CAPÍTULO 6

Disclaimer:

Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham

Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto

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El calor reducía a Hinata a una languidez somnolienta. Oyó pisadas y las reconoció. Naruto se hundió en el diván, a su lado con un aire inconfundible de mal humor.

Desde que el fervor marital los golpeo, la paz, la intimidad, la organización perfecta que Naruto daba por sentada, desapareció por el parloteo de las floristas y los representantes de las casas de banquetes.

-Tengo ganas de lanzarlos a la calle – admitió, enojado.

-Deseabas una gran fiesta – le recordó ella, sin tacto.

-Pensé que eso era lo que tú querías – la condenó.

-Con un par de testigos y un ramo de flores me habría bastado – le confió somnolienta.

-¡Y ahora me lo dices! – dijo, abriendo sus expresivas manos.

El sonido del hielo en los vasos los interrumpió. Naruto saltó e interceptó a Bernardo, antes que pudiera acercarse más, como si la espalda desnuda de Hinata fuera el equivalente a la indecencia. El día anterior, un avión que volaba a poca altura, provocó que le prohibiera asolearse en monokini. Y la chica se preguntó por qué le tomó tanto tiempo darse cuenta de lo anticuado que era Naruto.

-Me encanta la manera en que te recuestas en el jardín, como si nada pasara – afirmó, con ironía.

-Bernardo sabe lo que hace – con un exceso de diplomacia, no agregó que si él dejaba de interferir, los arreglos de último minuto proseguirían con menos dificultades.

Mañana, reflexionó, dichosa. Mañana sería la esposa de Naruto. Ese "y vivieron felices para siempre" la invadió de nuevo. Días enteros se deslizaron en un constante placer hedonista desde su llegara a Italia.

Jamás gozó de una relajación como esa. Su única contribución a la boda fue probarse el vestido dos veces. Su traje, hecho con un encaje exquisito, le parecía un sueño. Y se maravillaba de lo que hubieran podido confeccionar con tan poco tiempo de anticipación.

-Mañana seré rica – murmuró, ausente.

Después de una pausa, Naruto echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

-Eres la única mujer en el mundo que se hubiera atrevido a decirme eso en la cara, antes de la boda.

Le lanzó una sonrisa abstracta. ¿Naruto? Naruto era sensacional, fantástico, increíble, divino... La sequedad que la helaba cuando se le acercaba demasiado, empezaba a convertirse en algo del pasado.

La noche anterior, Naruto le habló de su familia, de la muerte de sus padres y de su hermana en el accidente de avión. Pero estaba segura de que jamás admitiría la culpa suprimida que sintió cuando los enterró. Subió a la cumbre y dejó atrás a familia y amigos. Les dio toda clase de lujos, excepto el de su presencia. Los negocios siempre ocuparon el primer lugar.

Los mandaba de vacaciones como una disculpa por cancelar, una vez más, la visita que había prometido. Y sólo le confió esos detalles, protegido por la oscuridad de la alcoba. Hasta ese momento,

Hinata nunca comprendió lo difícil que era para Naruto expresar cualquier cosa que lo conmoviera.

Se puso de rodillas y se cubrió con el bikini. Los ojos de Naruto se clavaron en el sitio exacto donde ella pronosticó, apreciando las curvas brevemente expuestas. Se sonrojó al inclinarse para cerrar el broche, pero la intensidad de la admiración de su compañero despertó una satisfacción muy femenina, tan antigua como Eva.

Se inclinó hacia delante y la atrapó, con esa fuerza que la derretía. Le pasó una mano por el cabello y reclamó su boca con una provocativa y sensual exploración. El mundo giró con violencia en su eje, dejándola mareada y débil. No importaba con cuanta frecuencia la tocara, siempre sucedía lo mismo, siempre surgía ese devastador lazo físico que los unía.

