[Una nueva era]

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Hans cargó a Anna hasta el castillo, mientras que oía voces a su alrededor que corrían frenéticas a través de los pasillos. Ya era muy tarde, y casi todos los invitados se habían marchado un par de horas atrás. Sin embargo, hubo una sola persona que fue capaz de interrumpir la concentración del príncipe.

— Hans — dijo la reina — ven conmigo, el medico la verá en seguida — le indicó. Hans la siguió silenciosamente a uno de los pabellones de invitados al tiempo que dejaba a su esposa en la cama. El príncipe se impresionó al ver lo pálida que se veía y cuanta sangre manchaba su vestido.

Por suerte, tal y como había prometido su madre, el medico llegó en un par de minutos, y con ayuda de una enfermera, comenzaron a tratar a la princesa. Mientras tanto, Hans esperó en una sala al otro lado de la puerta, en tanto reconstruía una y otra vez las escenas de aquella velada. El príncipe jamás se imaginó que pasaría su noche de bodas de esa manera, aunque no hubiera esperado nada particularmente agradable de ella.

Hans repasó uno a uno los meses pasados, y cada vez sentía más y más pena por su pobre esposa acostada en aquella cama. Anna no era una mala persona, no merecía lo que le estaba pasando. El príncipe dejó salir una risa amarga, pues por un breve instante había olvidado que el mundo no era un lugar especialmente justo, en donde los buenos ganarán y los malos recibían su merecido. A decir verdad, la línea entre lo uno y lo otro era tan confusa que él temía volver a inclinarse al lado equivocado de la balanza.

Era de madrugada cuando el doctor finalmente dejó la habitación de Anna. El anciano le explicó una gran cantidad de información en tan sólo unos segundos, de lo que tan sólo le prestó atención a una sola frase: "ella estará bien". Al escuchar aquellas sencillas palabras, los nervios de Hans se calmaron y su tensión disminuyó, al tiempo que aumentaban sus ganas de volver a verla y hablar con ella.

Hans entro con mucha delicadeza a la habitación, pues no quería despertarla

—Hans— lo llamó Anna suavemente desde la cama. El príncipe se reprocho su falta de cuidado, pero corrió rápidamente el camino hacía su lado y se sentó en la silla junto a su cama.

—¿Cómo te sientes? — preguntó Hans.

—Confundida— respondió Anna— y algo mareada. El doctor me dio un par de gotas que me ayudarían con el dolor en el costado— prosiguió la chica.

—Gracias por lo que hiciste por mi, yo no merecía ese tipo de actos— dijo el príncipe haciendo referencia a que Anna prácticamente dejó que la hirieran para salvarlo.

— Te debo tanto, Hans Westergard— murmuró Anna. Hans sabía que lo que ella decía debía ser efecto de los calmantes, pero por un instante, quiso convencerse a sí mismo de que ella estaba en lo correcto, de que él se merecía su cariño.

— No es cierto Anna— respondió Hans. Anna abrió la boca para contestarle, pero Hans no la dejó hacerlo, tan solo se agachó y le dio un suave beso en la frente.

— Después hablaremos de ello, por ahora, debes dormir— dijo Hans suavemente.

Hans se alejó de la cama de Anna, dejándola completamente dormida sobre ella. La chica se veía casi como una figura angelical, algo sacado de otro mundo, pero ese era el problema, él quería a Anna allí con él, en el mundo sucio de los mortales. "Tendrás que esperarla un poco más, Elsa " pensó Hans.

Hans cayó rendido sobre una de las sillas de la pequeña sala de estar junto a la habitación de Anna. No había nada cortés ni caballeresco en su apariencia y su posición, sólo estaba tratando de lidiar con aquella extraña situación. Nuevamente, el recuerdo del olor de flores en una noche de verano hacía varios años, la piel descubierta de sus hombros, sus labios sonrosados y sus ojos grandes y expresivos, hicieron presencia, y lo llevaron a preguntarse qué hubiera sido de su vida si se hubiera comportado de manera diferente.

—Pensé que te sentaría bien una taza de café — dijo Lars quién se había acercado por sorpresa a su hermano menor, mientras ponía una taza sobre la mesilla junto a Hans.

—Gracias— contestó Hans. Él príncipe lo miró fijamente, pues pudiera que Lars hubiese sido el más decente de sus hermanos, pero Hans lo conocía lo suficiente como para saber que su visita no era sencillamente amable, él tenía una segunda intención.

—¿Qué es lo que quieres? — preguntó Hans con franqueza mientras dejaba caer su cabeza descuidadamente sobre el espaldar de su silla. — supongo que papá te envió — continuó el menor.

— Supones equivocadamente, hermanito — respondió Lars. Hans miró detenidamente a su hermano y vio una especie de brillo curioso en sus ojos, casi podría decirse que era perverso, por lo que no tardó en inquietarse.

—Caleb te lo dijo — afirmó Lars. Hans se asustó. Él conocía aquella mirada, y la retorcida sonrisa que la acompañaba. Su hermano planeaba algo.

