[Flor de una noche]

Eran las tres de la mañana y Elsa seguía leyendo obsesivamente los mapas de las zonas aledañas a Arandelle, pero viera por donde lo viera, no encontraba una solución. Estaban completamente rodeados por barcos enemigos. Ella no podía vencerlos a todos sin congelar sus costas por completo, y si lo hiciera, forzaría a su propio pueblo a vivir sepultados bajo la nieve y a enfrentarse a la peor hambruna que se hubiera visto en años. Ellos no la habían perdonado por completo, era imposible que lo hiciera nuevamente.

Elsa — comenzó Anna quien entró suavemente a la habitación. Su hermana se hallaba en pijama y tenía el cabello desorganizado, cómo si no fuera más que un nido de pájaros.

¿Qué estás haciendo despierta? — preguntó Elsa — es muy tarde.

Eso era exactamente lo que yo iba a preguntar, tienes que descansar. Te he visto, no has dormido en días — dijo Anna preocupada.

Tengo mucho trabajo por hacer — contestó la Reina. Estaba aterrada, si Anna seguía insistiendo, ella no sería capaz de guardar el secreto por mucho tiempo.

Ve a tu habitación, es mejor que duermas — insistió Anna tomándola de la mano y alejándola de su escritorio. Elsa sonrió ante la propuesta, la verdad es que ella ya no podía hacer nada para mejorar la situación en aquel momento, y mirar una serie de mapas no la iba a ayudar en nada.

Tienes razón— aceptó la Reina — quiero descansar. Pero, preferiría si vienes conmigo — dijo la chica dedicándole una suave sonrisa a su hermana.

Si eso te hace sentir mejor, por supuesto que lo haré — aceptó Anna. Las dos hermanas caminaron a la habitación de la reina. Elsa aún no se acostumbraba a mantener la puerta abierta, pero dejó atrás este pensamiento mientras se cambiaba a su ropa de dormir.

¿Por qué quieres que duerma contigo? ¿Acaso te sientes sola? — preguntó la menor preocupada mientras se ubicaba al lado de su hermana.

No me siento sola, tal vez algo asustada — reconoció la Reina. De inmediato, ella se arrepintió de haber dicho aquellas palabras.

¿Aún tienes miedo a tus poderes? — preguntó Anna aún más preocupada.

No realmente.

Entonces ¿a que le tienes miedo? — insistió la menor. Elsa observó el techo con la mirada perdida y sin percatarse de que las lagrimas comenzaban a escapar de sus ojos.

A la muerte, a lo que pueda pasarte si te dejo sola, y sobre todo, a perderte — dijo la reina. Anna se levantó ligeramente y se volteó hacía Elsa.

Elsa — comenzó Anna — ¿de qué estás hablando? No vas a perderme, no vas a morir. Bien, algún día tendrás que morir, pero no será pronto — comentó la princesa sorprendida por la inusual respuesta de su hermana. Elsa se enjuagó rápidamente las lagrimas y pasó su brazo por encima de los hombros de Anna acercándola a su cuerpo para poder abrazarla con más facilidad.

Tienes razón. Que tonta soy — dijo Elsa, quien le dio un beso en la nuca— solo quiero que me prometas algo, pase lo que pase, vas a ser feliz ¿no es verdad? — preguntó la reina quien apretó a su hermana con más fuerza.

Elsa ¿Qué es lo que sucede? — insistió Anna quien cada vez estaba más y más preocupada.

Nada, solo he tenido unos cuantos malos días en el parlamento, eso es todo, pero pronto me sentiré mejor. — mintió la reina — tu boda con Kristoff será en un par de días. Sé que todo estará bien para entonces— aseguró Elsa.

Si, en ese día todo será perfecto. contestó Anna.

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Anna no pudo dormir aquella noche, pese a que Rudi había dejado la casa del lago dos días atrás. Sus recuerdos previos a la invasión volvían una y otra vez a su mente. No entendía como había sido tan ciega para no ver lo que estaba frente a ella, y tan egoísta como para no pensar en otra cosa diferente a su felicidad con Kristoff. La princesa sacudió la cabeza, no quería dejar que la tristeza le ganara la partida, tenía que seguir con la limpieza.

La princesa siguió buscando en sus baúles una prenda decente para usar en el baile al que fue invitada. Sin embargo, ella no podía encontrar ninguna que fuera lo suficientemente formal. A decir verdad, cuando Anna hizo sus maletas pensó que sería llevada en calidad de prisionera, y que nunca se la trataría como una invitada más, por lo que decidió dejar sus vestidos más elegantes y voluminosos en Arandelle, ya que no le servirían de nada allí.

— Anna — gritó Hans quien se aproximaba por la escalera — ¿Dónde estás? — preguntó el príncipe.

— En mi habitación — respondió Anna quien se encontraba sentada en su cama entre lazos y tules de enaguas.

— ¿Qué estás haciendo? — la interrogó Hans quien ya se encontraba en el marco de la puerta, e inspeccionaba la habitación, sintiéndose sorprendido por aquel desastre.

— Estoy buscando un vestido decente para el baile de tu padre, pero he notado que no tengo nada que ponerme — comentó la chica mientras dejaba salir una profunda exhalación.

— Eso imaginaba — contestó el príncipe — ya me había anticipado a ello. Si no te molesta, le dije a mamá que mandara hacer un vestido para ti. Yo le di las indicaciones. Al parecer, la costurera de la corte ya tenía tus medidas — cementó Hans con recelo, ya que se refería a los memorables vestidos lilas que su hermano le había dado a la princesa.

— No tenías que hacer eso por mi — comentó Anna mirándolo a los ojos.

— Tu sabes que por mi no hay ningún problema — respondió Hans quien se abrió espacio entre los tules y las faldas y se sentó junto a ella en la cama. La escena no era muy diferente a la que habían tenido un par de semanas atrás, por lo que Anna no pudo evitar ruborizarse. De repente, ella sintió una mano debajo de su quijada y su corazón palpitar a toda velocidad. Estaba segura de que él la besaría nuevamente.

— Lo lamento mucho — se disculpó el príncipe de improviso. — no debí hacer eso — dijo.

