[La Resolución: primera parte]

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Anna siguió a Kristoff silenciosamente por el pasillo hasta su camarote. El barco no era tan lujoso como aquel en el que se había montado un año antes, pero aquella habitación era cómoda. Era claro que los soldados de Arandelle estaban esperando llevar a Eliza de vuelta a su país, ya que había una cuna al lado de la cama de Anna.

– Kristoff– comenzó Anna quien se sentó en su cama luego de que hubiera dejado a Eliza dormir en su cuna.

– ¿Si? – preguntó Kristoff mientras se sentaba a su lado.

– ¿Qué va a pasar conmigo? – preguntó Anna preocupada.

– Regresarás a Arandelle, a tu casa – dijo él con una forzada sonrisa en los labios. En otra época, Anna habría sido tan inocente como para satisfacerse con esa sencilla respuesta, pero ya conocía lo suficiente del mundo como para saber que ella y su familia se encontraban en una posición muy delicada.

– Kristoff – comenzó ella algo molesta – no seas condescendiente, no soy una niña y no tengo ningún problema de entendimiento, así que por favor, dime qué sabes, ¿cómo está la situación en Arandelle? – preguntó. La expresión de Kristoff se oscureció de inmediato.

– No sé a que te refieres ¿qué quieres saber? – preguntó él más serio.

– Karl Andersen está en una posición muy conveniente, él es el ganador de la guerra, bien podría usurpar el trono y coronarse como Rey, casi nadie lo culparía, la única heredera al trono conocida es poco menos que una traidora a los ojos del pueblo– dijo Anna.

– Karl no es así.

– Pero podría – continuó Anna – podría hacerlo, eso lo sabemos los dos.

– No, no podría – murmuró Kristoff seriamente – no tiene el apoyo suficiente de la nobleza, ellos no quieren a un soldado, un noble menor, en el trono, quieren alguien que verdaderamente pueda representar sus intereses– continuó.

En aquel momento Anna comprendió que la única razón por la que volvía a Arandelle, ella era necesitada. Karl Andersen era un hombre honorable y con principios, pero si algo había aprendido en los últimos dos años era que cualquiera podía convertirse en un verdadero depredador si se le ponía en frente la posibilidad de acceder al poder, una oportunidad que nunca habría tenido el General de no ser por la guerra.

– ¿Qué quiere hacer conmigo? – preguntó Anna.

– Nada malo Anna, probablemente necesita alguien que ocupe el trono– dijo Kristoff, a lo que Anna dejó salir una risa cargada de sarcasmo.

– ¿Él quiere que yo ocupe el trono? – preguntó Anna burlándose de aquella suposición – Kristoff, por favor, siempre dijiste que yo era ingenua pero esto es demasiado. Yo me casé con un Westerguard, mi hija lleva ese apellido, Arandelle jamás me aceptará como su reina.

– Entonces, francamente no sé qué es lo que pueden querer de ti, Anna, si tienes una mejor idea por qué no me la explicas– dijo Kristoff molesto.

– No lo sé, Kristoff, pero si llevan a Hans en un calabozo, probablemente yo también pase a ser una prisionera de Arandelle, podría ser juzgada como traidora, posiblemente él quiere deshacerse de mi y de Eliza, así él no tendría problema para ascender al trono.

– No seas estúpida Anna – respondió Kristoff – ¿Para qué va querer Karl hacer justo lo que quería el Rey de las Islas del Sur?

– No soy estúpida – respondió Anna en un tono peligrosamente bajo. – No dije que quisieran matarme, dije que podría querer deshacerse de mi, mantenerme en arresto domiciliario por el resto de mis días, u obligarme a ser una reina marioneta mientras que él es el verdadero Rey.

– Anna… – empezó Kristoff, ella lo entendió, lo conocía lo suficiente como para saber que estaba a punto de hacerlo hablar.

– ¡Dime!– gritó Anna.

– Karl necesita verte, necesita saber si hay la posibilidad de que exista otro heredero, después, planea pedirte que vivas en el campo, lejos de la vista de todos, quiere que la gente llegue a olvidar con el tiempo que la verdadera heredera al trono es una Westerguard – dijo Kristoff.

Anna permaneció en silencio. La princesa no iba a mentir, ser reina nunca fue una posición que ambicionara, ella amaba demasiado su libertad como para renunciar a ella, pero la llenaba de ira que quisieran desplazarla, como si ella fuera la culpable de su situación actual, como si su hija fuera un error, y aún peor, que Kristoff estuviera enterado de esto y prefiriera mantenerlo en secreto.

– Y supongo que ese nuevo Rey será el títere de Karl. El heredero que yo designe reinará solo de nombre mientras que el General maneja los hilos – dijo Anna, por lo que Kristoff se molestó nuevamente.

– Karl solo planea encargarse del Gobierno, eso no tiene nada de malo, de seguro el nuevo Rey no sabrá gobernar y el General podrá ayudarle– Dijo Kristoff quien parecía haber pasado un buen tiempo convenciéndose a sí mismo de que aquella era la realidad.

– Y supongo que el buen General Andersen también te dará a ti un buen puesto. Tu nunca pareciste feliz con el de Proveedor Oficial de Hielo de Arandelle, de seguro quieres un aumento– dijo Anna sarcásticamente con una expresión completamente cargada de veneno.

– Entonces, ese es el plan, Andersen será el gobernante que controle los hilos de su Rey marioneta, y tú te quedarás con una jugosa tajada, un puesto en el gobierno, mientras que yo tengo que pasar el resto de mi vida en arresto domiciliario, de tal manera que todos olviden mi existencia eventualmente, para expiar el terrible pecado de preferir vivir casada con un Westerguard antes que aceptar morir a manos del Rey de las Islas del Sur.

– Anna – comenzó Kristoff más molesto aún – no sé que clase de vida tuviste en las Islas del Sur, no sé como son sus costumbres allá, pero no todos somos como los hermanos Westerguard – aclaró.

Anna se quedó estupefacta al escuchar aquellas palabras. Puede que Kristoff estuviera en lo cierto, puede que ella se comportara como una paranoica que veía conspiraciones detrás de cada esquina.

– Yo…– empezó Anna algo avergonzada – tienes que entenderme, Kristoff. Este año y medio ha sido difícil, muy difícil.

– Lo sé, lo sé – asintió Kristoff mientras que tomaba sus manos entre las suyas y le dirigía una sonrisa. Anna se sintió intimidada, aquel contacto había sido demasiado intimó para su gusto, por lo que se libró de su agarre.