— Papá nos está conduciendo a todos al desastre— dijo Lars — Lo que pasó esta noche aquí no es más que un abrebocas del futuro. La alianza con Barona y Natsia se vendrá abajo en poco tiempo, pero aún tenemos salvación… — comenzó su hermano apasionadamente, pero en voz baja.

— No te voy a ayudar a matar a nuestro propio padre — dijo Hans sin emoción.

— Nunca antes te habías mostrado tan poco atento a mis planes— observó Lars quien parecía irritado.

— La última vez que me sugeriste algo fue cuando tenía 15 años, y en aquel entonces, casarme con una de las princesas de Arandelle me pareció una gran idea— protestó Hans.

— ¿Disculpa? — preguntó Lars riéndose amargamente — Hasta donde recuerdo, te sugerí que te casaras, no que crearas todo un complot para asesinar a las dos hermanas y declarar a su reina como una traidora.

— Lars — comenzó Hans — no voy a hacer esto, no voy a cometer los mismos errores del pasado. Anna es mi única responsabilidad, tengo una deuda pendiente, con ella y ahora ella se encuentra atada a mi, tengo que reparar todo el daño que le he causado.

— Estas enamorado de ella— Afirmó Lars.

— Sí— asintió Hans seriamente — ella es lo único que tengo, una de las dos personas en el mundo a la que les importo.

De repente, un fuerte grito interrumpió la calmada conversación. Hans se puso de pie y corrió hasta el cuarto de Anna, en donde ella yacía, completamente despierta y con el rostro bañado de sudor. Hans entendió de inmediato que ella tenía pesadillas, probablemente, los sedantes estaban perdiendo efecto y Anna se encontraba confundida. Hans se sentó junto a la cabecera de la cama de Anna, y ella se agarró firmemente a sus brazos como si fueran su tabla de salvación.

— Por favor, Hans. No dejes que me lleven — pidió Ana mientras se deshacía en lagrimas.

— Hush. Tranquila Anna. Nadie te llevara a ninguna parte — dijo Tranquilamente Hans mientras la sostenía con cuidado y depositaba un beso en su nuca. Lars se le quedó mirando fijamente. Hans casi podía saber lo que pensaba. Lo que el hermano menor dijo instantes antes era completamente cierto. Anna y Él no tenían más que el uno al otro, era apenas entendible que los dos quisieran un poco de paz después de todas las perdidas que habían sufrido, y Lars decidió en aquel momento que él no pelearía con aquel deseo.

— Será mejor que me vaya — dijo Lars al ver la intima escena que se desplegaba frente a sus ojos.

— Sí, hermano, eso sería lo mejor — respondió Hans quien le dedicó una breve y melancólica sonrisa.

Hans se quedó allí, consolando a Anna mientras la mañana llegaba. Él no pudo saber en qué preciso instante él se quedó dormido al lado de Anna, pero cuando se despertó se asustó al ver a la princesa completamente despierta y mirándolo atentamente. Hans se lamento al pensar que él hubiera podido ser el culpable de que ella pasara una noche incómoda, pero Anna no parecía molesta, simplemente confundida.

— Buenos días — dijo Hans reincorporándose.

— Buenos días— respondió Anna, quien de inmediato hizo una mueca de dolor. Hans comprendió que los medicamentos estaban comenzando a perder el efecto, por lo que pronto sería hora de acudir al médico nuevamente.

— Los primeros días son mortales — le dijo Hans a Anna mientras se reacomodaba su chaqueta lo mejor que podía — pero no te aconsejaría que confiaras cien por ciento en él láudano, es sumamente adictivo, vi muchos buenos marineros en problemas por ese veneno— comentó Hans descuidadamente, quien quería reasumir el mismo comportamiento frio y algo sarcástico que tuvo durante los primeros días de su reencuentro.

— Gracias por todo, Hans— dijo Anna, pero esta vez, ella se encontraba completamente consciente. La expresión de Hans se suavizó, y él le devolvió la débil sonrisa que ella le dedicó. Su pobre esposa tenía un estado lamentable, estaba bañada por una fina capa de sudor, mientras que sus mejillas una vez pálidas, tenían ahora un feo color amoratado y los cabellos de se le pegaban a las sienes de una manera desordenada.

— No tienes por qué agradecérmelo, tu sabes a la perfección cómo me siento por ti, Anna de Arandelle — dijo Hans antes de retirarse.

Los días siguientes pasaron de una manera lenta y tranquila, a pesar de que Hans sabía a la perfección que una enorme tormenta política se libraba alrededor de ellos. Los dignatarios de varios países se pavonearon por el salón de la corona, donde su padre, con su tradicional aspecto de dragón listo para atacar, los recibía sin el menor interés. Las Islas del Sur se encontraban en una difícil posición, y Caleb y Lars hacían lo posible por calmar todo mientras que sus otros hermanos seguían con sus despreocupadas vidas principescas.