Un día eso la atemorizó. En su inocencia, supuso que sólo ella lo sentía y asumió que Naruto podía, si quería, descubrir el mismo placer con cualquier mujer. Ahora había cambiado de opinión. En las largas horas de pasión, que convertían la noche en día y el día en noche, el hambre de Naruto la llevó al borde de la fatiga.

Le soltó la boca con renuencia.

-Me vuelves insaciable – el gruñido sensual que acompañó esa confesión lo ayudó a apagarle el calor de las venas y descansó la cabeza contra su hombro -. De alguna manera dudo – murmuró -, que tome mucho tiempo que te embaraces.

-¿Embarazarme? – chilló, volviéndose para verlo, experimentando una primera reacción de miedo y curiosidad.

Sus manos la sostuvieron antes de que perdiera el equilibrio y le besó de nuevo el hueco de la clavícula, donde latía el pulso.

-No me digas que no crees en la cigüeña – bromeó -. Te lo aseguro, lo que hemos estado haciendo los últimos días, tiene un propósito más esencial que le placer.

-Sí, pero... – temblaba.

-No he tomado las precauciones necesarias para impedir esa meta – le recordó con calma.

Esa certeza golpeaba a Hinata de pronto. La desconcertó que algo tan importante se le escapara de la mente. No tenía píldoras anticonceptivas, por consecuencia era evidente que no las tomaba. Recordó que antes, tomarlas era el eje de su existencia, provocando horribles ataques de pánico cuando olvidaba una o dos. Si Naruto se hubiera dado cuenta de que se salvaban de milagro, se sentiría como ella.

Esos antecedentes no la prepararon para aceptar que Naruto hablara de tener un bebé como lo más natural del mundo. Y desde luego que era natural, si se casaban. En tales circunstancias, decidió que su pánico inicial resultaba bastante comprensible. En cuanto a la reproducción, tendría que aprender a considerarla desde otro punto de vista.

Al parecer indiferente a los frenéticos reajustes que provocó, Naruto pasó una mano acariciadora por la espalda de la joven y la acercó a él.

-¿No notaste esa omisión? – preguntó, con suavidad.

-No – musitó, sintiéndose culpable por instinto.

-Quiero tener hijos mientras esté joven, para gozarlos.

Se le ocurrió que quizá debió mencionarle ese deseo antes de tomar una decisión sin consultarla, pero la seductora imagen de Naruto cargando un hijo cruzó su mente con igual rapidez y se olvidó de enojarse con él.

-Sí – concordó, nostálgica.

-Sabía que estarías de acuerdo conmigo – murmuró Naruto, ronco, concentrándose en abrir una vereda de sensualidad con su dedo, por encima del hombro de Hinata -. Así, en lugar de correr a mirar a los bebés que pasean en sus cochecitos, podrás concentrarte en el tuyo.

-¿Hago eso? – inquirió.

-Siempre – contestó, divertido.

Antes, todo lo que se refería a bebés dejaba a Naruto helado. Por lo tanto, la sorprendía que quisiera tener un hijo con tanta urgencia. Sin embargo, una vez que lo pensó durante uno o dos minutos, la idea le pareció lógica. Naruto iniciaba su matrimonio igual que emprendía un trato comercial: lleno de esperanzas.

Ansiaba un heredero, eso era todo. No podía construir un imperio sin entregárselo a su dinastía. No obstante, le resultó imposible sonreír y sofocar el miedo irracional que la arrasaba.

El sentido común debió aplastar el temor. Amaba a Naruto. Amaba a los niños. ¿Cuál era el problema?

Pero la inseguridad persistía y las sienes le latieron cuando el teléfono empezó a sonar.

Naruto hablaba en japonés con la fría indiferencia de alguien que domina una docena de lenguas.

-Negocios – le informó, al colgar el auricular -. Debo entrar en la casa para hacer otras llamadas. No tardo.

La luz del sol jugaba con la superficie de la piscina, a unos pasos de la joven, con un efecto hipnótico.

El dolor de cabeza de Hinata la atontaba a tal grado, que casi no podía pensar.