– Kristoff… – dijo ella recomponiéndose, mientras que reacomodaba su flequillo, como lo hacía cada vez que se encontraba nerviosa. – ¿Cómo está tu esposa?– preguntó Anna dirigiéndole una sonrisa.

– ¿Mi esposa? – preguntó Kristoff confundido.

– Jorgen me dijo que tu y Catherine, una de las doncellas…

– Oh, sí, Catherine – Asintió Kristoff recordando aquel detalle. – ella y yo no estamos casados, ella aún no es mi esposa – explicó el recolector cada vez más incomodo.

– ¿Aún no es tu esposa? – peguntó Anna.

– No, no lo es – respondió Kristoff con la voz cargada de esperanza.

– Pero eso significa que próximamente lo será – dijo Anna mirándolo a los ojos.

– Anna, yo…

– Kristoff– lo interrumpió Anna – yo necesito ver a Hans, necesito hablar con él– pidió. El recolector se puso rígido y miró a su alrededor como tratando de comprender la situación, de repente, le dirigió una mirada dura y se puso de pie.

– Me temo que no será posible – contestó Kristoff molesto – él es un prisionero, y tu una princesa de Arandelle, no tienes porqué ir a la parte baja del barco. – dijo el recolector firmemente antes de cerrar la puerta del camarote con un fuerte golpe.

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Hans no sabía exactamente cuantos días habían pasado, en aquella parte oscura y húmeda de aquel barco apenas si se podía sentir la leve y pútrida brisa que se colaba por los desagües de las cocinas, pero ni hablar de la luz del día. Un solo pensamiento lo reconfortaba, y era la certeza de que su esposa y su bebé se encontraban completamente a salvo.

Él no había recibido noticia alguna de Anna ni de Eliza, pero era claro que pasase lo pasare los rebeldes de Arandelle eran fieles a la Reina y al resto de la familia real, por lo que no herirían a ninguna de las dos. En aquel momento, Hans sintió unas espantosas nauseas, pero fue lo suficientemente fuerte para soportarlas, después de todo, no era el primer viaje que realizaba en aquellas deplorables condiciones. Aquel barco era una espaciosa y maravillosa mansión para algunos de los temibles barcos de esclavos que había visto en el continente oriental. Si familias enteras de personas que día tras día eran obligadas a atravesar el globo durante meses, encadenadas, y en condiciones infrahumanas, tan solo para llegar a un continente hostil donde tendrían que pasar el resto de su vida trabajando en plantaciones de algodón y azúcar podían sobrevivir, no veía razón alguna para no lograr hacer lo mismo, más aún cuando él se encontraba en condiciones mucho más favorables.

– Hans– escuchó Hans suspirar a una voz femenina. Hans se puso de pie y miró hacía la entrada, en donde encontró a su esposa con los ojos cargados de lagrimas y su niña en brazos.

– ¿Anna? – preguntó Hans sin encontrarse seguro de que no se trataba de una visión.

– Oh Hans, no tenemos mucho tiempo, convencí al cocinero que me dejara pasar a las bodegas – dijo la chica mientras que se acercaba a la reja del calabozo.

– ¿ Te encuentras bien? ¿Te han hecho daño? – preguntó Hans quien estiró las manos para tomar los hombros de Anna a través de los espacios entre los barrotes. Ella negó con la cabeza.

– Estoy bien, Eliza también está bien. El viaje no ha sido gentil con el estomago de tu hija, y he tenido problemas para producir leche, pero nada que no pueda solucionar – dijo Anna quien se veía exhausta, seguramente, viajar con un bebé no era fácil, aún más cuando aquellos barcos podían ser una gran contenedor de enfermedades.

– Debes cuidarte, Anna – dijo Hans. De repente ella se le acercó como si quisiera besarlo, pero pronto Hans se dio cuenta de que lo que ella realmente pretendía era murmurar algo en su oído.

– Encontré los documentos que escondiste en el forro del baúl de Eliza – dijo Anna. Hans entendió de inmediato que se refería a la carta que le dejó su padre antes de morir.

– ¿Qué opinas? – preguntó Anna.

– Pueden servirnos, tenemos mucha información que puede servirnos – dijo la princesa. Hans no entendió a qué se refería, ya que la carta de su padre solo les sería útil para chantajear a Caleb y Lars, pero no tendría especial utilidad en Arandelle.

– Anna, ¿A qué te refieres con "mucha información"? – preguntó Hans a Anna.

– Hay algo que debo decirte, Hans, algo importante – comenzó Anna mirándolo a los ojos– ¿recuerdas que poco después de morir Elsa te pedí que me acompañaras a su habitación? Fue el día que intentaste tomar las joyas de Elsa.

– Si – asintió Hans quien tenía vividos recuerdos de aquel día. Anna se había escondido en su habitación luego de que Rudi le hubiera hecho una cruel broma. El príncipe pensó que ella pasaría el resto del día encerrada llorando, pero, en cambio ella salió con una expresión de determinación en el rostro, y le pidió que la llevara hacía el cuarto de Elsa. ¿Sería posible qué hubiera algo más de lo que parecía en aquella escena?¿qué ella estuviera deliberadamente buscando la forma de sobrevivir .

– Yo…

– ¡Anna! – gritó Kristoff en la entrada. – ¿qué se supone que estás haciendo aquí? – dijo mientras entraba y tomaba a su esposa fuertemente del brazo.

– No tienes por qué estar acá– gritó Kristoff.

– Ya me iba – respondió ella altaneramente en tanto se libraba de su agarre – baja el tono de voz, estás haciendo llorar a Eliza. – dijo en tanto comenzaba a acunar a su bebé.

Mientras tanto, Hans prefirió quedarse callado. No sería inteligente retar a su carcelero, quien resultaba ser la misma persona que estaba a cargo de su esposa y de su hija, pero no pudo dejar de dedicarle una última mirada cargada de resentimiento.

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Anna y Kristoff llegaron a la cubierta del barco, en donde ella decidió enfrentar aquella incomoda situación en la que se habían encontrado desde su encuentro. Varios meses atrás, Anna había sufrido mucho por aquella carta de Kristoff y las terribles noticias que le llevó Jorgen. Ella había sentido que una gran parte de su vida había terminado.