Probablemente, lo más interesante que sucedió en el mes después de la boda de Hans y Anna, fue el matrimonio del mismísimo Rudi. La ceremonia se llevó a cabo exactamente 28 días después de la suya, y no tuvo la mitad de atención que la del treceavo hermano. Anna se burlo de ello cuando Hans le contó las noticias.

— Supongo que tu hermano está completamente furioso. Tu le ganaste, tu te quedaste con la heredera de Arandelle, y él tuvo que contentarse con las sobras del banquete de su hermano menor, literalmente— dijo Anna con amargura mientras miraba a través del cristal de la ventana de su cuarto. — siento tanta pena por esa pobre chica, espero que si existe un dios, que este la proteja, porqué necesitará toda la ayuda posible— agregó. Anna aún se hallaba convaleciente, y no dejaba el pabellón de invitados más que para dar breves paseos de unos cuantos minutos.

— Casi espero que él la ignore, por lo que he visto, es mejor tener la indiferencia de Rudi que su enfermizo cariño— respondió Hans. Por un momento, él no entendió si cometió un error pues Anna se volteó y lo miró fijamente.

— Tienes toda la razón — comentó Anna. Hans dejó de contener el aliento y se sentó en la silla frente a ella.

— Hans — comenzó nuevamente Anna — ¿Podrías dejar de tratarme así? Me molesta que me hables cómo si temieras romperme— dijo la princesa ligeramente irritada.

— No es que tema romperte, conozco demasiado bien tu carácter cómo para pensar algo como eso— explicó Hans — pero debes entenderme, no hace más de un mes que te vi agonizar en mis brazos.

— No sería la primera vez, y no pareció importarte en aquella ocasión — bromeó Anna, pero aquello no hizo más que ofender a Hans.

— Por favor, Anna, esto no es una broma— dijo Hans firmemente.

— Lo siento, lo siento— se disculpó la chica dirigiéndole una sonrisa. De repente, Anna se levantó con dificultad. Hans pocas veces la vio tan hermosa como en aquel momento, con la luz del sol de la tarde contra la cortina de cabello rojo que caía sobre sus hombros y aquella cálida sonrisa coronada por sus bellos ojos azules.

— Anna…— suspiró Hans sin encontrar palabras para continuar. Ella se sentó sobre su regazo, y lo besó en los labios. Había pasado casi un mes desde la última vez que la hubiera tocado, pero Hans seguía temiendo que sus acciones pudieran lastimarla. Anna decía la verdad, él sentía que ella era casi un objeto rompible.

Aún así, Hans buscó una manera de devolverle el beso con una pasión controlada. Él hubiera dado por seguir con aquel baile acompasado hasta el final, pero, era claro que aún no era el momento para hacerlo. Ella estaba lastimada y él no le impondría sus deseos.

— ¿Quién diría que este es el hombre egoísta que conocí? — dijo Anna.

— No sé si es un reproche o una burla.

— Tiene un poco de ambos — respondió Anna.

Anna y Hans tuvieron una velada tranquila, a pesar de que a unos pocos metros se estuviera llevando a cabo la boda de Rudi. Hans sospechó a que esto solo pudo ser posible gracias a los guardias que su padre apostó fuera de su pabellón. Por otro lado, La reina parecía estar guardando un secreto, algo que la hacía muy feliz, y que Hans tenía mucha curiosidad por conocer, a diferencia del Rey, quien se veía preguntaba casi obsesivamente por la salud de Anna.

— Necesitamos un heredero, Hans, y rápido— dijo su padre una tarde en pleno invierno dos semanas después de la boda de Rudi.

— Padre, ella apenas puede mantenerse en pie, no podría tener un bebé ni aunque hiciéramos nuestro mejor esfuerzo— respondió Hans firmemente, mientras trataba de ganar tiempo para los dos.

— Tienes razón, de nada nos sirve muerta, esperaremos a inicios del verano, cuando se cumpla un año desde la invasión, y dependiendo de la situación en la que se encuentre la princesa, tomaré una decisión— dijo el Rey. Hans se estremeció al oír aquello.

Al salir del despacho de su padre, Hans encontró a Lars recostado en el marco de la puerta. Su hermano lo mayor lo miró con el seño fruncido y los labios apretados, pero Hans decidió ignorarlo y continuó con su camino a través de los pasillos del castillo.

— Lamento ser quien traiga malas noticias, hermanito— dijo Lars mientras hacía lo posible por seguirle el paso — pero papá tiene razón. La princesa Anna no estará segura hasta que no le dé un heredero al reino.

— Si ustedes tienen suerte con su plan, eso no será más un problema — dijo Hans disimuladamente y en voz baja.

— Me temo que no será así — dijo Lars mientras se paraba de repente en la mitad del pasillo. Hans lo imitó, pues ahora sí estaba verdaderamente interesado en saber a qué se refería.

— ¿Por qué?