De pronto, un ruido la sacó de su inquieta somnolencia. Un niño emergió de entre los árboles, corriendo tras una pelota. Se dirigió en dirección a la piscina y Hinata se enderezó, llena de alarma. Pero atrapó la pelota antes de llegar a la orilla y, en ese momento, una de las sirvientas descendió por los prados del castillo.

-Scusi, signorina, scusi – exhaló, en una disculpa frenética por esa intrusión, alzando al niño en vilo. El chico protestó, pero se lo llevó de prisa, todavía aferrado a la pelota, mientras Hinata contenía el aliento.

Los golpes que le taladraban la frente se volvieron intolerables durante un segundo, pero ahora cedían.

Ni siquiera notó ese hecho. Se encontraba en un estado de aturdimiento que se transformó en horror incrédulo. Boruto... ¡Boruto! El lujo sibarita de la piscina se desvaneció mientras ella se quedaba inmóvil.

Tomo el teléfono y apretó un botón para comunicarse con la secretaria.

-Habla la señorita Hyuga – tuvo que toser para que su voz se oyera al adquirir un volumen razonable -. Quiero que me comunique con Inglaterra. Es urgente – le indicó, esforzándose por recordar el apellido de soltera de Sakura y la dirección de su casa, hasta que al fin lo logró.

Temblando igual que la víctima de un accidente, se sentó antes de que las piernas se le doblaran.

¿Qué clase de madre podría olvidarse de su hijo? Oh, Dios del cielo, permite que despierte, no dejes que esta pesadilla sea real, rezó con fervor.

El teléfono sonó y ella saltó para contestarlo.

-¿Hola? ¿Hola? – decía Sakura.

-Hola, Sakura. ¿Está Boruto allí?

-Salió a jugar en la paja. Yo pedí unos minutos de descanso para venir a preparar un refresco – le indicó Sakura -. Nuestro teléfono se descompuso durante un par de días, pero no nos dimos cuenta. ¿Te has vuelto loca tratando de comunicarte con nosotros?

-Pues...

-Eso pensé – la interrumpió Sakura con su impaciencia habitual -. Intenté llamarte del pueblo, pero nadie contestaba. Supongo que pasas los días buscando trabajo porque decidiste que no vivirías con la señora Anstey.

-Yo...

-Boruto se ha divertido en grande. El clima es estupendo y planeamos acampar fuera hoy en la noche, pero, si quieres hablar con él...

-No, gracias – me raptaron. Estoy en Italia. Me caso mañana. Esas revelaciones permanecieron guardadas. Sakura la consideraría una buena candidata para el manicomio si las expresaba. De cualquier modo, regresaría a Londres antes que ellos volvieran a la casa. Nadie sabría nada, pensó en ese primer impacto de la desesperación.

-Hinata, alguien acaba de entrar al patio. ¡Chispas, qué coche! ¿Puedo llamarte después?

-No... no, voy a salir... quiero decir, te estoy telefoneando desde otro sitio. Dile a Boruto que lo quiero – colgó el aparato como si la quemara y se recostó de nuevo en el diván.

Los espantosos, inexcusables acontecimientos de la semana pasada la agobiaron de repente. Se encogió al revivirlos. La humillación marcaba letras de fuego sobre su alma. Y, desde esa profundidad, sólo había un modo de salir: hacia arriba decidió, enumerando lo que Naruto le hizo.

Realmente, Naruto hizo todo. Mientras no estaba en condiciones de enterarse de lo que le sucedía, la atacó para destruirla. Las trampas y las intrigas se acoplaban con facilidad a ese temperamento de los Borgia que lo caracterizaba. ¡Bebé! Palideció y se estremeció ante ese pensamiento, incapaz de razonarlo, además de lo otro.

Durante una semana no fue consciente de que vivía cuatro años atrás, en el pasado. Él ocultó cada detalle que pudiera despertar su memoria. No permitió que un periódico, un aparato de televisión o un calendario estuvieran al alcance de su mano.

