CAPÍTULO 5
Disclaimer:
Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham
Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto
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El número de vestidos del guardarropa la mareó. La sirvienta, Giulia abrió otras puertas para mostrarle vestidos de noche, de deportes, informales, las filas de zapatos, la ropa íntima y los suéteres, agrupados por colores... Una ayuda para la mujer que no podía combinar los tonos. Naruto le regaló un ajuar completo.
Esa extensa colección no se reunió de la noche a la mañana y sólo tenía una explicación. ¡Naruto planeó llevarla a Italia durante meses! Al tocar un vestido de seda, Giulia la miró ansiosa y le enseñó otro, logrando disculparse con un gesto por el cambio sugerido.
-Grazie, Giulia.
-Prego, signorina – con entusiasmo, Giulia sacó ropa interior, zapatos y llevó todo al dormitorio.
Hinata reconocía un plan cuando se lo plantaban frente a los ojos. Giulia estaba allí para educarla, de la manera más amable, para que aprendiera a vestirse.
El reloj marcó las ocho de la noche. Había dormido casi un día completo y lo único que la preocupó fue una afirmación del doctor Scipione, antes de despedirse:
-A veces la mente olvida porque quiere olvidar. Cierra una puerta para autoprotegerse.
-¿De qué querría protegerme? – se rió ella.
-Pregúntese a qué le teme más y esa será la respuesta – sugirió -. Apuesto a que, cuando se enfrente a ese miedo, abrirá la puerta de sus recuerdos.
Alguna vez temió perder a Naruto, pero como él le pidió que se casaran, la vieja inseguridad se desvaneció para siempre. Y ese vacío de su mente ya no le molestaba... a pesar de una irritante ansiedad que sofocaba con resolución.
Hinata se sentó frente a un magnífico tocador estilo gótico y sonrió ante la familiaridad de sus joyas.
Su reloj, con la fecha en que conoció a Naruto, el collar de diamantes que le regaló la Navidad que pasaron en Suiza...
Desde lo alto de la escalera divisó la calva de Bernardo, abajo, en el vestíbulo.
-Buona sera, Bernardo. Do've Signor Uzumaki?
Bernardo se apretó las manos y murmuró algo inaudible. De pronto, ella se volvió, con los ojos muy abiertos. Las voces airadas se amplificaban en los grandes espacios que los rodeaban.
Una de las puertas estaba abierta y una mujer pelirroja increpaba a Naruto, que se suponía estaba al otro lado del cuarto. ¿O acaso le rogaba? Costaba trabajo decirlo.
Hinata se puso tensa. No tuvo dificultad para reconocer a Sara Roran. Era la única persona que podía discutir con Naruto y seguir conservando su empleo. Habitaba un área nebulosa en la vida de su jefe, un híbrido entre vieja amiga y ejecutiva de la compañía.
Creció con él. Se amoldó a él. Agresiva, sin principios, se dedicaba a promover los intereses de Naruto... con quien un día compartió la cama. Nadie se lo dijo a Hinata. Nadie necesitaba decírselo. Sara formaba parte del pasado de Naruto y sus ojos lo evocaban, esperando revivirlo, cada vez que lo miraba.
-Tienes seis semanas para aburrirlo. Gózalas mientras puedas – se mofó la primera vez que Hinata la vio -. Con Naruto nadie dura más de tres meses y, con lo mal que te vistes, caramelo, tu presencia se convertirá en una dura prueba para él.
Naruto hablaba en voz baja ahora. Sara soltó un sollozo estrangulado y escupió su respuesta en veloz italiano. Hinata se alejó, avergonzada por no haberlo hecho antes y segura de ser la causa de ese drama. Ayer Naruto anunció en público sus planes de casarse. Hoy Sara se los echaba en cara. Su dolor lastimaba a Hinata como el de una hermana.
Naruto era el sol alrededor del cual Sara giraba. No podía apartarse de ese astro, ni siquiera cuando la quemaba. Aunque sabía que sobrepasaba los límites que Naruto fijara, seguía interfiriendo. Así era su rival: necia, persistente, sin remordimientos en la enemistad. Algunas veces a Hinata la perturbaba su similitud con Naruto.
Una puerta se estrelló contra su marco con estruendo. Bernardo había desaparecido. Hinata no fue tan rápida. Sara se lanzó tras ella como un tiburón atraído por la carne cruda.
