CAPÍTULO 2
Disclaimer:
Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham
Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto
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Hinata fijó los ojos en él con horror.
-Y-yo... no voy a ninguna parte...
-¿Simplemente vagarás por las calles? – se burló Naruto.
-No voy tan lejos para que necesite que me lleves – se corrigió, insegura -. ¿Cómo supiste en dónde buscarme?
-Hice que te siguieran.
El oxígeno se atoró en la garganta de la chica. ¿Realmente creyó que ese segundo encuentro era una coincidencia? ¿Qué la dejaría partir sin más? Un auto se estacionó detrás del primero y dos guardias de seguridad emergieron del vehículo. Los eficientes perros guardianes de Naruto se posesionaron de la calle, observando los puntos de peligro. A Hinata le pareció irreal esa escena. Y ahora recordaba el mundo tan diferente que habitó cuatro años antes.
-¿Para qué? – musitó, tensa.
-Quizá para revivir los viejos tiempos – las espesas pestañasensombrecieron el brillo de las pupilas -. No sé. Tú explícamelo – la invitó. ¿Un impulso? ¿Lo considerarías una posibilidad?
-No te considero una persona impulsiva – de modo involuntario se apoyó en el muro a sus espaldas.
-¿Por qué tiemblas? – se le acercó sin ruido y los hombros de la joven se estrellaron contra la pared en su esfuerzo por mantener la distancia entre ambos.
-Sales de la nada. ¡Casi me matas del susto!
-Te encantaban las sorpresas, lo mismo que a los niños.
-Quizá no lo hayas notado, pero ya no soy una niña – requirió valor para lanzarle esa réplica, pero cometió un error al hacerlo. Naruto la midió con ojos insolentes y ella se sintió desnuda.
-Ya veo que te gustan los hábitos de monja – comentó, seco.
Estaba tan cerca, que hubiera podido tocarlo. Pero no levantaría los ojos más allá del nivel de su corbata azul, porque captaba en la atmósfera un miedo sin nombre. Una silenciosa intimidación que le estrujaba la punta de los nervios.
-No tenemos nada de qué hablar después de todo este tiempo – sus labios palidecieron y la seguridad la abandonó.
Con negligencia, él le acarició el delicado cuello, donde el pulso latía desbocado. Su piel ardió y de repente todo su cuerpo se consumió en un incendio.
-Tranquilízate – le aconsejó, apartando la mano como al descuido un segundo antes de que ella volviera la cabeza, repudiando esa intimidad. Las llamas danzaron por un instante en las pupilas y después una lenta, brillante sonrisa curvó su boca -. No fue mi intención asustarte. Vamos... ¿acaso somos enemigos?- declaro él.
-T-tengo pri-prisa – tartamudeó.
-¿Y aún así no quieres que te lleve a tu destino? Perfecto. Caminaré contigo – sugirió con tersura -. O podríamos pasear en el coche durante un rato... o sentarnos en medio de un congestionamiento de tránsito. Créeme, estoy de un humor muy dócil.
-¿Por qué? – se apartó como una valiente del muro y enderezó los hombros -. ¿Qué quieres?
-Pues, no espero que hagas lo que solíamos hacer en medio de un congestionamiento de tránsito – los ojos zafiros quedaron fijos en el rubor que tenía la blanca piel de ella-. ¿Qué crees que quiero? De seguro es entendible que desee satisfacer una pequeña curiosidad natural, ¿verdad?
-¿Acerca de qué?
-De ti. ¿De quién más? – alzó una ceja -. ¿Supones que estoy parado en la calle por mi propio placer?
Hinata se mordió el labio, indecisa. Sintió que se sulfuraba. En otro momento Naruto hubiera dicho: "Súbete al coche", ella habría obedecido de un salto. Ahora sonreía, pero no confiaba en las sonrisas de Naruto. Naruto sonreía mientras le rompía el alma en dos con un puñado de palabras bien escogidas. Sin hablar, llegó a una conclusión y pasó frente a él. A Naruto lo conocían todos los reporteros y ella no podía darse el lujo de que lo vieran a su lado, para preservar el presente que con tanta cautela construyó
Kaguya para protegerla.
Un guardaespaldas se materializó junto al codo de la chica y le abrió la puerta del coche. Agachando la cabeza, se deslizó hasta el rincón del asiento. La puerta se cerró, apresándolos en su intimidad.
-Realmente, Hinata... ¿fue tan difícil? – murmuró Naruto con voz sedosa -. ¿Te gustaría tomar algo?
