entendió que Hans tenía ciertas libertades. A pesar de haber sido degradado, él seguía siendo uno de los príncipes, por lo que no dudó en caminar con ella mientras que los demás tenían que trabajar en el puente.

— Tus amigos son simpáticos— comenzó Anna tratando de entablar conversación.

— Lo son — confirmo el príncipe— ahora tengo muchos amigos y conocidos. Cuando yo vivía en el castillo, era muy solitario. Mi única compañía era mi reflejo en cada uno de los espejos del palacio de las Islas del Sur — comentó Hans en tanto entrelazaba sus manos en su espalda.

— Tu haces que tu castigo parezca una bendición — comentó Anna.

— Una bendición disfrazada — murmuro el príncipe para sí mismo. — hay ocasiones en las que he pensado que lo es— le comentó.

— ¿Realmente vivir en las Islas del Sur era tan desagradable? — preguntó Anna con curiosidad.

— Para mi lo era, yo odiaba cada centímetro de aquellas Islas. El palacio era una cárcel, y papá el carcelero — contesto el príncipe.

— Hablas en pasado, como si ya no odiarás las Islas del Sur— comentó Anna.

— Desde que tuve la fortuna de dejar el palacio, yo entendí que no todo en ellas es gris y deprimente, también tienen cosas buenas, y gente buena— respondió Hans dirigiéndose una leve sonrisa.

— Hans— comenzó Anna con la boca seca — tu realmente has cambiado mucho— reconoció la chica mirándolo a los ojos.

— Gracias Anna — respondió Hans. La pareja dio vuelta en el pasillo que conducía a las habitaciones de los príncipes.

— Así que aquí están ¿dónde se habían metido?— Preguntó Rudi quien se encontraba esperándolos. El príncipe estaba parado junto al marco de la puerta del camarote de Anna. Hans tuvo un terrible presentimiento al verlo allí.

— No los vi en el almuerzo — señaló Rudi, quien parecía irritado por aquel hecho.

— Almorzamos en el entrepuente, con los demás miembros de la tripulación— respondió Hans.

— ¿En el entrepuente? — preguntó Rudi con desprecio— que locura, hasta donde yo sé, papá solo te ordenó trabajar en el ejército y en las caballerizas, él no te quitó tu título de príncipe, no tienes que degradarte — comentó.

— Puede que aún sea un príncipe, pero cuando Caleb sea rey, él no me dará ningún título ni propiedad, tendré que ganarme la vida por mi cuenta— respondió Hans refiriéndose al mayor de los hermanos y heredero al trono.

— Buen punto — reconoció Rudi — ¿ qué hay de ti? ¿Porqué comes con los plebeyos? — preguntó el príncipe refiriéndose a Anna.

— Hans me invitó — comentó la chica quien no pudo pensar en una excusa mejor.

— Preferiste comer con él, antes que tener una comida decente con nosotros— afirmó Rudi de mala gana. En ese momento, Hans decidió intervenir, pues era claro que su hermano se estaba molestando.

— Déjanos tranquilos. Lamento romper tu burbuja, pero ustedes son una compañía desagradable. Son una partida de patanes — respondió Hans. Quien tenía la negra impresión de que había lastimado la parte de su hermano que nunca debió tocar: su ego.

—Perfecto, entonces quédense con sus marinos — comenzó Rudi quien se veía iracundo—princesa, si es que tanto te gustan los marinos del entrepuente, entonces, voy a tratarte como lo haría uno de ellos — comentó el príncipe en tanto pasaba en medio delos dos. En el camino, aprovechó para golpear a Hans con su hombro, y empujar a Anna con la palma de su mano.

Anna sintió una presión en el centro de su espalda, por lo que perdió el equilibrio y cayó hacia adelante. La princesa gritó, pero Hans fue más rápido y logro detenerla antes de que ella tocará el suelo.

— Eres un cretino — gritó Anna quién se libró del agarre de Hans y se dispuso a atacar a Rudi. Puede que ella fuera una prisionera, pero no dejaría que nadie la tratara de aquella manera.

— No, Anna, tranquila — gritó Hans deteniéndola con los brazos mientras que Rudi marchaba por el pasillo. — Él quiere que tu pierdas el control, lo sé, yo ya he estado en tu lugar.

— ¿De verdad? — preguntó Anna quién se calmó ante estas palabras.

— Si — asintió Hans— Cuando tenía catorce años, él me empujo de esa misma forma, con tan mala suerte, que caí de frente contra el borde de una fuente. Me partí la nariz— comentó.

— Eso es terrible — contesto.

— Los hermanos así son — dijo Hans.

