[La vida y la muerte]

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Anna se sintió palidecer, mientras que Hans la miraba con los ojos abiertos de par en par. La escena era comprometedora, por decir lo menos. Una princesa extranjera en medio de una guerra, reunida con un hombre desconocido en la mitad de la nada, no podía estar haciendo otra cosa que planear un complot.

De repente, la expresión de Hans cambió de absoluta sorpresa a su sonrisa habitual. Anna permaneció inmóvil, hasta que él fue el primero en acabar con aquel incómodo silencio.

–Así que aquí estás, me asusté al no encontrarte en la habitación.

–Quería tomar algo de aire fresco, me perdí, y esta persona me mostró el camino – dijo Anna quien optó por continuar con el juego. – muchas gracias. – le agradeció al sujeto, dándole a entender que era hora de que desapareciera.

– De nada, majestad –respondió. Anna vio al espía marchar mientras ella le deseaba toda la suerte del mundo, pues si sus cartas caían en malas manos todos se verían completamente perdidos. Anna tomó el brazo que Hans le ofreció y comenzó a caminar a su lado silenciosamente. Ella no sabía que decir.

– No digas nada, no quiero saber, así no tendré que mentir por ti– dijo Hans bruscamente. Anna se dio cuenta de qué el se encontraba molesto. Después de todo, él había metido las manos en el fuego por ella. La protegió a pesar de que todos la señalaran como una informante, y ella traicionó esa confianza. A pesar de lo anterior, Anna no se arrepintió, Hans debía entender que ella no se quedaría con los brazos cruzados mientras que su país era saqueado por las Islas del Sur. Puede que ella no pudiese serle muy útil a la resistencia, pero trataría de hacer lo que más pudiera.

Los dos regresaron a la habitación para prepararse para la cena y el baile que le seguiría. Ella aún no se atrevía a entablar conversación, y él tampoco parecía querer intentar forzarla a hacerlo. Anna se puso un largo vestido amarillo de raso con flores en el cinturón. Ella se peinó lo mejor posible, quería dar la impresión de que nada estaba sucediendo, y no tenía nada que esconder.

– Es hora de irnos – dijo Hans. Anna cayó en cuenta de que eran las primeras palabras que le decía desde su paseo por la playa.

– Estoy lista.

Anna y Hans tomaron asiento en una de las tantas mesas del elegante restaurante. La comida estuvo deliciosa, y pronto los músicos comenzaron a tocar una alegre polca. Ellos eran una pareja joven y sin hijos, por lo que todos esperaban que fueran los primeros en saltar a la pista de baile. En vez de eso, Hans pidió una larga flauta de champagne y se quedó en silencio mientras veía a los bailarines.

De repente, la melodía cambio, y la polca se trasformó en un hermoso vals. Anna lo reconoció de inmediato, se trataba de la primera tonada que bailaron juntos durante la coronación de Elsa. Ella lo miró, no esperaba que el recordara aquel detalle.

– Deberíamos salir a bailar– dijo Hans mientras se ponía de pie y le ofrecía su mano.

– Sí, gracias – contestó Anna emocionada.

El vals penetró cada uno de los rincones de aquel salón, mientras que Hans y Anna bailaban. La atracción que ejercían sobre el público era completamente infalible. Todos los miraban, pero Anna no era consciente de otra cosa que no fuera el rostro del príncipe.

– Mi querida, Anna, me gusta cuando me miras de esa forma, casi pensaría que te importo – murmuró Hans. Anna se alarmó por aquel comentario.

– ¿Qué quieres decir?– preguntó Anna.

–Ya me he dado cuenta de cuál es el truco aquí. Personalmente, no me importa que le des información a tus amigos, es apenas lógico que tratarías de hacerlo, pero quiero que sepas que no tienes que pasar la noche conmigo sólo para que yo guarde silencio, no planeo traicionarte – dijo Hans. El tono del príncipe le recordó a aquel que adoptó cuando la dejó en la biblioteca para que muriera congelada. Él estaba verdaderamente furioso, como no lo había estado desde su reencuentro.

– Yo no pasé la noche contigo por esa razón – dijo Anna.

– ¿No? – preguntó Hans – y supongo que tampoco le escribiste al recolector de hielo, que no le pediste que viniera a salvarte de tu malvado esposo, que no es otra cosa más que despreciable.– dijo. En ese momento, Anna entendió el verdadero problema en la actitud de Hans. Él parecía estar más celoso que preocupado de que los estuviera poniendo en peligro. Anna dejó salir una ligera risa.

– ¿Estás preocupado de que contactara a Kristoff? – preguntó Anna - ¿Mi apuesto esposo está celoso? - insistió con intención de burlarse de él.

– No tienes derecho de burlarte de mi –dijo Hans casi escandalizado – tú eres la que está tratando de localizar a tu ex novio, mientras que yo pensaba que lo nuestro podría funcionar.

– Hans…

– Espera Anna, déjame hablar – la interrumpió Hans – sé que no tengo derecho alguno sobre ti. Sé que tu y yo sólo estamos juntos por que las circunstancias nos obligaron a permanecer juntos, pero pensé que tal vez tu podrías…

– Yo te amo, Hans – confesó Anna, quien de repente fue consciente de lo que había acabado de decir. Hans la miró sorprendido.

–¿Qué dijiste?.

– Hans, yo no sólo estoy contigo por que el destino lo quiso así, realmente me gusta vivir contigo, hablar contigo, y tenerte a mi lado. No niego que me gustaría regresar a Arandelle, pero sé que las cosas jamás volverán a ser iguales. No importa cuanto tiempo pase, o si la resistencia tiene éxito. Yo jamás seré reina y nunca podré vivir la vida que llevaba antes de salir de mi país. Tu eres mi nueva vida, Hans Westergard. – dijo Anna. Hans permaneció en silencio, era claro que se hallaba confundido. Ella dejó de bailar, por lo que a él no le quedó más opción que imitarla. Los dos se quedaron en la mitad de la pista, por lo que Anna se empinó y le dio un suave beso en los labios. Anna sintió la mirada de varios de los presentes, pero no le importó.

– Vámonos de aquí – dijo Anna mientras tomaba la mano de Hans y lo conducía hasta su habitación.

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Hans despertó la mañana siguiente junto a Anna, ella yacía junto a él, se veía tranquila y satisfecha, por lo que él quiso creer que se debía a él.

– Anna – la llamó Hans moviéndola suavemente hacía un lado.