— La princesa es valiosa en este momento, pero la situación en Arandelle es inestable, si ella no nos da un heredero, es cuestión de tiempo antes de que comience a ser un estorbo. Ya puedo ver al Rey de Natsia pidiendo la anulación de tu matrimonio para que se case con uno de sus hijos, o los rebeldes de Arandelle usando a su princesa como todo un icono de su lucha contra las Islas del Sur. Pero, si ella llega a quedar embarazada, se convertirá en una traidora ante los ojos de sus súbditos, y Natsia no podrá hacer nada para sacarla de aquí.

— ¿Qué es lo que tratas de decirme? — preguntó Hans quien de repente pareció recordar con quien hablaba. Lars podía ser su hermano favorito, pero él sufría de la misma enfermedad Westergard: él mismo amor desmedido por el poder.

— Tienes hasta el verano para lograr un resultado, de lo contrario, puedes darla por muerta— concluyó Lars — lo lamento mucho, Hans.

Hans no le respondió, pues Lars no lo lamentaba, puede que él fuera ligeramente menos desagradable que el resto de sus hermanos, pero cuando un obstáculo se interponía en su camino al poder, él era capaz de eliminarlo con la misma ferocidad que lo hubiera hecho su padre.

— Odio a toda esta gente — murmuró Hans para sí mismo.

Anna se negó rotundamente a pasar más tiempo en el castillo. Hans no entendía porqué, si se encontraban a pleno invierno y el castillo sería infinitamente más agradable que su vieja y destartalada casa. Algo le decía a Hans que ella tenía sospechas acerca del peligro que corría bajo la mirada constante de su padre y de Lars. Hans le había contado acerca de un posible complot, y Anna probablemente no deseaba estar allí cuando se llevara a cabo.

— Es una locura, juraría que hay casi 30 centímetros de nieve — comentó Hans mientras veía a Anna terminar de alistar su equipaje.

— Sólo es una ligera nevada— respondió la chica sin apenas prestarle verdadera atención, ya que se encontraba demasiado ocupada indicándole a su mucama lo que debía empacar a continuación.

— ¿Una ligera nevada? — preguntó Hans alarmado— Anna, corremos el riesgo de quedarnos atorados en la nieve.

— Oh, por favor, no seas exagerado — dijo Anna — ¿Acaso no recuerdas la montaña del norte, o el fiordo luego de que Elsa los congelara? Eso sí que era nieve. — comentó.

— Anna, por favor— pidió Hans quien quería razonar con ella.

— Hans— comenzó Anna quien se volteó hacía él y lo apartó a donde la mucama no pudiera escucharlos — Tu hermano llegará de su luna de miel mañana. Yo necesito salir de aquí antes de que él regrese, no quiero darle ninguna oportunidad de hacerme nada — dijo la chica. Hans asintió, él entendió.

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Anna siguió con su equipaje silenciosamente. Ella omitió un detalle, pues "olvidó" intencionalmente mencionarle a Hans que Rudi le había escrito un par de cartas. Una un poco antes de su matrimonio, y la otra después. En la primera, él prácticamente le rogaba que pidiera la nulidad del matrimonio con Hans. Anna tuvo ganas de reír al leerlo , francamente, no sabía cómo tenía la sangre fría para pedirle algo cómo aquello. Pero, la segunda fue mucho más agresiva, en ella, él le prometía que hallaría su secreto, porqué él sabía que ella y Hans escondían algo.

Muchos recuerdos pasaron por su mente, pues bastantes personas serían dañadas si Rudi descubría algo, entre esas Hans. Por todo lo anterior, Anna no quería brindarle la menor posibilidad de verla, y escapar del castillo antes de que él hallara la manera de infiltrarse en su cuarto.

El camino a la casa del lago se encontraba completamente congelado, tal y como le había advertido Hans, pero, a pesar de ello, ellos llegaron. Anna abrió sus ojos de par en par al encontrar el maravilloso espectáculo que los esperaba: la fachada de la casa había sido completamente pintada y remodelada, y en la entrada se encontraba una hermosa fuente que de seguro se vería hermosa en verano. Anna hizo toda clase de planes para sembrar setos con flores a su alrededor, formando un circulo que les daría la bienvenida a los invitados, y fue en aquel momento, en qué ella se sorprendió a sí misma pensando en aquella casa como si fuera su hogar.

— Así que esto era lo que tenía planeado mamá — murmuró Hans.

— Es hermoso— dijo Anna mientras se bajaba del carruaje. Ella se protegió con su abrigo, y caminó a través del jardín congelado hasta la parte trasera de la casa. Si sus sospechas eran ciertas, la reina probablemente habría cumplido su mas anhelado deseo para aquella casa.

— ¡Ah! — gritó Anna en un tono agudo que hizo que Hans apretara los dientes — mira lo que tu mamá hizo por nosotros.

— ¡Vaya regalo de bodas! — dijo Hans mientras miraba la casa completamente maravillado.

— El invernadero, siempre quise tener el invernadero para pasar la tarde en él, es completamente hermoso — dijo Anna emocionada sin siquiera parar a respirar.

