CAPÍTULO 4

Disclaimer:

Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham

Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto

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Cuando Hinata despertó, Naruto ya le había enviado su ropa. Aunque el esfuerzo la debilitó, se mostró ansiosa por vestirse sin la ayuda de una enfermera.

Así que borró unas cuantas semanas de su mente, se dijo. Pero unas cuantas semanas no equivalían a la pérdida de memoria, ¿verdad? Sofocando la sensación de pánico que la amenazaba, se sentó en una silla. Desde luego que recuperaría esos recuerdos, como Naruto le señaló y, además, no había olvidado algo importante.

Aun así, los detalles más tontos la inquietaban. ¿Cómo cuándo se cortó el cabello hasta los hombros? Y se veía horrible de verdad. Sólo el cielo sabía en qué fecha fue a un salón de belleza. Y luego estaban sus manos. ¡Parecía que fregaba el suelo con ellas! Además descubrió una banda blanca en el anular, como si hubiera estado usando un anillo de casada... y ella jamás tuvo uno... Ni siquiera reconoció el contenido de su bolso. Esperaba que algún objeto agitara el fondo de su memoria. Esperó en vano. Tenía bastante dinero, en dólares y en libras, pero ninguna tarjeta de crédito, ni fotos de Naruto.

Y Naruto, desde luego, no se comportaba como ella lo recordaba. Ese aspecto la desconcertaba por completo.

Cuando se rompió el tobillo, en Suiza, Naruto se puso furioso. Le dijo que era la única persona que conocía que lograba quebrarse los huesos sin acercarse a un par de esquíes. La acompañó al centro de primeros auxilios lanzándole recriminaciones acerca de la altura de los tacones que usaba y amenazó con cortarle el cuello si continuaba comprando esos zancos.

El doctor lo consideró un monstruo de crueldad, pero Hinata sabía la verdad.

El dolor que ella sentía lo estrujaba a tal grado, que reaccionaba con agresión ante la inquietud de sus bien disciplinadas emociones. Censurarla equivalía a demostrarle una dosis estrafalaria de preocupada ternura.

Pero la noche anterior Naruto no se enojó... al contrario, le pidió que se casara con él. ¿Cómo podía parecerle eso real? Su maldita memoria escogió borrar los indicios que marcaban el cambio en su relación con Naruto. Su misma presencia en Londres, cuando él siempre viajaba solo a través del mundo, ilustraba una modificación radical en su actitud. Pero, ¿qué provocó ese cambio?

No podía evitar evocar a las mujeres con quienes Naruto aparecía en las páginas de las revistas. Hermosas, con un largo árbol genealógico, ocupaban el alto sitio en la sociedad que les correspondía. Con esa clase de mujeres Naruto se mostraba en público... en obras de beneficencia, estrenos de películas, cenas presidenciales.

-No duermo con ellas – le indicó Naruto, descartando las acusaciones que le hizo, pero la lastimaba de todos modos. Se miró en el espejo y se consideró inadecuada y jamás recuperó la confianza en sí misma. La humillaba ser juzgada y fallar, sin ni siquiera percatarse de que se había emitido una condena.

La puerta se abrió de golpe. Naruto entró con el doctor a rastras. Hundida en la silla, con las pestañas húmedas de lágrimas, se veía pequeña e indefensa, a pesar de sus ropas carísimas.

Naruto cruzó el cuarto de una zancada y se arrodilló a sus pies levantándole la barbilla con la mano.

-¿Por qué lloras? – inquirió él -. ¿Alguien te molestó?

Si alguien se hubiera atrevido, se las habría visto negras. Naruto se convirtió en un macho italiano en ese instante. Protector, posesivo, listo para entablar batalla para defenderla. Bajo esa fría fachada de sofisticación, Naruto era un ser agresivo con opiniones poco liberadas acerca de la igualdad sexual.

-Si alguien lo hizo, quiero saberlo.

-Dudo mucho que nuestro personal cometa esa clase de errores – refunfuñó el doctor Ladwin, indignándose ante la sugerencia.

Naruto puso un pañuelo blanquísimo en la mano de la convaleciente y se enderezó como un resorte.

-Hinata es una mujer muy sensible – asentó, seco.

Hinata sintió vergüenza y se apresuró a secarse las mejillas.

-Las enfermeras me trataron de maravilla, Naruto. Sólo estoy... un poco chillona.

-Como he intentado explicarle durante la última media hora, señor Uzumaki; la amnesia es una condición angustiosa.