Cada detalle tuvo una precisión inhumana, con el sello inconfundible de Naruto. No cometió ni un solo error. La atrajo, la ensartó y la remató como un pez. Aunque hasta un pez hubiera luchado por conservar la vida. No habría devorado el anzuelo, ni tocado con ese masoquismo el cuchillo, ni contemplado la sartén sin temor... al igual que ella.

Lo que Naruto deseaba, lo tomaba. Los escrúpulos no lo inhibían. Ni el precio que debía pagar. El resultado final era lo único que le interesaba. Creyó que pensaba casarse con Toneri y, con el divorcio de Toneri tan cercano, Naruto decidió que no tenía tiempo que perder. Sin duda, si se hubiera echado a sus pies, jamás habría mencionado la palabra matrimonio. Pero se le resistió y se convirtió en un reto para

Naruto. Y él no podía dejar de aceptar un reto.

En ese preciso momento, Naruto apareció, bajando la colina y ella recordó el episodio en el asiento trasero del auto. La muerte hubiera sido un castigo demasiado rápido para satisfacerla. Se levantó de un salto, tomó un vaso y se lo arrojó. Él se detuvo cuando se estrelló a medio metro de sus pies.

-Asqueroso, rastrero, embustero, cerdo – le gritó, pescando un segundo vaso lo aventó con toda su fuerza -. ¡Rata! Lo insultó, y el teléfono voló en la misma dirección -. ¡Puerco! – se quitó el zapato y su ira aumentó al no poder golpear un blanco fijo - ¡Bastardo! – subrayó su desprecio aventando el otro zapato -. ¡Quiero matarte!

-El veneno te daría mejores resultados que una pistola – comentó Naruto, observando la posición de los misiles, completos y rotos -. La puntería no parece ser uno de tus talentos escondidos.

-¿Es todo lo que tienes que decir? – explotó.

-Asumo, sin temor a equivocarme, que has recobrado la memoria – se mofó -. Pero no me atrevería a asumir algo más.

-Será mejor que no te atrevas – su frialdad la sulfuraba -. Si te estuvieras muriendo de sed, no te daría de beber. Si te murieras de hambre, no te daría ni un bocado. Si fueras el último hombre sobre la Tierra, y yo la última mujer, la raza humana desaparecería. Mereces que te descuarticen, te ahorquen y te torturen y, si estuvieras a mi merced, lo haría.

-Si estuviera a tu merced, no te encontrarías en esa situación – intervino Naruto con la intención de ayudarla, cuando ella se detuvo para tomar aliento.

-Te acusaré ante la policía – lo amenazó Hinata, satisfecha de atacarlo con un peligro realista.

-¿Para qué? – preguntó, contemplándola con sus ojos zafiros.

-¿P-para qué? – tartamudeó, una octava más alto -. ¿Para qué? ¡Me raptaste!

-¿Te drogué? ¿Abusé físicamente de ti? ¿Tienes testigos que hayan presenciado estos acontecimientos?

-Los inventaré, mentiré – le lanzó.

-Entonces, ¿por qué estabas tan contenta, a mi lado, en el aeropuerto mientras yo anunciaba nuestros planes para casarnos? – indagó Naruto con esa frialdad irritante e increíble.

-Me mantuviste prisionera durante toda la semana pasada – desesperada, trató de apartarlo con otra arma.

-¿Bajo llave? No recuerdo haberme negado a dejarte salir.

-Abuso físico, entonces – Hinata siseó, a través de sus dientes apretados -. Con eso estarás perdido.

-¿A qué abuso físico te refieres? – sonrió Naruto, con descaro.

-Sabes muy bien a lo que me refiero – chilló, irguiéndose a toda su altura de uno sesenta y tres - Mientras... mientras no coordinaba mis ideas con lógica, te aprovechaste de un modo asqueroso de mí.

