[La segunda oportunidad]

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Pasaron tres semanas desde el viaje a la ciudad. El invierno se acercaba y el clima se ponía cada vez más frío y húmedo. Hans se sentía aprensivo cuando atravesaba los establos y sentía las corrientes heladas, pues en cuanto terminara el otoño, tendría que casarse con Anna. Para ser honesto, él quería a la princesa, pero lo aterraba la inminencia de un matrimonio forzado.

Hans atravesó el jardín de su casa hasta que llegó al viejo invernadero que se encontraba en la parte de atrás. Anna había preguntado varias veces por él, y Hans sabía a la perfección que ella ansiaba poder arreglarlo al igual el resto de la casa. Sin embargo, todo el trabajo de herrería costaría una fortuna, incluso con el aumento de su asignación mensual, nunca tendría dinero suficiente para pagarlo.

—Anna— la llamó Hans al ver que ella se encontraba sentada en su pequeño huerto recogiendo los restos de lo que habían dejado las heladas de la madrugada.

—Hola— lo saludó Anna mientras le dedicaba una sonrisa. La princesa tomó la canasta y la recostó en su cadera mientras la sostenía con su mano. Ella paso por su lado, y Hans se sintió casi hechizado por su presencia.

Desde su viaje a la ciudad, su relación había adquirido un extraño y peculiar matiz. Durante el día, su trato era igual de amable y amistoso. No obstante, durante las noches, ella visitaba a Hans en su habitación, como lo hizo en el hotel. Anna era la que fijaba el ritmo de sus encuentros. Ella llegaba y lo besaba cada noche como en aquella oportunidad, Pero nunca lo dejaba tocarla más de lo estrictamente necesario, y él no tenía intención de obligarla, sin embargo, lo estaba volviendo loco. Ella andaba por el mundo sin saber el efecto que tenía en él y en sus emociones, pero Hans trataba de encubrir todo aquello en medio de cordiales saludos y breves conversaciones que compartían durante el día.

— Estoy feliz de que finalmente halla terminado la renovación de la cocina —comentó Hans — creo que deberías tomarte un descanso antes de iniciar con las habitaciones— opinó el príncipe.

— Lo mejor será adelantar cuánto más podamos antes de la boda — contestó Anna. Hans permaneció en silencio sintiéndose completamente sorprendido, ya que era la primera vez que escuchaba a Anna mencionar el asunto del matrimonio.

— Pensé que no querías hablar acerca de "eso" — dijo Hans en tanto caminaba al lado de la chica sin atreverse a despegar su mirada del camino.

— ¿Porqué no? — preguntó Anna como si fuera lo más obvio del mundo — el matrimonio será en un par de semanas, tu mamá me citó el próximo lunes a hacer la primera prueba del vestido de novia. Nuestro compromiso es más que un hecho, sería tonto negarlo— dijo la chica encogiéndose de hombros.

— Tres semanas... — comenzó Hans sin saber como terminar la frase, y sintiendo la cercanía de aquella fecha sobre su cabeza. En menos de un mes serían marido y mujer. El príncipe dejó salir una sonrisa amarga, pues el mundo tenía una curiosa manera de operar, ya que bien parecía que sus vidas girarán de forma circular en la que los ciclos se repetían una y otra vez.

— Al final, tu y yo volvimos al mismo punto, tendremos que casarnos.— comentó Hans con algo de melancolía.

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Anna llegó al castillo en las horas de la tarde, y caminó hasta las habitaciones de la reina en compañía de una de sus damas. La mamá de Hans se hallaba esperándola en el centro del salón, acompañada de un maniquí que vestía un inmaculado vestido blanco. La princesa contuvo la respiración al verlo. Durante los preparativos de su matrimonio con Kristoff, ella se ocupó de cada uno de los detalles de la ceremonia en compañía de Elsa, las dos estaban muy emocionadas y pasaron varias horas entre muestras de flores y telas sólo por el placer de hacerlo. Sin embargo, esta vez, Anna no quería saber nada del asunto, ella estaría conforme con lo que la reina escogiera.

—¿Qué opinas? — preguntó la reina emocionada— te verás muy hermosa en él, la tela es importada, y la costurera duró varios días trabajando en los bordados.

— Es precioso— respondió Anna dirigiéndole una sonrisa a su futura suegra. En realidad, el vestido era precioso pero ella no tenía la menor intención de usar nuevamente una de aquellas prendas, pues había dejado demasiados recuerdos en el que quemó en Arandelle, medio año atrás.

—Pero hay algo que no te gusta, si quieres puedo mandar cambiar las mangas — sugirió la mujer.

—No — negó Anna— el vestido es perfecto—dijo mientras se dejaba caer en el sofá junto al maniquí. La reina se sentó junto a ella y puso su mano sobre la suya.

— Anna, se que esto es difícil para ti, se que mi esposo y mi hijo te han puesto en una situación terrible, pero se que Hans se esforzará por hacerte feliz— dijo la reina.

—Yo iba a casarme el día de la invasión — dijo Anna.

—Lo se, escuché algunos rumores acerca del novio — respondió la reina quien hizo una ligera mueca con los labios— si lo pensamos con detenimiento, puede que este matrimonio no sea tan catastrófico para ti — opinó la mujer. Anna se quedó en silencio, no podía culparla, ella sabía lo que pensaban muchos nobles de su matrimonio con Kristoff, y pedirle a la reina que tuviera el mismo nivel de tolerancia y comprensión que tuvo Elsa era demasiado, más aún, cuando ella parecía la perfecta estampa de una aristócrata chapada a la antigua.

—Su majestad, las princesas Sabrina, Heidi y Antonia se encuentran en la entrada, ¿desea que las haga pasar? — preguntó uno de los mayordomos.

—Por su puesto— dijo la reina. Anna y la mujer se pusieron de pie para recibir a las invitadas. La princesa ya conocía a Heidi y Sabrina, pero la tercera chica, quien no lucia mucho mayor que ella, era nueva. Anna se enteró de que se trataba de la esposa de Frederick. Aquella revelación le produjo un escalofrío, pues aquel hermano era casi del doble de su edad, probablemente ella era otra ficha en aquel juego, al igual que ella misma y el resto de mujeres a su lado.

