[Una nueva pesadilla]

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Karl Andersen nunca fue un bailarín talentoso, pese a que era una de las habilidades que se suponía debía tener. Él había nacido en una poderosa familia noble de Arandelle, e incluso era algo así como el número 20 en la sucesión del trono de Malengrad gracias a una serie de matrimonios ventajosos que los Andersen habían arreglado durante años, y aún así, él no sabía bailar, no podía atraer a las damas de la gran sociedad, ni tenía dotes de gran conversador. Lo único que podía hacer era pelear.

Por todo lo anterior, no podía creer su suerte al darse cuenta que había atraído a la mujer más poderosa de su reino, una de las pocas que habían logrado encantarlo, y a la que siempre consideraría el "amor de su vida". La Reina era completamente diferente a las mujeres que solían atraerle, generalmente él se movía entre florecillas felices y habladoras, amantes de la vida social, de los lujos y de su dinero, todas y cada una de ellas le habían pedido que dejara el ejercito y se transformara en un caballero fino y ocioso que no hacía nada más que dar fiestas e ir a cazar para divertirse.

Sin embargo, cuando ella llegó a su vida no pidió que cambiara nada de su persona, en realidad, no pareció exigir nada más que el cumplimiento de sus deberes como soldado de Arandelle. La reina era silenciosa y reservada, su carácter la hacía parecer mayor de su edad, tal vez por ello pareció olvidar temporalmente que él tenía casi 10 años más que ella, y que mientras que él era un soldado en acenso ella ya era la cúspide de su sociedad, la personificación de todo el poder de la corona, y que probablemente estaba reservada para un hombre mucho más grande que él. A pesar de todo, ella solo tenía ojos para él.

Karl Andersen miró a través del salón, y allí estaba ella, mirándolo con sus ojos azules de hechicera y una sonrisa discreta en los labios. La Reina había elegido para aquel baile de navidad un vestido azul de terciopelo con un cuello en piel blanca, ningún otro vestuario hubiera hecho más honor a su apodo de "la reina de las nieves". Karl asintió en su dirección y juntos llegaron a un silencioso acuerdo.

Él caminó lentamente hacía ella, tratando que ninguno de los presentes pudiera ver el peligroso juego que iba a tener lugar. Él sabía que no la podía invitar a bailar públicamente, pero ello no implicaba que no pudieran divertirse. Karl pasó de largo a la reina, subió las escaleras y entró en uno de los vestidores del segundo piso que se encontraba clausurado. Poco tiempo después, entró ella.

Elsa…– Suspiró Karl. Elsa no esperó a que él dijera otra palabra, simplemente caminó hacía él y lo besó en los labios.

Cualquiera hubiera dicho que la Reina tenía un carácter frio y algo manipulador, que ella era una de esas personas que se han entrenado cuidadosamente para no sentir, para no perder el control. Pero, él sabía la verdad, porque debajo de todo aquello había una mujer temperamental y apasionada que amaba a su reino y a su familia con gran intensidad. Karl sonrió al pensar que él era uno de los pocos que conocía este aspecto de su personalidad.

Hoy fue un día terrible – dijo Karl haciendo referencia a uno de los tantos ataques de buques fantasmas que habían azotado las costas de Arandelle.

¿Cuántos buques perdimos? – preguntó la reina separándose de él.

Dos, con mil doscientos hombres en ellos– respondió Karl. Elsa se separó de su lado y se dejó caer en el diván de aquel vestidor.

No puede ser – dijo mientras hundía su cabeza en sus manos – no puede ser – repitió la reina. Karl se sintió culpable de haber causado aquella desdicha.

Lo lamento Elsa, no debí contarte nada – dijo Karl mientras que se sentaba a su lado.

¿Estas loco? – preguntó Elsa – Por su puesto que no fue un error. Yo soy la reina, se supone que debo estar enterada cuando mi reino está a punto de irse a pique– dijo mientras dejaba escapar un par de gruesas lagrimas. Karl le ofreció su pañuelo para que lo usara, y ella lo aceptó con una sonrisa llorosa.

Lamento enfadarme, es solo que… – comenzó mientras cogía una de sus manos entre las suyas– por favor, dime que nunca vas a dejarme.

No lo haré, nunca voy a dejarte– respondió Karl levantando las manos de Elsa y besandolas. El general se sintió como en un sueño, el más hermoso de los sueños.

Había pasado poco menos de año y medio desde aquella promesa, y Karl no había podido olvidarse de ella. El general se hallaba sentado en frente de la chimenea de una vieja y destartalada granja a las afueras de la capital de Arandelle, desde donde coordinaba las fuerzas de la resistencia.

Él sabía que poco quedaba de aquel gallardo soldado al que amó la reina. Su cabello rubio crecía sin control en una gran barba mientras que su expresión se volvía más y más dura con el pasar del tiempo, como consecuencia inevitable de la guerra. Karl observó el fuego bailar ante él y no pudo dejar de pensar en la princesa Anna con su cabello rojo como aquel fuego. Elsa estaba en lo correcto, la princesa podría sobrevivir por su cuenta sin ningún problema, e incluso ella parecía estar rehaciendo su vida, bien parecía que él único que se había quedado en el pasado era él mismo.

La princesa había sido lo suficientemente recursiva e inteligente para hacerles llegar cartas con información muy importante. Ella les explicó acerca de la conspiración que se tejía al interior de la familia Westerguard en contra del Rey, les habló de la conformación de poder de la nobleza de las Islas del Sur, de sus costumbres, y lo más importante, de sus planes para el futuro, y si las cosas habían marchado como todos lo esperaban, ellos podrían dar un paso hacía adelante y recuperar lo que les pertenecía muy pronto.