– ¿Qué sucede? – preguntó la chica mientras abría los ojos y se levantaba sobre la cama. Hans la observó con atención, su cabello era un desastre, y eso le encantaba.

– Tengo el presentimiento que debemos marcharnos, es hora de volver al palacio.

– ¿Por qué? – preguntó Anna sorprendida. Hans podía ser su esposo, y ella podría haberse enamorado de él tras todo aquel tiempo de convivencia, tras todo el dolor y los problemas que aprendieron a sobrellevar, pero lo cierto era que una parte de ella aún desconfiaba de sus intenciones, después de todo, él aún era el hijo del Rey, y no sería extraño que estuviera planeando una forma de advertir a su padre del peligro que representaba la princesa.

– Se nos está terminando el dinero– dijo Hans avergonzado.

– Oh– fue lo único que atinó a responder Anna. Probablemente, ella estaba exagerando un poco.

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Anna y Hans regresaron a la casa del lago sin dudar. La primavera había llegado en todo su esplendor, y el verdor de la floresta que rodeaba su casa la llenó de esperanza, casi recordaba las tardes que pasaba en el jardín del palacio de Arandelle cuando aún era una adolecente, rodeada de las flores que había ordenado plantar su abuela en largas macetas al rededor del camino, y la cascada artificial que le había costado toda una fortuna a la reina.

La vida de recién casados no fue muy diferente a la que ya llevaban antes de la ceremonia. A pesar de la insistencia de la reina, Hans no veía razón para aumentar el personal que trabajaba en la casa. Dos doncellas y una cocinera eran más que suficiente. Además, abrir sus puertas a nueva servidumbre podría ser el equivalente de llamar al peligro y permitir que todo tipo de espías de su padre y su hermano entraran en su vidas.

– No sé por qué eres tan difícil Hansy – renegó su madre mientras que tomaban el té durante una tarde de primavera junto con Sabrina – tu esposa es una dama, necesita por lo menos una ama de llaves y una dama de compañía.

– Mamá…

– Y tu necesitas un valet y un mayor domo.

– Mamá – interrumpió Hans firmemente – en serio, estamos bien.

– No, no es cierto, si es por el dinero, no te preocupes, iré a hablar con tu padre – la reina ni siquiera esperó a escuchar la respuesta de Hans, tan solo dejó su taza de té sobre la mesilla y salió por la habitación como si fuera un rayo.

– Si me preguntas, creo que es inteligente que tú y tu esposa no tengan más servidumbre. Rudi y tu padre podrían utilizarlos en su contra – dijo Sabrina mientras dejaba la taza de té en la mesilla – si no estoy mal, tu también sabes nuestro secreto, lo más conveniente será cuidarnos las espaldas lo más que podamos.

Hans frunció al ver la sonrisa peligrosa de Sabrina. Ella lo sabía todo, conocía el plan de Caleb para deshacerse de su padre. El príncipe no pudo evitar sentirse algo asqueado, a pesar de que sintiera algo de pena por Sabrina, eso no significaba que no viera claramente la ambición en su rostro. Ella se moría por ser reina y aquello estaba más cerca que nunca.

– Si me disculpas, debo marcharme – dijo Hans quién regresó a la entrada.

Era una suerte que aquel día fuera sábado, ya que Hans pudo pasar el resto de su tarde con Anna. En cuanto llegó a su casa, el príncipe calzó las pesadas botas que usaba para cazar, su largo abrigo café, un sombrero y su rifle de cacería. Anna insistió en ir con él. La escena era casi idílica, el sol vespertino le daba un aspecto dorado al bosque en mitad de primavera, mientras que su esposa caminaba junto a él con sus trenzas casi desechas y un sencillo vestido de tarde estampado con flores de color café y rojo profundo.

Aquella imagen era algo que se había repetido muchas veces en sus sueños desde que su vida con Anna comenzó. Él esperaba el día en que los dos pudieran caminar de la mano por la floresta, sin miedo ni dolor, sin títulos como princesa, príncipe, reina o traidor, solamente Anna y Hans dándose la mano, viviendo como dos personas completamente normales.

De repente, el sonido de cascos golpear contra la lama del bosque llamó su atención. Hans puso su arma adelante de su cuerpo y esperó a que se acercaran el par de viajeros propietarios de los caballos.

– Oh, hola Hans – lo saludó el Rey quien venía acompañado de un par de jinetes más en los que se encontraba su valet personal – creo que yo estaba en lo correcto, Rudi, estábamos cerca a la casa del lago, y tu que dijiste que nos encontrábamos a kilómetros de ella.

– Nunca dije nada como aquello, solo dije que aún se encontraba lejos – respondió Rudi sin dejar de mirar a Anna y a Hans con el mayor resentimiento, mientras que la princesa se agarraba con más y más fuerza del brazo de Hans quien casi sentía que le cortaba la circulación.

El príncipe agradeció por ser tan buen mentiroso, ya que él guardaba demasiados secretos como para permanecer tranquilos en un momento como aquel.

– Hijo, ¿te molestaría si pasamos por tu casa a tomar una taza de té? – preguntó el Rey, quien se quitó su sombrero y se abanicó con él. En ese momento, Hans pudo ver que tan pálido y sudoroso se veía su padre, era claro que se encontraba enfermo – o envenenado– pensó el príncipe sintiendo una punzada de culpa en su pecho.

– Por su puesto que no, tu y tu valet son bien recibidos en mi casa – dijo Hans.

– Gracias alteza, es un honor – dijo el valet haciendo una breve reverencia.

– Supongo que eso significa que yo no soy bienvenido en tu casa– comentó Rudi descaradamente.

– Por su puesto que no – se apresuró a decir Anna con igual descaro que su hermano. Al escuchar aquello, el Rey dejó salir una suave risa, tras la que puso una mano en su vientre como si le hubiera dolido este movimiento.

– Veo que tu esposa aún conserva su carácter – se burló el Rey – si tenemos suerte nadie terminará apuñalado o con una bala en el hombro, aunque es así como han concluido los encuentros entre estos dos.

Anna, Hans y el resto de sus acompañantes se dirigieron a su casa, en donde el Valet se ocupó de los caballos con ayuda de Jacob, tras lo que se dirigió hacía las cocinas para obtener una taza de té por parte de la cocinera. Mientras tanto, Martha y clara se ocupaban por sacar la mejor vajilla del ajuar de la casa, y de verse impecables, pues no era común que el Rey les hiciera una visita.