— Elsa jamás me hubiera hecho algo así — refunfuñó la chica.

— Que afortunada eres — le dijo Hans con una leve sonrisa.

— Fui. Mi hermana está muerta — corrigió Anna.

— Lo lamento mucho, Anna — repitió Hans haciendo énfasis en cada una de las sílabas.

— Y yo agradezco todo lo que has hecho por mi.

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Anna pasó los días siguientes sumergida en libros, eran su única distracción durante las tediosas horas en el barco. Normalmente, la princesa tomaba sus comidas con la tripulación, y pasaba los días leyendo en la cubierta mientras miraba a los marineros llevar a cabo las tareas propias del barco. Fue allí cuando conoció a un Hans diferente, el hombre de mar, primero almirante y ahora un simple soldado que pasaba el tiempo debajo del sol de la costa, izando velas y acomodando mástiles.

Irónicamente, el treceavo príncipe parecía mas feliz mientras que hacia las tareas propias de un limpia pisos, de lo que hubiera sido como príncipe de las Islas del Sur. Anna observo a Hans acomodar las amarras de un mástil mientras colgaba a gran altura. Personalmente, ella no entendía como había logrado engañarla con su apariencia de príncipe torpe y encantador, cuando ahora le parecía más claro que el agua que él tan sólo fingía. Probablemente, ella no conocía a la verdadera persona detrás de la fachada.

De repente, el príncipe se dejó caer por el complicado sistema de poleas hasta que llegó al piso. Se veía especialmente guapo y cansado, con su pelo rojo completamente revuelto y la camisa mal acomodada.

— Hola Anna — la saludó mientras trataba de recuperar la respiración.

— Hola — respondió la joven — eso se ve peligroso — dijo la muchacha en tanto señalaba el extremo del mástil.

— Lo es — reconoció Hans, colocando las manos en sus caderas — pero también es bastante emocionante— confesó el muchacho.

— Te ves feliz — comentó Anna sonriendo y sintiéndose contagiada por el entusiasmo del príncipe.

— Lo estoy. Es duro, pero mantiene mi mente ocupada — comentó Hans. De repente, el príncipe abrió los ojos de par en par como si hubiera recordado algo — esta noche algunos marineros planean tocar sus instrumentos en la cubierta del barco. Ven con nosotros, será divertido — le aconsejó el príncipe.

— Tienes razón, suena bastante tentador — reconoció la princesa.

Aquella noche, Anna se preparó y subió a la cubierta a la hora indicada. El sonido de la música llegó a sus oídos mientras atravesaba el puente hacia la cubierta. No sabía que esperar.

— Anna — la llamó la Hans. — ven con nosotros — la invitó el príncipe.

Anna caminó a través de varios grupos de personas, que se dividían al rededor del puente. En uno de ellos, se encontraba la banda de música preparada para tocar en cualquier momento.

— Anna — la llamo Robert. — ven con nosotros— la invitó.

La princesa se unió a él, y notó que la gente comenzaba aumentar. Pese a que aquella era una nave militar, habían una buena cantidad de ayudantes de cocina mujeres.

— Pensé que las mujeres no viajaban en este tipo de barcos — comentó Anna.

— Normalmente no. Pero este no es un barco militar convencional. Aquí viajan los príncipes — le explicó el muchacho.

A Robert y Anna se unieron Hans y Kurt. Todos vestían sus mejores trajes. Sin embargo, la princesa se sorprendió al ver la diferencia física de Hans. Ella lo había visto en sus mejores días, elegantemente vestido y perfumado. Era claro que él ya no era ni la sombra de aquel príncipe. Pero, se veía mil veces más feliz.

La banda comenzó a tocar. Los violines y el acordeón entonaron canciones propias de los hombres de mar. Anna había crecido junto a un puerto, lo que significaba que había escuchado aquellas melodías en repetidas ocasiones. Aún recordaba episodios de su niñez en los que veía los barcos desde las murallas del castillo de Arandelle. En aquella época, se preguntaba de donde vendrían canciones, ahora, se daba cuenta de que no tienen un hogar, al igual que ella en aquel momento.

— ¿Quieres bailar? — preguntó Hans sonriendo.

— No sé como hacerlo — respondió Anna.

muchos de los presentes comenzaron a bailar, pese a que las ayudantes de cocina no eran las suficientes para hacer parejas con los marineros, y a que muchas eran ancianas. Anna se sentó junto Hans en la cubierta mientras escuchaban las tonadas.

— Es una lástima que no podamos tomar ni un solo vaso — se quejó Kurt — pero es lo mejor, recuerdo las enormes peleas que armaban los marinos cuando dejaban traer alcohol al viaje. Era terrible, heridos por doquier.