-¡Maldita! – la atacó -. No me creyó cuando se lo conté, pero regresaré para probárselo. Y, cuando consiga la evidencia, te tirará como una basura, porque jamás te perdonará.
-Sara – Naruto estaba a diez metros, ágil como una pantera a punto de saltar.
-Quería ver de cerca de la única mujer honesta que has conocido – le indicó, con una mirada amarga -.
Debe estar en la lista de especies en peligro de extinción. Y, caro – predijo al dirigirse a la puerta, sufrirás una indigestión.
Bernardo reapareció para facilitar la salida de Sara. Hinata respiró de nuevo. Esa mujer la intimidaba con sus amenazas. ¿Qué cosa no había creído Naruto? ¿Qué intentaba probar Sara? ¿Qué nunca le perdonaría?
-¿De qué diablos hablaba? – musitó, tensa.
-De nada que te concierna – replicó él, todavía vibrando por la ira.
Pero le concernía, razonó frustrada, mientras él le ponía un brazo posesivo sobre los hombros y la guiaba hasta un salón.
-Y Sara tampoco debe preocuparse – terminó.
-¿Por qué? – inquirió, incierta.
-Porque desde este momento ya no trabaja para mí – declaró Naruto con una helada falta de sentimiento.
Hinata sintió que la invadía la culpa. Sara vivía para su carrera. Si ella no hubiera estado espiando en el vestíbulo, el incidente que enfurecía a Naruto, jamás habría ocurrido.
-Está trastornada, Naruto. ¿No deberías disculparla? – musitó después de una larga pausa, resintiendo el irónico giro del destino que la colocaba como única defensora de su enemiga.
-¿Qué te pasa? – inquirió Naruto, con abrasiva incredulidad -. En la misma posición, te hubiera cortado la garganta sin titubear ni un segundo. Entra en mi casa, me insulta, te insulta... ¿y esperas que la disculpe? ¡No lo entiendo!
-Perdió la cabeza y eso no hubiera sucedido si... si... – titubeó bajo su escrutinio -, si no te amara.
-Prefiero vivir sin esa clase de amores – respondió, inconmovible.
-Algunas veces – musitó -, puedes ser muy duro, Naruto.
-Lo cual se traduce en que soy un malvado insensible, ¿verdad? – siseó, apretando la mandíbula.
Nadie criticaba a Naruto. Sara quizá discutía con él, pero no hubiera soñado en criticarlo. Sin embargo, Naruto actuaba de forma incorrecta y ella estuvo tentada a aconsejarle que se tragara sus palabras. No debía tratar a Sara como una vieja amiga un momento y humillarla al siguiente. No se comportó con bondad al mantener a Sara a su lado, después de descubrir lo que sentía por él, porque sólo alentó las ilusiones de su secretaria.
-No dije eso – replicó, seca -. Y no me grites.
-No te grito. Me fascinas. Perteneces al género de los ángeles que tocan el arpa sobre una nube – se burló, ácido -. No posees la menor idea de lo que obliga a los seres humanos a actuar.
-Sólo afirmé que Sara merece un poco de compasión – replicó Hinata, alzando la barbilla.
-¿Compasión? Si estuvieras desangrándote a un lado del camino, ella vendería boletos para el espectáculo – sentenció -. Está medio loca porque yo no confío en ella. La conozco demasiado bien.
A la primera oportunidad, te enterrará una daga en la espalda, aunque le cueste todo lo que tiene.
La carne se le heló ante la mortífera certeza con que él expresaba esa creencia.
-El tema se cerró. ¿Bajarás a cenar? – concluyó, brusco.
-¿La recomendarás?
Hubo un silencio tenso. Naruto se volvió para enfrentarse a los hermosos ojos perlas que se clavaban en él, a la expectativa.
-Per amor di Dio... está bien, si es lo que quieres – explotó, perdiendo el último gramo de paciencia.
Le costaba trabajo aceptar un compromiso. Un compromiso significaba un paso hacia el fracaso y éste era inimaginable para Naruto. Hinata paladeó su comida sin que su apetito disminuyera. Naruto en cambio, picoteó sus platillos, se quejó de la temperatura del vino y tamborileó sobre la mesa mientras lo servían, calmándose poco a poco y con dificultad.
-¿Qué te pareció el doctor Scipione? – inquirió, sorbiendo su café.
-Muy amable. ¿Es un médico de la localidad?
