CAPÍTULO 1
Disclaimer:
Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham
Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto
.
.
-¿Qué haces con mis libros?
Hinata se enderezó y contempló los ojos zafiros, ahora tempestuosos.
-Los pongo en esta caja de cartón. ¿Quieres ayudarme? – insinuó, esperanzada -. Así podríamos hablar.
Boruto le dio un puntapié a la silla, tenso y a la defensiva.
-No quiero hablar de mudarnos.
-Ignorarlo no lo impedirá – le advirtió Hinata.
Boruto volvió a darle un puntapié a la silla, metiendo las manos en los bolsillos, imitando a un rufián.
Despacio, Hinata contó hasta diez. Otro poco y gritaría hasta que los enfermeros que vinieran a llevársela al manicomio. ¿Durante cuánto tiempo su hijo la trataría como la peor y más perversa madre soltera sobre la tierra? Con una sonrisa tenaz dijo:
-Las cosas no son tan malas como las juzgas.
-¿Tenemos dinero? – indagó Boruto, mirándola dudoso.
-¿Qué tiene eso que ver? – tomada por sorpresa, Hinata se sonrojó.
-Oí que la mamá de John le decía a la señora Withers que no teníamos dinero, porque si tuviéramos, hubieras comprado esta casa para quedarnos aquí.
Hinata habría estrangulado a la mujer con alegría por hablar de forma tan indiscreta frente a Boruto.
Quizá sólo tenía cuatro años, pero era precoz para su edad y entendía todo lo que pasaba a su alrededor.
-¡No es justo que alguien nos quite esta casa para venderla, cuando nosotros queremos vivir aquí para siempre! – explotó el niño, sin aviso.
El dolor que se reflejaba en los ojos demasiado brillantes, la laceró. Por desgracia, no podía hacer mucho por aliviarlo.
-Greyriars nunca fue nuestra – le recordó, tensa -. Ya lo sabías, Boruto. Pertenece a Kaguya y en su testamento se la dio a los pobres. Ahora, las personas que administran el asilo, la venderán para usar el dinero y...
-A mí no me importan los demás – le lanzó Boruto con furia -. ¡Esta es nuestra casa! ¿En dónde vamos a vivir?
-Toneri nos encontró un apartamento en Londres – le dijo de nuevo.
-¡Pero no puedes tener un burro en Londres! – se sulfuró Boruto -. ¿Por qué no vivimos con Sakura? Ella nos invitó.
-Sakura no tiene espacio para nosotros – suspiró Hinata.
-Me escaparé y tú vivirás sola en Londres porque yo no viviré contigo – gritó Boruto, desesperado -. Es tu culpa. Si tuviera papá, él nos compraría esta casa, como lo hacen todos los papás. Apuesto a que él hubiera curado a Kaguya... ¡Te odio porque tú no puedes hacer nada!
Con esa amarga condenación, Boruto salió como un huracán por la puerta trasera. Se refugiaría en su escondite del jardín. Allí se sentaría, lloraría, luchando por tragarse las amargas realidades del mundo de los adultos que significaban la pérdida de todo lo que amaba. Hinata tocó la carta del abogado que estaba sobre la mesa.
Su hijo la odiaría más todavía cuando se diera cuenta de que sus vacaciones en casa de Sakura tampoco podían continuar. En algunas ocasiones como la que vivía, Hinata se sentía tonta en relación a Boruto. Su hijo no era igual a otros. A los dos deshizo una radio y volvió a armarla, reparándola en el proceso. A los tres aprendió a hablar en alemán escuchando un programa de la televisión. Pero todavía era demasiado pequeño para aceptar hacer sacrificios. La muerte de Kaguya lo golpeó con fuerza y ahora perdería la casa que amaba, su burro, los amigos con quienes jugaba... en resumen, los restos de la seguridad que protegía su vida a últimas fechas. ¿Acaso la maravillaba que tuviera miedo? ¿Cómo podía tranquilizarlo si ella también temía el futuro?
La certeza de que la catástrofe estaba lista para aplastarla en cualquier momento, nunca abandonó a Hinata por completo. La súbita muerte de Kaguya confirmó sus peores pesadillas. De un golpe, la calmada y feliz seguridad de sus vidas se rompió en pedazos. Y en ese instante sentía que la lanzaban al pasado, justo donde empezó hacía cuatro años...
