[El león y el ratón]
Aquel sábado en Villa Krieg, Rudi no había deseado hacer otra cosa más que pasar la tarde tomando té y ojeando periódicos en el jardín, mientras que la princesa leía frente a él. El príncipe estaba de muy buen humor, y aquello significaba buenas noticias para ella. Anna bajó su libro y vio al hijo de la cocinera quien terminaba de alimentar las gallinas.
— ¡Jacob! — gritó Anna. — ¿Ya acabaste tus deberes?— preguntó dirigiéndole una sonrisa.
— Sí — respondió el niño de una manera tan suave que apenas se escuchó como un murmullo.
— ¿Eres un hombre o un ratón? Habla fuerte — agregó Rudi quien no soportaba al niño. Todo en él lo fastidiaba, su tono de voz suave y excesivamente bajo, su complexión delgada y su obvia debilidad.
— Déjalo en paz — intervino Anna en voz baja. Mientras que el niño colgaba su delantal y ponía todo en su lugar.
— Papá decía que los Westergards siempre debían ser leones, no ratones. Los ratones tienen la costumbre de ser aplastados por el más fuerte— comentó Rudi.
— Todos los Westergards que he conocido son animales horribles — respondió Anna.
— Todos los miembros de la familia real de Arandelle que yo he conocido están muertos — atacó — y en algunos casos, lo único que los mantiene vivos es el hecho de que tengan un lindo rostro y un bonito par de piernas que alguien puede disfrutar. — continuó el príncipe. Rudi sonrió de lado y esperó la reacción de la princesa, pero ella no lo complació.
— Jorgen dijo que lo único que me mantenía con vida era que yo era tan insignificante que no valía la pena iniciar una guerra civil con mi muerte— corrigió Anna en un tono calmado mientras tomaba un poco de su taza de té. Ella no iba a dejar que viera cuanto la lastimaba.
— Pero entendiste el mensaje— preguntó Rudi — ¿no es verdad? Mi pequeño, patético e insignificante ratoncito.
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Las primeras flores llegaron durante una tarde soleada. Hans atravesó el jardín, venía de pescar en el lecho del rio. El príncipe atrapó seis pescados y estaba muy orgulloso de su botín. Sin embargo, su sonrisa desapareció en cuanto vio a Clara con un enorme ramo de flores en las manos. Eran rosas de invernadero, finas y muy caras.
Clara — la llamó Hans — ¿qué llevas ahí? — preguntó el príncipe.
— Es un regalo para la princesa Anna — contestó la chica.
— ¿Puedo verlo? — preguntó Hans. El príncipe tomó el ramo de rosas en sus manos. Él tenía un negro presentimiento acerca de la identidad del remitente, pero quería comprobarlo. Una carta cayó hacía el piso. Hans se agachó y la recogió. En el sobre tan solo había un nombre: Anna, escrito con una elegante letra cursiva.
— Yo me quedaré con esto— dijo Hans. — lo mejor será que la princesa no sepa que esto llegó ¿entendido? — le preguntó a Clara. Ella solo asintió con el seño fruncido, se notaba que entendía la gravedad de la situación.
Hans dejó los pescados en manos de la mucama, y subió las escaleras hasta su habitación. Se encontraban a puertas del otoño, por lo que las empleadas dejaban la chimenea de su cuarto encendida por un par de horas para calentar el ambiente. El príncipe puso las flores sobre la mesa de té al lado del fuego, y se sentó en un sillón, con el propósito de leer la carta. Él jugó con el papel por unos segundos, mientras se cuestionaba una y otra vez si debía abrirla, después de todo, no estaba dirigida a él.
Finalmente, Hans tomó una fuerte bocanada de aire, y asumió la valentía necesaria para abrir el dichoso sobre. La carta era larga y estaba compuesta por varias páginas. El príncipe miró la firma primero, era la de Rudi. Después, regresó al principio y la leyó. Comenzaba con un clásico: "Mi amada Anna" y seguía con una retahíla de promesas de amor que, de seguro, no pensaba cumplir. Leer aquella carta le produjo nauseas, las frases románticas evocaban imágenes que eran poco menos que eróticas. Su hermano era un sádico miserable, ¿cómo se le ocurría escribirle aquellas cosas a una chica que aún no se recuperaba de un trauma?
Nuevas imágenes abordaron la mente de Hans. Anna y su hermano juntos. Odiaba decirlo, pero estaba celoso. Anna se había vuelto una parte indispensable de su vida. Le gustó desde la primera vez que la vio en el puerto de Arandelle, le divirtió durante aquella noche que pasaron en la coronación de Elsa, pero en aquel último tiempo, descubrió una conexión mucho más profunda con ella. Los dos compartían un lazo que creo la adversidad y, por alguna extraña razón, lo único que deseaba era hacerla feliz.
Sí, era un hecho, él estaba celoso. Hans ni siquiera trató de mentirse a sí mismo, y de ocultar aquella situación, era imposible tratar de hacerlo. El príncipe le dio una última mirada a la carta, y la lanzó al fuego, al igual que las flores.
Otro par de semanas pasaron, y aparte de los continuos regalos y cartas que llegaban para Anna, nada interrumpió la paz de Hans. La vida en su hermosa casa junto al lago era tranquila y apacible. La princesa avanzaba a pasos agigantados con la remodelación. La actividad física y las continuas peleas con los obreros y ebanistas la mantenían ocupada.