-Vive en Roma – alzó la ceja -. Se le considera una autoridad mundial en el tratamiento de la amnesia.
-Oh – Hinata casi se ahoga -. Y yo le hablé como si fuera un don nadie.
-Hinata, una de tus cualidades más importantes, consiste en tu habilidad de tratar a todos, desde una sirvienta hasta una eminencia, del mismo modo – murmuró, acariciándole los dedos de pronto -. Por lo menos concordemos en que tus modales son mucho mejores que los míos. A propósito – sonrió -, tienes que firmarme unos papeles antes de que nos casemos. Nos encargaremos de eso ahora.
Lo acompañó a la biblioteca, cubierta de libros del suelo al techo. Se descontroló cuando vio el montón de documentos que Naruto levantaba de la mesa.
-Este es el... – le tendió una pluma fuente, pero ella no absorbió la explicación. Le pareció como el ruido del agua en sus oídos -. Firma aquí – con el dedo le indicó el sitio exacto.
-¿Sólo f-firmo? – tartamudeó, observando el papel, una mancha gris y blanca. La aterraba que hubiera algo más que hacer y que él no lo hubiera mencionado porque asumía que podía verlo y leerlo por sí misma.
-Sólo firmas.
Escribió despacio y con cuidado.
-¿Es todo? – luchando por esconder su alivio al verlo asentir, le entregó el documento -. Una vez me dijiste que nunca debía firmar algo antes de leerlo – bromeó, insegura.
-Era más obtuso que ahora – la estudió. La tensión que se marcaba en sus delicadas facciones empezaba a borrarse, pero una mano todavía le temblaba de modo perceptible -. Está escrito en italiano, cara – le indicó, con mucha suavidad.
-Realmente no le presté atención – replicó, torpe. Antes que pudiera volverse, él le posó las manos sobre los hombros.
-Creo que hay algo más – prosiguió en voz bajísima -. ¿No piensas que ya es tiempo de que dejemos de jugar a engañarnos? Te des cuenta o no, ha causado muchos malentendidos entre nosotros.
-¿A qué juego te refieres? – palideció como un cirio.
-¿Por qué supones que escojo lo que comes cuando cenamos afuera? – suspiró.
-S-soy muy indecisa; así ahorras tiempo – musitó, tratando de alejarse, pero él se lo impidió.
-¿Y no me importa que no escojas lo que te gusta? – la regañó -. Hinata, descubrí que tenías dificultades para leer desde la primera semana que pasamos juntos en Londres. Observé todas esas dolorosas estratagemas y, debo admitirlo, me impactaron.
Quiso que la tierra se abriera y se la tragara. Los ojos se le llenaron de lágrimas y no pudo hablar. Lo único que deseaba era huir, pero sus brazos la apresaron como una banda de acero.
-Nos enfrentaremos a este problema de forma abierta – le informó Naruto, sin alterarse -. ¿Por qué no me dijiste desde un principio que eras disléxica? Porque te avergonzabas de tu enfermedad y yo no quise herir tus sentimientos, así que fingí contigo. Como ignoraba la verdadera situación, esperaba que le pusieras remedio.
-¡No puedo! – exhaló -. Hicieron hasta lo imposible en la escuela, pero jamás lograré leer bien.
-¿Crees que no lo sé ahora? ¿Y quieres dejar de tratar de alejarte de mí? – se impacientó, sofocando los intentos de la joven con sus firmes manos -. Ahora comprendo que eres disléxica, pero en aquel entonces...
-Concluiste que era iletrada – sollozó cuando Naruto se interrumpió -. No te perdonaré esta humillación.
-Me vas a escuchar – la mantuvo inmóvil -. Admito mi culpa, por escoger el camino más fácil. Lo que me disgusta, lo borro de mi vista. Debí tratar de ayudarte; pero tú debiste confesarme la verdad – la censuró.
-¡Suéltame! – se sulfuró, temblando con su llanto.
-¿No entiendes lo que te digo? – la sacudió un poco para que reaccionara -. Si lo hubiera sabido, o comprendido, no me habría enojado cuando no te esforzabas por mejorar esa situación. ¿Me explico?
-Sí. ¡Te avergüenzas de mí! – lo acusó desesperada.
La oprimió con sus brazos y luego le acarició la mata de cabellos azulados.