En aquel momento, la puerta de la granja se abrió de par en par mostrando a un imponente y molesto montañés. Karl sabía exactamente lo que él quería, por lo que no se alarmó ni le prestó mayor atención.

– Hola Kristoff– dijo cansadamente Karl.

– ¿Hola? ¿eso es todo lo que puedes decir? – preguntó Kristoff mientras se sentaba frente a él y le dirigía una mirada cargada de resentimiento.

– Kristoff ya te dije que no puedo hacer nada – respondió Karl.

– Eso no es cierto– dijo Kristoff.

– No sé qué es lo qué quieres de mi, no puedo invadir las Islas del Sur para rescatar a una mujer a quien la mitad de la población considera una traidora. Ella lo entiende, tú deberías entenderlo.

– ¿Qué es lo que quiero de ti?– preguntó Kristoff molesto– quiero que siquiera algo bueno pase, quiero que por lo menos reconozcas que en este último año he puesto mi cuello en juego por ti, he dado todo lo que tenía por esta causa, y quiero recibir algo a cambio– afirmó Kristoff molesto.

– Nadie te pidió que hicieras nada, Kristoff – contestó Karl ofendido por las exigencias de aquel recolector de hielo – pensé que todos estábamos aquí porque creemos en el futuro de Arandelle, no por ambición personal – dijo. La ira de Kristoff pareció descender, y fue remplazada con una expresión de profundo pesar.

– No puedo dejar de pensar en ella, general – confesó Kristoff confirmándole todas sus sospechas– no puedo dejar de pensar en su carta, en sus palabras, "me encuentro atrapada" dijo, no quiero que sea así, quiero que ella sea libre.

– Kristoff– empezó Karl – tu vas a casarte…

–Lo sé – respondió Kristoff– lo sé, pero no puedo olvidarlo, no puedo dejar de sentir ira y pena al leer esa carta, al saber todo lo que tuvo que pasar, la tortura y pensar que ahora va a tener un hijo con ese hombre.

– Kistoff, ella te pidió que la olvidaras, ella escribió que es feliz con su esposo, a pesar de la situación, a pesar de que parece casi imposible que sea verdad. Ella acepta su destino, ha hecho lo mejor con lo que la vida le dio. Tu deberías hacer lo mismo. – murmuró Karl.

Karl y Kristoff se quedaron en silencio mientras el fuego bailaba frente a ellos. Karl no pudo evitar fijarse en su compañero de lucha, luego de un año, aquél gentil montañés había cambiado, él había cambiado, todos lo hicieron y se preguntaba si la princesa también. El general recordó la fiebre, los escalofríos y el vomito que sufrió Kristoff luego de su primer asesinato. Aquellos poderosos brazos que podían levantar enormes bloques de hielo, fueron suficientes para reventarle el cráneo a uno de los soldados de las Islas del Sur que había descubierto sus secretos. El recolector ya no era un simple recolector, el general tampoco era un simple general, el mundo jamás volvería a ser el mismo.

– Karl, tú nunca llegarás a ser Rey, y no tenemos a nadie con la suficiente sangre real para ocupar esa posición, si no es Anna, ¿Quién podrá ser? – Preguntó Kristoff.

– No lo sé – respondió Karl preocupado, ya que se había planteado esta cuestión en su cabeza una y otra vez durante el transcurso de la guerra.

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A la conmoción por la muerte del Rey de la Islas del Sur la siguió una extraña y perturbadora calma. Ninguno de sus hijos dejó el palacio aquella noche. Anna hubiera querido creer que aquello se debía al aturdimiento, pero sabía muy bien que todos se encontraban esperando hasta saber que les había correspondido en su testamento.

Afortunadamente, casi todos los bienes del Rey pertenecían a la corona por lo que Anna no tuvo que verlos pelear en los momentos inmediatos a su muerte, pero si tuvo que soportar el malestar y la incertidumbre al no saber que le diría Rudi a Caleb, ¿cuántos de sus secretos conocería? ¿cómo los utilizaría? Se preguntó Anna mientras se levantaba con dificultad de la cama que la reina le había asignado en una de las habitaciones de huéspedes.

– Anna – llamó Hans desde la puerta– me temo que es hora, Caleb y Lars quieren hablar con nosotros en privado.

Anna se alarmó, su esposo había estado tan ocupado con la muerte de su padre y el malestar del bebé que ella no había tenido tiempo de explicarle lo que sucedía.

– Hans– comenzó ella acercándose a él y poniendo las manos sobre su pecho – Él lo sabe, lo sabe todo.

–¿Quién? – preguntó Hans.

– Rudi– respondió – no estoy segura de cuanto sabe exactamente, pero me dio a entender que sabe lo suficiente para hundirnos a los dos.

– Oh Hans… – Lloró Anna en su pecho. Hans no reaccionó, solo metió la mano en su bolsillo y apretó con fuerza algo en su interior.

– No es el único que sabía la verdad– dijo Hans sin ninguna emoción

– Papá sabía que lo estaban envenenando, él lo sabía todo, menos que yo estaba enterado– dijo. A Anna le impresiono la forma fría en que pronunció aquellas palabras, era claro que su esposo estaba muy perturbado.

– Hans… – comenzó ella tomando el rostro de su esposo entre sus manos.

– Papá sabía que entre sus hijos no había más que traidores, seres completamente despiadados que no merecen nada de nadie, y en parte, él se enorgullecía de ello, tan solo me dijo que estaba orgulloso de mi porque pensó que yo soy como ellos, pero no lo soy ¿verdad Anna? – preguntó Hans con la mirada vidriosa mientras las lagrimas se formaban en sus ojos. Anna lo condujo hasta la cama, se sentaron, y ella lo dejó sollozar en su pecho.

