Advertencia: sé que tengo que advertir algo, pero no sé que debo advertir. Por favor no me odien, esto está triste y cruel
[El fin de la pesadilla]
Anna no dijo nada mientras los soldados la conducían hasta el carruaje frente al puerto. Estaba verdaderamente aterrada. A pesar de lo anterior, se tomó el trabajo de mirar por la ventana mientras duraba el recorrido. Las Islas del Sur eran muy diferentes a Arandelle. Su arquitectura compartía ciertos aspectos comunes. Pero se notaba que aquella ciudad era más poblada e industrializada. La princesa vio montones de personas harapientas y mal vestidas. Cuando era niña, su tutor solía decirle que en las Islas había grandes contrastes. Unos eran muy ricos y otros demasiado pobres. Aquel era el mal de las naciones modernas. En su propio reino aquello no se notaba tanto, ya que la población era demasiado pequeña.
Ella entendió de inmediato porqué Hans odiaba aquel lugar. Todo era gris, y el rugir de las olas se escuchaba constantemente, como un quejido. De repente, Anna se dio cuenta de que salían de la ciudad. Sintió ganas de preguntar hacia donde de se dirigían, pero sabía que nadie le contestaría. El camino estaba bordeado con portales y cercas que anunciaban la presencia de grandes casas solariegas, que sólo podrían haberle pertenecido a un noble o a un mercader muy rico.
Tras una hora de recorrido, una enorme estructura negra comenzó a aparecer a la distancia. El bosque se terminó, y dio lugar a un prado bien cuidado y rodeado por un sendero de pinos que finalizaba en una larga construcción. Anna pensó que se parecía a una serpiente marina. El sonido del mar al golpear la roca de la costa combinado con los cascos de los caballos aún llegaba a sus oídos. El carruaje rodeó la puerta principal, y Anna tuvo la negra impresión de que se dirigían a la entrada secundaria, la que se llevaba a los calabozos.
Los caballos se detuvieron. Anna recibió la orden de salir del carruaje. Con mucha dificultad,
La princesa bajo la escalerilla, ya que sus manos se hallaban esposadas con grilletes.
— Por aquí — le indicó un soldado quien la empujó rápidamente, por lo que ni siquiera le dejó darle una mirada al castillo.
El par de soldados que la custodiaban, y el que la recibió, la acompañaron por un largo pasillo negro. Conforme avanzaban, Anna se asustó más y más. Aquel sitio era horrible, las paredes eran de piedra sin tallar y podía escuchar murmullos a su alrededor. Ella se preguntó si se trataría de ratones o de otros prisioneros, y concluyó que probablemente se trataba de los dos. De repente, un grito desgarrador la llenó de terror.
— ¿Qué fue eso? — preguntó Anna.
— No es nada que usted necesite saber, princesa— respondió el guardia que la recibió en la entrada. Anna temió que aquella cárcel subterránea fuera una especie de centro de tortura. El soldado se detuvo. Se hallaban frente a una puerta de hierro.
— Siga – respondió una voz masculina. Anna se encontró a sí misma en una elegante oficina completamente equipada de muebles antiguos. En el escritorio se encontraba un hombre joven que no debía ser mucho mayor que ella. Era pálido, de cabello negro pegado al cráneo, pero había algo en su expresión que le daba miedo. Parecía alguien que ha pasado mucho tiempo en aquella prisión, y que de una bizarra manera, disfrutaba haciéndolo.
— Princesa Anna. La hemos estado esperando desde hace días. Por favor, siéntese— dijo el sujeto.
— Mi nombre es William Bloom y soy encargado de esta cárcel — dijo. Después se dirigió a los soldados que la escoltaban — por favor, déjennos solos.— los soldados salieron y el carcelero le hizo una seña para que se sentará en una de las dos sillas frente a su escritorio. William se sentó junto a ella.
— Dígame una cosa princesa Anna ¿no le parezco siquiera un poco familiar? — preguntó en un tono menos formal. La princesa lo miró con atención. La verdad era que se veía como alguien conocido. Los ojos verdes, la mandíbula y su porte elegante era Westgard, pero su apellido no era el mismo.
— N-no lo se — tartamudeo Anna.
—Soy uno de los hijos bastardos del heredero al trono. Papá me puso al frente de esta cárcel, y ahora estoy a cargo de usted— le explicó.
— ¿Qué quieren de mi? ¿Porqué estoy aquí? ¿Cuanto tiempo me tendrán en este lugar? — preguntó Anna asustada.
— Hasta que nos de respuestas. Queremos asegurarnos de que usted es la única heredera al trono de Arandelle — contestó William. En ese mismo momento, un nuevo gritó llenó el ambiente. Anna supo con toda seguridad que aquel era un centro de tortura. Se sintió palidecer, no podía creer que esto le estuviera sucediendo.
— Yo no sé de que están hablando. Le juro que yo soy la única heredera — dijo Anna con la voz temblorosa mientras sentía que las lágrimas se formaban.
— Eso tendrá que esperar, alteza — respondió William. — por ahora, lo mejor será que le mostremos su celda.
Anna permaneció en silencio mientras la conducían por una serie de pasillos que se extendían frente a sus ojos como un laberinto. Finalmente, llegaron a su celda. Era muy pequeña, tenía una cama destartalada en la esquina y una miserable ventana baja que daba a la rocosa costa. Los sujetos le quitaron las esposas y la lanzaron dentro de la habitación sin menor ceremonia.
Cuando Anna se encontró sola, se sentó en la cama. Un mes atrás, ella creyó que su situación no podría empeorar, todo parecía negro y terrible. Pero esto era definitivamente peor.
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Pasaron un par días antes de que Anna volviera a saber de su carcelero. Cuando un soldado la levantó bruscamente y le ordenó que lo acompañara. La princesa estaba aterrada. El sol aún no salía y algo le decía que su interrogatorio finalmente daría inicio. Tras una corta caminata, llegaron a una sala en la que tan sólo había una pesada mesa de madera. Después de recibir las instrucciones de William, ella se sentó al lado opuesto.
— Buenos días alteza — la saludo William.— Creo que usted ya sabe que voy a preguntarle— continuo.
— Le juró que yo no se nada. Elsa y yo siempre fuimos las únicas hermanas. Papá jamás habló de la existencia de otro heredero — se apresuró a contestar Anna.
— Eso está por verse, alteza — respondió William. Él la tomó por el brazo, y la llevó sin ninguna delicadeza por los pasillos, hasta que llegaron a una nueva sala. Anna se horrorizó al oír nuevos gritos, se escuchaban cada vez más fuertes, casi como si se encontraran en la habitación continúa.
Cuando entraron, no encontraron más que otra larga mesa de madera con dos sillas. Pero, Anna se horrorizó al ver que aquella habitación era una especie de balcón que daba contra otra, en donde se encontraba un hombre amarrado de pies y manos sobre una larga plancha. Ella apenas pudo mirarlo por algunos segundos, ya que el pobre lucía enrojecido y ensangrentado.
Anna cerró sus ojos con todas su fuerzas y volteó el rostro para no tener que ser testigo de aquel horror. De repente, sintió que alguien la rodeaba por la espalda, mientras sostenía sus dos manos con una de las suyas, y tenía su mandíbula fuertemente agarrada haciendo que mirará hacia el frente.
— Abre los ojos — le ordenó William — Abre bien los ojos. Tu sabes bien que esta podrías ser tu si no cooperas con nosotros— dijo el carcelero. A pesar de la amenaza, Anna se resistió con todas sus fuerzas a abrirlos, sentía que si hacía lo que él quería, se estaría convirtiendo en una especie de cómplice silenciosa de todo aquello.
De repente, sintió que él soltó su quijada, y su mano fue reemplazada por el filo de un cuchillo. Ella abrió los ojos instintivamente.
— Buena niña — murmuró el sujeto — ahora dime la verdad ¿Existe algún heredero a la corona de Arandelle?
— No — contestó Anna mientras que trataba de mirar hacia el techo.