Anna no supo que responder, había una oscura verdad que la carcomía por dentro, pues se sentía como si sus labios extrañaran el contacto con el de los del príncipe. Ella se odiaba por sentir aquello, pero tampoco podía negarse que cada día sentía más y más deseos de aceptarlo.

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El día del baile llegó rápidamente. La reina los mandó llamar a las tres de la tarde, un poco después del almuerzo, por lo que Anna y Hans se dieron prisa y se alistaron lo mejor que pudieron, pese a que la princesa aún no tenía ningún vestido decente para asistir a una celebración de tal magnitud.

— Supongo que quiere que llegues temprano, para que tengas tiempo para cambiarte y arreglarte— dijo Hans quien realmente esperaba que aquello fuera cierto, ya que sabía perfectamente cuán importante era la apariencia personal para su padre, y no aceptaría que Anna fuera con un sencillo vestido de tarde.

Tal y como Hans lo anticipó, la pareja fue separada en cuanto pasaron el umbral de la entrada. Anna estaba verdaderamente aterrada, la última vez que había pisado aquella hermosa construcción con apariencia de serpiente negra, fue cuando la llevaron a los calabozos para ser torturada, por lo que el lugar no le traía el menor recuerdo feliz.

Las criadas del castillo la llevaron hasta las habitaciones de la reina en donde la alistaron con la mayor premura, su cabello fue arreglado en un complicado peinado lleno de flores y adornos, y vistió el traje de la reina. Anna reconoció que aquel vestido era una de las piezas más hermosas que hubiera usado, era color verde claro, de raso tornasolado y con el cuello bajo que dejaba los hombros descubiertos, mientras que un encaje lo decoraba. De cierta manera, aquel traje era sencillo, y al mismo tiempo completamente extravagante.

— Hermoso… — suspiró la reina cuando Anna pasó por el umbral de la puerta.

— Ciertamente, es muy bonito, sale con su cabello y con sus ojos — aseguró otra mujer de cabello rubio que se encontraba presente junto a la reina. Anna la miró atentamente.

— Oh, lamento no haberme presentado, Soy Sabrina Westergard. La esposa del príncipe Caleb — dijo la mujer. Anna respondió con una reverencia, ya que aquella mujer sería la próxima reina.

— Es un placer conocerla, alteza — respondió Anna.

— El placer es todo mío — respondió. En ese momento, la reina cruzó la habitación hasta el tocador, como si se hubiera olvidado de algo muy importante.

— ¡Lucy! — gritó refiriéndose a la mucama que la había preparado, mientras salía corriendo — olvidamos el carmín para los labios, es muy importante que…

— Debes ser paciente. Ella siempre quiso una hija, hace mucho que no tenía a una chica tan joven como tu, debiste ver su cara cuando Hans le encargo tu vestido— rió Sabrina.

— Supongo que le da algo en que pasar el tiempo — comentó Anna dirigiéndole una sonrisa.

Tal y como Sabrina había previsto, la reina pasó un buen rato arreglándola para la fiesta, de tal manera, que cuando terminó Anna pudo mirarse al espejo y concluyó que se veía muy bien.

— Pronto serán las cinco — le advirtió Sabrina a la reina. Las dos mujeres compartieron una mirada confidente, por lo que Anna se preocupó, ya que su expresión no auguraba nada bueno.

Anna contuvo el aliento mientras caminaba por un gran y lujoso pasillo en compañía de las otras dos mujeres, estaba sobrecogida por toda clase de sensaciones, desde los nervios hasta el odio. Todos los malos recuerdos se juntaron uno tras otro, poniendo de presente que el sujeto a quien vería era el culpable de todo lo que había sucedido. Finalmente, las tres mujeres llegaron a un pequeño recibidor que antecedía una gran puerta de roble. Anna supuso que debía tratarse del despacho del rey. En ese momento, un grupo de personas se unieron al grupo. La princesa solo reconoció a Runo, Hans y Rudi, pero los otros dos sujetos eran desconocidos.

— Buenas tardes mamá — llamó el mayor de los hombres, mientras que se ubicaba al lado de Sabrina. La mujer entrelazó su brazo con el del príncipe en un movimiento casi mecánico y algo forzado, como si entre los dos existiera el silencioso acuerdo de ignorarse mutuamente. Anna entendió que debía tratarse del príncipe heredero al trono. Una serie de presentaciones y venias se cruzaron entre la princesa y los dos nuevos hermanos, Caleb y Lars quienes parecían ser mucho mayores que Hans.

— Anna — la saludó Rudi, mientras hacía la venia que exigía el protocolo. — te ves muy hermosa esta noche.

Anna se mordió el labio y decidió ignorarlo. En cambio, ella prefirió hacerse a un lado de Hans. Al ver lo nerviosa que se encontraba, el príncipe le ofreció su brazo para que lo tomara como lo hizo Sabrina con Caleb. La chica lo agarró firmemente, pues él le daba cierto consuelo, a pesar de no encontrar forma de deshacerse de la insistente mirada de Rudi. Las puertas se abrieron y uno de los mayordomos salió para indicarles que ya podían pasar, y que su majestad estaba listo para recibirlos.

El grupo entró, mientras que Anna no era capaz de despegar su mirada del hombre mayor que los miraba sentado al otro lado de su escritorio. Su expresión austera y cabello gris le recordó a un furioso dragón dormido que esperaba para atacar en cualquier momento. Anna se soltó de Hans, pero no quiso bajar la vista, aunque sabía a ciencia cierta que su expresión debía ser agresiva.

— Vaya, ya están todos aquí — dijo el rey sonriendo levemente. — incluso tu — dijo refiriéndose a Anna. Lentamente, el hombre se puso de pie y rodeo su escritorio en un movimiento tan elegante que bien parecía ser un león caminando hacía su presa.

— Así que tú eres la famosa princesa Anna — comentó el rey ubicándose justo en frente de ella. El protocolo decía que aquel era el momento adecuado para inclinarse o hacer una cortesía, pero Anna no iba a hacer nada de esto. Aquel hombre no merecía ningún trato especial, él era el culpable de la invasión, la muerte de Elsa, y todas las atrocidades que le habían sucedido desde entonces. Una persona así no podía inspirarle más que odio.