— Los príncipes si pueden beber — comentó Robert.

— Es porque ellos son príncipes — comentó otro marino cuyo nombre Anna desconocía. En ese momento, Kurt dirigió su atención hacía ella.

— ¿Y tu porqué no estás bailando? — preguntó Kurt mirándola — eres muy joven como para permanecer aquí sentada — opinó.

— No sé hacerlo. Nunca me enseñaron a bailar este tipo de música— respondió Anna.

— Entonces, ¿qué tipo de música te enseñaron a bailar? — preguntó en anciano.

— Vals— contestó. Fue entonces cuando Hans intervino.

— Ella baila muy bien. Lo sé por experiencia propia — comentó el príncipe dirigiéndole una descarada sonrisa.

— Entonces, que suene el Vals — gritó Kurt. Todos los otros marinos aplaudieron. Anna se dio cuenta de que ella y el príncipe de las Islas del Sur eran la comidilla y burla de la tripulación. No era para menos, hacía poco más de un año que los dos estuvieron comprometidos. La música cambió radicalmente. Y los violines comenzaron a tocar una suave y cadenciosa melodía. La mente de Anna se trasportó a aquella noche de verano, en la que conoció a su príncipe. Todo era más sencillo en aquel entonces.

— Ven conmigo — dijo Hans ofreciéndole su brazo como si se tratara de un baile real. Anna y el príncipe caminaron a la pista, mientras escuchaban risitas y burlas a su alrededor.

— Su alteza, ¿me permitiría este baile? — preguntó Hans haciendo una profunda y ridícula reverencia. Anna sonrió y decidió seguirle el juego.

— Por su puesto, alteza — dijo en tanto tomaba los bordes de su falda y hacía una reverencia aún más ridícula. Anna escuchó que su publico estallaba en una carcajada común.

Hans avanzó hacia Anna y tomó su cintura. Después, juntos comenzaron a bailar como lo hicieron la noche de la coronación de Elsa. Era extraño, pero parecía que el tiempo se hubiera detenido entre los dos, como si no hubiere existido el invierno eterno, un corazón congelado o invasión alguna. En aquel momento, ella se percató de que la música era el único sonido en el salón. Todos los miraban absortos y emocionados. Anna hubiera podido jurar que había una que otra ayudante de cocina conmovida. Por irónico que pareciese, los presentes creían que eran una especie de pareja de cuento de hadas. Ella sonrió ante lo absurdo de la situación.

A pesar de lo anterior, tenía que reconocer que Hans conservaba el mismo talento para darle a su publico lo que ellos querían. Sus manos se ajustaban con gracia a su cintura, y Anna habría podido fácilmente fundirse con el mientras bailaban. No era difícil ver porque se habían atraído el uno al otro desde el principio.

La música ceso. Anna y Hans se separaron. En ese momento, ella notó que había una gran cantidad de personas mirándolos, más que al inicio del baile. Anna miró a través del salón, y encontró a los cuatro hermanos de las Islas del Sur. Frederick pareció percatarse de que ya habían notado su presencia, por lo que tosió y dio un paso hacía adelante. Era claro que se encontraba nervioso.

— Lamento la intromisión — dijo. — escuchamos el vals desde la cubierta y sentimos curiosidad. Por favor, sigan con su fiesta— comentó.

Anna y Hans se retiraron de la pista de baile. Ella sintió que alguien la miraba, se trataba de Rudi. Sus ojos tan solo se encontraron por un par de segundos, pero fue lo suficiente para sentirse incómoda. Había algo en su expresión que le desagradaba. Probablemente, era la imposibilidad de saber que estaba pensando el príncipe.

— Será mejor que me vaya — le susurró Anna a Hans. El príncipe miró por encima de su hombro y se dio cuenta del motivo de su temor.

— Dile a Robert que te acompañe — respondió.

— Yo puedo ir sola a mi cuarto — dijo Anna ofendida.

— Dile a Robert que te acompañe — insistió el príncipe luciendo más molesto a cada instante. — Aún me lamento por haberte dejado subir sola a la Montaña del Norte. Debí haber seguido mi instinto en aquel entonces. No volveré a cometer ese error.

— Esta bien — murmuró Anna resignada.

Anna le pidió a Robert que la acompañara. Juntos subieron hasta la cubierta, y caminaron hasta su camarote. En aquel momento, ella se preguntó si algún día lograría encontrarse segura nuevamente, o si aquello tan solo sería un lujo del pasado. La mirada de Rudi la perseguía. Aquel sería un viaje muy largo.