Anna trató de jugar a la buena ama de casa en aquella ocasión y limar las asperezas con su odiado suegro, guardando silencio y tratando de limitar las miradas asesinas al mínimo. No obstante, Rudi era otra historia, ella no quería que él se sintiera bienvenido en lo más mínimo.

– Tengo que admitir que has hecho Maravillas con este chiquero – dijo el Rey admirando la vista desde la enorme sala, por la que se veía el lago Claire.

Anna nunca había reparado en su nuevo hogar con detenimiento, pero ahora que todo se encontraba completamente remodelado, la casa tenía un aspecto aún más espacioso y señorial que la Villa Kreig, puede que los muebles y los acabados no fueren tan finos, pero la apariencia general, era mucho más imponente. Anna y Hans incluso tenían un pequeño salón de baile con un enorme candelabro en el medio, un comedor que colindaba con el invernadero recientemente remodelado inundado con plantas exóticas y otras excentricidades que fueron colocadas por la reina durante su ausencia. La princesa no pudo evitar reír para sus adentros, era obvio que Rudi se sentiría amenazado por el cambio de posición de su hermano.

– La pintura de los muebles es burda– dijo Rudi sin emoción en su voz

– ¿Disculpa?– dijo Anna ofendida porque se hubiera atrevido a cuestionar su gusto.

– Por favor, Rudi, no seas desagradable – dijo el Rey quien parecía obstinado a conservar una conversación civilizada con sus hijos y su nuera como si el pasado nunca hubiera tenido lugar.

En aquel momento, Anna escuchó la campanilla de la entrada sonar por lo que volteó su rostro y miró por la ventana que daba contra la entrada de la casa y se encontró de frente con Kiera Bagman, una de las dos chicas nativas de Arandelle que trabajaban como espías de la resistencia. Anna se alarmó ¿cómo había podido esta chica ser tan poco precavida para aparecerse a mitad del día en su puerta sin invitación alguna? Esto era demasiado peligroso.

Martha abrió la puerta y cruzó un par de palabras con la joven mientras que Anna se sintió palidecer. La princesa tomó su taza de té para disimular su nerviosismo en tanto se preguntaba si Rudi habría notado su cambio de animo.

– Alteza – dijo Martha quien se acercó a ella e hizo una breve reverencia – La señorita Kiera Bagman le manda sus saludos y deja su tarjeta de presentación, se pregunta a qué días recibe visita– continuó la chica quien le entregó en una bandeja de plata la tarjeta de presentación de Keira.

– Dile que recibo visitas los lunes a las tres, y que estaré complacida de tomar el té con ella, por favor pídele disculpas de mi parte por no poder atenderla hoy, pero ya tenemos la tarde copada – dijo Anna simulando cortesía y buenas maneras. Martha se marchó a cumplir su encargo, en tanto que el Rey sonreía ante aquella escena.

– Estoy feliz de ver que finalmente la situación de mi hijo menor y su esposa se está normalizando, parecen tener una vida domestica normal, estoy muy orgulloso, muy orgulloso– dijo El Rey mientras que volvía su atención hacía la vista de la ventana que daba hacía el lago.

Anna observó a su suegro con atención, parecía genuinamente melancólico, y feliz de ver a sus dos hijos y a su nuera jugar a la familia feliz mientras tomaban té en aquella tarde de primavera. Anna se preguntó si habría de presentir que el fin se acercaba. Era irónico que ella sintiera pena por aquel hombre que tanto daño le había hecho en aquel último año, él era la manifestación de todas sus pesadillas, pero también era el padre del hombre al que amaba, el mismo que ahora parecía morir ante los ojos culpables de su hijo menor.

Fue en este momento, que la princesa decidió que revelar su secreto más reciente, uno que haría la vida de su esposo más fácil y le daría una última alegría al miserable de su suegro, aunque este no se la mereciese.

– No entiendo porqué despachaste a tu amiga, ella habría estado muy agradecida si la hubieras presentado al Rey en persona– dijo Rudi malintencionadamente. Era completamente obvio que él se había fijado en el nerviosismo de Anna cuando Keira tocó la puerta.

– Hoy no podía recibirla, yo… – comenzó Anna en tanto dejaba nuevamente su taza de té en la mesilla y alisaba la tela de la falda de su vestido. – yo quiero anunciar algo, y creo que solo puede hacerse frente a ustedes. Yo creo, no, yo estoy segura de que estoy embarazada.

Hans dejó caer su taza de té la cual resonó con gran estruendo en el piso de mármol.

– Anna…– empezó Hans en un suspiro. Rudi ni siquiera pestañeó ante la noticia, mientras que el Rey caminó y se arrodilló frente a ella tomando sus manos y besándolas.

– Gracias princesa, muchas gracias– dijo mientras que Anna lo miraba casi horrorizada – las Islas del Sur y Arandelle se lo agradecen, ahora su reino tendrá un heredero completamente legitimo, el cielo finalmente nos sonríe.

Anna no sabía que pensar, ese bebé que tenía en su vientre era a la vez una bendición y una maldición, por una parte, Anna siempre había querido ser madre, aquello era innegable, pero, por otra, ese niño era el hijo de la heredera directa al trono de Arandelle, y tendría el funesto apellido Westerguard.

En un movimiento casi imperceptible Rudi se levantó de su asiento, tomó a Anna del codo obligándola a ponerse de pie y le dio una fuerte bofetada. El Rey no pudo detener a su hijo quien era demasiado alto y rápido como para que él hubiera podido detenerlo, mientras que Hans tan solo logró llegar a tiempo para asestarle un fuerte puñetazo que hizo caer a su hermano al piso.

– Suficiente Rudi, prometimos que esta tarde no terminaría con un disparo o una puñalada – dijo el Rey a quien semejante espectáculo no logró borrarle la sonrisa de su rostro.

– ¡James! – gritó el Rey refiriéndose a su valet – alista los caballos, es hora de irnos.

– Ven aquí Rudi– Dijo el Rey en tanto que le daba la mano a su hijo para que este se pusiera de pie. – es hora de irnos.

Anna y Hans esperaron a que el Rey y el príncipe se marcharan en sus caballos, en tanto Rudi le dedicaba una mirada cargada de rencor a la pareja a modo de despedida. Anna casi podía leer los pensamientos del príncipe, veía la derrota en su rostro. Hans había logrado darle a su padre el heredero que tanto quería, y quedarse con la persona sobre la que tenía una malsana obsesión, era obvio que él nunca se lo perdonaría.