—¿Quieren ir a la terraza a tomar el té? — preguntó la reina alegremente antes de que Anna pudiera siquiera tener la oportunidad de probarse su vestido de novia. La idea fue muy bien recibida, y todas caminaron hacía la mesa la que se hallaba al lado de un balcón cerrado. La princesa no tuvo ninguna queja, puede que ella tuviera algunas diferencias con las mujeres a su lado, pero se sentía bien al tener un grupo de personas que, muy en el fondo, comprendían lo que ella estaba pasando.

—Buenas tardes a todas — saludó alegremente Rudi mientras se acercaba a la mesa. Anna se sorprendió al ver a una chica de cabello negro quien enrollaba su brazo con el del príncipe. Ella intuyó que debía tratarse de su prometida

— Lauren, a mi madre ya la conoces, pero quiero presentarte algunas de las esposas de mis hermanos — comenzó Rudi. El príncipe las presento una por una, sin dedicarle ningún gesto particular a Anna.

Por primera vez desde que salió de Villa Krieg, Anna pensó que podría verse libre de la amenaza de Rudi. Probablemente, él había decidido enfocarse en cumplir los deseos de su padre, casarse con aquella noble y dejar Anna en paz. La princesa sonrió ante tal pensamiento. Sin embargo, sintió algo de tristeza por aquella pobre chica que tendría que compartir su vida con él. Rudi era la perfecta imagen de un elegante y caballeroso príncipe, y cualquier joven incauta podría caer en sus mentiras, de la misma forma que ella había caído en la trampa de Hans, sin imaginar que un monstruo se escondía detrás de aquel disfraz.

Rudi y Lauren se quedaron un rato mas con ellos, parecían una pareja joven y feliz, y Anna no podía dejar de preguntarse si el príncipe estaría haciendo aquello deliberadamente para producir algún tipo de reacción en ella. Sin embargo, la princesa no podía sentir otra cosa más que la tranquilidad de pensar que se había librado de una vez por todas de él.

No obstante, un sólo detalle molestaba, pues era injusto que mientras él la había descartado como una simple distracción del momento, ella tendría que seguir viviendo con las consecuencias de lo que él le había hecho por el resto de su vida.

— Estábamos haciendo la primera prueba del vestido de novia de Anna. Llegó esta mañana, es verdaderamente hermoso — comentó la reina emocionada. Anna reaccionó al escuchar su nombre y levantó su mirada de su pedazo de tarta y sus taza de té.

— Entonces es un hecho, ¿realmente te casarás con él? — preguntó Rudi casualmente y manteniendo su elegante y amable fachada.

— Si — respondió Anna sencillamente, a quién le hubiera gustado añadir un: "como si tuviera opción" pero sabía que no era el momento indicado para hacerlo. La princesa sintió la mirada de la prometida de Rudi encima de ella. La muchacha parecía curiosa, y Anna no podía dejar de preguntarse que pensaría de ella.

Pasó poco tiempo antes de que Anna y las demás volvieran al salón en donde esperaba su vestido listo para ser probado. La princesa aceptó la ayuda de una de las damas de compañía de la reina, quien la llevó al mismo probador en el que se alistó para el baile del rey, y la ayudó a ponerse el atuendo.

— Su alteza— comenzó mientras hacia una reverencia — iré a informarle a su majestad que usted se encuentra lista— dijo. Anna asintió y la dejó retirarse. Una vez se encontró sola, pudo observarse frente al espejo con mucha más atención. Aquel vestido era hermoso, se atrevería a decir que era más fino que el anterior, pero tenerlo puesto era un martirio. Anna aún recordaba el feliz rostro de Elsa el día de la primera prueba, y la forma en que aquella prenda se convirtió en el símbolo de todo lo que perdió en la invasión.

Fue por eso que Anna decidió quemar aquel traje de novia, pues no tenía más que malos recuerdos y promesas de lo que pudo haber sido, pero nunca sería. Todo, la vida con Elsa, su amor por Kristoff y su hogar se volvieron cenizas ese día , y mientras usaba aquella prenda. Anna dio unos cuantos pasos hacia adelante y toco su reflejo en el espejo, había un mar de diferencia entre esta mujer y la que desapareció el día de la invasión, y a pesar de todo, ella sonrió, pues tal vez Hans era la segunda oportunidad que le brindaba el destino.

—Tengo que reconocer que se te ve muy bien, realmente hermoso — comentó una voz en la entrada. Anna volteó y se encontró de frente con Rudi quien la miraba descuidadamente desde el marco de la puerta.

—Gracias — dijo Anna fríamente sin moverse de su puesto— tengo que volver, tu mamá me esta esperando—le advirtió.

— Ella puede esperar — dijo Rudi tranquilamente mientras entraba y cerraba la puerta.

— Eres un descarado, me acabas de presentar a tu prometida, y aún así no eres capaz dejarme en paz — dijo Anna con resentimiento. La princesa no sabía que hacer, pues bien podía intentar correr, pero aquello sólo generaría un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, en el que sin lugar a dudas perdería.

—Tu sabes bien porque me caso. Si tu me aceptarás, yo rompería el compromiso, no tienes porque sentirte celosa.

—¿Te has vuelto loco? —preguntó Anna completamente ofendida— cuando mucho siento fastidio por ti— contestó.

—Todos en las Islas te vieron a ti y Hans en el baile de la galería. Estoy harto de que te burles de mi, Anna — comenzó Rudi mientras que avanzaba hacia ella, por lo que Anna dio un paso hacia atrás tratando de protegerse de él. Él parecía una especie de León enjaulado, con la intención de atacarla en cualquier momento. Anna estaba tan asustada que apenas podía respirar, pero él no se detuvo hasta que estuvo a un palmo de ella.

