CAPÍTULO 7
Disclaimer:
Esta es una transcripción del libro "REUNIÓN TEMPESTUOSA" de Lynne Graham
Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece, derechos reservados a Kishimoto
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¡Qué estúpida fue Hinata! En el instante en que Naruto le pidió que se casaran, perdió el seso. Muchos detalles no encajaban en su lugar, pero prefirió suprimirlos para que nada enturbiara su felicidad.
¿Cómo podía escoger entre Boruto y Toneri? Enfrentándose a la elección final de confesarle a Naruto que tenía un hijo, debió cerrar su mente y proteger a la criatura.
Naruto envenenaba todo lo que tocaba. Pero ahora, con tal de tenerla en su cama, aceptaría a Boruto.
Hacía cinco años, el niño hubiera representado una complicación desagradable. Naruto no la apreciaba como en ese momento y estaba convencida de que la hubiera persuadido de que tuviera un aborto.
Pero los tiempos cambian... Boruto era inocente y vulnerable, un pequeño con una inteligencia de titán, con frecuencia demasiado grande para que él la manejara. Una vez Naruto fue un niño igual... y se convirtió en un hombre duro, semejante a un diamante. Frío, calculador, inconmovible. ¿Deseaba arriesgarse a que eso mismo sucediera con Boruto? Su hijo poseía muchas características de Naruto. Se las heredó con sus genes al nacer.
Era necio, obsesivo y, si no se le guiaba, muy egoísta. Hinata pasó cuatro años y medio tratando de que Boruto creciera como un chico centrado y normal, en lugar de que se separara de las actividades infantiles por juzgarlas inferiores a su mentalidad.
¡Odiaba a Naruto, oh, Dios, cuánto lo odiaba! Amortajada por su soledad, se aferró al odio que representaba su única fuerza. Sofocó la sospecha de que Naruto no era tan insensible como creyera y aplastó la vocecilla que se atrevía a insinuar que quizá Naruto había cambiado.
¿Qué importaba que tuviera que casarse primero? Apenas aterrizara en Londres, lo abandonaría. Lo hizo antes; lo haría de nuevo y ya no sería tan tonta. Se llevaría las joyas para venderlas. Con la ayuda de ese dinero, construiría una vida nueva para ella y Boruto. Lo haría por el bien de su hijo.
La tristeza la cubrió con la eficiencia de una sábana. Él lo llamó un cierto "no sé qué". Una cierta palabra de cuatro letras, "sexo", hubiera sido menos impresionante, pero más precisa. Sexo. La única debilidad de Naruto, muchas veces indeseada, él mismo lo admitía. Y no podía culparlo por sentir de esa manera. Debió irritarlo adquirir tanto poder y descubrir que todavía lo dominaba la lujuria por una mujer ordinaria, sin ninguno de los atributos necesarios para adornar su imagen pública.
-¿Hinata? ¿Estás bien? – preguntó Naruto, sobresaltándola. El silencio se prolongó -. No saldas, destruiré la cerradura – le advirtió del otro lado de la puerta.
-La fuerza bruta es tu respuesta para todo, ¿verdad? – se puso de pie de un salto, mortificada porque se daba cuenta de que la escuchó llorar. Se desvistió y abrió el grifo de la ducha, esperando que el sonido lo obligara a alejarse.
Sexo, pensó, despreciando a ese hombre. El más bajo denominador común. Y, después de una sequía de cinco años, su valor como hombre aumentó. De hecho rebasó los límites del mercado. A cambio de sexo ilimitado, Naruto le concedía, graciosamente, reducir sus ambiciones y casarse con ella.
Pues, ¡al demonio con él!
¿No debía considerarse una chica con suerte? Era atractivo, súper rico y con una potencia sexual extraordinaria. Nueve de cada diez mujeres hubieran accedido a vivir con sus defectos. Por desgracia, ella era la número diez. ¡Por desgracia para él, desde luego!
Obtendría una novia, pero no una esposa. Cuando lo abandonara, horas después de la ceremonia, le causaría un embarazo social tremendo. Y entonces escribiría "pagado" sobre la cuenta pendiente.
