[La Resolución: Segunda Parte]
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Anna le dirigió una mirada condescendiente a Lars. Un año antes, ella nunca se hubiera atrevido a imaginar que en algún punto se encontraría en una posición ventajosa frente a su familia política. Probablemente, de haber sido así, hubiera preferido tener la oportunidad de humillar a otros miembros de la familia que la hubieran lastimado, como el Rey o Rudi, pero tendría que conformarse con Lars. Él sería el receptor de todo su odio en aquel momento.
– Majestad – repitió Lars tratando de llamar la atención de Anna, pero ella decidió permanecer en silencio mientras que se acercaba muy lentamente hacía él. De repente, ella se dio cuenta de que el único sonido que se podía escuchar era el de sus tacones y el murmullo de su fina falda de muselina contra el suelo de madera.
– Príncipe Lars – respondió Anna haciendo una larga y elegante venia. Su madre se habría sentido orgullosa, pensó Anna sarcásticamente.
– Princesa – comenzó nuevamente Lars quien comenzaba a impacientarse.
– Príncipe – prosiguió Anna quien descaradamente se dio media vuelta y se sentó en el trono que en otra época hubiera pertenecido a su hermana.
– Escuché acerca de su fracaso en la frontera de Malengrad. Uno de mis contactos me comentó que usted y Caleb planeaban una invasión sorpresa a Arandelle. Pero, me temo que estaba condenada al fracaso desde el inicio, pues nunca fue una verdadera sorpresa– continuó Anna arrogantemente. Ella sonrió al ver que un fuerte color rosa invadía las mejillas de Lars. Estaba claro que él se encontraba molesto.
– Mis planes fallidos no son motivo para que yo esté aquí– dijo Lars frustrado– ¿No es así princesa?
– No, no lo es– respondió Anna dedicándole una sonrisa.
– Princesa, no pretendo ser grosero, pero necesito ir al grano, no tengo tiempo que perder – continuó Lars exasperado.
– Mi carta debió alterarle, príncipe Lars, de lo contrario, usted no estaría acá – dijo Anna firmemente.
– No son mas acusaciones sin sentido – dijo Lars mientras sacaba una pieza de papel que ella misma escribió. Lars blandió la hoja como si quisiera desprender la tienta del papel.
– Son puras tonterías– continuó Lars.
– Y aún así, usted se encuentra aquí– concluyó Anna.
– Yo quiero…
– ¡Lo que usted quiera es completamente irrelevante, Princesa!– exclamó Lars quien por primera vez perdió la calma. Anna nunca lo vio tan descompuesto como en aquel entonces.
– Oh, claro que es importante – dijo Anna con una sonrisa contenida entre sus labios. – Quiero que las Islas del Sur retiren sus tropas de la frontera, quiero que mi esposo salga de la cárcel y quiero que la familia de Jorgen vuelva a las Islas lo mas rápido posible – continuó Anna en un tono peligrosamente bajo, mientras abandonaba el trono y caminaba muy lentamente hacía Lars.
Anna se dio cuenta de que sus ojos nunca abandonaron los de Lars. Sus miradas se enfrentaron, y por primera vez en su vida ella sintió lo que significaba el verdadero poder. Era una verdadera lástima que no pudiera quedarse con el cargo de reina, ya que ella estaba comenzando a notar lo bien que le iba la corona sobre su cabeza.
– Tu padre te dejó esto– dijo Anna mientras sacaba una pieza de papel que ella misma había transcrito horas antes.
– Es tan solo una pieza de papel en la que tú escribiste– dijo Lars mientras que frenéticamente lo tomaba de sus manos.
– ¿No habrás pensado que te daría la original? – preguntó Anna sarcásticamente. – esa carta reproduce una a una las palabras de la original, y te prometo que si en dos días mi esposo no está libre de prisión, al igual que la familia de Jorgen, la verdadera, así como cientos de copias irán a parar en periódicos de todo el mundo. Me muero de ganas de ver lo que opinaran todos cuando se enteren de que el Rey llevaba semanas siendo envenenado por sus propios hijos.
– ¡Esto es una locura!– gritó Lars furioso.
– Dime que aceptas mis términos, y todo quedará en el pasado, esta carta nunca tocará la luz del día.
– No se si pueda cumplir… – murmuró Lars completamente desesperado.
– Si no están dispuesto a darme lo que quiero iré hacía otras…
– ¡Espera!– gritó Lars casi desesperado. Anna casi pudo leer sus pensamientos, después de todo, había pasado meses planeando, y haciendo cuidadosas estratagemas para lograr quedarse con el trono, no podía dejar que un inconveniente como aquel se pusiera en su camino.
– Espera– repitió el príncipe sin aliento – te daré lo que quieres.
– ¿Lo harás? – preguntó Anna.
– Pero yo también tengo una condición, tu y Hans nunca volverán a poner un pie en las Islas del Sur.
– No puedo prometer eso – Dijo Anna quien no se sentía capaz de condenar a su esposo a una vida entera en el exilio. Después de todo, él no iba a tener injerencia alguna en aquella decisión tan delicada.
– Esta bien, esta bien– aceptó Lars – Solo podrán visitarnos durante el verano, el resto del año, permanecerán aquí, alejados de la opinión pública – concilió el Principe quien parecía desesperado por que Anna tomara su propuesta.
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– Tenemos un trato, Lars– dijo estirando su mano en dirección al príncipe. Él la estiró y firmemente llegaron a un acuerdo.
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– Posiblemente él esté ganando más con este trato de lo que nosotros lo hacemos– dijo Hans.
Anna se re acomodo sobre el pecho de su esposo, mientras que este permanecía con la espalda recostada sobre la dura pared de la cárcel debajo del castillo. Anna había pasado el resto de la tarde luego de su conversación con Lars visitando a los nobles en sus antiguas mansiones en la ciudad capital de Arandelle.
Ella quería lograr adeptos para la causa de su hija. Sin embargo, Anna se cuidó de nunca tocar el tema del encarcelamiento de Hans. Ella sabía que cualquier simpatía hacía su esposo podría ser interpretada en su contra, por lo que el futuro de Hans y el de la familia de Jorgen pesaba única y exclusivamente en Lars.
– Lo sé – respondió Anna dejando salir un largo suspiro– de lo contrario él nunca habría aceptado.
– ¿Crees que funcionará? – preguntó Hans – ¿crees que realmente podremos seguir juntos después de esto?
– Lo sé, sé que podremos– contestó Anna ilusionada – hemos pasado por tanto, solo será un poco más antes de que podamos ganar nuestra libertad.
– Libertad – suspiró Hans mientras enredaba sus manos en el cabello rojo de Anna– Te aseguro que ninguno de los dos no tiene ni la menor idea de lo que significa aquello.
– No, probablemente no– contestó Anna mientras que no dejaba de pensar en que su vida había sido una sucesión de prisiones, una tras otra, siempre puertas cerradas sin salida, siempre prisionera, siempre atrapada por las circunstancias, probablemente, esta sería la primera vez que tomaría las riendas de su vida, y lo que ella ahora quería era vivir con su nueva familia, no importaba en donde fuera si en Arandelle o las Islas del Sur, su casa en el lago, aquel lugar idílico no era un lugar en un espacio geográfico, era un estado en su mente que solo podría ser posible si Hans y su hija seguían a su lado.
– Saldremos de aquí, sé que lo lograremos– dijo Anna antes de que una serie de voces y pasos interrumpieran su calma.
– Su majestad insistió en venir, y yo… – Dijo el guardia que la había conducido hacía aquella celda minutos antes. Anna se puso de pié y se alejó de Hans dirigiéndose hacía los barrotes con el fin de averiguar qué sucedía.
– ¡Anna!– gritó Kristoff enfurecido mientras se acercaba a los barrotes.
_ ¿Qué es lo que se supone que estás haciendo aquí? – preguntó. Anna nunca lo vio tan molesto como en aquel momento. Él casi le recordaba uno de aquellos furiosos guerreros vikingos del pasado.