—No sé que puedo decir o hacer para convencerte. Hablé con Jorgen antes de que se fuera de vuelta Arandelle. Me dijo que podrías volver, la situación es inestable y los ánimos del reino podrían calmarse si te ven allí— dijo Rudi. Anna abrió los ojos, pues regresar a su país era lo que más deseaba en el mundo. Sin embargo, aceptar la propuesta de el príncipe implicaría que estaría atada a él y a sus deseos, aún cuando se encontrara en su hogar, seguiría siendo prisionera.

— No, yo no te quiero. Tu no has hecho otra cosa desde que nos conocimos que maltratarme y humillarme — dijo Anna. Rudi pareció luchar contra sus propios instintos, pues él era el tipo de personas que reaccionaban violentamente cuando se les negaban sus caprichos. Sin embargo, ya había aprendido que ella no iba a responder de aquella manera.

—Anna — dijo Rudi poniéndole ambas manos sobre los hombros — debe haber algo que yo pueda hacer, lo que sea— dijo el príncipe.

— No lo hay — respondió Anna. Por un momento la princesa permaneció en silencio esperando la tormenta que siempre seguía cada vez que ella lo rechazaba. Sin embargo, esta no llegó, en cambio, él le dio un forzoso abrazo del que Anna trató de librarse. Rudi la besó en los labios en un remedo de un gesto romántico.

— Te he extrañado tanto, Anna — murmuró mientras que sus frentes se encontraban a unos cuantos milímetros.

— Déjame— pidió a Anna, quién se encontraba lívida por el miedo al tiempo que presentía que lo peor estaba por suceder.

—No — negó Rudi al tiempo que tomaba forzosamente sus muñecas. Anna trató de soltarse de su agarre al sentir que se volvía cada vez más brutal y doloroso, justo como ella lo recordaba.

—Es la segunda vez que te veo con un traje de novia. La primera vez pensé que eras lo las lindo con lo que me había encontrado, y no he dejado de pensarlo. Aquel recolector de hielo fue un hombre suertudo — murmuró Rudi mientras forcejeaba con ella y la acariciaba por encima del corpiño.

—Todos creen que estas llena de secretos, yo he llegado a pensar que tienen razón. Tal vez, si yo supiera algunos de ellos podría tenerte en mi mano— comentó el príncipe sin soltarla. Anna se impacientó al pensar en todos aquellos que dependían de ella y que morirían si él llegaba a chantajearla.

— Déjame ir — pidió Anna.

—Tranquila— rió Rudi — debes tener bastantes secretos si reaccionas de semejante manera — comentó.

— No tengo ningún secreto, sólo quiero irme de aquí— gritó Anna quién se estaba impacientando al ver que no la soltaba. La circulación de sus muñecas se dificultó por el fuerte agarre de Rudi, por lo que ella dejó salir un quejido de dolor.

— Cada vez que repasó una y otra vez todo lo que pasó cuando nos encontramos en Arandelle encuentro más y más inconsistencias. Creo que tu tuviste demasiado tiempo sin ningún tipo de guardia más que Hans, e incluso trataste de escapar dos veces bajo sus narices. Estoy seguro de que alguien debió ayudarte, y esa persona era mi traidor hermano menor. ¿Es por eso que lo quieres tanto?¿acaso él es un traidor a la corona, o es que te está chantajeando a cambio de que te quedes callada?

— Hans no tiene nada que ver en esto — negó Anna cada vez más asustada, pues nunca se imaginó que el príncipe pudiera tener la cabeza fría para sacar semejantes conclusiones.

—Tu siempre has dicho que no soy más que una ratón insignificante—se quejó Anna — ¿porqué has decidido cambiar de opinión? ¿Es que acaso estas tan desesperado que estas tratando de retenerme con historias inventadas? — preguntó Anna burlándose de él.

Al escuchar la forma insolente en la que Dijo aquello, Rudi decidió que había tenido suficiente y la empujo fuertemente contra la pared. Anna trató de escapar pero él la retuvo rápidamente en contra del muro, ejerciendo una dolorosa presión sobre ella. Anna se asustó al sentir su aliento contra su mejilla, pero no bajó la mirada, pues no quería darle el gusto de mostrar algún tipo de temor.

—William desconfía de ti, él sabe que escondes algo, lo que nadie se imagina es que Hans también tiene sus manos puestas en todo aquel asunto. Voy a averiguar la verdad, eso te lo aseguro— Gruñó.

—No existe ninguna verdad— mintió Anna mientras luchaba por soltarse.

— Eres una mentirosa— dijo Rudi apretando su brazo con más fuerza. — ¿crees que no me iba a enterar de que usabas trucos de ancianas para impedir quedar embarazada? Una de las mucamas me lo contó todo, fue por eso que despedí a Mirtle, ustedes estuvieron burlándose de mi todo este tiempo — murmuró el príncipe.

Anna se asustó más y más conforme él seguía en su discurso, y la princesa entendió que ella cometió el mismo error que él : los dos se subestimaron mutuamente sin imaginarse cuán peligrosos podían llegar a ser.

— Esa era una creencia común, y yo no estaba segura de que serviría. Además, no quería quedar embarazada— dijo Anna, quien ya estaba tan atrapada en este punto que negar aquello era insensato.

—¿Así que lo confiesas? — preguntó Rudi alarmado — tu realmente usaste trucos para evitar el embarazo, podrías ir a la horca por eso— dijo El príncipe quien sabía perfectamente cual era la pena por aquel acto.

—No me importa — contestó Anna altivamente. Rudi se apartó y le dio una fuerte bofetada. Pero Ella no dejo de mirarlo con el mismo orgullo brillando en sus ojos.

—Tu me has arruinado Anna de Arandelle, por tu culpa soy el hazme reír de la corte. No tienes idea de todo lo malo que has traído a mi vida. Yo estaba tranquilo antes de que aparecieras, pero ahora no puedo sacarte de mi cabeza — gritó.

—¿Disculpa? — rió Anna sin una pizca de humor — soy yo quien debería decir aquello. Tu y tu familia arruinaron mi vida yo era muy feliz con mi prometido. — Respondió.