— Tu eres la famosa princesa por la que mis hijos se están disparando y apuñalando los unos a los otros. Tu no has traído más que problemas desde que apareciste — dijo el Rey quien tomó la barbilla de Anna con el propósito de asustarla y que abandonara aquella expresión combativa, lo que fue inútil—Y aún así, eres muy valiosa — murmuró mirándola detenidamente.

— Tu vales el trono de Arandelle, niña — dijo soltándola con brusquedad.

— Ferdinand, eso no era necesario — opinó la reina molesta por la manera en que Anna trastabillo cuando la soltó.

— ¿Qué es lo que quiere de mi? — preguntó Anna sin la menor cortesía. — ya lo ha tomado todo, uno de sus hijos es el regente de Arandelle. Yo no tengo nada más que darle — aseguró la princesa furiosa mientras que ella y él rey permanecían el uno frente al otro. Nadie se atrevió a hacer un movimiento, pues jamás habían visto a alguien que se le opusiera con tal fuerza, a quien no solo era el tirano de las Islas del Sur, sino que también en su propio hogar.

— Te equivocas, Si hay algo más que puedes darme — dijo el rey con cierto tono de burla. El sujeto tomó la mano de Anna y elegantemente la guió en frente del grupo.

— Estos tres son mis únicos hijos solteros, debes elegir a uno de ellos— dijo mientras que con su índice señalaba a Rudi, Runo y Hans — quiero a un heredero Westergard en el trono de Arandelle, y tu eres la única que me lo puede dar — aseguró. Anna palideció al escuchar aquello.

— Papá, esto es una locura — intervino Hans quien se veía alarmado — ¿Acaso crees que Natsia y Barona aceptarán de buena gana que tu reclames el trono sin siquiera pensarlo? Ellos tomarán esto como una traición, si es que llegamos a tener suerte, tan solo terminarán la alianza, pero si no, nos atacarán— dijo el príncipe.

— Yo estoy de acuerdo con Hans — opinó Caleb quien veía la escena desde una esquina. Todos lo miraron sorprendidos, en especial el menor — Papá, tu sabes bien que yo nunca he estado de acuerdo con esta guerra, fue demasiado costosa y arriesgada. Pero Hans está en lo cierto, hacer algo como esto, sería retar a nuestros aliados, en especial, al rey de Natsia, él dijo desde el principio que deseaba casarla con alguno de sus propios hijos — comentó el príncipe heredero mientras que Sabrina se alejaba de él y se sentaba en una de las sillas del salón.

— No voy a darles a la heredera legitima al trono de Arandelle en bandeja de plata. — dijo el rey. Después de aquellas palabras, nadie fue capaz de contradecirlo. — ¿tu que opinas Lars? — preguntó el rey.

— No lo sé papá. Por una parte, Hans y Caleb tienen razón. Pero, si renunciamos al trono de Arandelle, todo sería en vano. No vale la pena tener todo nuestro ejercito allá, si no tenemos verdadero derecho a reclamar la corona— opinó Lars.

Anna hubiera querido gritar, negarse a seguir con su plan, o salir corriendo. Justo cuando la princesa se hallaba dispuesta a dar el primer paso, sintió una mano que la tomó fuertemente por el brazo.

— Tu te quedas aquí — dijo el rey. — Volviendo a nuestro asunto, necesito que escojas a uno de mis hijos. Seré justo contigo, dejaré que tu tomes la decisión, es lo mínimo que puedo hacer — comentó.

— ¡Eso es un tontería! — exclamó Rudi quien había permanecido en silencio hasta el momento — vamos papá, Hans ha dicho una y otra vez que no planea casarse, y yo ya viví con ella por dos meses, lo más lógico sería que se quedara conmigo.

— Eso no es del todo cierto — intervino Lars mientras que se sentaba tranquilamente en la silla junto a Sabrina, y se servía una taza del té que se encontraba en la mesa entre los dos. — sería más fácil explicar porqué ella decidió casarse con Hans. La opinión pública los vería como una especie de amantes separados por la reina Elsa, el perfecto cuento de hadas. Después de todo, ellos ya estuvieron comprometidos — explicó el tercer hijo tranquilamente.

— ¿Tu quieres casarte con ella? — le preguntó el rey a Hans sin soltar el brazo de Anna. Hans respiró profundamente, la verdad es que si bien él estaba enamorado de ella, era demasiado pronto para sacar una conclusión como aquella. Pero, si se negaba, era obvio que su papá la obligaría a casarse con Rudi o Runo. Él no podía traicionarla de semejante manera.

— Si ella me acepta, y no tenemos más opción, lo haré — respondió. Hans sintió la fría mirada de Rudi caer sobre él.

— Tu trataste de matarla… — comenzó Rudi molesto.

— Y tu no eres más que un cerdo abusivo — respondió Hans confrontándolo.

— Bien, princesa ¿qué decides? — preguntó el rey. Sin embargo, Anna no contestó, tan solo lo empujó fuertemente, de tal forma que él perdió el balance y cayó al piso. La princesa salió corriendo hacía la puerta. Como era de esperarse, no pasó mucho tiempo antes de que Caleb y la guardia real la detuvieran y la regresaran al centro del salón donde se encontraba el rey.

— Si fuera hija mía le daría una buena bofetada — dijo el rey mientras que la reina daba un paso hacía el frente.

— Eso no es necesario, Ferdinand — dijo la mujer mientras apartaba a Anna de él.

— Si es por las malas que quieres todo, entonces, por las malas se hará — gritó el rey mientras que hacía a un lado a su esposa y tomaba a Anna por el brazo bruscamente — ¡Hans! Este es tu problema, de ahora en adelante te harás cargo de ella. La boda será a principio del invierno — ordenó firmemente antes de lanzarla hacía su hijo. Hans logró detener a Anna antes de que ella cayera.

— ¿Por qué hace todo esto? Mi hermana y yo nunca le hicimos nada, nunca atacamos su reino — dijo Anna reincorporándose. El rey se sentó nuevamente detrás del escritorio.

— Así que quieres saber la razón… — comentó el rey — te lo diré: porque tu hermana era una reina débil e inestable. Ella tenía grandes poderes, eso es cierto, pero no podía controlarlos, era joven y algo incompetente, estaba tan centrada en sus propios problemas como para perder las riendas de su país, un blanco fácil. Ella poseía el reino que podía abrirme las puertas al continente. Puede que Arandelle sea lejano, pero era la manera perfecta de tener control sobre las costas — comenzó mientras se inclinaba hacía el frente sin soltar los brazos de su silla.