Su vida era un desastre, que descendía a velocidad mortal. Tenía el futuro prometedor de un piloto kamikaze cuando de repente apareció Kaguya. La recogió, la sacudió un poco y la obligó a caminar. En el proceso, Kaguya se convirtió en lo más cercano a una madre que Hinata conoció.
Se encontraron en un tren. Ese viaje y el azar alteraron la vida de Hinata para siempre. Como compartían la misma alcoba Kaguya trató de iniciar una conversación. Su persistencia sacó a la joven de su ensimismamiento y antes de mucho tiempo sus emociones la traicionaron y terminó contándole a la anciana su historia.
Después se avergonzó, ansiosa de escapar de la compañía de la otra mujer. Se bajaron en la misma estación y nada de lo que le dijo la pobre Kaguya, acerca de que "había tomado la decisión correcta" penetró en su mente. Igual que una adicta, Hinata enloquecía hasta por escuchar el sonido de la voz de un hombre. Despidiéndose con rapidez de Kaguya, corrió hacia la cabina telefónica más cercana.
¿Qué habría sucedido si hubiera hecho esa llamada por teléfono? Esa llamada quizá hubiera sido el clímax de una relación equivocada, que fue un desastre de principio a fin.
Pero jamás lo sabría. En su loca precipitación por llegar al teléfono, corrió frente a un coche. Necesitó una incapacidad física total para recobrar el sentido común... al fin. Pasó tres meses en el hospital. Y transcurrieron muchos días antes de que reconociera la voz tranquilizadora que entraba y salía de una niebla de dolor y desorientación. Pertenecía a Kaguya. Sabiendo que no tenía familia, la veló en la unidad de cuidados intensivos, ayudándola a dominar las tinieblas. Si Kaguya no la hubiera acompañado, Hinata jamás habría emergido de la oscuridad.
Aun antes de su nacimiento prematuro, Boruto tuvo que luchar para sobrevivir. Al llegar al mundo, chilló para que le prestaran atención, pequeño y débil, pero con una voluntad indomable. Desde la incubadora, conquistó a todo el personal médico, sobreponiéndose a cada obstáculo en el menor tiempo posible. Hinata empezó a reconocer que, con los genes que su hijo heredó a un grado inconfundible, un camión de diez toneladas no le hubiera robado el don de la existencia, mucho menos la colisión de su descuidada madre con un simple automóvil.
-Es un espléndido luchador – proclamó Kaguya con orgullo, gozando con el papel de abuela adoptiva, como sólo puede hacerlo una mujer sola. Toneri su único hermano y el menor, la quería con sinceridad, pero las excentricidades de la anciana lo enfurecían y su sofisticada esposa francesa Shion y su hija adolescente, no tenían tiempo que dedicarle a Kaguya. Así que lo acogió en Greyfriars, sin que él se opusiera.
La mirada de Hinata recorrió la cocina hogareña. Ella cosió las cortinas de la ventana y pintó las alacenas. Esa era su casa, en el más amplio sentido de la palabra. Entonces, ¿cómo podía persuadir a Boruto de que serían felices en un pequeño apartamento, en la ciudad, cuando ni ella misma lo creía?
Pero, Dios del cielo, ese apartamento era la única solución.
Alguien llamó a la puerta trasera. Sin esperar respuesta, Sakura Haruno, su amiga, entró.
-¿No te precipitas un poco al empezar a empacar? – opinó, contemplando con cierta sorpresa las cajas de cartón -. Todavía tienes quince días.
-Te equivocas – le mostró la carta del abogado -. Por suerte, Toneri nos permitirá quedarnos en su apartamento si tenemos problemas. No podemos permanecer aquí hasta el fin de mes y nuestro apartamento no se desocupará antes de esa fecha.
-¡Maldición del infierno! ¿No te darán una semana extra? – exclamó Sakura incrédula.
Mientras las facciones expresivas de Sakura mostraban su irritación habitual, Hinata se volvió hacia los platos del desayuno, esperando que su amiga no volviera a criticar los términos del testamento de Kaguya y la inminente mudanza a la ciudad. En los últimos días, aun exudando buenas intenciones, Sakura la impacientaba con sus ideas absurdas.