-Y, como también me explicó, no es su especialidad.

La joven estudió a los dos hombres, inquieta. Se enfrentaban como enemigos. El doctor Ladwin la observó.

-Debe sentirse confundida, señorita Hyuga. ¿Preferiría quedarse aquí algún tiempo y consultar a uno de mis colegas?

La posibilidad de que algo interfiriera, impidiendo su boda con Naruto, la llenó de miedo.

-Quiero irme con Naruto – afirmó con rapidez.

-¿Está satisfecho? – indagó, petulante.

-Tendré que estarlo – contemplando la cara radiante de Hinata que estudiaba el rostro de Naruto, el médico se preguntó qué se sentiría ser adorado de ese modo.

El galeno les estrechó la mano en señal de despedida y se fue. Naruto le sonrió a Hinata. -El auto nos espera.

-No puedo encontrar mi pasaporte – le confió, preparándose para que dejara de sonreír. Naruto se exasperaba cuando perdía cosas.

-Tranquilízate – le dijo -. Yo lo tengo.

-Pensé que lo había perdido... – suspiró de alivio - ... junto con mis tarjetas de crédito y unas fotos.

-Las dejaste en Nueva York.

Le encantó la simpleza de esa explicación. La culpa la tenía su falta habitual de organización.

-¿Por qué lloras?

-No sé – rió, pero mentía. Amar a Naruto la ponía bajo su poder; pero, por primera vez en mucho tiempo, aceptarlo no le causaba temor.

-Mientras esté contigo, no te preocupes de nada – le pidió él, acariciándole los labios.

Desde que conocía a Naruto, la preocupación formó parte integral de su vida diaria. Sin embargo, como esposa de Naruto desaparecería la inseguridad que la invadía... aunque al imaginarse en ese papel estelar le parecía que soñaba.

-¿Por qué quieres casarte conmigo? – apretó las manos al lanzar esa osada pregunta en el ascensor.

-Me niego a vivir sin ti – le acomodó el cuello de la blusa de seda y escondió la etiqueta con dedos hábiles -. ¿Crees que podríamos dejar esa conversación privada para una ocasión menos pública?

Hinata lanzó una miradita a la sonriente pareja de ancianos que compartían el ascensor con ellos y se sonrojó hasta la punta de los cabellos. Estaba demasiado absorta en sus propias emociones para darse cuenta de que tenían compañía. Hinata Uzumaki. Saboreó el nombre en secreto y experimentó una felicidad intensa. Naruto le regalaba su sueño, envuelto y con moño. Era obvio que si se rezaba con pasión y no se perdía la esperanza, los sueños se hacían realidad.

Al caminar hacia el coche, el calor del sol la tomó por sorpresa. Sus ojos se clavaron en las rosas que florecían en los prados que rodeaban la clínica y su estómago se contrajo con violencia.

-Estamos en verano. Y tú te enfermaste en septiembre.

Con calma inexorable, Naruto la guió hasta el auto. Ya adentro, la envolvió una atmósfera familiar, pero todavía temblaba de miedo. Naruto no dijo ni media palabra. Desde luego, siempre lo supo. Sabía que perdió más que unas cuantas semanas, pero no vio la razón para aumentar su alarma. Ahora todo tenía más lógica. No se maravillaba de que el doctor Ladwin se mostrara reacio a dejarla partir con tanta rapidez. Ni que no hubiera reconocido su ropa, ni su nuevo corte de cabello. O la transformación de Naruto. Casi perdió un año de su vida.

-Naruto, ¿qué me sucede? – inquirió, estremecida -. ¿Qué pasa dentro de mi cabeza?

-No trates de forzar las cosas – su tranquilidad total la reconfortaba -. Ladwin me aconsejó que no llenara los vacíos por ti. Me recomendó que descansaras y que te consintiera. Recobrarás la memoria por etapas o de golpe, sin duda alguna.

-¿Y si te equivocas?

-Sobreviviremos. No me olvidaste a mí – la satisfacción brilló por un instante en los deslumbrantes ojos.

La mujer que pudiera olvidar a Naruto Uzumaki todavía no nacía. Ese hombre inspiraba odio o amor apasionado, pero jamás olvido. ¿Odiarlo? Frunció el ceño ante ese pensamiento peculiar y se preguntó de dónde había salido.

-¿Piensas posponer la boda? – averiguó, inquieta. Era lo más obvio, lo más lógico. Y lo que más temía era lo obvio y lo lógico.

-¿Eso quieres?