—¿Cuál era el nombre de tu prometido? — preguntó Rudi de improvisto.

—Eso no importa — respondió Anna asustada.

— Oh si, si importa, se que estas protegiendo a ese sujeto, tu sabes más de lo que parece, pero está bien, todo estará bien — murmuró el príncipe mientras volvía a arrinconarla contra la pared. Anna sintió como el llevaba su mano a su falda y la levantaba. Ella gritó con todas sus fuerzas, pues aquello no podía estar pasando, no otra vez.

—Largo de aquí — siseo una voz femenina atrás de Rudi, mientras que el filo de un cuchillo se apretaba fuertemente en contra de su cuello. Anna tardó unos segundos en reconocer que se trataba de Heidi quién se veía furiosa como Anna nunca la había visto.

—¿Qué crees que haces? — preguntó Rudi.

—Largo — repitió Heidi. Anna siempre había reconocido en la esposa de Lars una mujer con mucho más carácter que ninguna de las otras mujeres de la familia, pero nunca se imaginó que llegara a defenderla con tal ferocidad.

Rudi soltó a Anna y se marchó con total tranquilidad, mientras que ella se dejaba caer por el muro hasta el suelo. Anna sabía que se había equivocado, que nunca sería libre nuevamente, tendría que vivir con temor mientras que el príncipe siguiera a echándola de esa manera. Anna sintió un par de brazos rodeándole el cuello mientras trataba de consolarla.

—Todo estará bien— dijo Heidi.

—Eso no es cierto, no lo estará, él no me dejará en paz, él no me dejará en paz — se quejó Anna.

—Puede que tengas razón, pero aún sigues con vida, no todo está perdido.

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Elsa gracias por cuidarme, he sobrevivido lo mejor que he podido. Pero, Elsa, estoy tan asustada, jamás pensé que mi vida terminaría así.

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Las tres semanas entre la primera prueba del vestido y su matrimonio pasaron en un cerrar y abrir de ojos. Anna se quedó en silencio en medio del vestidor de la reina. Había algo perversamente familiar en toda la escena, y aquella situación empeoró cuando un pequeño ejército de mucamas entró en la habitación y comenzaron a ayudarla a prepararse. Al final, Anna se miró en el espejo, y se encontró nuevamente con un inmaculado vestido blanco, de escote bajó y falda labrada. Muy diferente al primero, y al mismo tiempo, muy similar.

—Te vez tan hermosa Anna— dijo una voz femenina. Anna volteó a toda velocidad pues aquella voz se escuchó demasiado parecida a la de Elsa. Sin embargo, al darse cuenta de que se trataba de Sabrina su emoción murió en el acto.

—¿Cómo te sientes? — preguntó Heidi quien acompañaba a Sabrina.

—Asustada — respondió Anna.

— Es comprensible— aceptó Sabrina quien sonreía amablemente. Las dos mujeres ayudaron a que Anna terminara de dar los últimos toques a su atuendo. La princesa agradeció aquello, ya que las manos le temblaban y apenas podía sostener las cosas sin dejarlas caer. De repente, uno de los pajes entró al vestidor e hizo una pronunciada reverencia.

—Altezas, todos están listos— dijo.

Anna tomó una última bocanada de aire y caminó hacia la puerta mientras esperaba no caerse o cometer alguna tontería. Afuera, se encontraba una escolta de guardias de la armada de las Islas del Sur, con su ya conocido uniforme de paño verde. Anna se emocionó al ver un rostro familiar.

—¡Robert! — Exclamó Anna emocionada.

—Hola Anna, me alegro tanto de poder volver a verte, cuando aquellos guardias te llevaron en el puerto, me preocupe mucho.

—oh Robert, la vida en las Islas del Sur ha sido difícil, pero estoy tan contenta de poder ver una cara amiga — dijo mientras le tomaba las manos sin importar que todos a su alrededor los estuvieran mirando con algo de impaciencia ya que se aproximaba la hora de la ceremonia.

—Hans pensó lo mismo, él fue a buscarme a la marina y pidió que estuviera dentro de tu cortejo — dijo el guardia. Anna sonrió, pues le alegraba pensar que aquella persona que dentro de poco tiempo se convertiría en su esposo la quería lo suficiente como para pensar en ella en semejante momento.

—Es hora de irnos — dijo Sabrina mientras le ponía una mano en su hombro. Anna atravesó el castillo hasta que llegó a la capilla ubicada en una de las alas laterales, mientras que pensaba una y otra vez que aquello no podía estar pasando. Había algo inevitablemente incorrecto en toda la escena. Elsa debía caminar a su lado en vez de Sabrina, Anna debía haber usado el vestido que ella misma eligió, en vez de aquel que otra persona escogió por ella, y sobre todo, aquella situación no ha debido darse en primer lugar.

Anna se ubicó en la entrada de la capilla y tomó una fuerte bocanada de aire, pero cuando entró en el salón el aliento la abandonó y los nervios se apoderaron de ella. Anna sólo vio un mar de rostros frente a sus ojos, las formas de cada uno y sus identidades eran completamente irrelevantes en aquel momento. Sin saber como, la princesa llegó hasta el altar donde la esperaba Hans. Él le sonrió suavemente, y Anna se sintió mal por él, ya que el príncipe siempre fue muy claro en su deseo de no casarse, pero aún así, allí se encontraban, a punto de ser obligados mientras que todo un público los observaba como si fueran una especie de espectáculo.

Durante la ceremonia, Anna miró hacia los lados y se dio cuenta de que en el fondo de la capilla se encontraban los rostros conocidos de la servidumbre de la casa en el lago y Kurt el marinero. La princesa sonrió, pues sabía que aquello era producto de la poca influencia que Hans podía haber tenido en el rey. La muy esperada parte de los "aceptos" llegó y aunque al príncipe se le quebró la voz al contestar, aceptó de inmediato. Anna no fue tan rápida, ya que el párroco tuvo que repetir la pregunta antes de que ella reaccionará o pudiera dar algún tipo de respuesta.