-No tenemos ningún derecho legal a estar aquí – señaló Hinata.
-Pero moralmente tienes todos los derechos y yo esperaba que una organización caritativa fuera más generosa con una madre sin pareja. Pero no sé por qué los culpo. Este desastre lo causó Kaguya.
-Sakura...
-Lo siento, pero yo siempre he creído en la sinceridad – esa afirmación resultaba innecesaria cuando alguien conocía la lengua cáustica de Sakura -. En serio, Hinata... algunas veces pienso que te pusieron sobre este mundo para que te explotaran. ¡Ni siquiera te das cuenta de que la gente te usa! ¿Quién te dio las gracias por gastar cuatro años de tu vida cuidando a Kaguya?
-Kaguya nos prestó un techo cuando no teníamos a dónde ir. Yo soy la que debo de estarle agradecida.
-Reparaste la casa, la serviste de rodillas, como una esclava, lo mismo que a sus múltiples mascotas – la condenó Sakura, con pasión -. Y por todo eso, recibiste un cuarto y comida y alguna ropa de segunda mano. Yo suponía que la caridad empezaba por casa.
-Kaguya era la persona más sincera y bondadosa que he conocido – la defendió Hinata, sin mucha vehemencia.
Más loca que una cabra, hubiera querido gritar Sakura, frustrada, aunque admitía que las excentricidades de Kaguya no molestaban a Hinata tanto como a otros, menos tolerantes. Hinata no parecía notar que Kaguya hablaba sola o que vaciaba el contenido de su bolso sobre la bandeja de recolección de la iglesia y llevaba a los mendigos a tomar el té porque Hinata era... la persona más fiel, generosa y buena que hubiera tenido por amiga, terminó Sakura, para su entera satisfacción.
Entonces, ¿cómo podía criticarla por ejercer esas cualidades? Por desgracia, esas mismas cualidades la pusieron en el predicamento en que se encontraba.
Hinata se deslizaba por otro plano mental.
Observando esos ojos perla en la hermosura de su rostro, Sakura recordó a un niño, vagando sin rumbo en el mundo aterrador de los adultos. Hinata esgrimía una inocencia tenaz al confiar en los demás y ver sólo el lado bueno del prójimo. Y había algo horrible en la manera indefensa con que mantenía su optimismo.
Siempre creía en las historias lacrimosas que oía y las escuchaba con maravillosa atención. No sabía cómo decir que no cuando alguien le pedía un favor. Pero, ¿le regresaban esos favores? Muy pocos, en opinión de Sakura.
-Por lo menos, Kaguya debió dejarte una parte de la propiedad – censuró Sakura.
-¿Y qué hubieran pensado Toneri y su familia? – Hinata puso la tetera sobre la estufa.
-A Toneri no le falta dinero.
-Ōtsutsuki es una compañía pequeña. No lo creo un millonario.
-Pero tiene una mansión en Kent y un apartamento en Londres. Si eso no es tener dinero, ¿qué es? – concluyó Sakura, con sequedad.
-No ha captado muchos negocios a últimas fechas – insistió Hinata, suprimiendo un gemido -. Ya vendió unos terrenos que tenía, aunque no lo admite, y debe haberlo desilusionado el testamento de Kaguya. Esta tierra le hubiera reportado una fortuna vendiéndola como lotes para construcción. Ese dinero le habría caído como anillo al dedo.
-Y, para cuando termine el juicio de divorcio, Shion ya le habría quitado hasta el último centavo – predijo Sakura.
-Ella no quería divorciarse – murmuró Hinata.
-¿Y qué importa? – replicó Sakura, con un gesto -. Tenía un amante y era el cónyuge culpable.
Hinata preparó el té, mientras reflexionaba que no merecía la pena de exigir tolerancia de Sakura respecto a la infidelidad conyugal. A su amiga todavía le dolía la ruptura de su propio matrimonio. Pero el marido de Sakura siempre fue mujeriego y el caso de Shion no se comparaba con el suyo. Las preocupaciones del negocio y las dificultades con su hija adolescente volvieron tensa la situación del matrimonio de los Ōtsutsuki. Shion consiguió a su amante y Toneri se sintió devastado.