-¿Por qué no? – tenía la garganta seca y luchó por recuperar la presencia de ánimo. Se alisó la falda con manos nerviosas, volviendo a acomodar los pliegues. La piel le cosquilleó por la proximidad de Naruto, mientras se inclinaba para abrir el bar. Durante el más largo momento de su existencia tuvo al alcance de la mano los cabellos rubios y rizados, mientras el aroma de la loción y esa esencia indefinible, pero, oh, tan familiar, de Naruto asaltaba sus sentidos.
Apretó las manos y Naruto le entregó un vaso, reteniéndolo lo suficiente como para obligarla a mirarlo. Un truco sin importancia de Naruto, pero que la hacía sentirse manipulada. Bebió varios sorbos que le lastimaron la garganta. Odió el sabor, aunque hacía años fue tan ingenua que bebió lo que detestaba porque lo juzgaba un signo de sofisticación.
-¿Te sientes mejor ahora? – inquirió Naruto con pereza, recostándose con un movimiento fluido -. ¿Vives en Londres?
-No – contestó de prisa -. Sólo vine por unos días. Vivo en... Peterborough.
-Y te casaste. Ese hecho debió darte una gran satisfacción.
El anillo empezó a convertirse en una cuerda que le cerraba la garganta. Decidió pasar por alto ese sarcasmo.
-¿Cuándo te casaste?
-Hace cuatro años – tomó otro trago para fortificarse.
-Poco después de...
Su mente registró el error que acababa de cometer.
-Fue amor a primera vista – corrigió Hinata de prisa.
-Debió ser – se mofó -. Cuéntamelo.
-Es muy común – se defendió -. No puede interesarte.
-Al contrario – la contradijo Naruto con suavidad -. Me fascina.
-¿Tu esposo se llama de alguna manera?
-Naruto, yo...
-¡Ah! Así que recuerdas mi nombre. Un halago inesperado.
-Paul – contempló su vaso -. Se llama Paul – Luchando por dominar la tensión que la amenazaba, logró reírse un poco -. De verdad no quieres oír todo esto.
-Consiénteme – le aconsejó Naruto -. ¿Vives feliz en... dónde? ¿Peterhaven?
-Sí, desde luego.
-No te ves muy feliz.
-La felicidad no siempre se refleja en la cara – replicó, desesperada.
-¿Hijos? – insistió, como al azar.
Hinata se quedó helada y el frío recorrió su espina dorsal, al mismo tiempo que lo miraba de reojo.
-No, todavía no.
Naruto permaneció quieto. Aun en medio de su nerviosismo, ella lo notó. Y entonces, sin previo aviso, él sonrió.
-¿Qué hacías con Ōtsutsuki?
-Yo... yo me lo encontré mientras iba de compras – titubeó desconcertada y siguiendo una idea que le pareció brillante, agregó: -Mi marido trabaja con él.
-Parece que gozas un día repleto de coincidencias – sus ojos zafiros se estrellaron contra su rostro, igual que un latigazo -. Lo inesperado resulta siempre lo más entretenido, ¿verdad?
-Y-yo... realmente debo irme – murmuró
Naruto la encaro sin expresión -. ¿Qué temes?
-¿Temes? – repitió, temblorosa -. No le temo a nada – tomó aliento -. No tenemos nada de qué hablar.
-En cambio yo veo un largo día que se extiende ante nosotros – repuso Naruto.
-No tengo respuestas para tus preguntas – Hinata inclinó la cabeza, tratando de dominar la inquietud de su voz. Combate el fuego con fuego. Sólo así sobrevivirás.
-Piensa que me debes esta pequeña muestra de educación – le advirtió Naruto -. Hace cuatro años y medio desapareciste en el aire. Sin una palabra, sin una carta o explicación. Me gustaría que me lo explicaras ahora.
-En resumen – empezó, sonrojándose -, comprometerme contigo fue lo más estúpido que pude hacer – asentó.
-Casi tanto como confesármelo – los ojos sombríos se posaron en ella -. Dormiste conmigo la noche antes que desaparecieras. Te rodeé con mis brazos, te amé, mientras tú planeabas abandonarme.
-Accedí por costumbre – musitó.
La asió por la muñeca, acercándola a él contra su voluntad.
-¿Por costumbre? – repitió, machacando las palabras, incrédulo.
Hinata tenía la lengua pegada al paladar. Asintió en silencio y retrocedió ante la furia salvaje y el asco que leyó en las poco expresivas pupilas de ese hombre.