Anna no culpaba a Kristoff, todo lo contrario, sabía que era apenas lógico que buscara a una nueva persona. Después de todo, ambos eran jóvenes, y no podían dejarse morir por un amor que no tenía oportunidad alguna. No obstante lo anterior, hasta un ciego podía ver que una gran parte del odio casi irracional que parecía sentir el recolector de hielo por Hans era consecuencia de sus celos, y de su incapacidad de entender aquella inexplicable situación que se presentaba ante sus ojos.

La princesa se sintió culpable, le debía a Kristoff una explicación que estaba bastante atrasada, por lo que decidió enfrentar la realidad de una vez por todas.

– ¿Qué es lo que te sucede, Anna? – preguntó Kristoff molesto. Anna lo miró atentamente.

– No, ¿Qué es lo que te sucede a ti? – preguntó Anna mientras entraba a su camarote y dejaba a su bebé en la cuna.

– ¿A mi? – preguntó ofendido – tu eres la que insiste en querer ver a ese hombre que no te ha hecho más que daño – dijo Kristoff.

– Kristoff, tu estás equivocado – negó Anna – Hans me ha ayudado mucho. Él ha hecho cosas por mi que nunca pensé que alguien podría hacer. Te guste o no, él es el padre de mi hija.

– ¡Te has vuelto loca! – afirmó Kristoff

– Claro que no– negó Anna – ¿acaso no recuerdas como me ayudó cuando era prisionera en el castillo de Arandelle? él nos ayudó a los dos, si un hubiera sido por él estaríamos muertos.

– Trato de matarte a ti y a tu hermana – respondió Kristoff. – no importa lo que él haya hecho por ti, probablemente no era más que una farsa

– Kristoff… – murmuró Anna tranquilamente mientras lo miraba a los ojos – ha sido mucho lo que yo he tenido que pasar, mucho, probablemente no tanto como tu, pero aún así, si tu hubieras estado allí, si hubieras vivido lo mismo que yo he vivido, si hubieras visto a Hans el día que me salvó de la casa de su hermano, o aquella noche en que impidió que me suicidara, e incluso en aquella ocasión en que me llevó a casa después de que había sido herida por el ejercito de Natsia, entonces tu sabrías que nada de eso fue fingido, sólo yo estuve ahí, solo yo sé el alivió que siento cada vez que estoy en nuestra hermosa casa del lago, con mi hija, con él a mi lado – dijo Anna muy suavemente. Los ojos de Kristoff comenzaron a humedecerse.

– ¿Y yo, Anna? ¿Dónde quedo yo en toda esta historia? – preguntó Kristoff con la voz temblorosa, pero su cuerpo y quijadas firmes, como si esperara que en cualquier momento ella asestara el golpe final. Anna levantó su mano y la puso en su mejilla mientras le dedicaba una sonrisa.

– Tu tienes la oportunidad de rehacer tu vida, Kristoff, no la desperdicies– dijo Anna.

– No es justo, Anna – respondió Kristoff – él no ha hecho otra cosa más que dañarnos, por su culpa lo hemos perdido todo, y de alguna forma él ahora tiene la suerte de tenerte a ti, y a ella… – dijo refiriéndose a Eliza que dormía en la cuna.

– Sé que no me crees, Kristoff – dijo Anna quien trató de retirar su mano de la mejilla del recolector. Sin embargo él no la dejó, ya que puso la propia sobre la de ella.

– ¿Cómo podría confiar en tu juicio? – preguntó Kristoff – te ibas a casar con él luego de conocerlo por un día, y después te ibas a casar conmigo, a pesar de todos los pronósticos.

– No entiendo – Dijo Anna.

– No actúes como si no lo supieras, no actúes cómo si nunca lo hubieras pensado. Los dos sabemos que tu matrimonio con un plebeyo era una terrible idea, te hubieras convertido en una paria al interior de la nobleza, y tu hermana iba a tener muchos problemas para explicárselo a los demás miembros de la corte y del parlamento. A veces he llegado a pensar que nuestro matrimonio le costó a Elsa la cabeza.

– No digas eso– dijo Anna con la intención de reconfortarlo.

Lo cierto era que Anna si había pensado en aquel asunto en muchas ocasiones, en especial en aquellos oscuros días que siguieron a su estancia en Villa Kreig. Por incomodo que fuera, Frederick tenía razón cuando le dijo que su matrimonio con Kristoff había sido una terrible idea y ella no podía sacarse de la cabeza que en la derrota de Arandelle y en la muerte de Elsa había gran culpa de su parte. Poco después de las festividades navideñas, Anna escuchó el rumor de que había llegado a Arandelle la propuesta de Natsia para que eventualmente se llegara a un acuerdo de matrimonio con uno de los príncipes.

Anna era la segunda en la línea al trono, y nadie sabía si su hermana planeaba tener hijos, pero a juzgar por la vida solitaria que solía llevar, la mayoría apostaban por el "no", por lo que ella no solo tenía amplias posibilidades de convertirse en la madre del heredero al trono de Arandelle, sino que recibiría un ducado enorme y gran cantidad de tierras que de haber tenido otros hermanos pertenecerían a ellos. A pesar de lo anterior, la propuesta fue rechazada de tajo sin que ni Anna ni Elsa se hubieran detenido a pensar en las consecuencias.

Natsia le confirmó sus terribles sospechas la noche de su matrimonio. Si Elsa hubiera accedido a ese matrimonio arreglado, la historia hubiera sido muy diferente. Natsia nunca se habría aliado con las Islas del Sur y Elsa aún se encontraría con vida. Por meses, Anna se sintió avergonzada de sí misma. Ella se había negado a cumplir su deber como princesa, aquel papel que se le asignó al nacer, en cambio, decidió entregarse a sus caprichos y casarse con un plebeyo, y su hermana lo pagaba con su vida.

Le dolía aceptarlo, pero el difunto Rey de las Islas del Sur siempre estuvo en lo cierto. Elsa y Anna no eran buenas gobernantes, las dos fueron algo torpes, caprichosas y ligeramente egoístas, pero sobre todo, terriblemente ingenuas, y bien parecía que en la guerra la ingenuidad se pagaba con la muerte.

– Por favor, no digas eso– repitió Anna.

– Anna, tal vez tu piensas que lo amas, pero la verdad es que él tan solo te es necesario, cuando lleguemos a Arandelle te darás cuenta que ya no lo necesitas – dijo Kristoff.

– Tu crees que soy la misma persona que era hace dos años – dijo Anna molesta – pero yo ya no lo soy. No trates de confundirme. Yo sé lo que siento por Hans, yo sé exactamente lo que estoy haciendo.