— Planear la alianza fue fácil. Natsia y Barona estaban aterrados por la posibilidad de que tu hermana pudiera atacarlos con sus poderes para quitarles territorios, así que ellos querían atacarla primero. Yo sólo tuve que arreglar una reunión para llegar a un acuerdo. Tu hermana fue muy torpe, ella logró evitarnos hasta el final, pero el día antes de tu boda, bajó la guardia. Fue sencillo introducir espías entre proveedores de flores y camareros que servirían durante la ceremonia — comentó. — la reina Elsa se acostó aquella noche, sin saber que nunca podría despertar nuevamente. Solo hizo falta una droga muy potente para inmovilizarla.

Anna permaneció lívida mientras escuchaba aquello. Odiaba al rey de las Islas del Sur, de eso no había duda. Él había utilizado el amor de su hermana y aquel hermoso día que prometía ser uno de los más especiales de su vida, para asesinarla e invadir Arandelle. La princesa no tenía la menor idea de cómo se veía en aquel momento, pero debió verse muy mal, ya que la reina la tomó por el codo y la arrastró fuera de aquella sala. Anna se dejó llevar mientras que escuchaba una serie de reclamos a su alrededor que provenían de Rudi e iban dirigidos a su padre.

— Tu sabes bien que no es justo — dijo Rudi.

— Hans se ha hecho cargo de ella estos últimos meses. Además, tu ya estás comprometido con la Marquesa Glise — sentenció el rey.

Hans no quiso intervenir, no se atrevía a abrir la boca, ver a su padre describirle la muerte de Elsa a Anna había sido demasiado para él. Aún recordaba claramente el grito de Anna, el estallido de la pólvora y el rugir de las campanas anunciando la muerte de la reina. Sobre todo, podía ver claramente a la princesa sentada sobre su cama, con su vestido de novia sucio y mal trecho, la mirada perdida, y dedicándole un "te odio" con emoción.

Hans sintió un suave toque en su mano, por lo que volteó la mirada y se dio cuenta que se trataba de Sabrina quien le brindaba una taza de té y una leve sonrisa. Él la aceptó y bebió un sorbo, estaba demasiado dulce para su gusto, pero perfecto para un momento como aquel. De repente, Hans recordó una escena similar a esta, cuando él no tenía más de trece años.

En aquel entonces, Caleb citó a los trece hermanos a una reunión para presentarles la novia que el rey y sus ministros eligieron para él. La pobre chica permaneció asustada y pálida en medio del salón mientras que una serie de desconocidos juzgaban cada uno de sus defectos y la conveniencia política de su matrimonio. El príncipe sintió pena por ella, y al ver que no podía hacer nada para consolarla, le brindó una taza de té con demasiada azúcar. Hans nunca pensó que ella se acordara de aquel episodio.

Lentamente, el príncipe tomó un nuevo trago de su bebida, mientras que se preguntaba que había sido de aquel niño que sentía compasión por otros, que se hallaba dispuesto a ayudar así fuera con un gesto insignificante, y como se había convertido en aquel hombre que no temió levantar la espada sobre las cabezas de las dos princesas de Arandelle. Hans dejó la taza sobre la mesa y caminó hasta la puerta.

— ¿A dónde vas? — preguntó el rey.

— A buscar a Anna.

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Será mejor que vayas a dormir, Anna — dijo Elsa quien se encontraba frente a la puerta de su hermana.

Lo sé, aunque no creo que pueda dormir, estoy tan emocionada — respondió Anna mientras tomaba los extremos de sus trenzas.

Yo también — respondió Elsa — de seguro que Kristoff también lo está. Es tan lindo, lo vi practicando sus votos matrimoniales frente al espejo — comentó la reina. Anna rió brevemente.

Solo hay algo que lamento — dijo Anna. — no quiero dejarte por mucho tiempo. Tu sabes que Kristoff y yo nunca estaremos lejos de ti ¿no es verdad? — preguntó la princesa.

Anna… — empezó Elsa — no te preocupes por mi. Yo sé que tu tienes que hacer tu vida, y si quieres formar una familia con Kristoff, yo jamás podría oponerme a ello. — comentó la reina.

Lo sé — reconoció Anna — es solo que hemos pasado tanto tiempo lejos la una de la otra, que quiero poder compartir todo esto contigo — dijo la chica. Elsa tomó las manos de Anna entre las suyas.

Te prometo que tendremos toda una vida por delante, Anna — dijo Elsa quien sintió una oleada de esperanza renovada al mirar los ojos inocentes de su hermana, ella no tenía la menor idea del terrible peligro que corrían.

Anna abrazó a Elsa fuertemente, y las palabras sobraron en aquel instante, lo único que importaba era que tras tantos años separadas, y a pesar de ser adultas, podían mirarse la una a la otra y sentirse como aquellas niñas que una vez fueron inseparables. Elsa le dio un beso en la nuca a Anna mientras acariciaba su cabello.

Duerme bien, Anna — dijo Elsa separándose de ella.

Tu también — respondió Anna.

Elsa se apartó de su hermana, y se dirigió a su habitación mientras veía a todos los decoradores y servidumbre que rondaban el castillo mientras preparaban todo para la boda del día siguiente. La reina se lanzó sobre su cama completamente vestida, se hallaba exhausta, no había dormido en días. Sin embargo, un intenso dolor en el cuello la despertó. Elsa tan solo alcanzó a abrir los ojos rápidamente para darse cuenta de que tenía algo parecido a un dardo clavado en la piel, pero rápidamente volvió a cerrarlos.

Al parecer, ella no podría cumplir su promesa, no le podría a dar a Anna la vida que le había prometido, y aquello era lo que más dolía.

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— Anna — llamó Hans mientras golpeaba la puerta de la habitación.

Anna escuchó los golpes en la puerta pero permaneció en silencio en la oscuridad de la habitación donde la había dejado la reina. La princesa estaba agradecida con ella, pues la había sacado de aquel despacho dándole espacio para llorar a su hermana en paz.

