[El fin de la inocencia]
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Anna se quedó en silencio durante todo el viaje, solo se detuvieron una vez para bañar a su hija en el rio luego de que hubiera mojado su pañal. Anna dejó la ropa para que esta se secara en la parte de atrás del carruaje, mientras que ella la cubría lo mejor que podía con su manta.
– El frio la va enfermar– dijo Anna apretándola contra su pecho.
– Claro que no, no lo hará – respondió Rudi.
Tal y el príncipe lo anticipó, ambos llegaron a su destino durante la madrugada. Se trataba de una cómoda cabaña cerca al mar. Anna no tenía la menor idea de donde se encontraban, pero, por lo menos se trataba de un clima benigno que no lastimaría a su bebé quien aún se hallaba desnuda en la manta. Rudi le mostró a Anna su habitación y resultó que él si había sido lo suficiente previsivo para conseguir un par de artículos para bebé una vez llegaran a su destino.
Anna se sentó en la cama de su nueva habitación. Se trataba de una estancia pequeña dotada con una cama, una chimenea, un par de armarios, así como una silla ubicada junto a la ventana y una cuna de mimbre junto a su cama. Ella tomó la ropa que le entregó Rudi y comenzó a vestir a su bebé mientras que el la observaba desde la silla junto a la ventana.
– ¿Qué es lo que quieres de mi? – preguntó Anna tranquilamente para no alterar a Eliza mientras la vestía.
– Lo mismo que he querido siempre – respondió.
– No sé como planeas obtenerlo, los dos estamos casados – dijo Anna.
– Para eso existe el divorcio – dijo Rudi – Hans me cederá el ducado de Ghol y parte de sus tierras, así como el divorcio, si prometo devolvérsela – dijo refiriéndose a Eliza. Anna tan solo le dedicó una mirada cargada de veneno, ni en un millón de años aceptaría separarse de la niña.
– ¿Y Pamela? – preguntó Anna quien no dejaba de preguntarse si la chica tendría algo que ver en todo aquel desastre.
– Mi estúpida esposa es sensible, no soportará verte a ti o a tu bebé en peligro, hará lo que yo le ordene, firmará los papeles de divorcio – respondió Rudi con aquel tono frio que estaba comenzando a ponerla nerviosa.
Eliza estaba exhausta. Ninguna de las dos había dormido aquella noche. Su hija bostezó y lloró por unos minutos antes de quedarse dormida.
– Será mejor que tú y la niña descansen un rato – dijo Rudi en tanto se ponía de pie – en la mañana llegará una niñera, ella nos ayudará con esa niña. Estoy muy cansado – concluyó mientras dejaba la habitación.
Anna sabía que no tenía más opción que escuchar a Rudi. Ella recordó la primera noche que pasó el Villa Krieg, el dolor en sus piernas, el miedo a lo que podría llegar a hacerle Rudi, y a que William reapareciera en su vida. Todo aquello parecía tan distante ahora, tan insignificante en comparación a la amenaza de ver a su bebé morir en manos de cualquiera de ellos dos. Ella no pudo dejar de llorar, lo cierto es que sabía que él no perdería oportunidad para forzarla nuevamente. Anna siempre pensó que lograría evitar aquel destino. Pero ciertamente la suerte no estaba con ella.
–¡Levántate!– gritó Rudi mientras que tomaba a Anna del codo y prácticamente la lanzaba al piso.
– ¿Qué es lo que sucede? – preguntó Anna quien volteó su mirada hacía la cuna que se encontraba vacía – ¿Dónde está Eliza? ¿Dónde está mi bebé, responde?
– Le dije a la niñera que la tuviera en la cocina, porque tu y yo debemos hablar.
– ¿Hablar? – preguntó ella ofendida – ¿De qué?
– ¡De esto!– gritó él mientras dejaba el periódico sobre la cama de Anna.
Ella levantó el periódico lentamente y vio la noticia que había estado esperando desde hacía poco más de un año bajo el titular "histórica derrota en Arandelle". Anna leyó rápidamente las noticias y se dio cuenta de que era un hecho, las tropas de la Islas del Sur habían sido definitivamente expulsados. La emoción la sobrecogió, sus piernas no pudieron soportar su peso y ella se desplomó sobre el suelo de madera mientras lloraba ante la felicidad de la noticia.
– ¡Anna!– gritó Rudi – esto es culpa tuya, no sé que clase de información le pasaste al ejercito en Arandelle, pero debieron usarla contra nosotros.
– Lo que hice es poco, hubiera querido ayudar más, hubiera querido estar allí para ver al general Andersen vengar la muerte de mi hermana y ver el reino de Arandelle finalmente reconstruido– respondió Anna aún más sobrecogida por la noticia.
– ¡Eres un traidora!– gritó Rudi obligándola a ponerse de pie.