—¿ Estas segura? — preguntó William.
— Por favor, por favor— pidió Anna sintiéndose desfallecer por el temor, pero el firme agarre de William y el cuchillo bajo su mandíbula se lo impedían.
— Yo soy la única heredera al trono de Arandelle— dijo Anna.
— No lo creo. Debe existir algún primo lejano, un hermano bastardo, algo por el estilo— insistió el carcelero.
— No. Papá era hijo único. Él nunca tuvo amantes. — aseguró la princesa.
— Mira bien — dijo el sujeto mientras la forzaba a pararse derecha y mirar al frente — tu sabes bien que si alguien llega a desmentir lo que me has dicho, esto será lo que te pasará.
— Ese pobre hombre, ¿esta muerto? — preguntó Anna.
— No, pero ya quisiera estarlo— respondió William — al igual que tu, si descubrimos que estas mintiendo.
No pasó mucho tiempo antes de que la devolvieran a su celda. Anna estaba exhausta. Puede que hubiera tenido la suerte de no ser torturada, pero aquello la había aterrorizado. La princesa pasó otro par de días en su celda sin tener contacto alguno más que el guardia que le llevaba una mísera porción de comida una vez al día. Para distraerse, pasaba horas sentada junto a la pequeña ventana en la parte baja de la pared, en donde miraba hacia el puerto, a la gente pasar y al mar chocar contra las rocas de la Isla.
Anna no podía dejar de preguntarse que habría sucedido con Hans. Quería creer que había sanado y se olvidó de ella. Pero, algo en su interior le decía que él no había vuelto por razones ajenas a su voluntad, y eso la aterraba, ya que significaría que su único aliado en aquella tierra hostil seguía en peligro de muerte.
Al tercer día desde su último encuentro con el carcelero, un soldado volvió a abrir la puerta y a conducirla por los mismos pasillos de las veces anteriores. Finalmente, llegaron a una habitación que Anna se tardó en reconocer: se trataba de la sala de torturas en donde había visto a aquel hombre.
— ¡No! — gritó Anna al tiempo que corría hacia la puerta y la empujaba. Sin embargo, los guardias la sostuvieron con fuerza hasta que alguien entró a la habitación.
— Tranquila princesa — dijo William mientras caminaba hacia ella — sólo vamos a hacerle unas preguntas hasta que tenga la gentileza de contestarnos— le dijo el sujeto en un tono dulzón que le puso los nervios de punta.
— Ya les dije que yo soy la única heredera al trono de Arandelle. No queda nadie más con derecho al trono. — insistió desesperada.
— Usted debe entender que como están las cosas, no podemos creerle, debe haber algo de persuasión— dijo. En ese momento, sus miradas se encontraron. Anna entendió porque la familia Westergard escogió a una persona tan joven para ser el carcelero de las mazmorras del palacio. Él realmente disfrutaba su trabajo.
— Usted es un monstruo— murmuró Anna ante aquella perturbadora revelación.
— Me han dicho de muchas formas, escoria, bastardo aberración, pero nunca monstruo. Felicidades princesa Anna, usted es la primera.— dijo el sujeto.
— Colóquenla la en la mesa— ordenó William. Anna fue colocada como él lo ordenó, y sus pies y manos atados en la misma posición del hombre de unos días atrás. Anna no dejó de gritar y luchar mientras lo hacían.
— Le preguntaré una vez más— empezó William — ¿existe otro heredero al trono?
— No. No quedábamos más que mi hermana y yo — respondió. Anna languideció al sentir el contacto de metal caliente contra sus dedos. Sin embargo, el objeto apenas pudo tocarla.
— ¡No! — gritó William quien le golpeó brutalmente al guardia, haciéndolo sangrar— todos escucharon las órdenes del abuelo. No podemos dañarla en lugares visibles— dijo. Anna entendió todo el asunto, y se calmó por unos instantes, pues aquello significaba que aún no la querían muerta, y que tampoco la herirían de tal manera que no pudieran presentarla ante el público. Ella podría soportar, tendría que hacerlo, era lo mínimo que le debía a su hermana mayor por su sacrificio.
— Princesa — comenzó nuevamente William — dígame algo ¿hay algún heredero que desconozcamos? — preguntó.
— No lo hay. Por favor
— Quítenle las enaguas. Tiene que ser en las piernas, nadie se dará cuenta allí. — dijo el carcelero. Anna contuvo la respiración mientras que sentía el airé entrar por debajo de sus faldas las que levantaron hasta la altura de la cintura.
— Una vez más, princesa Anna. ¿Usted sabe si existe otro heredero que pudiese ocupar el trono de Arandelle? — preguntó William.
— Le juró que no se nada — mintió Anna.
— háganlo.
Anna sintió un dolor indescriptible, pues la golpearon a través de los pantalones largos que usaba debajo de las enaguas. Pero insistió en su versión. Aquello duró unos cuantos minutos más.
— Ya le dije que no se nada. Por favor, déjeme en paz— insistió.
— Una última vez, de lo contrario, le pediré a los guardias que procedan con las espadas calientes — dijo tranquilamente William.
— No se nada — continuó Anna.
— Prosigan. Pero que sea en las piernas. — Ordenó. Uno de los guardias rasgó sus pantalones a la altura del muslo. Anna pensó que se desmayaría, pero no tuvo la buena suerte de hacerlo. Un dolor incomparable. El hierro caliente se adhirió a su piel y la quemó, ella no pudo hacer otra cosa más que gritar.
—¿Lista para confesar? — preguntó William.
— No tengo nada que confesar — gritó Anna. William soltó un bufido.
— Esto es inútil— dijo el carcelero. — papá estaba en lo cierto. Esta princesita no sabe nada de nada, y tampoco es muy buena resistiendo el dolor — les comentó a los otros guardias.
— Pónganla de vuelta en la celda — ordenó William. Anna jamás supo como logró encontrar las fuerzas necesarias para llegar caminando a su celda. Lo único que supo fue que se desplomó en cuanto llegó allí.
Anna pasó varias horas tendida en su cama, preguntándose si en realidad habría triunfado o si tan sólo estarían preparando una forma de hacerla sufrir aún más. La noche llegó, y ella no había vuelto a recibir la visita del carcelero. Finalmente, reunió fuerzas para ponerse de pie y sacar un peine del equipaje de mano que le habían permitido conservar.
Anna se sentó junto a la ventana y comenzó a deshacer sus trenzas.
— Tienes visita — dijo la voz de William desde la parte de afuera de su celda.
— ¿Hans? — preguntó Anna emocionada, pero al darse vuelta, tan sólo se encontró con el indeseable rostro de Rudi. La princesa volvió a su posición original, y siguió mirando por la ventana.
— No parece muy emocionada de verte — opinó William.
— Cierra la boca — le respondió Rudi — Anna, si me lo pides amablemente, yo puedo mejorar tu situación. — dijo, esta vez dirigiéndose a ella. Anna no contestó, ni siquiera se volteó a mirarlo.
— Y aún así, ella prefiere quedarse conmigo— se burló William soltando una estridente risa.
— He dicho que cierres la boca — le gritó Rudi. Luego, regresó su atención a Anna — sabes que es una excelente propuesta. Hans sigue enfermo. Él no puede protegerte, pero yo si puedo, ven conmigo.
Anna se sintió tentada por la propuesta. Las quemaduras y golpes en sus piernas aún le dolían, y si seguía en aquel ambiente sucio y sin tratamiento, podrían ulcerarse o infectarse. Sin embargo, sabía bien lo que equivaldría aceptar la propuesta del príncipe. Ella no quería convertirse en su juguete personal. La princesa no contestó.
— No importa lo que tu quieras — dijo Rudi con resentimiento, al ver que ella ni siquiera se dignaba a contestar— mañana por la mañana vendré por ti. — la amenazó. Al escuchar aquello, Anna dio media vuelta y lo observó marcharse, nunca había esperado que él se atreviera a darle una amenaza de aquella clase. Rápidamente, volvió su atención hacía la ventana.