– No Hans, tu eres diferente – dijo Anna – y no lo digo por qué seas mi esposo, lo digo porque realmente lo creo, eres diferente.

– Fue él único momento en mi vida en que sentí que él realmente estaba orgulloso de mi, y fue una completa mentira – murmuró Hans.

– Oh Hans… – comenzó Anna sin saber que decir ante esto.

– ¿Cómo estas tan seguro de qué lo sabía todo? – preguntó Anna.

– Porqué me dejó esto – dijo mientras sacaba un sobre. – es una carta, firmada de su puño y letra, con su sello real, él explica que lo sabe todo.

Anna leyó rápidamente hasta que llegó al punto en que podía verse claramente "lo que me suceda de aquí en adelante será responsabilidad de cinco de mis hijos". La princesa entendió que aquello significaba que él Rey pensaba que solo estaban involucrados cinco de los trece hermanos, cuando en realidad, había un sexto que sabía toda la verdad.

– Él dijo que esto sería un seguro, en caso de que Lars o Caleb quisieran quitarme mi herencia, supongo que pensó que en caso de verme amenazado tenía la posibilidad de llevar esto a un periódico y que lo publicaran en la sección de la mañana – dijo Hans mirando el sobre.

– Hans – comenzó nuevamente Anna – tenemos que ir a hablar con tus hermanos, ellos están esperando.

– Tienes razón, tan solo voy a dejar este sobre aquí y…

– No – lo interrumpió Anna – no lo dejes aquí, llévalo contigo siempre que sea necesario, después encontraremos un mejor escondite – explicó la princesa. Hans se quedó mirándola.

– ¿Qué más has estado escondiendo, Anna? Se nota que tienes experiencia en este tipo de cosas– dijo Hans. Anna se sintió lastimada por su repentina desconfianza, pero no pudo responderle, después de todo se encontraban en una situación extrema.

– Será mejor que vayamos – dijo Anna.

La pareja atravesó los elegantes pasillos del castillo mientras la luz de la mañana se filtraba con una tenue tonalidad azul. En un abrir y cerrar de ojos ya había pasado toda una noche sin el Rey de las Islas del Sur. Anna y Hans llegaron al despacho del Rey, en donde encontraron a Caleb cómodamente sentado en la silla que le perteneció a su padre. La princesa no pudo dejar de maravillarse ante la sangre fría de su cuñado, quien se estaba acostumbrando a su nueva posición a una velocidad vertiginosa. Lars estaba parado junto a él, dejándoles claro a todos que era el nuevo hombre de confianza de su majestad, todo un asenso de nivel. A un lado de la habitación, se encontraba Rudi sentado en un sofá. Anna sintió temor al ver su expresión, no parecía alguien que acababa de perder a su padre, más bien se veía victorioso, y esto la asqueaba.

– Princesa, Hansy, se han tomado su tiempo en venir – se quejó Caleb.

– Llevamos esperando casi diez minutos – agregó Rudi de mala manera.

– Estoy embarazada, no puedo moverme muy rápido, me duelen las piernas, tuve una noche terrible, he estado muy enferma y este castillo tiene demasiadas escaleras – dijo Anna. De inmediato, ella sintió vergüenza en el ambiente, había dado en el clavo.

– Lo lamento, alteza, no queríamos ofenderla, comprendemos su delicada situación – dijo Lars tan diplomáticamente como siempre.

Anna se sentó en las sillas frente al escritorio del Rey, tan lejos de Rudi como pudo, y se preparó para escuchar lo que venía.

– Princesa, Hans – empezó Lars – Rudi hizo una acusación muy seria en contra suya, demasiado seria. Él insiste en que ustedes han pasado información a la resistencia de Arandelle acerca de nuestros planes y la situación actual de las Islas del Sur. Insiste en que los contactos de la princesa eran estos dos individuos– dijo poniendo el periódico en el que aparecían las fotos del par de espías de Arandelle.

– No es cierto… – murmuró Anna. Ella no tenía grandes dotes de actriz y de mentirosa, pero si había un momento en que debía ser recursiva era este, más aún cuando su pobre bebé se encontraba pateando fuertemente, haciéndole entender que estaba vivo, y que ella debía pelear por la supervivencia de los dos. – No es cierto – repitió.

– ¿Cómo podría ser cierto cuando apenas he podido salir de este bosque desde que llegué a las Islas del Sur? – preguntó Anna molesta – me han torturado, violado y disparado. Yo les di el heredero que tanto querían ¿qué es lo que quieren de mi? ¿Qué más quieren de mi?

– Princesa, debe calmarse, no es bueno para usted…– empezó Caleb al ver que Anna se ponía de pie.

– Cuanto daría yo por hacer lo que se me acusa, quisiera ayudar a la resistencia de mi país, devolverles con la misma amabilidad que tuvieron con mi pobre hermana, pero no puedo, no puedo porque aunque por más que me duela admitirlo, soy lo que Rudi siempre dijo que era, insignificante – afirmó Anna perdiendo la paciencia.

– O tal vez eso es lo usted quiere que creamos, princesa, quiere que pensemos que es insignificante – dijo Lars seriamente mientras que Caleb lo miraba con cara de pocos amigos.

– Déjala en paz Lars, perderá a ese bebé si sigue así – intervino Caleb.

– Yo solo quiero saber que pruebas tiene Rudi para acusarme de algo que físicamente no he podido cometer– dijo Anna. Ella sabía que aquello era un arma de doble filo, bien podría hundirse más, o bien podría salir a flote.