Incluso la apariencia de la princesa había cambiado en aquel último mes. Para comenzar, ya no usaba aquel vestido lila que trajo de la casa de su hermano. Ella lo rompió e hizo de el harapos que las mucamas usaban para hacer su trabajo. Ahora, Anna pasaba sus días en un vestido de falda verde y corpiño negro bajo el que tenía una blusa beige, los que protegía con su delantal y una cofia que prevenía que su cabello se ensuciara con el polvo de la casa.
— Nunca te lo pregunté — dijo Anna una tarde mientras ella inspeccionaba los muebles de madera de la cocina que habían acabado de llegar del taller.
— ¿Qué? — contestó Hans.
— ¿De donde sacaste el dinero para la remodelación de la cocina y de nuestras habitaciones? — preguntó Anna — pensé que habías dicho que no tenías más dinero, que tendría que esperar.
— Nada especial — respondió Hans fingiendo sonar casual y desinteresado— fue solo un préstamo— contestó. Anna levantó su mirada hacía el príncipe y frunció el seño.
— No tenías que endeudarte para cumplir mis caprichos — dijo Anna preocupada.
— No creo que sean caprichos. Esta remodelación era necesaria, agradezco lo que estás haciendo por mi — comentó Hans tratando de aliviar la tensión.
— No,soy yo quien debería agradecer lo que tu estás haciendo por mi. Eres muy bueno conmigo— comentó Anna mientras seguía inspeccionando la laca de los muebles.
— Solo quiero que me prometas algo a cambio— dijo Hans. Anna se ergio, y le dedicó toda su atención al príncipe. — no vuelvas a intentar a hacer lo que pasó en el lago hace tres semanas— dijo seriamente. La princesa se mordió el labio.
— No hay razón para que yo siga viviendo, todos me quieren muerta — dijo Anna.
— Eso no es cierto, si tu murieras, yo lo lamentaría muchísimo, te has vuelto indispensable en mi vida— admitió Hans mientras daba un paso hacía ella. Anna se le quedó mirando a los ojos.
— No lo creo — respondió Anna.
— Es cierto.
— Rudi dijo que yo solo soy…
— Lo que él te halla dicho no importa. Mi hermano no es más que otra versión del hombre que yo solía ser, y que quiero dejar atrás. Él solo está enfocado en sí mismo, en lo que le da placer y en su propio beneficio. Ninguno de mis hermanos es capaz de ver más allá de su reflejo en el espejo. No dejes que sus palabras te afecten, son solo eso, palabras. — contestó Hans. De repente, Anna se empinó y beso suavemente su mejilla. Este simple gesto despertó todos sus sentidos, quería besarla en los labios y expresarle todo lo que había llevado dentro de su pecho durante los últimos cinco meses. De alguna forma u de otra, ella tenía su corazón en sus manos.
— Lo lamento — murmuró Anna ruborizándose. — no sé que me pasó— se disculpó mientras jugueteaba con el borde de su delantal. Hans sonrió amablemente, y se inclinó hacía ella devolviéndole el beso en la mejilla. La piel bajo sus labios se sentía suave y fresca, como una breve caricia de una mariposa.
—Si crees que voy a quejarme, es porque no tienes ni la menor idea de cómo me siento por ti, Anna— confesó Hans. Anna abrió los ojos de par en par, sintiéndose sobrecogida por las implicaciones del comentario.
— Yo no puedo… no sé… no puedo, no en este momento— balbuceó torpemente Anna mientras comenzaba a retirar el flequillo de su frente y apartaba su mirada de la de Hans.
— Anna — la calmó Hans mientras tomaba una de sus manos entre las suyas — yo no te estoy apurando. No quiero imponerme, o que te sientas obligada a sentir cariño por mi, pero deseo que sepas cuanto te aprecio. Desde mi castigo, lo perdí todo, la verdad es que no tengo grandes cantidades de cosas, ni nada que ofrecerte, solo tengo esta casa, y el firme propósito de ser mejor. Así no sientas amor por mi, por favor, déjame cumplir mi promesa, y pagar mi deuda pendiente, es lo mínimo que puedo hacer por ti— dijo.
— Hans… — murmuró Anna, pero no alcanzó a decir una nueva palabra, ya que los golpes en la puerta la interrumpieron.
— Alteza — empezó Clara quien se encontraba incómoda, ya que sabía que había interrumpido algo importante. — hay alguien en la puerta que necesita hablar con la princesa Anna— dijo.
— ¿Quién? — preguntó Hans preocupado.
— Una mujer y un niño pequeño— respondió. Anna y Hans compartieron una breve mirada. La pareja salió de la cocina hacía la entrada en donde la princesa se sorprendió al ver un rostro conocido.
— ¿Señora Mirtle? — preguntó Anna al ver a la cocinera de Villa Krieg con su hijo de ocho años, quien se escondía detrás de su falda. La princesa sonrió al ver al niño. Ella sabía que el pobre era una persona demasiado sensible y miedosa para el gusto del príncipe Rudi, quien prefería las personalidades fuertes como la suya, por lo que apenas lo soportaba.
— Hola Jacob— saludó Anna. El niño gesticulo un "hola", pero el sonido apenas salió de su boca. La princesa sonrió, y Jacob la imitó.
— Su alteza — comenzó Mirtle. — lamento molestarla, pero usted a la única persona a la que puedo acudir. Escuché que están buscando una cocinera, y yo quisiera aplicar para el trabajo— dijo la mujer cada vez más preocupada.
— ¿El príncipe Rudi te despidió? — preguntó Anna.