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Anna supo desde el inicio que de aquel día no se podría sacar nada bueno. Ya faltaban tan sólo un par de días antes de que llegaran a las Islas del Sur. Pero los ánimos de la tripulación estaban bajos. El viento del norte fue inmisericorde, y el barco se había demorado mucho más de lo planeado. Desafortunadamente, los cinco hermanos no se encontraban mucho mejor. A decir verdad, apenas eran cerca de las nueve de la mañana y Rudi, Runo y Johan ya estaban bebiendo como si fueran peces.

Ella prefirió sentarse en uno de los extremos de la cubierta a leer su voluminosa novela, en tanto los miraba por encima de la tapa del libro. Aquella escena le daba un mal presentimiento. De repente, Rudi miró en su dirección, y le dedicó una retorcida sonrisa. La princesa subió nuevamente el libro para bloquear la vista.

— ¿Aún sigues leyendo? — preguntó Hans quien se acercó de repente.

— Me gusta leer, ¿acaso es malo? — contraatacó la chica algo molesta por su intromisión.

— No. Pero me parece extraño ver a una mujer noble, como tu, tan sumergida en montañas de libros. En especial, después de todo lo que te ha sucedido— comentó Hans al tiempo que se sentaba en la cubierta junto a ella.

— ¿Qué estas leyendo? — pregunto Hans mientras trataba de mirar por encima del libro de la chica.

— Sólo es una tonta novela— dijo Anna quién se ruborizo.

— ¿Es romántico? — preguntó Hans en un tono burlón.

— No realmente — admitió Anna — a decir verdad, es algo siniestra. Se trata de una joven mujer que hereda una gran cantidad de dinero, pero su familia y un pretendiente la llevan a dejarse morir por la desesperación, se llama "Clarissa" — comentó la princesa. Al escuchar aquello, Hans comenzó a negar con la cabeza.

— No deberías leer ese tipo de cosas. Ya has tenido suficiente tragedia en tu vida como para leer aún más— opinó el príncipe.

— Siempre me ha gustado leer, incluso cuando vivían mis padres. Es parte de mi personalidad — explicó Anna— además, es bastante largo, por lo que tengo mucho material de lectura.

— Es bueno que mantengas tu mente entretenida — reconoció Hans — pero, aún así, no creo que debas leer ese tipo de novelas tan deprimentes. Te prometo que cuando lleguemos a las Islas del Sur me encargaré de que no te falté material de lectura adecuado—se comprometió el príncipe.

— Parece como si quisieras censurar y escoger lo que leo, eso no me agrada— se quejó Anna levantando una ceja ante el atrevimiento del príncipe.

— No quise decir eso — se defendió Hans — tu eres libre de leer lo que quieras, te lo juro, es sólo que... — trató de decir el príncipe, pero una nueva presencia los interrumpió.

— ¿Qué estas haciendo aquí? — preguntó Hans. Anna notó que el treceavo príncipe estaba algo preocupado.

— Sólo quería unirme a la conversación, no creo que eso sea un delito — se quejó Rudi mientras se sentaba junto a Anna sin dejar de mirarla descaradamente.

— Tu siempre acaparas la atención de la princesa. Yo tan sólo quiero pasar un tiempo con ella — comentó en un tono dulzón que le puso los pelos de punta a la chica.

— No estás en condiciones de hacer nada más que dormir, hermano. No creas que no me he dado cuenta de que has pasado los últimos dos días bebiendo. Deberías hacer algo productivo, como ayudar con las tareas de navegación, o algo por el estilo — opinó el menor, quien al igual que Anna, tenía un mal presentimiento de todo aquello.

— Ahh... Claro, supongo que debería hacer algo productivo, al igual que tu — comenzó Rudi con el veneno brotando de cada una de sus palabras — gracias por dar un excelente ejemplo para todos nosotros, es justo lo que yo necesitaba, los concejos de un hombre sabio, que pasa sus días trapeando las cubiertas de los barcos de la armada y recogiendo mierda de caballos.

— No tienes porque desquitarte con tu hermano— intervino Anna molesta — todos estamos cansados, yo también quiero llegar a tierra firme. Además, él esta en lo cierto, deberías dejar de beber tanto, es muy temprano, y ya puedo sentir tu aliento hasta aquí— se quejó la princesa completamente asqueada por el comportamiento del príncipe.