— Voy a entrar — dijo Hans mientras abría la puerta y pasaba al interior del cuarto. El príncipe la encontró sentada en la cama con un pañuelo en la mano mientras se secaba las lagrimas.

— ¿Estás bien? — preguntó el príncipe.

— Si lo piensas con cuidado, mi estupidez fue lo que la mató — comentó Anna de repente.

— ¿A que te refieres? — preguntó el príncipe.

— Yo estaba tan feliz por mi matrimonio que ni siquiera pude ver que la amenaza que estaba sobre nosotros — dijo mientras dejaba salir una amarga sonrisa — estúpida niña ciega, estúpida Anna. Volví a cometer el mismo error. Tan ingenua como para no ver lo obvio— se quejó.

— Mi pobre hermana tuvo que soportarlo todo en silencio, si tan solo me hubiera dicho una palabra… — comenzó Anna antes de deshacerse en sollozos. Hans la abrazó, y juntos se quedaron en silencio hasta que la reina tocó la puerta.

— El baile empezará pronto — dijo la mujer — Ferdinand dice que deben estar en él. Me temo que es una orden — les advirtió la reina quien sabía que Anna no debía estar de humor para asistir a una fiesta.

En cuestión de veinte minutos Anna y Hans se encontraron frente al comedor. Ella se encontraba perfectamente empolvada, con los labios rojos y las mejillas sonrosadas gracias a la mano de la reina, por lo que nadie sabría cuan triste se hallaba en aquel momento.

— Debes ser fuerte — le dijo Hans mientras le ofrecía su brazo.

— Trataré de serlo — respondió.

El baile abrió con una cena elegante. La comida se veía hermosa y abundante en una serie de vajillas de plata que alumbradas con la luz dorada de los candelabros se veía completamente decadente y lujosa. Sin embargo, Anna no pudo probar bocado, no sentía el menor deseo de comer en circunstancias como aquella. La princesa notó que el asiento junto a ella se hallaba vacío.

— ¿Esperamos a alguien? — preguntó Hans a Lars.

— Sí, él estará aquí en cualquier momento — contestó el tercer príncipe. De repente, la puerta se abrió ligeramente, y un hombre quien vestía traje de viaje entró. Anna se sorprendió al darse cuenta de que se trataba de Jorgen.

— ¿Qué está él haciendo aquí? — preguntó Hans alarmado.

— Papá lo mandó llamar — respondió Lars encogiéndose de hombros.

— Es un error, él no debería estar acá. No puedo creer que papá halla aceptado que descuide el gobierno de Arandelle— opinó Hans quien se veía molesto y preocupado.

— Tu sabes que cuando papá toma una decisión nadie se la saca de la cabeza— comentó Lars en tanto seguía poniéndole más atención a su comida que a la conversación.

Jorgen saludó a sus hermanos y a su padre, tras lo que tomó asiento junto a Anna. Sin embargo, pasaron unos minutos antes de que se diera cuenta que ella se encontraba allí.

— Oh, lo lamento Princesa Anna, no la había visto — dijo Jorgen al notar la presencia de la chica.

— Buenas noches — contestó Anna sin emoción. La princesa no le tenía el menor afecto a ese hombre, después de todo, él había estado al frente de la invasión y ahora ocupaba el lugar que le correspondía a su hermana. Él era el enemigo. Sin embargo, Jorgen también era el único puente que le quedaba entre su país y aquella nueva vida que comenzó forzosamente.

— Vamos, pregunte, sé que se muere por hacerlo — dijo Jorgen dedicándole una retorcida sonrisa.

— ¿Cómo están todos? — preguntó Anna. — Kai, Gerda y los demás.

— Su mayordomo y su ama de llaves han sido de gran ayuda. A decir verdad, no he tenido problemas con la servidumbre, todos se han mostrado bastante colaboradores. No son amables — comentó levantando una ceja — pero hacen su trabajo y con eso me basta— concluyó.

— El único que realmente ha sido atento es el chico rubio de los establos, ¿cómo se llamaba? — se preguntó Jorgen a sí mismo — Ah, sí, Cristopher —dijo. Anna abrió los ojos de par en par preguntándose si se trataría de Kristoff, quien de seguro era más atento y amable para ganarse la confianza del príncipe.

— Al principio no me agradó, una vez lo encontré en su habitación, princesa Anna, creo que buscaba objetos de valor o algo parecido. Pero he llegado a sentir aprecio por él — comentó Jorgen.

— No me suena familiar ¿Tiene una nariz peculiar y un reno? — preguntó Anna quien quería asegurarse de que hablaban de la misma persona.

— Sí, el mismo — respondió Jorgen — ¿no lo conocía?

— No mucho, en realidad — mintió Anna.

— Que lástima, él parecía ser admirador suyo. Lo encontré mirando un par de retratos suyos. Si quiere mi opinión, eso es bastante extraño, algo loco, en realidad, casi parecía un acosador — opinó Jorgen por lo que Anna estuvo segura de que hablaban de la misma persona.

— Es una suerte que halla encontrado una linda chica, al principio creí que al muchacho le faltaba un tornillo — comentó el príncipe.

— ¿Chica? ¿cuál chica? — preguntó Anna quien no había notado que Hans escuchaba la conversación atentamente.

—Catherine, una de las ayudantes de la cocina, creo que han salido por casi un mes. ¡Ha! Tiene gracia que yo conozca todos los pormenores de la vida amorosa de la servidumbre, pero no puedo negar que ese asunto me causa curiosidad — comentó alegremente como si se tratara de un cotilleo cualquiera. Mientras tanto, Anna se quería morir, ella recordaba perfectamente a Catherine, la chica era una de las tantas asistentes de la cocinera, era linda, y Anna la odiaba en aquel momento.

— Vaya, Cristopher si que ha cambiado, nunca pensé que pudiera estar interesado en ella. — comentó Anna fingiendo que seguía aquella noticia como un rumor más.

— Lo sé, pero es un hecho, hay quienes hablan de un compromiso. Aunque, yo creo que el resto de la servidumbre no lo aprecia, desde que comenzaron a salir, los tratan como si tuvieran algún tipo de enfermedad, nadie quiere ni dirigirles la palabra — comentó. Anna entendió a que se refería, de seguro el resto de los trabajadores del castillo veían aquello como una traición.