El interior de la casa no era muy diferente a lo que dejaron un par de meses atrás. Martha, Clara, Jacob y su madre les dieron la bienvenida. Sin embargo, Anna no pudo dejar de notar que la única habitación que se encontraba en excelente estado era la de los "novios". De seguro, la Reina habría pensado que no podrían seguir viviendo en cuartos separados una vez casados, por lo que se encargó de preparar un cuarto común para los dos.

Anna no tenía objeción alguna respecto a la decoración, pero una parte suya le producía pánico volver a pasar la noche con un hombre. Hans pareció entender aquello de inmediato, pues apretó los labios al encontrar la cama común.

— No tienes que compartir cuarto si no lo deseas, yo estaré muy cómodo en mi antigua habitación — dijo Hans. Anna rió suavemente y se sentó en el fino colchón de plumas.

— Yo no creo que sea tan buena idea — dijo Anna luchando internamente contra sus miedos — lo cierto es que estoy segura de que el Rey espera ciertas cosas de los dos, eso lo sabemos, y lo más probable es que si no cumplo con sus deseos mi vida estará en riesgo.

— ¿Lars te dijo eso? — preguntó Hans seriamente mientras que la miraba con el seño fruncido.

— No, él no tuvo que hacerlo— dijo Anna — olvidas con quien estás hablando. Yo he tenido que ver unas cuantas cosas en estos últimos meses, sé que debo esperar de tu padre y de tus hermanos. El pensar que me matarán si no les doy lo que quieren es una conclusión obvia.

— No quiero que sientas que te obligo a nada— dijo Hans con voz carrasposa.

— Yo tampoco quiero obligarte a nada— respondió Anna — después de todo, tu fuiste quien dijo que no deseaba casarse, que sólo quería que lo dejaran en paz.

— No me importa estar casado específicamente contigo— dijo Hans. Aquella frase fue tan contundente, que Anna dio un par de pasos hacía adelante, y de una manera suave y silenciosa, le dio un largo y lánguido beso en los labios. Ninguno de los besos que los dos hubieran compartido se sintió como aquel, en realidad, Hans nunca había sentido tanto cariño por parte de una mujer cómo en aquel momento.

Anna le quitó el aliento y tomó sus mejillas entre sus diminutas manos. Mientras que Hans tomaba su cintura con una mano y con la otra su hombro, para acercarla más a él. Anna jamás pensó que volvería a sentir deseo, pues siempre que se planteaba en la más remota posibilidad de compartir la cama con Hans se veía a sí misma humillada y derrotada por la barbarie a la que estuvo sometida durante sus meses en Villa Krieg. Pero, la paciencia de Hans y el cariño en cada uno de sus gestos le hizo pensar que tal vez había posibilidad de que ella pudiera volver a querer de la misma manera que lo hacía antes de que aquella pesadilla comenzara.

Hans se separó de ella y le dirigió una sonrisa.

— ¿Quieres algo de comer? — preguntó. — yo me muero de hambre.

— Por supuesto— respondió Anna. Ella se quedó sola en su nueva habitación, por lo que se sentó en el colchón y la contempló con aprensión. Aún debía traer sus muñecas de trapo a aquel lugar, ellas eran lo único lo más importante que quedaba de su hogar.

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Un Par de días más tarde, Hans trajo las buenas nuevas a su casa. Los dos habían recibido el permiso del rey para hacer un corto viaje a la Isla más al sur del país. Anna estaba muy emocionada, ella adoraba conocer sitios nuevos, y aquella era la oportunidad perfecta de pisar tierras diferentes a las que rodeaban el castillo.

Hans trató de adelantar los preparativos rápidamente, después de todo, era una especie de viaje de bodas que tendrían como reemplazo del que no pudieron disfrutar por culpa de la enfermedad de Anna. El trayecto en barco estuvo libre de eventualidades, ellos viajaron en un bote de pasajeros común y corriente, aunque pudieron disfrutar de los lujos de la primera clase.

El balneario resultó ser un lugar lindo y tranquilo, en donde la aristocracia de las Islas del Sur se daba cita para disfrutar de unas breves vacaciones de invierno en un sitio más cálido. Anna pasó los días entre juegos de bagamon y paseos por la costa con Hans, mientras que en las noches, los dos asistían a bailes improvisados en el salón principal del hotel.

Fue cuestión de tiempo antes de que ella se diera cuenta de que eran la pareja de moda. Todos en aquel elegante balneario parecían conocerlos, o siquiera haber escuchado un rumor acerca de ellos. Anna trató de encontrar algunas caras conocidas entre todas las personas con las que se encontraba día tras día, pues nunca sabría donde hallaría el próximo infiltrado de la resistencia de Arandelle.

Durante una soleada tarde, Anna aprovechó el escaso calor del sol de invierno para salir por el paseo de la costa y el muelle a dar una vuelta. Ella no solía caminar por su cuenta, había sufrido demasiados intentos de rapto o asesinato cómo para sentirse lo suficientemente segura. Sin embargo, al ver que Hans aún se hallaba algo adolorido por una mala caída de su caballo no le quedó más opción que ir por su cuenta.