– Vine a visitar a mi esposo – dijo Anna firmemente mientras se ponía de pie.
– Sal de ahí– dijo Kristoff mientras abría la celda y la sacaba sin el menor cuidado, halando su codo. Anna agradeció silenciosamente que Hans fuera tan inteligente, ya que supo de inmediato que debía mantenerse al margen de la situación. Desafortunadamente, la princesa no siempre tenía la cabeza lo suficientemente fría.
– Así que eres tú el que está a cargo de la cárcel, entonces eres tu el que está matando a esas niñas de hambre– dijo Anna furiosa. Kristoff se detuvo de repente y la miró atentamente.
– ¿A qué te refieres? – preguntó Kristoff sorprendido, mirándola fijamente.
– ¿A qué me refiero? – preguntó ella burlándose. – A las hijas de Jorgen, no son más que niñas y todas se encuentran en esta cárcel. Su mamá teme que la menor y la mayor pudieran haber contraído fiebres, y no tienen suficiente comida.
– ¿De qué se supone qué está hablando la princesa? – preguntó Kristoff a uno de los hombres que lo acompañaba. Anna no había reparado en su presencia, pero parecía un soldado de alto nivel.
– Son la esposa y las hijas del tirano, no merecen nada mejor– dijo el hombre quien parecía casi poseído. Anna sabía que había algo muy mal en él, y Kristoff debía saberlo también, ya que la dejó ir y tomó el cuello de la camisa del sujeto.
– ¿A qué se refiere la princesa? – preguntó Kristof amenazadoramente– el General Andersen fue muy claro, sus ordenes eran no dañar a las niñas y a la mujer, no podemos tratarlas como animales, no podemos simplemente asesinarlas en sangre fría, no es lo correcto.
– ¿Lo correcto? – preguntó el soldado empujando a Kristof con una fuerza que ninguno de los presentes pensó que tuviera, después de todo, se trataba de un sujeto de unos 60 años, con el cabello algo blanco y extremadamente flaco.
– A ellos no les importó aquello cuando entraron a mi casa y mataron a mis hijos, a mi hija embarazada, e incluso al personal de la cocina, no son más que monstruos, y esa mujer no es más que una traidora – dijo apuntando hacía Anna.
– ¿Cómo se atreve a defenderlo? ¿cómo se atreve a pedir por la vida de esos animales? – preguntó – ¿Es que acaso no recuerda el sacrificio de la reina? y de todos los que murieron… – dijo el soldado blandiendo un dedo acusador hacía ella. La mirada de Kristoff se ablandó y se dirigió hacía los demás soldados.
– Será mejor que lo lleven a su casa, y manden llamar a un medico para la mujer y las niñas, no podemos dejar que se enfermen.
Los soldados restantes se marcharon llevando al hombre quien no dejaba de gritar e insultar.
– Puede que de alguna retorcida manera tu hayas encontrado la manera de perdonar a Hans, pero no nos pidas que todos sigamos tu ejemplo, algunos de nosotros simplemente no podemos hacerlo– murmuró Kristoff una vez los dos se encontraran solos. – Salgamos de aquí, prefiero estar en cualquier sitio menos aquí.
– Yo también – respondió Anna. Los dos caminaron silenciosamente hasta el tejado en donde solían observar las estrellas antes de que todo aquel desastre empezara.
– No todos los que viven en las Islas del Sur son monstruos – dijo Anna mientras que sentía la cálida brisa del verano que se aproximaba en su rostro.
– Lo sé, pero no puedes esperar que aquellos que no han visto más de violencia de parte de esa gente lo entienda– contestó Kristoff.
– Sé que muchos no me creerán, sé que muchos me desprecian, pero en realidad eso no me importa, nunca me ha importado mucho lo que piensen de mi– dijo Anna encogiendo los hombros mientras que ambos dejaban los calabozos y se encontraban de vuelta en los jardines del castillo.
– Lo sé– respondió Kristoff sintiendo como completamente ciertas cada una de aquellas palabras. Después de todo, ella lo había aceptado a pesar de la negativa de todos.
– Pero, por extraño que parezca, aun me importa lo que tu pienses de mi – respondió Anna deteniéndose de repente. Kristoff la imitó y volteó hacía ella. Por primera vez desde su primer encuentro, él sintió algo que no fuera tensión en el ambiente.
– No te juzgo, Anna, yo nunca podría hacerlo– respondió.
– Si lo haces, no has dejado de decirme que tan equivocada estoy – respondió Anna.
– No lo hago porque piense que has hecho algo incorrecto, la verdad, creo que entiendo lo que hiciste, una parte mía, entiende lo que sientes por Hans, pero, por otro lado…
– ¿Por otro lado? – Preguntó Anna ansiando su respuesta.
– Yo solo quiero que las cosas vuelvan a hacer como antes– suspiró Kristoff.
– Es imposible– contestó Anna – Ahora estoy casada, y todo lo que ha sucedido me ha enseñado que no puedo simplemente ignorar la realidad, tenemos que enfrentarla, Kristoff, las cosas son muy diferentes ahora.
– Anna…– suspiró nuevamente Kristoff conteniendo las lagrimas– lo que mas me duele es que he llegado a pensar que nuestra relación fue un error desde el principio. Tal vez, si nos hubiéramos detenido a pensar un poco mejor, nos habríamos dado cuenta del error que estábamos cometiendo– murmuró él muy lentamente.
– No puedo dejar de pensar que nuestra relación fue una de las detonantes de todo este horror, y aún así, yo aún quiero ser egoísta, aún quiero estar contigo. – confesó Kristoff. Anna sintió que su expresión se suavizaba. Ella estaría mintiendo si decía que no lo comprendía, si no había llegado a pensar exactamente lo mismo, pero a diferencia de Kristoff, ella tenía a su esposo y a su hija, responsabilidades muy reales que no podía darse el lujo de perder por el simple placer de perseguir un sueño del pasado.
– Es doloroso admitirlo – respondió Anna mientras se llevaba la mano a la parte trasera del cuello, y comenzaba a desabrochar la cadena de oro que había llevado por un año, aún después de que se hubiera casado con Hans– pero lo cierto es que fuimos estúpidos, e ingenuos, muy ingenuos– continuó ella mientras tomaba la mano de Kristoff y ponía la argolla en su mano.
Kristoff abrió los ojos de par en par al sentir el frío metal contra la tibia palma de su mano. Anna se sintió aún peor al ver la expresión en sus ojos.
– Sé perfectamente cuanto te esforzaste para reunir el dinero para comprar esta sortija – dijo Anna dedicándole aquella sonrisa – una de las primeras pertenencias que perdí durante la guerra fueron las joyas de mi familia, pero protegí ese anillo con mi vida – confesó la princesa.
– No tienes que devolvérmelo, yo lo compré para tí… – Comenzó Kristoff mientras trataba que ella lo aceptara de vuelta.
– No. – negó Anna – no es correcto que yo lo tenga, debería ser para Catherine.
– Catherine es sólo algo pasajero – negó Kristoff.
– Puede ser – Asintió Anna – pero habrá un día en que encuentres alguien que no lo sea, alguien a quien quieras dárselo, y yo estaré feliz de saber que todo mi esfuerzo para conservarlo sirvió de algo – dijo.
– Anna…– suspiró Kristoff. – por favor, si me lo vas a devolver, sólo quiero pedirte un último favor.
– ¿Cuál? – preguntó Anna.
– ¿Recuerdas que el día de la invasión prometimos encontrarnos en el puesto de Oaken, en medio del camino hacía la Montaña del Norte? – preguntó Kristoff esperanzado.
– Sí, lo recuerdo.
– Te esperé un día y una noche, pero nunca apareciste, fue hasta que el viejo Oaken me dijo que el ejercito de las Islas del Sur te había atrapado que entendí que nuestro plan había sido un desastre, fue por eso que quise rescatarte y llevarte conmigo – narró Kristoff. Anna no se atrevió a interrumpirlo, ella sabía que había algo terriblemente profundo en aquella confesión, algo tan profundo como aquella culpa que ambos compartían frente a lo que le sucedió a Elsa.