Sin oír los ruegos de su esposa, se salió de la casa y se dirigió de inmediato a un abogado. Hinata hubiera jurado que Toneri olvidaría y perdonaría el incidente. Se equivocó.
-Todavía espero que resuelvan sus problemas antes de que sea demasiado tarde – comentó en voz baja.
-¿Alguna vez se te ha ocurrido que Toneri pueda tener un interés personal al visitarte cada fin de semana? – preguntó Sakura, aclarándose la garganta.
Hinata la contempló como un pez fuera del agua.
-¡Oh, por el amor del cielo! – gimió Sakura -. ¿Tengo que deletreártelo? Su comportamiento en el funeral levantó otras cejas, además de las mías. Si tú alzabas algo más pesado que una taza de té, cruzaba el cuarto para ayudarte. Creo que se ha enamorado de ti.
-¿De mí? – repitió Hinata, azorada -. ¡Jamás oí algo tan ridículo!
-Podría equivocarme – dudó Sakura.
-Desde luego que podrías – exclamó Hinata con desacostumbrada vehemencia y las mejillas arreboladas por su incomodidad.
-De acuerdo, cálmate – suspiró Sakura -. Pero sostuve una pequeña charla con él después del funeral. Le pregunté por qué sacó a relucir a otra viejecita para que te encargaras de ella...
-La señora Anstey es su madrina – exhaló Hinata.
-Que enterrará a otra generación de cuidadoras – predijo Sakura, pesimista -. Cuando te llevé a ver el apartamento, su cara momificada bastó para darme pesadillas. Se lo dije a Toneri.
-Sakura, ¿cómo te atreviste? Lo único que haré es ir de compras y prepararle la comida. No lo considero demasiado a cambio de ocupar el apartamento pagándole un alquiler simbólico.
-Por eso sospecho algo turbio. Sin embargo... – Sakura se detuvo para aumentar el efecto misterioso -, Toneri me aseguró que no necesito preocuparme ya que no cree que te quedes allí mucho tiempo. ¿Por qué crees que afirmó eso?
-Quizá supone que yo no le convendré a su madrina – gracias Sakura, por darme otra preocupación, pensó, cansada.
Sakura jugueteó con la carta del abogado entre sus dedos y de repente frunció el ceño.
-Si te mudas esta semana, no asarás unos días conmigo, ¿verdad? – resolvió, frustrada -. Contaba con tu cooperación Hinata. Mi madre y tú se llevan a las mil maravillas y cuando la entretienes, deja de molestarme.
-La noticia tampoco me ha convertido en la favorita de Boruto – musitó Hinata.
-¿Por qué no? Mis padres lo adoran. Lo consentirán a morir. Y, cuando te lo regrese, ya tendrás el apartamento organizado y se verá casi como un hogar. Me siento culpable por no poder ayudarte – le confió Sakura -. Así soluciono el asunto.
-No te permitiré que...
-Somos amigas, ¿no? Resultará menos traumático para el niño. Pobrecito, toma las cosas muy a pecho – prosiguió Sakura, persuasiva -. De este modo no estará aquí cuando entregues a Trébol al asilo de animales y tampoco tendrán que pasar una noche en un hotel, camino al apartamento de Toneri.
Me parece recordar que Boruto no se lleva muy bien con el ama de llaves.
-¿Me lo confiarías? – preguntó Sakura de pronto.
-Desde luego...
-Entonces, el asunto está arreglado – declaró Sakura.
El comentario de que jamás se había separado de Boruto antes, ni siquiera por una noche, murió en los labios de Hinata. Boruto vivía fascinado en la granja. Habían pasado varios fines de semana con Sakura los últimos años y, de esa manera, no perdería sus vacaciones.
Seis días después.
-Gracias por dejarme ir con la señorita Sakura mami, te quiero–
Boruto la abrazó con entusiasmo y corrió al auto de Sakura un segundo después.
Hinata titubeó.
-Si me extraña, llámame – urgió a Sakura acercándose a la ventana del coche.