Anna caminó hasta el muelle, y subió hasta el nivel más alto del mismo, mientras veía las salvajes olas romper contra las afiladas rocas negras de la costa. Inclusive la playa parecía más deprimente en las Islas del Sur de lo que era en Arandelle, en donde el agua cristalina de los fiordos siempre se mantenía tranquila y amable con los viajeros. Anna bajó las escaleras al primer nivel del muelle, y avanzó hasta que encontró a un hombre parado junto a la construcción, en un rincón que le daba absoluta privacidad.

— Su majestad, mi reina — dijo el sujeto mientras que hacía una breve reverencia. Aquel momento era el que ella había estado esperando desde hacía tiempo, cuando uno de los infiltrados de Arandelle finalmente la contactara. Anna reconoció al sujeto, era el mismo que la había seguido hasta el hotel en la Capital de las Islas del Sur.

— Buenas tardes — saludó Anna amablemente.

— Su alteza, sabe bien porqué estoy aquí, ¿no es verdad? — preguntó el espía.

— Por su puesto— dijo Anna.

— Tengo más cartas para usted — comentó el sujeto mientras sigilosamente miraba en su abrigo y sacaba un par de sobres. Anna los tomó rápidamente y los escondió entre sus faldas. Ella miró a su alrededor, pero no vio a nadie.

— Quiero mandarle una carta al general Andersen, tengo noticias importantes para él— dijo Anna. El sujeto asintió.

— Bien, pero no debe firmar las cartas, podría haber problemas— dijo el espía — debe tener en cuenta que si algo llega a pasarme las destruiré en seguida, pero eso no significa que no puedan ser muy peligrosas— le explicó. Anna asintió, y recordó las amenazas de Rudi. Él era peligroso no solo para Hans y ella, sino para toda la resistencia de Arandelle.

— Deben tener cuidado con el príncipe Rudi. Él cree que estoy escondiendo algo, es muy peligroso.

— ¿El príncipe Rudi? — preguntó el sujeto.

— Sí, él es peligroso— dijo Anna tranquilamente, quien comenzó a contarle acerca de los rumores que había escuchado y de los grandes cambios que venían en el palacio de las Islas del Sur.

— Estaré mañana aquí, a la misma hora, y recibiré sus cartas — dijo el sujeto lacónicamente.

— Entendido— respondió Anna.

Anna se separó del espía sin mayores despedidas, tras lo que comenzó a caminar por la playa. El ligero sol de invierno se había escondido, tras unas blancas y pesadas nubes, en tanto las olas se hacían más y más salvajes. Anna sintió el arena moverse debajo de sus botas en tanto planeaba mentalmente la carta que le escribiría al general Andersen, pero no solo a él, sino también a Kristoff. Anna sabía que para aquel momento, las noticias de su matrimonio ya debían haber llegado a los oídos del recolector de hielo, y ella no podía dejar de pensar en lo traicionado que él debía haberse sentido, al verla casada con el mismo sujeto que trató de matarla tiempo atrás.

Aquella noche, Anna pasó largas horas sentada en la sala de estar que se encontraba junto a la habitación que compartía con Hans. Fue una verdadera suerte que él no cuestionara sus acciones, pues Anna pensó que él desearía saber a quien escribía con tanto esmero. Ella decidió comenzar por la del General Andersen, pues lo que le diría a él era mucho más fácil de explicar. Anna empezó contándole acerca de su matrimonio, las intenciones del rey, el complot de Natsia para secuestrarla y finalizó con la advertencia que le hizo Hans de que había algo que cambiaría enormemente en aquel Castillo. Anna se atrevió a especular, y le explicó que su teoría.

"Sus hijos mayores creen que la invasión fue un error. Estoy segura de que no dudarán en matarlo si con ello logran conseguir una tregua con los otros miembros de la alianza" escribió Anna como conclusión a su carta. Ella miró hacía la puerta cerrada de Hans. Esto era de lejos, lo más grave que hubiera podido hacer la princesa, y si era descubierta, no sólo sería ejecutada por alta traición, sino que además enviaría a Hans a la horca con ella, Rudi se encargaría de ello.

Anna terminó la carta del General, y pasó a la de Kristoff, la que fue mucho más difícil de escribir. Anna no pudo dejar de llorar desde que su pluma tocó la hoja. Ella le contó todo, incluso lo que se había abstenido de contarle antes de su partida. Todas las escenas de aquellos meses pasaron una a una por sus ojos, desde la disculpa de Hans, hasta las constantes persecuciones de Rudi, e incluso su tortura. Anna no se quedó con ningún detalle. Kristoff debía saber que su matrimonio no era el asunto de cuentos de hadas que aparecía en los periódicos, sino que había sido un asunto forzado y de mera supervivencia. Ella se sorprendió al darse cuenta de lo franca que fue con Kristoff, ya qué en el párrafo final se atrevió a escribir algo completamente desgarrador.