– No soy traidora, tu u tus hermanos me sacaron de Arandelle, me lo quitaron todo, a los únicos que les debo lealtad es a la gente de Arandelle, a ellos, y a Hans, es el único que me ha dado la mano – agregó la princesa segura de que aquellas palabras lastimarían en lo más profundo a Rudi.
El pareció llegar al limite de su paciencia, ya que le dio una fuerte bofetada. Anna por poco pierde el balance.
Rudi miró a Anna evaluando que debía hacer con ella. En aquel preciso momento, él la odiaba. Ella lo había arruinado todo, su vida parecía más complicada que nunca gracias a ella, pero aún así, él la necesitaba. Rudi quiso lastimar a Anna con todas sus fuerzas, él sabía que la mejor forma de lograrlo era la niña, pero no podía hacer algo como aquello, aquel sería el punto de quiebre para ella. Él quería lastimarla, pero no romperla por completo, por lo que decidió ceñirse a una vieja y conocida táctica que funcionaría como lo había hecho tantas veces antes.
Elsa quiero irme contigo.
Llévame contigo Elsa.
Anna supo desde el primer momento que aquel destino era inevitable, ¿para qué más habría podido quererla Rudi? Probablemente era por esta razón que ni siquiera puso ni la mitad de oposición de la qué solía poner cuando se encontraba en Villa Krieg. Anna quiso pensar que lo hacía por su hija, para que ella no resultara dañada, pero en gran parte se debía a que sencillamente estaba tan cansada que no quedaban más fuerzas en ella, ya no quería seguir peleando, si aquel iba a ser su destino, pues que así fuera.
Aún no, alguien me necesita, Elsa
Aún no puedo reunirme contigo
Lo anterior no evitó que se sintiera completamente asqueada al sentir su aliento sobre su piel, o que resintiera el doloroso agarre en sus muñecas mientras él se colocaba sin la menor delicadeza sobre ella o que no sintiera el terrible dolor que solía provocarle al entrar en ella sin la menor preparación. Anna puso sus manos sobre sus hombros mientras trataba de apartarlo, aunque ella supiera que no había caso, era demasiado tarde.
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Rudi no sé quedó mucho más tiempo del que fue necesario para vestirse durante aquella mañana por lo que Anna se vistió y bajó en seguida a la primera planta, en donde ella solicitó un baño de agua caliente a la servidumbre.
Anna se metió en la tina con su hija, y la apretó a su cuerpo mientras dejaba que el agua caliente las relajara. Eliza había estado especialmente inquieta aquel día, por un momento, ella pensó que podía estar enferma, pero ahora parecía calmarse mientras dormía en su pecho. En tanto disfrutaba aquellos instantes de silencio, Anna se preguntó en dónde se encontraría aquella cabaña, y si Rudi lograría mantenerlas en secreto por mucho tiempo, pues una cosa era tener escondida a una prisionera de guerra, y otra muy diferente a una duquesa de las Islas del Sur, madre de la princesa heredera al trono de Arandelle. Anna sonrió melancólicamente, pues su situación no podía ser más diferente, y aún así, se encontraba justo en el punto de partida.
Con mucho cuidado, Anna salió de la tina en compañía de Eliza quien no parecía apreciar que la alejaran del agua caliente. Mientras Anna se vestía a sí misma y a la niña no pudo dejar de sentir que aquella situación era completamente temporal. Lars y Caleb no dejarían que Rudi se saliera con la suya como lo había hecho su padre. En otra época, Anna se hubiera enfocado únicamente en su desesperación, pero ahora lo entendía, Rudi era demasiado emocional, demasiado impulsivo y estúpido cómo para que sus planes tuvieran éxito.
Él seguía siendo aquel niño malcriado sin el menor grado de sentido común o empatía hacía los otros que había conocido durante aquel fatídico día en el salón del trono de Arandelle. Probablemente, había una diferencia enorme, y era que ella ya no veía en él esa arrogancia, aquella prepotencia del ganador, más parecía un hombre herido y derrotado que trataba de agarrarse de lo poco que quedaba a su alrededor.
Anna se colocó la blusa y la falda que llevaba desde el día anterior. Ella vistió a su hija y se dirigió a su habitación, de donde no salió en lo que restó del día. Hasta que llegó la noche cuando llegó la niñera con la intención de llevarse a su hija. La primera reacción de Anna fue impedirlo.
– Alteza, por favor, fue una orden del Duque, yo… – empezó la niñera con la voz quebrada. Anna le dio a la niña lentamente. Ella había visto aquella expresión de temor muchas veces antes, la conocía bien, sabía cuan intimidante podía ser Rudi, por lo que entendió que lo mejor para Eliza y para aquella pobre muchacha era entregarle la niña.