-No, desde luego que no – la contradijo con fiereza -. No tengo de qué avergonzarme. Einstein era disléxico, lo mismo que Leonardo da Vinci. Y, si ellos no se quejaban, tampoco puedes hacerlo tú.
-¡Oh, Naruto! – una risa, entre hipo y sollozo se le escapó al mirarlo -. Estoy segura de que mis síntomas son más graves que los de ellos.
-No sé cómo ignoré tu enfermedad durante tanto tiempo – admitió -. Careces de sentido de la orientación, no diferencias la derecha de la izquierda, te das por vencida si tienes que hacer un nudo y, algunas veces, olvidas todo – bromeaba con ternura, tranquilizándola.
Hinata todavía temblaba. Su desesperación, la sacudió a tal grado, que le tomaba tiempo dominarla.
Escondió la cara en la chaqueta de Naruto, débil e incierta, pero atrás de esa inseguridad, sintió un alivio enorme porque el fingimiento que le destruía los nervios y la mantenía en temor constante de que la descubrieran, al fin había terminado.
-No te importa, ¿realmente no te importa? – musitó.
-Sólo que no me lo hayas dicho pero, ahora que lo sé, hablaremos con un terapeuta educacional... apuesto a que puede ayudarte – sacó un pañuelo y le secó las mejillas sonriendo y algo en esa sonrisa estremeció el corazón de la joven -. Cometiste un error al sufrir en silencio. Yo hubiera entendido tus dificultades. Vivimos en un mundo donde la capacidad para comprender la palabra escrita se da por sentada. ¿Cómo te las arreglabas en la galería de arte? Siempre me lo pregunté – le confió.
-Ino mecanografiaba el catálogo por mí.
-Los secretos crean mal entendidos – le arregló el cabello para que adquiriera una semblanza de orden.
-Era el único que guardaba – suspiró -. Siempre estás peinándome y componiéndome.
-Quizá me gusta. ¿No lo pensaste? – bromeó y su voz profunda se fracturó un poquito al contemplarla.
Todo el oxígeno del aire pareció extinguirse sin aviso previo. El deseo le estrujó el estómago, los senos se le contrajeron en su cubierta de seda y la sensible piel de los pezones se irguió, como capullo doloroso. Las sensaciones la cegaban con su fuerza y tembló.
-Ya es tarde – anunció Naruto, apartando la mano -. Debes meterte en la cama – musitó, seco -. Si no me obedeces, te llevaré a la fuerza.
Hinata se sonrojó. Caminó, obediente, sobre piernas de algodón. No podía quitar la vista de esa oscura belleza de Naruto, consciente de la salvaje intensidad sexual que poseía bajo una superficie de calma y control. Lo ansiaba. Lo ansiaba tanto, que se asustó. En su memoria no existía nada igual a esa fuerza hambrienta que experimentaba en ese momento. La confundía, la intimidaba.
-Espero una llamada importante – agregó él y cuando lo miró sorprendida, agregó suscinto -: Cambio de horario.
No se imaginaba a Naruto sentado, esperando una llamada telefónica, no importaba cuán importante fuera.
Las personas lo llamaban en el instante en que a él le convenía, no a ellas. Todavía observándolo, encontró la puerta más por accidente que por intención y la abrió.
-Me siento maravillosamente bien – le aseguró, casi sin respirar, antes de correr hacia el vestíbulo.
Se había bañado antes, pero decidió volverse a refrescar bajo la ducha. Quince minutos después, ungida de esencias aromáticas que halló en el baño, se puso el diáfano camisón de seda que estaba sobre la cama. Se deslizó bajo las sábanas y aguardó, casi sin respirar, a Naruto.
Los minutos transcurrieron con suma lentitud hasta que se durmió. Tuvo un sueño extrañísimo. Se veía escribiendo frente a un espejo, sobre su propia imagen y la tarea le costaba tanto trabajo, que despertó en medio de la oscuridad, con las mejillas húmedas de lágrimas.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño, para lavarse la cara. ¿Quién apagó la luz? Naruto, desde luego. Se llevó una débil mano a la frente y sintió sus sienes latir. Le resultaba imposible aplacar la necesidad implacable de estar con él.
Abrió la puerta del dormitorio contiguo. También estaba a oscuras, pero un triángulo de luz salía de la puerta abierta del baño. Escuchó el agua de la ducha y sonrió. No debía ser tan tarde. Se metió en la cama en silencio como un ratoncillo.