– Anna…– volvió a suspirar Hans al tiempo que recostaba su espalda sobre la puerta de entrada. – ¿Por qué no me dijiste nada?

– No lo sé, estaba esperando el momento indicado– dijo Anna quien comenzó a jugar con los pliegues de su vestido.

– ¿El momento indicado? ¿y a ti te parece que este era momento indicado? – preguntó Hans riendo – a Rudi casi le da un infarto, hubiera querido apuñalarme nuevamente con una de las cucharitas para el té.

– Pero Tu papá se puso muy feliz – dijo Anna.

– ¿Querías hacer feliz a papá? – preguntó Hans con incredulidad.

– No, quería hacerte feliz a ti. Tu padre está tan enfermo, y puedo ver tu culpa y tu tristeza, quería brindarte un último momento en que él se sienta feliz y orgulloso de tenerte como hijo.

– Anna… – repitió Hans quien avanzó hacía ella y la besó en los labios. Él no sabía como expresar su agradecimiento y su felicidad, no por todo el asunto del heredero, sino por la hermosa vida que los dos estaban labrando, libre de culpas, libre de complots, serían una familia aristócrata en el campo, recibirían amigos, harían bailes y asistirían a la iglesia como las personas corrientes, no más muertes ni traiciones, eso era asunto del pasado.

– Anna– suspiró Hans apartando sus labios para tomar aire pero sin despegar completamente su frente de la de ella. – gracias, muchas gracias– dijo Hans de todo corazón.

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Anna tuvo un resto de domingo excepcional, fue por ello que le fue tan difícil decirle a su esposo adiós cuando se marchó al trabajo aquel lunes. Keira llegó a su casa puntualmente a las tres de la tarde. Anna fue lo suficientemente precavida como para recibirla en el invernadero y esperar a que la mucama hubiera terminado de servir el té. Anna se puso de pie y cerró la puerta con llave asegurándose que nadie pudiera oírlas al interior de la casa o en el jardín.

– Tiene un lindo lugar aquí, alteza – dijo Keira.

– No me quejo – respondió Anna sonriente.

– ¿Hay alguna novedad que quiera informarle al General Andersen? – preguntó la chica mientras que tomaba un trago de su té como si se encontrara en una amigable tarde de té, y no todo un trabajo de espionaje.

– Por su puesto – respondió Anna – en realidad, hay muchas novedades – dijo la chica. Anna comenzó por narrarle como todo lo que sabía acerca del delicado estado de salud de su suegro, y la culpa creciente de su esposo, lo que indicaba que el plan de Caleb para asesinar al Rey ya estaba en marcha.

– Sin embargo, hay algo más importante que necesito que le diga al General – comenzó Anna – quiero que le diga que estoy embarazada.

– Oh, eso puede arreglarse, conozco a una mujer que puede solucionar su problema enseguida, ella…

– Yo planeo tenerlo, y ya le dije a mi esposo – la interrumpió Anna.

– No se atrevería… – murmuró Keira comprobándole lo que ya sabía: el pueblo de Arandelle no le perdonaría dar a luz un heredero al trono que llevara el apellido Westerguard.

– No es mi elección. El hermano mayor de mi esposo, fue muy claro, si para la primavera yo no quedaba en cinta, sería más conveniente que se deshicieran de mi – dijo Anna calmadamente.

Keira pareció bajar la guardia, pero se notaba en su expresión que pensaba algo así como: debiste preferir morir, y eso fue lo que en realidad molestó a Anna quien no pudo evitar pensar que incluso para sus mismos compatriotas ella no era más que un pedazo de carne, una máquina de tener herederos que solo sería útil en razón de que asegurara la corona para la persona indicada.

– Y aunque no me hubieran obligado, yo lo habría conservado, tengo una nueva vida y ese niño hace parte de ella.

–¡Como se atreve a si quiera sugerir que aceptaríamos a un Westerguard como rey! – dijo la muchacha ofendida.

– No se engañe – negó Anna subiendo el tono de voz ligeramente – ambas sabemos que ese niño nunca será Rey, aunque la rebelión triunfe, yo nunca regresaré a Arandelle, tal vez me asesinen y mi hijo se quedará aquí con Hans – continuó la princesa acaloradamente – pero eso no importa, ya nada importa, seguiré transmitiéndole al General Andersen toda la información que pueda, y cuidaré a mi hijo lo mejor que pueda, me guste o no, es parte de mi, y yo soy su madre, así que le pido que no desconfíe de donde tengo puesta mi lealtad.

– Princesa– suspiró la muchacha – le pido disculpas, no quise ofenderla, es solo que he perdido tanto en esta guerra que a veces olvido que hay quienes han perdido aún más.

Anna no tuvo mucha más paciencia para mantener la conversación por mucho más tiempo. Ella tan solo se limitó a darle algunos detalles de la enfermedad del Rey para que el general Andersen pudiera sacar conclusiones para establecer de que veneno se trataría y a informarle que el médico le había advertido que ya tenía tres meses de embarazo.

A pesar de lo anterior, cuando Hans llegó esa noche a casa él no se mostraba tan complacido con la visita de Keira a su casa. Y se lo hizo saber cuando los dos se encontraron solos en la habitación que compartían desde hacía un tiempo.

– Anna– dijo Hans mientras él deshacía el nudo de su carvat, algo que era muy irregular en un buen aristócrata, quien siempre tendría a un valet con él que le ayudara a desvestirse.

– ¿Sí? – preguntó ella mientras se metía entre las sabanas de la cama que ambos compartían en la segunda planta.

– Clara me comentó que hoy tuviste una visita.

– Oh, sí, es solo una amiga.

– ¿Amiga? ¿qué amiga? Tu no has tenido gran oportunidad para hacer amigas – exclamó Hans alarmado, y fue allí que Anna se dio cuenta de qué él ya lo sabía todo, o por lo menos lo intuía.

– Claro que sí, la conocí durante el baile en el museo – se defendió Anna.

– Anna, lo que haces es muy peligroso, para ti, para mi y para nuestro hijo – dijo Hans – y ahora, gracias a la visita de esta mujer, Rudi conoce su nombre– le advirtió el príncipe.

Anna sintió un escalofrío recorrerle la espalda al recordar la escena del día anterior, ¿Cómo no había pensado en Rudi? Él estaría furioso y descorazonado por su noticia, de seguro investigaría a toda persona con quien Anna hubiera tenido contacto.