El tiempo para se detuvo luego de haber dicho aquella palabra, pese a que sabía que la mirada de su suegro permanecía clavada en su espalda, como si esperara que saliera corriendo en aquel momento. Hans retiró el velo que cubría su cara con las manos temblorosas, y se inclinó para besarla. El príncipe se aseguró de cubrir con su cuerpo la escena, y en vez de tocar sus labios, acaricio la comisura y murmuró un "todo va a estar bien".

Anna le sonrió mientras se separaba de ella, y entrelazó su brazo con el suyo mientras se desplazaban a través del pasillo. Nuevamente, los rostros pasaron a en frente de sus ojos, pero Anna no fue capaz de distinguir ninguno. Tras dejar la iglesia, la pareja se dirigió al vestidor de la reina donde se quedaron sentados el uno junto al otro en silencio mientras esperaban que alguno hallara algo que decir.

— Pudo haber sido peor— comenzó Hans — papá pudo haber tenido la idea de entregarte el mismo en el altar.

—Eso habría sido definitivamente peor— respondió Anna quien alisó la falda de su vestido.

—¿Y qué se supone que debemos hacer ahora? — preguntó Anna.

— No tengo la menor idea — respondió Hans —pero yo te sugeriría que bajáramos al salón y tomáramos una copa de champaña y un trozo pastel. Después de todo, si todo este show se está haciendo a costa nuestra, por lo menos nos queda el derecho a disfrutar la comida— comentó sarcásticamente el príncipe.

—Tienes razón— rió Anna—tu mamá compró calamares en salsa. Yo no sé que opinión puedas tener, pero yo quiero un plato. Aunque, tampoco despreciaría el pudin de chocolate.

—O los sándwiches— agregó Hans.

— oh, por su puesto los sándwiches, no sé como pude haberlos olvidado— bromeó Anna.

—Tienes razón, es momento de enfrentar al mundo— aceptó Hans quién se puso de pie y le ofreció su mano a Anna. Ella la tomó, y juntos caminaron hasta que llegaron a la puerta del salón. La pareja vio la conocida puerta de roble del salón del castillo, tras la que los esperaba una multitud que aplaudió a la pareja en cuanto los vieron pasar.

Anna y Hans se sentaron en la mesa, cenaron y bailaron como se esperaba de una pareja de recién casados. Sin embargo, ninguno fue capaz de sonreír más de lo necesario, ni disfrutar en exceso, pues algo en la escena se sentía incómodo y falso, como si ellos fueran un par de actores encargados de divertir a su público. Puede que los dos se quisieran, pero el matrimonio estaba por fuera de discusión.

La fiesta fue impresionante, la reina tenía toda la velada planeada a la perfección. Once de los hermanos de Hans estaban presentes, con sus esposas y familia. Sin embargo, el que más asustaba a Anna era Rudi, quién se encontraba con su prometida. Anna lo vio tomar una copa tras otra copa de vino, el príncipe no era capaz de mirarla a los ojos, en tanto se preguntaba si habría tenido éxito al averiguar uno de sus secretos.

Por algunas horas, Anna logró poner sus miedos en el fondo de su mente, y pretender que disfrutaba la fiesta como un invitado más. La princesa miró alrededor y se encontró con las mismas personas que habían estado en la fiesta de compromiso. De repente, la multitud se abrió Y ella pudo ver unas figuras pasar con todo su cortejo. Ella contuvo la respiración, pues a juzgar por las insignias en su uniforme se trataba de un rey, probablemente, otro de los aliados de las Islas del Sur.

—Espero no tener un berrinche como el de la noche del compromiso— la amenazó el rey de las Islas del Sur mientras que le tomaba fuertemente el codo.

— Nada pasará— intervino Hans mientras que disimuladamente alejaba a su padre de ella. A pesar de lo anterior, Anna no perdió la misma expresión combativa que adoptaba cada vez que se veía amenazada. En ese momento, el cortejo del otro rey se detuvo frente a ellos, y los ademanes de su suegro cambiaron de inmediato.

—Georges...— saludó alegremente el rey mientras enfrentaba a su par — no esperé verte en la boda, ha debido ser un largo viaje desde Natsia — dijo el rey quien trataba de hacer una conversación ligera. Sin embargo, a Anna tan sólo le bastó ver su rostro para entender que el sujeto no estaba de humor.

—He tratado de hablar contigo durante semanas, y esta fue la única manera en la que logré encontrarte— gruñó el rey— exijo hablar contigo y con tus hijos en privado— dijo el sujeto.

—No hay necesidad de involucrar a la princesa en esto — dijo el rey interponiéndose entre Anna y el rey de Natsia.

—Todo lo contrario, ella debe enterarse — respondió. Anna vio un leve revuelo en el salón, y entendió que todos sabían que algo importante estaba sucediendo. La princesa, Caleb, el rey, Lars y Hans caminaron a una sala contigua al salón, en donde la mucama no tardo en servirles vino. Anna no dudó en levantar su copa, pues tenía el feo presentimiento de que aquello terminaría de la mala manera.

En frente de ella se encontraba el rey de Natsia, quién se encontraba acompañado por dos oficiales jóvenes, peinados y vestidos elegantemente. Anna no necesitó que le dijeran que hacían parte de la nobleza, pues sus expresiones tenían ese gesto tan característico de un aristócrata que estaba orgulloso de serlo, como si aquello fuera lo más importante que tuviera que ofrecer al mundo.

Anna se sentó en el sillón al otro lado de la sala, mientras sostenía su copa de vino caliente entre sus manos. La luz de la chimenea creó un efecto algo siniestro en toda la escena y no podía dejar de sentir que aunque nadie la mirara directamente, todos se percataban de su presencia.