– Tengo la palabra de William, juntos rastreamos a esta mujer, ella fue a visitar a Anna el día que papá y yo estuvimos en la casa del lago, así que le pedí que me ayudara a investigarla. Resultó que ella tenía contactos con un hombre. Para resumir la historia, logramos tenderles una trampa en el puerto, ellos acudieron a nuestra cita, y cuando se vieron atrapados, prefirieron tomar un par de píldoras de suicidio antes que revelar la verdad.

– Entonces no tienen pruebas, solo su palabra, contra la mía – dijo Anna casi triunfante.

– William lo sabe todo, Anna – respondió Rudi enfadándose.

– Pero no tienen pruebas – afirmó Lars molesto – Solo tenemos la palabra de dos sujetos heridos, que quedaron en muy mala posición tras encontrarse con la princesa, lo lamento, pero eso es igual a nada.

– William y yo lo vimos, sabemos la verdad – se defendió Rudi.

– Pero no tienen ninguna prueba – insistió Lars, quien dedicó su atención nuevamente hacía Anna.

– Princesa, ¿podría dejarnos solos un momento? – preguntó Lars, por lo que Anna asintió y se preparó para dejar el despacho.

Anna contuvo la respiración mientras avanzaba por los pasillos hasta que llegó a su habitación. Ella estaba a salvo, al menos por ahora, podía sentirlo, Hans se encargaría de concluir lo que ella había iniciado. Rudi y William no tenían nada que valiera la pena, le habían tendido una trampa a estos espías, y antes de que ellos pudieran ser capturados decidieron suicidarse para no revelar información.

Hans llegó casi una hora después a la habitación, se veía cansado pero tranquilo.

– Nos creen – dijo Hans mientras se tendía en la cama junto a ella – al menos eso parece. Nos ayudó que ellos quisieran creernos.

– ¿A qué te refieres? – preguntó Anna.

– Olvidas que yo les ayudé en su complot, gústele o no, me deben el trono de papá, saben que yo podría revelarle a alguien lo que sé – dijo Hans.

– ¿Les mostraste la carta? – preguntó Anna.

– No, no fue necesario, pero debemos guardarla, nunca sabemos que podría pasar el día de mañana – dijo Hans.

– Tienes razón– contestó Anna.

Anna y Hans regresaron a su casa durante la tarde. Por los tres meses que quedaron de su embarazo, Anna no tuvo otro contratiempo, a pesar de que Lars y Caleb prácticamente habían colocado a la pareja en una especie de arresto domiciliario mientras hallaban más pruebas para estar seguros de su inocencia. Hans solo podía dejar la casa para ir al palacio y a su trabajo en los establos, al igual que Anna, pero a ninguno pareció importarle, pues pasaron aquellos tranquilos días en el campo, emocionados con la llegada de su primer hijo.

Anna entendió que la resistencia de Arandelle debía tener toda una red de espías en todos los círculos de la sociedad de las Islas del Sur, ya que en cada periódico aparecían todos los días noticias y testimonios acerca "del tórrido romance" entre Kiera Bagman y el hombre de gris.

Era claro lo que intentaban hacer, todos querían hacerlo pasar por un suicidio doble, un desafortunado incidente entre dos personas que no podían estar juntas, y que sintieron que aquella era la única salida. Una gran cantidad de testigos decían haberlos visto, y nunca se mencionó el nombre Anna en ninguna parte, pese a que Keira era prácticamente su vecina.

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Su hija nació durante un hermoso día de verano, poco después de cumplirse el aniversario de la invasión a Arandelle. Anna y Hans se habían preparado por semanas para este momento. Anna estaba exhausta fue un trabajo de parto largo y difícil, lo entendió una partera experimentada acompañada de un par de doctores de la realeza quienes se aseguraron que tanto madre e hijo estuvieran bien, todos sabían cuan importante era ese niño para la corona de ambos países.

– Su alteza, le presento a la princesa Eliza de Arandelle, futura duquesa de Grohl – dijo el anciano médico mientras le ponía en sus brazos a su pequeña. Anna sonrió, a ella no le importaba que títulos recibiera su hija, lo único que realmente era importante es que ella estuviera aquí con ella, a salvo y completamente sana.

Hans había consentido en llamarla Eliza, como una muy leve referencia a Elsa, y era claro que la niña heredaría el nuevo titulo que Hans había adquirido luego de perder su estatus de príncipe. Anna sabía que Caleb y Lars le habían dado semejante status como consecuencia de sus servicios durante la muerte del Rey, y aunque su vida no había cambiado en gran medida, ahora tenían mucha más seguridad financiera.

– Hola – la saludo Anna tocando su diminuta nariz – hola Eliza, mi pequeña con cara como la luna.

–¡Anna! – exclamó Hans abriendo la puerta de par en par. Anna nunca lo había visto tan descompuesto como aquel día, su chaleco abierto, el cravat colgándole del cuello como una especie de animal muerto y el cabello en punta como si acabara de levantarse.

– ¿Estas bien? ¿es una Eliza, es eso verdad? – preguntó Hans prácticamente enloquecido.

– Sí, es una niña – Asintió Anna enseñándosela.

– Lamentamos lo absurdo de esta intromisión, le juro que intenté calmarlo, princesa – dijo Lars mientras entraba a la habitación detrás de su hermano. Anna lo vio levantar la vista en dirección a la niña, se notaba que él también tenía curiosidad por conocer a su pequeña.

Hans tomó a la bebé en sus brazos y se la mostró a Lars. Anna no había visto a su esposo tan complacido con nada como en aquel momento. Ella lamentó que Elsa no hubiera podido ver a esa bebé. Su hermana se habría vuelto literalmente loca al enterarse de que se trataba de una niña, probablemente, al principio no la hubiera tocado por miedo a lastimarla con sus poderes, pero luego la habría malcriado hasta más no poder.