– No he dejado de preguntarme que hubiera pasado si nos hubiéramos visto en el puesto de Oaken, si tal vez hubieras podido llegar, si yo te hubiera rescatado a tiempo– dijo Kristoff– sólo quiero un último favor, y luego de ello no te volveré a importunar nunca más.
– Lo que sea, Kristoff, haré lo que tu quieras – dijo ella sintiéndose a cada momento más culpable.
– Si para mañana en la tarde aún te sientes de la misma manera, ve al puesto de Oaken, y entrégale el anillo, cuando yo lo vea finalmente entenderé que todo ha terminado, pero si decides esperarme sabré que aún hay esperanza– pidió Kristoff. Lo cierto era que Anna no entendía que pretendía lograr con aquello, probablemente sólo deseaba un acto de clausura, algo casi simbólico, que le diera una especie de cierre a aquella etapa de su vida, tan y como lo fue para ella el momento en que quemó su vestido de novia, y el nacimiento de su hija. Anna no era la misma mujer y había vivido una serie de momentos que la habían marcado con profunda intensidad, probablemente esto era lo que deseaba Kristoff.
– Si eso es lo que quieres, entonces no puedo negarme.
– Muchas gracias, Anna.
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Anna alisó su vestido mientras que esperaba bajo el potente sol primaveral la llegada del barco que transportaba a su hermano Lief. Una gran multitud se agolpaba aquella mañana en el puerto principal de Arandelle, todos querían darle una mirada al célebre baronet que ocuparía el puesto de Rey regente de aquel País.
Lentamente, su hermano abandonó el barco en compañía de sus dos hijos pequeños y su esposa quien era un par de años mayor que él. Anna sonrió, aquella feliz y simple familia, eran la perfecta estampa de un par de lores rurales que no se adaptarían con gracia al ritmo de la corte de la capital. En otra época, Anna se hubiera sentido avergonzada de pensar de aquella manera cruel, pero lo cierto era que ella no necesitaba que su hermano se sintiera a gusto en el trono, ni que los grandes lores llegaran a pensar que la línea de Lief algún día podría reemplazar a su hija.
Eliza sería reina, Anna ya lo había decidido. Como buena madre que deseaba ser, ella ya había tomado la decisión de que haría todo lo que estuviera en su poder para que su niña nunca fuera el extremo débil, y nunca tuviera que vivir aterrorizada como le sucedió a ella. Eliza nunca tendría a un Rudi, amenazándola y lastimándola a cada oportunidad, ni un Rey de las Islas del Sur Dispuesto a obligarla a salir de su hogar, ni a un William. Todo, porque su mamá estaría allí para protegerla. Anna le daría a Eliza toda la seguridad que ella y su hermana no pudieron tener, así tuviera que hacer hasta lo imposible para obtenerlo.
– Anna, estoy tan feliz de verte nuevamente – dijo Lief mientras se acercaba a ella. Anna le dedicó una brillante sonrisa, no había visto a su hermano en poco más de un año, antes de la guerra. Ella solía visitarlo con cierta regularidad, aunque Elsa siempre se había negado tajantemente a acompañarla. Anna la entendía, después de todo, Lief era el hijo primogénito varón de su padre, y lo último que necesitaba su hermana en aquella época era otro sujeto que amenazara su trono.
Anna se sintió aún más culpable cuando Lief pidió ver a su hija. Todos se sentaron en una de las tantas salas del castillo a tomar el té, mientras que Anna veía como para su hermano y su esposa aquello no era más que una breve reunión familiar, no un asunto de alta política. Fue entonces que ella entendió que si quería lograr que su hermano sobreviviera debía escoger para él las personas de confianza que podrían mantenerlo en el poder y hacer frente al General Andersen, era también claro que Anna tendría que convertirse en una especie de reina entre las sombras, la verdadera cara del poder mientras que su hermano reinaba de puertas para fuera.
– Es realmente preciosa, cuando cumpla la edad será una gran reina – dijo Lief con una enorme y franca sonrisa mientras devolvía a su niña a la cuna.
– Lamento tener que hacerte esto, Lief, lamento tener que cambiar tu vida de esta manera – dijo Anna preocupada. Lief le devolvió una sonrisa nerviosa, era claro que él tampoco disfrutaba con toda esta situación.
– No te voy a mentir, Anna, siempre pensé que me hubiera gustado crecer con ustedes, en el castillo, con mi verdadero padre, dejar de ser el secreto oscuro del Rey. Yo pensé que quería un titulo mejor que el que tengo ahora, que quería la posición de un verdadero príncipe, pero desde la guerra no estoy seguro de qué eso realmente sea lo que me interese verdaderamente.
– Anna – comenzó nuevamente Lief verdaderamente asustado – yo no estoy hecho para reinar, no sé nada más que administrar mi finca y educar a mis hijos, no estoy preparado.
– Lief– respondió Anna tomándole las manos – sé que no lo estás, Elsa tampoco lo estaba y mira lo que le pasó, pero ahora lo entiendo, ahora veo cuales fueron nuestros errores. Tu no estás solo, Lief, tienes una gran cantidad de gente apoyándote.
– Y una gran cantidad de enemigos – respondió él sarcásticamente.
– Puede ser – aceptó Anna – pero me tienes a mí a tu lado.
– Es cierto– sonrió Lief.
– Sólo hay algo bueno en toda esta situación – dijo Lief sonriendo.
– ¿Qué? – preguntó Anna.
– Que finalmente te puedo decir "hermana" sin sentir ningún temor – respondió.
Anna sonrió ante aquel pensamiento, bien parecía que la vida le brindaba una nueva oportunidad en los sitios más inverosímiles. Primero, había llegado a ella en la forma de Hans, un hombre por el que jamás pensó sentir otra cosa que no fuera repulsión. Y ahora, Lief quien hacía unos meses no era nada más que aquel hermano extraordinariamente molesto, aquel que debía quedarse en la oscuridad, para evitar el escándalo, y una posible lucha por la corona que le pertenecía a Elsa, que presentaba frente a ella como un posible amigo, un aliado, e incluso como algo más, algo que ella pensó que había perdido para siempre: a su familia.
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– Ven aquí Westerguard– Dijo un soldado quien bruscamente le daba una patada a Hans en el costado.
Hans se levantó del suelo con gran dificultad. Sus músculos estaban débiles y le dolían cada uno de los huesos del cuerpo. Él ya no recordaba la última vez que hubiera recibido una comida decente o una afeitada con un cuchillo mal afilado. Hans quiso reírse al recordar cómo solía comportarse un par de años antes de visitar Aradelle por primera vez. En aquel entonces, él era todo un aristócrata que no dependía más que de su aspecto para forjarse su camino en la vida, y que probablemente hubiera sentido repulsión al ver al hombre en el que se había convertido.
El fue conducido por una serie de pasillos subterráneos hasta que dio con una discreta plazoleta en la parte trasera del castillo, en donde encontró un carruaje de la prisión. En ese momento, él entró en pánico, querían separarlo de Anna y de su hija, y él no podía permitirlo, ya que su instinto le decía que si lo trasladaban de prisión jamás volvería a verlas.
– ¡No!– gritó Hans con todas sus fuerzas mientras que forcejeaba con los soldados. Has sabía que la lucha era completamente infructífera, que no había caso, después de todo, él se encontraba luchando sólo con casi cinco guardias bien entrenados, pero aún así, él tenía que intentarlo, era lo único que le quedaba.
– ¡Cierra la boca !– gritó uno de los soldados. Hans tan sólo pudo sentir un fuerte penetrante dolor en la parte trasera de la nuca. antes de cerrar los ojos y hundirse en una profunda oscuridad.
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– Está abriendo los ojos, Lars– Hans tardó en reconocer a quien pertenecía la voz, se trataba de la esposa de su hermano, Sabrina, quien le ponía una serie de compresas frías en la cabeza.