— Entiendo — asintió Anna —discúlpeme un momento, necesito ir al tocador — se excusó la princesa quien se levantó y dejó la mesa mientras sentía la mirada de Hans clavada en ella.

Anna corrió por aquel pasillo mientras regresaba al vestidor en donde la reina la había preparado. La respiración se le dificultó mientras avanzaba por el corredor, ella sabía que aquello eventualmente pasaría, que Kristoff tendría que olvidarla y seguir adelante, pero era demasiado. La noticia de Jorgen había puesto la cereza en la punta de aquel pastel, ahora, no solo tenía que superar la muerte de su hermana, el abuso de Rudi, y casarse con un sujeto que había intentado matarla, sino que debía aceptar que el hombre al que amaba ya no la quería. Anna sintió que aquello era la conclusión de su vida pasada, ya no había vuelta atrás.

La princesa entró al cuarto, y volvió a sollozar, estaba harta de hacerlo, pero no le quedaba otra manera para desahogarse. Anna no sabía como había logrado mantenerse tranquila mientras que Jorgen le rebelaba aquella noticia. Lentamente, se dejó caer en el piso junto a la ventana. Y por segunda vez en aquella noche, ella sintió aquella puerta abrirse, y a Hans sentarse a su lado. Anna no supo que la guió a hacer lo que hizo, pero se volteó de medio lado, tomo sus mejillas con ambas manos y lo besó en los labios apasionadamente, se sentía muy bien, y podía olvidarse de todo mientras lo hacía. Él había sido su apoyo y su benefactor, y muy pronto sería su esposo, así que tendría que acostumbrarse a él.

Por su parte, Hans recibió aquel beso con la plena consciencia de que ella tan solo lo hacía porque se hallaba herida, pero no pudo resistirse, la deseaba demasiado para hacerlo, al mismo tiempo, la admiraba. Él había conocido a muy pocas personas tan fuertes y valientes como ellas, capaz de sobrevivir en medio de serpientes y hienas, y permanecer con sus corazones intactos en el camino.

— Anna… — suspiró Hans mientras deslizaba sus manos por sus hombros descubiertos. Él hubiera deseado no tener los guantes para disfrutar del roce de su piel, pero temía que si se los quitaba rompería el encanto y se alejaría de él.

— Te prometo que todo estará bien, yo trataré de ser un buen esposo, estás a salvo conmigo — dijo Hans separando ligeramente sus labios, pero no lo suficiente como para que sus frentes dejaran de tocarse. Anna no respondió, tan solo lo beso nuevamente, mientras él disfrutaba de sus manos acariciando sus mejillas.

En ese momento, la pareja escuchó el rechinar la puerta, ambos levantaron la cabeza y notaron que se trataba de Runo, quien les dirigía una mirada aburrida, que no logró engañar a Hans. Él sabía perfectamente que iría corriendo a contarle lo que había visto a Rudi, y aquello tan solo les traería más problemas.

— Papá dice que el baile comenzará pronto — les anunció el príncipe. — él dice que todos tenemos que estar presentes. Es una orden — les explicó con un tono cansado y arrastrando las palabras.

— Iremos en un momento — respondió Hans bruscamente. El treceavo príncipe le brindo la mano a Anna, ella la tomó y juntos comenzaron a caminar hasta el salón de baile. La cena ya había terminado, y los invitados los esperaban listos para comenzar la fiesta. Anna entrelazó su brazo mientras entraban por la imponente puerta de cedro. Un paje los anuncio como "la princesa heredera de Arandelle y el treceavo príncipe de las Islas del Sur" la princesa sintió una punzada en el corazón al escuchar aquello, ya que ese titulo tan solo le pertenecía a una persona y no era ella.

— Quiero irme — murmuró Anna halándolo del brazo.

— Tenemos que resistir por lo menos una hora. Después, te prometo que nos iremos de aquí— le aseguró Hans quien se sentía tan incomodo como ella. El príncipe tenía una aberración casi natural por las fiestas en las que se hallaban todos sus hermanos juntos, estas nunca acababan bien.

— Por ahora, creo que lo mejor sería bailar — dijo Hans mientras se separaba y le ofrecía la mano. Anna sonrió levemente, pues aún recordaba la última vez en que ellos habían compartido una escena algo parecida, en la que ella también se hallaba al borde de las lagrimas y él la rescató de la humillación publica.

Anna tomó la mano que le ofrecía, y juntos ingresaron a la pista de baile en compañía de las demás parejas. Pronto, la princesa se sintió el centro de atención, cómo si todos los demás nobles hablaran acerca de ellos. Anna no les prestó atención, tan solo continuó deslizándose con la mayor gracia posible en compañía del príncipe. Ella entendía que a diferencia de su público en el barco, para estás personas, aquel elegante baile no era nada nuevo. Sin embargo, lo que ella no sabía, era lo bien que se veían juntos.

El rey sonrió para sus adentros al ver el maravilloso hechizo que creaban Anna y Hans con su baile. Todos en su salón permanecían expectantes y suspirando ante la pareja. Parecían dos protagonistas sacados de un perfecto cuento de hadas, nadie podría negar que se hallaban enamorados, y que aquel matrimonio no era más que un ardid político.

La música cesó, y el rey subió a la escalera que llevaba a una de las entradas del salón, hasta el balcón frente a la puerta, en tanto las trompetas anunciaban que el comienzo del discurso real.

— Damas y caballeros, les agradezco su presencia esta noche — inició el sujeto. Anna escuchó en silencio la retahíla de palabras hasta que algo en especial llamó su atención — es por eso que me complace anunciar el compromiso entre el menor de mis hijos y la princesa Anna de Arandelle. — escuchó. Anna entró en pánico al oír aquello, tanto, que se agarró con firmeza al brazo de Hans como si con esto pudiera hallar más fortaleza. Sin embargo, al levantar la vista se dio cuenta de que él no se encontraba mejor que ella, pues tenía el seño fruncido y los labios apretados. El rey les dio un golpe muy bajo.

Todos a su alrededor comenzaron a aplaudir y a asentir en dirección a la joven pareja. Anna sintió que se encontraba en peligro de hiperventilar por la sucesión de rostros que pasaban frente a sus ojos, sin embargo, ella reparó en algunos desafortunadamente conocidos. Entre aquellas personas se encontraban unos de los diplomáticos que asistieron a la coronación de Elsa. Ellos sabían perfectamente que clase de personas eran los Westergard, y lo que había hecho Hans ¿por qué nadie decía nada?