– Anna, es preciosa – dijo mientras se sentaba frente a ella y se la enseñaba nuevamente. Anna sonrió, se encontraba tan cansada y feliz como nunca en su vida lo había sentido.

– Lo es– contestó Anna.

– Es pelirroja – rió Hans – y pronto tendrá pecas de eso estoy seguro.

– Francamente no sé que esperabas Hans, tú eres pelirrojo con pecas y la princesa no se queda atrás, ¿Qué esperabas? ¿un bebé morado? – preguntó Lars burlándose de ellos en tanto se preparaba para abrir una botella de Champagne que parecía haber aparecido de la nada.

– ¿De donde sacaste esa botella?– preguntó Anna – ¿Puedo tomar un poco?

–¡No! – respondieron todos al unísono.

– Aún es muy pronto, Anna – dijo Hans, quien luego le dio un beso en la frente.

Aquel cansancio fue el comienzo de uno mayor. Su hija exigía mucha más atención de lo que ella inicialmente planeó. Anna contrató una niñera, pero no empleó una nodriza, lo que significaba noches en vela, levantándose cada tres horas para darle de comer. Los cambios de pañal eran toda una locura, ¿cómo podía una niña tan pequeña trasformar la leche de semejante manera? La lavandería creció cuatro veces a lo que ellos estaban acostumbrados, por lo que tuvieron que conseguir más empleados.

Y a pesar de todo, ella estaba completamente enamorada de su pequeña. Anna la llevó por primera vez al castillo pasados dos días desde su nacimiento. Tal y como había anticipado, un nuevo bebé no era una novedad, en la familia Westerguard estaban demasiado acostumbrados a los niños como para que algo llegara a sorprenderlos. Pero Eliza despertó gran curiosidad en todos al tratarse de la heredera al trono de Arandelle.

– Es muy pequeña, pero parece sana – dijo la reina mientras levantaba a su nieta de dos meses de edad y la observaba con cuidado – nunca entendí porqué todas las demás mujeres tenían niñas hermosas con las que jugar a la fiesta del té, mientras que yo tenía 13 pequeños rufianes que no hacían más que pelearse entre ellos y fastidiar a los caballos – dijo la reina con una sonrisa en sus labios.

– Esta niña es la viva estampa de Hansy – dijo la reina. Anna supo de inmediato que aquello era algo muy bueno para la reina, considerando que su hijo menor era su favorito.

– Sus dos padres son atractivos, de seguro que ella también lo será – dijo Sabrina tratando de adularla, pero aquel día, Anna se sentía en humor un poco más oscuro de lo usual.

– Espero que no se parezca a mi, no soy la gran cosa. Mi hermana era toda una belleza– dijo la princesa sin pensar.

La reina y Sabrina la miraron sorprendidas. Ella siempre cuidaba sus palabras y jamás había dejado que sus sentimientos por su hermana mostrarán cuan infeliz se había sentido al no poder tenerla durante los meses desde el nacimiento de su hija.

– No diga eso princesa Anna, de seguro la niña será preciosa, será afortunada como sus padres– dijo Sabrina.

Anna solo sonrió ante el comentario, sabía que su cuñada no pensaba iniciar una conversación profunda, pero no pudo evitar pensar que en realidad deseaba con todo su corazón que su niña tuviera una mejor vida que sus padres. Hans y Anna habían atravesado por muchos inconvenientes, prisión, tortura, guerras. Sabrina se equivocaba, ninguno de ellos era precisamente afortunado.

– Buenas tardes, majestades – dijo Pamela, la esposa de Rudi mientras entraba a la habitación y hacía una reverencia frente a la reina madre y a la nueva reina.

– Buenas tardes, alteza– dijo la chica repitiendo esta reverencia frente a Anna, dado que ella tenía un rango mucho más alto que aquella pobre chica. Ella solo asintió y le dio las gracias en un suave murmullo.

Pamela era la tercera hija de un conde, ella no recibiría el titulo de condesa, y tampoco estaba segura de que fuera a recibir gran cantidad de dinero por parte de su padre. Anna estaba segura de que esto era un problema para su esposo quien podía ser bastante desagradable. Rudi al igual que Hans había recibido un ducado, era claro que como el hijo predilecto del Rey tenía el derecho a recibir algo, pero a pesar de todo, el titulo y los bienes de Hans eran mucho mejores, como premio por haber participado en su complot, y como forma de comprar su silencio.

– Qué bebé tan linda, aunque es muy pequeña, he escuchado que los bebés pequeños son propensos a enfermarse. – dijo Pamela.

– Eliza goza de perfecta salud – respondió Anna.

Desde que la conoció, Anna no había hecho más que sentir pena por aquella pobre chica, no solo estaba casada con un monstruo, un hombre que definitivamente no la amaba, sino que además debía odiarla, ya que ella era la representación de todo lo que Rudi no pudo conseguir, la gloria de ser el esposo y padre de las únicas herederas al trono de Arandelle, las tierras de Hans, los títulos que su hermano recibió gracias a su matrimonio con Anna, todo había sido perdido, y él se había tenido que conformar con Pamela, quien era hija de un conde menor y sin fortuna considerable. De seguro, el muy patán debía hacerle entender todos los días cuan inferior la consideraba, así como lo hacía con Anna.

Probablemente era por esto que Pamela solía verla como una amenaza. Anna era la mujer que Rudi deseaba y eso la transformaba automáticamente en su enemiga. Anna podía entender ese sentimiento, ella sabía que si Rudi decidía pedir el divorcio quien saldría más perjudicada será la pobre Pamela. Las leyes nunca beneficiaban a las mujeres, mucho menos a las divorciadas.