– Huele fatal – dijo la mujer quien no debía haberse percatado de que ya se encontraba consciente – necesita un baño.
– Podríamos tirarlo por la borda así tendría el baño que tanto necesita– respondió Lars ácidamente. Se notaba que lo que Anna le había dicho era completamente cierto, y él no estaba en lo absoluto feliz de volver a verlo.
– No puedo creer que digas como esas, Lars, tu y tu familia son aterradores – murmuró Sabrina – es tu hermano menor.
– Tengo otros diez hermanos, y te recuerdo mi querida Sabrina que yo mismo organicé el asesinato de mi propio padre, puedo vivir sin Hans – dijo en el mismo tono sarcástico. Hans siempre supo que era exactamente así como eran las cosas con todos sus hermanos, pero nunca se imaginó que escuchar aquello salir de la boca de Lars le dolería tanto.
– Eres un inhumano – respondió Sabrina– ¿Es qué acaso no te importa tu familia ni si quiera un poco?
– Eso es lo curioso, querida Sabrina, por más de qué lo intente, no puedo dejar de preocuparme por él, no puedo dejar de sentir que se encuentre postrado en esa cama, ni de lamentar las muertes de Rudi y Jorgen, no puedo simplemente olvidarme de ello, tal vez si lo hiciera, Hans y su esposa hubieran muerto y todos mis problemas estarían resueltos. Si no me importara, papá habría muerto hacía muchísimo tiempo, antes de que hubiera podido conducirnos a este desdichado país.
Hans hizo todo lo que pudo para abrir lentamente los ojos y dedicarle una mirada a su hermano, quería corroborar que esas palabras genuinamente estaban saliendo de su boca. Cuando finalmente lo logró, se encontró con que Sabrina miraba fijamente a Lars mientras este se encontraba ubicado frente a la ventana con las manos entrelazadas en su espalda y un gesto pensativo.
– Todos ellos siempre me preocuparon, pero tengo que admitir que siempre tuve debilidad por Hans, y que una buena parte de mi espíritu quería que el ataque que estaba planeando para reconquistar Arandelle tuviera éxito solo para poder salvarlo, considerando que no pude salvar a los "otros"– Dijo Lars, por lo que Hans entendió casi de inmediato a quien se refería.
– No hubieras podido salvar a Rudi y a Jorgen ni aunque hubieras dado tu propia vida, sabes bien que ellos mismos se condujeron al punto en el que terminaron.
– Aún así, eran mis hermanos menores, eran mi responsabilidad, yo debí haber hecho algo, debí hablar con Rudi, debí convencer a papá de que lo mandara a las colonias, de qué se olvidara de esa malsana obsesión con la princesa. Yo debí enviar a Frederick, a Runo, a alguien que hubiera servido de mano derecha de Jorgen, y no dejarlo morir solo en un país hostil, tratando de mantener una situación que nunca fue viable. – dijo su hermano cada vez con más frustración.
– Te estas sobreestimando, cariño. Tu nunca habrías podido lograr todas aquello. Las cosas son como son, Rudi y Jorgen tomaron su decisión.
– Tu no entiendes, Sabrina – dijo Lars cada vez más frustrado – todo es culpa mía, si evaluamos paso tras paso, todo se reduce a una simple acción, yo desencadené todo– murmuró Lars quien observaba hacía la ventana con la mirada perdida.
– ¿A qué te refieres? – preguntó Sabrina.
– Fui yo quien le dijo a Hans que debía venir a Arandelle en primer lugar – murmuró en voz baja.
Hans aún recordaba aquel día, fue después de una cena en honor al cumpleaños de su madre, cuando él tenía poco menos de 15 años. Hans se escondía de Rudi y Runo quienes no hacían más que burlarse de él, cuando decidió entrar a la gran biblioteca del palacio, en donde se encontró a su hermano leyendo una serie de mapas. Hans recordaba haber cruzado una serie de palabras con él acerca de la tonta idea de Caleb y invadir Riverland, de su caótica vida de recién casados con Sabrina y de como Hans estaba seguro de que no habría nada bueno para él en el futuro.
Él sabía que su hermano tan sólo quería darle ánimos sugiriéndole que debía casarse con la princesa heredera de Arandelle para quedarse con la corona, que tal vez si habría algo brillante en su futuro si lo hacía. Hans pensó en aquel momento que aquella no era una idea del todo descabellada, fue entonces que puso a Arandelle entre sus objetivos. Lars tenía la razón, aquel breve momento había desencadenado todo el horror y la muerte de sus dos hermanos. Pero, era exagerado pensar que Lars hubiera podido prever las consecuencias de sus actos.
– Nuevamente, querido, te estas sobrestimando. Tu no tienes tanto poder, Lars– respondió Sabrina – tus hermanos tomaron sus malas decisiones, Hans tomó sus malas decisiones, y aún sigue pagando por ellas, era imposible que tu pudieras imaginar las consecuencias de aquel simple acto.
– He perdido a mi padre y a mis dos hermanos en esta guerra, por ahora sólo quiero sentirme feliz porque recuperé a Hans, aunque su esposa hubiera tenido que chantajearme para que yo pudiera reunir las agallas para pagar un buen rescate.
– Lars – murmuró Sabrina al darse cuenta de que Hans se encontraba consciente. Su hermano le dedicó una cándida sonrisa.
– Despertaste– dijo Lars aún sonriente.
– Si – respondió Hans respondiéndole la sonrisa. Era extraño porque aquel hermano era la persona más contradictoria que hubiera conocido en su vida, nunca sabía cual sería su siguiente movimiento. Pero, él no pudo dejar de sentirse feliz aunque fuera si quiera por un instante, porque finalmente supo que él compartía con Lars algo ligeramente parecido a lo que Anna tuvo con Elsa, un sentimiento que durante mucho tiempo no fue más que un loco sueño infantil pero que ahora era una realidad.
– Me alegro de verte, hermano – dijo Hans quien nunca usaba aquella palabra sin un tinte sarcástico.
– Yo también me alegro, hermano – Contestó Lars, dándole igualmente importancia a aquella palabra.
Fue entonces que Hans se dio cuenta de que a pesar de todo, uno de sus hermanos lo quería, probablemente él nunca estuvo tan sólo como siempre pensó, y aquello era lo único que importaba.
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Hans aspiró la brisa Marina del puerto auxiliar de Arandelle, mientras se paseaba por el barco de su hermano, que se encontraba disfrazado como una embarcación de Arandelle para que la población no dirigiera su odio hacía él. Habían pasado un par de meses desde que hubiera sentido la brisa fresca del mar, y él sabía que su aspecto era poco menos que enfermizo, por lo que se quedó bajo el sol tomando los rayos y sintiéndose ligeramente alegre.
– Pronto se cumplirán dos años desde la invasión – pensó gravemente Hans.
– ¿Te encuentras mejor, Hans? – preguntó Lars mientras se acercaba a él.
– Si– respondió Hans mientras sentía la brisa desordenarle el recién cortado cabello.
– No tienes que volver al palacio de Arandelle si no lo deseas, sé que tu matrimonio con la princesa Anna fue arreglado por papá, que tu nunca quisiste casarte, estoy seguro de que tu esposa encontrará una forma de que le den la anulación del matrimonio. Tu esposa es una mujer muy recursiva, te sorprendería, a mi me sorprendió – dijo Lars dejando salir una sonrisa llena de amargura.
– No abandonaré a Anna – respondió Hans.
– Hans – empezó nuevamente Lars– sé que la quieres, pero sería mucho más fácil para ella, y para ti, que te perdieras de su vida. Ella podría lograr la anulación, y casarse con el recolector de hielo, he escuchado que lo consideran algo así como un héroe, a pesar de ser un sucio plebeyo que no hizo más que…
– Lars – lo interrumpió Hans, quien estaba seguro de que ya habría escuchado que él era el culpable de la muerte de Rudi y que había conducido a Jorgen a su final – hacer lo que tu dices significaría renunciar a Eliza.