La ducha y la luz se apagaron de forma casi simultánea. Un segundo después, Naruto apartó las cortinas de la ventana y se quedó parado bajo la luz de la luna, magnífico en su desnudez, secándose el cabello.
La chica pensó que se arriesgaba a morir de pulmonía, pero la urgencia de anunciarle su presencia desapareció. Se le secó la boca. Sintiéndose un voyeur, que lo espiaba a escondidas, cerró los ojos.
El colchón se hundió bajo el peso de su dueño y Naruto le apartó las tres cuartas partes de la sábana.
Al volverse, dándole puñetazos a la almohada y casi golpeándola, la tocó.
-¡Dio! – exclamó y encendió la luz antes de que ella pudiera impedírselo. La contempló azorado -: ¿Hinata?
Sintió que se sonrojaba con los colores de un betabel. De alguna manera el tono que Naruto empleaba le indicaba que el último lugar donde esperaba encontrarla era en su cama.
-No podía dormir.
-Yo tampoco – admitió, observándola con fijeza -. Ven acá – estiró una mano para acercarla, sin darle tiempo a responder a lo que parecía una orden y no una súplica -. Te deseo – le confesó, con rudeza -. ¿Tienes una idea de cuánto te deseo?
-Aquí estoy – susurró, tímida de pronto.
Inclinó la cabeza y murmuró algo feroz en italiano, para después aplastarle los labios y abrírselos con salvaje urgencia, que la tomó por sorpresa. Su lengua violó el suave interior de la boca de la joven.
Hubiera podido ser el último trago de agua para un hombre loco de sed. Le lastimó los labios y bebió con profundidad, lento, hasta que la mareó y le impidió respirar. Un fuego, tan elemental como su amante, le recorrió las venas.
Le tocó los hombros. Quemaba como si tuviera fiebre, con la piel cálida y seca y su largo cuerpo pegado al suyo. Sus hábiles dedos jugaron con su habitual destreza con la seda del camisón que la separaba de él.
Y un segundo más tarde, sofocando un gruñido de frustración, le arrancó la prenda de finísima tela con sus manos impacientes.
-¡Naruto! – Hinata emergió del pozo de pasión en que se hundía para contemplarlo hincado sobre ella, aventando con un ademán de indiferencia los restos del encaje. Al hacer el gesto instintivo de cubrirse de su escrutinio devorador, le apartó las manos y las aplastó contra la cama.
-Por favor – rara vez empleaba esa palabra y la nota de ruego brusco que encerraba la conmovió.
Los brillantes ojos zafiros la admiraron, al igual que si la tocaran, explorando la redondez de sus senos, la suavidad de la delgada cintura, la curva femenina de la cadera y los rizos de la unión de los muslos. -Squisita... perfetta – musitó con un suspiro entrecortado, al atraerla hacia él para que su boca le apresara un pezón.
Hinata arqueó la espalda, mientras un rosario de sonidos incomprensibles salía de su garganta. Naruto le lamió la tierna piel con un placer de intensidad erótica y con la mano jugó con el otro pezón que descuidaba, moldeándolo, tirando, excitando, hasta que Hinata se retorció bajo sus caricias. Quería sentir el peso de ese hombre sobre ella y él se negó, levantando la cabeza para pasarle la lengua, como en broma, por el declive de los senos, recorriendo la pálida piel de las costillas, sumiéndose en el hueco del ombligo.
Enterró sus manos en el cabello claro para protestar y él contestó dejando una serie de besos desde su rodilla hasta la piel interior del muslo, haciendo que endureciera pequeños músculos que ella ignoraba que poseyera. Entonces, la joven se recostó sobre las almohadas y un grito salió de sus labios, impidiéndole todo pensamiento, hasta que se sumió en sensaciones puras, perdida en el clamor frenético de su propio cuerpo.
En el clímax de la excitación, más agonía que placer, exhaló el nombre de Naruto y él le apretó las caderas con fuerza, elevándose sobre ella, silenciándola con la atormentadora caricia de su boca. Estaba ardiendo cuando se oprimió contra su suave piel. Por un segundo la contempló, con el deseo y luego la exigencia pintados en sus facciones oscuras y húmedas, luego se acomodo entre sus caderas, alineo su polla en su entrada y con un impulso profundo, semejante al relámpago que divide los cielos, se introdujo.