Una serie de pisadas se escucharon en el interior de la prisión. William entró a la celda, caminó hasta que se encontró justo al lado de Anna y se agachó junto a ella.
— Yo de ti, aceptaría su propuesta, bien sabes que tomará lo que quiere, aún si tu se lo permites o no. Así son todos los Westgard— opinó William.
— Tu eres un Westgard — respondió Anna quien lo miró por encima de su hombro.
—Ellos no lo creen así — dijo el carcelero — tan solo soy uno de los tantos deslices de el príncipe heredero— comentó. Anna tan solo permaneció en silencio. De repente, el llevó sus manos a su flequillo y lo retiró con las yemas de sus dedos.
— Cuando llegaste aquí pensé que eras toda una rareza. Normalmente, papá y el abuelo no me dejan jugar con algo tan lindo como tú. Ellos pusieron demasiadas condiciones, y no puedo continuar con mi interrogatorio. Es una lastima, sé que eventualmente hubieras hablado — comentó.
— Ya le dije que no sé nada — repitió Anna.
— Eso es mentira. — afirmó el carcelero — me hubiera gustado que el abuelo no hubiera puesto tantas reglas para interrogarte. Debes ser algo especial ¿no es cierto? — dijo William con sorna en su voz.
— ¿A que se refiere? — preguntó Anna frunciendo el seño.
— Tienes a tío Rudi comiendo de tu mano. Escuché que tío Hans te ha llamado varias veces desde su lecho de muerte.
— ¡Lecho de muerte! — exclamó horrorizada.
— Está muy enfermo, algunos dicen que podría morir, todo depende de la suerte. — opinó William. — sea lo que sea lo que les has dado a esos dos, yo quisiera que me dieras un poco. Pero es impensable que un bastardo como yo pudiera tener a una heredera legitima como tu. Supongo que debiste tener una vida fácil y hermosa antes de la invasión, casi siento envidia — murmuró en su oído. Anna se estremeció y volteó su rostro hacía la ventana nuevamente. Ella no era tonta, conocía muy bien las implicaciones de su sugerencia, y no quería alimentar a otro potencial acosador, eso era lo último que necesitaba en aquel momento.
— Te da miedo lo que pueda hacerte Rudi ¿no es verdad? — preguntó William. — colabora conmigo, y no dejaré que te lleve. Yo sé que existe otra persona que podría suceder al trono, necesito saber su identidad.
— No hay tal — dijo Anna quien se volteó y lo miró a los ojos.
— Piénsalo muy bien. Si llegas a cansarte de él, serás bienvenida aquí. Incluso, si colaboras como es debido, papá podría hallar una forma para devolverte a Arandelle — propuso el carcelero mientras cerraba la celda nuevamente.
Anna sabía que aquel sujeto había encontrado su punto débil. Ella estaba aterrorizada de tener que dejar aquella cárcel al día siguiente. Su instinto le decía que aquello no era más que la extensión de su tortura. Por ordenes de su padre y abuelo, William no podía herirla físicamente, pero eso no quería decir que no pudiera dañarla de otra manera. Rudi era el medio adecuado para hacerlo. La princesa no durmió aquella noche. Las pesadillas se mezclaban con el dolor y la realidad. Miles de demonios aparecieron en sus sueños, y la gran mayoría tenían el rostro del carcelero.
La luz del sol apenas se había filtrado por la pequeña ventana, cuando Anna sintió un brusco despertar. Alguien la levantó de su cama, por lo que abrió los ojos lentamente, y se dio cuenta de que se trataba de uno de los guardias, mientras que otro se ocupaba de recoger sus cosas y ponerlas sin el menor cuidado dentro de su bolso.
— Es hora de irse— dijo el soldado que la había puesto de pie. Anna sintió sus piernas flaquear, le dolían muchísimo. Las heridas habían empeoraron durante el trascurso de la noche. El mismo guardia pasó la mano de la princesa por su hombro y la ayudó a llegar hasta la entrada.
— ¿Qué fue lo que le pasó? — preguntó Rudi de mal humor, en tanto el guardia la subía al carruaje.
— El interrogatorio — respondió el sujeto.
—No te preocupes — añadió William quien se unió a ellos sin que Anna se diera cuenta. — sanará en un par de días. — comentó. Ella no tuvo plena conciencia de lo que pasaba a su alrededor. Tan solo se dejó llevar por el guardia y calló dormida en el cómodo acojinado del carruaje.
— Anna— despierta — Anna — la llamó una voz masculina que le palmeaba la mejilla. Ella abrió sus ojos muy lentamente, y se encontró con Rudi quien la miraba con expresión aburrida. Hubiera querido creer que se encontraba en otra de sus pesadillas, pero ese no era el caso. Anna se levantó y se arrinconó en la silla del carruaje, como si con ello pudiese protegerse.
— No hagas esto más difícil, Anna. Estas malherida, si tengo que empujarte fuera del carruaje, tan solo lograré lastimarte más— la amenazó el príncipe. El instinto de supervivencia de Anna le dijo que obedeciera, pero su terquedad fue más fuerte. Ella gritó cuando sintió el agarre en su antebrazo. Rudi no estaba bromeando. Literalmente, la lanzó del carruaje. Anna cayó desde el vehículo hasta el piso de grava. El dolor fue insoportable.
— Todo contigo tiene que ser de esta manera. ¡Estoy harto! — exclamó al tiempo que él bajaba del carruaje y que un par de mucamas la ayudaban a levantarse — Una persona racional se ayudaría un poco, pero tu tienes que hacer todo más difícil— se quejó.
— Necesito un doctor — dijo Anna con la boca seca, la voz quebrada y los ojos llorosos — No puedo caminar. Me duele mucho.
— Eso es claro, también necesitas un baño urgentemente — asintió Rudi observándola. Después, desvió su atención a la ama de llaves. — señorita Mirtle, ¿podría ayudarme con eso? Mandaré que le consigan algo de ropa, y una pijama decente.
Anna fue conducida hasta la tina. Nunca antes un baño se había sentido tan bien como en ese momento. Aquel instante fue ideal para inspeccionar las heridas. Sus piernas se hallaban completamente amoratadas e hinchadas. Ella ya tenía experiencia con ese tipo de moretones, cuando era niña solía sufrirlos todo el tiempo, por lo que reconoció que la gran mayoría no dejarían marca. Sin embargo, la quemadura de la espada ardiente sí quedaría grabada en su muslo. Aquella cicatriz era la que más dolía.
— Ya tengo lista su pijama señorita, me costó mucho trabajo conseguirla — dijo la una de las mucamas que entró al baño y le dirigió una tímida sonrisa. Anna solo sonrió como respuesta, y se levantó con dificultad de la tina, en tanto la chica corría a secarla y ayudarla a vestir. Fue cuestión de minutos antes de que se hallara en una cama increíblemente cómoda, con un plato de sopa en las manos.
— ¿En donde estoy? — preguntó Anna mirando a su alrededor. Su habitación era más que ostentosa, había muebles del siglo pasado cubiertos con hojilla dorada, las paredes eran azul claro y su cama ancha y cómoda.
— En Villa Krieg. — contestó la chica — esta es la residencia de su alteza el príncipe Rudi Westgard — respondió la mucama con tanta formalidad que por poco hace sonreír a Anna.
— Oh— fue lo único que atinó a responder Anna.
El doctor llegó pocos minutos después de aquella conversación, y la atendió con la mayor diligencia. Anna se alegró por ser tratada con tantos cuidados, probablemente, se había equivocado respecto a Rudi, él no era completamente malo. Después de todo, había hecho todo aquello por ella sin pedir nada a cambio.
— Ya puede cubrirse — dijo el anciano doctor después de que hubiera revisado las heridas. Anna volvió a meterse en la cama.
— Doctor.
— ¿Sí? — preguntó el anciano.
— De casualidad ¿usted ha tratado al príncipe Hans? — preguntó Anna.