– Tal vez– aceptó Lars, pero también equivaldría a devolverle a Anna la vida que tenía antes de la guerra, y a darle a tu hija el trono que siempre quisiste para ti. Anna podría recuperar la vida que perdió después de la guerra, todo volverá a ser como antes.
– Las cosas nunca volverán a ser como antes– respondió gravemente Hans. Él quiso creerse aún más convencido de lo que parecía, pero lo cierto era que tal vez Anna si podría recuperar si quiera un poco de su vida pasada. Probablemente, esta sería la verdadera manera de pagar su deuda, dejarla ir, aunque perdiera a las dos personas que más amaba en el mundo en el intento.
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Hans nunca se había sentido más odiado en toda su vida mientras que caminaba junto a su hermano y el resto del séquito de las Islas del Sur a través del castillo de Arandelle en donde se llevaría la reunión. Los presentes los veían avanzar dedicándoles profundas miradas de odio. Ahora ellos eran los perdedores, y no iban a dejar que lo olvidaran.
– ¿Cómo sabemos que no intentarán matarnos? – preguntó Sabrina. – ¿o que no nos tomarán como sus prisioneros?
– No lo sabemos, mi querida Sabrina – dijo Lars – Sólo esperemos que tengan algo de consideración ante las mujeres y los niños, que la galantería de estos soldados impidan que esto se convierta en una carnicería – continuó refiriéndose a la familia de Jorgen y a la misma Sabrina, quien pareció sentirse insultada.
– Entonces, no somos más que un escudo humano para ti y para tus hombres – contestó Sabrina ofendida.
– Me temo que sí, pero debo admitir que eres un escudo de una magnifica presencia– dijo mientras tomaba el dorso de la mano de Sabrina y lo ponía contra sus labios.
Hans dejó salir un bufido, sólo un matrimonio arreglado hubiera concertado la unión entre dos personas tan diferentes como su hermano y su esposa. Él era el peor cínico que hubiera conocido, mientras que ella era bastante temperamental, no le era difícil ver porqué habían tardado tanto en llevarse bien. Anna y él tenían suerte de ser tan compatibles.
El grupo se aproximó al salón del trono, en donde encontraron a la nueva y flamante reina sentada en su trono, acompañada de sus ministros, y su recién descubierto hermano. Hans sonrió ante el ingenio de Anna, siempre tuvo el presentimiento de que las muñecas de trapo era más que simples recuerdos, e incluso una vez reparó en el relleno que parecía hecho de papel, pero nunca se imaginó que escondieran tal secreto.
Ahora que lo pensaba nuevamente, ella había escogido justamente sus objetos más significativos con el fin de guardar sus más importantes secretos, y los agentes de su padre si siquiera se habían tomado el trabajo de revisar las muñecas ya que pensaban que eran insignificantes, al igual que su dueña.
– Príncipe Lars – Llamó Anna desde su silla.
– Su majestad– dijo Lars mientras hacía una profunda reverencia.
Hans se asombró de lo buenos actores que podrían llegar a ser su hermano y su esposa, después de todo tenían que fingir no haberse visto antes. La versión oficial era que un grupo de soldados habían rescatado a Hans y a la familia de Jorgen de la cárcel.
El público no necesitaba saber que el gobierno de Arandelle estaba cerca de la bancarrota después de la guerra, por lo que alegremente aceptaron el cuantioso rescate que ofrecieron por ellos a cambio de la liberación de una serie de prisioneros incómodos, a los que no podían matar, pero tampoco liberar, era la solución perfecta para ambos bandos.
– Veo que se encuentra en el sitio que legalmente le pertenece, Majestad– dijo Lars dedicándole una sonrisa.
Su hermano era lo suficientemente cínico como para disfrutar aquel juego descaradamente una y otra vez. Probablemente se sentía más entretenido por la forma en que los papeles se habían invertido que por la humillante derrota de las Islas del Sur.
– Era cuestión de tiempo príncipe Lars, los dos sabíamos que sin el apoyo de sus secuaces– dijo refiriéndose a Barona y Natsia – su plan se vendría abajo.
La satisfacción que Anna mostró al pronunciar su discurso se evidenció en cada uno de los presentes, incluso en un aristócrata rubio al que Hans no conocía. Él debía ser el famoso hermano, ya que era idéntico a los retratos del difunto Rey, él jamás hubiera podido negarlo aunque hubiera tratado, era evidente porqué prefería mantenerlo alejado de la capital. Lars debió notar a quien se encontraba mirando ya que murmuró estupefacto:
– Por el cielo, William estaba en lo correcto.
– Principe Lars, este es mi hermano Lief, él ocupará el trono mientras Eliza alcanza la mayoría de edad– dijo Anna orgullosamente.
– Tengo que admitir que estoy orgulloso de usted, Anna, jamás pensé que tuviera las agallas para mantener algo como esto oculto bajo nuestras narices todo este tiempo – Comentó Lars casi maravillado.
Lo dicho, Lars era lo suficientemente descarado como para disfrutar la forma en que Anna jugaba el juego, así todos ellos fueran los perdedores. Hans blanqueó los ojos exasperado, ¿Acaso su hermano no podía pretender ser una persona ligeramente razonable por un par de minutos?. De repente, Hans reparó en una presencia en la que no se había detenido, se trataba de Kristoff, quien se encontraba muy cerca de la silla de Anna. Al principio él no lo reconoció, ya que no vestía su ropa de viaje, sino un traje elegante propio de un miembro del gobierno, mientras que su cabello se hallaba cuidadosamente peinado hacía atrás.
Hans sintió una fuerte punzada de celos, ya que a diferencia de Rudi, había la clara posibilidad de Anna decidiera quedarse con él. Aquel pensamiento era diferente al que había tenido en el barco, pues allí fue él quien se planteó la posibilidad de dejarla para darle una vida mejor, pero era mucho más doloroso pensar que ella realmente quisiera abandonarlo, después de todo, parecía muy cómoda en aquel trono.
Su mirada se cruzó con la Kristoff, y él le dirigió una sonrisa algo altanera, era la mirada propia del ganador, por lo que Hans no podía dejar de preguntarse hasta donde habría llegado su victoria, podría tratarse únicamente de la guerra, ¿o acaso le había arrebatado a Anna? . Hans miró a Anna sintiéndose desesperado.
– Majestad – dijo Hans sin medir las consecuencias – Me permito preguntar ¿ cómo se encuentra la princesa? – interrogó Hans quien se moría por saber acerca de Eliza.
– Ella se encuentra bien, su salud no podría ser mejor – dijo Anna mostrándose ligeramente nerviosa. Hans se dio cuenta de inmediato que había cometido un error, le estaba recordando a los presentes la incómoda relación que compartían.
Hans se sintió desesperanzado. No había ninguna oportunidad para tener un final feliz, y era él quien al final lo perdería todo, su esposa, y su hija, ya no le quedaría nada, y volvería a encontrarse completamente sólo.
– Creo que es hora de volver al punto de la reunión – dijo Anna ceremoniosamente, mientras que Hans tardaba en recuperarse de aquel duro golpe.
– Adelante – contestó Lars.
– Creo que es obvio para todos los aquí presentes que por causa de mi matrimonio yo jamás podré reinar– dijo – pero también es obvio que los sectores más conservadores tampoco aceptarán que una mujer divorciada y con una hija asuma el control del país, por lo que es claro que no me queda más remedio que seguir casada con el príncipe Hans – prosiguió Anna con una mirada cargada de desprecio. Hans sintió aquello como un proyectil en el corazón, pues probablemente ella tan solo estaba fingiendo frente a sus ministros, o tal vez no.
– Mi hermano Lief tomará mi lugar mientras que mi hija cumple la mayoría de edad – continuó Anna. – Pero, necesito aclarar con ustedes que pasará con Hans y conmigo mientras tanto. Es un hecho desafortunado que estamos casados, y también es un hecho que la hija de dos padres divorciados no podría llegar a ser reina, el escándalo la seguirá, y es un hecho igual de desafortunado que debemos seguir casados – dijo.