En aquel momento, tanto Anna como Hans pudieron sentir la inquisitiva mirada de Rudi ir del uno al otro, tratando de descifrar cual era la verdadera naturaleza de su relación, y para el treceavo príncipe fue aún más clara la acusación que le lanzó su hermano en la biblioteca del castillo de Arandelle. Él realmente estaba llegando a pensar que el mayor obstáculo que tenía para hacer a la princesa su amante era Hans. El problema, era que Rudi podía llegar a ser tan impredecible como malcriado, por lo que nunca se sabía como iba a reaccionar.

— Deberías dejar tus ridículos libros y unirte a nosotros, Anna, tomate un sólo vaso. Probablemente, pienses que somos una especie de monstruos, pero estoy seguro de que la mayoría de tus prejuicios son ideas que Hans ha puesto en tu cabeza — opinó el príncipe.

— Hans no me ha dicho nada, todo lo que sé acerca de usted y de sus hermanos, lo he visto con mis propios ojos— respondió Anna con frialdad.

— Bien... — comenzó Rudi tratando de medir sus palabras — sé que no comenzamos con el pie derecho, pero, te prometo que podemos partir de cero y tratar de llevarnos mejor — le ofreció el sujeto.

— No creo que sea posible después de todo lo que ha pasado. Yo no podría perdonarlos, mucho menos olvidar— dijo Anna.

— Oh vamos, tienes que darme una oportunidad — insistió Rudi, mientras que Hans presenciaba toda la conversación en silencio, pues no quería que su hermano se resintiera en contra de él.

— No, lo lamento mucho, pero no puedo, y no quiero darle una oportunidad, aún lloro la muerte de mi hermana, no podría perdonarlos. Además, sé a la perfección que usted no tiene buenas intenciones— dijo Anna de una manera algo nerviosa, y sin despegar su vista de la página de su libro, pues la princesa aún tenía vivido el recuerdo de la última vez que lo rechazó, y de la forma violenta en la que reaccionó.

— Princesa... — se quejó Rudi— ¿te gusta hacerte la difícil? Todo ese acto de la niña mojigata ya esta resultando exasperante. No te pido más que una sola noche, sólo una, papá no tiene porque enterarse, y podría ser esta noche. Después, te prometo que te ayudaré cuando lleguemos a las Islas del Sur.

— N- no es ningún acto... — tartamudeó Anna quién se estaba ruborizando por las implicaciones del comentario— y- yo no quiero...

— Rudi, ya basta... — intentó interrumpir Hans, pero la mirada que su hermano le dedicó, se lo impidió.

— Anna, no quiero tener que obligarte, sé que no te gustará si lo hago, así que dame una sola noche, y todos seremos felices con el resultado, tú incluida— insistió Rudi quien deslizaba las palabras.

— No quiero — contestó Anna tajantemente. La princesa no alcanzó a completar la palabra cuando sintió que él le quitaba fuertemente el libro y lo lanzaba por la borda sin la menor duda.

— ¡Eres un imbécil! — gritó Hans mientras se ponía de pie observando a su hermano con resentimiento.

— ¿ Acaso piensas atacarme, hermanito? — preguntó Rudi quien parecía emocionado ante la posibilidad de tener una buena pelea.

— No — respondió Hans sencillamente — estas borracho, y no pienso herir a mi propio hermano—continuó el príncipe sin dejar de mirarlo a los ojos.

— No me importa lo que tu quieras, estoy hartó de estar en este barco, quiero algo de acción— dijo completamente embriagado. Fue en ese momento, que Anna entendió que las cosas no terminarían bien, Rudi era una persona naturalmente violenta, mientras que Hans tenía el resentimiento y el dolor a flor de piel.

— ¡Rudi, Hans! — los llamó Frederick — ¿Qué se supone que están haciendo? — pregunto furioso. — ya dejen de perder el tiempo— los regañó. En aquel momento, Anna vio una chispa de cordura pasar por los ojos de los hermanos.

— No voy a perder tiempo con alguien tan patético como tu— se quejó Rudi, al tiempo que se alejaba lentamente.

— Frederick — comenzó Hans dirigiéndose al mayor — tienes que intervenir, debes hacer que Rudi, Runo y Johan dejen de beber, no han hecho otra cosa desde que se montaron al barco, y ya se están comportando violentamente— opinó el menor.

— Haré lo posible, pero tu sabes que no será fácil — dijo Frederick preocupado por la situación y los riesgos que esta acarreaba. Una vez Rudi y Frederick se retiraron, Hans volvió a sentarse junto a ella.