-Ya no tenemos teléfono – le recordó Boruto -. Se lo dieron a los niños pobres de África, como todo lo demás.
En un minuto se fueron. Hinata retrocedió para contemplar maletas y cajas entre lágrimas. No tenía mucho que enseñar de esos cuatro años. Las cajas quedarían en el garaje de Sakura. Un vecino prometió llevarlas al apartamento de Toneri la semana siguiente. Se limpió los ojos con exasperación.
¡Boruto estaría ausente diez días, no seis meses!
Toneri la recogió en la estación de ferrocarril y la llevó hasta su auto. Era un hombre de anchos hombros, agradables facciones y aire tranquilo.
-Primero dejaremos tu equipaje en el apartamento.
-¿Primero? – indagó Hinata.
-Reservé una mesa en el Savoy – sonrió él.
-¿Celebras algo? – Hinata había comido con Toneri y Kaguya una docena de veces, pero siempre las llevó a su Club.
-Mi compañía está a punto de ganar un jugoso contrato – divulgó, con orgullo -. Aquí entre nosotros, ya lo tengo en el bolsillo. Vuelo para Alemania esta tarde. Y pasado mañana, firmamos.
-Una noticia estupenda – sonrió la joven.
-Para ser franco, me salva en el momento preciso. A últimas fechas, mi negocio ha estado cerca de naufragar. Pero no sólo celebramos eso – añadió -. También que te mudes a Londres.
-¿Cuándo regresarás de Alemania? – preguntó Hinata al salir del apartamento de Toneri.
-En un par de días, pero me registraré en un hotel.
-¿Por qué? – frunció el ceño Hinata.
-Cuando estás a la mitad de un divorcio, no puedes ser demasiado imprudente, Hinata – replicó y un leve rubor tiñó sus mejillas -. Gracias a Dios el caso se terminará el próximo mes. Sin duda piensas que exagero las precauciones, pero no quiero que nadie te señale con un dedo y te asocie con mi divorcio.
Hinata se avergonzó. Aceptó agradecida su ofrecimiento de un techo temporal sin pensar en los problemas en que lo metía.
-Me siento muy mal, Toneri. Jamás se me ocurrió...
-Claro que no. Tu mente no trabaja de ese modo – Toneri le apretó la mano con confianza -. Una vez que se termine el juicio, no le prestaremos atención a los chismes.
La joven consideró ese comentario más perturbador que tranquilizador, implicando un grado de intimidad que nunca formó parte de su amistad. Entonces se regañó y culpó a Sakura por hacerla interpretar dobles intenciones donde no existían. De forma inevitable se acercó a Toneri desde que se separó de Shion, pues se volvió un visitante asiduo de la casa de su hermana, pero...
En el bar recibieron sus menús. Hinata exageró el estudio del suyo, porque le costaba trabajo leer las palabras impresas. Esta dificultad nacía de que era disléxica, aunque ocultaba su defecto.
-Filete – decidió. El filete siempre figuraba en todos los menús.
-Eres una criatura de costumbres fijas – se quejó Toneri, pero le sonrió -. ¿Y para empezar?
Siguió con el mismo juego.
-Debí ordenar por ti – bromeó él.
Sus ojos vagabundos contemplaron la espalda de un hombre rubio con pelo corto que cruzó el vestíbulo, dirigiéndose a la puerta. Inquieta, parpadeó y se dijo que se equivocaba, descartando el miedo de un posible encuentro, la sensación helada que le estrujaba el corazón.
Vive un día a la vez le aconsejó Kaguya. La anciana sabía un montón de dichos y, hacía cuatro años, le pareció a Hinata que podía ponerlos en práctica. Pero un día tiene veinticuatro horas y cada una se divide en sesenta minutos. ¿Cuánto tiempo transcurrió antes de que pudiera vivir cinco minutos sin recordarlo? ¿Cuánto desde que pasaba las noches en vela, torturada por la fuerza bruta de las emociones que se obligaba a negar? Al final, construyó un muro dentro de su cabeza. Detrás, enterró dos años de su vida. Pero, a veces, se sentía medio muerta...
-¿Sucede algo?
-Alguien caminó sobre mi tumba – bromeó y, al ver a los ojos a Toneri, se estremeció de forma exagerada.