— No— negó — Jacob tuvo problemas con él, usted sabe bien cuan exigente es el príncipe con el cuidado de su silla para montar— dijo. Hans frunció el entrecejo al escuchar aquello, no le gustaba el tono de aquella conversación. Sabía que tan extremos podían sus hermanos, después de todo, lo habían aprendido de su padre.
— Por su puesto, él era muy sensible respecto a ese tema. Por mi está bien, ¿Tu que opinas Hans? — preguntó la princesa.
— Perfecto, mamá dijo que ella pagaría su salario así que no me puedo oponer — aceptó el príncipe — además, estoy algo cansado de comer carne hervida y arroz aguado— comentó Hans quien había olvidado que Clara se encontraba escuchándolos.
— Sin ofender, Clara — agregó Hans al notar la presencia de la chica.
— No lo hace alteza, cocinar nunca fue mi fuerte — aceptó la muchacha.
— Solo hay un pequeño problema — dijo Anna — la cocina sigue en remodelación. Espero que no le importe cocinar en la parrilla fuera de la casa — aclaró la princesa quien estaba segura de que la cocinera daría media vuelta y se iría de allí sin pensarlo dos veces.
— No alteza. Yo puedo adaptarme a lo que sea — aceptó la mujer. Después, Hans se agachó y se colocó a la altura de Jacob.
— Así que tu eras un paje en la casa de Rudi ¿no es cierto? — preguntó Hans, Jacob asintió, se notaba que estaba aterrado. Aquel niño le recordaba a sí mismo cuando era pequeño, él también era tímido y callado, tanto, que bien hubiera podido fundirse en el papel tapiz. Aquellas características hacían de Hans la victima favorita de sus hermanos mayores.
—Estoy seguro de que aún eres muy joven, si me lo permites, yo te enseñaré lo que se necesita saber acerca de los caballos. ¿Te gustaría? — preguntó Hans, a lo que el niño solo asintió con una leve sonrisa.
— Clara, ¿podrías mostrarles su habitación? — dijo el príncipe.
— Por favor dale una de las que no apesten a pintura — agregó Anna.
— Si su alteza.
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Otro par de semanas pasaron, y la cocina aún no estaba completamente lista. Mirtle había aceptado las condiciones de su nuevo empleo, pero nunca se había imaginado que pasar de trabajar en las mansiones más elegantes de las Islas del Sur, a aquella casa a las orillas del lago Claire sería tan diferente.
Las condiciones eran muy difíciles, tenía que cocinar en la parrilla en la parte de atrás de la casa, mientras que la temperatura descendía cada vez más. Sin embargo, ella no tenía ninguna queja respecto a sus nuevos jefes. Tanto la princesa como el príncipe se contentaban con una cena sencilla, y ambos se llevaban muy bien con su hijo.
— Mirtle — la llamó Hans mientras ella luchaba con los carbones de la parrilla.
— Alteza — respondió la cocinera en tanto hacía una reverencia.
— ¿Te molesta si llevo a Jacob a las caballerizas reales? — preguntó — quiero enseñarle los caballos. Yo apenas tengo dos, no son suficientes para que aprenda como es debido — comentó. Mirtle sonrió, pues cuando él dijo que quería enseñarle a su hijo no esperó que se tomara aquello tan en serio.
— No, no hay ningún problema. Alteza, no quiero que Jacob sea una molestia para usted — dijo Mirtle preocupada.
— No lo es, me hace compañía — contestó Hans dirigiéndole una sencilla sonrisa.
Hans marchó en su carreta en compañía de Jacob. Ambos llegaron a los establos, en donde el príncipe se puso a trabajar, mientras que el niño dedicó toda su atención al cuidado de los caballos. Jacob parecía feliz, en realidad, hablaba más con los potros y los ponis de lo que lo hacía cuando estaba con otros seres humanos. Él se alegró cuando le pidió permiso para ir a jugar con los hijos de los encargados del establo. Era la primera vez que lo veía acercarse a otras personas.
— ¿Puedo ir señor? — preguntó Jacob.
— Esta bien, pero no te tardes. No hagas nada tonto, no sé como podría enfrentar a tu mamá si llegas a resultar herido — dijo Hans. En ese momento, el príncipe vio a Jacob palidecer, por lo que se dio media vuelta para ver que lo asustó de semejante manera.
— Necesito hablar contigo — dijo Rudi. El hermano mayor le dedicó una breve mirada al niño — vaya, ahora resulta que también me robas a mi servidumbre. Ese niño es estúpido como una piedra, no lo pongas a hacer tareas que requieran pensar, no podrá hacerlas.
— ¿Quieres conversar o solo viniste a ofender a mi nuevo paje? Porque si ese es el caso sería mejor que te esfumaras. Jacob es muy bueno en su trabajo. — respondió Hans tomando al niño por el hombro — mejor ve a jugar. El príncipe es un pesado, y tu no deberías perder tu tiempo con él — le dijo al pequeño.
— Sí — asintió Jacob quien se marchó.
Hans observó a Rudi por un breve instante. No podía creer que después de dos meses, su hermano siguiera encaprichado con Anna, y que tuviera el valor de enfrentarlo de semejante manera. Él solo había visto una pelea de faldas entre sus hermanos, y no había acabado nada bien, solo esperaba que su asunto con Rudi no finalizara de la misma forma.
— Ya deja a Anna en paz — dijo Rudi.