– Pamela, por favor, no seas desagradable con la princesa Anna – dijo Sabrina condescendientemente – ¿Será posible que tu esposo te esté contagiando de sus terribles modales?

Anna vio claramente como la expresión de Pamela se tornó molesta en cuanto escuchó la simple mención de Rudi. Era claro que ella lo despreciaba, al igual que muchas otras esposas de los príncipes. Anna era la excepción a la regla.

– Majestad, ¿le comentó a la princesa acerca de la fiesta que planeamos brindar en Villa Krieg? – preguntó Pamela cambiando el tema de conversación. – Ella y su esposo podrían estar presentes, sería un honor que así fuera – dijo la chica.

Anna se sintió palidecer, mientras su niña se removía en su brazos. Ni en un millón de años ella aceptaría volver a poner un pie en aquella casa.

– No creo que la princesa pueda ir, Pamela. La niña es aún muy pequeña no puede separarse de su mamá – dijo Sabrina, y Anna le agradeció silenciosamente.

– Hans estará allí, él estará encantado de asistir a tu fiesta en nombre de nuestra familia– agregó Anna con una brillante sonrisa, y quien no quería hacer ver aquello como un desplante a Pamela, pues ella realmente se esforzaba por encajar en aquella pequeña y desalmada sociedad.

– Si, lo entiendo, princesa. – Asintió la chica.

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– No puedo creer que me hubieras vendido de semejante manera, y que ahora tenga que ir a Villa Krieg a prestar la cara para esta tontería – Se quejó Hans mientras se arreglaba el cravat frente al espejo.

– Hans… – pidió Anna mientras llevaba su hija en brazos, dado que ella se había dado cuenta de que cada vez que las veía juntas el carácter de su esposo se ablandaba considerablemente. – por favor, hazlo por mi, Pamela debe ser tan infeliz, estoy segura de que solo quiere dar una fiesta, y tener un momento en paz, tu sabes como es tu hermano– dijo. Hans tomó una gran bocanada de aire y acarició la diminuta cabeza de su hija.

– Está bien – respondió menos enfadado – pero ya sé como terminará la noche. Probablemente tendré que soportar a Rudi borracho encima mío durante toda la velada, diciéndome cuan miserable traidor me considera, que no soy su hermano y Bla, bla, bla… – se quejó Hans.

– Tu eres fuerte, podrás resistirlo – dijo Anna.

– Mi hermano es un pesado, Anna. Yo sé que eventualmente terminaré rompiéndole la nariz… otra vez – contestó Hans.

– Mi fuerte y valiente esposo, lo pondrá en su lugar sin pensarlo dos veces – dijo Anna tratando de calmar su enfado.

– Oh Anna – suspiró Hans exasperado – quiero que sepas que todo esto lo hago por ti, y por nadie más.

– Gracias, mi amor – dijo Anna emocionada tras lo que le dio un beso en los labios.

– Si, Si, Si – asintió Hans desanimado

Anna y Eliza se despidieron de Hans en la entrada de la casa mientras que ella mecía a su niña. Anna entró nuevamente en la casa, todo a su alrededor estaba muy callado, la gran mayoría de la servidumbre tenía el día libre al día siguiente por lo que salían de casa desde el sábado en la noche.

Eliza parecía algo cansada aquel día, por lo Anna aprovecharía los instantes libres para relajarse un poco. Ella tenía niñera, pero no se sentía completamente segura apartando a la bebé de su lado. Anna pensaba firmemente que ese temor no era otra cosa más que consecuencia del profundo temor en el que vivía desde el día de la invasión.

Anna subió las escaleras hasta el cuarto del bebé. En donde dejó a la niña dormida en su cuna. Nuevamente, ella bajo las escaleras, tomó un libro y se sentó en el diván del invernadero a leer mientras que disfrutaba de aquella noche de verano. Anna no supo en qué momento se quedó dormida. Pero se despertó sintiéndose completamente culpable.

Rápidamente, ella subió al cuarto de Eliza y se encontró con una luz que salía de la cornisa de la puerta. Anna se enfadó bastante, ya que le había dicho a la niñera una y otra vez que no dejara la luz encendida, la lámpara podría voltearse y causar un accidente.

Anna abrió la puerta y corrió a apagar la lámpara en la mesa junto a la cuna. Después centro su atención hacía la niña, pero ella no estaba. Anna se quedó sin aliento, se dispuso a bajar las escaleras y preguntarle a la niñera si ella había tomado a Eliza, cuando recordó que la niñera no se encontraba en casa.

– Anna– dijo suavemente una voz masculina, casi como si se tratara de una canción. – te estábamos esperando pero no llegabas.

Anna se había encontrado tantas veces en situaciones parecidas, que no se sorprendió, pero lo anterior no significó que no dejara de sentir un inmenso terror. Rudi miraba a Eliza mientras la mecía suavemente, y Anna sintió ganas de atacarlo, herirlo hasta que no pudiera más, realmente quería matarlo, y alejar sus sucias manos de su bebé.

– Dámela – dijo Anna suavemente.

– Es muy frágil, podría caerse, podría romperse el cuello– dijo Rudi sin despegar la mirada de Eliza – Pamela dijo que era pequeña, y no mentía, es demasiado pequeña, ha de ser débil como su madre.

– Dámela– repitió Anna firmemente. Ella sabía que él no tenía la menor intención de devolver a la niña a sus brazos, por lo que no pudo evitar que las lagrimas la abordaran.

– Por favor dámela – repitió nuevamente.