-Ahora que estás en Londres, nos veremos con mayor frecuencia – comentó Toneri y le tomó la mano que trato de confesarte, no muy bien, es que me he enamorado de ti.
Hinata apartó la mano con violencia, derramando el jerez. Con una excusa, buscó en su bolso un pañuelo, pero el camarero se adelantó y limpió la mesa. Hinata se quedó inmóvil, helada, deseando estar en cualquier parte menos en ese sitio, mientras Toneri la contemplaba a la expectativa.
-Quería que supieras lo que siento – suspiró él.
-Yo... yo no me imaginaba... No tenía idea – fue todo lo que dijo, sin saber qué añadir.
-Supuse que lo habías descubierto por ti misma – un rayo de buen humor se transparentó en sus ojos -. Pero parece que no he sido tan obvio como creí. Hinata, esto no es una tragedia. No espero nada de ti. Tampoco asumo que existe una respuesta apropiada a una declaración; discúlpame.
-Siento como si me hubiera entrometido entre tú y Shion – musitó ella, con sensación de culpa.
-Tonterías. Sólo desde que la dejé, empecé a darme cuenta de cuánto disfruto tu compañía.
-Pero si yo no hubiera estado disponible, quizá habrías vuelto con tu esposa – razonó, tensa -. Eres un excelente amigo para mí, pero...
-No trato de presionarte, Hinata – le cubrió la mano con la suya -. Tenemos todo el tiempo del mundo – le aseguró tranquilo y canceló ese tema con habilidad, dándose cuenta de que prolongarlo resultaría contraproducente.
Estaban en el comedor del restaurante cuando escucharon la voz. Con un timbre oscuro, un leve acento, como miel. Al instante Hinata volvió la cabeza, respondiendo a un llamado demasiado profundo. Sus ojos se abrieron por el impacto, cada uno de sus nervios se tensó. La sangre le golpeó los tímpanos y su mano tembló al colocar la copa de vino sobre la mesa.
Naruto.
Oh, Dios... Naruto. Su perfil, vibrante y dorado, semejante al de un gitano, se recortaba contra la luz que entraba a raudales por la ventana. Una mano bronceada se movía para ilustrar un punto a sus dos compañeros. El terrible impulso de contemplarlo resultaba incontrolable.
La brillante cabeza se movió apenas. La miró directo a los ojos. Sin expresión. Sin reaccionar. Los ojos zafiros le quemaban el corazón, igual que una llama. Cesó su habilidad de respirar. Se quedó inmóvil mientras cada sentido que poseía le gritaba que se pusiera de pie y corriera... y que siguiera corriendo hasta dejar atrás esa amenaza. Por un momento, su pose la abandonó. Por un momento olvidó que con seguridad no la reconocería. Por un momento la paralizó el miedo.
Naruto rompió el lazo de la mirada. Señaló con una mano a uno de sus compañeros, que de inmediato se levantó de su asiento con la velocidad de un lacayo bien entrenado, inclinando la cerviz ante la voz del amo.
-Te trastorné – murmuró Toneri -. Debí callarme.
La joven bajó las pestañas, como una cortina. El ruido de la cuchillería y el sonido de las voces llegó a sus oídos de nuevo. Algo no había cambiado, reconoció, atontada. Cuando Naruto la miraba, nada ni nadie en el mundo era capaz de atraer su atención. La transpiración le mojaba el labio superior. Naruto se encontraba a menos de cinco metros. Dicen que cuando vas a ahogarte, toda tu vida se muestra ante tus ojos, pensó. Oh, se le antojaba el escondite de un lago.
-Hinata...
-Me duele la cabeza – mintió, enfocando al hombre con el que comía. Si me perdonas, pediré una aspirina.
Se levantó, apoyándose en rodillas de gelatina, agradecida hasta morir de que no tuviera que pasar frente a la mesa de Naruto. Aun así, salir del comedor le pareció igual que caminar por una cuerda sobre un mar infestado de tiburones. Una parte irracional de su ser esperaba que una mano cayera sobre su hombro en cualquier momento. Sintiéndose enferma, escapó al baño más cercano.
Se secó las manos y se tocó el anillo de oro del anular. El regalo de Kaguya, la invención de Kaguya.