– ¿Qué querías que hiciera, Hans? – preguntó Anna aún más molesta – ¿Querías que la echara en frente de tu padre? ¿ qué le dijera que no la recibiría? Eso hubiera llamado aún más la atención.

– Puede ser – aceptó Hans quien hacía todo por no subir el tono de voz, ya que algún miembro de la servidumbre podría oír, pero que cada vez se sonrojaba más a causa de la ira – pero, dime Anna, ¿qué explicación daremos? ¿qué razón tenía esa mujer para hacerte una visita? No podemos decir que es una vecina, no tenemos vecinas, estamos en la mitad de la nada.

– Les diremos la verdad, es una chica que conocí durante el baile, y por eso, decidí invitarla a tomar el té– dijo Anna tranquilamente– ella vive en una villa cerca de aquí.

Hans se quedó en silencio, la explicación sonaba convincente, pero no podía dejar de sentirse aprehensivo por la posibilidad de que llegaran a descubrirlos. Sin embargo.

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Anna tenía más razones para sentirse aprehensiva, su embarazo parecía andar sobre ruedas, o por lo menos eso era lo que le había dicho el médico de la corte. Era una suerte que en la familia Westerguard hubiera tantos niños, ya que cada una de sus cuñadas tenía una historia nueva que ofrecerle.

– Mi trabajo de parto fue rápido – dijo una.

– Yo pasé siete horas dando a luz – dijo otra.

Mientras tanto, la reina parecía extasiada ante la posibilidad de dotar un nuevo cuarto de bebé, después de todo, se trataba del primogénito de su hijo favorito, incluso el Rey la trataba diferente, parecía más complaciente, más gentil y mucho más enfermo. Anna podía ver cuan importantes eran los bebés en esta familia, no importaba que hubiera gran cantidad de herederos, un nuevo niño era bienvenido como una forma de preservar la dinastía.

Sin embargo, su niño no era un heredero común, era la puerta de entrada al trono de Arandelle. Durante los tres meses siguientes a la revelación de su embarazo, Anna volvió a ver un sin fin de caras conocidas. Kurt y Robert la visitaron en su casa del Lago, lo cual la llenó de felicidad, pero no todas las personas fueron bienvenidas en su vida nuevamente, pues un desconcertante encuentro se produjo cuando ella se encontraba leyendo un libro en uno de los jardines del castillo, después de haber asistido a uno de los numerosos eventos que celebraba la reina.

Anna levantó su mirada y observó a lo largo del jardín una figura masculina, al principio, no estuvo muy segura de quien se trataba, pero al ver esa sonrisa casi irónica en sus labios supo que se trataba de William, quien hizo una corta reverencia y desapareció de inmediato. La princesa sabía que en teoría aquel encuentro no significaba nada, pero no pudo evitar repasar su larga lista de faltas en su cabeza, tratando de encontrar una que hubiera podido ser descubierta por él.

Incluso Jorgen hizo acto de presencia en el castillo, Anna sabía cuán largo era el viaje hacía las Islas del Sur, pero era claro que él deseaba ver el embarazo de Anna en persona, y poder dar el anuncio de que el trono de Arandelle esperaba un heredero. La princesa pudo ver un claro suspiro de alivio al ver su abultado vientre.

– Esto será suficiente para caldear los ánimos por un tiempo– dijo Jorgen con una sonrisa en sus rostro – felicidades Hansy, felicidades princesa, tal vez, ustedes puedan llevar algo de paz a Arandelle.

Anna bullía en deseos de preguntarle a Jorgen que quería decir con este comentario, pero no tuvo la oportunidad de hablar con él a solas ni por un minuto, ya que Hans no se apartaba de su lado. Anna no dijo nada al respecto pero no podía dejar de pensar que su esposo lo hacía deliberadamente, probablemente, no quería que ella siguiera metiéndose en problemas, o tal vez deseaba evitar que siguiera saboteando los intereses de su familia. Sea el que fuese el motivo, ella no hizo ningún comentario.

A pesar de la aparente calma en la que transcurrieron aquellos tres meses, Anna nunca habría podido presentir el terrible peligro que se acercaba a sus vidas, y que cayó como una bomba durante una mañana después de que Hans se hubiera marchado a trabajar, mientras que Anna se sentaba en el invernadero a descansar sus piernas que cada día parecían hincharse más y más como consecuencia del embarazo.

La princesa abrió el diario matutino y vio un par de rostros que le helaron la sangre. Se trataba de Keira Bagman y el hombre de gris, el mismo que era su contacto con la resistencia. Por un angustioso momento, Anna pensó que habían sido capturados, pero al leer el articulo con más atención se dio cuenta que habían sido encontrados muertos en las inmediaciones del puerto principal de la capital. Anna sabía que debía sentirse tranquila ante esta noticia, después de todo, los muertos no hablan, y si lo hacen, no sería de la misma manera que lo haría un par de sujetos arrestados y torturados.

Anna se levantó de su asiento, tenía que mostrarle aquel periódico a Hans, él debía saber lo que ocurría, su cabeza también estaba en juego.

– Jacob – gritó Anna mientras salía del invernadero – necesito el carruaje, por favor date prisa – dijo la princesa quien subió a la segunda planta de la casa y se arregló lo mejor que pudo, pues no quería despertar sospechas.

Anna se alegró de que la Reina prácticamente los hubiera obligado a contratar un cochero, ya que si hubiese ocurrido antes, ella no hubiera podido dejar la casa, pues no le estaba permitido cabalgar. Mientras el carruaje cruzaba la arboleda hacía el castillo, Anna sacó el periódico y releyó el artículo. Era una suerte que los editores de aquel diario fueran unos mojigatos, pues el artículo no hacía énfasis en otra cosa que no fuera el hecho de que una de las señoritas más conocidas en la alta sociedad de las Islas del Sur había sido encontrada junto a un hombre de orígenes oscuros, en un sector muy poco recomendable de la ciudad. Aquella noticia sugería más un escandalo social que un complot de política internacional.

No obstante lo anterior, Anna sabía que aquello solo era el comienzo, pronto las investigaciones comenzarían, y no sería difícil para la policía atar cabos y averiguar que ella era un punto en común entre Keira y aquel hombre. En aquel momento, Anna quiso golpearse a sí misma ¿cómo había podido ser tan poco precavida y aceptar encontrarse con aquel hombre en la playa a plena luz del día, en donde hasta el mismísimo Hans los pudo ver?