– Pobre niña, un mal movimiento y podría morir asfixiada – murmuró. Anna sintió verdadero pánico, ni siquiera en sus días en Villa Krieg, ni durante la muerte de Elsa algo la asustó de semejante manera. Anna cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire

– ¿Qué debo hacer? – preguntó Anna.

– Baja las escaleras muy lentamente – dijo Rudi. Anna hizo lo que él le ordenó. En otras circunstancias, ella hubiera corrido, hubiera intentado escapar, pero no mientras Rudi tuviere a Eliza en sus brazos, él tenía razón, su bebé era completamente frágil.

Rudi bajó las escaleras sin despegar la mirada de su espalda. Ella podía oír cada uno de sus pasos, así como los suaves ruidos de la respiración de Eliza.

– Abre la puerta y camina hacía el carruaje, pero rápido, hay un par de sirvientas en la cocina, también ese muchacho idiota en las caballerizas, no podemos dejar que nos vean – dijo el príncipe mientras que abría la puerta de la casa.

Anna caminó frente a él hasta el carruaje y esperó mientras que el príncipe quitaba las ramas que lo cubrían de miradas indiscretas. Rudi le dio la espalda y aunque ella pensó en la posibilidad de golpearlo con un objeto contundente, el miedo a herir a su hija fue mayor.

De repente, una figura emergió de las caballerizas que se encontraban a unos metros de allí. Anna pudo distinguir la figura de Jacob quien la miraba completamente aterrado. El niño abrió la boca con el fin de dar la voz de alarma, pero la princesa colocó un dedo en sus labios indicándole que debía guardar silencio. Anna le indico con la mano que corriera y gesticulo el nombre de Hans una y otra vez con el fin de que el niño entendiera que debía buscarlo a él. Finalmente, Jacob asintió y corrió en dirección a las cocinas.

– ¡Terminado!– dijo Rudi – uff, es más difícil hacerlo con una sola mano, sube– le indicó. Anna obedeció. Nuevamente ella se espantó por la sangre fría del príncipe. Él parecía actuar como si se encontraran en una especie de viaje de campo, y aquello no se tratara de un secuestro.

– Toma, no quiero que me vomite, o algo así – dijo Rudi pasándole a la niña sin la menor delicadeza, en tanto que tomaba las riendas. Anna se acomodó al lado del príncipe y apretó a la bebé a su pecho mientras que ella comenzaba a dar señales de querer despertar.

– Supongo que comenzará a llorar – se quejó Rudi. Él estuvo en lo correcto, ya que Eliza comenzó a sollozar. Anna acunó a la niña, ella sabía que debía estar hambrienta ya que era la hora de su comida.

– ¿ Es un camino largo? – preguntó Anna.

– Me temo que sí, mi querida Anna, llegaremos en la madrugada.

– Y supongo que no trajiste biberones ni artículos para bebé – dijo Anna irritada mientras su hija lloraba más y más.

– Lo lamento Anna, pero olvidé aquel detalle, llevaba planeando esto desde que supe que Hans asistiría solo a la fiesta, pero supongo que no se puede tener un plan perfecto – dijo.

Anna desabrochó su blusa y de dispuso a amamantar a Eliza, mientras que pensaba en la delgada pijama que llevaba la niña, y la falta de pañales y ropa extra para cambiarla en caso de una necesidad.

– Si Eliza se enferma por tu culpa te juro que te mataré, no sé como lo haré, pero te mataré – Murmuró Anna mientras alimentaba a la niña.

– Solo serán unas cuantas horas, no le pasará nada– dijo Rudi restándole importancia al asunto. Anna se sintió incómoda al ver que él observaba su pecho desnudo, pero Eliza lloraba cada vez más, así que decidió ignorarlo. Anna levantó la mirada y no vio más que arboles que se veían completamente amenazadores en la oscuridad de la noche, bien parecía que una nueva pesadilla se encontraba por comenzar.

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Hans se había divertido más de lo que había planeado inicialmente. Para empezar, la comida estaba deliciosa, pero más importante aún, su miserable hermano apenas había mostrado su fea cara durante el transcurso de la velada. El príncipe bebió una nueva copa de champagne mientras que charlaba con Lars, aquel día el ambiente estaba inusualmente animado.

– Alteza – murmuró Pamela quien se acercó a el. Hans se dispuso a preguntarle animadamente cómo diablos había logrado soportar al animal de su hermano por casi seis meses, pero se detuvo al ver lo pálida que se encontraba la muchacha.

– Pamela – empezó Hans nervioso – ¿Ocurre algo?

– Hay una mujer en la cocina, asegura ser su cocinera, yo… esto es terrible, no había visto a Rudi en toda la noche, pero él suele desaparecer y encerrarse en las caballerizas, pensé que solo estaba siendo desagradable, yo... – Hans no la dejó terminar la frase, todo rastro del alcohol que tuviera en la sangre pareció evaporarse de inmediato.

– Señora Mildred – empezó Hans mientras que se acercaba a su cocinera. – ¿qué fue lo qué sucedió?

– Yo no vi nada, Jacob fue quien lo vio todo. – explicó la mujer.

– Yo estaba alimentando los caballos, salí a tomar la comida y los encontré a los dos frente a un coche de dos puestos. El príncipe tenía al bebé en sus brazos , ella estaba como paralizada me pidió que guardara silencio, que lo buscara a usted – dijo el niño. Esto era lo más claro que nunca había escuchado a hablar a Jacob.

Hans sintió que el aire le faltaba pero no podía desfallecer, no podía perder el control ahora cuando Anna y su hija necesitaban de su ayuda.