– ¡Mentira! – susurró Kristoff furiosamente. El dio un par de pasos hacía adelante, tomó las mejillas de Anna en sus manos y la besó en los labios.

Anna no diría que sintió repulsión, pero estaba segura de que no quería ser tocada, ni obligada, mucho menos después de lo que le había ocurrido hacía dos semanas.

– Por favor suéltame, suéltame – pidió Anna mientras se deshacía de su agarre y se abrazaba a sí misma, casi como si quisiera protegerse. Kristoff la miró con preocupación.

– Anna. Yo no quiero lastimarte, jamás podría, yo te amo – dijo Kristoff quien sentía aquel enfermizo deseo de volver hacía el pasado, a aquellas tarde soleadas de otoño en algún campo a las afueras de la capital, en las que él recostaba su cabeza en su regazo en tanto la tela de su falda se abría cuan ancha era como si se tratara de una flor.

– Kristoff– dijo Anna recuperando su compostura – tu no me amas ya, tu amas un recuerdo. Yo soy otra persona, casi me siento rota, pero cuando estoy con Hans estoy completa. Lo lamento.

– ¿Lo lamentas? – preguntó Kristoff enfurecido– tu tampoco sabes lo que he pasado, no sabes lo que he hecho, no actúes como si no supieras cuanto daño me haces, tu…

– Tu vas a casarte – dijo Anna subiendo la voz.

– ¡Eso ya lo sé! – gritó Kristoff por lo que Eliza comenzó a llorar – eso ya lo sé, pero no lo hace más fácil, nada es fácil desde que te fuiste.

– Trata de entenderme, por más que yo quisiera no puedo estar contigo, ya no, todo es diferente. ¡Yo ya no te amo, Kristoff! – dijo Anna fuertemente. Kristoff se puso rígido y pálido, probablemente ella debió ser más delicada al decir aquello.

– Parece que todos los rumores que corren por las calles de Arandelle son ciertos. La princesa Anna no es más que una gran prostituta que se dedicó a abrirle las piernas a cada uno de los hermanos Westeguard hasta que quedó embarazada de uno de ellos, nada más que eso – dijo Kristoff con la voz cargada de veneno.

– Lárgate – dijo Anna muy lentamente mientras lo miraba a los ojos y le hacía entender que pese a que aquellas palabras no habían sido más que un error producto del calor del momento, nunca quedarían olvidadas.

Kristoff pasó saliva, era claro que se había dado cuenta de la magnitud de su error, pues abrió temblorosamente la puerta y se marchó enseguida.

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Anna y Kristoff no volvieron a hablar en lo que quedó del viaje. Él intentó acercarse a ella en son de paz, pero Anna no se lo permitió, le había quedado muy claro lo que él y la gente de Arandelle pensaban acerca de ella. Todos creían que lo mejor era que ella estuviera muerta.

Anna lloró en la oscuridad de su camarote mientras su hija dormía. Todos pensaban que el mundo estaría mejor si su hija y ella morían. Caleb y Lars las querían muertas, la gente de Arendelle parecía quererla muerta, incluso Kristoff y Karl querían dejar de lado su problemático recuerdo para poder continuar con sus vidas. Él único que la quería verdaderamente era Hans.

– No quiero seguir – murmuró Anna – no quiero seguir.

En ese momento, Eliza despertó, era hora de darle su comida. Anna la tomó entre sus brazos y la acunó suavemente. Su hija dejó de llorar en cuanto la alimentó y pareció corresponderle la sonrisa mientras bebía de su ceno. Eliza era lo único completamente puro en la vida de Anna. No podía dejarla sola a merced de todos aquellos hombres ambiciosos que habían decidido el destino de Anna. Puede que Elsa y ella hubieran cometido estúpidos, pero no se repetirían.

– Anna – dijo una voz que llamaba al otro lado de la puerta. Anna supo de inmediato que se trataba de Kristoff quien tocaba la puerta.

– ¿Qué sucede?– preguntó Anna luego de que acomodó a Eliza en la cuna y se puso su chal encima.

– Hemos llegado al puerto de Arandelle – dijo Kristoff.

– ¿En cual puerto vamos a desembarcar? – preguntó Anna. Mientras permanecía parada junto al marco de la puerta. Ella no quería que él tuviera la oportunidad de entrar.

– En el auxiliar – respondió Kristoff. Anna dejó salir una sonrisa cargada de ironía.

– Era de esperarse – dijo Anna quien sabía que Karl quería llamar la menor atención posible hacía la llegada de la princesa.

– Anna – comenzó nuevamente Kristoff – sé que me porté muy mal contigo, sé que no debí…

– No te preocupes, Kristoff, quedó en el pasado– dijo Anna quien no quería volver a hablar con él. Anna estaba demasiado deprimida y herida para volver a aquel tema. Ella sabía que Kristoff no solo le había mostrado lo que en realidad pensaba, sino que además le dio una muestra acerca de lo que pensaban los habitantes de ella.

Anna alistó su equipaje, pero antes, sacó los documentos de Hans del forro de la maleta. Cualquiera podría encontrarlos allí, era un escondite básico, por lo que ella tomó el oso de felpa de Eliza, descoció cuidadosamente la cabeza e introdujo los papeles en su interior. Después, ayudada de su kit de costura, volvió a cerrar el juguete.

El barco atracó en puerto con dificultad. El frio del otoño hacía que las olas estuvieran descontroladas, y bajar del barco fue más difícil de lo que habían planeado. Anna pudo ver a su esposo ser conducido a un carruaje especial de la prisión. Karl debía saber que ellos llegarían aquella noche. Mientras tanto, la princesa pudo ver a una pequeña multitud que se agolpaba en las rejas que separaban el puerto. Era muy tarde, por lo que no había razón de que hubiera gente en las calles.

– ¡Princesa Anna! – gritó alguien en la multitud. Fue entonces que ella entendió que venían a recibirla. El humor general no parecía oscuro, es más ella pudo ver personas con ramos de flores y obsequios, realmente estaban felices de verla. Anna intentó acercarse a las rejas, pero el fuerte agarre de Kristoff en su codo se lo impidió.

– No es seguro, Anna – dijo el recolector. Anna sonrió al escuchar aquello, puede que él estuviera en lo cierto, que pudiera haber un asesino en la multitud, pero lo cierto era que Anna seguía siendo más popular de lo que Karl y Kristoff habían anticipado, y en aquellos términos, usurpar su trono sería mucho más difícil de lo inicialmente pensado. ella levantó su mano y saludó en su dirección, dirigiéndoles una brillante sonrisa a lo que la multitud respondió con vítores y aplausos.