—Teníamos un acuerdo, Ferdinand— dijo el rey de Natsia quien con sus palabras cortó la tensión en el ambiente— tu podrías dejar a tu hijo en la regencia de Arandelle, y explotar los recursos del reino a tu antojo, pero la princesa sería parte de nuestra familia. Sin embargo, tu la sacaste del reino, y la has tenido escondida aquí desde entonces — comentó en un tono calmado, tanto, que bien podía verse cuanta irá escondía.

—la saqué del reino porque la situación era inestable— dijo el rey —los rebeldes se vuelven cada vez más fuertes me temo que hay una resistencia formándose en las calles, cada día son más y más osados, no podía dejarla allí. —contestó el padre de Hans. Anna tuvo que reconocer que aquella respuesta parecía ser lógica. En definitiva, era una excelente mentira.

—Cuando la traje al castillo la interrogamos acerca de su participación en la resistencia, pero es claro que no sabe nada— dijo el rey con calma — sin embargo, no pude evitar que algo surgiera entre mis hijos y ella, tuve que recurrir al matrimonio para mantener el buen nombre de la familia Westergard — dijo. Anna se sorprendió al escuchar aquello, pues de cierta manera, todo era cierto, pero él había dado un giro a los hechos para hacerlo parecer como un simple romance clandestino.

—Lo que sucedió entre tu otro hijo y la princesa no es un secreto, ni tampoco lo es que vive con el príncipe Hans desde hace unos meses— dijo el rey de Natsia. Anna se enfadó al escuchar aquello, pues bien parecía que la estuvieran acusando de todo lo que le había sucedido hasta entonces. Ella levantó su rostro y miró a Hans, pero él no le respondió, ya que se hallaba demasiado ocupado prestándole atención a la conversación frente a él.

—Ustedes se han dado cuenta de como está la situación. Yo no podía dejar que se armará un escándalo en el que se viera involucrada la familia Westergard. La princesa debía casarse con Hans— se defendió el rey de las Islas del Sur. Mientras tanto, Anna sentía sus mejillas enrojecer, casi le dolía la cabeza por la ira contenida, y cada vez le costaba más trabajo quedarse en silencio mientras todos parecían insinuar que ella era la culpable de todo. Anna jamás quiso que Rudi la forzara, y ni hablar de viajar a las Islas del Sur. Lentamente, tomó una fuerte bocanada de aire y contuvo unas lágrimas mientras que oía frente a ella palabras ir y venir de un lado a lado de la sala.

De repente, Anna se levantó de su asiento y le dio la espalda a toda la escena mientras se acercaba a la ventana.

— Por favor Ferdinand— comenzó el rey de Natsia a modo de burla — los dos sabemos que el escandalo te importa un comino, lo realmente importante es esa niña, ella es la heredera legitima al trono de Arandelle, y cuando acordamos todo el asunto de la invasión, acordamos que ella vendría con nosotros. —dijo.

— Es muy tarde para eso, ya está casada con mi hijo — contestó el rey.

— El matrimonio no se ha consumado, será fácil conseguir una anulación, solo hay que llamar a un abogado, y se conseguirá en cuestión de días — respondió el anciano.

Anna permaneció inmóvil frente a la ventana mientras veía hacía el jardín. Algunos invitados se paseaban y hablaban alegremente mientras que ella se limitaba a escuchar en silencio.

— Princesa Anna— Escuchó al tiempo que un par de pisadas le anunciaban que alguien se acercaba. Anna dio media vuelta y se dio cuenta de que se trataba de uno de los oficiales de Natsia quien se había aproximado a su rincón.

— ¿Sí? — preguntó Anna tratando de permanecer calmada ante la situación.

— Soy el almirante Daniel Nieg, segundo príncipe de Natsia — se presentó el sujeto. Anna quiso reír, ella ya había visto esta rutina. Casi parecía tratarse de una versión del Hans que conoció durante la coronación de Elsa.

— Buenas noches — saludó la chica.

— Princesa, no puedo dejar de preguntarme porque nadie le ha preguntado su opinión — dijo galantemente. Anna sonrió ligeramente.

— Eso es obvio, ¿no lo cree? — preguntó Anna sarcásticamente sin despegar su atención de la ventana.

— Sé que no nos conocemos, pero he escuchado rumores, usted ha tenido que pasar por mucho desde que llegó a las Islas del Sur. Simplemente, yo no puedo creer que usted quiera seguir en este lugar — murmuró el príncipe. Anna lo miró por encima de su hombro.

— ¿Qué es lo que quiere de mi? — preguntó Anna mirándolo a los ojos. El príncipe de Natsia parecía preocupado, y ella no pudo evitar dirigirle una sonrisa, pues no era la primera vez que un noble como aquel, con elegantes modales y una falsa expresión de preocupación se le acercaba con el fin de obtener algo de ella.

— Solo quiero ofrecerle una solución. Venga con nosotros a Natsia, estará a salvo allí, se lo aseguro, nosotros no la trataremos como lo han hecho aquí. Yo le brindaré mi protección— dijo en un susurro, mientras que tomaba su mano descaradamente. Anna sonrió y miró hacía la parte de atrás en donde los dos reyes se hallaban discutiendo.

— Usted debe pensar que soy realmente ingenua si cree que voy a caer eso — respondió Anna librándose de su agarre. — el ejercito de Natsia asesinó a mi hermana, recuerdo claramente que quienes tenían la tarea de incapacitarla y fusilarla eran ustedes, y ahora, su padre está aquí, tratando de obtener de mi lo mismo que quiere el rey de las Islas del Sur. Príncipe, lo que yo veo es que ustedes son un reflejo de esta gente, exactamente iguales, pase lo que pase, mi historia hubiera sido la misma — dijo Anna quien volvió su atención a la ventana. En ese momento, el príncipe la tomó por el codo.

—Eso no es verdad princesa— negó rápidamente el soldado.

— Claro que lo es — dijo Anna mirándolo por encima del hombro — déjeme adivinar, usted es el segundo hijo, así que no tiene oportunidad de quedarse con el trono de su país, por eso me necesita, porque usted quiere ser rey a como dé lugar — comentó la chica con veneno en su voz.