— ¿Disculpa? — preguntó Hans — estoy seguro de que esa es mi línea. Anna no se siente interesada por ti, ni siquiera un poco, es más, estoy seguro de que te odia — dijo Hans.
— No importa. A mi no me importa que ella me odie, yo sé que debemos estar juntos — afirmó Rudi.
— ¿Eres estúpido o que? — peguntó Hans cruzándose de brazos. Él no entendía la conducta de su hermano. La verdad era que el príncipe siempre vivió bajo la regla de : si una mujer no te quiere, olvídala y sigue adelante, por lo que le costaba mucho comprender a que se debía el ridículo empecinamiento del mayor.
— Deja de decir estupideces — gruñó Rudi — tu conoces bien la importancia de Anna en esta guerra, y lo que papá quiere de ella— dijo.
— Ahh, así que a eso se reduce todo — murmuró Hans de manera aburrida — quieres complacer a papá y el trono de Arandelle.
— Yo la quiero a ella — afirmó Rudi. Hans se le quedó mirando, y se mordió el labio sin saber que hacer.
— Déjala en paz — dijo Hans quien no pudo pensar en otras palabra, pese a que sabía que aquello no lograría convencer a su hermano. — Rudi, no sé que decirte, esto es una locura. Tu me dices que estás enamorado de ella, pero papá me dijo algo muy diferente, él dijo que yo debía…
— ¿También te lo pidió a ti? — preguntó Rudi subiendo el tono de voz y abriendo los ojos de tal manera que parecía que quisieran salirse de sus cuencas.
— Si. Tu sabes como es papá, él no nos tiene el menor respeto — respondió Hans en tanto se daba la vuelta y comenzaba a organizar una serie de riendas que colgaban de la cerca del establo, con el fin de evitar la mirada de Rudi. Lo único que el príncipe pudo sentir fue un terrible dolor en la cabeza, al tiempo que se sumergía en la oscuridad.
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— ¿Señor, cree que se pondrá bien?
— Sí, estará bien. Él tiene un cráneo duro. Además, la mala hierva jamás muere, no importa cuanto trates de sacarla. Y este es de lo peor, así que no te preocupes, no morirá. — respondió. Hans reconoció a los dueños de las voces. Uno era Jacob y el otro era Lars. Sin embargo, le costó mucho abrir los ojos. Su cabeza dolía como nunca.
— ¿Qué te paso? — preguntó Lars con calma — ¿cuántos dedos ves? — dijo mientras le enseñaba lo que parecían ser de dos a seis dedos.
— ¿Nueve? — preguntó Hans confundido.
— Se ve mal — murmuró Lars. — sería recomendable que te lleváramos con el medico de la corte — continuó, mientras lo ayudaba a levantarse. En ese momento, Hans recordó la razón por la que se hallaba tirado en el piso.
— No puedo — negó Hans soltándose del agarre de su hermano. — tengo que volver a casa— dijo en tanto comenzaba a ensillar a Sitron.
— Por favor, cuida a Jacob, volveré por él mañana, no puedo llevarlo, es peligroso — explicó el príncipe a Lars quien asintió de inmediato. El tercer hermano entendió que algo muy grave había pasado entre Hans y Rudi.
— No te preocupes, yo lo cuidaré, ¡corre!.
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Había pasado todo el día observándola, pero ella ni se inmutaba. A Anna parecía no importarle toda la atención que le dedicaba ¿Quién se creía que era? Ella no era más que un insignificante y pequeño ratón, mientras que él era el ganador de toda aquella partida, el favorito del rey.
— Anna, ven aquí — le ordenó Rudi, quien se sentó al borde de la cama mientras la veía deshacer sus trenzas y alistarse para la noche.
— Quiero acabar de cepillarme el pelo — respondió Anna.
— No entiendo cuál es el punto, hagas lo que hagas, termina siendo un desastre cuando despiertas — comentó el príncipe.
—Mamá siempre decía que debía cepillarlo, la hubiera molestado mucho si no le hiciera caso — comentó Anna. Rudi no fue capaz de contradecirla. Es más, él estaba muy divertido por su reacción. Ella era de ese tipo de personas extremadamente sensibles y si la presionaba demasiado tan solo lograría romperla aún más.
Finalmente, Anna se metió a la cama junto a él. El príncipe se sentía muy suertudo de poder pasar todas las noches con ella, lo único que hubiera deseado era que dejara de llorar mientras estaban juntos. La princesa lo odiaba. Al principio, no le había molestado, es más, siempre le había gustado ser el extremo más fuerte, y no existía nada que le diera mayor sensación de poder que obligarla a dormir con él. Sin embargo, últimamente, se sentía desanimado cada vez que ella lo rechazaba o cuando tenía que forzarla como en aquella ocasión.
Rudi cayó rendido junto a Anna.
— Tengo frio — dijo Anna al tiempo que se ponía de pie. Rudi observó la silueta desnuda contra la luz de la luna, en tanto ella buscaba su camisón y un sweater rosa pálido para cubrirse.
— Ven aquí — murmuró Rudi cuando ella volvió a la cama junto a él. Después, la abrazó fuertemente junto a su cuerpo — yo te daré calor — susurro.
Anna se sentía increíblemente pequeña en sus brazos, como si fuera a romperse en mil pedazos si la apretaba muy fuerte. Rudi la acarició sobre la tela. Sin embargo, ella no se molestó en devolverle el abrazo. Al príncipe le molestó aquello, ¿por qué una persona tan débil como aquella tenía tanto poder sobre sus sentimientos?