— Sí. Yo soy el medico de la corte, trato a todos los miembros de la familia real.
— Por favor dígame cómo se encuentra — pidió Anna.
— El está mejorando. Me atrevería a decir que ya está fuera de peligro. Es un milagro, la herida fue muy profunda. El marino que cometió el crimen ya fue colgado — le comentó.
— ¿Marino? ¿qué marino? — preguntó Anna alarmada.
— El que hirió al príncipe Hans — explicó el doctor.
— Rudi hirió al príncipe Hans, no fue ningún marino — dijo la chica.
— Eso no concuerda con la versión de los príncipes. Su alteza, el príncipe Frederick dijo que había sido obra de un marino. El príncipe Hans se embriagó, y peleó con uno de los miembros de la tripulación. Era un grumete o algo así— comentó el anciano.
— Eso no es cierto. Rudi trató de propasarse conmigo. Él estaba completamente borracho e hirió a Hans, quien trató de defenderme— narró Anna — por favor, dígame algo ¿recuerda el nombre del marino? — preguntó la princesa quien temió por la vida de los amigos de Hans.
— Harald — respondió el doctor. Anna suspiró aliviada, pese a que aún se hallaba triste y furiosa por el pobre hombre que había tenido que pagar por los crímenes de un malcriado príncipe. Definitivamente, se había equivocado. Rudi era tan malo como había pensado en un principio.
Anna se quedó sola tras la visita del doctor, y por primera vez desde su llegada a las Islas del Sur, pudo dormir tranquilamente. Ya había caído la noche, cuando sintió un peso junto a ella que la despertó. Había alguien más en aquella cama. La princesa abrió los ojos y miró hacía la ventana. Trató de levantarse, pero un brazo la rodeó e impidió que se levantara.
— Quieta. Aún no estás en condiciones de levantarte — dijo Rudi. Anna no podía ver su rostro, ni quería hacerlo. Estaba completamente aterrada.
— Aún estoy herida. Por favor, déjeme descansar esta noche — pidió.
— Supongo que no me queda otra opción— aceptó Rudi, quien pasó una mano por su cintura y la acercó a él — ello no impide que podamos dormir juntos.
— Esto no está bien — arguyo Anna — solo las personas casadas pueden dormir juntas. — dijo. Rudi no contestó, tan solo se rió suavemente y se pegó más a ella. Anna sintió una de sus manos en sus senos. Aquel toque se sintió asqueroso e intrusivo, ya que tan solo llevaba puesta una pijama.
— Déjeme dormir en paz — dijo la princesa molesta, mientras que lo apartaba con el codo. Pero él no se alejó, tan solo la apretó con más fuerza. Anna se quejó por el dolor que le produjo aquello, pero no se movió. Se había dado por vencida.
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Al final, resultó que Anna no pudo dormir como lo había deseado, ya que sintió manos recorrerla durante toda la noche, sentía asco tan solo al recordarlo. Parecía que Rudi quería conocer y amoldarse a cada uno de los rincones escondidos detrás del camisón. El peor momento fue cuando él perdió la paciencia, la volteó bruscamente, y la besó en los labios. Para Anna los besos siempre habían sido cuestión de "amor verdadero", ese tipo de cosas que se leen en los cuentos de hadas, no actos brutales como el que tuvo lugar el día anterior.
— Princesa Anna — llamó una de las mucamas quien se encontraba tras la puerta de su habitación — Hay alguien que quiere verla, él dice que… — la muchacha no logró terminar la frase, ya que el sujeto entró sin ser invitado: se trataba de William.
— Buenos días princesa — saludó el carcelero, quien se dirigió a la mucama — largo — le ordenó. La chica dudó por unos momentos, pero, finalmente se marchó.
— ¿Qué quiere? — preguntó Anna furiosa, mientras que él pasaba y cerraba la puerta.
— Solo quería saber como había pasado la noche, alteza— se burló el sujeto — pero, también quiero repetir mi pregunta ¿existe alguna otra persona que pueda llegar a ser heredera del trono de Arandelle? — insistió el carcelero.
— No — repitió Anna.
— Bien — dijo mientras se ponía de pie — si la respuesta cambia, no olvide mandarme llamar. Papá la sacará de aquí. Pero, si usted disfruta tanto la compañía del tío Rudi, será mejor que se quede con él. Buenos días.
Anna no volvió a ver a Rudi hasta la noche, cuando entró a la sala de estar donde se hallaba descansando con su elegante atuendo para montar y un paquete repleto de cosas. Anna ya había recuperado un poco de su fuerza, por lo que decidió recorrer la enorme casa y tomar el té en uno de los tantos salones. Al príncipe se le iluminó el rostro cuando la vio sentada en frente a la chimenea. Ella comprendió que había cometido un gravísimo error.
— Hola Anna, te ves hermosa esta tarde. Veo que ya puedes caminar, parece que sanas rápido — opinó el príncipe mientras se sentaba al lado de ella y le ponía una caja en el regazo. — te compré chocolates. Pareces del tipo de mujeres que le gustan los chocolates, así que pensé que sería un gran detalle para celebrar, también traje champagne — comentó sacándola del paquete y poniéndola en la mesa.
— Yo no tengo nada que celebrar — respondió Anna haciéndolos a un lado. Ella nunca pensó que llegaría el día en el que despreciaría una caja de chocolates.
— Si lo tienes— corrigió el príncipe en tanto sacaba un trio de finos camisones de seda y los ponía en su regazo como hizo con los chocolates — papá le ordenó hace un par de horas a William que acabara tu interrogatorio. El pequeño bastardo por poco se niega hacerlo — dijo el príncipe con una sonrisa.
— Él insiste en que tu le escondes algo. Yo tuve que intervenir, les dije que eres inofensiva como una mosca, y que estarás bien bajo mi cuidado. Como siempre, mamá trató de arruinar la diversión, pero papá la puso en su lugar — comentó.
Anna no pudo más que sentir desprecio por este niño malcriado, demasiado enamorado de sí mismo como para ver más allá de su reflejo. A él jamás se le ocurrió pensar que ella podría ser una amenaza real. Para un sujeto como aquel, el mundo era un patio de juegos, y todos en él estaban con el único propósito de satisfacer sus deseos. Era extraño ver a una persona como aquella después de haber conocido a alguien como el carcelero, después de vivir lo que ella vivió. Rudi andaba por la vida como si todo fuera chocolate y champagne, sin que sus acciones tuvieran consecuencia alguna, sin tener la menor idea de que había un submundo habitando bajo sus pies. Mucha sangre había corrido para que él tuviera el lujo de tener su chocolate y champagne en aquella lujosa villa perdida en la mitad de la nada.
— Eso significa que eres libre, Anna —dijo Rudi. Después, paso su brazo por encima de sus hombros y la acercó a él.
— ¿No puedo usar vestidos? — preguntó Anna al ver que no había nada más dentro de la bolsa de papel.
— ¿Para que quieres hacerlo? —preguntó — aún necesitas recuperarte. Además, no vas a salir a ninguna parte, y me gusta mucho verte caminado así por mi casa— comentó en tanto le dedicaba una sonrisa desagradable.
— Quiero ver como están tus piernas — dijo Rudi mientras que le levantaba el camisón. Anna sostuvo la tela mientras soltaba un gruñido. — Ya no se ven tan hinchadas como ayer. Creo que sobrevivirás — opinó.
— ¿A que te refieres? — preguntó Anna.
— Oh, Anna ¿de verdad tengo que explicártelo? — preguntó con la misma sonrisa desagradable en los labios. Rudi se quitó la chaqueta, el cravat y el chaleco
— ¡No! — negó Anna al tiempo que se ponía de pie, corría hacia la puerta, y luchaba con el picaporte. Rudi permaneció sentado en el sofá en tanto destapaba la botella de champagne y servía una flauta.