En ese momento, una revelación llegó a Anna como un rayo. Al parecer, lo que Rudi había dicho era cierto, el ganador hace las reglas y toma lo que quiere. Durante el deshielo la ganadora fue su hermana, pero ahora eran las perdedoras, por eso, si los Westergards querían hacerla su trofeo de guerra nada se los impediría. Anna se sintió enferma.

— Por favor, por favor, sácame de aquí — pidió Anna quien sentía nauseas.

— Tranquila, tranquila, toma esto — dijo Hans poniéndole una larga flauta de champagne de en la mano. — bébela, será una larga noche, aún no podemos irnos — continuó. Anna bebió el primer trago. Ella nunca había tomado alcohol, Elsa no se lo permitiría hasta que fuera mayor de edad, pero ni siquiera se planteó en contradecir a Hans, ya que sabía que necesitaba de toda la ayuda posible para soportar aquello.

— ¿Te sientes mejor? — preguntó Hans.

— Un poco mareada, pero ya puedo respirar — respondió Anna.

— Vamos a bailar, no quiero darle oportunidad de que ninguna de estas personas nos dirija la palabra— comentó el príncipe mirando al rededor con resentimiento. Hans apenas alcanzó a tomar la mano de Anna cuando su padre se aceró a ellos.

— Supongo que es hora de que yo invite a bailar a la prometida de mi hijo, es la tradición — comentó mientras le dirigía una paternal sonrisa a la princesa. Anna no necesitó conocerlo para saber que aquel gesto servía tan solo para complacer al público que los observaba.

— No quiero que me toque — murmuró Anna entre dientes y dirigiéndole una mirada cargada de odio.

— Princesa, no voy a soportar otro berrinche en mi castillo, me temo que tendrás que complacer a mis invitados — comentó. Anna se estremeció al darse cuenta cuan parecido era su tono al que Rudi utilizaba para intimidarla, era claro de donde lo había aprendido.

— Anna, toma — dijo Hans poniéndole la segunda copa de champagne en las manos. Inesperadamente, el licor le dio el valor necesario a la princesa para bailar con el rey. El sujeto tenía toda la gracia y elegancia de sus hijos, pero Anna no podía sentirse más incómoda y nauseabunda.

— Si volvemos a tener una escena como la que diste hace un rato, te prometo que te enviaré nuevamente con William— la amenazó en anciano mientras bailaban al ritmo del vals. Anna no contestó, estaba cansada de ser tratada de aquella manera. La música terminó, y justo cuando ella se hallaba dispuesta a dar media vuelta e irse, alguien más llegó.

— Papá, ¿te molesta si te quito tu pareja? — preguntó Rudi tomando la mano de Anna. Ella trató de soltarse, pero él no se lo permitió.

— No hay problema — respondió el rey — pero no quiero una escena incómoda. Y por pavor, no bebas una copa más — le advirtió a Rudi.

— No tendrás ninguna escena, te lo aseguro — prometió el príncipe.

— Vamos Anna— le indicó Rudi. Anna bailó en contra de su voluntad, aunque tenía que reconocer que el ligero mareo que le produjo el alcohol la estaba ayudando a soportar aquello. La princesa se lamentó de que se tratara de un Vals, y no de un baile en formación en donde las parejas se separaban por breves instantes, pues de ser así ella abría podido huir.

— ¿Qué quieres? — preguntó Anna agresivamente.

— Así que finalmente te saliste con la tuya. Hans y tu lograron lo que querían — comentó Rudi mientras aumentaba la presión de la mano que tenía en su cadera. Anna miró a cada lado tratando de encontrar a Hans, pero no pudo verlo por ninguna parte.

— No sé de que estás hablando — negó Anna — Lo único que yo siempre he querido es volver a mi hogar, recuperar a mi hermana y mi vida pasada — comentó. Rudi sonrió de lado, y fue allí cuando la princesa sintió el olor a alcohol en su aliento, bien parecía que él estuviera embriagado. Anna se asustó, ella sabía muy bien lo que era capaz de hacer cuando se encontraba en aquel estado.

— Yo podría hallar una forma de regresarte a Arandelle — dijo Rudi sin dejar de mirarla a los ojos.

— ¿Cómo? — preguntó Anna — no hay forma de que yo recupere mi vida pasada, aún si regreso, no tendría a nadie. Ya no hay vuelta atrás, lo he perdido todo— se quejó Anna quien se sentía al borde de las lagrimas.

— Tal vez si hablamos con papá… — dijo Rudi quien comenzaba a sonar desesperado.

— No lo voy a hacer — negó Anna con firmeza — sabes bien lo que siento por ti, y prefiero mil veces quedarme con Hans. Él no ha sido más que bueno conmigo desde que llegué a este país, pero tu me lastimaste — dijo. Rudi encogió los ojos al escuchar aquellas palabras, y aumentó la presión en su cadera, de tal manera que Anna dejó salir un breve quejido de dolor.

— Déjame — pidió.

— ¿Crees que no me iba a enterar de lo que sucede entre mi hermano y tu? — preguntó Rudi furioso mientras acercaba más su rostro al de ella — Runo me lo contó todo, y ahora sé que no eres más que una mentirosa, de seguro mi hermano y tu tenían una relación desde hacía mucho, el recolector de hielo tan solo debía ser una manera para encubrir lo suyo— murmuró en su oído lleno de furia.

— No es cierto… — se quejó Anna quien seguía mirando a los alrededores y buscando a Hans entre la multitud. Pero él solo la apretó con más fuerza.

— Vámonos de aquí— dijo Rudi cuando en una de las vueltas del baile se aproximaron a la entrada. Anna entró en pánico, pues no quería volver a estar sola con él. El príncipe la haló fuertemente, tanto, que ella sintió un par de miradas curiosas a su alrededor, pero nadie movió un dedo por ella.

Cuando se encontraron en el pasillo, Rudi la lanzó sin ninguna ceremonia a la pared. Anna aprovechó la oportunidad para tratar de correr, pero el logró detenerla por la muñeca y taparle la boca para impedir que gritara. Anna se encontraba lívida, esto no podía estar pasando nuevamente.