Anna se sentó en su cama, en tanto que la única luz que iluminaba la habitación era una pálida lámpara de queroseno. Las lagrimas no brotaban ya, pero se sentía pálida y fría. De repente, su cerebro comenzó a jugarle malas pasadas, fue como si nuevamente pudiera escuchar aquellas miserables campanas retumbar en sus oídos, como si el aroma de la tela quemada de su antiguo vestido de novia la embargara. Anna pudo ver claramente la pálida mano de Elsa sobresaliendo de la cama en la celda en donde pasó la noche antes de su muerte, flotando en la nada como la de una macabra marioneta, en cuanto la vio, ella entendió que su hermana ya no hacía parte del mundo de los vivos, aunque faltaran horas para su fusilamiento.
Lentamente, Anna se puso su pijama y deshizo sus trenzas, si Rudi volvía aquella noche, ella quería ahorrarle la mayor cantidad de tiempo para que se quedara lo menos posible en su habitación, mientras más rápido pudieran acabar con esto, mejor para ella.
–¡Esto es terrible!– exclamó Rudi mientras abría la puerta de par en par – William está difundiendo el rumor de qué estás muerta.
– ¿Qué? – preguntó Anna en un tono prácticamente inaudible.
– ¿Por qué están diciendo esto, Anna? – preguntó Rudi más para sí mismo que para ser respondido – parece ser que ellos te ahora te quieren muerta, a ti y a tu hija.
– Hans aún no lo sabe, por su puesto, ellos no serían tan estúpidos como para decirle – continuó Rudi quien parecía hablar consigo mismo mientras daba vueltas frenéticamente por la habitación – parece que ahora no vales nada, es más, eres un problema. Tu y tu hija son un problema para la familia.
Anna se quedó petrificada. Nunca, desde el inicio de la guerra, los Westerguard la habían querido muerta. Hace algún tiempo ella no se hubiera opuesto a la idea. Anna aún recordaba lo fría que estaba el agua aquella tarde que trató de matarse a sí misma en el lago Claire, parecía como si cien cuchillos se le clavaran en la piel, mientras que las algas del fondo del estanque la llamaban cadenciosamente para que les hiciera compañía. Anna casi pudo oír nuevamente la voz de Elsa aquel día.
Sin embargo, ahora ella no podía irse, no podía morir y dejar a Eliza, mucho menos llevarla consigo. Elsa tendría que esperar, Eliza era lo único que importaba en aquel momento. Anna iba a vivir, pero no solo por su hija, sino porque ella no iba a darles la satisfacción de rendirse.
– ¿Por qué te quieren muerta, Anna? – preguntó Rudi quien evidentemente estaba perdiendo el control de sí mismo.
– No lo sé – respondió Anna muy suavemente.
– Tal vez si les doy lo que ellos quieren todo vuelva a la normalidad, todo vuelva a ser como era antes – dijo Rudi quien continuaba aquella conversación consigo mismo que había iniciado minutos antes.
– ¿Rudi? – preguntó Anna mientras se ponía de pie y se acercaba a él. Ella se estaba comenzando a sentir genuinamente asustada.
Anna no pudo llegar hacía él, ya que sintió su puño colisionar con su rostro con tal fuerza que ella cayó en el piso. Anna tocó la sangre que brotaba de su labio superior, él le había reventado el labio. Por extraño que pareciese, Rudi nunca la había golpeado, había sido violento en muchas maneras, pero esta no era una de ellas. Ella podía recordar un par de ocasiones en las que había intentado estrangularla, sin embargo, esta era una ocasión completamente diferente. En aquel momento ella entendió que debía temer por su vida.
Anna trató de levantarse, pero él se adelantó y la tomó firmemente por el cabello. Halándola con tal fuerza que sintió que el cráneo se le partía en dos.
– Anna de Arandelle solo has traído la desgracia a mi vida desde que apareciste en ella – dijo – probablemente, esta es la señal que necesito, esto es lo que debo hacer para que todo vuelva a ser como antes.
– No– murmuró Anna aturdida por el dolor. Rudi la dejó ir, pero la lanzó con fuerza al otro lado de la habitación. Anna levantó su mirada rápidamente, necesitaba algo contundente con qué defenderse, ella sabía que él no planeaba herirla, quería matarla, y debía encontrar una forma de impedirlo. Anna tomó uno de los atizadores de la chimenea y lo golpeó fuertemente con él.
Rudi cayó al piso y trató de cubrirse, por lo que ella lo golpeó varias veces, aún con más fuerza. Anna se detuvo al ver que el parecía adormecido. Una delgada línea de sangre salió de su nariz, pero él seguía con vida, en un estado casi letárgico, pero con vida.
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Kristoff miró el periódico sintiéndose sobrecogido por la noticia. Finalmente, todos sus esfuerzos habían dado resultados, todos sus sacrificios, su trabajo y paciencia se veían recompensados en aquel brillante momento en que Arandelle le volvería a pertenecer a sus pobladores y no a esos invasores, que cual si fueran una enfermedad saqueaban su país.