-Me lastimas – murmuró.
-Entonces te felicito por la actuación que te hubiera ganado un Oscar – la soltó, despectivo -. La costumbre te inspiró un extraordinario entusiasmo.
Se sonrojó hasta la raíz del cabello, subyugada por los recuerdos que jamás dejaba salir de su subconsciente. Recordar significaba odiarse a sí misma. Esa noche supo, en el fondo de su corazón, que nunca volvería a entregarse a Naruto. Entonces, con una osadía poco común en ella, lo despertó cerca del amanecer, agobiada por una desesperación apasionada que sólo podía expresarse en el amor físico. Amar a alguien sin ser correspondido, le parecía la forma más cruel de sufrimiento.
-No recuerdo – mintió, despreciándolo con tanta fuerza, que le dolían las emociones sofocadas. Él sacaba a relucir sus defectos, volviéndola una desconocida ante sus propios ojos. La Hinata que comprendía y perdonaba las locuras de los demás, había desaparecido; pagó un precio demasiado alto por amar a Naruto.
-¿Por costumbre? – repitió él de nuevo, pero en un tono suave, aunque helado.
Por accidente, registró la joven, hirió su ego, removiendo las profundidades de una virilidad primitiva que rara vez, si es que alguna, la retaba el sexo opuesto. No era la única mujer que se comportaba como una tonta respecto a Naruto. Otras llegaban a extremos vergonzosos para llamar su atención. Y aún más lejos, con tal de retenerlo. Esa reflexión le proporcionaba, sin embargo, un consuelo helado.
Las mujeres eran juguetes para Naruto Uzumaki. Las tomaba y las descartaba con facilidad. Nunca se permitió gastar un gramo de energía en una hembra. Tenían su lugar en su vida... desde luego, porque actuaba como un macho con una potente carga sexual. Pero jamás les concedió un lugar en su mente, ni se interpusieron entre él y su fría inteligencia.
-Debo irme – dijo Hinata de nuevo, no obstante, al mirarlo se sintió reacia a moverse.
-Como quieras – con desconcertante indiferencia Naruto la vio recoger su bolso y salir del auto.
Ella cerró la puerta del coche y atravesó la calle. Estaba mareada. Todas esas mentiras, pensó; todas esas mentiras para proteger a Boruto. Aunque a Naruto ya no era una amenaza para Boruto, respiraría más tranquila manteniéndolo en la ignorancia. A Naruto le disgustaban las complicaciones. Y un hijo ilegítimo sería más que eso.
Movió la cabeza. Aparte de un momento de peligro, Naruto se comportó con excesiva... frialdad. No podía explicar qué esperaba... pero no eso. En el Savoy hubiera jurado que Naruto estaba furioso. Sin duda, su imaginación la engañó. Después de todo, ¿por qué iba a enojarse? Cuatro años era mucho tiempo, se recordó. Y él nunca la quiso. A alguien que se ama no se le recuerda sin cesar que vive horas de felicidad prestada.
Por lo menos, Hinata sostenía esa opinión.
Su mente evocó su primer encuentro. Premió la presencia de Naruto en la galería con una visita guiada par excellence. Nunca había estado tan cerca de un hombre soberbio, sofisticado y excitante. Naruto, aburrido de su propia compañía, consintió en que lo entretuviera.
Le sonrió y ella perdió el seso, olvidando sus explicaciones. Para él no significó nada. Se fue sin ni siquiera decirle su nombre, pero le advirtió: "No deberías quedarte sola hasta estas horas de la noche.
Tampoco deberías ser tan amable con desconocidos. Muchos hombres lo interpretarían como una invitación y no sabrías cómo manejarte".
Bajó las escaleras y los ojos zafiros la recorrieron por última vez. ¿Qué vieron? Una bonita y regordeta adolescente, torpe y obvia en su dolida desilusión.
En aquellos días, sin embargo, ella estaba llena de un radiante optimismo. Si él se había cruzado en su camino una vez, lo haría de nuevo. Pero pasaron dos meses antes que Naruto reapareciera. Entró en la galería tarde, igual que antes. Sin hablar, observó las pinturas con patente desinterés mientras ella parloteaba, desbordándose en la amabilidad que él censuró en su primera visita. A medio camino hacia la salida, se detuvo de pronto y la miró.
-Esperaré a que cierres. Quiero tener compañía – bromeó.