Negó con la cabeza, sin atreverse a verlo a los ojos. ¿Por qué seguía temiendo perderlo? Le pidió que se casara con ella. ¿Qué más podía pedir? ¿Qué más exigía ella?

No la amaba, todavía no la amaba. Si ganaba, era por perseverancia y falta de competencia. No se consideraba una persona difícil, imperiosa o caprichosa. Era leal, generosa y los niños la volvían loca. Nunca tuvo otros amantes. Naruto tendría problemas para encontrar otra mujer con un pasado irreprochable, como el de ella. Y, en la cama... la piel se le entibió al reconocer que jamás se negó a complacerlo, que apenas podía contener su placer cuando la tocaba. Más importante quizá, lo amaba y él se contentaba con ese amor, mientras ella no le pidiera más de lo que estaba dispuesto a darle. Tomando todo en consideración, no se casaba con ella, más bien la promovía y aunque su orgullo rechazaba esa realidad, la juzgaba mejor que un choque de despedida.

-La boda tendrá lugar en unos días – anunció Naruto, con indiferencia, al tomar el teléfono y empezó a hacer varias llamadas. Al descubrir que lo observaba, una sonrisa distendió su boca y la atrajo hacia él, protegiéndola en el hueco de su brazo -. Te ves muy feliz – comentó, aprobándola.

Sólo una mujer locamente enamorada perdía un año de su vida y se veía feliz. Se quitó los zapatos y se apoyó en su pecho, pensando que era la mortal con más suerte sobre la tierra. Quizá si se esforzaba en convertirse en la esposa perfecta, Naruto se enamoraría de ella.

-Estamos en un congestionamiento de tránsito – susurró, en broma, tirando de la punta de su corbata y sintiéndose mucho más osada que antes. Su próximo matrimonio disolvía sus inhibiciones.

Naruto se puso tenso y olvidó lo que decía. Hinata se inclinó sobre él y colocó una mano sobre su muslo, con la otra le aflojó la corbata, jalando de ella con lo que esperaba fuera un movimiento seductor.

-Hinata... ¿qué haces?

Al enfrentarse a las pupilas zafiros se ruborizó y, agachando la cabeza, empezó a desabrocharle la camisa. Escondiendo una sonrisa pícara, se burló de su incredulidad. Era la primera vez que desvestía a Naruto. También iniciaba el acto amoroso. Le pasó sus dedos acariciadores por la piel y escuchó que él aspiraba y que la cruda dureza de sus músculos la alentaba a continuar.

Encontraba un inmenso placer en tocarlo. Resultaba extraordinario, pensó de forma abstracta; pero, aunque la cordura le indicaba que aquello era imposible, sentía hambre de ese hombre. Apretó sus labios con amor sobre esa carne vibrante y le plantó un camino de besos a lo largo de la garganta, hasta el vientre plano, de modo que él se estremeció y soltó el teléfono.

-Hinata... –musitó, con un suspiro entrecortado.

Su mano permaneció sobre el muslo. Mientras lo tocaba, Naruto gimió en lo hondo de su garganta y ella captó el maravilloso poder que poseía. Lo hacía temblar, inclinando hacia atrás la cabeza, al mismo tiempo que un rubor afiebrado acentuaba sus rasgos. Siempre fue así de fácil, reflexionó, asombrándose de la respuesta de Naruto.

-Hinata, no deberías de hacer esto – respiraba con rapidez y sus palabras se oían opacas e indistintas.

-Me divierto – le confió, un poco mareada por su atrevimiento, pero confesándole la verdad.

-Per amor di Dio, ¿en dónde está mi conciencia? – exhaló, mientras ella le recorría con la lengua la cintura.

-¿Qué conciencia? – musitó, perdiéndose en un mundo voluptuoso propio al abrirle la cremallera.

-¡Cristo! Me vuelves loco – tomándola por sorpresa, se apartó de las manos de su amante a toda velocidad -. No podemos hacer esto. Casi llegamos al aeropuerto – afirmó, titubeante.

-Estamos en un congestionamiento de tránsito – en una agonía de mortificación más intensa de la que jamás experimentara, lo contempló con sus hermosos ojos oscurecidos por el dolor.

Con una breve maldición, él la abrazó, tomando su boca con un hambre salvaje y dominante que le robó el aliento de los pulmones y la dejó más ansiosa que nunca. Cada nervio de su cuerpo se desató en un cúmulo de sensaciones en medio de ese abrazo. Aplastada contra cada línea de Naruto, lo olió y lo saboreó, hasta que la cercanía de él se le subió a la cabeza con la potencia de un narcótico.