-¿En serio? – murmuró -. Hinata, según mi humilde opinión, la semana pasada coordinaste mejor tus ideas que en los últimos cinco años.

-¿Cómo te atreves? – aulló, colérica -. ¿Cómo te atreves a decirme aso en mi cara?

-Porque es verdad – alzó un ancho hombro con elegancia.

-La verdad... ¿según quién? – gritó, feroz -. Cómete esas palabras de inmediato.

-No tengo la menor intención de retractarme – le informó, con descuidada provocación -. Cuando te calmes, te darás cuenta de que no he faltado a la verdad.

-¿Cuándo me calme? – repitió como un energúmeno -. ¿Te parece que me voy a calmar?

-Si supieras nadar mejor, te echaría a la piscina – comentó, estudiándola.

-Ni siquiera te arrepientes, ¿eh? – esa realidad empezaba a incomodarla... y no reducía su furia en lo más mínimo.

-¿Por qué había de arrepentirme? – suspiró Naruto.

-¿Por qué? ¿Por qué? – apenas podía hablar -. Porque yo haré que te arrepientas. Debí adivinar que no te remordería la conciencia por traerme aquí.

-Y tienes razón. No me remuerde.

-Actúas como si fuera una especie de cosa, de objeto que puedes levantar y colocar donde te place – cuando la boca de Naruto se curvó en una sonrisa, Hinata comprendió por qué algunas personas asesinan.

-Si eres un objeto para mí, entonces, yo soy un objeto para ti, en el mismo plano.

-¡No estoy hablando de sexo! – rugió, fulminándolo con la mirada.

-No – concedió -. Noté que habías descartado ese cargo de abuso físico...

-No lo descarté – lo interrumpió.

-Pero cambiaste de tema – la contraatacó -. Me deseas tanto como yo a ti.

-¡Payaso arrogante! ¡Estaba loca! ¡Te detesto!

-Ya se te pasará – le aseguró.

-¡No se me pasará! Me voy, te abandono, me esfumo... – le deletreó, tempestuosa.

-Una respuesta típica de ti cuando se presentan problemas, pero esta vez no desaparecerás en el aire.

-Me voy – gritó, como salvaje.

-¡Cuidado con los vidrios – le advirtió Naruto.

Pero era demasiado tarde. Un dolor agudo le mordió el pie y ella lanzó un gemido. Naruto avanzó una zancada, la cargó en brazos y la depositó en la silla más cercana, sosteniéndole el tobillo.

-¡Quédate quieta! – rugió -. O te enterrarás aún más el vidrio.

Los sollozos sofocaron el mal humor; permitió que le quitara el cristal y luego lo maldijo.

-Sabía que harías eso.

-¡Suéltame! – chilló.

-¿Con todos esos vidrios en el suelo? Debes estar bromeando – se burló, amarrándole un pañuelo inmaculado alrededor del pie lastimado -. ¿Cuándo te inyectaron contra el tétanos?

-¡Hace seis meses! – Escupió, enfurecida, fuera de todo control por la ignominia de su posición -.

¿Oíste lo que dije? ¡Me voy!

-¡Ni lo sueñes! – tomó una toalla que había caído al suelo y, ante su total incredulidad, la envolvió como si fuera una muñeca.

-No te atrevas a tocarme – le advirtió, sacando las manos -. ¿A qué te refieres con eso de que... "ni lo sueñes"? ¡No puedes mantenerme aquí en contra de mi voluntad!

De repente, Naruto le quitó la toalla y, tomándola por sorpresa, la cargó, mientras ella luchaba con uñas y dientes, agitando los miembros. Se la echó al hombro.

-¡Bájame! – chilló, golpeándole la espalda con los puños -. ¿Qué crees que haces?

-Te pongo bajo mi cuidado por tu propio bien. Te portas como una histérica – la sentenció -. Ya basta.

-¿Ya basta? – su voz se quebró por la incredulidad -. ¡Suéltame!

-Sta zita. Cállate – gruñó.