—Lamento lo de tu libro, cuando lleguemos a las Islas del Sur, yo lo reemplazare — dijo Hans algo avergonzado por toda la escena

— No hay problema, en todo caso, ya era la segunda vez que lo leía, ya conocía el final— empezó Anna — esa novela salía por números en una revista literaria, la seguimos con Elsa por casi dos años, tan sólo nos enteramos del final hace un par de meses. A decir verdad, a mi no me gustó mucho, pero a Elsa le encantó— le explicó la chica.

—¿Porqué le gustó? — pregunto Hans intrigado — se supone que Clarissa muere, ¿no es así? Para mi ese es un final bastante malo — se quejó el príncipe.

— Ella siempre decía que le gustaba porque Clarissa siempre se mantuvo fiel a ella misma, nunca dejó que la corrupción de los otros influenciarán— le contó Anna.

— Aún así, Clarissa muere — le dijo Hans en un tono profundo, dándole a entender que probablemente no era la mejor idea que ella siguiera su ejemplo.

— Si, ella muere — repitió Anna pensativamente, de tal manera, que Hans no pudo descifrar cual era su opinión al respecto.

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Anna pasó el resto de la tarde en su camarote, leyendo otro de los tantos libros que había traído a aquel viaje, hasta que se hizo de noche y salió al comedor de los marinos a cenar. Anna vio entre la multitud a Hans, Robert y Kurt, y se sentó en la mesa juntó a ellos.

— Hola Anna — la saludó amablemente Robert.

— No debiste salir de tu camarote, niña — intervino Kurt con su voz cansada y llena de preocupación.

—¿Porqué? — preguntó Anna casi ofendida. — tenía muchas ganas de cenar, no pretendo morirme de hambre — comentó la princesa quien tomó un poco de su pan, lo remojó en la sopa, y lo comió.

— Rudi te estaba buscando en la cubierta— dijo Hans de una forma casi siniestra.

— Estaba borracho como el que más — intervino Kurt — Esos niños nobles haciéndose pasar por marinos son un espectáculo lamentable — se quejó el anciano — no lo digo por ti muchacho, no tengo intención de ofender — añadió rápidamente al recordar que Hans se encontraba con ellos.

— Y no lo haces, no me ofendes, porque tienes razón — aceptó el príncipe. — ustedes y yo hemos pasado por muchos trabajos tratando de mantener este barco a flote, para que mi hermano esté haciendo el ridículo — opinó con amargura.

— ¿ En serio preguntó por mi? ¿dijo qué quería de mi?— preguntó Anna fastidiada por toda la situación. Los tres hombres contuvieron la respiración ante la pregunta.

— Alteza, usted no quiere saberlo — opinó Robert.

— Ya me lo imaginaba — comentó Anna frustrada — terminaré de tomar mi sopa y volveré a mi camarote sin pensarlo. Hoy perdí uno de mis libros por uno de los berrinches de los príncipes, no planeó perder otro. — se quejó la princesa.

— Es lo mejor, niña — opinó Kurt.

Anna acabó su tazón de sopa, y se dirigió hacía su camarote. Sin embargo, justo cuando iba atravesando la zona en la que quedaban los otros camarotes de los príncipes, La princesa sintió una mano taparle la boca, y otra que firmemente sostuvo su brazo a su espalda.

— Ya me cansé de esperar— dijo Rubí con ira contenida en su voz— es hoy o nunca — siseó.

— Entonces no será nunca — Respondió Anna furiosa, quien había podido librarse de su agarre.—¡Ayuda! — gritó Anna a todo pulmón, en tanto le daba una fuerte patada en la espinilla. La princesa logró soltase por un par de segundos, pero no paso mucho antes de que el la capturara nuevamente, ya que la haló fuertemente por el cabello.

— ¡Ayuda! — repitió Anna, pero él la sostuvo fuertemente rodeándola con sus brazos, hasta que la empujó sin ningún cuidado dentro de su camarote. Una vez adentro, miro a su alrededor buscando algún objeto contundente que estuviera a mano, pero no encontró nada.

— Ni siquiera lo pienses — murmuró el príncipe quien parecía haberle adivinado el pensamiento.

— ¿Anna? — grito una voz masculina al otro lado de la puerta.

— Hans — gritó Anna, por lo que Rudi se lanzó contra ella tapándole la boca. Fue en aquel momento, cuando La princesa se percató de su rancio olor a alcohol. Al sentir su mano contra sus labios, ella sintió verdaderas náuseas al pensar que él pudiera tocarla de la misma manera en que la que lo hizo Kristoff en el pasado.

—¡Anna! — grito Hans en la parte de afuera, al tiempo que arremetía contra la puerta. Para sorpresa de Anna, el treceavo príncipe pudo entrar. Rudi se hallaba tan ocupado tratando de retener a la chica, que olvidó ajustar el seguro.