A pesar de lo anterior, Kristoff no se había quedado para admirar el producto de su esfuerzo. Él había vivido durante aquel último año bajo las narices de Jorgen Westerguard. El príncipe regente le había dado su confianza y su aprecio, mientras que él conspiraba en su contra. Kristoff no había tenido la suficiente sangre fría para quedarse en el palacio para ver su caída.
Sin embargo, él tenía una razón mucho más poderosa para preferir salir de Arandelle. Karl finalmente le había dado permiso y los recursos necesarios para viajar a las Islas del Sur a rescatar a Anna. Él había rogado una y otra vez por esta posibilidad desde que Barona y Natsia hubieran abandonado la alianza. Pero Karl era terco y a veces bastante intransigente, no fue hasta que Kristoff le recordó que no tenían una mejor candidata a heredera que la princesa que él dio su brazo a torcer.
Kristoff atravesó uno de los tantos jardines de la capital y se sentó en una de las sillas públicas del parque mientras esperaba a su contacto. Solo el cielo sabía cuanto esfuerzo hizo para seguir el último consejo de Anna, y lograr olvidarla, pero no podía hacerlo. Kristoff había conseguido una nueva mujer en su vida, y aún así, aquello no era suficiente. Él contuvo la respiración por un momento, pues en aquel instante fue lo suficientemente claro que si Anna lo aceptaba nuevamente él lo dejaría todo y correría tras ella como siempre lo había hecho desde que la conoció.
– ¿Señor Kristoff? – preguntó una muchacha joven, hija de un exiliado llamada Claire Krass y que era uno de los contactos de la Resistencia en aquella ciudad.
– Hola, es un gusto verte ¿Cómo están las nubes de Arandelle? – preguntó Kristoff recitando la clave que habían acordado.
– Se acerca la nieve, la reina debe habernos dado su bendición– respondió la chica.
– Una bendición sin lugar a duda – dijo Kristoff mientras le acercaba el periódico.
– Tengo malas noticias – dijo la chica quien había ocupado el lugar de Kiera Bagman luego de que esta hubiera tenido que suicidarse.
– ¿Malas noticias? – preguntó Kristoff.
– La princesa desapareció anoche– dijo Claire – nadie sabe que sucedió con ella. Hay rumores, algunos dicen que el Duque Rudi Westerguard puede estar detrás de su desaparición, pero creo que hay sectores de la corona que quiere difundir el falso rumor que fue asesinada por la Resistencia.
– ¿Qué? – preguntó Kristoff alarmado. El cerebro de Kristoff trabajó a una velocidad sin precedentes, pues si se estaba regando el falso rumor de que la princesa se encontraba muerta, era porque ellos querían asesinarla y hacerlos parecer como culpables.
– Aún no es oficial, pero nuestros contactos en los periódicos nos han dicho que hay el rumor de que ella y su hija podrían estar muertas – dijo la chica – no sé qué es lo que planean pero es claro que su alteza se encuentra en peligro.
Kristoff a diferencia de Claire si había entendido que era lo que el nuevo Rey deseaba. Anna ya no era útil para los intereses de los Westerguard, ya no tenían la posibilidad de poner sus manos en el trono de Arandelle, así que podrían vender la falsa idea de que el pueblo de Arandelle la odiaba. Anna había pasado de ser la solución de todos sus problemas a ser un recordatorio de la guerra perdida.
El Rey había perdido la guerra, pero quería darle un último y humillante golpe a la Resistencia de Arandelle, que mejor forma para arruinar su reputación que difundir el rumor de que ellos eran tan sanguinarios que preferían asesinar a su legitima reina y a su bebé antes que permitirle volver a ocupar su lugar. Karl Andersen quedaría como un usurpador al trono, e incluso la gente de Arandelle desconfiaría de él.
– Claire, voy a pedirte que hagas tres cosas por mi: primero, que escribas a todos nuestros contactos en las oficinas publicas de Arandelle. Necesito saber exactamente que propiedades se encuentran a nombre del Duque Rudi Westerguard. La segunda: que difundas la orden de entorpecer cualquier intento que haga la Corona de conseguir esta información o de encontrar el paradero de Anna. Si es verdad que se encuentra con el príncipe y ella aún está con vida, deben estar buscándola, no podemos dejar que la encuentren antes que nosotros.
– Entendido – Asintió Claire – ¿Y la tercera?
– Necesito la dirección de la casa de Anna. – respondió Kristoff.
– Pero, ella no se encuentra allí, no le servirá de nada.
– No es con ella con quien deseo hablar.
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Hans desmontó su caballo en frente de su casa, se encontraba exhausto, había pasado el día entero con Lars y la policía secreta tratando de encontrar a Anna y a Eliza. Él estaba sorprendido de que a aquellas alturas no se hubiera difundido el rumor en los periódicos de que Anna había sido raptada. Hans supuso que aquello debía ser parte del plan de sus hermanos, pero no podía dejar de sentir que había algo que no le estaban contando algo que era secreto.