— No te molestes en intentarlo — dijo Rudi mientras que hacía un elegante ademan con la flauta de champagne. El príncipe termino toda su bebida de un solo trago, se sirvió la segunda y la tercera, consumiéndolas como si fuesen aire. Después, se puso de pie, caminó hacía ella, la sostuvo fuertemente por el brazo y la empujó al piso con gran facilidad. Anna cayó sobre la alfombra, muy cerca de la chimenea. La princesa trató de levantarse rápidamente, pero él no la dejó hacerlo, ya que se colocó sobre ella como lo hizo el día de la invasión en la sala detrás del trono.
Anna sabía que había motivos por los que lamentarse, por su hermana, por su hogar perdido, por el prometido al que abandonó y por la gente a la que le falló. Pero ya no quedaban más lagrimas, ni fuerza en su interior. A pesar de todo, ella luchó mientras él continuaba levantando su ropa, pues sabía lo que pasaría si dejaba de hacerlo. El dolor y la brutalidad de aquello fueron indescriptibles.
Elsa, ya no lo soporto más, no puedo seguir.
Elsa, estoy en el infierno
Llévame contigo, por favor…
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Decir que Anna se despertó a la mañana siguiente hubiera sido inexacto, ya que ella no cerró los ojos en toda la noche. Después de que Rudi terminó con ella, cayó rendido a su lado. Su pesado brazo se enredó en su cintura por lo que no tenía la opción de escapar. Aún era de madrugada cuando él despertó.
— Buenos días — dijo reincorporándose.
Anna se estremeció al separarse de él. Los recuerdos de la noche pasada aún estaban vividos en su memoria, a través de escenas o impresiones que no creía poder olvidar nunca. Como el desagradable sentimiento de su aliento contra su mejilla, los sonidos que él produjo mientras estaba dentro de ella y el asqueroso sentimiento de su piel desnuda en pleno contacto con la suya.
— Fue una mala idea haber dormido en el piso — dijo Rudi mientras se frotaba el cuello — me duele todo — afirmó. Anna miró su espalda. Ciertamente, él no lucía fuerte o poderoso como lo hacía Kristoff, pero se estremeció al pensar que él había tenido la fuerza necesaria para someterla. Ella nunca se sintió tan débil y patética como en ese momento.
— Deberíamos ir a la cama, y tratar de dormir un par de horas antes de que salga el sol — sugirió Rudi. Él observó por encima de su hombro, y se dio cuenta de que Anna aún se encontraba tendida en el piso y lo miraba con los ojos acuosos, llenos de tristeza y furia.
— ¿Por qué todo tiene que ser así contigo? — preguntó el príncipe exasperado — hubiera podido ser una experiencia agradable para ti también, pero tuviste que hacerlo todo más difícil. Cúbrete — le ordenó. Anna no tuvo que pensarlo dos veces, se levantó y rápidamente se puso su camisón. La prenda se hallaba un poco rasgada en el cuello, pero se podía usar.
— Noté que no eras virgen — comentó Rudi mientras se vestían, había verdadera curiosidad en su voz. — ¡contesta! — le gritó al ver que ella permanecía en silencio.
— Iba a casarme el día de la invasión. Nunca pensé que mi vida terminaría de esta manera — contestó Anna. De repente, ella se percató que él la miraba con curiosidad.
— Así que lo que Hans dijo era verdad. Tu no tenías la menor idea de lo que estaba sucediendo hasta que ocurrió la invasión — murmuró contemplativamente, después, negó con la cabeza — eso sí que debió doler.
— Yo no tenía la menor idea — murmuró Anna fríamente.
Anna pensó que lograría tener algo de paz aquella mañana. Desafortunadamente, era domingo, lo que significaba que él no tenía nada que hacer. Los dos pasaron toda la mañana bajo las sabanas de su cama. Bien parecía que Rudi quería recrear el ambiente de una pareja enamorada en pleno romance, en medio de una idílica escena de sabanas blancas y caricias, pero ella no estaba dispuesta a complacerlo. Él no pareció molestarse por su falta de entusiasmo, solo continuó reviviendo lo de la noche anterior una y otra vez durante él día.
— Siempre pensé que tu primera vez fue con Hans — comentó Rudi quien estaba acostado junto a ella, con la satisfacción desbordándole por los poros.
—No. Nosotros no nos conocimos lo suficiente como para que aquello sucediera — comentó Anna.
— Entonces, ¿por qué decidiste casarte con él tan rápido? — preguntó Rudi.
— Ya no lo sé. Pensé que si me casaba con él habría un cambio. Él llegó con una promesa de algo nuevo. Pensé que no volvería a estar sola, y que Elsa por fin aceptaría vivir con las puertas abiertas. Al final, ella estaba en lo correcto. Él no era más que un farsante — murmuró Anna. No sabía porque le contaba aquello, pero siguió hablando casi sin pensarlo.
— Hans siempre fue muy ambicioso — respondió Rudi, quien se sentó con la espalda recostada en la cabecera de la cama y cruzó los brazos — él siempre fue diferente a todos, andaba por el mundo creyéndose mejor, siempre talentoso, era un buen espadachín, tenía talento con las mujeres, incluso los caballos lo preferían. Aunque, tengo que reconocer que ninguno de nosotros se habría atrevido a hacer lo que él hizo, más por miedo que por principios — comentó.
— Mamá siempre lo prefirió — murmuró Rudi. Aquel comentario sonó aislado e inconexo con el resto de la conversación, pero Anna entendió que había todo un trasfondo detrás de aquella afirmación. Al parecer, aquello era todo un asunto entre los dos hermanos.
Ya estaba cayendo el sol cuando Rudi recibió un mensaje del castillo. Él no le explicó de que se trataba. Anna intuyó que debía ser importante, pues él partió en seguida. Finalmente, Anna pudo tener el instante de paz que tanto había deseado durante todo el día. Para comenzar, se dio un buen baño caliente, asegurándose de frotar con la esponja lo más fuerte posible. Después, se vistió con uno de los camisones, adecuándolo para que se viera como un vestido, con ayuda de un chal, un corpiño y un cinturón que encontró entre los restos de la ropa que trajo de la cárcel. La princesa bajó a la cocina en donde tan solo encontró a un par de mucamas y a una cocinera de mediana edad. Al parecer, Rudi no era del tipo que le gustara grandes cantidades de servidumbre.
— Buenas tardes Alteza — la saludaron las tres mujeres quienes hicieron una reverencia al verla.
— Buenas tardes contestó Anna. Lamento interrumpirlas, pero necesito algo y quisiera saber si pudieran ayudarme a conseguirlo — dijo la princesa envolviéndose en su chal.
— Por supuesto — asintió la cocinera sorprendida— ¿qué necesita, alteza?
— Una planta de ruda — respondió sencillamente Anna. las mucamas y la cocinera se miraron entre sí. Era un secreto a voces que aquella planta tenía atributos abortivos. La princesa siempre vio la ruda en gran numero de macetas y jardines de Arandelle. Los adultos solían decirle que aquella planta era buena para alejar los malos espíritus. Sin embargo, no fue sino hasta que llegó a la pubertad, que su nana le reveló que a menudo era utilizada para inducir abortos. Anna no podía saber si estaba embarazada, pero quería asegurarse de que aquello no sucediese.
— No lo sé alteza. No creo que… — se apresuró a contestar una de las mucamas, quien estaba segura de que podrían meterse en problemas con el príncipe por aquello.
— Yo la buscaré para usted — la interrumpió la cocinera. Anna vio compasión y comprensión en su maternal y regordete rostro.
— Gracias. Muchas gracias— repitió Anna.
Anna no estaba segura si aquella creencia común respecto a la ruda era acertada o no, pero lo que sí sabía, es que un mes con dos semanas después, no estaba embarazada, así que siguió tomándola cada tercer día. No podía creer lo rápido que había pasado el tiempo, ya llevaba un poco más de un mes viviendo en Villa Krieg. Las condiciones no habían cambiado desde su llegada. Rudi seguía tan brutal y cruel como lo fue desde el primer día en que llegó a su casa. Cada noche, él venía a su habitación y abusaba de ella. Pero, lo que más temía Anna eran los fines de semana, en los que el príncipe no tenía otra cosa que hacer que pasar tiempo con ella en su cama.