Anna no pudo luchar más con las lagrimas. Ella últimamente estaba muy sensible, y lloraba por todo, pero esta vez si había una razón válida para hacerlo. Lentamente, ella pasó la mano por su vientre, todo aquel desastre no era culpa de él. En aquel momento, Anna se dio cuenta de que tan poco tiempo se había detenido a pensar en su bebé, es decir, él o ella se encontraba ahí, pero Anna nunca le dedicó más atención que para cuidar de sus necesidades físicas.

Al sentir el leve movimiento en su vientre se dio cuenta de una realidad que la impactó como una bofetada, ella iba a ser madre, y aquel bebé era la prueba de lo real que era la relación entre Hans y ella. Anna ya no podría regresar a Arandelle y decir que todo lo que había ocurrido con el príncipe era producto del peligro al que se encontraba expuesta, que aquel bebé era consecuencia de un encuentro forzoso, porque aquello no era cierto, ahora más que nunca, Anna comprendía que serían una familia, y ella quería que así fuera.

– No te preocupes, mamá se ocupará de esto– dijo Anna mientras casi de manera inconsciente acariciaba su vientre.

El coche paró y Anna fue hacía los establos con la mayor tranquilidad. Ella no quería alarmar a nadie ni que las personas pensaran que había algo fuera de lugar, aunque el su mundo estuviera cayendo a pedazos nuevamente. Anna encontró a Hans de espaldas mientras hablaba con algunos de los encargados. Alguien debió prevenir al príncipe de su presencia, ya que él se volteó hacía ella sin que Anna hubiera tratado de llamar su atención.

– Anna – dijo Hans con el seño fruncido mientras caminaba hacía ella – ¿sucede algo? – preguntó el príncipe preocupado. – ¿te encuentras bien? ¿quieres que llame un médico?

– Necesito hablar contigo en privado– respondió la princesa en voz baja.

– Vamos a mi oficina – dijo Hans.

Anna y Hans caminaron hacía la oficina del príncipe, en donde él se ocupó de hacer a un lado todos los documentos que se apilaban en su escritorio, y le sirvió una taza de té a su esposa.

– ¿Qué es lo que sucede? – preguntó Hans preocupado, al tiempo que ella ponía el periódico encima de la mesa.

– Esto es lo que sucede – respondió Anna. Hans no entendió de inmediato, por lo que ella tuvo que explicarle, y con ello, confesarle hasta donde había llegado su colaboración con la resistencia de Arandelle.

Anna nunca pensó que vería a Hans tan furioso con ella como en aquel momento, en que su rostro se tornó pálido y sus labios se contrajeron en una delgada línea. Era obvio que quería gritarle, sacudirla y decirle lo estúpida que era al exponerlos al peligro de semejante manera. Pero, si este era su pensamiento, no lo demostró, ya que no hizo absolutamente nada de lo que la princesa había temido.

– Ahora queda la pregunta ¿Quién los mató? ¿por qué lo hicieron? – dijo Hans bebiendo un trago de su propio té. Anna tan solo había pensado en las consecuencias de una investigación, pero no se había detenido a hacerse aquella pregunta, pero todo aquello fue interrumpido por un extraño que golpeaba la puerta.

– Alteza, un paje de la Reina trajo esto hace unos instantes – dijo uno de los encargados al tiempo que le entregaba una carta a Hans, quien agradeció al sujeto y abrió el sobre blanco que tenía entre sus manos.

– Mamá nos invita esta noche a cenar en el castillo– dijo el príncipe. – mandaré un par de encargados para que recojan ropa de noche, tenemos que actuar como si nada sucediera, será muy peligroso si alguien nos llega a ver nerviosos o asustados.

Anna pasó el resto del día en el castillo, en compañía de la reina y de Sabrina, quienes se alegraron por su sorpresiva visita y la dejaron esperar hasta la cena de la noche. Para cuando Hans pasó a verla, ya había caído la tarde. Él se encontraba tan apuesto como la noche que lo conoció en Arandelle, cómo si nada sucediera.

– Anna– dijo Rudi mientras que se acercaba a ella en el pasillo que daba hacía el comedor. Irónicamente, su presencia no la asustó, ella tenía problemas aún mayores que su molesto cuñado. No obstante lo anterior, la princesa no pudo evitar molestarse por haber sido tan poco precavida de haberse dejado ver por Rudi mientras se encontraba sola.

– ¿Qué es lo que quieres de mi? ¿por qué no me dejas en paz? – preguntó Anna prácticamente gruñendo aquellas palabras.

– Te prometí que llegaría un momento en el que descubriría la verdad, te dije que encontraría tus secretos, Anna – comenzó Rudi quien se veía victorioso como no lo hacía desde hacía mucho tiempo.

– ¿A qué te refieres? – preguntó Anna fingiendo no comprender sus palabras. Rudi tomó su antebrazo firmemente, en tanto que ella sentía sus uñas clavarse en su piel.

– Anna, no actúes como si no comprendieras, los dos podemos llegar a un trato. Si tu le dices a William lo que él quiere oír, si le das el nombre de otro posible heredero al trono de Arandelle yo podría arreglar todo para que pases tu arresto domiciliario en villa Krieg. Estoy seguro de que no quieres dar a luz en una celda– murmuró Rudi.

Anna se sintió palidecer, fuera lo que fuera lo que había averiguado Rudi, ella estaba completamente perdida.

– Altezas, la cena va dar inicio – dijo uno de los ayudantes de mayordomo. Rudi la soltó de inmediato.

– Muchas Gracias– dijo Anna fingiendo una sonrisa. Definitivamente, iba a ser una larga Noche.

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En cuanto paso la entrada del castillo, Hans fue abordado por uno de los pajes personales de su padre, quien le dijo que necesitaba hablar con él. Hans trató de aflojarse el carvat, e incluso tuvo que usar un pañuelo para secarse el sudor de su frente. Durante los angustiosos minutos que pasaron hasta que llegó al estudio del Rey, Hans sintió que el aire le faltaba y el pecho se le contraía. El príncipe tomó una gran bocanada de aire y tocó la puerta de su padre.

– Pase– dijo el Rey.

Hans entró a la habitación y vio que la chimenea se encontraba encendida pese a que estaban a puertas del verano. Pero no solo eso, su padre se hallaba tendido en un diván junto a ella, con una manta cubriéndole las piernas, fue allí que Hans se dio cuenta de que el Rey estaba mucho más enfermo de lo que decían los periódicos.