Separando su boca de la de ella, enterró su cara entre sus cabellos azulados. La separación la lastimó, aunque la consoló que el corazón de su amado se oprimiera contra sus senos. Lo sentía luchar para recuperar el control. Un largo suspiro lo estremeció.

-Estás demasiado débil para hacer esto, Hinata. Se supone que debes descansar – le recordó con rudeza -. Así que ten un poco de piedad, ¿mmmm? No me tortures.

-No estoy enferma. Me siento de maravilla – ignoró el dolor de la base de su cráneo.

-Lo dices porque crees que eso quiero oír – le lanzó una mirada de desaprobación y se apoyó contra el asiento -. ¿Cómo puedes sentirte a las mil maravillas? Debes sentirte al borde de la muerte y cuando te lo pregunte, así me lo contestas. ¿Quedó claro?

-Como el cristal – inclinó la cabeza, luchando por sofocar la silenciosa explosión de alegría que la invadió. ¿Por qué se reía? ¿De qué demonios se reía? Su cuerpo aullaba ante la privación a que él la condenaba. Realmente no era gracioso, pero hasta que tuviera un pie en la tumba guardaría en la memoria la expresión de incredulidad de Naruto cuando ella, y no él, tomó la iniciativa... para variar.

Lo impactó. ¿Cuándo se hubiera imaginado que poseía esa capacidad? La hacía sentir la mujer más seductora del mundo. ¿Y no era exquisito al máximo, que el egoísta Naruto abrazara la fidelidad para beneficio exclusivo de ella?

Antes, estaba convencida, Naruto hubiera aceptado su invitación, satisfaciendo sus inclinaciones naturales sin preocuparse en lo más mínimo. Esa preocupación significaba mucho para ella. La generosidad significaba un paso hacia el amor, ¿o no? En medio de esa felicidad, Hinata lo escuchó ladrar instrucciones por el auricular a algún desafortunado que sin duda se encogía en el otro extremo del teléfono. Quiso sonreír; sabía por qué Naruto estaba de mal humor. Su amiguito lo delataba.

Atravesaron el aeropuerto a toda velocidad, mientras los guardaespaldas los protegían de los reporteros. Cuidaba su intimidad con una ferocidad que más de un periodista llegó a lamentar.

-¿Quién es la dama, señor Uzumaki? – gritó alguien.

Sin previo aviso, Naruto se volvió, sujetando a Hinata con el brazo como una banda de acero.

-La futura señora Uzumaki – anunció, tomando a todos por sorpresa, incluyendo a la joven.

De repente surgieron decenas de preguntas frenéticas, acompañadas por el resplandor de muchas cámaras fotográficas. Pero la poco característica generosidad de Naruto hacia la prensa, terminó allí.

Cruzaban el pasadizo hacia el avión cuando sucedió. Algo oscuro y espantoso surgió de su mente y la asaltó. La sensación casi la paraliza de miedo. Vio a una anciana con cabello gris y su bondadosa cara llena de desesperación. ¡No debes hacerlo... no debes!, le rogó. Y, cuando la imagen desapareció, dejando pálida y mareada a Hinata, su pánico se centró en el avión.

-No puedo subir – exhaló.

-Hinata – la previno Naruto.

-¡No puedo... no puedo! No sé por qué, pero no puedo – la histeria surgía, al mismo tiempo que ella retrocedía y alzaba las manos.

Naruto avanzó, le plantó las manos en la cintura y la levantó en vilo. Dominada por el miedo, luchó con violencia.

-¡No puedo subir a ese avión!

-Ya no es tu responsabilidad – Naruto la sostenía con una tenacidad de hierro -. Te voy a secuestrar. Piensa que nos fugamos. Buenas tardes, capitán Edgar. Ignore a mi prometida. Tiene fobia a los vuelos sin alas de plumas.

El piloto luchó por mantener la compostura facial.

-Trataré de que tenga una travesía tranquila, señor Uzumaki.

Naruto ascendió la escalera de dos en dos, sentó a Hinata en un sillón y le abrochó el cinturón de seguridad como si fuera una cadena para mantenerla bajo llave. Luego le tomó las manos.

-Ahora respira despacio y contrólate – le ordenó -. Puedes gritar durante todo el camino a Roma, pero no sacarás nada. Piensa que este es el primer día que descansas en toda tu vida.