A pesar de lo anterior, sus heridas en las piernas estaban sanando, y eso la alegraba. Anna no volvió a recibir visitas del carcelero. Sin embargo, en un par de ocasiones ella se había dado un susto de muerte al asomarse a la ventana y encontrarse con una figura siniestra que la observaba desde un caballo negro. William tan solo la miraba desde el animal. Ellos nunca cruzaron palabra, pero la princesa sabía que estaba repitiendo silenciosamente su propuesta. Anna se sintió tentada a aceptar la oferta del carcelero, pues el último fin de semana en Villa Krieg fue especialmente horrible. Rudi no tenía el menor tacto, ni compasión.
— Quisiera salir al pueblo, ya he pasado casi dos meses en las Islas del Sur y no conozco más que la cárcel del castillo y tu casa — se quejó Anna durante el desayuno mientras que tomaba su café y pan con hojas de ruda en el medio.
— No podrá ser— se negó Rudi — nadie sabe que estás en las Islas del Sur. Las ordenes de papá son claras, nadie puede saber que estás aquí hasta que él decida.
— ¿El sabe lo que me estás haciendo? — preguntó Anna con un toque de sarcasmo en su voz.
— Él me conoce, de seguro se lo imagina — respondió Rudi encogiéndose de hombros — No sé que es lo que está planeando, pero me dio vía libre para que hiciera lo que yo quisiera contigo, y yo pienso aprovechar mi oportunidad — dijo de tal manera que Anna entendió que la conversación estaba finalizada.
— ¿Y que hay de un vestido? Me gustaría usar ropa de verdad. — comentó Anna quien siguió untando la mermelada en su pan para cubrir el sabor de la planta. — o aún mejor, quisiera mi propio equipaje.
— No puedo conseguir tus maletas. Mamá las tiene, y con ella no puedo negociar, no me las entregará — comentó el príncipe. Anna entendió que su mamá no aprobaba lo que él le estaba haciendo. Un mes antes, le había contado que ella no quería que ella viviera en Villa Krieg. Anna sintió simpatía por la reina sin si quiera conocerla.
— Pero puedo conseguirte un par de vestidos si es que lo deseas — propuso Rudi.
— Eso suena bien, me siento como una loca caminando vestida así— dijo Anna señalando su corpiño y su camisón. Rudi sonrió.
—Te ves bastante curiosa — reconoció haciéndole entender que se veía ridícula.
Al final del día, Anna tenía un par de vestidos nuevos, bastante sencillos, de color lila pálido, ligeros y con pocas enaguas, lo que los hacía muy cómodos. Ella no tenía la menor idea de donde pudo haberlos sacado tan rápido, pero se alegraba de poder usar ropa de verdad.
La mañana de aquel sábado fue horrible, al igual que todos sus fines de semana y sus noches, durante la tarde tuvo algo de paz, al enterarse de que Rudi iría al pueblo más cercano a tratar unos negocios. Al contar con sus vestidos de verdad, Anna no dudó en salir al jardín, en donde le dedicó unos momentos a cuidar las flores y a jugar con los perros de caza del príncipe.
La princesa ya había hecho buenas relaciones con las mucamas y la cocinera. Ellas eran agradables y le colaboraban en todo lo que podían. Su compañero favorito era Jacob, el hijo de ocho años de la cocinera, quien se encargaba de los establos y que parecía tenerle un miedo irracional al príncipe.
— Su alteza, mi mamá le mandó esto — dijo el niño mientras ponía con dificultad una enorme bandeja de limonada de lavanda sobre una mesa de jardín.
— Gracias Jacob — dijo dedicándole una sonrisa. — ¿Quieres ayudarme a traspasar los bulbos? — preguntó la princesa.
— ¡Si! — exclamó Jacob quien corrió a su lado. Anna sonrió y comenzó a guiar sus pequeñas manos a través de la tierra y las plantas.
— ¡Anna! — gritó Rudi quien se aproximaba a caballo. Anna se puso de pié, y Jacob la siguió mientras se escondía detrás de su falda y la agarraba fuertemente— ¿qué se supone que estás haciendo fuera de la casa? — preguntó el príncipe molesto.
— Jardinería — respondió Anna quien últimamente no abría la boca más que para decir monosílabos, o para negarse en las noches.
Rudi se bajó de su caballo y se lo dio al niño encargado de los establos quien se alejó rápidamente con el animal. Después, el príncipe se sentó en la mesa labrada de hierro pintado de blanco, sirvió en un vaso de la limonada con lavanda y se quitó su sombrero de copa.
— Que tarde más ajetreada. Fui a negociar un par de caballos al pueblo, tuve muchos problemas, pero al fin conseguí un comprador — comentó. En momentos como aquellos, Anna tenía ganas de reír por lo absurdo de la situación. Él parecía querer pretender que eran una feliz y joven pareja recién casada, cuando la situación era muy diferente. Ellos no eran más que prisionera y carcelero.
— Que bien — respondió Anna con fingido interés mientras que le daba la espalda y seguía armando ramos de flores. Rudi sintió el sarcasmo y el desinterés en su voz, por lo que levantó una ceja ante su insolencia.
— Una vez le pedí a Hans que me describiera a las princesas de Arandelle. Él me dijo que tu eras alegre y habladora, pero lo único que yo he visto es a una mujer fría y triste. La verdad es que tu me gustas, pero esperé encontrarme con algo diferente — comentó. Anna contuvo la respiración. ¿Cómo se atrevía a criticarla por no ser un terrón de azúcar cuando estaban juntos? Ella lo perdió todo. Justo cuando pensaba que no tenía nada más que perder, él apareció en su vida y le quitó su dignidad.
— Si no te agrado deberías dejarme en paz — dijo Anna con la voz temblorosa y los ojos llorosos — Usted, usted… — balbuceó, pero no pudo terminar la frase, ya que un sollozo se lo impidió. Anna se tapó la boca y cerró los ojos con toda sus fuerzas mientras seguía dándole la espalda al príncipe. De repente, sintió un par de brazos rodeándole la cintura. Rudi puso sus labios sobre su nuca y la acunó.
— Ya, ya — la consoló — no llores. Sé que si nos esforzamos podríamos llevarnos bien. Tu puedes hacer tu vida más placentera aquí, y yo intentaré ser menos brusco contigo, te lo prometo.
—Quiero volver a Arandelle, quiero a mi hermana y mi vida anterior — murmuró Anna sin retirar completamente las manos de su boca.
— No puedo darte eso. No puedo traer a la reina de vuelta — comenzó mientras la volteaba hacía él y la abrazaba con más fuerza — pero debe haber algo que te pueda dar para que no seas tan infeliz.
— No hay nada que tu puedas hacer por mi — dijo Anna separándolo de ella — ya has hecho bastante.
— Anna, la verdad es quiero casarme contigo. — anunció. Anna quedó estupefacta.
— ¡No! — se negó Anna — no me digas, tú también quieres el trono de Arandelle— dijo la princesa llena de veneno y con el mayor de los sarcasmos.
— No es eso. No puedo negar que no ha pasado por mi cabeza, pero mis intenciones son sinceras. — pidió mientras se acercaba a ella. Anna dio un par de pasos hacía atrás como si él no fuera más que un loco rabioso — No me será difícil cancelar mi compromiso. Tengo bastante dinero para vivir con lujos, eso tu lo sabes. Podríamos tener hijos, y ser felices. Yo… yo no puedo dejar de pensar en ti, en como lloras cuando estamos juntos, quiero que seas feliz. He visto como tratas a todos. Eres una persona dulce podrías ser una esposa decente, alguien que puedo enseñar en sociedad sin sentir vergüenza. Mi servidumbre te aprecia, los marinos en aquel barco, los habitantes de Arandelle, incluso mis perros de caza te quieren más que a mi. Sé que si tu estas a mi lado, seríamos muy felices. — dijo Rudi. Por un breve momento, Anna se preguntó si lo que él quería era en realidad una esposa, o sentirse amado y respetado por todos.