La casa del lago se encontraba completamente oscura aquella noche. Hans sabía que probablemente se debía a la falta de servidumbre. Después de los eventos de la noche anterior, Hans había dado vacaciones a la gran mayoría de sirvientes con excepción de Clara, Martha, Mirtle y Jacob. Ellos eran los únicos en quien confiaba, los únicos que no creía que fueran capaces de pasar información a Rudi o al resto de sus hermanos.
Hans entró a su casa y enseguida se dio cuenta de que había algo diferente en el lugar. Todo estaba completamente oscuro, y no se oía el tradicional bullicio en el piso de abajo donde la servidumbre solía pasar su tiempo. No alcanzó a dar tres pasos dentro de la casa cuando un fuerte dolor en la parte de atrás de la nuca lo adormeció.
Él no supo cuanto tiempo había pasado inconsciente pero lo despertaron un par de llantos de mujer. Hans abrió lentamente los ojos y se encontró a sí mismo en su sala de estar mientras que Martha y Clara lo miraban horrorizadas y con los ojos hinchados por el llanto. Las dos chicas se hallaban atadas y amordazadas, al igual que Jacob y su madre que se veían igual de asustados.
Hans se estremeció al oír pasos, y levantó su rostro para encontrarse de frente con el antiguo prometido de su esposa. El montañés se veía aún más feroz que antes, si es que aquello era físicamente posible. Él ya no usaba la vestimenta clásica de un recolector de hielo, y dudaba que siguiera ejerciendo aquel oficio, ya que mirarlo a los ojos era como enfrentarse a los más peligrosos soldados de las Islas del Sur.
– Príncipe Hans.
– Kristoff Bjorgman– dijo Hans con la garganta reseca. – no pensé que nos volveríamos a ver.
– Yo en cambio estaba seguro de que nos veríamos nuevamente, el día en que viniera por Anna, no sé como pudo siquiera pensar que la dejaría con alguien como usted – dijo el antiguo recolector con un tono cargado de resentimiento.
– Anna no está conmigo, la estoy buscando, ella…
– Está con su hermano, eso lo sé – dijo Kristoff – sé donde la tiene, nosotros lo sabemos.
Hans se impresionó al escuchar aquello. Él sabía que Aradelle tenía una red de espías en las Islas del Sur, pero nunca se imaginó que fueran capaces de dar con el paradero de Anna antes que los oficiales de la corona.
– ¿Dónde está? ¿dónde estan Anna y mi hija? – preguntó Hans sintiéndose desesperado. Él tenía que encontrarlas, aunque Anna prefiriera a Arandelle, aunque ella lo dejara para seguir a Kristoff, debía verla siquiera una última vez.
– ¿Para qué quieres saberlo? ¿Para qué tu y tus hermanos puedan matarla? – preguntó Kristoff.
– No– negó Hans – No, no, no. ¿De qué estás hablando? Yo jamás… – murmuró Hans desesperado.
– Tu hermano, el Rey planea regar el rumor de que Anna está muerta, de qué nosotros la matamos a ella y a su hija, como castigo por haberse casado con un Westerguard – explicó Kristoff.
En ese momento todo fue claro para Hans. Él se había sorprendido al ver la manera en la que Caleb y Lars pusieron a disposición al servicio secreto de las Islas del Sur para buscar a Anna, luego de la aplastante derrota que habían sufrido en Arandelle. Ambos querían a Anna y a Eliza muertas.
– Kristoff– dijo Hans arrodillándose en el suelo, ya que sus ataduras no le permitían ponerse de pie – tengo que ver a Anna y a mi hija. Yo sé… yo sé que vienes a llevártelas de aquí, es obvio, pero tengo que verlas aunque sea por última vez, por favor – pidió Hans desesperado.
Kristoff miró a Hans por un momento. Él le recordaba a sí mismo cuando se aproximó a las puertas de las murallas del castillo de Arandelle, acompañado de Sven, una carreta y la vacía esperanza de volver a ver a Anna siquiera una vez. En aquella ocasión, Hans era uno de los guardias de la entrada, él bien hubiera podido entregarlo y ganarse una medalla, pero prefirió poner en riesgo su vida para salvarlo a él. Kristoff sabía que era momento de pagar sus deudas.
– Bien, puedes ir conmigo, pero antes necesito que te des prisa y que prepares una maleta con las posesiones más importantes de Anna, ella no regresará a está casa, se irá directo de vuelta a su hogar, junto con su hija, la heredera al trono de Arandelle – dijo Kristoff.
Hans aceptó, y le pidió que le dejara contar con la ayuda de una de las mucamas para alistar el equipaje. Martha fue desatada, y le ayudó a alistar el equipaje de Anna y el bebé en medio de temblores y sollozos. Hans hubiera querido decirle a Kristoff que este era el hogar de Anna ahora, que su hija jamás sería reina, pero no lo hizo, él solo siguió recogiendo vestidos y franelas de bebé hasta que sus ojos se enfocaron en dos objetos familiares: las muñecas de trapo de Anna, las mismas que tenían la apariencia de ella y Elsa, aún seguían teniendo esa textura extraña que poseían la última vez que las tocó. Hans decidió ponerlas en el equipaje, pues tenía la impresión de que tenían un significado especial para su esposa.