– Oh, hola Hans, ven, siéntate junto a mi – dijo el rey mientras se reincorporaba, y le indicaba a Hans que lo acompañara.

– Hola papá, ¿cómo has estado? – preguntó Hans al tiempo que se sentaba junto a él. En aquel instante, todo el temor del príncipe se evaporó, él conocía lo suficiente al Rey para saber que no se encontraba de mal humor, ni quería intimidarlo, ¿qué pretendía su padre?.

– Es curioso, todos dicen que uno siempre debe querer a todos sus hijos por igual…

– Padre– lo interrumpió Hans.

– Silencio, escúchame por un momento. Todos dicen que tenemos que querer a nuestros hijos por igual, pero es inevitable simpatizar con unos más que con otros. Siempre pensé que tu eras extraño, que no encajabas con todos nosotros, no parecías tener ambición y eso me frustraba, pero cuando sucedió lo de Arandelle…

– Eso fue un error – se atrevió a interrumpir nuevamente.

– Si, fue un error, no pudiste llevar a cabo la tarea, lo cual fue una lástima, porque tu plan no era en absoluto descabellado, si hubieras tenido éxito nos habrías evitado toda esta guerra. Caleb había emprendido tantas campañas militares, todas tan agresivas e inútiles, pero tu plan era sutil, no había recursos ni la vida de soldados en juego, y fue cuando me di cuenta de que podía haber estado equivocado respecto a ti, tu tienes ambición, realmente eras hijo mío, no el desconocido que siempre vi en mi mesa

Hans escuchó aquello en silencio, quería gritar, decirle a aquel hombre que estaba equivocado, que él no era esta persona, que él nunca quiso todo el dolor que había causado, que aún no lo perdonaba por enviarlo como prisionero a las colonias orientales, ni por utilizarlo para empezar la guerra, ni por la derrota inminente que estaban sufriendo los soldados en Arandelle, o por que sus malas decisiones los estuvieran llevando a la mayor recesión económica en años, pero en vez de eso, decidió seguir callado.

– No fui justo contigo, y es por eso que quiero darte un último regalo – dijo el Rey mirándolo a los ojos – es lo último que puedo hacer por ti.

– Papá, hablas como si fueras a…

– Voy a morir Hans– dijo el Rey – voy a morir, y sé que entre todos mis hijos el que está peor ubicado eres tú, no tienes tierras, ni dinero, pero lo que te voy a dejar algo que ayudará a que Caleb no se atreva a robarte lo que te pertenece, te blindará a ti y a la princesa de todo peligro.

– ¿Papá?– preguntó Hans con voz trémula. El Rey se levantó con mucha dificultad, caminó hacía su escritorio y tomó algo sobre la mesa. Después, regresó hacía donde se encontraba Hans y le entregó un sobre blanco.

– Léela cuando te encuentres completamente solo– dijo el Rey – por ahora, es hora de cenar.

La cena transcurrió en calma, pero a Hans no le agradó que Rudi estaba sospechosamente alegre y hablador, mientras que Anna se encontraba tan pálida como la pared. Algo no estaba marchando bien. Hans concentró toda su atención en su plato de pescado y en las despreocupadas conversaciones que iban de un lugar a otro, era extraño, pero su familia estaba demasiado civilizada aquel día, parecía que todos menos Anna estaban de buen humor, y el príncipe tuvo el feo presentimiento de que era consecuencia de la mala salud del Rey.

Hans rió para sus adentros, todos eran lo suficientemente ingenuos para pensar que con la muerte de su padre todo cambiaría, el carcelero finalmente desaparecería y todos serían libres, cuando era más que claro que Caleb moría por ocupar su lugar.

– ¿Se encuentra bien, princesa? – le preguntó la esposa de Lars a Anna, era claro que fue la única que cayó en cuenta del terrible estado de angustia en el que se encontraba su esposa.

– En realidad no, tengo algo de nauseas – respondió Anna – no me encuentro bien.

– Vamos Anna, será mejor que nos retiremos – dijo Hans mientras ayudaba a su esposa a ponerse de pie.

– Hans, llévala a mi vestidor, que tome un vaso de agua antes de irse, o un té, no pueden marcharse con ella en ese estado – intervino la reina preocupada.

Hans condujo a Anna a través de los pasillos hasta el vestidor de la reina, ella se veía realmente enferma, su rostro estaba completamente pálido y ni siquiera trató de entablar una conversación con él.

– ¿Quieres que llame al médico? – preguntó Hans mientras ayudaba a Anna a sentarse sobre el diván en el vestidor de la reina.

– Si, me siento muy mal, tengo nauseas – murmuró Anna cada vez más pálida.

En aquel momento, la puerta volvió a abrirse, se trataba de Rudi. Hans quiso levantarse y golpearlo inmediatamente, a pesar de que ni siquiera había abierto su gigantesca boca.

– Haz algo útil por una vez en tu vida y ve a buscar un médico, ¿Quieres? – dijo Hans reprimiendo sus impulsos, irónicamente, su hermano asintió y dejó la habitación de inmediato.

– Hans… – murmuró Anna mientras tomaba su brazo. Ella se encontraba mortalmente pálida y ahora sudaba en cantidades.

– Él lo sabe, Rudi sabe que pasé información a la resistencia– dijo Anna. – lo lamento, lo lamento tanto– lloró Anna.

– No, no, no – negó Hans – por favor no llores, Anna, no te preocupes te prometo que todo estará bien, te lo prometo.

En aquel momento, mientras que Hans le daba un fuerte abrazo a su esposa, el Rey entró por la puerta acompañado por la Reina y Lars quien se veía más serio que de costumbre.

– ¿Qué le sucede? – preguntó Lars sin la menor emoción.

– Está enferma, ¿qué no es obvio? – respondió Hans casi agresivamente. – Rudi fue a buscar un médico.

– ¿Dejaste a Rudi la tarea de buscar el médico? – preguntó Lars con incredulidad.

– ¿Qué querías, que la dejara sola? – gritó Hans.

– ¡Silencio! – gritó el Rey – esto no le hace bien a la princesa, no podemos darnos el lujo de perder ese niño… – su padre trató de continuar con su discurso, pero le fue imposible, ya que un repentino ataque de tos lo atacó de tal manera, que tuvo que sentarse en una de las sillas de la habitación.

Hans y Lars guardaron silencio, en tanto que la puerta se abría nuevamente para dar lugar al médico en compañía de Rudi. Era la primera vez que quería agradecer a su hermano por algo que hubiera hecho por él, hasta que finalmente abrió su gigantesca boca.