La fuerza de gravedad amenazaba con quitarle el sostén del bikini. Y Hinata se preocupó más por mantenerlo en su sitio, que por golpear a Naruto. Él se dirigió a la escalera de piedra que conducía a la galería del primer piso.

-¡Te odio! – sollozó la chica, lágrimas de mortificación, furia contenida y frustración llenaron sus ojos de repente.

Un minuto después, Naruto la tiraba sobre la cama, al igual que un saco de papas.

-Y odiarme no te hace feliz, ¿verdad? – resopló con sorna -. Per Dio, ¿eso no te indica algo?

-Que eres el tipo más poco escrupuloso y civilizado con quien me he topado – le lanzó entre sollozos -. Y me voy.

-No te vas a ninguna parte.

-No puedes detenerme, y desde luego, no me obligarás a casarme contigo – asentó con nueva confianza, retorciéndose en la cama para tomar una bata transparente que vio sobre una silla, sintiéndose de repente demasiado expuesta en su diminuto bikini -. Y, ahora que Toneri ya consiguió su precioso contrato, no seguirás chantajeándome.

-Lo firmará una hora después de la boda.

Hinata se quedó paralizada. Temblorosa, se volvió. Los brillantes ojos zafiros se enfrentaron a los suyos, casi como en un ataque físico.

-Preví la posibilidad de que esto ocurriera.

-¿Todavía... todavía no lo consigue? – apenas logró que la pregunta pasara por sus labios.

-Soy un malvado con muchos trucos en la manga – ronroneó Naruto, semejante a un tigre jugando con su presa.

-No puedes desearme cuando yo no te deseo – exhaló ella.

-Ya probé que esa afirmación es una falacia – replicó, seco -. Y cuando lleguemos a nuestro destino en Inglaterra, mañana, no dudo de que tengas una mente más receptiva.

Todo lo que captó Hinata fue esa palabra mágica.

-¿Inglaterra? – repitió -. ¿Regresaremos a Inglaterra después de la boda?

-Se acostumbra un cambio de escenario.

Evidentemente creía que, una vez que un anillo le adornara el anular, tendría el mismo efecto que una cadena atando a un esqueleto al muro de una prisión. Pero, ya en Inglaterra, no podría retenerla. En cambio en Italia, carecía de pasaporte y no se arriesgaría a huir de una propiedad amurallada, vigilada por personal de seguridad, con la ayuda de una serie impresionante de aparatos electrónicos.

Si no se llevaba a cabo la ceremonia, Toneri sufriría las consecuencias. Tembló de furia ante esa inevitable conclusión. La seductora fantasía de dejar a Naruto sin novia en una boda anunciada a los cuatro vientos, se borró de mente. Debió adivinar que no sería tan fácil. De cualquier modo, la posibilidad de regresar a Inglaterra al día siguiente, la tranquilizaba muchísimo. Y él no podría obligarla

a quedarse en su casa.

-Hinata – se burló Naruto -, ni siquiera lo pienses.

-No tengo nada que decirte – musitó, tensa.

-Debemos hablar – alguien llamó a la puerta. Él lo ignoró -. No permitiré que eches a perder la boda.

Una novia atada y con una mordaza quizá causaría uno que otro comentario desfavorable, reflexionó con rebeldía, mientras el llamado se repetía.

Avanti! – Naruto alzó la voz, exasperado.

Bernardo apareció, con una secretaria apenas visible a sus espaldas.

-La signorina Roran – hizo un gesto de disculpa, señalando el teléfono inalámbrico -. Asegura que se trata de un asunto urgentísimo, signor.

-No quiero hablar con ella – declaró Naruto -. Déjanos, Bernardo.

La puerta se cerró de nuevo.

-Habla inglés – captó de pronto Hinata -. Tú debiste ordenarle que no lo hiciera delante de mí.

-Para que mejores tu italiano – le explicó.

Se cubrió la cara con manos agitadas, mientras la compostura que la retenía amenazaba con abandonarla.