— Abrázame— le ordenó Rudi, pero ella no respondió, tan solo permaneció inmóvil como una muñeca. Al príncipe lo invadió la furia, se colocó sobre ella y apretó su cuello con todas sus fuerzas. Anna no lo quería, y ni siquiera podía tratar de fingir. La princesa no luchó, tan solo cerró los ojos y dejó que él siguiera estrangulándola.
Si ella moría, todo estaría bien, por fin se desharía de aquel pequeño ratón que se atrevía a controvertir el adecuado orden de su mundo, que lo hacía sentir débil y necesitado, ella tenía su corazón en su mano. Al ver que los labios de la princesa se volvían azules, Rudi decidió que no podía hacerlo. Si la mataba, moriría con ella. El la soltó, y Anna comenzó a llorar desconsoladamente. El príncipe volvió a abrazarla, y ella volvió a rechazarlo.
— Ya, ya, no llores, por favor, no llores — dijo Rudi mientras ella continuaba sollozando — por favor, deja de hacerlo. Lo siento, lo lamento mucho, te prometo que no volverá a suceder. Por favor, perdóname, te juro que si pudiera, cambiaría el pasado, haría todo diferente desde el principio— murmuró Rudi mientras la apretaba contra su cuerpo. Era irónico, pero aquello era lo más honesto que hubiera dicho en un largo tiempo.
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Anna siguió frotando el interior del horno de hierro. Era curioso, se suponía que aquella no era una de las tareas propias de una princesa, pero ¿a quien le importaba? Ella ya había dejado claro que no era una princesa convencional, nunca lo fue, y no planeaba comenzar a comportarse de aquella manera justamente en aquel momento en el que la actividad física le ayudaba tanto.
La verdad era que extrañaba su hogar, su hermana y a Kristoff. Pero, tenía que admitir que Hans le había hecho la vida mucho más fácil desde su llegada a las Islas del Sur. En realidad, todas sus reservas acerca de las verdaderas intenciones de Hans se estaban esfumando. Él realmente parecía una persona nueva, y Anna podía ver claramente que él era honesto. La princesa sonrió para sí misma, pues Hans pensaba que no se había dado cuenta de que Rudi llevaba casi un mes enviándole regalos.
Ella agradecía sus buenas intenciones, pero tratar de esconderle que Rudi aún seguía siendo una amenaza para su seguridad, era como tratar de tapar el sol con un dedo. Pero, Anna sospechaba que él aún guardaba más secretos. Después de todo, no había vuelto a recibir noticias de William. Hans la estaba protegiendo, y la princesa podía verlo claramente.
Anna siguió frotando el horno cada vez con más fuerza, ya que la mugre parecía no querer salir con nada. De repente, la princesa escuchó el sonido de un par de pesadas botas de montar contra el suelo de piedra, y la princesa recordó que era hora de que Hans regresara a casa.
— Hola — dijo Anna sin sacar la cabeza del horno — creo que la señora Mirtle tendrá la cena en la mesa en un par de minutos, así que será mejor que vayas a lavarte las manos y a quitarte ese feo abrigo. En serio, no entiendo porqué no te lo quitas nunca— comentó la chica mientras frotaba más y más fuerza.
— ¿Cómo te fue hoy? Escuché que llevaste a Jacob a los establos, eso es muy dulce de tu parte — comentó alegremente.
— Me fue muy bien, gracias por preguntar — respondió, pero Anna se asustó al escuchar que la voz no era la de Hans. La princesa se puso de pie rápidamente, y se encontró de frente con el rostro que veía en todas sus pesadillas.
— Hola Anna — la saludo Rudi. — he venido para que regresemos a casa — dijo mientras que ella daba un par de pasos hacía atrás. Anna miró rápidamente a su alrededor, buscando algo con que defenderse en caso de que él decidiera atacarla. La chica tanteó con cuidado el mesón de la cocina hasta que encontró un largo cuchillo que no dudó en apuntar hacía él.
— Yo no voy a ninguna parte — dijo Anna furiosa.
— Anna, por favor, siempre tenemos esta clase de enfrentamientos, y tu siempre pierdes, no hagas las cosas más difíciles de lo que deben ser — murmuró Rudi en tanto daba un par de pasos hacía el frente con el fin de alcanzarla.
— Esta vez no. Si tu quieres sacarme de esta casa, tendrá que ser muerta.
— No seas melodramática — dijo Rudi. Anna miró la puerta hacía el jardín trasero, la cual se encontraba bloqueada por el príncipe. Ella entendió que debía hallar una forma de escapar, aquello le daría tiempo, o la posibilidad de encontrar alguien que pudiera ayudarla, pues si tenía un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con él, de seguro perdería.
— Dame el cuchillo Anna — gruñó Rudi mientras hacía el intento de abalanzarse sobre ella. Anna blandió el arma sin ningún control, por lo que logró herirle la mano que él había estirado hacía ella.
Anna no entendió que sucedió. Ella solo corrió como nunca, atravesó el jardín y se escondió en el bosque mientras trataba de hallar el camino principal, probablemente, allí hallaría una carreta o algún vehículo que la pudiera llevar a las caballerizas del palacio. Una sucesión de arboles y ramas pasaban ante sus ojos, mientras que la princesa luchaba por mantener el paso. Sus pulmones le ardían al igual que sus piernas, pero no podía darse por vencida, debía seguir, de lo contrario volvería al mismo infierno del que había logrado escapar con la ayuda de Hans.