Estaba húmeda, ella lo sabia pero un dolor la estrujó, el tiempo suficiente como para apartarla por unos segundos del hambre devoradora que demandaba satisfacción. Su compañero se detuvo, la miró con ternura y triunfo, y le plantó un beso en la frente con infinita ternura. Murmuró algo acerca de jamás volver a dudar de Hinata, jamás.
Ella no estaba en condiciones de entender lo que murmuraba. Con pequeños y sutiles círculos que formaba con la cadera, la incitaba a la pasión de nuevo, acostumbrándola a su invasión. Cesó de pensar al sentirlo palpitar.
La miro a los ojos y comenzó a moverse, lento y torturador, cuando ella le rogo cambio rápido y devastador. Se perdió en un ritmo primitivo, dando todo, tomando todo, conducida a la locura, sentía su corazón palpitar a mil por hora y escuchaba la respiración irregular de él en su oído, seguía susurrando cosas en italiano que no legaba a entender por la excitación del momento. Cuando llego al climax quedo indefensa después de un alivio final devastador, experimentó olas de increíble placer, fue sublime.
El gruñido de satisfacción de Naruto todavía se repetía en sus oídos, al tocarle, en un gesto posesivo, la piel morena mojada de sudor. Preguntas absurdas se filtraron por los rincones de su mente. ¿Era tan intenso, tan profundo, antes? Recordaba la excitación que la invadía, pero no una igual que la conducía al olvido. Recordaba su hambre, pero no la que amenazaba con desbordarse sin freno. Recordaba la dulce felicidad de la satisfacción, pero no está que le robaba el alma con su potencia.
Y también recordaba... con tristeza... que para ese entonces Naruto ya estaba a medio camino para darse un baño, apartándola con una frialdad indiferente de su pasión, cuando ella quería con desesperación que se quedara entre sus brazos.
Ahora la abrazaba, como si ella en cualquier momento pudiera escapar y al descubrirlo, se enterneció, seguía sin entender ese cambio.
Le frotó la mejilla contra el hombro y él se estiró, como un gato, bajo sus caricias, gozando sin vergüenza de su placer físico, igual que cualquier otro miembro del reino animal.
-Tuve un sueño muy extraño – Hinata rompió el silencio titubeante, temerosa de que la magia desapareciera -. No sé si fue un recuerdo.
-¿De qué se trataba? – la tensión se deslizó por su cuerpo desnudo.
-Te vas a reír.
-Te prometo que no. Cuéntamelo.
-Escribía sobre un espejo – susurró -. ¿Te imaginas eso? Nunca he escrito algo más que mi nombre, si puedo evitarlo, y allí estaba, escribiendo en un espejo.
-Sorprendente – murmuró con suavidad.
-Me asusté – continuó, casi sin aliento -. Quizá no tenga nada que ver con mi memoria. ¿Qué crees?
-Creo que hablas demasiado – giró, llevándosela consigo a la parte fresca de la cama -. Y yo preferiría hacer el amor, bella mia – le mordió el lóbulo de terciopelo de su oreja y forjó un camino erótico a lo largo del arco de su cuello, que ella extendió de modo involuntario para prolongar el placer. Su cabello se desplazó por la almohada y él estudió las puntas cortadas -. Has estado usando las tijeras de nuevo.
-Y no sé por qué – le confesó, frunciendo un poco el ceño -. Iré al salón de belleza mañana.
-Alguien puede venir aquí – le propuso.
-Quiero conocer Roma.
-Un tránsito insoportable, calor agobiante, ruido y contaminación. Sin mencionar a los turistas – le plantó un beso prolongado antes que protestara y luego empezó a hacerle el amor de nuevo. Esta vez con increíble dulzura y suavidad, utilizando cada una de sus artes para enamorarla. El placer sobrepasó al placer, en capas más y más profundas de deleite. Aunque le costara trabajo creerlo, la excitó más que antes.
Una rosa blanca descansaba sobre la almohada cuando abrió los ojos. La descubrió por accidente, palpando a ciegas en busca de Naruto. En lugar de él encontró una espina, gritó, se sentó y se chupó el dedo. Y allí estaba la rosa. Quiso llorar, pero le pareció demasiado cursi. El rocío todavía humedecía los pétalos. Apostó a que Naruto no la cortó. Pero, de cualquier modo ese tipo tan poco romántico como él, trataba de agradarla. Al final fue esta reflexión, y no la rosa, la que le llenó los ojos de lágrimas.