El carruaje marchó a toda velocidad. Por las calles empedradas, mientras que Anna veía que de tanto en tanto algún curioso que veía la comitiva al lado del camino tiraba flores en su dirección o que una que otra persona en los balcones agitaban la bandera de Arandelle al verla pasar. Definitivamente, ellos se habían equivocado, Anna era aún muy popular. En aquel momento, el cerebro de la princesa comenzó a funcionar a toda marcha, pero para que su plan tuviera resultado necesitaba comprobar que aún tenía la lealtad de Kai y Gerda de su lado.

El corazón de Anna dio un gran vuelco cuando el carruaje atravesó los arcos de las puertas del castillo. El paisaje era conocido, pero ella no podía evitar sentir que había algo terriblemente diferente en toda aquella escena. Como si la realidad no colmaran sus expectativas.

Anna bajó lentamente con su niña en brazos al tiempo que un gran sequito de servidumbre hacían una pronunciada reverencia al verla pasar. Anna vio algunos rostros conocidos, a Becky, Kai y Gerda, pero prefirió ignorar a una chica que no parecía estar feliz de verla. Catherine se encontraba al final de la fila, sin embargo, ella ni siquiera le dedicó una mirada, con la intención de intimidarla. Después de todo, de algo le tenía que servir su estatus como princesa de Arandelle.

– Majestad – dijo Kai mientras se acercaba a ella. A Anna no se le escapó el detalle de que él la había recibido con el titulo de reina. Aquel era su día de suerte, la lealtad de Kai se encontraba con ella.

– Sea bienvenida a su casa, esperamos que encuentre el palacio en buenas condiciones, hemos estado preservándolo para su regreso, el regreso de la legitima heredera – dijo Kai. Anna leyó entrelineas, el lord encargado del castillo también parecía pensar que Karl se estaba comportando como una especie de usurpador, ambicionando algo que no tenía la posibilidad de alcanzar. Anna sonrió y pensó que era algo irónica la forma en funcionaba la monarquía, Karl era quien había recuperado la libertad de Arandelle, era quien tendría el derecho a gobernar, pero no sería así mientras existiera alguien con sangre real lo suficientemente fuerte como Anna, quien no había hecho otra cosa para merecerlo que nacer en la familia y en el momento indicados.

– Todo se ve muy bien, Kai has hecho un excelente trabajo– dijo Anna– ¿te molestaría reunirte conmigo más tarde? – preguntó la chica. – quiero saber exactamente en qué estado se encuentra el jardín, mis flores han estar completamente muertas sin nadie que las cuide.

– Por su puesto, Majestad – dijo Kai quien entendió que debía tratarse de un asunto urgente si es que ella insistía en hablar con él a media noche después de un viaje tan largo .

Anna miró alrededor. Todo en aquel lugar le traía recuerdos variados, algunos felices, otros no tanto. Anna encontró su equipaje esperándola en su habitación. Era extraño, pero aquel cuarto ya no parecía propio, más bien parecía que lo hubieran re adaptado para ella. De repente, Anna vio una diminuta muñeca de porcelana en una de las repisas. Aquel objeto no le pertenecía, debió ser dejado por aquellos que hicieron la limpieza. En ese momento, Anna recordó que Jorgen tenía una hija de trece años, probablemente aquello pertenecía a la niña.

Se suponía que ella debía odiar todo lo que proviniera de las Islas del Sur, y a todas sus familias, pero ella no podía hacerlo. Anna sabía muy bien cual era la vida para una de las esposas de los hermanos, y la familia de Jorgen no debía ser especialmente afortunada, más aún con un padre que era poco menos que un tirano.

En aquel momento, alguien tocó la puerta, Kai entró rápidamente y dejó una bandeja sobre la mesa en el centro de la habitación.

– Pensé que le gustaría comer algo, majestad – dijo Kai mientras hacía una reverencia.

– Kai, estoy tan feliz de verte – dijo ella mientras le daba un fuerte abrazo. El maestro del castillo le correspondió con la misma ceremonia y elegancia con la que siempre se comportaba.

– Yo también majestad, pero me temo que la situación es difícil, la resistencia está dividida, unos la quieren en el trono y otros no – dijo Kai firmemente.

– Quiero saber quienes me quieren en el trono y quienes no– respondió Anna.

– Los antiguos nobles financiaron la guerra en contra de las Islas del Sur, todo, a cambio de que sus privilegios fueran restablecidos, pero estoy seguro que Andersen y otros militares menores de origen no noble no quieren que el antiguo orden sea restablecido. Yo llevó conspirando con la nobleza por semanas desde que las Islas del Sur fueron expulsadas, por ahora llevamos la ventaja. Karl y sus seguidores la quieren de vuelta, solo para que les dé el nombre de un Rey marioneta

– Lord Fontain debe estar de nuestra parte – dijo Anna refiriéndose al noble que ocupó el lugar de regente durante el gobierno de Elsa, en tanto ella cumplía la mayoría de edad.

– Lord Fontain nos apoya, sin lugar a dudas, pero no se encuentra en capacidad de tomar las riendas del país por su avanzada edad – dijo Kai – la única persona que podría asumir el trono es usted.

– No te engañes Kai, yo estoy casada con un Westerguard, tener un miembro de la familia como Rey consorte sería mucho más de lo que lo que el pueblo de Arandelle puede soportar – opinó Anna.

– Entonces, debe haber alguien, alguna persona con la suficiente sangre real para ocupar el lugar del regente, por lo menos hasta que la heredera al trono pueda ascender – dijo Kai ligeramente desesperado.

– La hay, Kai, la hay, pero necesito tu ayuda, necesito que convoques al parlamento, mañana a las nueve de la mañana todos deben estar aquí – dijo Anna.

– Será difícil, su majestad, pero puede hacerse, ¿debemos mantener esto en secreto del General Andersen y de su gente? – preguntó Kai.

– Por su puesto que sí, ellos no pueden saber qué los golpeó – dijo Anna.