La invitación esperada con tanta ansiedad se la lanzó a último minuto asumiendo que la aceptaría con descomunal arrogancia. ¿Le importó ella? ¡Le importó un demonio!
-He estado encerrado todo el día. Me agradaría caminar – murmuró cuando la chica se plantó, sin aliento, a su lado.
-A mí también – dijo Hinata. Podía haberle sugerido que nadaran en el Támesis, en pleno invierno, y habría accedido entusiasmada. La ayudó a ponerse el abrigo, impresionándola con sus buenos modales.
Para una primera cita, fue... diferente. La trastornó invitándola a tomar café en Piccadilly. Naruto le contó como creció en Nueva York, le describió a su familia, a los padres y la hermana que murieron en un accidente el año anterior. A cambio, ella le abrió su corazón, logrando bromear acerca de sus desconocidos ancestros.
-Quizá te llame – la metió, sola y sin besarla, en un auto de alquiler para que la llevara a su casa.
No la llamó. Transcurrieron seis, siete semanas de agonía en que su angustia la torturaba. Sólo cuando abandonó toda esperanza, Naruto se presentó de nuevo. Sin advertírselo. La chica lloró de alivio y él la besó para secarle las lágrimas.
Después, Hinata hubiera podido descubrir que ese tipo pertenecía a la Mafia y no le habría importado; sus sentimientos no se alterarían ya por nada. Estaba enamorada, loca de amor y, en alguna parte de su mente asumía que él también debía estarlo. Qué romántico, pensó, cuando le regaló una rosa blanca. La puso en un libro, para conservarla para la posteridad.
Esos recuerdos la asqueaban. Naruto no tenía un gramo de romanticismo en el cuerpo. Simplemente se dedicó a conquistar a la amante perfecta con las maniobras frías y astutas que empleaba en sus negocios.
Paso uno: haz que pierda el sentido común.
Paso dos: convéncela de que no puede vivir sin ti.
Paso tres: remátala.
La sedujo con tanta elegancia, que no se dio cuenta de lo que le sucedía.
Escogió una chica común y la aprisionó. Esa fue la hazaña de Naruto. Entonces consultó su reloj y se asombró de lo tarde que era. Perdida en sus pensamientos, vagó toda la tarde, sin rumbo. Sin más, se dirigió a la parada de autobús.
El ama de llaves de Toneri, la señora Bugle, se ponía el abrigo cuando Hinata entró en el apartamento.
-Me temo que estuve demasiado ocupada para prepararle la cena, señora Hyuga – refunfuñó.
-Oh, no tenga cuidado. Estoy acostumbrada a valerme por mí misma – pero a Hinata le asombró la mirada fría y desaprobadora de esa mujer que antes la tratara con amabilidad.
-Quiero que sepa que la señora Ōtsutsuki sufre mucho con este divorcio – la informó la señora Bugle, acusadora -. Y que buscaré otro empleo si el señor Ōtsutsuki vuelve a casarse.
Hinata comprendió demasiado tarde para defenderse. Con ese disparo final, la señora Bugle azotó la puerta y partió. Presa de una mezcla de furia, vergüenza y frustración, Hinata decidió que le ataque del ama de llaves cerraba con broche de oro un día espantoso.
Así que ahora la consideraban una destructora de hogares. La otra mujer. La señora Bugle no sería la única que hiciera ese juicio. La aventura galante de Shion Ōtsutsuki era un secreto bien guardado, conocido por muy pocos. Dios bendito, ¿cómo pudo ignorar a tal grado los sentimientos de Toneri?
Kaguya se opuso al divorcio de su hermano, sermoneándolo sin ningún tacto hasta enfurecerlo, en un momento en que se sentía humillado por la traición de su esposa.
¿Acaso ella quiso contrarrestar la insensibilidad de Kaguya demostrándose demasiado receptiva?
Compadecía a Toneri, pero no deseaba involucrarse en sus problemas maritales. Por Dios, sólo lo escuchó... y Toneri, sin duda, mal interpretó ese gesto.
¡Debería irse de allí en ese mismo instante! Pero no podía. Después de pagarle a la señora Anstey un mes de alquiler por adelantado, apenas le quedaban treinta libras a su nombre. Sakura siempre criticó que no cobrara sueldo por cuidar a Kaguya, cuya sirvienta renunció poco después de que se mudara Hinata a la casa. Sin embargo, Kaguya, siempre dispuesta a regalar hasta el último centavo a los pobres, no podía darse el lujo de pagarle un salario.