Hans miró a su alrededor, ninguno de los lores parecía querer contradecirla, a pesar de que todos sabían que una anulación inconveniente podría cubrirse con otro matrimonio conveniente rápidamente, y todo estaría arreglado. Fue entonces que Hans se preguntó qué le habría dado Anna a esa gente para que aceptaran de buena gana sus planes, Anna les debió dar algo. De alguna forma Anna había ingeniado la manera de que ellos aceptaran su matrimonio y consintieran hacer a su hija reina. Fue entonces que Lars dejó salir una leve risa.
– Debo admitir Reina Anna que me ha sorprendido, jamás imagine que fuera una jugadora tan hábil – dijo Lars aplaudiendo lentamente.
– Aún estoy llena de sorpresas, príncipe Lars – dijo ella mientras bajaba de su trono – porque lo cierto es que usted y yo debemos dejar bien en claro que va a pasar con su hermano de aquí en adelante – Anna se ubicó justo delante de él. y le tomó el extremo del cravat que sobresalía por debajo de su chaqueta.
– Yo ya no soy su prisionera, no pueden obligarme a cumplir todos sus caprichos, pero tal vez ahora el príncipe Hans podría ser nuestro prisionero – dijo Anna. Hans la dejó que continuara con aquello, se sentía amenazado, pero de alguna extraña forma, ligeramente excitado.
– ¿Qué opina, príncipe Hans? ¿aceptaría ser nuestro prisionero en garantía de que las Islas del Sur nunca vuelvan a atacar?– preguntó Anna poniendo su palma sobre su pecho. Ahora era oficial estaba muy excitado.
– No creo que esté en posición de opinar, majestad – respondió Hans, a lo que ella respondió dándole un ligero empujón.
– Es cierto, usted ya no está en posición de opinar – dijo Anna mientras regresaba a su silla.
– El príncipe permanecerá en Arandelle, ambos viviremos en el campo, discretamente, sin llamar su atención, pero ambos podremos viajar a las Islas del Sur cuando nos plazca, a vigilar nuestros negocios allí, soy duquesa de Lhen, y no pienso perder mi parte de esa fortuna – continuó Anna como tratando de explicarle a sus nobles la razón de su decisión, y por su puesto, ninguno pudo discutir con el argumento del dinero.
– Pensé que su majestad nunca desearía volver a nuestro país – dijo Lars quien obviamente quería a Anna lejos de las Islas del Sur.
– Estas son mis condiciones, si no las acepta, príncipe Lars, prometo que ningún barco con mercancía de las Islas del Sur volverá a tocar los puertos de Arandelle, Malengrad y Corona. Yo aprendí una valiosa lección de su padre, siempre es bueno buscar aliados, y conservarlos– se burló Anna mientras que Lars abría los ojos de par en par.
– Su majestad podrá entrar y salir de las Islas del Sur como desee – aceptó Lars quien hizo una profunda reverencia. Todos en la comitiva de Hans lo imitaron, y fue claro que esta no era ninguna negociación, simplemente se trataba de Anna imponiendo sus términos unilateralmente sin que nadie pudiera decir nada en su contra.
– Si ese era todo el motivo de la reunión, entonces debemos irnos– dijo Lars completamente humillado. La reunión se dio por terminada, pero antes de que él pudiera irse Anna lo detuvo.
– Guardia – dijo Anna – guíe a el príncipe Hans hacía los cuartos de los niños, que los demás miembros de la comitiva lo esperen, me guste o no Eliza sigue siendo su hija.
– Si, majestad– contestó el centinela de la entrada.
Todos los presentes se retiraron, incluso Anna, quien se dirigió al salón en la parte trasera del trono en donde él mismo la rescató de Rudi y sus hermanos el día de la invasión, y no se le escapó el detalle de que Kristoff la siguió.
– Mi relevo tiene que venir en cualquier momento – dijo el soldado mirándolo de reojo y luego dirigiendo su atención hacía la puerta.
– Tendría que ir a buscarlo… – murmuró el soldado. Hans entendió que no quería dejarlo sólo.
– Vamos… – comenzó Hans exasperado – ninguno de los dos tiene todo el día, y seamos sinceros, que podría hacer yo aquí – dijo el príncipe quien francamente no pretendía arriesgar su cabeza justamente ahora que estaba tan cerca de ser libre.
– Bien, pero yo mismo lo mataré si se mueve de este salón – amenazó el soldado.
– Si, si – dijo Hans cansadamente.
Hans se quedó sólo en el salón esperando al soldado, cuando escuchó murmullos que provenían del salón ubicado en la parte de atrás del trono, justamente del cuarto en el que se encontraba Anna. Hans se acercó, después de todo el soldado sólo había dicho que no podía moverse del salón, no del punto en el que se encontraba.
– No puedo creer que estés dispuesto a seguir con esta locura, Anna – dijo Kristoff molesto. Hans se acercó lentamente a la puerta entreabierta y vio la escena que se desarrollaba en su interior.
– Kristoff…
– Anna, por favor – dijo tomándole la mano – Por favor, esto es una locura, te estás condenando a ti misma a una vida de vivir siempre en las sombras. Westerguard no será bien recibido en Arandelle, y tu no serás bien recibida en las Islas del Sur, tendrán que permanecer siempre escondidos de la vista pública.
– Kristoff ya lo hemos hablado… – dijo Anna antes de que el recolector de hielo diera un paso adelante y tomara su mejilla con su mano libre, estaban tan cerca que sus frentes casi podían tocarse, y Hans tuvo que reprimir el deseo de separarlos.
– Anna, por favor – dijo – podrías pedir la anulación, y finalmente nos casaríamos, todo volvería a ser como antes, yo podría hacerte feliz Anna.
– No puedo, Kristoff, yo no puedo – suspiró ella.
– Por favor Anna – dijo Kristoff. – te he esperado durante estos dos últimos días en la Montaña del Norte, y podré seguir esperándote mientras tu me brindes la oportunidad.
– No puedo, mi hija y yo no podemos simplemente correr tras un sueño del pasado, tu has cambiado y yo he cambiado, las cosas jamás volverán a ser como antes– dijo Anna. Kristoff se alejó un par de pasos de ella.
– Está bien– dijo – está bien, te dejaré en paz. Hoy será el último día que te espere si no te presentas, te dejaré en paz, no volveré a insistir, y sabré que has tomado tu decisión, sabré que aunque sea una mala decisión será solo tuya.
– Bien Kristoff, yo…
– ¡Hey! – dijo el soldado quien ya había regresado. – Vámonos de aquí – prosiguió.
Hans caminó hacía el cuarto de su hija en compañía de aquellos soldados, lo cierto era que él sabía que Kristoff tenía cierta razón. Anna y Hans tendrían que pasar el resto de sus vidas, en el campo, viviendo discretamente, lejos de cualquier circo político. Pero, ¿Acaso no era esto precisamente lo que él quería? ¿lo que ambos querían? ¿Acaso esto no es lo más parecido a la libertad que podrían alcanzar?.
Él no podía obligar a Anna a renunciar a su trono, a su gente, no podía obligarse a recluirse en su casa en el lago Claire, o en alguna zona rural de Arandelle. Ese era su sueño, no el de ella. Hans entró al recinto en donde no había más que una cuna y una niñera sentada en la esquina de la habitación, ella se sorprendió de tal manera al ver al famoso padre de la princesa que ni siquiera hizo la tradicional reverencia que siempre le dirigían por ser príncipe, en cambio salió despavorida de la habitación.
Hans se acercó a la cuna, y le dio una mirada a la niña que se encontraba en su interior. Eliza parecía haber crecido un poco desde la última vez que la hubiera visto, después de todo había pasado casi mes y medio entre el viaje en barco y su encarcelamiento, por lo que su hija había crecido bastante sin que él hubiera tenido tiempo de notarlo.