Anna se quedó sola después e discutir un poco más con Kai los pormenores de su plan, lo cierto era que la Anna de otra época hubiera dudado en hacer algo como aquello. la Anna del pasado no sabía nada acerca de política, ni de conspiraciones, no le interesaba el trono, y hubiera dejado que Karl tomara el trono y habría sido la victima de toda esta historia, habría aceptado su arresto domiciliario, ser separada de Hans y de su hija, pero las cosas eran muy diferentes, ella nunca se volvería a ver tan atrapada como estuvo en el pasado, así tuviera que jugar muy sucio para obtener lo que quería.

La princesa caminó hacía su escritorio en donde tomó hoja y papel, quería escribir una carta a Lars. Él príncipe Lars le debía unas cuantas explicaciones a Anna, y era hora de hacerle entender que le pagaría por su traición. Ahora más cuando ella tenía la sartén por el mango.

– Kai, necesito hacer llegar esto al Príncipe Lars de las Islas del Sur – dijo Anna entregándole una carta al maestro del castillo – ¿Hay alguien capaz de cumplir esta tarea en quien podamos confiar?

– Por su puesto, pero me temo que su carta no tendrá que viajar todo el trayecto a las Islas del Sur– dijo Kai mientras calmadamente – los informes de la inteligencia dicen que el príncipe se encuentra en la frontera con Malengrad, al parecer está evaluando si es posible retomar Arandelle, hay ejércitos esperándolos, no nos tomará desprevenidos. – le explicó Kai.

– En cuanto reciba esto, abandonará su idea y pedirá una audiencia inmediata conmigo – dijo Anna confiada – necesito que lo dejen pasar.

– ¿Qué es lo que pretende, princesa? – preguntó Kai.

– Venganza y chantaje– dijo Anna.

Kai abrió los ojos en señal de sorpresa, pero no dijo nada, tan solo hizo una pronunciada reverencia y se marchó.

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Anna sabía que debía estar exhausta, ya eran cerca de las dos de la mañana y ella apenas había logrado dormir unos minutos, pero debía moverse rápido, más rápido que Kristoff y Karl, de lo contrario ella sería la perdedora en toda esta historia, nuevamente. Anna sonrió, probablemente Rudi tenía algo de razón, probablemente ella era un ratón condenado a morir debajo de la garra del león, pero ya no más. La princesa tenía una serie de personas que dependían de ella, y no volvería a ser lo suficientemente cabeza hueca como para que toda una invasión ocurriera a sus espaldas. Esta vez, Anna estaba preparada, ella lucharía con todas las armas a su disposición.

Por lo anterior, Anna decidió bajar a los calabozos acompañada de uno de los hombres de confianza de Kai y de una pálida lámpara de keroseno. Anna caminó por los oscuros y húmedos pasillos en donde el frio del otoño se sentía con más intensidad. Aquel lugar era muy parecido a las Islas del Sur, demasiado para el gusto de Anna. De repente, la princesa se topó con una celda con cuatro personas dentro, una mujer y tres niñas muy jóvenes. Ella las reconoció inmediatamente, se trataba de la esposa y las hijas de Jorgen.

Anna sintió un inmenso pesar al verlas allí durmiendo en montones de paja, mientras que trataban de calentarse con una raquítica manta. Lo que las Islas del Sur hubieran hecho en Arandelle no era culpa de aquella mujer y esas tres niñas pequeñas. Anna se molestó con el General, ¿acaso estaba tan cegado por su odio como para no tener la suficiente compasión para mandar a esta familia de vuelta a las Islas del Sur?

Fue entonces que un oscuro pensamiento la golpeó. Arandelle no estaba tratando a los prisioneros inocentes de una forma muy diferente a como la habían tratado a ella. Anna entendió entonces que en realidad no hay buenos ni malos, hay bastantes de cada uno en cada bando, así como hay oscuridad en cada uno de nosotros.

– ¿Princesa Anna? – preguntó la esposa de Jorgen quien se despertó lentamente a causa de la luz de la lámpara.

– Hola Marie, ¿usted y sus niñas se encuentran bien? – preguntó Anna.

– No, No alteza, mi hija menor sufre de fiebres, creo que es una enfermedad propia de la cárcel, he tratado de curarla, pero apenas nos dan comida, el agua es turbia, y me preocupa que pronto la mayor pueda enfermarse – Anna se arrodilló frente a la reja, sacó la figurilla de porcelana de su bolsillo y estiró su mano.

– Esto te pertenece– le dijo a la hermana mayor. La niña lo tomó temblorosa y Anna continuó – veré que puedo hacer. Aún no sé cuanto poder tengo para ayudarlas, pero trataré de hacer todo lo que esté en mis manos para hacerlo – dijo la princesa.

– Gracias, muchas gracias – respondió Marie mientras comenzaba a llorar. Anna asintió y se marchó en compañía del guardia.

– Es una vergüenza, puede que sean las hijas de Jorgen, pero nunca me habría esperado que en Arandelle también torturáramos viudas y niñas pequeñas – le dijo Anna al guardia.

– Nadie lo sabe su majestad, lo mantienen en secreto – dijo el guardia quien tampoco parecía aprobar aquello. Anna se quedó en silencio, pero no pudo pensar amargamente en las similitudes con su propia situación cuando llegó a las Islas del Sur.

De repente, Anna se estremeció al ver la celda al final del pasillo. Hans dormía en ella pacíficamente sobre montones de paja muy parecidos a los que tenían Marie y sus hijas.

– Hans – lo llamó Anna.

– ¿Anna? – preguntó Hans mientras despertaba y se ponía de pie. – ¿te encuentras bien? – preguntó Hans. Después de contestarle que sí Anna le contó los pormenores de su encuentro con la familia de Jorgen y la delicada situación en la que se encontraban.

– Le escribí a Lars – dijo Anna

– ¿Con qué fin? – preguntó Hans.

– Le dije que debía pedir por tu vida, y me aseguraré que también intervenga a nombre de Marie y sus hijas– dijo Anna firmemente, a lo que Hans respondió con una risa cargada de ironía.

– ¡Ha!. El no hará nada por nosotros, no ganaría nada con aquello, no hará nada por nosotros, estamos solos en esto – dijo Hans.

– Lo hará, él vendrá – dijo Anna firmemente. Hans se la quedó mirando atentamente, él sabía que la única forma para que ella estuviera tan segura era que ella lo estuviera chantajeando.

– Bien, si tu lo dices, yo te creeré – dijo Hans ligeramente sorprendido de la rapidez con la que Anna había actuado.