– Princesa, ¿algo la alteró? – preguntó el médico.

– Ha de ser la culpa, o el miedo– se burló Rudi, y fue entonces que Hans perdió el poco autodominio que tenía y se abalanzó sobre su hermano mayor dispuesto a matarlo con sus propias manos. Si Anna o su bebé morían sería culpa suya.

– ¡Deténganse! – gritó el Rey mientras que los dos Hermanos peleaban como si realmente quisieran matarse el uno al otro – deténganse – repitió al tiempo que un potente ataque de tos le impedía hablar.

Hans acababa de recibir un fuerte puñetazo en el labio cuando se dio cuenta de que la tos de su padre no paraba, y al parecer, Rudi pensó lo mismo, ya que soltó el cuello de su camisa dejándolo ir. Los dos se levantaron, pero el Rey continuo tosiendo.

– ¿Majestad? – preguntó el médico en tanto se ponía de pie y dejaba a Anna quien observaba la escena con atención.

– ¿Papá? – preguntó Hans mientras se acercaba al Rey. Su padre se asió con fuerza a las mangas de su camisa y juntos cayeron al suelo, en tanto Rudi miraba horrorizado la escena. Lars no lucía expresión alguna en su rostro.

– Papá… – murmuró Hans mientras que el Rey se tornaba casi morado por la imposibilidad de respirar.

Por favor, no mueras aquí, por favor no mueras en mis brazos – pidió Hans mentalmente mientras que la lucha de su padre se hacía más y más débil, hasta que de repente su tos se detuvo, y con ella, su respiración.

– No puede ser…– murmuró la Reina mientras cubría su boca con sus manos al tiempo que delataba un gesto de horror.

Hans observó alrededor al tiempo que sostenía a su padre quien ahora yacía muerto en sus brazos. Lars con su rostro impávido, Rudi asustado y horrorizado, la Reina cubierta en lagrimas por un hombre a quien había padecido por casi 40 años, el médico entre paralizado y estupefacto y su esposa tan impresionada que por un momento había parecido olvidarse de su propio malestar.

Hans miró los ojos vacíos de su padre. Era completamente irónico que aquel poderoso hombre quien hubiera manipulado y terminado con la vida de tantas personas muriera precisamente en los brazos del hijo que siempre despreció, mientras que su favorito no había dudado en asesinarlo ante la menor oportunidad, pero era aún más irónico que tan solo unas horas antes le hubiera dicho que lo apreciaba por las razones equivocadas, por razones que no correspondían a la realidad.


Hola a todos. ¡Ha! Apuesto a que pensaban que había abandonado este fic, pues no les diré mentiras, yo también, pero la verdad es que en este último tiempo estaba trabajando y estudiando, estaba llegando a casa a las once de la noche todos los días, y mis sábados consistían en hacer tarea para la semana, como ya acabé mi curso ya tengo tiempo para escribir, pero no lograba encontrar las palabras ni la fuerza suficiente para sentarme a escribir 22 hojas.

Sin emabargo hace unas semanas vi valiente por 1000ª vez, y después vi Once upon a time, si alguien no la ha visto, hay una temporada en que aparece Merida. Y oh por Dios….. tuve una gran idea para un fic, es al estilo de este, mi niño consentido, tiene muy pocos lectores, (aún menos que este si eso es posible) pero como tengo tan pocos lectores voy a escribir sin pena, y a hacer algo parecido a lo que hice con Atrapada y a divertirme mucho con este fic que como podrán ver ya está cerca a acabarse, se llama "la reina de la tierra de los osos" por si alguien lo quiere leer, lo cual agradecería considerando que estoy sorprendida de los pocos hits que se tienen en esa sección. Yo sabía que sería malo, pero nunca pensé que sería taaaaan malo.

RESPUESTA A LOS REVIEWS

Sharlotte soubir: muchas gracias por tu mensaje, me alegra tanto que hallas seguido esta historia, para ser honesta tanto "con hielo en las venas " como esta son mis historias favoritas a pesar de que no tengan la misma cantidad de lectores que tienen otras las disfruto muchísimo, espero que sigas por ahí y que veas este capitulo, gracias por tu comentario.

Loreley9 Sorry girl I had yo for too long in that cliffhanger, but do not worry the OTP it's just fine they are my babies.

Solesc: lamento haberte hecho llorar como siempre miga sé que este no es el fic al que más le tienes ganas que continúe, muchas gracias por seguirlo así no sea tu OTP.

Micaela Malfoy: gracias por el comentario lamento la larga espera pero aquí está la continuación.

Dianne Croft: Hola gracias por el comentario, ¿tú eres una mala fan? Nooooo yo soy la peor administradora de fanfic mira cuanto tiempo duré para volver a coger impulso para escribir… mmmm…. Lo de la relación de Elsa no suena nada pero nada mal, creo que me has dado una buena idea para los próximos capítulos. En este fic desde ya sé que Anna no tiene poder, te confesaré algo, estuve pensando dárselo al bebe, pero la verdad es que dije "Ahí no… esto ya sería lo que le faltaría a estos dos" ya quedaría demasiado suficiente sufrimiento en una sola historia, y estoy a un pelito de terminarla.

MirrAniy: Hola, gracias por comentar, No, Anna no era virgen, pensé que había quedado claro pero hubo varias personas que me preguntaron, así que la verdad me disculpo porque no quedó bien escrito. Y siiiiii han pasado 84 años (mientras suena el tema de titanic a la distancia) como les decía tuve un año de muerte estaba muy cansada y no podía inspirarme. La verdad es que pensé mucho lo de Kristoff… y no más, no te puedo decir más, no puedo.

Judith94: Hola gracias por el review, me alegró mucho cuando vi tu comentario porque ya había pasado tanto tiempo y veo que aún gusta. Hans en mi opinión es de los mejores villanos de Disney, está tan bien pensado, es como dice el meme: el resto de los personajes son de una película para niños, Hans, está sacado directamente de juego de tronos (pero de las primeras temporadas, de las mejores). La forma de morir de Elsa… es como decía la anterior persona que comentó, tenía que hacerse para que la historia tuviera sentido gracias por decir que te gustó la escena para ser honesta también es de mis escenas favoritas.

Nazareth ncdz: Hola gracias por comentar me alegra que te agrade tanto esta historia, para ser honesta a mi también me encanta, por eso sé que debo terminarla a como de lugar gracias por el apoyo.