"[…] Ahora estoy unida a él. El comienzo fue difícil, aún tengo miedo, pero le estoy completamente agradecida, y también estoy completamente convencida de que con el tiempo llegaré a amarlo profundamente. Olvídame Kristoff, sigue con tu vida, todo cambió el día de la invasión, desde entonces, he estado atrapada, y jamás dejaré de estarlo pero por lo menos tengo a alguien quien puede compartir conmigo este cautiverio"

Anna selló con cera la carta. Después, las escondió bajo llave y se marchó a su habitación. Hans dormía profundamente en su lado de la cama. Anna se estremeció como siempre lo hacía cada vez que se acostaba junto a él, pero finalmente decidió tenderse.

— Has leído hasta tarde, por lo que veo— dijo Hans quien se despertó al sentir el cuerpo de Anna junto al suyo.

— Sí, era un libro interesante— respondió Anna quien le agradeció silenciosamente por no haberla obligado a inventar una mentira.

— Y debió ser bastante triste, se nota que has llorado— comentó.

— Tuvo un inicio bastante difícil, pero firmemente espero que la protagonista encuentre su final feliz— dijo Anna sonriéndole.

— Yo también lo espero, querida— respondió Hans, quien tras dedicarle una suave sonrisa tomó su mano y la besó. Anna actuó por mero impulso, pues se movió hacía él y le dio un beso en los labios. Hans le respondió suavemente.

Anna se acordó de sí misma completamente congelada, rogando por un beso de amor verdadero, pero no sintió rencor, sólo lástima por aquel hombre que en ese momento estaba tan vacío que ni siquiera podía ver más allá de su simple reflejo en el espejo, un hombre tan congelado y frió como el fiordo fuera del castillo. Pero las cosas habían cambiado abismalmente desde ese entonces. Ella ya no era esa niña ingenua, aplastada por el peso de la verdad, era una mujer que lo había sobrevivido a todo, y que ahora arriesgaba su cuello por contribuir en algo a la liberación de su país, aunque no fuera mucho.

Con confianza renovada, Anna volvió a besar a Hans en los labios, y tomó sus mejillas entre sus manos. El beso se volvió cada vez más apasionado. Hans parecía ansioso por tocarla, pero se contenía, y ella entendía porqué. Anna se arrodilló sobre las sabanas blancas de la cama, y se quitó su camisón. Hans la miró estupefacto, sin duda, habría pensado que era demasiado pronto para que estuvieran juntos, pero ella firmemente creía que aquella era la mejor oportunidad para demostrarse a sí misma que aunque hubiera sobrevivido el infierno, ella aún tenía fuerza y fuego en su interior.

— Anna…— suspiró Hans mientras ella comenzaba a deshacer sus trenzas lentamente. Él no se atrevió a moverse, pero ella podía sentir su mirada, se sentía admirada y adorada, por lo que no dudó en dedicarle una breve mirada.

— Eres realmente hermosa, siempre lo he pensado— dijo Hans suavemente mientras se arrodillaba frente a ella y acariciaba su mejilla con su mano. — siempre lo pensé, desde el principio. Recuerdo que me dije a mi mismo: puedo ser feliz con ella, sé que seré muy feliz con ella. Pero, mi ambición fue más fuerte.

— Y ahora ¿qué piensas? — preguntó Anna quien se sentía expuesta ante él.

— Pienso lo mismo que en aquel entonces, que seré muy feliz contigo, y que puedo hacerte muy feliz, mi querida Anna. — contestó Hans quien volvió a besar a su esposa.

Anna retiró con suavidad la camisa de dormir de Hans, tras lo que los dos se acostaron. Anna había olvidado lo que se sentía tener a un hombre al que ella realmente quisiera. Lo maravilloso que podía sentirse aquel encuentro, y el orgullo al saber que era ella la que ocasionaba todas las sensaciones en su pareja. Hans entró en ella de una manera abismalmente diferente a la que lo habría hecho su hermano. Él no deseaba sentir una especie de poder a costa de su sufrimiento, a decir verdad, más parecía que buscara el mismo cariño que ella necesitaba. Anna pudo ver en Hans a aquel chico abandonado, relegado de sus doce hermanos quien siempre tuvo que abrirse camino por la vida él solo, a pesar de ser parte de la realeza.

Luego de que ambos terminaron, Anna cayó rendida junto a Hans. Ella volvió a sentirse como una traidora al pensar en las cartas que se encontraban en la sala de estar, encerradas bajo llave, pues su esposo no tenía la menor idea del peligro en el que los estaba poniendo.

— ¿Qué es eso? — preguntó Hans quien aunque la sostenía contra su pecho, utilizó su mano libre para acariciar su muslo.

— Mi cicatriz— murmuró Anna.

— ¿Fue por la tortura? — preguntó Hans mientras la apretaba aún más contra su propio cuerpo, como si con ello pudiera protegerla.