— ¿Qué se supone que estas haciendo? — Pregunto Hans completamente frenético — déjala. esto es una locura. Sé que estas acostumbrado a hacer lo que se te da la gana, y a no tener consecuencias por tus actos, pero ella es una princesa, no te saldrás tan fácilmente con la tuya. —gritó.

— Cierra la boca — respondió bruscamente Rudi quien luchaba con la chica. De repente, Anna logró librarse de su agarre, y mordió firmemente su mano.

— Estúpida perra — gritó Rudi, mientras tanto, Anna corrió hasta donde se encontraba Hans.

—¡No! — vociferó Hans al ver que su hermano mayor sacaba un pequeño cuchillo de su bota. Él se cruzó instintivamente entre el arma y Anna. Hans solo supo que sintió mucho dolor en el vientre, después de eso, no fue capaz de especificar que pasó. Ya que todo se tornó negro.

— Mira lo que has hecho — gritó Anna aterrorizada al tiempo que se lanzaba al piso y alcanzaba el cuerpo herido. La chica deslizo la mano por el costado de Hans, hasta que descubrió la sangre húmeda y cálida que brotaba de su estómago. La princesa jamás había visto tanta, pero no se sintió asqueada o con náuseas, lo único que experimentó fue un profundo miedo.

Mientras tanto, Rudi permanecía a un costado de la habitación completamente impresionado por la herida de Hans. Por un momento, Anna se preguntó si realmente le importaría el bienestar de su hermano, o si tan solo le asustaría que su papá lo culpara de aquel acto. De repente, Anna escuchó una serie de voces y pisadas en el suelo de madera del barco.

— ¿Qué sucedió? — preguntó Frederick al ver la escena — llamen al doctor del barco — le ordenó el príncipe a uno de los marinos que lo acompañaba. Después caminó hasta donde se encontraba su hermano menor y se coloco justo en frente de él, dirigiéndole una mirada cargada de furia.

— Esto es de lejos, lo más grave que hallas hecho— siseó — mamá se va a morir de la tristeza si algo le pasa a Hans, y eso será tu culpa.

—Pero a papá no le importará, y eso es todo lo que yo necesito — respondió Rudi furioso. Por lo que Anna le dedicó una mirada cargada de resentimiento. En ese momento, el príncipe le devolvió la mirada a la chica quien aún permanecía sentada junto a Hans, esperando a que aminorara su dolor.

— Ódiame todo lo que quieras, pero digo la verdad — comentó el príncipe antes de irse de la habitación.

Lo que siguió después a aquello, paso casi como si se tratara de un sueño, pues Anna vio como llegaba el médico de la tripulación. Ella lo ayudo como una improvisada enfermera. Era cerca de la media noche, y el doctor aún no lograba bajarle la fiebre al príncipe, quien temblaba y se estremecía como si estuviera en medio de un terrible dolor, o de una negra pesadilla. Probablemente, estaba dentro de los dos. Sin embargo , la princesa hizo todo lo posible por ayudarlo, trayendo agua cuando fuera necesario, y a limpiar su herida.

— Su alteza— comenzó el médico preocupado — debería dormir un par de horas, yo me quedaré cuidándolo — dijo el doctor refiriéndose a Hans.

— probablemente deberíamos tomar turnos — respondió Anna. — yo me quedaré el próximo par de horas, después, usted podrá cuidarlo — sugirió la chica.

— Eso suena como una excelente idea, alteza — respondió el médico, quién se puso de pie lentamente y con dificultad, ya que sus rodillas sé en encontraban entumecidas por el frío— dormiré hasta las cuatro de la mañana, después, tomaré su turno— comentó.

— Suena como un gran plan— dijo la chica, quien le sonrió débilmente al médico.

Anna pasó las siguientes dos horas junto a Hans, mientras lo miraba luchar contra los escalofríos y las pesadillas. La princesa estaba aterrada, pues se hallaba muy consciente de que el príncipe era su único aliado en aquella situación. Y por otra parte, también se hallaba triste, pues de alguna extraña manera, ese hombre se convirtió en una especie de amigo, a pesar de que la muchacha pasó el último año aprendiendo a odiarlo.

— Hans — murmuró Anna en tanto pasaba suavemente una mano sobre el cobertor que cubría al príncipe — Hans, tienes que mejorar, por favor no me dejes sola. Lamento tanto que esto pasará por mi culpa — se disculpó la princesa en un tono de voz tan suave que sólo la oiría él.

Elsa, por favor ayúdalo, no se que será de mi si él no está conmigo.

Elsa, ayúdame por favor...