El carruaje que Kristoff tenía en la entrada marchó tan rápidamente como podía. Hans se sorprendió al escuchar anunciar al montañés antes de salir de su casa que él ahora era un prisionero de la Resistencia de Arandelle en frente de su servidumbre. Él le agradeció silenciosamente a Kristoff por aquel detalle, después de todo, ellos le servirían como testigos de que Hans no había cometido traición, sino que había sido secuestrado.
Llegaron a la madrugada a la casa de Rudi. Era mucho más lejana de lo que Hans se había imaginado. Aún estaba oscuro cuando bajaron del carruaje. Los hombres de Kristoff forzaron la puerta, mientras que al otro lado los esperaban un mayor domo y una mucama completamente asustados.
– ¿Dónde está la princesa Ana y el Duque? – preguntó Kristoff furioso.
– Arriba, señor – respondió el asustado mayordomo.
– ¿Y la niña? – preguntó nuevamente Kristoff.
– En el piso de abajo, con la niñera– respondió el hombre.
– Tu y tu acompañen al prisionero al piso de abajo, quiero que él se encargue de su hija – ordenó Kristoff – yo iré solo.
Hans bajó las escaleras en donde encontró a una asustada joven que dormía junto a la cuna. Rápidamente, él tomó a su hija en sus brazos y la acunó mientras ella lloraba.
Mientras tanto, Kristoff se precipitaba hacía el piso de arriba, él no sabía que iba a encontrar, pero sacó el revolver de su cinturón y se preparó para lo peor. Él pateó la puerta con fuerza y esta se abrió de par en par, lo que encontró adentro lo dejó sin palabras.
Anna se encontraba escondida en una esquina de la habitación mientras abrazaba fuertemente sus piernas a su cuerpo, se veía completamente aterrada, mientras que el príncipe yacía frente a ella en un extraño estado comatoso. Kristoff reparó en seguida en el atizador de la chimenea ensangrentado.
– ¿Tu lo hiciste, no es verdad? – preguntó Kristoff.
Anna solo asintió como respuesta. Ella se veía completamente lastimada, él la había golpeado, de eso estaba seguro, y esa era la razón para que se hubiera defendido. Kristoff dio un paso hacía adelante y disparó dos veces en dirección a la cabeza del Duque. Anna dejó salir un fuerte grito al ver toda la sangre esparcirse por el lugar. Ella estaba aterrada y lo miró completamente horrorizada.
– Nadie te culpará de esta muerte, pesará solo en mi cabeza– dijo Kristoff quien quería ahorrarle la mayor cantidad de sufrimiento posible a Anna. Bien parecía que ella ya había pasado por mucho.
En aquel momento, Hans pasó por el marco de la puerta con su hija en brazos. Kristoff sintió su corazón partirse en dos cuando la vio correr hacía su esposo quien la abrazó con fuerza y le enseñó a su hija de inmediato. Ella realmente estaba enamorada de Hans. Kristoff sabía que aquello era una locura, ella no podía quererlo realmente.
Kristoff ordenó a todos que bajaran a la primera planta, debían darse prisa, era cuestión de horas antes que los agentes de la corona se dieran cuenta de que el señuelo que dejó el otro grupo de infiltrados era en realidad una trampa, todos tenían que correr hacía el puerto secreto donde habían desembarcado.
Anna y Hans se sentaron uno junto al otro en el carruaje, los dos parecían tan aturdidos que junto a su bebé parecían encontrarse en un mundo aparte alejado de los curiosos espectadores. Anna estaba cubierta en sangre y no vestía nada más que su pijama y un cobertor que había tomado de la cama antes de salir. Al observar aquella extraña familia, el recolector de hielo entendió lo que estaba pasando.
Probablemente Anna había buscado consuelo en Hans al ser la única persona conocida en las Islas del Sur. Ella ya había hecho aquello una vez, cuando aceptó casarse con él después de conocerlo por un día con el único objetivo de escapar del control de su hermana. Kristoff sabía que Anna era capaz de dar su corazón fácilmente a cualquiera que pudiera ayudarla, y de convencerse a sí misma que se trataba de amor, cuando no era más que simple necesidad. Anna necesitaba a Hans para sobrevivir, era tan simple como aquello.
– ¿A dónde nos dirigimos? – preguntó Hans mientras sostenía a Anna contra su pecho.
– A un puerto improvisado cerca a Rhams – explicó Kristoff – los agentes de la Corona picaron nuestro anzuelo, eso los mantendrá ocupados.
– ¿Anzuelo?– preguntó Hans.
