[Secretos]
Anna y Hans llegaron a la mansión del lago Claire. Ciertamente, no era la clase de casa que había esperado que tuviera un príncipe.
— Oh, por favor… — suspiró Anna al ver una antigua y gigantesca construcción prácticamente en ruinas.
— Sé que no es muy linda, pero es lo único que puedo pagar en este momento — dijo Hans mientras se bajaba del caballo frente a la casa y le abría la puerta a Anna para que pasara.
— Necesita unas cuantas reparaciones, pero es linda— comentó Anna dirigiéndole una suave sonrisa. En ese momento, la princesa gritó fuertemente y se hizo a un lado.
— ¿Esas son ratas? — preguntó Anna mientras señalaba una familia de animales que salieron de la casa.
— No, ya me deshice de ellas. Son una familia de zarigüeyas — respondió Hans dedicándole una sonrisa nerviosa. — tienen crías, no pude matarlas, son muy pequeñas — confesó.
— Eso es… tierno — dijo Anna con la voz temblorosa mientras miraba a los roedores meterse entre la maleza al lado de la casa.
Anna tomó una rama que encontró en el piso, entró a la casa y se preparó para golpear cualquier otro roedor que se aproximara a ella. La pareja entró por un largo pasillo hasta que llegó a un recibidor. Al verlo, Anna pensó que debió haber sido muy elegante en otro tiempo, ya que tenía una mesa descascarada, originalmente cubierta con hojilla dorada y un enorme candelabro que descendía desde el techo.
— Debiste verlo cuando me la entregaron — dijo Hans mirando hacía arriba en compañía de Anna, y refiriéndose al candelabro — estaba lleno de telarañas. Incluso, encontré un nido de arañas en él, pero logré deshacerme de ellas — comentó el príncipe con una enorme sonrisa. A decir verdad, aquello era asqueroso, pero ella no se atrevió a decir nada, ya que Hans parecía demasiado orgulloso de su hazaña.
— Se ve hermoso ahora — respondió Anna dedicándole una sonrisa.
— ¿Quieres ver el salón principal? — preguntó el príncipe emocionado.
— Sí, claro — respondió Anna.
Hans tomó a Anna de la mano y la haló hasta una puerta cerrada al lado del recibidor. Al igual que la entrada de la casa. El salón principal debió ser bastante elegante y hermoso en otra época, pero ahora no era más que un fantasma del pasado. Las sillas estaban descascaradas y los pisos de mármol cubiertos de una fina capa de polvo por la falta de uso.
— En cuanto tenga tiempo, lo limpiaré y remodelaré completamente— comentó el príncipe. Anna notó que su entusiasmo era genuino. En ocasiones como aquella, Hans parecía un niño que se moría por probar algo nuevo y excitante.
— Yo podría ayudarte — se ofreció Anna.
— No podría pedirte algo como aquello. Tu eres una princesa, no se supone que pases tus días limpiando pisos y arreglando casas en ruinas —respondió Hans.
— No seas tonto. Tu sabes bien que no tengo nada más que hacer, me gustaría ser útil. Además, tu me salvaste — dijo Anna quien se emocionó ante la perspectiva de empezar una larga y ardua tarea física que le ayudara a distraer su mente y olvidarse de todo el dolor y la humillación a los que fue sometida.
— Tengo algo mejor que mostrarte. Es mi parte favorita de la casa— anunció Hans — y sé que también será la tuya— afirmó. El príncipe volvió a guiarla a través del recibidor hasta la puerta que estaba justo en frente de la sala de estar. Anna se sorprendió al ver un hermoso salón de baile. Era enorme, y al igual que el resto de la casa, necesitaba una buena limpieza y una mano de pintura.
— Esto es verdaderamente magnifico — suspiró Anna.
— Ni te imaginas la cantidad de bailes que he tenido desde que llegué a esta casa — dijo Hans.
— ¿En serio? — preguntó Anna sorprendida.
— Sí. He tenido los invitados más ilustres. A lord y lady zarigüeya con toda su familia, el clan de las arañas, los señores conejos, y la familia del señor don rata, a los últimos los eché de mi casa porque son asquerosos. — bromeó.
— Yo conocí a lord y lady zarigüeya, son dos personas verdaderamente ilustres — respondió Anna — sus niños también lo son, pero creo que necesitan regresar a su propia Villa.
— ¿Realmente los quieres fuera de esta casa, no es verdad? — preguntó Hans sonriendo.
— Como no tienes idea, los pequeños son lindos, pero no puedo imaginarme viviendo con ellos — respondió Anna.
La pareja subió al segundo piso. Anna se preocupó al ver que la única habitación en buen estado era la de la Hans. No sabía porqué, pero el solo pensar que tuviera que compartir su habitación con un hombre nuevamente, le hacía preocuparse. Ella estaba segura de que el príncipe no la dañaría, pero no podía dejar de sentir temor. La princesa se preguntó si algún día lo haría.
— Yo tengo una bolsa de dormir, la usaré. Tu dormirás en la cama — dijo el príncipe mientras se acercaba a uno de los armarios y sacaba una bolsa de dormir, de aquellas que usaban los soldados. Anna lo miró, y se sintió completamente agradecida.
— Hans — comenzó Anna. — Gracias por todo. Tu me salvaste, no sé que hubiera sido de mi si me quedo en esa casa.
— Lamento mucho todo lo que has tenido que pasar — respondió Hans, quien frunció el seño.
— No es tu culpa — murmuró Anna. La princesa se mordió el labio.
— Tampoco es tu culpa. Anna — comentó Hans con un tono de voz profundo. Anna lo miró a los ojos, y sintió que las lagrimas se formaban, para él era muy fácil decirlo, pero la verdad es que ella no podía sentirse más humillada y patética.
— Todo es culpa de tu hermano— reconoció Anna, quien le dio la espalda y caminó a la ventana en donde ya se había ocultado el sol. — tu hermano fue quien me hizo esto, me convirtió en la persona triste y débil que soy ahora. Soy asquerosa. — murmuró.
— No lo eres. — se apresuró a contradecir Hans quien se sentía furioso al pensar que ella pudiera odiarse a sí misma por culpa de las egoístas acciones de su hermano— Has sufrido mucho, eso te ha cambiado, pero no eres asquerosa, tan solo lo serías si te conviertes en una persona como Rudi o mis otros hermanos.