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Anna tan solo había entrado al salón en donde se llevaba a cabo las reuniones de parlamento en dos oportunidades, una cuando sus padres murieron, y la segunda, poco antes de ser coronada Elsa. Para ella, las reuniones políticas no eran más que interminables conversaciones sin ningún sentido, y tan solo muy tarde se dio cuenta de que su vida dependía de aquello que se discutía en aquel salón.

Los miembros del parlamento entraron lentamente en el salón. Anna vio muchas caras conocidas que la saludaban con una pronunciada reverencia, y otras caras no tan conocidas que abordaban a Karl. Anna sabía que ella sola no podría vencerlo, no tenía el suficiente poder ni la inteligencia para hacerlo, pero si contaba con la ayuda de los lores más poderosos todo estaría bien.

La sesión comenzó, y aunque era obvio que Karl estaba haciendo su mejor esfuerzo por justificar la razones por las que había quitado muchos privilegios a la nobleza, así como títulos y propiedades, también era dolorosamente claro que los mismos señores que le habían brindado su apoyo y dinero para financiar la guerra, le estaban quitando su apoyo. Anna no pudo de sentir algo de incomodidad, pues muy en el fondo ella sabía que Karl tenía razón, que Arandelle podía usar aquella oportunidad para cambiar las viejas tradiciones, pero también sabía que su posición era parte de ese antiguo y obsoleto mundo que él pensaba abolir, por lo que no podía dejarlo ganar, así no fuera lo correcto.

– Princesa Anna – comenzó uno de los sujetos mientras que todas las miradas se volteaban en su dirección.

– Me temo que es imprescindible preguntarle su opinión– dijo Lord Fontain quien había ocupado el puesto de regente mientras que Elsa cumplía la mayoría de edad, y que de seguro estaba de su parte.

– En su opinión ¿quién debería ocupar el puesto de regente? Si es que tenemos necesidad de uno – preguntó.

Anna sabía que aquel era su momento, se jugaría en aquel pequeño instante no solo la posibilidad de regresar a su casa en lago en las Islas del Sur, sino que también se encontraba en discusión la posibilidad de ascender al trono de Eliza, la vida de Hans y la de la esposa y las hijas de Jorgen. Anna sabía que debía dar aquel discurso de una forma tranquila, despertando la mayor compasión posible, pero a la vez, evitando sonar histérica y patética. Después, ella volteó hacía el enviado de la prensa, todo lo que dijera sería atentamente escuchado.

– Señores, honorables miembros del parlamento – dijo Anna de la misma manera en la que Elsa se dirigía a ellos. Anna se sorprendió al escuchar lo imponente que se oía su voz, se suponía que ella no era así, tan solo era una niña tonta torpe al hablar, pero en aquel instante, todo aquello debía desaparecer, había mucho en juego.

– Creo firmemente que mantener nuestras tradiciones es indispensable luego de que las Islas del Sur hayan intentado quitarnos nuestra cultura. Mi familia han sido los gobernantes de Arandelle por casi 600 años, cuando aún no podíamos ser llamados nación, cuando éramos aún el pueblo vikingo. Es importante reafirmar nuestra identidad y preservar la tradición– dijo Anna emocionada repitiendo un discurso que había practicado en su cabeza miles de veces.

– Estoy muy consciente de que no soy la persona más idónea para ser llamada reina. Me guste o no, estoy casada legalmente con Hans Westerguard, no planeo separarnos, menos ahora que tenemos una hija, pero mi pequeña Eliza si podrá ser Reina. Estoy segura de que luego de 21 años, las heridas de esta guerra estarán sanando y necesitaremos a alguien que continúe con nuestras tradiciones, Eliza será la persona ideal para tal tarea. – dijo Anna.

– Por favor – se burló Karl al otro lado de la sala – cómo podrá ser una buena reina si es una Westerguard y además será criada como una súbdita de las Islas del Sur.

– El hecho de que sea una Westerguard no importará dentro de 21 años. – dijo Anna tranquilamente – con Eliza en el trono estaríamos preservando 600 años de tradición. Y si me dejan hacerlo, en mi calidad de princesa heredera, yo podría restablecer todos los privilegios y títulos tal y como estaban antes de la guerra. – aquella última frase recibió un atronador aplauso. Anna estaba poniendo sus condiciones, si ellos le daban el trono a su hija, ella les devolvería sus privilegios, era así de sencillo.

– Su Majestad – dijo Karl casi molesto – para eso tendríamos que elegir un regente, ¿Hay alguien que pueda ocupar ese lugar?

– Si – dijo Anna, mientras que el salón estallaba en murmullos – hay alguien con la suficiente sangre real para gobernar, pero que a la vez, no tiene las condiciones legales para ser rey, y que en su debido tiempo devolverá todo a la normalidad– el salón se quedó en profundo silencio.

– Señores – inició Anna nuevamente – desde hace poco más de un año he guardado celosamente un secreto, lo hice por el bien de Arandelle, por el bien de la monarquía. El Rey de las Islas del Sur ordenó a sus hijos averiguar si yo sabía el nombre de otra persona que podía ocupar el trono, lo que yo tuve que sufrir a causa de esta orden fue completamente indescriptible. Yo no planeo aburrirlos con relatos acerca de los horrores que vi en las Islas del Sur, para recordarlos tengo cicatrices en mi cuerpo que me lo recuerdan todos los días – continuó.

Ella sintió satisfacción al darse cuenta del impacto que estaba causando. Anna necesitaba borrar aquella impresión que algunos tenían de que era una traidora a Arandelle.

– Posiblemente sea por eso que no puedo odiar a Hans Westerguard, porque él me sacó de ese infierno, y sin saberlo, nos hizo un enorme favor a todos, no solo logré pasar información clandestina a la resistencia, como ustedes ya lo saben, sino guardar en secreto la existencia de la persona idónea para gobernar en tanto mi hija asume el trono– concluyó Anna.

Este era el momento que ella había estado esperando, finalmente, todo lo que había sufrido el último habría tenido algún sentido. Anna sacó un pequeño bolso de tela que traía consigo, y sacó de él sus muñecas, las mismas que tenían la apariencia de Elsa y la suya, así como un par de tijeras. La princesa comenzó a cortar lentamente los hilos de las costuras que mantenían las cabezas atadas a los cuerpos y sacó del interior una serie de documentos.

– Sabía que objetos sentimentales como estos no serían revisados por los agentes de las Islas del Sur– dijo Anna mientras estiraba las arrugadas hojas – hace años, mi padre nos confesó a Elsa y a mi que teníamos un medio hermano. Papá se había asegurado que Elsa pudiera convertirse en reina, pero lo cierto es que él tuvo un hijo años antes de ser comprometido con mamá. La relación no tuvo buen término, pero les dejó un heredero.