-Te desprecio.

-Más bien estás enojada conmigo – la contradijo con firmeza -. Y supongo que te asiste cierta razón.

-¡Supones! – lo contempló con los ojos desorbitados.

-Me perteneces, Hinata. ¡Usa el cerebro que Dios te dio al nacer! – el consejo la quemó -. Has sido feliz, más feliz que nunca.

-¡Vivía en el pasado!

-Pero, ¿por qué escogiste volver a ese tiempo particular de tu pasado? – torció la boca sensual -. Pregúntatelo.

-¡Yo no escogí nada! – protestó -. Y terminé con una mentira.

-Esto puede ser tan verdadero como tú quieras.

La invadía la sensación de haber sido traicionada. Pero, peor que todo, se traicionó a sí misma.

Traicionó todo lo que creía, todo lo que era, todo lo que hizo al abandonarlo. En una semana aplastó cuatro años de respeto propio. En una semana destruyó cada una de las barreras que pudieron protegerla.

-¿También convertiste el agua en vino? – preguntó, ahogándose en su propia humillación -. Debiste reírte a morir toda la semana, al ver lo fácil que resultó engañarme. -Nos unió un engaño – atacó, temblorosa -. Planeas, tramas, manipulas y manejas las cosas como quieres que sucedan.

-No planeé que perdieras la memoria.

-Pero usase esa circunstancia en tu provecho – lo condenó -. Y yo ya pasé por todo esto. Cuando regresamos de Suiza, mis jefes desocuparon de forma misteriosa su apartamento y la galería de arte cerró, dejándome sin trabajo. ¿Mera coincidencia? – lo urgió -. No lo creo. Tú también tramaste ese embrollo, ¿no?

Un oscuro rubor le pintó los pómulos, acentuando el brillo de sus ojos. Al fin concedió en un tono bajo: -Les compré el edificio.

-Y eso te ayudó a persuadirme de que te acompañara a Nueva York- su aliento se convirtió en sollozo.

-Te deseaba muchísimo. Soy impaciente – la miró sin avergonzarse -. Soy lo que soy, bella mía, y mucho me temo que no tengo el poder de cambiar el pasado.

-Pero yo sí. ¿No lo entiendes? – las lágrimas la cegaban, pero no toleraba que la viera llorar -. ¡Yo sí! – repitió, con amarga desesperación.

-Hinata... ¿qué quieres que te conteste? – inquirió -. Si pretendes que hable con honestidad, lo haré. De lo único que me arrepiento es de haberte perdido.

-No me perdiste... ¡me echaste! – sollozó.

-Correcto, si la semántica te parece tan importante, te eché – extendió sus hermosas manos -. Sin embargo, trata de entenderlo desde mi punto de vista, para variar. Me lanzas una pregunta loca una mañana, mientras desayunábamos...

-Sí, loca por completo, ¿verdad? – lo interrumpió, trémula -. Yo estaba loca de atar al pensar en que podías rebajarte al casarte conmigo.

-En aquel momento ignoraba que no existiría una corte de apelación – se sulfuró -. Así que dije una frase equivocada. Fui cruel, lo admito. Si deseabas que me disculpara, debiste quedarte conmigo porque ahora no siento ganas de pedirte perdón. Regresé al apartamento una hora después de irme.

No volé a Milán. Y, ¿en dónde estabas tú?

La estrujó saber que había regresado esa misma mañana. Y se olvidó de su incipiente histeria.

-Sí, ¿en dónde estabas? – la apremió Naruto, sin remordimiento -. ¡Desapareciste! Te evaporaste como una prima donna, dejando atrás todo lo que te di, como si intentaras vengarte al máximo.

Con un sollozo sofocado, Hinata huyó al baño y cerró la puerta, sentándose en el tapete para ocultar la cara en sus manos y llorar como si se le partiera el corazón. El presente y el pasado convergieron y no pudo aceptar esa traición.