— ¡Anna! — Oyó gritar a Rudi. Después, el sonido de cascos de un caballo la hizo desfallecer, ya que era imposible que ella lograra vencer la velocidad de un animal. — ¡Anna! — repitió al tiempo que el caballo del príncipe saltaba frente a ella impidiéndole el paso. La impresión fue tal, que la princesa cayó de espaldas en la tierra.
— ¿Estás bien? — preguntó Rudi mientras se bajaba del animal — vaya susto que me has dado. Es momento de volver a casa — dijo en tanto se agachaba con la intención de ayudarla a levantarse.
— ¡No! — gritó Anna parándose sin su ayuda. — No voy a volver, ya te dije que te odio, no quiero tener nada que ver contigo.
— ¿Por qué? — preguntó furioso — ¿Es por Hans? ¿Acaso no pensaste que me enteraría de que todo el país rumorea que ustedes dos están juntos? Llegaste a mi vida, la pusiste de cabeza y ahora me das la espalda, si lo que quieres es hacerme sufrir, ya lo lograste. Ahora, ven conmigo por favor — pidió el príncipe.
— No — contestó Anna quien no podía creer que sugiriera que usaba a Hans como un medio para vengarse de él. Rudi tenía toda una compleja maraña de ideas y engaños en su cabeza que él mismo había puesto ahí.
— Yo sé que tu y mi hermano tienen algo, siempre lo supe, era obvio, ustedes dos estuvieron comprometidos. Probablemente, tu recolector de hielo no era más que una forma para encubrir su relación. Pero, no voy a permitir que tú lo elijas a él sobre mi, ¡No lo voy a permitir otra vez! — gritó. Anna jamás había visto a Rudi tan descompuesto como en aquella ocasión. El elegante príncipe siempre era el epitome de la gracia, jamás se dejaba ver herido, pero su extraña rivalidad con Hans estaba sacando lo peor que tenía en su interior.
— Esto no tiene nada que ver con Hans, ni con Kri… — comenzó Anna quien recordó que Rudi no sabía el nombre del recolector, y sería mejor que nunca lo hiciere — ni con mi ex novio — prosiguió — Yo no tengo nada con Hans, tan solo vivo con él. Pero, eso no tiene importancia, la verdad es que yo no te quiero, jamás podría hacerlo, tu me has hecho mucho daño. — dijo.
— Anna, por favor, perdóname, haré lo que sea… — murmuró el príncipe en un tono lastimero mientras se acercaba a ella y trataba de abrazarla, pero ella lo empujó con fuerza.
— ¿Por favor? — preguntó Anna furiosa — "Haré lo que sea" — repitió la chica con resentimiento — si no estoy mal, yo dije esas palabras una y otra vez mientras estuve en Villa Krieg, pero tu no me prestaste atención, tan solo me pisoteaste ¿cómo te atreves a venir aquí a pedirme que regrese? Puede que algún día logre perdonarte, pero no me pidas que vuelva contigo, eso nunca será posible — dijo Anna quien se dispuso a darse la vuelta para regresar a la casa en el lago, pero él la tomó fuertemente por los brazos.
— Siempre tiene que ser así contigo ¿no es verdad? —preguntó Rudi — tu no me vas a rechazar. Tu vales más de lo que piensas, princesa, si yo te pierdo frente a Hans, él pensará que soy más débil que mi hermano menor, no puedo dejar que eso pase— dijo el príncipe. Anna no entendió lo que quiso decir con aquellas palabras, pero siguió luchando para soltarse de su agarre.
De repente, un disparo rompió el silencio del bosque. Rudi soltó a Anna y se arrodilló en el piso, alguien lo hirió en el hombro. Por un breve instante, la princesa pensó en salir corriendo, pero los pasos de una tercera persona que se acercaba hacia ellos la alarmaron.
— ¡Anna! — gritó Hans quien se aproximaba a Rudi y a la princesa — ¿Estás bien? — preguntó el príncipe. Después, se arrodilló junto al mayor quien se hallaba tendido en el piso.
— ¿Está muerto? — preguntó la chica preocupada.
—No, solo desmayado— contestó Hans quien lo miraba inspeccionando su respiración— jamás sería capaz de matar a mi propio hermano— murmuró. Anna sonrió levemente mientras veía al príncipe poner a Rudi en su espalda. Era irónico que él dijera aquellas palabras cuando el mayor lo había apuñalado sin el menor resentimiento.
— Regresemos a casa — dijo Hans cansado.
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Hans acomodó a su hermano lo mejor que pudo en su habitación, ya que no había otra disponible, y mandó llamar al médico de la corte mientras que Martha trataba de detener la hemorragia. Por su parte, Anna no quiso acercarse a él, si el príncipe se lo pedía, ella le ayudaría, pero quería mantenerse lo más lejos posible de Rudi.
Anna se sentó en su propia cama y tomó una gran bocanada de aire, no podía creer que las cosas hubieran salido de aquella manera, y que su victimario se encontrara recuperándose en el mismo sitio que ella había reconocido como su santuario.
— Anna ¿puedo entrar? — llamó Hans desde el otro lado de la puerta.
— Sí, pasa — aceptó Anna. — ¿Cómo está?
— Bien, inconsciente, pero se recuperará. Me temo que tendrá que quedarse en esta casa por un par de días. El doctor dijo que no podemos moverlo — le explicó Hans quien tampoco parecía satisfecho con el estado de las cosas.