– Mi hermano, Lief Heinsen, como se le conoce, es un Baronet rural en la región de Bert. Es un noble, lo suficientemente bueno como para ocupar el trono temporalmente, pero su condición de hijo ilegitimo nunca le permitirá reinar permanentemente de acuerdo a nuestras leyes. Él hace parte de la nobleza, entiende nuestras tradiciones, y no le importará preservar los privilegios que se han tenido hasta ahora – continuo. Anna los vio asentir a todos, era claro que la parte más conservadora del parlamento aprobaba su propuesta, mientras que Karl pensaba que no era justo. Después de todo, él había liberado Arandelle. Anna miró al agente de la prensa quien estaba transcribiendo su discurso rápidamente y entendió que sus palabras serían escuchadas por cada uno de los ciudadanos que al día siguiente abrieran un periódico.

– Este es mi regalo para Arandelle, el secreto que tanto sufrimiento me costó. Tortura, violación, toda clase de violencia que puedan imaginar, la he sufrido solo por este momento, para traerles el nombre de esta persona ante ustedes, les pido, así como le ruego a cada persona en este reino que no desprecien mi esfuerzo, mi lealtad – continuó con la voz temblándole por la emoción – el General Andersen cuestiona mi lealtad y cuestiona que Eliza podría en el futuro no tener la suficiente influencia de Arandelle para tomar el poder, pero lo cierto es que yo podría aceptar que parte de su educación se llevara a cabo en las academias de Arandelle.

Los murmullos estallaron nuevamente era claro que el parlamento se tomaría un buen rato en decidir, pero también era dolorosamente cierto que sus palabras pesarían en la discusión, de tal forma que lo pensarían dos veces antes de negarle a la Princesa Anna aquello que ella pedía después de que había tocado la sensibilidad de todos. Pasaron otro buen par de horas antes que llegara la hora de la votación.

– Está decidido – dijo el moderador mientras golpeaba con su maso – la propuesta de la Princesa Anna está aceptada.

Anna sabía que aquella feliz resolución no era absoluta, como ella misma había dicho minutos antes, mucho podía cambiar en 21 años. Adicionalmente, el pobre Lief no tendría una vida fácil de aquí en adelante, tendría que adaptarse a las intrigas palaciegas y convertirse en el títere de la nobleza que lo apoyaba. Ella se sintió culpable mientras que recordaba los viajes de verano que hacía con su padre en los que solía encontrarse con aquel simpático niño rubio un par de años mayor que ella, al que había llegado a querer como una especie de hermano

Un par de veces al año, su padre la llevaba al campo. Anna sabía que Elsa nunca dejaba su habitación, pero no entendía porqué su madre no las acompañaba, probablemente para ella era demasiado doloroso tener que ver al hijo de su esposo, el recuerdo de una relación que no había podido ser. Cuando Anna creció, Elsa y ella entendieron la verdadera magnitud de la existencia de Lief, pues si algo les llegaba a ocurrir a ellas, él podría ocupar su lugar .

Anna nunca quiso que la vida de su hermano cambiara por su culpa, por lo que se esforzó lo que más pudo para que las Islas del Sur no lo alcanzaran. Después de todo, pese a no ser tan cercanos él era la única persona que le quedaba.

En las horas de la tarde, cuando se encontraba cerca de ocultarse el sol, llegó la visita que había estado esperando.

– Majestad– inició Lars ceremoniosamente.

– Príncipe Lars – inició Anna victoriosa – es un placer tenerlo aquí, en Arandelle– en aquel momento, ella entendió que la bola de juego estaba en su terreno, y que Anna tenía todas las de ganar en aquella situación.


Hola a todos, sé que dije que este sería el último capitulo, pero lo cierto es que me ha salido muy largo, aún me hacen falta eventos para cerrar todo. Lamento haberme demorado tanto en publicar, pero ustedes saben como es esto, todos tenemos vidas y eso, pero estoy tan emocionada porque finalmente este fic esta cerca de la conclusión TT_TT.

RESPUESTA A LOS REVIEWS

Loreley9: Hi! Thanks for the review, creepy Kristoff hurts my heart to be honest, especially because I ship him with Anna, but, I don't know I am throwing all these crazy ideas in this fic no matter how dark or twisted. And the Hanna baby… :3 yeah I love it too.

Nazareth ncdz: Hola, gracias por el review, no sé que contestar, porque temo hacer spoiler, pero me alegra tanto que hubiera gustado que Anna fuera la que matara a Rudi, yo quería que al final del fic ella se viera más fuerte, como que ya no era tanto una victima de las circunstancias, sino se vea que realmente aprendió de sus errores y puede ser una persona más fuerte y más inteligente.

MirrAniy: Hola, gracias por el review, la verdad es que toda la conclusión con Kristoff la estoy guardando en mi cabeza para la escena final, desde el principio tenía una idea de cómo quería que todo acabara con él, la verdad es que ha cambiado un poco en el camino, pero no lo suficiente para desviarme de lo que inicialmente quería.

Solesc: Lo siento, lo siento, lo siento, se que te debo por lo menos un fic de Kristanna, es lo mínimo que te debo después de todo este tiempo. Por ahora solo nos queda esperar a Frozen 2 y esperar que hacen los creadores con Anna y Kristoff. Muchas gracias por haber leído a pesar de que yo sé perfectamente lo que sientes por esta pareja TT_TT.

Judith94: Hola gracias por el review. Siii! Esa fue mi intención, siempre que veo una película o una serie me da risa que rescatan al protagonista justo a tiempo, por eso dije: que diablos, aquí no. Deshacerme de Rudi es lo más reconfortante que he escrito, pero a la vez, era el uno de los personajes más divertidos que he escrito, al menos para mi lo fue, a pesar de lo malo. Sobre el final feliz….. nada porque spoiler.

Jeinesz06: Hola, muchas gracias por los reviews, me encanta cuando leo este tipo de reviews, seguidos en los que la gente deja su opinión a lo largo de los capítulos porque uno ve la progresión de lo que ustedes pensaron a lo largo del fic (jejejejejej ese capitulo 7 fue el colmo ¿no es así? ^_^' lo siento…) espero que te gustara este episodio, como claro que tienes permiso para utilizarlo, muchas gracias por leer.