– Hola – le dijo. Eliza sonrió por una fracción de segundo, era claro que la había sorprendido, ya que comenzó a patear y a mover sus pequeños brazos. Hans no podía creer que hubiera ayudado a crear algo tan puro cómo ella.
– Ella está bien, Hans, y está muy feliz de verte– dijo Anna quien se encontraba en la puerta de la habitación.
– Ella sonríe, pero estoy seguro de que apenas puede recordarme– contestó Hans mientras se sentaba en la silla mecedora junto a la cuna, en tanto que mecía a Eliza.
– Mi hija es risueña, supongo que lo sacó de ti– prosiguió Hans sarcásticamente.
– Ciertamente – asintió Anna – aún así estoy segura de qué te recuerda.
– Escuché la conversación que tuviste con el recolector – confesó.
– Hans yo no planeo… – comenzó Anna pero él la interrumpió.
– Espera, Anna, debes escucharme – dijo él mientras se ponía de pie, dejaba a su hija en la cuna y caminaba hacía ella– no tienes que hacer esto por mi. Él tiene la razón, te estoy condenando a una vida en las sombras.
– ¿Es qué acaso quieres alejarte de mi? – preguntó Anna sintiéndose casi ofendida. Hans negó rápidamente.
– Sabes a la perfección que las cosas no funcionan de esa manera, Anna – respondió Hans quien quería evitar por todos los medios herir a su esposa, pero también deseaba convencerla de que estaba cometiendo un terrible error.
La ira de Anna pareció disminuir, y fue remplazada con una profunda melancolía. Ella se cruzó de brazos y caminó hacía la ventana, dándole la espalda a Hans, y luego de un largo suspiro comenzó a hablar nuevamente.
– Lo cierto es que mi cerebro no sabe que hacer, todas mis opciones son terriblemente inconvenientes, si me quedo contigo, la vida para los dos será difícil y algo aislada, pero si regreso al lado de Kristoff las cosas serán aún peores, se que sólo me esperan reproches y luchas políticas a su lado, ese no sería un buen ambiente para ver crecer a Eliza – dijo Anna – pero mi corazón ya sabe que decisión tomar.
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Las últimas palabras que Anna le dirigió antes de que el soldado que lo custodiaba regresara fueron casi cripticas, no sabía que debía interpretar, no sabía si el corazón de su esposa lo elegiría a él o a Kristoff.
Probablemente, fue precisamente aquella incertidumbre la que lo motivó a escabullirse del barco de las Islas del Sur y a cabalgar de incognito aquella tarde hacía la Montaña del Norte. Hans sabía exactamente por donde debía transitar, después de todo, él había seguido los pasos de su esposa cuando escapó por aquel sendero, justo después de la invasión.
Los cascos de su caballo sonaban mientras avanzaba por los caminos pedregosos, y el sonido lo ponía más y más nervioso, pues sabía que al final encontraría la verdad, pues pudiera ser que Anna finalmente quisiera dejarlo, y en aquel momento, lo perdería todo.
De repente, Hans reconoció un lugar conocido, se trataba de la ladera en la que se encontraba el riachuelo en el que Anna y él prácticamente habían luchado cuerpo a cuerpo mientras él evitaba que ella pudiera escapar. Hans bajó de su caballo, y miró hacía la capital de Arandelle que se veía en la distancia. El paisaje era completamente hermoso y haría sobrecoger a cualquiera.
El príncipe se dio la vuelta para continuar con su camino cuando se encontró con una figura que emergía de los arboles. Hans sintió que el aire abandonaba sus pulmones, pues su esposa parecía venir de la cabaña que se encontraba a unos cuantos metros, la misma que le debió servir de punto de encuentro con Kristoff.
En aquel momento Hans entendió como debió sentirse Anna aquel día que la dejó en la biblioteca de Arandelle, sola, traicionada y con un corazón congelado. Hans sintió que su propio corazón se transformaba en hielo y se estallaba en mil pedazos, pues había perdido todo lo que quería.
– Oh Hans si hubiera una persona aquí que te amara– murmuró una sarcástica y cruel en su cabeza.
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De repente, Hans se percato de un detalle: Anna se encontraba sola.
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La esperanza no había muerto.
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Anna subió su caballo a todo galope, mientras que su corazón latía a igual velocidad, su decisión estaba tomada, y no había vuelta atrás. Al llegar a la cabaña de Oaken Anna descendió y miró aquel sitio con nostalgia. Parecía que había transcurrido toda una vida desde la última vez que había visto aquel lugar. Ella sentía que aquellos recuerdos pertenecían a una persona completamente diferente, y casi le eran ajenas.
Anna sonrió ante su propia ingenuidad al recordar como había decidido subir la Montaña del Norte equipada tan solo con un vestido de verano y un caballo que no sería capaz de soportar el difícil viaje, al tiempo que decidía confiar en el primer extraño que encontró en el camino. Definitivamente, su encuentro con Kristoff fue pura fatalidad, y para él, aquel evento también debió ser una fea curva del destino. Anna estuvo entonces segura de que el hombre que encontraría adentro de aquella cabaña no era el mismo que conoció en aquella noche de verano, al igual que Anna, él había cambiado, sus sueños eran otros, sus ambiciones, sus temores, todo era completamente diferente.
– Bienvenido al puesto de Oaken– saludó alegremente el propietario. Anna vio de inmediato una pizca de reconocimiento en sus ojos, era claro que la recordaba.
– ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó Oaken.
– No, muchas gracias, estoy esperando a alguien- Anna no había acabado de pronunciar aquella frase cuando escuchó la campanilla de la entrada. Ella habría reconocido esa gran e imponente sombra en donde fuere. Se trataba de Kristoff quien se hallaba tan sorprendido de verla que parecía que hubiera sido golpeado por un trineo.
Anna no esperó a que él dijera una nueva palabra, tan sólo se adelantó y salió del establecimiento, quería privacidad, y no lograría obtenerla con el dueño de aquella tienda mirándolos con curiosidad. Kristoff no necesitó instrucción, la siguió silenciosamente hasta el granero en el que ella logró convencerlo de que lo acompañara a buscar a su hermana.
Lentamente y en silencio, ella pasó la vista por aquel lugar. La luz de la tarde se colaba por las viejas tablas del granero dejándolos acompañados de muy poca luminosidad.
– Anna…– empezó Kristoff , quien al ver que Anna comenzaba a desabrochar la cadena que colgaba de su cuello se detuvo, y decidió permanecer en silencio.
Anna tomó el anillo en la palma de su mano, se sentía frio al tacto. Aquel anillo había sido durante los últimos años el gran compañero en su viaje, un amuleto que le daba fuerza y esperanza cada vez que le regalaba una mirada. Sin embargo, ya no era así, tan sólo era un recuerdo de un sueño roto, que sólo representaba otra vida que no era la suya. Quizá en otro universo Kiristoff y Anna habrían tenido su final de felices por siempre, vivirían en Arandelle, rodeados de sus hijos, mientras que su hermana reinaba sin ningún inconveniente en el palacio, siendo libre para decidir a quien amar, y usar sus poderes para todo tipo de creaciones maravillosas.
Pero lo cierto era que en aquella realidad ninguno de los dos tenía un futuro con el otro. La vida de Anna se encontraba al lado de Hans, aquel hombre que nunca fue su príncipe azul, su amor a primera vista, todo lo contrario. Anna sabía que juntos habían aprendido a amarse uno al otro, muy lentamente, mientras aprendían a sobrevivir. Aquel vinculo era más fuerte que cualquier cuento de hadas, era un amor imperfecto, a segunda vista, en el que cada uno ya había visto lo peor del otro.
– Yo… – empezó Anna, quien fue interrumpida por Kirstoff.
– No digas nada, por favor no digas nada – dijo Kristoff en un tono tan bajo que apenas parecía un murmullo.