Anna permaneció sentada a la tenue luz de la vela, mientras esperaba a que un milagro sucediera.

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Anna pensó que debió que alguien o algo debió escuchar su plegaria, ya que el viento rugía con toda su fuerza como si quisiera partir las velas del barco en dos. La princesa estaba tan absorta viendo los gigantescos trozos de tela ondear, que no se dio cuenta de que Kurt se había acercado a ella.

— El viento finalmente nos favorece — comentó el anciano — si todo sigue bien, llegaremos por la tarde a la Islas del Sur — comentó.

— ¿Esta misma tarde? — preguntó Anna sorprendida. — se suponía que llegaríamos mañana.

— El viento había sido terrible. Al parecer, los vientos fríos del norte nos acompañan— dijo Kurt de la forma pomposa en la que el marino siempre solía hablar.

— Parece que mi hermana me ha escuchado — comentó la chica con ilusión.

— He escuchado las leyendas acerca de tu hermana — Comentó el marinero.

— ¿Qué piensa acerca de ellas? — preguntó la princesa, quien supuso que el marinero debió escuchar todas las historias del Rey de las Islas del Sur, y de seguro pensaría que ella era una especie de monstruo.

— En toda leyenda hay una parte de verdad, y una parte de mentira — comentó de una forma misteriosa— probablemente, más de una persona la quería muerta— finalizó el sujeto.

— Estas en lo cierto — contestó Anna con una débil sonrisa.

Anna pasó el resto del día en el camarote sentada junto a Hans y a su doctor, con la intención de ayudarle en lo que pudiera, hasta que llegó la tarde y el sol comenzó a ocultarse, cuando la princesa escuchó un golpe en la puerta el cual corrió a atender.

— Su alteza, — comenzó uno de los grumetes del barco— el príncipe Frederick quiere que usted sepa que llegaremos dentro de una o dos horas. Por favor, prepárese— le indicó el marinero. Anna siguió sus instrucciones, recogió sus baúles y preparo su capa de viaje. Después, la princesa camino hacia la cubierta del barco en donde esperó con los restantes pasajeros que no eran miembros de la tripulación. Mientras lo hacia, Anna vio a Rudi mirándola desde el otro extremo de la cubierta. Sin lugar a duda, el príncipe parecía menos arrogante y pagado de sí mismo que el día anterior.

Fue cuestión de un par de horas antes de que el barco atracara en puerto, y cuando lo hizo, Anna vio al médico descender en compañía de dos marineros que llevaban una camilla en donde descansaba Hans, quien se veía igual de pálido y sudoroso que el día anterior. Anna bajó la rampa acompañada tan sólo de su bolso de mano, cuando estaba a punto de subir al carruaje junto con los demás hermanos, la princesa sintió una mano que la tomo firmemente por el codo. Anna se dio vuelta, y encontró a un soldado de alto rango de las Islas del Sur mirándola fijamente.

—¿Es usted la princesa Anna de Arandelle? — preguntó el sujeto.

— Sí, soy yo — manifestó la chica.

— Su alteza, me temo que tengo que informarle que por orden de su majestad el Rey de las Islas del Sur, usted se encuentra bajo arresto.


Hola a todos. Este es el primer capitulo que escribo por completo en mi celular. Siempre lo había usado para escribir escenas, pero nunca había escrito uno entero. Prácticamente, lo redacté en la oficina de mi odontóloga, es muy buena y me ha atendido desde que era niña, pero no tiene el menor respeto por mi horario, he llegado a esperar por una hora.

Sobre el capitulo, tengo que admitir que "Clarissa" si existe, es un libro inglés del siglo XVIII, y leí que es el libro más largo escrito en inglés. Tengo que admitirlo, nunca lo leí, ni siquiera creo que exista la versión en español, y si la hubiera, sería increíblemente cara, por lo que no la compraría. Pero, vi la miniserie. Recuerdo que la vi con mi novio y mis primos, tuve reacciones encontradas por el final, unos la odiaron, a mi no me pareció tan mal, podía ser peor. En fin, no sé si debería hacer esto, pero [SPOILER ALERT] el próximo capitulo la cosa va estar pesada, no raiting M ( eso lo reservo para mi publico en el fandom de Naruto, en ese fandom todo lo que tocamos lo volvemos porno, es un talento nuestro), pero creo que he visto demasiado juego de tronos últimamente así que antes de leer endurezcan su corazón.

Nuevamente gracias por sus comentarios y sus suscripciones, si no las contesté, o las contesto dos o tres veces, por favor perdónenme, me ha pasado mucho últimamente, soy terriblemente despistada.