Todos menos Sakura, pensaban que era viuda. Kaguya dijo esa mentira aun antes de que Hinata dejara el hospital. Y ella no podía desmentirla. De cualquier modo, le molestaba pasar como alguien que no era, aunque comprendía que sin la historia respetable que Kaguya inventara, no la habrían aceptado en la comunidad de la misma manera.
Su estómago todavía se contraía. Cálmate, respira. ¿Por qué cedes al pánico? Con Naruto en las cercanías, el pánico tenía razón de ser, razonó, afiebrada. Naruto era imprevisible. Actuaba sin conciencia. Sin embargo, no podía permanecer allí para siempre.
-Creo que habrá tormenta – le dijo a Toneri a su regreso, sin ver a ningún lado -. Casi siempre me duele la cabeza cuando va a llover.
Habló sin cesar mientras comían. Si a Toneri lo agobiaba un poco su parloteo, por lo menos no notó que su apetito hubiera desaparecido.
Naruto la observaba. Lo sabía. Sentía sus pupilas clavadas en ella. Y no podía soportarlo. Le parecía una tortura china. Incesante, destructiva. La rabia empezó a dominar sus nervios. Naruto no había sufrido en lo más mínimo. Juzgaba en contra de las leyes de la naturaleza que permaneciera intacto después de las heridas que le infligió. No existía justicia en el mundo, pues Naruto continuaba floreciendo como una planta depredadora tropical.
No obstante, algún día, de algún modo... Una mujer lograría lastimarlo, rompiendo la armadura con que se cubría. Tenía que suceder. Debía aprender lo que se siente sufrir. Esa creencia protegía a Hinata, impidiendo que la quemara la amargura. Se imaginaba a Naruto de rodillas, humanizado por el dolor y luego volvía a la realidad, incapaz de tolerar esa fantasía.
Revolvió su café igual que si efectuara un rito. Hacia la derecha, hacia la izquierda, agregándole azúcar al último. Su mente giraba en remolino, perdida entre el pasado y el presente. Era una víctima más en la larga cadena mortal de Uzumaki. Y la irritaba esa humillante verdad.
-Acaba de matarme – Toneri logró introducir esas palabras en el mar de la plática superficial en que ella navegaba.
-¿A qué te refieres? – indagó, emergiendo de las tinieblas.
-A Naruto Uzumaki. Ni siquiera me miró cuando salió.
La desconcertó que Toneri admitiera que conocía a Naruto. Pero, ¿por qué se sorprendía tanto? Aunque su negocio era de mucho menor categoría, Toneri operaba en el mismo campo que Naruto. Ōtsutsuki fabricaba componentes de computadoras.
-¿E-es muy importante? – tartamudeó.
-Me enseñará a no vanagloriarme – replicó Toneri, seco -. Hace años hice negocios con él. Pero me sacó del equipo y ya ni me recuerda.
Naruto poseía una memoria como una trampa de acero. Nunca olvidaba una cara. Ella sabía la razón. Y no podía fingir que ignoraba quién era Naruto. Aquel que no hubiera oído de Uzumaki, o no sabía leer, o vivía en una isla desierta.
-Lo considero un personaje fascinante – Toneri sorbió su café, satisfecho de que el magnate sólo lo hubiera olvidado y no destruido -. Imagínate los riesgos que debió correr para llegar al sitio que ocupa hoy en día.
-Piensa en los cadáveres que dejó a su paso.
-Ese es el punto – reflexionó Toneri -. Que yo sepa, sólo cometió un error, una vez. Déjame ver, fue hace cuatro años... cinco años. No comprendo qué sucedió, pero casi pierde hasta la camisa.
Resultaba obvio que la había recuperado y, conociendo a Naruto, se la puso junto con la de otra persona. A ese nivel, Naruto actuaba de forma básica. Ojo por ojo y diente por diente, además de los intereses que devengara. El recuerdo la estremeció.
-Me comporté como un estúpido, ¿verdad? – musitó Toneri al salir del hotel.
-Claro que no – se apresuró a tranquilizarlo.
-¿Te pido un auto de alquiler? – preguntó, incómodo -. Yo tengo que regresar a la oficina.