– Uno de sus hombres tenía una deuda pendiente con nosotros, por su culpa perdimos a dos de nuestros agentes. Un par de mis hombres fueron enviados a devolverle el favor– dijo Kristoff.
– William… – murmuró Anna – Dime algo, Kristoff ¿Está muerto?
– Si– respondió sencillamente Kristoff.
Anna y Hans adoptaron aquella misma conducta extraña que tenían cuando observaron el cadáver de Rudi Westerguard en la cabaña en la playa. Ninguno de los dos parecía exactamente feliz, pero casi podría jurar que estaban aliviados.
– El fue el sujeto que te torturó, ¿no es verdad, Anna? – preguntó Kristoff. Ella lo miró a los ojos por primera vez desde que le disparó a Rudi.
– Si– murmuró suavemente. Hans la acercó aún más a él mientras la besaba en la nuca. Kristoff quiso matarlo, a él y a todo el resto de su familia.
Los Westeguard le habían arrebatado todo. Kristoff tenía una existencia feliz en las montañas, era sencilla y difícil, pero era su vida, la que él había elegido. Sin embargo, desde la invasión, Kristoff ya no era el mismo, su mente ya no funcionaba en razón a otra cosa que para la venganza. Catherine había sido un bálsamo para todo aquello, pero por más que le doliera admitirlo, su relación era más lujuria que otra cosa, no existía esa sensación de urgencia y calidez que le produjera Anna en otra época.
Kristoff a menudo se preguntaba si todavía podía llamarse amor lo que sentía por Anna, o tal vez era melancolía por un tiempo mejor. Lo único que sabía en aquel preciso momento era que no quería a Hans cerca de ella, pero tampoco lo dejaría libre, no podía hacerlo. El castigo de Hans debía ser ejemplar, debía hacer entender a todos su hermanos que pagarían por la forma en que habían arruinado a las personas que más quería, a Anna, a Elsa, y a su amada y sencilla vida en los bosques. Kristoff ya no era el mismo por culpa de los Westerguard. Él se sentía endurecido y sucio, como si aquella horrible guerra lo hubiera manchado y arruinado para siempre.
– ¡Llegamos! – Anunció uno de los cocheros.
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Anna bajó las escaleras lentamente mientras sostenía a su hija en sus brazos. Un fuerte coro de vítores la alertó. Los miembros de la resistencia aplaudieron al verla. Era claro que si rescatarla era su misión, entonces había sido todo un éxito. Hans y ella caminaron hasta la playa en donde había una serie de botes que los llevarían hasta el barco.
– Anna – dijo Hans mientras la tomaba por los hombros – Kristoff me dijo que te llevarían de vuelta Arandelle, sé que esta podría ser la última vez que nos veamos, y yo quiero que sepas que…
– ¿Qué? – preguntó Anna horrorizada – ¡No!, no podemos separarnos, estamos casados, tenemos una hija, no quiero abandonarte, Hans – dijo ella mientras tomaba su mano.
– Yo tampoco quiero abandonarte, pero él me lo advirtió, me dio una última oportunidad para verte – dijo Hans casi sin aliento.
– No, no, no – repitió Anna. En ese momento, sus frentes se juntaron. Ella podía sentir su aliento entrecortado. Hans había sido su único apoyo, él le había ayudado a levantarse, él la había apoyado cuando nadie más lo había hecho, cuando no era más que la prisionera de su padre. Ella no podía dejarlo ahora que su vida estaba por cambiar, mucho menos podía quitarle una hija a la que él también quería con todo su corazón.
– Hans, tal vez si hablamos con ellos…
– Anna – dijo Hans – tu no puedes quedarte, pero los dos sabemos que yo tampoco seré bienvenido en Arandelle – dijo él separándose de ella.
– Oh, pero claro que sí, claro que serás bienvenido– dijo Kristoff quien se había acercado a ellos sin que se hubieran dado cuenta.
– ¿Qué? ¿de qué estás hablando? – preguntó Hans mientras un par de hombres tomaban sus muñecas y las ataban con grilletes en su espalda. Hans ni siquiera trató de luchar, se encontraba completamente rodeado.
– Lo justo es que tu seas llevado a Arandelle, seas juzgado y sentenciado por el nuevo gobierno– comenzó Kristoff.
– Kristoff, ¿de qué estás hablando? – preguntó Anna molesta.
– Anna, ¿no te parece que es lo correcto? – preguntó Kristoff como si fuera lo más obvio – hace poco más de dos años este hombre trató de matarte a ti y a tu hermana, después dirigió a tres poderosos países contra Arandelle, él le dio la información que el Rey necesitaba, la invasión es su culpa, y eso tu lo sabes. Pero, como si esto no fuera poco, ayudó a sus hermanos a efectuar el ataque, a sacarte a ti de Arandelle, y después logró casase contigo a la fuerza para que le dieras el hijo que las Islas del Sur tanto necesitaba.