— Vamos — dijo Rudi empujándola bruscamente. Anna puso toda la resistencia posible, y logró pisarlo fuertemente, al tiempo que salía corriendo por el pasillo. Aquella escena no le era desconocida a la princesa, ella recordaba varias noches en Villa Kreig en las que había tratado de correr, en ocasiones hacía las habitaciones y en otras hacía el bosque, pero siempre tenía el mismo resultado.

Anna encontró la puerta a una de las escaleras que usaba la servidumbre y bajó por la larga construcción en forma de caracol mientras criadas y mayordomos la miraban sorprendidos.

— ¡Anna! — gritó Rudi desde lo alto, pero ella no se detuvo y bajó hasta las cocinas, en donde no tardó en encontrar la puerta hacía la parte trasera del castillo. Anna odiaba aquel vestido, pues la hacía lenta y completamente torpe. La princesa resbaló hacía adelante gracias a las grandes enaguas, pero rápidamente se puso nuevamente de pie.

— Debo agradecerte Anna — dijo Rudi quien la alcanzó, la tomó entre sus brazos y le tapó la boca. — me ahorraste mucho trabajo, tu misma te pusiste en donde yo te quería— comentó Rudi forzadamente mientras la arrastraba a uno de los tantos carruajes parqueados en la parte trasera.

— ¡Rudi! — gritó Lars desde la escalerilla de la entrada a las cocinas — detén esta locura ahora mismo, antes de que alguien se de cuenta de lo que está pasando. — le ordenó el tercer príncipe mientras corría en dirección a la pareja.

— Oh por favor… — se quejó Rudi rodando los ojos y sin soltar a Anna, quien estaba más asustada a cada momento. — papá solo quiere el trono de Arandelle, no importará si se casa con Hans o conmigo.

— Rudi, sé razonable. Tu ya estás comprometido, y ella prefirió a Hans — dijo Lars. Pero esto solo enfadó más a Rudí, quien la apretó con más fuerza.

— Lárgate Lars. Tu siempre te pones del lado de Hans — contestó Rudi.

— Esto no se trata de Hans, es sobre esta pobre chica, mírala, está aterrada— comentó el príncipe señalando a Anna. En ese momento, ella vio otro par de personas salir de la entrada de las cocinas. Una era una mujer de cabello castaño claro y al rey.

— Suficiente Rudi — dijo el rey cansadamente. Él no alcanzó a terminar la frase antes de que el príncipe la soltara, se notaba que le tenía bastante miedo.

— Heidi, por favor, encárgate de ella— le dijo Lars a la mujer. Anna pensó que debía tratarse de su esposa.

— Ven conmigo — dijo la chica en tanto le tomaba amablemente el hombro. Heidi la llevó hasta la cocina en donde le ordenó a una de las ayudantes de cocina que le diera una taza de té. Anna la tomó en silencio mientras se recuperaba de la impresión.

— ¡Anna! — exclamó Hans mientras trataba de recuperar el aliento ya que había corrido hasta aquel lugar — ¿qué sucedió? — preguntó. Anna no respondió, pero Heidi le explicó rápidamente.

— Hubo un inconveniente con tu hermano — dijo la mujer quien se veía molesta — ¿dónde se supone que estabas? — preguntó de una manera casi agresiva — se supone que te vas a casar con ella. Tu y tus hermanos son iguales, solo piensan en ustedes mismos. Mira nada más como se encuentra. — gruñó en tanto señalaba a Anna. Hans rodó los ojos. La esposa de su hermano siempre había odiado a su familia, al igual que todos en aquel castillo, ella se sentía como una prisionera, pero a diferencia de otras esposas, ella no se molestaba en ocultarlo.

— Fui al baño por diez minutos— respondió Hans exasperado— solo me tomé diez minutos, nada más que eso — continuó. Después, tomó la mano de Anna — vamos Anna, es hora de irnos, esta noche es un desastre, no quiero darle la oportunidad de que empeore— dijo Hans.

— Tienes razón — asintió Anna.

Anna y Hans caminaron hasta su carruaje. El rey, Lars y Rudi quienes seguían discutiendo en el patio, los vieron partir, pero ninguno se atrevió a detenerlos. Anna se quedó en silencio mirando por la ventana. El príncipe pasó su brazo por sus hombros y la acercó a él.

— Aún creo que pudo haber salido mucho peor — murmuró Hans. Anna tomó la solapa de la chaqueta de Hans y hundió su rostro en su cuello, mientras él enredaba sus dedos en su cabello. La princesa sabía que aquello era cierto, pues de no haber sido por Lars ella estaría ahora de vuelta a Villa Kreig, y tan solo pensar en aquella posibilidad la hacía estremecerse.


Hola a todos, se suponía que no iba a trabajar en este fic, que lo iba a dejar descansar después de todo, casi nadie lo lee, literalmente, lo hacemos como 20 personas, y quería adelantar otros que son más populares, pero, como siempre, algo pasó: vi capitán de mar y guerra y volví a obsesionarme, otra vez con este tipo de cosas. Me encanta esa película, la he visto miles de veces.


Hola Rini Booh, ¡te juro que ya casi acaban de arreglar la cocina!, frente a lo de Rudi, si te entiendo, es el "encanto del chico malo", el mismísimo Hans lo tiene, tengo que confesar que si se hubiera quedado como el "bueno" del cuento, Hans no me hubiera gustado tanto, es un personaje muy interesante.

Respecto a la escena del beso… D: sí, a veces me pasa, me meto tanto en la historia que se me olvida hacer las escenas tu sabes emm…. "interesantes", una vez me pasó en el final de un fic, y alguien también lo notó, y la verdad es que yo misma quedo aburrida después, porque lo mejor del fanfiction es escribir ese tipo de cosas, y si uno mismo no se hace feliz al escribir es bien difícil continuar. Respecto a Hans, oh sí, es cierto, a mi el prota me recuerda mucho a Hans, bien parecería que los creadores de Frozen se hubieran basado en los protagonistas de los libros de Jane Austin, la verdad es que Hans tiene el porte, aunque se supone que la peli sucede casi 20 años después, pero aún así lo conserva. En fin…. Muchas gracias por tu comentario.