Enojarse no la llevaba a ninguna parte; vengarse le devolvería su dignidad.
Se secó y volvió al dormitorio, convertida en una mujer con una meta, en una mujer que había decidido no ser la víctima de nadie.
El corcho explotó como una pistola, al salir de la botella. Naruto echó la cabeza hacia atrás para beber el exceso de champaña. Luego se enderezó y vació el líquido dorado en un par de copas, mostrando los dientes con una brillante sonrisa.
-Te ves como una langosta. Te quedaste tanto tiempo en el baño, que apuesto a que usaste toda el agua caliente del castillo.
Hinata no esperaba que todavía la estuviera aguardando. Le lanzó una mirada tan llena de rabia que debió marchitarlo. Desde luego, no le causó la menor molestia. Él cruzó la alfombra y le tendió una copa.
-No estás enamorada de Ōtsutsuki – afirmó -. Si lo amaras, habrías dormido con él.
-Tú jamás entenderías a un hombre como Toneri, ni aunque tuvieras mil años – lo retó, con las mejillas ardientes, bebiéndose el champaña con la esperanza de refrescarse -. Y es mucho mejor que tú, en cualquier circunstancia.
-Estás en una posición privilegiada, cara – afirmó, mientras se le endurecía la expresión -. A nadie más le permitiría que me insultara con impunidad.
Un estremecimiento le recorrió la espalda. Pero el desprecio que Naruto mostraba por Toneri la enfurecía.
Aunque, en el fondo del corazón, sabía que tenía razón. Toneri nunca tuvo la ambición o el hambre suficiente para luchar por alcanzar el éxito. Sin embargo, ese hecho no disminuía la estima que sentía por su amigo. Cuando recordaba los días que vivió preocupada por el contrato que todavía no se firmaba, saboreaba la amargura de las amenazas de Naruto en toda su profundidad. No... no, reflexionó, tensa, jamás se arrepentiría de ocultarle la existencia de Boruto a ese hombre.
-Atacaste a Toneri sin razón – susurró pensando que, una vez que ella se fuera, su amigo estaría a salvo de otra interferencia -. Y yo no te pertenezco.
-No necesito poseerte – confundida, observó que su boca se curvaba en una sonrisa, casi tierna -. Eres mía en cuerpo y alma. No importa que te alejaras un poco, que te perdieras, no te fuiste tan lejos como temí y ahora has regresado adonde debes estar.
-¡No te pertenezco! – repitió irritada.
-¿Por qué luchas contra mí? – preguntó con suavidad -. ¿Por qué luchas contra ti misma?
-No lucho contra mí misma – al enfrentarse a esos ojos rodeados de pestañas claras, se le encogió el estómago. Le costaba trabajo combatir esa quemante confianza de Naruto.
-Entonces ven – la invitó en voz baja -, y pruébalo.
La magnética fuerza de voluntad de ese hombre se concentraba en ella. Tembló, no de frío, y su corazón se aceleró, reaccionando a la atracción física que sentía. Pensó de pronto, alocada, que debían prohibir que Naruto se acercara a las mujeres, como si fuera una sustancia peligrosa.
-Tienes miedo – apuntó Naruto, llenando de nuevo su copa -. Realmente te comportas como si me temieras. Y no me gusta. No quiero un fantasma con miedo en los ojos en mi cama mañana por la noche. Quiero a la criatura amante, feliz, alegre, que has sido esta semana.
-No te amo – replicó, apenas logrando respirar.
-Si no estuviera seguro de que me amas, no me casaría contigo.
-Pensé que no te importaría de ningún modo – Hinata retrocedió ante su proximidad.
-Si te refugias en el baño de nuevo, echaré la puerta abajo – comentó él sin alterarse -. Tú empezaste esto y tú lo terminarás. Dime por qué levantas de nuevo barreras entre nosotros.
-¿Por qué? – repitió ahogándose -. ¿Por qué? ¿Me lo peguntas después de todo lo que hiciste?
-¿Qué hice? – con la mano describió un arco -. Me pasé años buscándote y cuando te encontré, te pedí que te casaras conmigo. ¿No te halaga?
-¿Halagarme?
-No es un insulto por cierto, bella mía.