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Karl se encontraba desesperado. Él sabía que los ejércitos de Barona finalmente habían desembarcado en la ciudad. Él incluso se disfrazó como un mendigo para escuchar los rumores que se escuchaban en las calles de Arandelle, lo cual no fue muy difícil con su brazo herido, camisa ensangrentada y ropa hecha añicos. Él sabía que Elsa se encontraba en poder de los soldados de Barona.

El general pasó la noche buscando una entrada al castillo a través de las cañerías del palacio, sin más compañía que una botella de combustible, una entorcha a medio quemar, su sable, su pistola y todas las plagas que se alimentaban de las aguas pútridas de aquel lugar.

Él sintió tristeza conforme avanzaba por los oscuros túneles. Aún recordaba a la hermana de Elsa mirarlo con aquella expresión de incomprensión cuando le explicó la verdadera situación en la que se encontraban. La pobre chica se veía pura e inmaculada en su hermoso vestido blanco, tan ajena a la inmundicia que se movía por fuera de los muros del castillo. Karl sabía que su amada reina era terca como ninguna y jamás había consentido en revelarle a Anna la verdadera situación en que se encontraban, este fue motivo de algunas de sus peleas, pero nunca duraban más de un par de minutos, con el general rindiéndose ante los encantos de la reina.

Karl cayó rendido en medio de aquel túnel. Estaba exhausto, llevaba todo el día y toda la noche caminando sin encontrar la salida, perdiendo sangre por su herida y sin probar bocado, por lo que no pudo luchar con aquel cansancio que lo tomó de improviso.

Él abrió los ojos lentamente y se horrorizó al ver la luz que se colaba por las alcantarillas. Había llegado el nuevo día y él aún no encontraba la salida. Karl intuyo que debía encontrarse debajo de una plaza pública ya que el murmullo de la gente lo alertó. De repente, el fuerte sonido de las campanas irrumpió en sus oídos y un grito colectivo se escuchó en la plaza sobre él.

"la reina" "muerta" fueron las dos únicas palabras que alcanzó a distinguir de todos aquellos murmullos de la gente. Karl se sintió como si el mundo perdiera su color para volverse completamente rojo. Él jamás volvería a ver a Elsa, jamás sentiría sus labios sobre los suyos, su aroma y su sonrisa , jamás volvería escucharla hablar, contarle sus problemas, sus miedos, sus sentimientos. El sueño había terminado, aquello era el comienzo de una pesadilla.


Hola a todos, lo siento, este capitulo estuvo súper intenso, tuve que volver a matar a Elsa, otra vez, eso está muy mal y probablemente voy a hacer sufrir a Anna aún más, sí, si es que eso es físicamente posible. Pero la parte buena es que estoy muy inspirada, finalmente tengo tiempo, y tecleo rápido, así que voy a producir mucho durante estos días. Yo calculo que a este fic cuando mucho le quedan dos capítulos, si nos va bien. Esperemos que sí.

Gracias, gracias, gracias a los que leyeron mi nuevo fic "la reina en la tierra de los osos" es un fic de Brave que está un poco inspirado en Once Upon a Time pero que respeta el universo original de la peli de Disney.

Deberás muchas gracias porque vi que hubo más gente que lo leyó y creo que fue gracias a ustedes, como decía en las notas de ese fic, realmente significó mucho, en especial porque tanto "Atrapada" como "La reina en la tierra de los osos" son mis niños bonitos, son de esos fics que por la sección en que se encuentran y por la pareja no tienen casi lectores, pero quienes me hacen el honor de leer mis historias son un excelente publico, el mejor que he tenido para ser franca, y disfruto muchísimo trabajar en ellos, ya que escribo justo lo que yo quiero, sin el miedo de que algo pueda ser controversial o de recibir flamers, sino que me deja trabajar los personajes y la historia libremente.

RESPUESTA A LOS REVIEWS

Judith94: Ahhh gracias nuevamente por el review, deberás que significa mucho que aprecies este fic, en especial porque veo que realmente lo lees lo disfrutas, eso me parece genial. Respecto al bebé, bueno, apenas tiene dos meses, y falta alguito de historia, no me parece una mala idea… no digo más, no puedo, es imposible.

AndyRubel: woow gracias por el comentario, siempre me alegra saber que para alguien este fic es "ese" fic que lo emociona y lo deja con ganas de leer más. Realmente me he esforzado para que la relación de Anna y Hans sea creíble en el sentido de que los dos hallan madurado que en medio de todo puedan encontrar algo de esperanza en medio de todo ese desastre.

Loreley9: Hi! Thanks for the review, I know…. I sorry for the delay. I suffered too killing the King, he was awful, but at the same time I felt bad for him, specially for Hans, after all he was his dad. Sorry, they will suffer a Little more. TT_TT

Guest: Hola gracias por el review, sí, creo que tienes razón Hans tomó las cosas más bien civilizadamente, después de todo, él siempre tuvo la impresión de que Anna no se iba a quedar tan tranquila de alguna manera iba a ayudar a la gente de Arandelle. Ahhh el bebé, por su puesto que no iba a ser todo color de rosa, ¿cómo desaprovechar esta perfecta oportunidad para el drama? Jajaja era demasiado perfecto.

MirrAniy: muchas gracias por el review y por leer después de tanto tiempo, jajaja me hiciste caer en cuenta de algo, en realidad el niño, bueno la niña es pelirroja, por eso lo puse en el capitulo, tienes razón, era obvio que iba a ser pelirrojo, como le dije a la persona anterior, no iba a desaprovechar el momento perfecto para el drama, el embarazo es el momento perfecto TT_TT

Solesc: Amiga, primero que todo, recuerda que somos amigas, que nos hablamos en la vida real, porque definitivamente me vas a matar a pedradas. XD lo siento…. Prometo escribir un Kristanna para redimirme por esto.