— ¿Realmente crees que alguien podría mirarme nuevamente? — preguntó Anna conmovida — ¿crees que Kristoff me aceptaría después de todo lo que ha pasado? — Preguntó Anna.
— No lo conozco muy bien. A juzgar por lo que yo vi, él estaría dispuesto a dar la vida por ti— opinó Hans. — te amará por mucho tiempo. Yo sé que no le será fácil olvidarte — afirmó.
— Ni a mi me será fácil dejarlo atrás. Él era el amor de mi vida— respondió Anna. Por alguna razón, Hans se sintió increíblemente desanimado por aquella afirmación. Le dolió escuchar aquellas palabras salir de su boca.
— Puede que no lo sea, aún eres muy joven, podrías conocer alguien más — opinó el príncipe.
— No lo creo — respondió Anna. Hans sintió aquello como un fuerte golpe en la mandíbula.
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Tres días pasaron, y Hans se sorprendió al ver cuan triste se encontraba Anna. Ella apenas abría la boca, y cuando lo hacía, tan solo le daba monosílabos o débiles sonrisas. Apenas se movió durante aquel tiempo, no comió, ni se cambió la ropa, tan solo permaneció tendida en la cama mientras Hans la veía sintiéndose impotente. Uno de los aspectos más preocupantes, era ver que parecía estremecerse cada vez que la tocaba o se acercaba a ella, como si temiera que quisiera atacarla en cualquier momento. Su hermano era un ser despreciable.
Hans miró por la ventana al amanecer del tercer día. Él sabía que pronto tendría que reasumir sus tareas de guardabosque y encargado de los establos del rey, por lo que no podría pasar tanto tiempo con ella. Adicionalmente, si seguían por aquel camino, los dos morirían de hambre, pues a él se le agotaba el dinero y ninguno de los dos se hallaba habituado a cocinar. El príncipe no quería admitirlo, pero pronto tendría que pedir ayuda a la reina.
— Hans — dijo Anna quien se encontraba sentada en una silla junto a la ventana del salón — un carruaje viene hacía aquí. Sea quien sea, debe ser importante, trae pajes y soldados. — Anunció. Luego, la princesa se puso de pie, y se dispuso a salir corriendo, por lo que Hans la tomó fuertemente por los hombros.
— Espera Anna— pidió el príncipe.
— ¡No! — gritó Anna — es él, viene por mi, yo no pienso regresar a la cárcel, ni a Villa Krieg. — dijo la princesa mientras luchaba por soltarse de su agarre— no pienso volver, no puedo.
— No es Rudi, ni William. Conozco a esas yeguas. Son propiedad de mamá.
— ¿La reina? — preguntó Anna. Quien no entendía que podía querer ella en aquel lugar.
— Antes de cabalgar a la casa de Rudi, me encontré con ella. Mamá me prometió que me ayudaría a convencer a papá para que pudieras quedarte aquí. Supongo que tuvo éxito, de lo contrario, mi hermano te habría buscado aquella misma noche. — le explicó el príncipe.
— Ella tiene mis maletas. Rudi me lo dijo, ¿crees que ella podría devolvérmelas? — preguntó la princesa.
— Habría que preguntarle.
Fue cuestión de minutos antes que tuvieran a la reina de las Islas del Sur en la puerta de su casa. Hans la dejó entrar. La reina pasó al recibidor en tanto miraba a su alrededor con fingido interés y un mal disimulado asco. El príncipe la hizo seguir a su salón en donde se aseguró de cubrir el cojín de las sillas con uno de sus pañuelos antes de sentarse. Anna agradeció que la familia de zarigüeyas no se hubiera mostrado.
— Majestad — saludó Anna haciendo una reverencia tal y como lo establecía el protocolo.
— Princesa Anna — empezó la reina quien tomó asiento. — estoy tan feliz de conocerla finalmente. Por favor, siéntense — les dijo a los príncipes, ellos obedecieron y se sentaron frente a ella.
— Mamá, quiero agradecerte por tu ayuda— dijo el príncipe — estoy seguro que sin tu intervención, Rudi nos habría perseguido con toda la guardia real— comentó con resentimiento en su voz. Anna vio a la reina removerse incómoda en su asiento, como si estuviera avergonzada. La princesa se preguntó que se sentiría ser madre de unas personas como los hermanos Westergard, y tener que enfrentar las consecuencias de la crueldad de sus hijos.
— Lamento mucho lo que pasó princesa Anna, si pudiera haber algo que yo pueda hacer por usted, solo dígamelo— ofreció la reina.
— Su majestad, me gustaría poder recuperar mi equipaje. El príncipe Rudi me dijo que usted lo tenía— respondió Anna.
— Por su puesto, está misma tarde se lo haré llegar— dijo la reina.
— Hans — comenzó la reina dirigiéndose a su hijo — papá aceptó darte una pequeña asignación de dinero a cambio de que te encargues de la princesa, recuerda que debe ser un secreto, no puedes dejarla salir de esta casa. Él también quiere darte un par de mucamas y una cocinera para que te ayuden a encargarte de la casa mientras que esté aquí. No es correcto que una dama viva en estas condiciones — dijo la reina. Anna sonrió al escuchar aquello, se notaba que la pobre era una de aquellas mujeres chapadas a la antigua, no quería siquiera imaginarse que hubiera pensado si se enterara de que ella estuvo comprometida con un recolector de hielo.
La reina se fue, pero sus maletas estuvieron en la puerta al día siguiente, junto con dos mucamas y un paje preparados para servirlos. Desafortunadamente, la mamá de Hans no logró conseguir una cocinera a tiempo, por lo que una de las muchachas tuvo que cocinar lo mejor que pudo. La primera de ellas se llamaba Martha, era rubia y muy alta, fue criada en el campo, por lo que no le molestaba tener que vérselas con todos los bichos domésticos. La segunda era Clara, de cabello negro y delgada como un pajarito, tampoco temía a las plagas, fue quien se encargó de cocinar.
Anna se emocionó, y comenzó a planear una enorme y ambiciosa limpieza general. Ella sabía que si se hacía una enorme limpieza aquella gran mansión se vería hermosa.
Hans entendió que detrás de aquella fachada de mujer diligente y ocupada, ella estaba completamente deprimida, pero su forma para sobrellevarlo era mantenerse ocupada para no tener que pensar en ello. Se movía de lado a otro, como una mariposa, limpiando la planta baja de la casa y una de las habitaciones al lado de la suya.