Y realmente no importó hasta que Kaguya murió. Sin que tuviera que preocuparse por el alquiler ni la comida, Hinata se las arregló para sufragar sus gastos cuidando niños, sembrando verduras, cosiendo, alojando mascotas... de algún modo siempre salía a flote. Pero ahora la incertidumbre de su futuro la perseguía como una nube tormentosa.
Mientras deshacía el equipaje, se enfrentó al hecho de que tendría que recurrir al Seguro Social para antenerse. Y, cuando Toneri regresara de Alemania, le revelaría su pasado. Si lo que sentía por ella era un capricho, como sospechaba, se recobraría con rapidez. De cualquier modo, perdería una amistad que había llegado a valorar. Cuando cayera del pedestal donde la colocara, Toneri la acusaría de engañarlo.
El timbre sonó a las seis y media. Estuvo tentada de ignorarlo, pues quizá sería alguien más ansioso de mal interpretar su presencia en ese apartamento. Por desgracia, quienquiera que llamara, insistía de tal manera, que sus nervios estaban a punto de estallar.
Era Naruto.
Durante diez segundos, Hinata creyó que alucinaba. Retrocedió, mientras su mano se apartaba de la puerta.
-¿Naruto...?
-Ya veo que no has regresado a Peterborough todavía. ¿O era Peterhaven? No parecías muy segura de dónde vivías. Y no sabes mentir, cara. De hecho, mientes tan mal, que me maravilla que hayas tratado de engañarme. Sin embargo, te sentaste en mi coche y metiste, mentiste y mentiste...
-¿Lo hice? – exhaló, incapaz de inventar una respuesta más ágil.
-¿Sabes por qué permití que escaparas esta tarde' – cerró la puerta con violencia de un manotazo.
-N-no.
-Si me hubieras dicho otra mentira, con el humor que tenía, te habría estrangulado – deletreó Naruto -.
¿De dónde sacaste el valor para mentirme?
De donde fuera, ahora había desaparecido. Indefensa, lo contempló. Su estatura la intimidaba y poseía el oscuro esplendor de un príncipe del Renacimiento. También era igual de peligroso. Cuando se metió su bronceada mano en uno de los bolsillos de su pantalón, estirando la tela sobre sus duros muslos, ella cerró los ojos con fuerza para ignorar el atractivo sensual que la esclavizaba.
Pero, ¿realmente esperó permanecer indiferente al hombre que un día amó, cuyo hijo tuvo en terrible soledad?
Una mujer conocía a un macho como Naruto Uzumaki una vez en la vida... si tenía suerte. Y después, le gustara o no, medía y juzgaba a los demás con ese modelo. De repente aceptó que, en todos esos años desde que salió del apartamento en Manhattan, ningún otro hombre la había conmovido en el plano físico.
-¡Cristo, cara! – interrumpió el silencio con una exclamación ronca -. ¿En qué piensas? Te veo como si fueras a hincarte y rogar por la salvación de tu alma...
-¿Ah sí? – preguntó, alzando las pestañas. El juego se llamaba ganar tiempo haciéndose la tonta.
¿Qué quería de ella? ¿Qué mentiras identificó como tales? Dios santo, ¿sospechaba que tenía un hijo? ¿Cómo llegó a saberlo? Y ante esa duda, palideció.
Sin molestarse en responder, Naruto abrió la puerta de la cocina y miró hacia adentro. ¿Qué buscaba? ¿Testigos indeseados? ¿A su esposo mítico? ¿O un niño? El pavor la invadió. Naruto tenía fama de descubrir lo que otros pasaban por alto. De interpretar lo que estaba oculto. Si alguna vez hubiera estudiado los motivos de su desesperación, habría descubierto que estaba embarazada.
-¿Te divertiste obligando a mis guardaespaldas a seguirte durante tres horas esta tarde? – inquirió Naruto, en un tono dulce, sacándola de sus lucubraciones cada vez más temerosas.
-¿Obligando a tus...? – al comprender, su incredulidad aumentó.
-Cero en observación, cara. No has cambiado. Vagaste en estado de sonambulismo, como si esperaras que ocurriera un accidente – revisó la sala, comprimiendo los labios -. No hay plantas, ni flores, ni encajes a la vista. O no has vivido aquí mucho tiempo, o él logró imponer su gusto. Dio, tuvo más éxito que yo...