— Usted también me necesita, yo puedo sacarla de aquí— respondió el príncipe quien se obviamente ya se estaba quedando sin argumentos para convencer a Anna.

— Yo no lo necesito, para mi Natsia sería una cárcel más, por lo menos mi esposo es un buen hombre — contestó Anna.

— Todos saben que el príncipe Hans es peligroso — dijo el soldado frunciendo el entrecejo.

— No es más peligroso que cualquiera de ustedes, eso se lo aseguro— contestó Anna. El príncipe volvió a tomar su codo. Sin embargo, lo soltó rápidamente al escuchar una nueva voz que se unía a su conversación.

— Vamos Anna, es hora de irnos — dijo Hans quien le dirigió una mirada cargada de desconfianza al extraño.

— Si — respondió Anna mientras hacía una reverencia a modo de despedida y se marchaba en compañía de Hans.

—Hans— dijo la chica mientras lo tomaba del brazo.

—¿Qué sucede?— preguntó.

— Necesito hablar contigo en privado— murmuró Anna.

—Bien — aceptó Hans, quién tomó la mano de Anna y la guió a uno de los jardines internos del castillo. Anna y Hans se entraron en una de las bancas de concreto, y ella le contó acerca de la amenaza de Rudi.

— Esto es terrible— se quejó Hans mientras se frotaba las sienes. — tenemos que ser muy cuidadosos — dijo el príncipe.

—jamás seré libre, ¿no es verdad? — preguntó Anna mientras dejaba caer sus hombros.

—No digas eso— dijo Hans suavemente en un intento de consolarla. — ya pensaremos en algo.

—Anna— comenzó Hans nuevamente en un tono muy serio. —¿tu sigues manteniendo contacto con los rebeldes de Arandelle?— preguntó. Anna se quedó en silencio, pero le sostuvo la mirada. Ella le había prometido no mentirle, pero este era uno de las ocasiones en las que no podía decirle la verdad, este era uno de sus grandes secretos. El príncipe asintió, era claro que no necesitaba palabras para saber la verdad. Anna vio miedo en la expresión de Hans, y no podía culparlo, pues ella también estaría asustada de tener que andar por el mundo con semejante secreto a cuestas, después de haber recibido una amenaza como la de Rudi.

En aquel momento, Anna se preguntó sí realmente el supuesto amor que decía el príncipe sería suficiente para que no la traicionara. Ella ya había escuchado muchas palabras, y ellas eran precisamente eso, palabras, las que podían ser llevadas por el viento a la menor provocación. Hans ya había demostrado que era muy bueno lanzando promesas de amor eterno al aire sin el menor fundamento.

—Te equivocas si crees que voy a traicionarte— dijo Hans de repente como si le hubiera adivinado el pensamiento.

—Una parte de mi entendería si lo hicieras. Estoy pidiendo demasiado de ti, te convertirías en un traidor— comentó Anna.

—No es que me importe convertirme en uno— río Hans amargamente — Ya te lo dije, hay una sola cosa que me interesa. Además, si te sirve de consuelo, no creo que estemos en peligro por mucho tiempo, va a haber un cambio enorme en este castillo, y está por fuera de nuestro control—dijo Hans en un tono serio y profundo. Anna frunció el entrecejo, ella sabía que habían muchos más secretos en aquella simple frase, pero también entendía que no debían discutir aquel tema en el castillo. En aquel instante, Anna tuvo una idea, porque fuera lo que fuera, era importante, y lo mejor era que la gente en Arandelle lo supiera.

—Entiendo— asintió Anna. De repente, la princesa sintió algo frío sobre la piel de sus hombros. Era algo parecido a una gota de agua pero solida.

—Nieve...— suspiró Anna — es la primera nevada del invierno— dijo la chica mirando hacia el cielo. Por primera vez, sintió su esperanza renovada, aquello debía ser una señal. Anna se puso de pie y se colocó en medio del jardín, casi sentía que Elsa estaba allí con ella, acompañándola, y pidiéndole que tuviera fe, sin importar lo que pasara.

Voy a ser fuerte Elsa, te lo prometo.

Yo creo que Tengo una oportunidad.

Hans se puso de pie y acompaño a Anna en medio del jardín mientras miraba la nieve caer. En el fondo, los dos esperaban lo mismo: tener una segunda oportunidad, y que la persona con quién se habían visto obligados a compartir su vida, fuera la indicada. Anna tomó la mano de Hans, y juntos compartieron un beso.

—Se que todo estará bien— murmuró Hans.

—¿Cómo puedes estar seguro?— preguntó Anna.

—Yo lo sé, tengo el presentimiento de que nuestras vidas mejorarán— respondió el príncipe. Ella sabía que Hans no era de la clase de personas soñadoras que confiarían en intuiciones o cosas por el estilo, por lo que tenía que haber un evento, algo que ella desconocía que lo llevara a pensar de aquella manera.

—Gracias al cielo que los encontré— suspiró Lars aliviado mientras se aproximaba a ellos. Al tercer hermano no le importó que estuviera interrumpiendo, tan sólo se veía muy preocupado.

—Lo mejor será que se vayan ahora mismo. Papá logró evitar un escándalo, pero sé que si permanecen acá, este baile terminará como el último— dijo seriamente. Anna tomó el brazo de Hans con firmeza. No quería volver a pasar por aquella sensación de terror que le produjo pensar que pudiera regresar a Villa Krieg.

—Vámonos — dijo Hans. Anna no tuvo que oír la instrucción dos veces para entender que había que partir.

Si aquel hubiera sido un matrimonio corriente, la tradición habría dictado que los novios debían volver al salón, y despedirse de los invitados. Sin embargo, aquella estaba muy lejos de ser una ceremonia tradicional, por lo que Anna y Hans salieron del castillo y se dispusieron a montar en el carruaje y dirigirse hacía la casa del lago. Anna sintió escalofríos apenas puso un pie en la grava tras el palacio, por alguna razón, se sentía asustada y algo aprensiva, debido a lo que decidió tomar fuertemente la mano de Hans. Sin embargo, una fuerte ráfaga de viento la alertó.