— Hans. — empezó Anna mientras que ella misma le dejaba una bandeja de con té en la mesita frente a él
— ¿Sí? — preguntó él sin despegar sus ojos de unos documentos importantes de las caballerizas reales.
— ¿Crees que la asignación que tu madre nos dio alcanzaría para contratar un carpintero que arregle los muebles de la sala y el recibidor? — preguntó la princesa. Hans la miró a los ojos, y se dio cuenta de que le brillaban por la emoción.
— Sí, claro— respondió Hans seguro de que el dinero sería suficiente.
— Oh, esto se verá tan lindo — chilló Anna en un tono tan agudo que bien parecía la persona anterior a la invasión.
— No tienes que hacer todo esto por mi, no es necesario que limpies tanto, con tal de que no halla ratas ni animalejos parecidos, yo estaré feliz — respondió Hans. En ese momento, ella le dedicó una mirada cargada de exasperación.
— ¿Por qué ustedes los hombres tienen que ser tan sucios? ¿no te gustaría tener una casa linda y limpia llena de flores y con muebles bonitos? — preguntó sonriendo.
— Sí, eso suena bien.
— Mentiroso — dijo Anna — con tal de que sea habitable a ti no te importa si todo está roto o lleno de polvo— se quejó la princesa.
— Se que no lo parece, pero en el fondo soy un tipo sencillo — dijo Hans tratando de excusar su comportamiento.
— De seguro que te picas la nariz, y te los tragas — comentó Anna.
— ¿Disculpa? Soy un príncipe — contestó Hans quien fingiendo sentirse ofendido.
— Todos los hombres que conozco lo hacen — respondió Anna.
— Yo no lo hago — mintió Hans.
— ¿Puedo mandar arreglar los muebles? — insistió Anna.
— Por su puesto — aceptó Hans dedicándole una sonrisa — esta misma tarde iré al pueblo a buscar al carpintero ¿tienes alguna petición especial para él?
— No quiero hojilla dorada. Los quiero en café oscuro — dijo Anna.
— Perfecto — respondió Hans quien no comprendía su afán de pintar unos muebles perfectamente funcionales y útiles, pero si aquello la hacía feliz, él lo haría.
— ¿Puedo conseguir a alguien que pinte las paredes? — peguntó Anna reiniciando la misma conversación.
Un mes pasó, y la limpieza continuaba. La reina vino a visitarlos una tarde después de que los muebles hubieran llegado a la casa, y se maravilló al ver el cambio en el salón. Las sillas se veían hermosas y relucientes, con forros nuevos. Las cortinas también lo eran. Anna ingenió la forma para confeccionarlas, y se veían muy lindas, en comparación a los trapos deslucidos que tenía antes. Incluso había flores recién cortadas en floreros que si bien eran muy antiguos, recobraron vida después de un buen baño.
Desafortunadamente, Hans no estaba en casa, tuvo que atender unos negocios en las caballerizas
— Maravilloso — susurró la reina mirando alrededor.
— ¿Le gusta? — preguntó la princesa emocionada.
— Es sencillamente increíble — dijo la reina encantada. Anna sonrió sintiéndose orgullosa de su trabajo. Al parecer, ella era menos patética de lo que había pensado.
— Quiero remodelar las habitaciones de la servidumbre, y el jardín. Mientras tengamos esos largos matorrales afuera de la casa, los animales del bosque seguirán entrando— dijo Anna a toda prisa, por lo que la reina rió al verla emocionarse tanto.
— Yo podría ayudarte con lo del jardín — ofreció la mujer.
— ¿En serio? — preguntó Anna.
— Sí, yo tengo a mi cargo la administración del palacio, y a los jardineros. Nadie notará si los mando un día a esta casa. — comentó mientras tomaba un sorbo de su té.
— Gracias majestad.
— Creo que lo que estás haciendo es maravilloso — comentó la reina mientras dejaba su taza sobre la mesa de centro — yo también hice una gran remodelación cuando estaba recién casada, me ayudó a mantener la mente ocupada — dijo la reina. Anna notó que sus pupilas y pestañas bajaron ligeramente al decir aquello, y que se mordió el labio al terminar la frase. Ella se preguntó si la mamá de Hans se habría encontrado en una situación similar a la suya, pero aquella mujer nunca pudo escapar de su propia Villa Krieg.
— Sin duda, tu trabajo aquí es mucho más arduo que el mío. Yo tenía una gran servidumbre. Tu estás haciendo la limpieza con tan solo dos chicas. Te prometo que en cuanto pueda, te conseguiré una buena cocinera— dijo la reina quien le dirigió una suave sonrisa. — ¿dónde está Hans? — preguntó.
— Está en las caballerizas del rey. Él tenía trabajo que hacer— contestó Anna.
— Hans ha trabajado muy duro desde que Ferdinand lo asignó a las caballerizas. Él sabe que nuestro hijo tiene afinidad con los caballos, y se aprovecha de ello. Él es un gran administrador — comentó
Aquella tarde, muchas cosas le quedaron claras a Anna. La reina era tan infeliz como fuere posible, Hans estaba cumpliendo su castigo al mismo tiempo que hacía dinero para su padre, y que aquella mujer no era persona de promesas vacías, pues al día siguiente, a primera hora de la mañana, un equipo de cinco jardineros del palacio se ubicaron a la entrada de la casa y comenzaron a quitar la hierba y los largos pastizales del jardín. Anna no podía estar más contenta, al igual que sus mucamas quienes también se estaban cansando de la cantidad de animales y plagas domesticas.
Ninguno de aquellos hombres conocían la identidad de Anna, por lo que la princesa se puso un delantal sobre el sucio vestido lila que trajo de Villa Krieg y pretendió ser parte de la servidumbre, para evitar ocasionarle problemas al príncipe. Aquella prenda se había convertido en su ropa de trabajo, ella quería utilizarla hasta que no quedara más que un gigantesco harapo, para luego desecharla, y no volver a tener nada que le recordara aquellos oscuros días.
Ya era cerca de medio día, cuando los jardineros anunciaron que habían terminado su trabajo. Anna sintió pena por aquellos pobres sujetos que trabajaron todo el día a pleno rayo del sol, y que fueron mordidos por varias de las mascotas no invitadas del príncipe, por lo que los invitó a almorzar. La princesa bajó las escaleras hasta la cocina y ayudó a Martha a aumentar la cantidad de estofado para que alcanzara para todos.