— Estás loco — dijo Anna aterrada. — Tu no eres nada más que un egoísta, abusivo. ¿Cómo puedes si quiera pensar que me interesa tu propuesta? Me lo quitaste todo. Tu me humillaste y me redujiste a nada. Te odio a ti y a todos tus hermanos. No eres más que un monstruo. — siguió gritando Anna mientras dejaba salir toda la ira contenida en ese último mes. De repente, sintió un dolor punzante en la mejilla. Él la abofeteó fuertemente.
— ¡Anna! — gritó Rudi al ver que ella salió corriendo — ¡Anna! — repitió mientras la perseguía.
— Ven aquí— gruñó en tanto la tomaba por los brazos y comenzaba a halarla de vuelta a la casa.
— ¡Ayuda! — pidió Anna quien sabía que no había salida. Aquella pesadilla jamás terminaría. La princesa escuchó una serie de cascos a la distancia, y se preguntó si se trataría de William, pues de ser así, ella le contaría todo lo que él quisiera saber, a cambio de que la sacara de allí.
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Hans se levantó con dificultad de la cama y se sentó con la espalda recostada en la cabecera. Normalmente, el príncipe no contaba con servidumbre. Desde su castigo, el príncipe había tenido que valerse por sí mismo. Pero al encontrarse enfermo, su mamá le asignó un par de mucamas y un mayordomo que le estaban ayudando a sanar.
— Quisiera volver a mi casa — le dijo Hans a la mucama que le llevaba el almuerzo.
— Su majestad ordenó que se quedara en el castillo hasta que sanara— respondió la muchacha refiriéndose a la reina.
Durante su último cumpleaños, Hans recibió una casa de su padre. Cualquiera hubiera pensado que era un gran regalo, pero la verdad es que aquella era una de las tantas formas de su padre por hacerle entender cuan indeseado era. la antigua mansión solariega a la orilla del lago Claire, era el doble de grande que cualquiera de las casas de sus hermanos, pero se hallaba completamente destruida. A pesar de lo anterior, Hans se las había arreglado para construir su hogar entre hiedras, ratones de campo y techos a medio caer.
— Además, la casa del lago no es un lugar cómodo — comentó la mucama mientras le ponía la bandeja sobre el regazo. — el palacio es mejor para que usted pueda sanar completamente.
— El palacio no es más que una cárcel glorificada— dijo el príncipe mientras comenzaba a comer sus huevos. La mucama no contestó, solo continuó con sus tareas silenciosamente.
— ¿Tienes idea de donde puedo conseguir a la princesa Anna? — preguntó Hans con la boca llena.
— ¿Anna? ¿Anna de Arandelle? — preguntó la chica mientras levantaba la mirada y lo miraba sorprendida.
— Sí, la misma — confirmó el príncipe.
— Su alteza, me temo que aún sigue delirando — dijo la mucama mientras se acercaba hacía él y le tocaba la frente para medir su temperatura.
— ¿De que estás hablando? ya estoy completamente bien — aseguró el príncipe.
— Usted ha llamado a la princesa desde hace semanas — le contó la chica — pero nadie sabe donde se encuentra ella. Algunos dicen que fue traída a las Islas del Sur, otros piensan que escapó con su prometido, que ella aún sigue en Arandelle.
— ¡Eso no es cierto! — exclamó Hans — ella vino en el barco con nosotros.
— Su alteza, usted debe estar delirando, seguro aún siente cariño por ella. Ustedes estuvieron comprometidos, pero nadie sabe donde se encuentra la princesa — dijo la chica.
— No estoy loco — gritó Hans. — te vas a sentar aquí, y me vas a contar todas las mentiras que dijeron papá y mis hermanos — le ordenó el príncipe.
La mucama le contó todo, desde como inculparon y colgaron a un pobre marino por el crimen que su hermano cometió, hasta las versiones que los periódicos contaban acerca de la desaparición de la princesa. Hans sabía que su papá estaba tramando algo con ella, pero no sabía que.
— Tengo que encontrarla— dijo el príncipe poniéndose de pie.
Ya era casi medio día cuando Hans dejó la habitación de huéspedes donde Hans había pasado los últimos dos meses recuperándose. Él príncipe sintió rabia contra toda su familia, pues de no haber sido por esa incauta mucama, jamás habría descubierto la verdad. Siempre que preguntaba por Anna, su madre o sus hermanos le decían que ella estaba bien, pero que no deseaba verlo. Al principio, él no puso aquellas palabras en duda, después de todo, él no contaba dentro de sus personas favoritas, pero nunca se imaginó que estuvieran mintiéndole.
Hans se dirigió a la armería en donde su papá guardaba los rifles de caza y tomó un par. El príncipe colgó uno de ellos a su espalda y el otro lo llevó entre sus manos. Él quería respuestas y las conseguiría así fuera a la fuerza. Sabía que el primer lugar donde debía buscar tenía que ser las mazmorras. Probablemente, el Rey la escondía allí para que nadie supiera que se encontraba en las Islas del Sur.
Guiado por una rabia incontenible, Hans bajó las escaleras hasta los calabozos, en donde un guardia se cruzó en su camino.
— Su alteza, ¿puedo ayudarlo en algo? — preguntó el soldado.
— Quiero hablar con William — exigió Hans.
— Me temo que no puede…
— Sí, si puede — dijo Hans mientras que movía la cámara de la escopeta para que produjera un "Click" al cargase. El soldado asintió y le hizo una seña para que lo siguiera. Fue cuestión de segundos antes de que el príncipe se encontrara en la puerta de la oficina del carcelero. Hans entró sin siquiera pedir permiso para hacerlo.
— Oh, eres tu tío Hans, que "grata" sorpresa — dijo sarcásticamente el carcelero sin siquiera dignarse a levantar la vista de sus papeles.
— ¿Dónde está Anna? — preguntó Hans furioso.
— No sé de que estás hablando. La fiebre ha debido afectarte la cabeza — respondió. Al escuchar esta respuesta, Hans levantó el rifle.
— ¿Dónde está Anna? — repitió. William suspiró exasperado
— Ustedes los Westgards solo vienen a traer problemas — comentó.
William miró a Hans. Él ya sabía reconocer cuando una persona hablaba en serio y cuando estaba fanfarroneando, y esta era una de esas ocasiones en que no debía ignorar su amenaza. Hans volvió a cargar el arma para que hiciera el mismo sonido. Él sabía que su sobrino no se atrevería a desafiar a un hombre armado y furioso, mucho menos, con la terrible reputación que tenía el treceavo príncipe.
— No te atreverías a dispararme, precisamente tú, el famoso príncipe asesino— lo retó el carcelero.
— ¡Ha! ¿quieres apostar? — preguntó Hans con sarcasmo — tu y yo sabemos que nada pasará si yo te mato aquí y ahora. Puede que yo sea el famoso príncipe asesino, pero tu eres un pobre bastardo. Tu y yo no tenemos valor, así que no tengo nada que perder. ¿Dónde está Anna? — murmuró sin bajar su rifle ni un milímetro. William se sintió exasperado, y regresó su atención a sus documentos.
— Está en casa de Rudi. Él se la llevó hace un mes y medio — dijo William — el abuelo me ordenó que dejara de interrogarla. Personalmente, creo que está cometiendo un error. Esa niñita está llena de secretos. Ella ya no es mi problema. Pensé que su temor a Rudi la convencería, pero ella es un hueso duro de roer — comentó mientras firmaba una serie de papeles.
— ¿Hace un mes y medio? — preguntó Hans quien se sintió desfallecer ante la respuesta. Anna había pasado casi dos meses en la casa de su hermano, no quería ni imaginarse el estado en el que la encontraría.
— ¿Qué opina papá acerca de esto? — preguntó Hans.