—Tengo que hablar contigo — dijo Hans tras un breve instante de silencio. El príncipe comenzó a narrarle una serie de secretos que él había guardado por casi un mes, su conversaciones con Lars, William y su padre.
— Eso tiene sentido — afirmó Anna con amargura — Rudi dijo que si yo no estaba con él, alguien pensaría que era más débil que tu. Supongo que se refería al Rey. Él solo quiere complacer a su papá. Pero hay algo que no entiendo — dijo Anna sin atreverse a quitar su vista del suelo de piedra.
— ¿Qué? — preguntó el príncipe.
— ¿Es que acaso tu no quieres complacer al Rey? — preguntó Anna — cualquiera pensaría que no dudarías en… forzarme para complacerlo, como lo hizo Rudi, pero hemos vivido juntos por dos meses, y tu no pareces tener intenciones de herirme — comentó la chica.
— A mi no me importa lo que papá quiera. Yo prometí que te protegería, y así será — aseguró Hans en un tono de voz profundo y sin despegar su mirada de la princesa.
— ¿Por qué? — preguntó la chica mientras levantaba su rostro y lo miraba a los ojos — ¿Qué es lo que quieres de mi? — preguntó Anna.
— Nada, solo quiero que me permitas quererte, así tu no sientas lo mismo por mi. Solo quiero estar junto a ti — confesó Hans con la boca seca. Anna se inclinó hacía adelante, tomó sus mejillas entre sus manos y lo besó en los labios suavemente. El príncipe no dudo en responder el gesto, por lo que tomó sus hombros y la acercó a él.
Aquello se sintió perturbadoramente natural para Anna, como si aquel fuera el adecuado orden de las cosas, pero se hubiera encontrado suspendido por los eventos que siguieron al deshielo. Habían ocurrido muchas desgracias que ella aún no lograba superar, y no comprendía la contradictoria y voluble personalidad del príncipe, pero sí sabía que estar junto a él le traía una alegría que no pensó volver a experimentar. Y a pesar de todo, se sentía como una miserable traidora.
— Lo lamento, esto no puede ser — dijo Anna en tanto se separaba de Hans — no puede ser — repitió la chica.
— Sé a que te refieres — contestó Hans — voy a regresar con Rudi. El doctor dijo que podría sufrir de fiebres, y me guste o no, sigue siendo mi hermano — comentó el príncipe mientras que se ponía de pie y salía de la habitación.
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Dos días después, Hans aún sentía la suave caricia de los labios de Anna sobre los suyos. Ella estaba quitando el hielo de su corazón, y sacando a flote sentimientos que jamás creyó que se encontrarían allí. El deseo y el cariño a menudo se juntaban y lo llenaban de dudas y miedos, y en otras ocasiones, de una alegría incontenible.
— ¿Cómo puedes comer esto todos los días? — preguntó Rudi. Hans tan solo gruñó y levantó la cuchara para seguir alimentando a su desdichado hermano.
Rudi tuvo que permanecer ese par de días en cama gracias a la bala de Hans, por lo que el menor se sintió personalmente obligado a cuidarlo y a satisfacer cada una de sus necesidades. Desafortunadamente, el mayor no le hacía las cosas más fáciles, pues ni siquiera podía mantener estable la cuchara pos si solo, y Hans se vio obligado a alimentarlo.
— Es estofado — contestó Hans — yo creo que sabe muy bien. Además, hasta que la cocina no está completamente remodelada tendremos que satisfacernos con lo que se logre hacer en la parrilla del jardín — concluyó el príncipe quien no deseaba admitir que él también se estaba hartando de aquel cocido.
— ¿Dónde está ella? — preguntó Rudi quien se refería a Anna.
— En la cocina, limpiando, como siempre — dijo Hans mientras levantaba la cuchara para darle a su hermano otro bocado.
— No sé como lo logras — comentó Rudi.
— ¿Qué? — preguntó Hans.
— Que todos te quieran y te perdonen, a pesar de todo lo que haces. Papá y mamá siempre fueron más suaves contigo porque eras el menor— dijo Rudi con resentimiento.
— Oh por favor. Los dos sabemos que papá apenas recordaba que existía, mamá tenía sus propios problemas, y ustedes no me hacían la vida más fácil. Por lo menos tu tenías a Runo, yo estaba solo — respondió Hans — yo siempre fui su victima favorita.
— Puede que papá te ignorara, pero él nos hacía lo mismo a todos. Mamá siempre te prefirió — continuó Rudi en tanto recibía otro bocado de mano de Hans.
— Realmente, no sé porque continuamos esta conversación, por lo menos papá se tomó el trabajo de hacer planes para ti, tu debías casarte, pero yo solo me quedaría con las sobras de todos ustedes— dijo el menor. De repente, Hans escuchó un grito, estaba seguro de que se trataba de Anna, por lo que hizo a un lado la comida de su hermano y salió corriendo hacía la cocina. Hans la encontró en el jardín de la parte trasera de la casa.
— ¿Qué sucedió? — preguntó el príncipe frenéticamente.
— Creo que vi un ratón — dijo Anna mientras señalaba hacía la cocina.
— ¿Un ratón? — preguntó el príncipe algo divertido por la exagerada reacción de Anna.
— No te rías — lo regañó Anna en tanto lo golpeaba en el brazo— si te crees tan fuerte ¿por qué no vas y lo sacas de la casa? — preguntó la princesa poniendo las manos en sus caderas.