-Vi a esa mujer – musitó, aspirando aire y contemplándolo con los ojos desorbitados -. Recordé algo. Dijo que no debía hacerlo...

-¿Hacer qué?

-No lo explicó – consciente de que se comportaba como una tonta, su voz apenas se escuchó -. Tuve la sensación de que no debía abordar el avión, de que dejaba algo atrás. Me agobió. Me aterró.

-¿Sigues sintiendo miedo?

-No, claro que no. Discúlpame. Me volví loca, ¿verdad?

-Captaste una imagen en retrospectiva. Empiezas a recobrar la memoria – diagnosticó -. No fue una experiencia agradable.

El vuelo duró dos horas. No estaban solos. Los acompañaban dos azafatas, dos guardias de seguridad y una secretaria ejecutiva que tomaba notas cada vez que Naruto abría la boca. Lo único raro era que siempre que Hinata los miraba, apartaban la vista, como si tuviera una plaga o una enfermedad contagiosa.

-¿Podrías prestarme una revista? – le pidió a la azafata, para distraerse.

-No tenemos revistas ni periódicos a bordo, señorita Hyuga. Lo siento. ¿Le sirvo la comida?

-Gracias – le pareció extraño que no tuvieran una revista a bordo. Sin embargo, sólo la hubiera hojeado. Tarde o temprano tendría que decirle a Naruto que era disléxica. Se encogió ante esa posibilidad. Nunca esperó poder engañar a Naruto durante tanto tiempo, pero de algún modo él le facilitó las cosas.

Si entraban a un restaurante, él pedía el menú y ordenaba por ambos. Aceptaba que ella recordara los recados telefónicos en lugar de escribirlos y se mostraba tolerante cuando olvidaba los detalles. Nunca la criticó porque no leyera libros. De vez en cuando, le compraba uno, pero no le preguntaba de qué se trataba. Y ella, ¿por qué lo ocultaba?

Recordaba que la consideraban una estúpida, antes de que diagnosticaran su enfermedad en la escuela. Recordaba que los posibles padres adoptivos retrocedían ante la mención de la dislexia, asumiendo que representaría más problemas educarla. Recordaba que las personas la trataban como una analfabeta. Y, si Naruto descubría que iba a casarse con una mujer para quien la escritura era una serie de imágenes borrosas, quizá se arrepentiría.

Al aterrizar en Roma le dijo que terminarían el trayecto por helicóptero.

-¿Dónde nos hospedaremos? – indagó la joven.

-En ningún lado. Iremos a casa – contestó.

-¿A casa? – repitió -. ¿Compraste una?

-Espera a que la veas – respondió Naruto, con ademán negligente.

-No la conozco, ¿verdad? ¿No la olvidé también?

-Nunca has estado en Italia – la tranquilizó.

Odió el vuelo en helicóptero y mantuvo la cabeza agachada para no marearse.

-¿Espantoso? – murmuró Naruto, ayudándola a bajar del aparato.

-Espantoso – corroboró, tragando saliva.

-Debí suponerlo, pero quería que vieras Castelleone por aire – la llevó hasta una orilla del helicóptero y la volvió hacia una dirección precisa -. Este es un buen punto- ¿Qué opinas?

Si no la hubiera sostenido, se le habrían doblado las rodillas. Castelleone era un castillo con torres y un foso cubierto de lilas.

-No estaba en venta cuando lo encontré, ni se veía tan bonito como ahora.

-¿Bonito? – protestó, recobrando el uso de la lengua -. ¡Es magnífico! Debió costarte una fortuna.

-Tengo dinero para tirar y nada en qué gastarlo – le acarició el cabello con los dedos -. Lo catalogaban como monumento histórico, lo cual resulta muy inconveniente, pues las renovaciones debieron ser autorizadas. Los expertos a veces se vuelven insoportables.

-¿Bromeas? – se quejó.

-Claro que no. ¿Acaso se puede vivir con un sistema de drenaje del siglo diecisiete, cara? Te parecería una costumbre bárbara – Naruto respiró por encima de la cabeza de Hinata -. Pero los expertos y yo llegamos a un acuerdo. Envié la fontanería original a un museo y dejé de amenazarlos con tapar el foso. Después de eso, nos entendimos a las mil maravillas.

Su sonrisa desapareció al observar la palidez de la chica y las ojeras de su cara.

-Creo que debes meterte en la cama.

-No quiero meterme en la cama. Quiero ver el castillo – temía dormirse y despertar para descubrir que su palacio y su próximo matrimonio con Naruto sólo era un sueño.