Hinata se sonrojó con esos comentarios acerca de su preferencia por detalles románticos, en oposición a la decoración moderna que Naruto favorecía. Recordó momentos de rebeldía, de baños a la luz de las velas y una sobrecama bordada...
Las vastas diferencias entre ambos, aun a ese nivel, casi resultaban cómicas. Costaba trabajo encontrar dos personalidades más diversas. Sus sueños se centraban en el amor, el matrimonio y los niños.
En cambio Naruto no soñaba. Conquistaba una meta y proseguía con la siguiente. Jamás se le ocurrió que podía fracasar. Era, después de todo, impensable que Naruto se conformara con menos de lo que ambicionaba. Y, al calcular con cuanto menos ella tuvo que amoldarse, la amargura chocó contra una piedra de rencor en su interior.
-Siéntete como en tu casa – su sarcasmo, tan poco usual, sorprendió a tal grado a Naruto, que se volvió a observarla.
-No me hables así – bufó, tenso.
-Te hablo como se me pega la gana – se atrevió a replicar con valentía.
-De acuerdo – la invitó Naruto -. No lo harás dos veces.
-¿Quieres apostar? – su habilidad para retarlo crecía a medida que comprendía que ni Boruto, ni alguna señal del niño, podía traicionarla en ese apartamento.
-Si fuera tú, no me arriesgaría – respondió Naruto -. Tienes la mala costumbre de apostarle al caballo perdedor y las posibilidades están en tu contra.
-No tengo miedo – asentó, levantando la barbilla.
-Deberías.
-¿Intentas amenazarme? – preguntó estupefacta.
-Según mi opinión, nunca he intentado amenazar a nadie – afirmó, frío.
-No tengo nada más que decirte – insistió, agachando la cabeza de impotencia.
-Pero yo sí.
Estremecida, Hinata cruzó los brazos para esconder el hecho de que temblaban y se dirigió hacia la ventana, para darle la espalda.
-Cuando hablo con las personas, prefiero que me vean a la cara – le informó Naruto con ironía.
-Yo no quiero verte – la desalentó descubrir que estaba a punto de llorar. Hubiera deseado encontrarse a miles de kilómetros de allí.
-Desde que llegué, he sostenido una maravillosa conversación conmigo mismo – esa crítica irónica acerca de sus respuestas cortas sonrojó las mejillas de Hinata. Quizá debería estudiar esto desde un ángulo diferente.
-Hazme el favor de irte – le ordenó, tomando aliento.
-No hago favores – alzó una ceja.
Ella echó la cabeza hacia atrás y guardó silencio, no confiando en su voz, ni en sus ojos para enfrentar a ese hombre.
-¿Podemos olvidarnos de tu esposo imaginario, cuyo nombre te cuesta trabajo recordar? – murmuró Naruto, en voz baja -. No creo que exista.
-No sé de dónde sacaste esa idea – la desconsoló que su respuesta careciera de convicción.
-No jugaré contigo – mantuvo inmóvil a su víctima con la sola fuerza de su mirada -. Juego con todo el mundo, pero no contigo. Vi a Ōtsutsuki fuera del hotel. Sin duda crees que ese anillo presta cierta respetabilidad a tu presente posición en su vida. Te equivocas – concluyó, seco.
-Mal interpretaste lo que viste – la desesperación empezaba a dominarla.
-¿En serio? No lo creo – murmuró Naruto -. Relájate. Todavía no lo destazo... pero cruzará la mitad de Alemania persiguiendo un contrato que no conseguirá.
-¿A q-qué te refieres? – abrió la boca, alelada.
-Supongo que todavía oyes bien.
-¿Por qué mencionaste ese contrato? – la tensión la mantenía tan quieta como una estatua.
-Porque impediré que lo firme. Tengo influencias – le informó Naruto -. Y esta vez, con mis influencias basta.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué atacas a Toneri? – susurró, aplastada.
-Por desgracia para él, este es su apartamento – Naruto le lanzó una mirada brillante, cargada de amenazas -. Y, cuando un hombre invade mi territorio, debe dolerle. De lo contrario, ¿quién respetaría los límites que fijo? De seguro no esperas que lo premie por acostarse con mi mujer, ¿verdad?
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Apuesto que quieren cachetear Naruto.
Momento de curiosidades!
En el libro Hinata es Catherine, ella es rubia, ojos celestes y muy insegura por su pasado, Naruto es Luc Santin, un hombre moreno y piel bronceada seguro de sí mismo pero no sabe lo que es el afecto sincero.
Boruto es Daniel, el es un mini Luc