— Su alteza, debe venir con nosotros — dijo una voz profunda de un hombre que se encontraba atrás de ellos.

— ¿Qué es lo que… — empezó Hans, quien no pudo terminar la frase, ya que uno de los hombres que acompañaba al primero lo golpeó fuertemente con la culata de su pistola en la parte de atrás de su cabeza. El primer instinto de Anna fue gritar, sin embargo, un tercer atacante le tapó la boca y el frio contacto del metal en su cuello le impidió que hiciera cualquier otro movimiento.

— Debe guardar silencio, alteza — dijo el primer hombre que había hablado. Anna comenzó a caminar conforme le indicaba el sujeto que la tenía cautiva, mientras que se daba cuenta de que no tenía forma de escapar. La princesa y el grupo de sujetos avanzaron por el bosque que rodeaba el palacio, ya que estaba oscureciendo y la nevada hacía todo más oscuro, no les fue difícil pasar desapercibidos por la floresta. Anna inspeccionó a sus atacantes lo mejor que pudo, mientras avanzaban, y se dio cuenta de que no se trataba de criminales comunes, pese a que no llevaban uniformes, era claro que se trataba de militares, la pregunta era: ¿a dónde pertenecían?

Anna no supo exactamente cuanto tiempo caminó por aquel oscuro bosque, pero conforme las luces del palacio se hacían más y más pequeñas como consecuencia de la distancia, su miedo se incrementaba.

— Ya estamos cerca, princesa — murmuró el primero de los tres sujetos.

— Esta noche usted abordará un barco con destino a Natsia — dijo uno de los soldados que iba con ella. Anna trató de soltarse y de luchar, sin embargo fue inútil, ya que el sujeto la tenía firmemente sostenida.

—¡Anna! — gritó un hombre a la distancia. Anna esperaba que se tratase de Hans, por lo que empezó a luchar con más energía. Quería gritar, necesitaba hacerlo para que él pudiera escucharla y encontrarla.

De repente, un disparo dio contra uno de los arboles cercanos, y el hombre que la tenía en sus manos la soltó por la impresión producida por el impacto. Una serie de disparos continuaron, y Anna trató de correr para escapar del fuego cruzado que se libraba entre los tres hombres y quienes los atacaban. En medio de la confusión, Anna tropezó con uno de los francotiradores que la había defendido.

— ¿Estás bien? — preguntó Rudi mirándola con el ceño fruncido y expresión preocupada.

— Si — asintió la princesa levemente, quien vio a Hans acercarse a la escena.

— Anna —suspiró el príncipe al verla. Anna también dejó salir una exhalación antes de lanzar sus brazos alrededor del cuello de su esposo.

— Todo está bien — la consoló Hans mientras frotaba levemente su espalda — todo está bien, lo mejor será que volvamos a casa — dijo el príncipe. Anna tomó sus mejillas entre sus manos y lo besó en los labios, pues nuevamente, él la había salvado de un destino incierto y peligroso.

A pesar de que ella se encontraba con su esposo nuevamente, Anna sabía que el fuego cruzado entre los dos bandos no se había detenido, es más, a todo el asunto se unieron soldados de las Islas del Sur y otros que debían pertenecer a Natsia.

— Es oficial, la Alianza del Sur se ha ido al diablo — dijo Hans con una expresión grave en sus ojos. Anna no sabía que repercusiones tendría aquello, pero lo que si podía ver era que le convenía a los intereses de Arandelle.

— Tenemos que salir de aquí… — alcanzó a decir Hans antes de que un disparo diera muy cerca de ellos. El príncipe apenas alcanzó a reaccionar con la suficiente velocidad, pero se sintió confundido al ver el cuerpo de su esposa tendido sobre el suyo. Hans entendió rápidamente lo que había sucedido, ella se lanzó sobre él con el propósito de protegerlo, y ahora Anna se encontraba herida.

Hans se apartó de Anna y miró su torso, se encontraba herida. La sangre hacía un escandaloso contraste con la tela blanca de su vestido, pero, a pesar de todo, ella aún no perdía la consciencia, tan solo se observaba silenciosamente mientras esperaba lo peor.

— ¡Anna! — exclamó Rudi quien tenía un fusil en sus manos y se preparaba para disparar. El príncipe trató de lanzarse hacía su esposa, pero Hans se lo impidió con un gesto que bien parecía feroz.

— ¡Ni siquiera lo pienses! — le advirtió Hans — Aléjate de ella. Tu ya has hecho suficiente daño — dijo el treceavo hermano. Hans la levantó en sus brazos mientras veía a la gran mayoría de soldados bajar ligeramente sus armas. El príncipe entendió en aquel momento que Anna era como una especie de gallina de los huevos de oro, tan solo valía la pena viva, pero si moría perdería todo su valor.

Hans sintió una negra e inalterada ira al pensar en aquello, todos querían algo de su esposa, todos deseaban el poder del trono de Arandelle, mientras que ella yacía débil y ensangrentada en sus brazos. El príncipe miró a su alrededor, como si no se encontrara rodeado más que de enemigos y avanzó por el bosque.

— Todo estará bien, te pondré a salvo—murmuró Hans mientras la llevaba de vuelta al castillo.

— Gracias Hans — susurró.

— No me lo agradezcas.

— Hans.

— ¿Si?

— Estoy feliz de ser tu esposa


Hola a todos, estoy feliz de estar de vuelta. Tuve una gripe, pero una gripe tan terrible, fue espantoso, y finalmente soy capaz de volver a escribir, eso me hace feliz, nuevamente gracias por los reviews, como siempre sé que no somos muchos, pero me hace muy feliz ver que hay lectores asiduos, espero que les halla gustado hacía donde va esto, por cierto, si no me tienen agregada a sus suscripciones, quiero advertirles que el próximo capitulo el raiting puede subir, por lo que podría no aparecer en la oferta de fanfics a menos que permitan que el filtro de ffnet muestre raiting M. En fin me despido por hoy bye.