-Ya tuviste toda la excitación que puedes soportar en un día – la cargó en brazos cuando ella trató de caminar en dirección opuesta -. ¿Por qué sonríes?

-Porque siento que entré en el paraíso... – titubeó, lanzándole una mirada de adoración -, y... y te amo tanto.

La sangre tiñó las mejillas de Naruto y endureció la mandíbula. Sin preocuparse, ella le rodeó el cuello con los brazos.

-No soy un santo – se defendió él.

-Puedo vivir con tus defectos.

-Tendrás que vivir con ellos – la corrigió -. El divorcio no se halla entre tus opciones.

-No es muy romántico hablar de divorcio antes de la boda – replicó, haciendo un gesto de dolor ante su respuesta.

-Hinata... ya debías saberlo, no soy muy romántico; ni poético, sentimental o idealista – le recordó, serio.

-Pero haces el amor en italiano – repuso, con una vocecilla.

-¡Es mi lengua materna!

Por alguna razón peculiar estaba enojado. Así que decidió darle por su lado. Si creía que raptarla, casarse con ella en unos días y llevarla a vivir a un castillo en Italia no debía considerarse romántico, era su problema. Quizá le convendría no compartir de ese modo su éxtasis con Naruto. Pero le costaba trabajo contenerse. Sentirse débil y exhausta no le impedía desear ponerlo en posición horizontal y cubrirlo de besos y amor agradecido.

En lo alto de una escalera interminable, Naruto se detuvo para presentarle a Bernardo, quien ostentaba el título de mayordomo.

-Ahora, ¿calculas que puedes clavar esos pies en la madre tierra por un rato? – inquirió, sardónico.

-No, si me sigues cargando – suspiró.

Abrió la puerta, atravesó un amplio cuarto y la colocó sobre la cama. Ella lanzó un chillido de contento, alzó una pierna y se quitó un zapato, luego repitió la acción con el otro.

-Dispuse que te viniera a examinar un doctor en media hora. ¿Supones que podrías verte un poco menos agitada?

-¿Para qué necesito un doctor?

-La amnesia es una enfermedad angustiosa, o eso dicen. Yo nunca te había visto así... o al menos – hizo una pausa -, no en mucho tiempo.

-Nunca antes me pediste que me casara contigo – susurró.

-Un terrible error. Jamás trataste de seducirme en el asiento posterior del auto tampoco – observó, mirándola con fijeza. De repente desvió su atención -. El doctor Scipione no te molestará demasiado.

Cree que el tiempo todo lo cura – caminó hacia la puerta, ágil como un leopardo tras su presa -. La esposa de Bernardo te ayudará a meterte en la cama.

-No la necesito.

-Hinata – la atajó -, una pequeña desventaja que adquieres al convertirte en mi esposa, es que te servirán de rodillas; así ahorrarás energía para dedicarla a alcanzar metas más satisfactorias.

-¿Cómo cuáles? – indagó, con los ojos chispeantes.

Las pupilas sombrías la recorrieron con lentitud, calentándole la pelvis y estrujándole el estómago.

-Lo dejo a tu activa imaginación. Buona sera, cara. Te veré mañana.

-¿Mañana?

-Órdenes médicas: tranquilidad y descanso – le recordó Naruto en broma y cerró la puerta.

Una vocecilla la susurró: estabas flirteando con él. ¿Qué tenía eso de extraño? No recordaba haberlo hecho antes. Como regla, estudiaba y elegía con cautela sus palabras para hablar con Naruto, del mismo modo que uno camina alrededor de un volcán dormido.

Pero ahora no era consciente de esa barrera. Naruto ya no la intimidaba. ¿Qué sucedió? Algo, durante el curso del año pasado. Sin embargo, Naruto afirmó que no la había visto actuar así en mucho tiempo. No entendía. Pero, concedió abrazando la almohada de encaje y listones, lo único que importaba era que se sentía de maravilla, loca, totalmente feliz...

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Lynne Graham casi siempre escribe sobre tipos ricos y super atractivos, muchas personas catalogan a sus libros como machista, y en mi opinión tiene frases y actitudes que les da a sus personajes que si lo son, pero siempre terminan callendo en los encantos de una mujer ingenua y dulce, eso o hay hijos ocultos, como en este libro xD

Pero definitivamente Lynne no deja indiferente a nadie, hay quienes no pueden tragar a sus protagonistas y otros , queriéndolo o no se vuelven adictas a ella.