-Caminaré – la avergonzaba no haber manejado la situación con mayor tacto, pero la combinación de su declaración y Naruto en el horizonte, como un barco pirata, casi la vuelve loca.
-¿Hinata? – antes que ella pudiera evitarlo, Toneri se inclinó con un movimiento rápido y le besó los labios entreabiertos -. Muy pronto te pediré que te cases conmigo, te guste o no – le prometió, recuperando la confianza -. Hace casi cinco años que perdiste a tu esposo. No puedes enterrarte con ese recuerdo. Y yo soy un hombre persistente.
Un segundo después se fue, caminando en dirección opuesta. Las lágrimas le llenaron los ojos y las olas de una reacción retardada la bañaron, destrozando su control. Toneri era un hombre bueno, la esencia de un caballero a la antigua, declarándole su amor junto con el primer beso. Y ella era un fraude, un fraude completo... no la mujer que él pensaba, todavía guardando luto por su joven esposo y un matrimonio trágicamente breve. Toneri la tenía sobre un pedestal.
La verdad lo destruiría. En perspectiva, también la destruía a ella. Durante dos años no fue nada... excepto la amante de Naruto Uzumaki. Mantenida a cambio de su capacidad para complacerlo en la cama.
Naruto nunca confundió el amor con el sexo. Ese error sólo fue de ella. Por eso no se designaba con el término cortés de "querida". Las queridas de los millonarios comparten el escenario con sus amantes.
Naruto se aseguró que ella permaneciera tras bambalinas. Jamás sucumbió ante la urgencia de sacarla para exhibirla. No poseía la elegancia o la pose, mucho menos la distinción o la elegancia que él requería. Aun en ese momento los recuerdos la quemaban como ácido sobre la piel, lacerándola cada vez que tocaba las llagas.
Opciones. La vida se reducía a una serie de opciones. A los dieciocho, escogió ciertas opciones. O por lo menos, eso creyó. En realidad, las tomaron por ella. El amor acaba con la inteligencia y el orgullo, si abate a una mujer insegura. Antes de conocer a Naruto, no hubiera considerado un error amar a alguien. Pero podía serlo, oh sí, ¡y qué error! Si el amado convertía el amor en un arma en tu contra, ese error te costaba lágrimas de sangre, reflexionó.
Desde siempre, Hinata estuvo desesperada por inspirar amor. Al estudiar su pasado, sólo podía equipararse con una bomba de tiempo andante, programada para autodestruirse. A las pocas horas de nacida, su madre la abandonó y nadie volvió a saber de ella.
Creció en un orfanatorio, donde fue una de muchos. Soñaba tejiendo fantasías acerca de la madre que desconocía, que algún día iría a recogerla. Cuando esa esperanza se desvaneció en su adolescencia, soñó con una pasión devastadora.
Al salir de la escuela, a los dieciséis años, trabajó como ayudante en el orfanatorio, hasta que se cerró, dos años después. Los Yamanaca eran parientes de la directora y le dieron el puesto de recepcionista en la galería de arte que administraban en Londres. Apenas le pagaban lo suficiente para vivir, sacando provecho de la capacidad de la joven de trabajar largas horas. Como la galería se mantenía abierta hasta muy noche, Hinata se encargaba de cerrarla cuando ya sus patrones se habían ido a su casa.
Naruto entró una noche de invierno en que ella estaba a punto de cerrar. Se hospedaba en un hotel cercano. Salió a caminar, siguiendo un impulso, y sólo se cubrió con un impermeable echado con descuido sobre los hombros. Las gotitas de agua brillaban imitando cristales en su cabello claro y un aura de inmensa energía y confianza en sí mismo emergía de su persona, como una oleada. Entonces,
Hinata eligió su primera opción... hechizada por una fugaz sonrisa, dejó que ese hombre entrara en la galería.
Ahora, en el presente, un auto con chofer la esperaba a unos cuantos metros de la tienda que acababa de visitar. Ni siquiera se dio cuenta de hacia dónde caminaba. Alzó la vista y se encontró en la calle.
La puerta del auto se abrió y Naruto le cerró el paso.
-Te llevaré a donde vayas – le ofreció.