Anna se quedó petrificada. Kristoff tenía razón, de alguna extraña manera todas las acusaciones eran correctas y reales, pero él no entendía, no sabía la verdad de como habían ocurrido los hechos. Hans había hecho mucho daño, pero él al igual que Anna era una víctima de las circunstancias, no era como si alguno de los dos se hubiera podido oponer a los deseos del Rey, o de todo el ejercito de las Islas del Sur. Anna vio a Hans ser conducido a uno de los botes lejos del que estaba destinado para ella, fue entonces que comprendió que en cuanto llegaran a Arandelle él sería fusilado de la misma manera que había ocurrido con Elsa.
Hola a todos, este capitulo si que fue intenso, no fue taaan largo pero lo que sigue necesita un espacio propio, tenía que cortar allí, queda solo un capitulo más. He pensado en este momento desde hace tanto, pero tanto que me siento algo triste de que por fin llegara a este punto de la historia. Sobre el capitulo quiero contarles un par de cosas. La escena que desencadenó
toooooda esta idea fue la de Anna y Hans caminando por el bosque mientras el cazaba, recuerdo que pensé en ella para otro de mis fics (Guerras y tronos) pero en ese fic no encajaba, de allí nació este fic.
Originalmente, (estoy hablando de hace años, cuando escribí el primer capitulo) yo no pensaba matar al Rey, quería crear una situación de peligro en donde Rudi amenazara con contarle toda la verdad al Rey y justo cuando iba a suceder, Karl llegaba y mataba a Rudi, me lo había imaginado como una persecución en el bosque entre Villa Kreig y la casa del lago, pero con el transcurso de la historia me fui dando cuenta de que necesitaba un detonante, algo lo suficientemente importante como para que Anna comenzara a pasar información a la resistencia, y eso fue la muerte del Rey, además, me ayudaba a enlazar la historia con lo que va a pasar en el siguiente capitulo.
Otra cosa diferente, es el papel de Kristoff, como había dicho hace muuuucho tiempo, la idea original era que el no volviera a salir hasta el último capitulo, (después les cuento de que manera porque dañaría el final). Es más, quien iba a rescatar a Anna era Karl, quien lo iba a hacer como un último acto de lealtad por Elsa, pero como les decía en las notas del tercer capitulo, no me pareció lógico teniendo en cuenta la personalidad de Kristoff en la película, era claro que por lo menos iba a intentar salvar a Anna una última vez. Además ¿Para qué dejarle ese importante papel en la historia a un OC cuando tenía un personaje del canon que podía hacerlo? Quería reflejar el cambio de Kristoff en una persona más dura, más compleja y esta era la forma de hacerlo.
RESPUESTA A LOS REVIEWS
MirrAniy Hola gracias por el review, la verdad es que yo también shipeo Kristanna, tengo un fic que se llamaba silencioso, lo acabé antes de comenzar atrapada, tengo otros onesot y dos inconclusos que tengo que terminar, voy a terminar uno de esos. El asunto conmigo es que generalmente no me obsesiono con una pareja me obsesiono con un personaje, en este caso Anna, y lo shipeo con todo el mundo, pero Hans- Anna tiene un encanto especial por aquello que es esa oscura y pervertida pareja del bueno y el malo que deja hacer cosas muy interesantes, además que tienen mucha agua sucia entre los dos, y se puede aprovechar.
Sharlotte Soubirious Gracias por comentar, la verdad es que Helsa y Hans para mi son como Sasuke y Sakura de Naruto (no sé si la has visto). Francamente no shipeo esta pareja, pero no me disgusta, porque puedo entender cual es el encanto que le ve la gente, puedo entender porqué les gusta, pero no hace ese "click" en mi cerebro, a diferencia de otras parejas a las que definitivamente no les encuentro sentido, que me parecen mal escritas y completamente improvisadas, o sencillamente fan service ( y en los peores casos una combinación de los tres).
No sé, simplemente no genera ese sentimiento de obsesión que me provocan tanto el Hanna como el Kristanna. Creo que entiendo porque a la gente le gusta, y comprendo que la encuentren interesante, pero no me interesa tanto, es simplemente cuestión de gustos, algo más bien visceral, no es que me parezca completamente ilógica, pero no logra engancharme. Gracias por decir que te gusta mi forma de escribir, supongo que exista poquito publico para ciertas historias, es bueno que por lo menos se encuentre alguna cuando se tengan ganas de leer.
Nzareth ncdz: Me encantó tu cambio de un review al otro, el primero fue como: mmm odio a Rudi, y el segundo como ESA MI%&/A DE RUDI espero que te satisfaga la muerte de Rudi, a mi me dio como un gusto perverso a decir verdad, en especial porque lo hizo Anna a la que él siempre llamó "débil". Siiiii estoy muy inspirada, estoy en unos periodos de esos pseudo psicóticos en los que no puedo esperar llegar a mi casa para seguir escribiendo. Gracias por haber comentado en los dos capítulos.