— Alteza — comenzó Clara una vez se encontraron solas y tomando su almuerzo en el comedor de la cocina. — ¿con que habitaciones seguiremos? ¿con el salón de bailes? ¿el comedor?
— Con la cocina y las habitaciones debajo de las escaleras — dijo Anna refiriéndose a la zona de la servidumbre. Las dos chicas se miraron sorprendidas, nunca habrían esperado que ella pensara en aquella parte de la casa que a menudo era olvidada.
— ¿Qué pasa? ¿no les agrada la idea? — preguntó.
— No, alteza, nos encanta — dijo Martha feliz al pensar que su habitación no se vería como una gigantesca nube de polvo.
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Hans caminó a través de las caballerizas inspeccionándolo todo con su mejor ojo crítico. Su vida había cambiado abismalmente desde su castigo. Al principio, paso casi nueve meses en las colonias de el oriente, y después, tuvo que hacerse cargo de las caballerizas reales. El trabajo del príncipe empezó como el de un simple encargado de limpieza, pero rápidamente el rey notó lo mismo que otros ya habían detectado: el administrador estaba robando fondos a la corona.
Cualquiera hubiera pensado que aquel era un buen trabajo para un hombre de campo, pero no para un príncipe. Irónicamente, a Hans no le importaba. Sabía que no había nadie en la corte que conociera tanto de caballos como él. Hans podía decidir con toda seguridad cuales caballos serían adecuados para trabajar y cuales podían adornar los establos de la nobleza, también sabía quienes eran los mejores comerciantes y negociar con ellos. A menudo, él se consolaba diciéndose que no el dinero no era tan importante, que el amaba su oficio, pero la verdad era que hubiera preferido no ser tratado como un vasallo o un esclavo sin salario.
Uno de los aspectos que más había cambiado de su personalidad era su apariencia. Puede que no lo pareciere, pero Hans era un hombre profundamente práctico. Durante los años anteriores a su visita a Arandelle, él utilizó su aspecto físico como una ventaja, por lo que lo cuidaba en exceso. Sin embargo, ahora que no le servía para nada, prefería pasar sus días en trajes para montar y botas sobre los que ponía un largo abrigo de cuero café. Él se seguía sintiendo atractivo, no lo iba a negar, pero como no le traía ningún beneficio, no le importaba.
— Hans — lo llamó el tercer hermano Westgard. Hans se dio la vuelta y se encontró de frente con Lars, el único de sus hermanos al que soportaba por más de diez minutos.
— Lars— contestó el príncipe mientras dedicaba su atención a los cascos de uno de los caballos.
— ¿Puedo hablar contigo? Vamos a montar los dos — preguntó Lars.
— Estoy ocupado — respondió Hans bruscamente.
— No es un favor. Necesito hablar contigo — afirmó Lars molesto.
—Como digas— contestó el príncipe con desgana. Hans alistó los caballos rápidamente, no quería admitirlo, pero si su hermano se lo decía, debía ser importante. Los dos príncipes se alejaron hacía los campos al lado del castillo.
— ¿De qué quieres hablar? — preguntó Hans.
— Sé que has tenido unos días difíciles, pero no tienes porque desquitarte conmigo — dijo el mayor. — sabes que estoy de tu lado.
— ¡Ha! — rió Hans — si eso es lo que tu quieres creer— respondió con amargura.
Hans siempre fue más cercano a Lars que a cualquiera de sus hermanos, pero una parte de él lo culpaba por su debacle en Arandelle. Todo comenzó cuando tenía 15 años, poco después de la muerte de los reyes de aquel país, su hermano le hizo la vaga sugerencia de que casarse con la heredera al trono le haría obtener el futuro que él deseaba. Hans sabía que su hermano no tenía la culpa, él solo hizo un comentario, fue el treceavo príncipe quien arruinó todo, y convirtió un simple concejo en todo un complot para asesinar a la reina y a su hermana.
— Buenas tardes Altezas — dijo un hombre que caminaba por el camino, mientras cargaba sus herramientas de trabajo.
— Buenas tardes Thomas — contestaron al ver el anciano jardinero que había servido en el palacio por más de 22 años.
— Vengo de su casa príncipe Hans. El jardín quedó muy bien, aún necesita trabajo, pero el pasto y los animales no volverán a molestarlos — dijo Thomas.
— ¿Mi jardín? — preguntó el príncipe sorprendido.
— Sí. Su ama de llaves es muy gentil, nos invitó a almorzar. Por favor, dele las gracias de mi parte, fue muy amable— dijo el hombre.
— ¿Mi ama de llaves? — preguntó nuevamente Hans — ¡mi ama de llaves! — exclamó al entender a quien se refería— sí. Ella es toda una maravilla, sé que no se acostumbra que una mujer tan joven ocupe el cargo, pero es muy inteligente — explicó Hans quien estaba seguro de que aquello despertaría habladurías, ya que no estaba bien visto que una mujer de la edad de Anna trabajara como ama de llaves en una casa de un noble soltero.
— Sí, ella misma— aceptó el sujeto — que pasen buena tarde altezas— se despidió.
— Él cree que te estas acostando con ella— comentó Lars una vez se encontraron solos.
— Genial. — se quejó Hans — ¿sabes de quien se trata? ¿no es verdad?
—Yo lo sé todo en este castillo — respondió Lars — lo que no sé es como mamá logró que papá te dejara salirte con la tuya. Ella debe haberlo chantajeado.
— ¿Chantaje? — preguntó Hans.
— No finjas sorpresa, Hans. Mamá no es tonta, ella ha logrado sobrevivir en la corte por casi 40 años. Papá tiene el increíble talento de cometer errores estúpidos a cada momento. Me temo que nosotros lo heredamos de él — opinó Lars.
— ¿Qué es lo que quieres Lars? — preguntó Hans irritado.
— Quiero advertirte. Rudi no está contento, papá tampoco lo está, él siente que te estás burlando de él, y de sus ordenes. Me temo que esa niña aún podría estar en peligro. — dijo el tercer príncipe.
— Claro que lo está, no ha dejado de estar en peligro desde el día de la invasión— comentó el príncipe — no me has dicho nada que no sepa — respondió Hans.