-Pero no quiero casarme contigo.
-Me fascinaría saber qué sucede en tu subconsciente – le confesó, ronco.
Dios, lo consideraba increíblemente atractivo. Lo que experimentaba en ese momento se debía a las hormonas. Naruto aumentaba el calor que la invadía, persiguiéndola como el depredador que era. Si perdía la cabeza por un segundo, terminaría de espaldas sobre una cama. De alguna manera ese tipo se las arreglaba para decir las cosas más insufribles de un modo encantador. O quizá su propio cerebro se asqueaba al comprobar su falta de carácter.
-No me harás cambiar de opinión con el sexo – lo retó, mientras su espina dorsal se pegaba contra un muro que impidió que continuara retrocediendo.
-Nosotros jamás experimentamos con el sexo – le quitó la copa y la colocó sobre la mesa -. Paladeamos intensos juegos eróticos – insinuó, saboreando cada sílaba.
-¡Sexo! – Hinata aventó esa reiteración como un campo de fuerza detrás del cual podía ocultarse -. No soy una especie de mujer de la calle que... ¿Me escuchas?
-Te escucharé si dices algo que yo quiera oír, pero no has estado muy acertada en esa área esta tarde – en lugar de acercarse, se quedó en su sitio, confundiéndola -. Y no te facilitaré las cosas persuadiéndote de que te metas a la cama.
-No podrías hacerlo – se enderezó, sonrojada, apartándose de la pared ahora que ya nada la amenazaba.
-Ni siquiera trataría. Me reservo para una extraordinaria experiencia erótica mañana por la noche – murmuró en voz queda, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.
Se lanzó tras él y le dio vuelta a la llave. Después se apoyó contra la puerta, exhausta. ¡Cielos, era tan modesto, una verdadera violeta! Se limpió la frente y se acostó reconociendo, ahora que Naruto se había ido, cuánto la fatigaron las tormentosas horas que acababan de pasar. Se tomaría una siesta antes de la cena.
Despertó con un calor insoportable, sudorosa y sedienta. Llenando una copa hasta el borde con el champaña sin espuma, la vació como si se tratara de limonada.
Conque no sería la víctima de nadie, ¿eh? Sus resoluciones combativas la sulfuraban. Allí estaba, con completo dominio sobre sus sentidos, ya no como el tapete que todos pisoteaban, pero todavía se consideraba vulnerable. Cuando le quitó la copa pensó que... estaba a punto de derretirse y ceder.
Para calmar su furia, caminó por el cuarto y se sirvió más champaña. Mientras amó a Naruto, esas emociones le parecían excusables, ahora que ni siquiera le gustaba, las juzgaba imperdonables. En cuanto a él... merecía encontrarse con una cualquiera que cambiara sus favores por una cuenta de banco; la clase de hembra que Naruto admiraría.
Revolvía el guardarropa, cuando un llamado a la puerta la interrumpió. Abrió un centímetro y se topó con Giulia, seguida por alguna razón por Bernardo.
-Hoy no necesitaré que me ayudes. Grazie, Giulia.
-Pero, signorina...
-La cena se servirá en media hora – interrumpió Bernardo, tratando de despertar la compasión de Hinata.
-Lo siento, pero la cena tendrá que esperar – decidió la joven y cerró la puerta. ¿No hablaban un inglés excelente? Cuando recordó que se hizo entender por señas durante casi una semana, maldijo a Naruto.
Su anfitrión se sulfuraría si aguardaba. ¿Y qué? Así apreciaría más su aparición cuando entrara, triunfal, al comedor. Sí, afirmó con fiereza, la cena sería muy, pero muy divertida.
Se enredó una túnica negra alrededor de las caderas, apenas cubriéndolas y con la punta que sobraba, se confeccionó un escote brevísimo. Las medias negras no serían problema. Había de todos los colores del arco iris. Sacó unos tenis negros y una par de guantes largos del mismo tono.
Ya vestida, caminó tambaleante hasta el baño para decorarse la cara. Usó tonos zafiro y violeta para delinearse los ojos de forma dramática. Se puso un exceso de maquillaje y marcó el declive de los senos con una sombra dorada. Empezó a gozar el momento.