— Esta bien — aceptó Hans — yo mataré al ratón.
— No lo mates — dijo Anna deteniéndolo por el codo — puede que tenga familia, una ratoncita y ratoncitos. Me conformo con que lo saques de la casa — pidió.
— Esta bien — aceptó Hans quien contuvo una carcajada. — lo sacaré de la casa, pero no lo mataré — respondió el príncipe pacientemente. Hans levantó su mirada sin querer, y encontró a Rudi mirándolo desde la ventana. Aquello no era bueno, después de todo, él tenía exactamente el tipo de relación que a su hermano le hubiera gustado tener con Anna.
— Su alteza, su alteza — los llamó Martha — la reina viene hacía acá — su carruaje está en la puerta.
Anna se apresuró a quitarse el delantal y la cofia con la que cubría su cabello. Ella corrió hacía la puerta en compañía de Hans, quien lucía preocupado. Probablemente, temía la reacción de la Reina, después de todo, él había herido a Rudi, y ninguna madre estaría contenta con aquello.
— Su majestad — dijeron las mucamas al tiempo que la reina se bajaba de su carruaje. Hans, Anna, las mucamas, la cocinera y su hijo hicieron las reverencias de rigor al ver a su invitada. Pero ella apenas respondió rápidamente a su saludo, se notaba que estaba muy preocupada.
— Por favor, Hans, dime que él se encuentra bien— dijo la Reina después de contestar todos los saludos.
— Él está fuera de peligro. Mi bala fue mucho más generosa de lo que él se merecía, después de todo, él me dejó en cama por poco más de un mes, yo tan solo lo incapacité por un par de días — dijo Hans con resentimiento. En ese momento, Anna entendió que el príncipe no planeaba disculparse por su acción.
— Princesa Anna — dijo la reina dirigiéndose a ella — lamento mucho, yo… por favor perdone todo lo que ha pasado — balbuceó la mamá de Hans quien se encontraba exhausta y frustrada por toda la situación.
— Antes de subir a verlo, quiero mostrarte esto — dijo la Reina mientras sacaba un sobre de su pequeña cartera de mano y se la pasaba a Hans — ábrela — indicó. Hans desdobló la carta y leyó en silencio.
— Papá nos invita a un baile — le dijo Hans a Anna.
— Querrás decir: a ti. Se supone que yo no estoy en las Islas del Sur — corrigió Anna.
— No, él nos quiere a los dos, el próximo viernes a las cinco. El baile empieza a las siete, pero él desea hablar con nosotros. Esto no puede ser bueno, siempre que él desea hablar conmigo, solo me crea más problemas. — comentó Hans
— ¿Tienes idea de que se trata? — le preguntó el príncipe a la Reina. Ella negó con la cabeza.
La princesa contuvo la respiración, aquel era el momento que siempre estuvo esperando. Él día en el que finalmente conocería al culpable de toda aquella historia, y el verdadero asesino de su hermana: al Rey de las Islas del Sur. Anna se sintió como un pequeño ratón bajo la inmensa garra de aquel feroz león, listo para ser devorado.
Hola a todos. Sé que dije que no tendría capitulo esta semana, pero bastante deprimida, esta semana estuve muy enferma, por lo que no pude hacer nada más que quedarme en mi casa, así que decidí trabajar en este fic para animarme un poco, comenzó como algo casual, pero tres horas y 17 paginas después, prácticamente terminé otro capitulo, así que ni modo. En las próximas semanas voy a tener mucho tiempo libre, me van a operar, lo que significa que no estudio ni trabajo para mi, así que no les sorprenda si me vuelvo loca con las actualizaciones.
Sobre el capitulo…. No mucho, en realidad nada.
Pero les tengo una noticia importante (propaganda): como tengo mucho, mucho, demasiado tiempo libre, abrí un nuevo blog en tumbrl, se llama randomgeekpersona. Es un blog de fandoms, sobre todo enfocado a Disney, a veces pongo cosas de Naruto, pero quiero que sea dirigido especialmente a Disney. Yo ya tenía un blog de fandoms "geekxxx", pero lo cerré luego de que terminaron dos de mis series principales, la verdad es que ese blog era un desastre, y lo tuve abandonado por mucho tiempo, no tenía ni tema ni coherencia, así que cree uno nuevo, que pretendo tratar con más cuidado para que no se vea tan caótico como el anterior, por su puesto mi inbox está abierto y como tengo mi celular prácticamente adherido a mi mano, puedo contestar en cualquier momento, sea en español o en inglés. Yo solía recibir prompts e hice un fic con esos requerimientos que me mandaban, por lo que si quieren que haga algo en especial no duden en pedir.
Ahhh, para Rini Booh: Frozen Heart es un libro para adolecentes que va a lanzar Disney en octubre, cuenta la historia desde el punto de vista de Hans y Anna, tiene cierta Background sobre esos personajes, e introduce muchos de los personajes que he mencionado aquí como Rudi, Runo, Caleb, el Rey, Lars la Reina entre otros. El libro ha generado mucha expectativa porque va a estar escrito por Elizabeth Rudnick, la misma persona que novelizó la película de Malefica, Ya salieron un par de capítulos, pero el resto está en el tintero hasta octubre, yo estoy algo desanimada porque tengo el presentimiento de que no lo podré leer *sniff* solo se puede encontrar en inglés en la pagina de Disney books.
más que no se vayan sin dejarme un hola o algún otro comentario, durante estas semanas estaré muy agradecida si lo hacen, me despido.