—Hay un rumor circulando por ahí. Algunos dicen que la princesa Anna está aquí en las Islas del Sur, especulan que ella escapó voluntariamente de Arandelle con su ex prometido, es decir, tu — dijo Lars.
—Papá no dejaría circular esos rumores si no lo quisiera — comentó Hans intrigado — ¿qué es lo que está tramando?.
— No tengo la menor idea, pero tu estás involucrado, ten mucho cuidado con lo que haces— comentó el príncipe.
Lars y Hans volvieron a los establos, en donde dejaron los caballos. Mientras los dos príncipes desmontaban, dos elegantes figuras se aproximaban conversando desprevenidamente. Lars se sintió palidecer al ver que se trataba de Rudi y Runo quienes caminaban hacía ellos.
— Oh no — murmuró el tercer príncipe— Hans, vámonos— dijo en tanto tomaba a su hermano menor y le indicaba que caminaran hacía el lado contrario. De repente, los temores de Lars se confirmaron, y Rudi se dio cuenta de que estaban frente a él.
— Hans — lo llamó Rudi. Lars cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire. Él sabía que no había forma de que aquello terminara bien.
— Rudi — contestó Hans, quien levantó su cabeza en alto y endureció su mandíbula.
— ¿Cómo esta Anna? — preguntó Rudi mientras se acercaba a él— ¿Aún no ha sido mordida por ninguna rata en esa pocilga que llamas hogar? — dijo. Hans entrecerró los ojos, no importaba cuantos insultos le dirigiera, él no se dejaría sacar de sus casillas.
— Esta muy bien. Se encuentra recuperándose, ha estado bajo mucho estrés últimamente — comentó. Lars contuvo la respiración, pues pensó que Rudi atacaría al menor sin pensarlo dos veces.
— ¿ Ha hablado de mi? — preguntó. En ese momento, Hans se dio cuenta de que había algo diferente en su hermano. Él no era del tipo sentimental, pero se veía demasiado alterado.
— Si — respondió Hans.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Rudi conteniendo la emoción.
— Nada bueno, de eso puedes estar seguro — respondió Hans. Rudi se lanzó hacía él sin el menor aviso, por lo que Runo y Lars tuvieron que intervenir para detenerlo.
— No sé lo que le has dicho a mamá, y como lograste poner a papá de tu parte, pero te juro que me las vas a pagar— lo amenazó.
— Oh que miedo — se burló Hans, por lo que Rudi se lanzó con más fuerza hacía él.
— Cierra la boca Hans — gritó Lars — lárgate de aquí— le ordenó el tercer príncipe. Hans no tuvo que escucharlo dos veces, dio la media vuelta y se fue. Sin embargo, se encontró con una siniestra y conocida figura que lo alarmó.
— William ¿qué estás haciendo aquí? — preguntó Hans al ver al carcelero recostado sobre una de las cercas de las caballerizas.
— ¿Tienes un minuto? — preguntó William.
— ¿De que quieres hablar? — dijo Hans quien se sentía desconfiado.
— De la princesa, claro está — respondió. Hans asintió. Los dos hombres caminaron hasta la oficina de Hans a un lado del edificio que componía los establos. El lugar estaba desordenado, lleno de papeles, ordenes de compra y descripciones de equinos a la venta. Anna tenía razón, él no era un hombre limpio.
— ¿Qué quieres de mi? — preguntó Hans.
— Hans, sé que estás encariñado con la princesa. Pero, también sé que ella esconde algo. Tu podrás ser el famoso príncipe asesino, pero los dos sabemos que no caerías tan bajo como para traicionar a tu país — dijo William sin rodeo alguno. Hans quiso sonreír al escuchar aquello. Qué poco lo conocía su sobrino.
— ¿Cómo estás tan seguro de que ella tiene información? Personalmente, yo he pasado mucho tiempo con ella desde la invasión, y no he visto ningún indicio de que sepa nada— comentó Hans.
— Yo no le creo — anunció William — he escuchado rumores que han llegado desde Arandelle. El amante de la reina Elsa está formando una especie de resistencia en el submundo. Jorgen está dejando que el enemigo le tome ventaja.
— ¿Qué tiene que ver eso con Anna? — preguntó Hans sin entender la conexión con ello.
—Creo que deben tener un informante en el palacio. Por otro lado, nadie encuentra al famoso prometido de la princesa, el recolector de hielo con el que se casaría el día de la invasión. Papá y el abuelo no me creen, pero yo tengo la teoría de que aquel hombre está dentro del palacio, trabajando como espía. Ella tuvo que dejarlo entrar— aseguró William. Hans mantuvo su semblante sereno, pero quería gritar, no entendía como su sobrino había llegado a aquella compleja y acertada conclusión. Él era mucho más inteligente de lo que nunca se hubiera imaginado.
— Eso es exagerado — respondió Hans con una fingida sonrisa — el pobre hombre no era más que un trepador social. Todo el mundo lo vio huir del castillo cuando Arandelle cayó. Creo que tus teorías son bastante improbables — dijo el príncipe. Una parte de Hans sabía que debía decir la verdad, y contarles como ayudó al recolector a pasar desapercibido la noche que entró al castillo. Sin embargo, aquello le daría una razón a su padre para mandarlos a él y a Anna directo a la horca.
— Bien, puede que estés en lo cierto — aceptó William algo exasperado.
— ¿Y que hay del otro heredero al trono? — preguntó William.
— No existe otro heredero al trono. Anna es la legitima reina de Arandelle — dijo Hans.
— Estoy seguro de que no es cierto — aseguró William golpeando la mesa con la palma de su mano — Todo el mundo sabe que Elsa no pudo haber sido a reina legitima de no ser por los cambios que su papá hizo en la legislación.
— ¿De qué estás hablando? — preguntó Hans confundido.
— ¿Es que acaso no lees los periódicos? — preguntó William molesto — El rey Agar cambió la ley antes de que Elsa naciera. El heredero al trono en Arandelle debía ser hombre, una mujer jamás llegaría al trono.
— Probablemente lo hizo para estar más seguro de que el trono quedaría dentro de su familia. Era imposible que el supiera que no tendría varones— comentó Hans quien ahora sí creía que su sobrino estaba delirando.