Se colocó tres pulseras de diamante, una en cada brazo y la otra en el tobillo, agregando collar y pendientes para dar el toque final a su arreglo navideño. La asombró lo vulgares que se veían los diamantes en cantidades excesivas. Su imagen en el espejo la llenó de satisfacción.
Bajó la escalera asiéndose del pasamanos, consciente de que había bebido champaña con demasiada libertad. Bernardo no podía quitarle los ojos de encima, sin exageración, y se quedó helado, tirando de su corbata.
-Buenas, Bernardo – canturreó, al pasar a su lado -. Hace calor, ¿verdad?
Y hará más, predijo con certeza. De pronto, Bernardo abrió de par en par las puertas del salón y anunció:
-Signorina Hyuga.
¿Por qué diablos decía su nombre? ¿Creía que Naruto no la reconocería con ese disfraz? Tomando aliento, avanzó. Un enjambre de rostros se volvió para mirarla y ella, azorada, parpadeó. Su traje fue diseñado para una cena privada. A sus espaldas, Bernardo sofocaba un ataque de tos.
Ahora que lo pensaba, y le costaba un enorme trabajo practicar esa actividad del intelecto, recordó que
Naruto mencionó que había invitado a unos amigos íntimos a pasar la noche en el castillo, antes de la boda. Como ella se mostrara nerviosa ante esa perspectiva, se olvidó del asunto. En ese momento, sin duda deseaba no haberlo hecho. Al acercarse a ella con sus largos pasos, sin duda ansiaba destrozarla, centímetro a centímetro, de preferencia durante un extenso período de tiempo. Para gozar de cada minuto del martirio.
-Creí que te gustaría un vestido un poquitín exagerado – musitó, tratando de escapar por la puerta, pero Naruto la tomó del brazo y le cortó la retirada.
-Un traje de vanguardia – comentó una voz juvenil -. Mamá, ¿por qué no me compras uno?
-Diseño punk – susurró alguien más -. Desconcertante.
-A mí no me desconcertaría que me vieran con ella – replicó un joven pelinegro, regalándole una sonrisa deslumbrante -. Naruto, empiezo a comprender por qué mantuviste a esta encantadora damisela bajo llave hasta este momento. Soy Sasuke... Sasuke Uchiha.
Hinata le estrechó la mano con una sonrisa. Y después un remolino de presentes tuvo lugar. Había unas treinta personas, todas pertenecientes a la elite del mundo de los negocios y la alta sociedad.
-Tienes unas piernas fabulosas – Sasuke se echó sobre un sofá -. ¿Por qué supongo que Naruto hubiera preferido que sólo él las admirara?
-¿Lo conoces desde hace mucho? – preguntó ella, desesperada.
-Unos diez años. Una vez te vi de lejos, en Suiza – le confió -. Pero no me permitió que me acercara más.
-¿Ah, sí? – preguntó la joven, en un tono casi indiferente.
-Naruto es muy posesivo – se burló -. Por eso te robó de la cuna. Debo molestarlo con eso.
-¿Te diviertes, Sasuke? – indagó el anfitrión, acercándose.
-Una inmensidad. No hay un solo hombre en este cuarto que no me envidie. ¿Por qué esperé tanto tiempo para conocer a esta preciosidad?
-Quizá porque adiviné tu reacción – Naruto tomó la mano de Hinata -. Les simpatizaste a todos – suspiró, conduciéndola al comedor y besándole con rapidez un hombro desnudo -. Olvidaste que vendrían, ¿eh? – le sonreía, registró ella, mareada -. Cara, ¡si hubieras visto tu expresión cuando te diste cuenta de lo que hiciste! Pero en esta reunión no causas tanta sensación como tú suponías.
No se equivocaba. A ese nivel, las mujeres se interesaban en sorprender a sus rivales y nadie sospechaba que se vistió para una pantomima. Sin embargo, un pequeño remordimiento le retorció la conciencia.
La larga cena no fue el martirio que Hinata esperaba, pero le resultó imposible relajarse. Naruto estaba de excelente humor, lo cual la hacía sentirse incómoda. Cuando sirvieron el café en el salone estaba a punto de claudicar. La esposa dl hermano de Sasuke, Izumi, se sentó junto a ella.