Anna hizo lo que le pidió, y silenciosamente tomó su mano y depositó el anillo en ella. Después, se empinó y le dio un largo beso en la mejilla. Ella sabía que este era el acto de clausura que Kristoff necesitaba, una separación definitiva que le indicara que ellos jamás estarían juntos.
Ella no tuvo la fuerza para despedirse, tan sólo le dedicó una ultima mirada al recolector quien miraba el anillo con una expresión cargada de nostalgia. Fue entonces evidente para Anna que él pensaba lo mismo que ella. Kristoff lo sabía, jamás serían felices en aquella vida, probablemente en otra, en otro universo paralelo muy lejos de allí, pero en aquel momento, sus caminos habían sido brutalmente separados.
Anna dejó el granero, al tiempo que sentía la brisa de la tarde golpearle el rostro. Ella no montó su caballo, tan sólo tomó la brida y lo condujo silenciosamente por el sendero hasta el arroyo en el que Hans logró interceptarla ya años atrás. De repente, Anna vio el conocido rostro de su esposo quien llevaba una expresión cargada de preocupación. Anna no pudo dejar de reír ante semejante escena, por lo que ató la brida de su caballo y se dirigió hacía él.
– Supongo que has venido a verlo por ti mismo– se burló Anna – quieres asegurarte de que tu esposa no hubiera corrido con otro hombre a la primera oportunidad– dijo. Hans abandonó su expresión preocupada y le regalo una leve risa.
– Mentiría si dijera que no es así– admitió Hans. Anna se dirigió hacía el borde del acantilado junto a Hans y observó el paisaje.
– Vaya, es una bella vista– opinó Anna. – es una lástima que la última vez que estuve en este arrollo no pude apreciarla.
– Estabas ocupada escapando– dijo Hans– era otra época, prácticamente otra vida diferente– continuó su esposo casualmente sin pensar en el peso que aquellas palabras ocasionaron para Anna.
– Claro que si.
– Anna– comenzó nuevamente Hans ansioso– por favor, dime que regresarás conmigo a las Islas del Sur.
– Lo haré– afirmó Anna – tu sabes perfectamente la vida que nos espera Hans, tenemos que pasar los años venideros viajando de un país a otro, escondidos en el campo, ocupados de no llamar la atención, pero con la vista lo suficientemente en alto como para no perder el objetivo: Eliza tiene que llegar al trono.
– Lo se– dijo Hans – ¿realmente quieres con tanto empeño que nuestra hija sea reina? – preguntó el príncipe.
– ¿Y tu no? _ contrainterrogó Anna – tu más que nadie sabe lo que es crecer sintiéndote indefenso, sin poder, y a la vez, sin ninguna libertad, no quiero aquello para Eliza, deseo que ella no se pisoteada como nosotros, quiero una vida mejor para nuestra hija.
– No puedo discutir con eso, Anna – contestó Hans – no, después de todo lo que hemos sufrido.
– Sin embargo– agregó Hans – quiero que me prometas una cosa, prométeme que si llega el momento, y ella decide que no quiere el trono, tu aceptarás su decisión.
– Por su puesto – Aceptó Anna quien francamente dudaba que llegaría ese día, pero que se encontraba completamente dispuesta a aceptar esa eventualidad.
– Creo que lo más importante es entender que este no es un final, este es un principio. Puede que la guerra haya terminado, y que esta etapa de nuestras vidas llegue a su final, pero nuestro camino continua, aún tenemos una hija que educar, y muchos retos por delante– dijo Hans casi preocupado.
– Sé que todo saldrá bien, Hans – respondió Anna.
En aquel momento, Anna sintió una fuerte punzada de nostalgia, por su casa en el lago, su amable servidumbre, el lago Claire, el bosque junto a su idílico escondite en la mitad de la nada, y sobre todo, por aquella tranquilidad que sólo se respiraba en aquella fracción de terreno en la que había aprendido a amar de verdad, a sanar y a entender el verdadero valor de las segundas oportunidades. La princesa tomó fuertemente el brazo de Hans y puso su cabeza sobre su hombro.
– Quiero regresar a casa Hans– suspiró Anna.
– Por su puesto que lo haremos– contestó Hans con una sonrisa en los labios.
Anna observó a Arandelle desde la distancia. Ella recordaba que poco antes de la coronación de Elsa una serie de tristes pensamientos la acompañaban, el pensar que ella no pertenecía a ninguna parte, no era un miembro del pueblo, pero tampoco era hacía parte de la realeza como los demás nobles, en aquel momento aquello era una carga. Sin embargo, Ahora Anna miraba aquella ciudad con la plena consciencia de que , en efecto, ella era completamente diferente, y esto la hacía libre.
Ella y Hans habían pasado la vida como prisioneros, de su familia, de sus posiciones, de la guerra. Su existencia no había sido más que una sucesión de puertas cerradas la una detrás de la otra.
Pero las cadenas se habían roto, y las puertas se encontraban abiertas al futuro. Todo aquel horror empezó con una triste promesa de felices por siempre hecha trizas ante sus ojos. Sin embargo, algo más hermoso había resurgido de las cenizas, y ahora, y para siempre, Anna no volvería a estar atrapada.
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[FIN]
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No lo puedo creer, lo acabe, acabe mi bebé, amé cada instante de este fic, nunca me importó que no tuviera muchos lectores, pues los que habían siempre me apoyaron con sus interesantes comentarios en serio, este es el mejor fandom en el que he estado (aunque también quiero mucho a la gente de Hey Arnold).
Les agradezco a quienes lean esto por su paciencia, su apoyo, espero que aunque seamos pocos disfruten este fic tanto como yo lo hice, y como lo sigo haciendo actualmente cuando lo releo, no olviden regalarme un comentario y añadirme a sus categorías, significa mucho para mi.
Oh, ya me puse emocional… T_T
RESPUESTA A LOS REVIEWS
Jeinesz06: Gracias por tu comentario, estoy muy contenta de que hubieras disfrutado todo el fic, me encanta cuando alguien deja ese tipo de cadenas de reviews, ya que se puede ver momento a momento sus emociones al leerlo, y me temo que estas en lo correcto, me encanta juego de tronos, creo que en parte es mi gran inspiración para todos los fics que he escrito en Frozen, por lo que si es muy posible ver a Danny en Anna.
Judith94: Hola, gracias por tu review, tu eres una de las que ha estado durante todo el camino. Si, mi idea era poder cerrar esto muy bien, sobre todo, porque siempre tuve la resolución en mi cabeza desde el primer momento, por lo que quería darme la satisfacción de llevar a cabo todas las ideas que en algún punto tuve. Sobre Kirstoff, la verdad quería hacer algo diferente con él, en algún punto estuve coqueteando con la idea de hacerlo malo, pero nunca lo vi lo suficientemente claro, lo que si podía hacer era volverlo más duro, espero que hallas disfrutado el final.
Loreley9: thanks for your support, you have been here all the way. And They are happy, they are finally happy, I love happy endings T_T
Gpe: Gracias por el apoyo, la verdad es que con esta historia no tuve ninguna vergüenza, tal vez por el reducido número de lectores, cuando se tiene una audiencia grande en un fandom muy popular a veces se siente que necesariamente se tiene que darles lo que el público quiere, pero este fic lo hice con más corazón que ninguno que hubiera escrito, me tomé el placer de trabajar cada personaje, cada situación de la forma en que yo quería, sin miedo, muchas gracias por tu apoyo.
Solesc: Hola amiga, no tengo otra excusa más que una vida ajetreada un trabajo estresante y etc, sé que este no es tu tipo de fic, pero aún así espero que puedas disfrutarlo, lo único que si sé es que estoy loca por que salga la segunda peli, ya que todos en el fandom estamos deseando tener un poco de inspiración. No te voy a mentir, creo que ese ha sido mi problema con poder continuar mis fics en este fandom, necesitamos algo de inspiración nueva, y debo reconocer que al ver la imagen que esta circulando por internet sobre la nueva película sentí mi interés renacer.