— Poco después de su coronación, Elsa pidió al parlamento que refrendaran esa ley, algunos dicen que pagó grandes sumas de dinero. Ella no estaba segura en su trono— dijo el sujeto inclinándose hacía adelante. — yo creo que existía alguien más, y Elsa no quería que se supiera de su existencia. Anna era leal a la reina, de seguro guardaría el secreto. Habían muchos rumores al respecto. Agar se casó cuando ya era mayor, él tuvo una relación previa a su matrimonio.
— ¿Tu crees que ellas tenían un hermano bastardo o algo parecido? — preguntó Hans intrigado.
— Existe la posibilidad— aceptó William muy consciente de que su teoría debía escucharse como un montón de sandeces. — sé que no me crees, pero he visto la manera como los hijos bastardos son tratados, si fuera por edad, yo debería ser el heredero al trono, sin embargo, no lo soy. Conozco las artimañas que todos ustedes usan para asegurarse el poder.
— Pero, esto no se trata de ti, se trata de la reina de Arandelle. Elsa era muy diferente. — comentó Hans. William le dirigió una sonrisa cargada de sarcasmo.
— ¿En realidad lo era? Por favor Hans, los dos sabemos que los que tienen el poder no lo dejarán ir tan fácilmente, mucho menos ella, quien ya había aprendido a usar su magia. Tuvieron que aliarse tres de los más grandes reinos del mundo para retirarla de su trono— le recordó William.
— No entiendo porqué yo tengo que saber esto — continuó Hans quien se sentía en peligro al tener a su sobrino en la misma habitación con él.
— Necesito que tengas los ojos bien abiertos, y si vez algo importante o sospechoso me lo informes de inmediato — dijo William en un tono profundo.
— Por su puesto que lo haré — respondió Hans sin ser completamente sincero. — pero no he visto nada extraño hasta el momento. La pobre Anna se enteró de que su país estaba siendo atacado el mismo día de la invasión. Incluso, conserva muñecas de trapo de su niñez, ella es inocente — dijo el príncipe.
— Puede ser inocente, pero no estúpida— comentó William — lo vi desde el primer momento, es de la clase de personas que sobreviven el interrogatorio. Ni siquiera Rudi pudo hacerla hablar, y eso que ella realmente le tenía más miedo que a la cárcel.
— Tu le pediste a Rudi que la…
— No, yo no tuve que hacerlo. Tío Rudi es capaz de ser cruel por sí mismo, pero le ofrecí ayuda a cambio de que confesara, y ni siquiera así logré que hablara— respondió William.
— Esta familia es única en su especie — comentó Hans con sarcasmo, en tanto negaba con la cabeza. — todos ustedes no dejan de sorprenderme.
— Lo dice el hombre que trató de casarse con la princesa, decapitar a su hermana, dejarla a que muriera congelada, y cuando todo aquello falló, cortarlas con su espada a las dos— respondió William.
Hans aceptó que su sobrino tenía la razón.
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Hans tomó su carreta y regresó a su casa. Estaba cansado, el día había sido arduo y, aunque su encuentro con Rudi fue corto, lo dejó cansado y preocupado. Su hermano estaba más encaprichado con la princesa de lo que había pensado. Inicialmente, él había pensado que todo era una cuestión de sexo y deseo, pero le preocupaba que hubiera algo más de fondo.
— Le preguntaré a Anna — murmuró Hans para sí mismo.
Los últimos rayos del sol se filtraban por las copas de los arboles mientras que Hans llegaba a su casa del lago. El príncipe amaba su casa, estaba alejada del castillo y de cualquier signo de civilización, cerca al lago Claire y a la cascada. La mansión necesitaba mucho trabajo que él no tenía tiempo para hacer. Hans dio vuelta y se alejó del camino principal, condujo por un kilometro hasta que llegó al claro en donde se encontraba su hogar.
— Vaya — murmuró al ver un jardín circular despejado y esperando por ser decorado. Hans bajó de su carreta y rodeó la casa. Había mejorado muchísimo, aún necesitaba pintar la fachada, pero ya no tendría roedores y plagas rondando por ahí. En ese momento, el príncipe vio a la artífice de toda aquella maravilla tendida en el prado, mientras que un pájaro se montaba sobre el lomo del libro que estaba leyendo. Él se le quedó mirando fascinado. No podía creer que aquella pequeña mujer tuviera tanta fuerza. Ella había sobrevivido todo, pero seguía tan dulce y buena como antes, si aquello no era fortaleza y valentía, no sabía que era.
El pájaro salió volando, y ella notó su presencia.
— Hola, ¿Qué te parece?¿te gusta? — preguntó Anna mientras se ponía de pie y limpiaba sus manos en su sucia falda lila. La princesa estaba nerviosa, pues no sabía como reaccionaría Hans ante tal cambio.
— Se ve muy bien— respondió Hans con una sonrisa — me gusta.
— ¿De verdad? — preguntó Anna emocionada — tu mamá me prestó un par de jardineros del castillo. No te preocupes, no te metí en problemas, les dije que yo era tu ama de llaves— aclaró la chica quien hablaba cada vez más rápido apenas sin respirar.
— Es hermoso — contestó Hans — ¿cuáles son tus planes? ¿con qué parte de la casa quieres continuar?
— Con la cocina y los cuartos de la servidumbre — respondió Anna.
— Puedes iniciar la limpieza, pero me temo que tendrás que esperar hasta el próximo mes para comenzar la pintura. No tengo más dinero. — dijo Hans preocupado. Anna tan solo sonrió.
— No hay problema con una buena dosis de jabón tu casa mejorará bastante— aseguró la chica.
— Aún es de día, ¿quieres dar un paseo conmigo? — preguntó el príncipe tranquilamente.
— Por su puesto— respondió Anna. Hans le ofreció su brazo para que lo entrelazara con el de ella. La princesa lo tomó, y juntos caminaron por un buen rato hasta que llegaron al lago Claire. El príncipe se agachó y comenzó a lanzar piedras al agua, le gustaba verlas hundirse, y la onda que creaban al caer.
— Anna — comenzó Hans mientras lanzaba una de las rocas — sé que este tema es difícil para ti, pero tengo que preguntarte algo — dijo el príncipe preocupado, y sin atreverse a mirarla a los ojos.
— ¿Qué? — preguntó ella, quien se hallaba sentada en un tronco junto al lago.
— Es respecto a Rudi. — dijo Hans. — me lo encontré en las caballerizas hoy. Tengo la impresión de que él está "enamorado" de ti.