-No te vi con Naruto en Niza hace dos semanas – comentó.
-No fui con él.
-Ah, sí, lo acompañaba Silvana Lenzi – Izumi logró fingir que se sorprendía -. Desde luego asumí que... Oh, cielos, ¿dije algo que no debía?
-Dijiste lo que intentabas decir, jovencita – intervino una amable anciana, con nariz aguileña y cambió de tema.
Hinata se enterró las uñas en las palmas de las manos. Realmente no entendía por qué se sentía devastada. Debió suponer que Naruto no pasó los últimos cuatro años y medio sin una mujer en su cama.
No aceptaba el celibato, de la misma manera que no aceptaba perder dinero.
La actriz sudamericana era famosa por sus apasionadas aventuras amorosas. Naruto no penetró en territorio desconocido, pensó la joven con una malicia que la sacudió. Pero se creía traicionada.
Como era obvio, había bebido demasiado. Se sentía traicionada porque la eligió para pasar con ella esa semana, al igual que a otras mujeres en diferentes ocasiones, y descubrirlo irritaba su vanidad.
Pero no le importaba si él organizaba una orgía cada semana. Sus costumbres de donjuán la tenían sin cuidado.
Unos minutos más tarde, Naruto intercedió para que los invitados la disculparan par que se fuera a dormir.
Con su confianza habitual, la sacó del salone.
-Se supone que es de mala suerte que te vea después de la medianoche – bromeó, cuando ella se zafó de la mano con disgusto.
Sin pensarlo dos veces, Hinata levantó la diestra y lo abofeteó con tanta fuerza, que casi se cae.
-¡Por Niza! – siseó, subiendo la escalera -. Y si te veo después de la medianoche, no sólo te traeré mala suerte, sino la muerte.
-Buonna notte, carissima – se despidió él, en voz baja, casi divertido.
Sin poder creer que le respondía de esa manera, se detuvo y se volvió. Él la contempló, sonriendo.
-Estás loca, pero me gusta.
-¿Qué sucede?- replicó, indefensa.
-Tienes seis segundos para que desaparezcas de mi vista – le advirtió, consultando su reloj -. Si sigues hablando, jamás lo lograrás.
Observó la marca de sus dedos sobre la mejilla y la invadió la vergüenza. Ignoraba qué la impulsaba a esa acción.
-Lo siento, no debí hacerlo – concedió.
-Esta noche te perdono todo, hasta mantenerme despierto – afirmó.
Ante esa amenaza, corrió a su cuarto como si todos los demonios del infierno la persiguieran.
..
El desayuno, llevado en una hermosa bandeja, no tentó a Hinata. Luego llegó la peinadora, seguida de sus ayudantes, el maquillista y la manicurista. A medida que la mañana transcurría, se sentía más y más como una muñeca. Todo se lo hacían. Al fin, satisfechos, retrocedieron para admirarla.
Aplaudieron, intercambiando alabanzas... la muñeca estaba vestida.
Eso no es verdad, no es verdad, se dijo, contemplando en el espejo la imagen que tanto se parecía a su sueño de adolescente. Jamás se vio tan hermosa y no la maravilló que los demás estuvieran satisfechos de su obra.
La pequeña iglesia estaba a un kilómetro del castillo. Entró al templo lleno de flores, del brazo de un duque español que conoció la noche anterior. Está sucediendo cinco años más tarde, se repitió. Esto no significa nada para mí. Pero cuando Naruto se volvió para verla, descubrió que le resultaba imposible razonar.
-Eres la novia más bella que he visto – Naruto apenas le rozó los labios y esa combinación de admiración y el contacto físico, la mareó.
Al salir, el sol bañó su rostro, reflejándose en el anillo de platino de su anular. Sasuke le plantó un beso en la frente y le informó que Naruto prohibió que lo imitaran.
En el auto, Naruto la acercó a él y tomó su boca con el hambre desatada que antes había sofocado. Ella dejó caer el ramo y le rodeó el cuello con los brazos, entrelazando los dedos para formar una cadena y retenerlo.