— Sí— respondió Anna. — fueron las secuelas. William dijo que no debían quedar cicatrices visibles, pero que esto me serviría como recordatorio del poder que el rey tiene sobre mi. De seguro que piensas que es asquerosa. — comentó Anna mientras tomaba la sabana y trataba de cubrirla.

— No, no lo es — respondió Hans lacónicamente mientras se levantaba y le daba la espalda. Era la primera vez que ella veía con atención su espalda desnuda, se encontraba llena de largas cicatrices. Anna sabía que los azotes era un castigo frecuente para los soldados en alta mar, y tras un año en la marina, como prisionero, Hans debía haberlo sabido de primera mano.

— El deseo de poder de papá ha dejado marcas en todos nosotros, Anna— comentó Hans quien volvió a acostarse junto a ella— yo causé esto, pero tu eras inocente, no mereces nada de lo que has vivido.

— Y aún así, creo que en parte me ha hecho más fuerte— respondió Anna.

— Pero nunca permitas que te convierta en uno de ellos, tu no quieres terminar tan bajo como yo, tu no quieres tener un corazón congelado— dijo Hans quien le acarició la mejilla.

— No, no quiero un corazón congelado.

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Al día siguiente, Anna acudió a su cita en la playa con el espía de Arandelle. Tal y cómo le prometió, el sujeto se encontraba esperándola allí.

— El general Andersen le agradecerá su colaboración.

— La información que tengo no es suficiente, pero estoy segura de que podré conseguir más. Necesito un contacto cerca al castillo, debe haber alguien con quien yo pueda comunicarme — dijo la chica.

— Déjeme hablar con los jefes, ya llegaremos a un acuerdo. — respondió el sujeto pensativamente.

— La otra carta… — comenzó Anna, refiriéndose a la de Kristoff, — ¿puede llevarla?

— Por supuesto, no habrá problema— contestó.

— ¿Anna? — preguntó alguien que se encontraba a sus espaldas. Anna se dio vuelta y enfrentó a la persona detrás de ella. La princesa se sintió palidecer al ver que se encontraba en frente de su esposo, y la evidente confusión en su mirada le dio a entender de que él sabía perfectamente lo que se encontraba haciendo.

Ahora sí estaba realmente atrapada.


Hola a todos, francamente no sabía si podría continuar con este fic, normalmente cuando me obsesiono con algo nuevo, se me olvida tono lo demás, y estoy obsesionada con una serie diferente, pero le tengo mucho cariño a este fic y a sus 10 lectores, no sé porque pero me encanta trabajar en él, no puedo creer que si quiera hubiera pensado en dejarlo abandonado.

Ahh, ahora volví a mi vieja costumbre de responder los reviews en los capítulos, es más fácil y evita el problema de que me desordeno muy fácilmente.

RESPUESTA A LOS REVIEWS

Solesc: Amiga, primero que todo, perdóname, se que si lees esto me vas a odiar, no me odies, por favor, TT_TT, y segundo, weeeee estoy continuando esto.

Loreley9 : thank you for support, really. I am fullfilling my promise, I am continuing this, hope you like it.

Guest: oh, espero que sigas por aquí para ver esta continuación, siento ho haberla puesto antes.

Dianne Croft: Hola, gracias por el review, la verdad es que yo si lo vi venir la primera vez que vi la película. Recuerdo que cuando Anna dijo "dejo al príncipe Hans a cargo" pensé: ahí está, ahí está el villano señoras y señores, el principito va a perder la cabeza. Pero fue sobre todo cuando le lanzó el candelabro a Elsa que yo dije: mmmmm ese príncipe se va a voltear. Pero creo que por más que me guste la escena de la biblioteca cuando él la traiciona, fue un final muy poco halagüeño para Hans, él ha sido de lejos el villano más inteligente de Disney, pero al final comete el error de todos los finales de pelis para niños, porque si de mí hubiera dependido, yo me quedo en esa habitación y me aseguro de que se muera bien muerta. Pero en general no me pareció tan mal tratado, es cómo dije en otro comentario, cuando uno ve las expresiones de Hans durante la peli casi se puede leer sus pensamientos, como lucha consigo mismo como preguntándose ¿Qué debo hacer a continuación? Y cuando toma la decisión de matar a las hermanas es completamente claro, o por lo menos para mí lo fue. Gracias por tus palabras de apoyo, realmente fuiste tu con tu comentario la que me llevó a replantearme la posibilidad de volver a continuar el fic. Realmente, puede que no tengamos muchos lectores pero esta historia es divertidísima de escribir.

Ty'nymy: Hola, muchas gracias por el comentario, wooow, me halagó mucho lo que dijiste sobre mi fic. La verdad es que yo siempre había querido escribir uno de esos fics que tienen como la sensación de ser una cosa épica, no solo por los largos sino porque tienen una historia, que no sé cómo explicarlo, pero se siente épica. No te preocupes, terminaré este fic, es demasiada diversión cómo para dejarlo abandonado. Nuevamente, muchas gracias por escribirme.