— Eso no puede ser amor — respondió Anna — cuando mucho será una fijación, pero no es amor, de eso estoy segura.
— Entonces ¿Es cierto? — preguntó Hans.
— Sí. Él me propuso matrimonio el día que me sacaste de esa casa— confesó Anna.
— ¿Matrimonio? Es una locura — afirmó Hans. El príncipe ya se había imaginado que su hermano había desarrollado sentimientos por ella, pero nunca pensó que tendría el coraje de proponerle matrimonio. Rudi se estaba saliendo de control, si las cosas seguían así, tendría que hablar con el rey.
— Anna puedes quedarte a vivir aquí si así lo deseas. Yo disfruto mucho tu compañía, y sabes bien que yo jamás te lastimaría— dijo Hans.
— Una vez me hiciste una promesa parecida, y no la cumpliste — comentó Anna sin emoción en su voz. La mente de Hans viajó en el tiempo, a esa cálida noche de verano en Arandelle, cuando él dijo una frase similar en uno de los balcones del castillo, rodeado por enredaderas y el aroma de las flores.
"Yo jamás te rechazaría…"
Hans se volteó a toda velocidad, y la enfrentó.
— Yo era un hombre diferente en aquel entonces— aseguró Hans.
— Aún no puedo estar segura, pero te agradezco por todo lo que has hecho por mi. Estás haciendo un gran trabajo Hans, veo alguien mejor en ti, alguien más feliz — dijo Anna encogiendo los hombros. Ella le sonrió débilmente. Hans no vio resentimiento en su expresión, solo miedo, dolor, y sobre todo, tristeza.
— Debí haber muerto con Elsa — comentó en tanto miraba el lago.
— No digas eso— murmuró Hans mientras se sentaba al lado de ella — no vuelvas a decir eso — repitió.
— ¿Él dijo que vendría por mi? — preguntó Anna. Hans entendió que se refería a Rudi, y se arrepintió por haberlo mencionado.
— No lo hará, estas a salvo aquí— aseguró. Hans no supo porqué hizo aquello, pero tomó sus manos entre las suyas. Anna trató de soltarse, pero él no le hizo caso y la apretó ligeramente.
— Estas a salvo aquí, Anna — repitió mientras se acercaba a sus labios, se veían rojos y hermosos, invitándolo a probarlos. Hans levanto la vista y solo vio lagrimas. Ella estaba aterrada.
— Suéltame — susurro Anna. Él la dejó ir sin pensarlo dos veces. Ella se paró y salió corriendo por el sendero.
— ¡Anna! — gritó Hans. El príncipe se sintió culpable. Hacía mucho tiempo atrás, él le había negado un beso, ahora, ella le devolvía el favor. Anna aún estaba vulnerable por todo lo que pasó un mes atrás. — idiota — se dijo Hans a sí mismo.
Anna se fue directo a su habitación, y no salió en el resto del día. Hans bajó a cenar con Clara y Martha. Después de la cena, el príncipe les ofreció una partida de cartas a las mucamas. Él había vivido solo por tanto tiempo, que ya había olvidado que tan bien se sentía pasar tiempo con otras personas.
— La casa se queda con todo, señoritas, el perdedor tendrá que limpiar el camino mañana — dijo Hans en tanto repartía las cartas, ya que Sitron siempre hacía de las suyas en la entrada de la casa. De repente, el príncipe escuchó el sonido de la puerta cerrarse.
— ¿Escucharon eso? — preguntó Hans.
— No
— Nada, yo no escuche nada — respondieron las mucamas.
Hans se puso de pie, subió hasta el segundo piso lentamente y empujó la puerta de la habitación de Anna. Tal y como lo había temido, el cuarto de encontraba vacío. Hans entró y encontró las dos muñecas de trapo sobre su cama. Hans las tomó en sus manos, y notó algo extraño. No se sentían como la última vez que las tocó, parecían llenas de papel. De repente, él recordó que ella estaba mejorando el relleno el día de su viaje a las Islas del Sur. El príncipe negó con la cabeza, no era momento de ocuparse en aquellas cosas, tenía que encontrar a la princesa.
El príncipe bajó las escaleras, salió de la casa y corrió hacía el lago. Aquel era el único lugar en el que Anna podría encontrarse a aquella hora de la noche, ya que el camino principal se encontraba demasiado lejos y oscuro. Hans llegó al sendero.
— ¡Anna! — gritó. — ¿dónde estás?
Hans solo pudo oír los sonidos de su respiración. Estaba aterrado, tenía un negro presentimiento que no se podía quitar de la cabeza. Ella se encontraba en peligro. Al llegar al lago, la luna le mostró un reflejo de una mujer que caminaba adentro de él. Ella se hallaba en el mismo vestido de aquella tarde, pero sus trenzas estaban completamente desechas.
— ¡Anna! — gritó nuevamente — ¿Qué estás haciendo? Te vas a congelar — dijo. De repente, Hans entendió que eso era precisamente lo que buscaba Anna, ella quería morir ahogada en ese lago.
— Sal de ahí— bramó Hans en tanto entraba al lago y la sacaba. Anna luchó, ella quería soltarse, pero tan solo consiguió que los dos se hundieran más y más. Finalmente, el príncipe pudo tomarla en sus brazos y hacer que dejara de luchar. Él nunca supo como logró hallar la fuerza para sacarlos de allí, pero logró arrastrarla hasta la orilla y ponerla a salvo.
— ¿Por qué no me dejaste? — preguntó Anna.
— No lo voy a hacer, ¿porque quieres morir? — preguntó furioso en tanto la tomaba por los hombros.
— Porque no me queda nada — gritó Anna — y ahora me encuentro atada a ti, y a tu piedad. Dices que has cambiado, pero ¿cuánto durara tu buena intención? Habrá un día en que te canses y decidas tratarme como lo hizo tu hermano. No voy a volver a pasar por aquello, no voy a volver a ser maltratada así — lloró. Anna se arrodillo en el suelo y Hans la siguió.
— Ven aquí — dijo el príncipe mientras la abrazaba y la obligaba a levantarse suavemente. La pareja comenzó a caminar lentamente hasta la casa.
— No te voy a hacer daño Anna, te lo prometo— dijo Hans mientras caminaban por el sendero completamente empapados y congelados.
— Ya me han mentido muchas veces, no tengo nada, ni a nadie, no tengo familia, ni amigos ¿por qué querría continuar viviendo? — preguntó la chica.