— A él no le importa mucho, lo único que quería era alguien que se hiciera cargo de ella hasta que tome una decisión— comentó.
Hans no contestó, solo dio media vuelta y se marchó, pues si cabalgaba toda la tarde llegaría a Villa Krieg antes del anochecer. Rápidamente, cruzó el alargado castillo hasta que llegó a las caballerizas. El príncipe tomo a Sitron. Su fiel caballo lo reconoció de inmediato, pese a que habían pasado varios meses sin que lo hubiera tocado.
— Hans — lo llamó una mujer mayor regordeta y cabello rojizo como el suyo, que se acercó a él ataviada con su traje para montar, el príncipe supo que ella se disponía a dar un paseo.
Hans se enfadó al verla, ya que se trataba de su mamá. Ella le mintió, al igual que el resto de sus hermanos. Todos le dijeron que Anna se encontraba a salvo, y que no quería verlo. El príncipe trato de comprender sus razones, pero le fue imposible hacerlo.
— Madre— dijo Hans de una manera dura. La reina abrió los ojos en señal de sorpresa y su débil y amable sonrisa desapareció, pues Hans solo la llamaba así cuando se encontraba furioso con ella.
— Me alegra tanto que ya puedas levantarte— dijo maternalmente mientras se acercaba a él y le retiraba el flequillo de la frente. — ¿A donde vas? Espero que no planees cabalgar por mucho tiempo, es demasiado tarde y aún te encuentras algo herido.
— Voy a buscar a Anna — dijo Hans mientras ensillaba su caballo.
— Ya te enteraste — murmuró la reina nerviosa.
— Y como halla pasado lo que creo que pasó, voy a dejar a Rudi como una coladera — comentó mientras metía más balas en la recamara de la escopeta.
— Hans, yo traté de detenerlo, de oponerme pero….
— ¡Pero no me dijiste nada! — gritó Hans.
— Sabía que te pondrías así. Cuando estuviste enfermo con fiebre no dejabas de llamarla, temí que estuvieras enamorado de ella y pudieras cometer alguna locura — dijo la reina desesperada.
— No estoy enamorado de ella — respondió Hans quien sintió que se sonrojaba — ¿de donde sacaste esa idea? Solo quiero que esté a salvo, como lo haría cualquier persona decente, pero olvido que estoy tratando con todos ustedes.
— Hans. Tu sabes bien que yo no apruebo toda esta crueldad — se defendió la reina a quien le dolía que Hans la estuviera acusando de ser cruel con ella.
— Puede que no la apruebes, pero tampoco haces nada para detenerla. ¿Acaso eso no es lo mismo que aceptar la crueldad? Eres su cómplice, madre, siempre lo has sido. Yo sé que no estoy libre de culpas, pero nunca más volverá a pasar —murmuró Hans furioso. La reina se quedó en silencio.
— Voy a ir por ella — anunció Hans mientras se subía al caballo — y la voy a llevar a mi casa. Allá estará a salvo.
— Hans — comenzó la reina quien sonaba apenada— hablaré con papá. Yo lo convenceré, déjalo todo en mis manos— prometió.
— Sé que no puedo estar seguro de que lo lograrás, pero espero que lo hagas — respondió el príncipe mientras montaba en su caballo.
Hans cabalgó por el camino central. Él apenas recordaba donde quedaba Villa Kreig, tan solo estuvo allí recién Rudi la recibió de manos del Rey. Para nadie era un misterio que su hermano mayor era uno de los favoritos de su padre, al igual que Runo y Caleb, el heredero al trono. Hans aún recordaba la envidia que sintió al ver la reluciente casa, lista para ser habitada. En realidad, aquella escena fue una de las que lo motivó para seguir con su plan en Arandelle. El príncipe no estaba orgulloso de su decisión, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse, aquel era su pasado y tendría que aprender a vivir con él.
El pálido sol de aquella tarde de finales de verano fue su única compañía mientras que se adentraba por el bosque hasta que vio la casa a la distancia.
— ¡Ayuda! — gritó una mujer en frente de la casa.
— ¡Anna! — respondió Hans al ver su cabellera rubia rojiza y sus distintivas trenzas. El príncipe aceleró el paso al ver que la pareja en frente de la casa detenía su forcejeo, y lo miraban con curiosidad.
— ¡Hans! — respondió Anna, mientras trataba de correr hacía él, pero fue detenida por su hermano quien la tomó fuertemente de ambos brazos. Hans bajó de Sitron con uno de los rifles en su mano y el segundo en su espalda. El príncipe apuntó hacía su hermano.
— ¿Qué se supone que estás haciendo? — preguntó Rudi con desprecio — No puedes simplemente venir a mi casa y apuntarme con arma, ¿Qué es lo que quieres? — murmuró.
— Anna, súbete al caballo, nos vamos de aquí— dijo Hans quien pretendió no escucharlo.
— Esto es una locura Hans. Te juro que haré que te cuelguen por esto — lo amenazó Rudi. El sonido de un disparo lo calló. El príncipe miró a Hans, y entendió que su hermano no bromeaba. El hombre frente a él era lo suficientemente loco y sangre fría para tratar de dar un golpe de estado en Arandelle por si solo. Mientras que Rudi podría ser muchas cosas, menos un completo idiota que ignoraría la amenaza de un hombre armado.
— Anna, súbete al caballo — repitió Hans. Anna se deshizo del agarre de Rudi quien no la detuvo, tan solo levantó sus manos para evitar que su hermano disparara. Después, ella caminó hacía el caballo y subió en el. El treceavo príncipe la siguió sin dejar de apuntar a la cabeza del otro.
Anna y Hans marcharon juntos. Ella montó detrás de él. Mientras que iban a medio camino, recostó su frente sobre la espalda del príncipe.
— Gracias, muchas gracias — murmuró Anna.
— ¿Te encuentras bien? — preguntó Hans, quien ya se imaginaba lo que había ocurrido durante aquel último mes.
— No — respondió Anna sin despegar la frente de su espalda. — jamás olvidaré esto, Hans. Muchas gracias— dijo la princesa.
Anna levantó su mirada hacía el pálido sol que aún seguía iluminado a través de las copas de los arboles. Por primera vez desde que llegó a las Islas del Sur podía respirar su aire sin sentir que se envenenaba con cada aspiración. La pesadilla había terminado. Ella no sabía si aquello duraría, pero la sensación al encontrarse allí cabalgando con Hans fue lo más hermoso que hubiera experimentado en mucho tiempo.
Estoy bien Elsa, finalmente estoy a salvo
Gracias…
Hola a todos…. Lo siento, lo siento, lo siento mucho. Sé que este capitulo fue terriblemente cruel. También les juro que soy una persona normal, nada depresiva ni sádica. Fue precisamente por este capitulo que duré tanto tiempo pensando si publicaba este fic. Creo que finalmente publiqué "ese fic" , soy una veterana en el mundo del fandom, y siempre he visto esos fics que son de la pareja buen /mal que son algo dark y que generan una mala obsesión pero piensas: ¿qué diablos? Siempre quise escribir uno de esos, finalmente lo hice.
Respecto a este capitulo, la parte de la ruda es parcialmente cierta. Mi mamá me contaba que la había en todas las casas, todo el mundo las tenía con el cuento de que eran para la buena suerte y esas cosas, era una de esas creencias de las abuelas, pero la verdad es que si las consumes pueden inducir a un aborto. Yo no sé de farmacología, toxicología y ese tipo de cosas, no soy química farmacéutica, pero mi mamá si lo es, ella me dice que en cierta medida si puede ser peligrosa durante el embarazo, pero nunca la he visto en acción, y no sé que efectos colaterales pueda tener, o que dosificación es adecuada, como dije antes, es solo una creencia popular.
Gracias por sus comentarios, lamento mucho esto, si les gustó o no, por favor no olviden sus comentarios. Y si son como yo, y no se atreven a dejar comentario, espero que igual no dejen de disfrutarlo.