— Anna… — suspiró el príncipe sin saber que debía contestar. Hans la llevó a su habitación y la dejó sentada en la cama con la mirada perdida.
— Deberías dejar de usar ese vestido— dijo Hans cuando ya se encontraba en el marco de la puerta dispuesto a irse.
— ¿Este? — preguntó Anna mirándose a sí misma. — es mi ropa de trabajo.
— No — negó Hans — es una marca. La marca de mi hermano, la llevas a flor de piel, déjala ir — comentó. Anna no dijo nada tan solo le sonrió levemente.
— Buenas noches — se despidió Hans.
— Buenas noches — respondió Anna.
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Al día siguiente, Hans tuvo que regresar a su trabajo. Uno de los encargados del aseo de las caballerizas reales renunció, por lo que no le quedó más opción que recoger el heno para los caballos. A decir verdad, el príncipe apreciaba el arduo trabajo físico en momentos como aquel. No podía dejar de pensar en Anna. Un presentimiento lo había abordado desde hacía un par de semanas. Al parecer, él estaba desarrollando sentimientos por ella, aún no podía decir que la amara. ¿Pero, cómo podría decirle aquello cuando se encontraba tan herida?
Hans sabía que no podía hacerle saber sus sentimientos, aún no. Ella se sentiría amenazada y asustada, tal y como lo hizo cuando trató de basarla junto al lago. Mientras el tiempo pasaba y las heridas sanaban, él debía mantenerse en silencio, observarla desde la distancia, y esperar que la llama que ella puso en él ardiera sin control, hasta que se encontrara completamente consumido.
— Buenos días Hans— saludó una voz masculina — ¿Qué se supone que estás haciendo? — preguntó. Hans se paró derecho al escuchar el llamado del rey.
— Buenos días papá — contestó, mirándolo a los ojos.
— Es todo un milagro ver tu rostro. No has pasado si quiera a saludarme desde que llegaste de Arandelle — le reprochó.
— Estuve muy enfermo, no pude hacerlo—dijo el príncipe, quien hubiera preferido que el rey siguiera su camino.
— ¿Y después? Pasó otro mes sin que te dignaras a visitarme — dijo el rey aún molesto.
— No creí que usted lo notara — respondió Hans sobrecogido por la poco común atención de su papá.
— No respondiste mi pregunta ¿qué se supone que haces? Eso es trabajo de un paje, no el tuyo, tu eres el administrador — preguntó el rey sintiéndose físicamente ofendido por la apariencia de su hijo.
— El paje renunció, alguien tiene que hacerlo— respondió Hans mientras seguía paleando el heno.
— Bien, en ese caso, continua con tu trabajo — aceptó el rey convencido por su respuesta. En ese momento, Hans tuvo una idea, pues en frente suyo estaba la solución temporal a sus problemas.
— ¡Papá! — lo llamó Hans antes de que el rey pudiera retirarse. — espera, necesito hablar contigo — dijo el príncipe en tanto corría hacía él.
— ¿Qué quieres? — preguntó el rey. Hans tomó una fuerte bocanada de aire, lo que se disponía a hacer sería un gran sacrificio, pero lo haría por ella.
— Necesito pedirte un favor, estoy algo corto de dinero y yo…
— ¿Es por la remodelación de tu casa, no es verdad? — preguntó el rey de improvisto. Hans se sorprendió al oír aquello.
— ¿Cómo lo sabes? — preguntó.
— Oh, Hans — suspiró el rey — tu madre me mantiene al día de todos los detalles en este castillo. Así que quieres dinero ¿no es verdad? Supongo que quieres hacer feliz a tu princesita — dijo con algo de sarcasmo en su voz.
— Anna no es…
— Realmente no me importa — lo interrumpió el rey — pero debe ser algo especial, no ha hecho más que ocasionar problemas desde que apareció, y ahora logró que mi orgulloso hijo menor se atreviera a pedirme un favor. Esa es toda una hazaña— comentó mientras tomaba la silla de su caballo para que Hans terminara de prepararlo.
— ¿Eso significa que puedo contar con tu ayuda? — preguntó Hans, en tanto terminaba de preparar el caballo.
— Te daré dinero si eso es lo que quieres — dijo el rey— solo necesito que dejes de perder el tiempo. — comentó al tiempo que comenzaba a apuntar con el dedo índice a su pecho.
— Quiero que el próximo heredero a la corona de Arandelle sea un Westergard, es la única forma en que conseguiremos más legitimidad para quedarnos con el trono. Depende de ti ponerlo ahí — murmuró el rey, mientras que Hans sentía su índice enterrarse más y más en su pecho. — el doctor dijo que la princesa es saludable y puede concebir. Rudi ya perdió su oportunidad, más vale que no desperdicies la tuya. — le advirtió mientras se subía al caballo.
El rey partió y Hans abrió los ojos de par en par, mientras dejaba caer sus herramientas de trabajo. El plan de su padre era básico y escandaloso al mismo tiempo. Él quería que el próximo heredero a la corona de Arandelle fuera un Westergard, y para ello tendría que embarazar a Anna.
— No — murmuró Hans. Al parecer, era su condena tener que seguir atado a los deseos del rey de las Islas del Sur.
Hola a todos, tengo listo otro capitulo. Me temo que la semana próxima no voy a publicar nada. Voy a trabajar en la sección de Naruto, así que nos leeremos la siguiente semana. (tengo demasiadas historias T_T quiero acabarlas pero no alcanzo con todo T_T). Es difícil, porque no me puedo quitar este fic de la cabeza, pero voy a hacerlo.
Sobre este capitulo, ¡Apareció Lars!, por si no lo saben, él es otro de los personajes de Elizabeth Rutnick en el libro Frozen Heart. (alerta spoiler) la verdad es que en el corto del libro, él fue quien le sugirió a Hans el plan de casarse con Elsa para quedarse con el trono, me gustó mucho el tono de esto, así que debía referenciarlo aquí. Otra cosa que quería destacar es la conversación entre Hans y William, la verdad es que dudé mucho en si debía dar toda esta información en este capitulo, espero no haberme equivocado, pero tengo mis dudas.
En fin, como siempre muchas gracias por sus comentarios, lamento haber roto sus corazoncitos, por favor, alguna sugerencia, flamer o amenaza de muerte, todos son bien recibidos.
