«Todos los espejos de su corazón
Se quebraron en mí.
Todas las mañanas me parecen solo una
Todo el cielo se fue.»
Fina Ropa Blanca — Luis Alberto Spinetta.
Número 2.
—Fina Ropa Blanca—
Como un confeso, habré de exponer, en una nueva circunstancia, la sádica violencia que mi conciencia puede presentar en amplias ocasiones. Sin embargo, antes propondré una interrogante, la cual ha estado merodeando dentro de mi cabeza de manera incesante, rogándome porque yo le encuentre la respuesta que habrá de complementarla: ¿Es posible, acaso, que el dolor sea el único acceso a la sanación de un espíritu agonizante?
Ahora, bien, daré inicio al entero testimonio de mis principios como persona. Maniobrando un tiempo de duración indecisa, me prestaré a, nuevamente, protagonizar a un masoquista al esquivar al presente y encapricharme con el pasado. Retiraré mis memorias hacia el pretérito y difuso lapso de vida que abarca los dieciocho años de existencia que detento; para, así, conseguir reunirme con los previos periodos de mi ser.
Prolongando este exhaustivo y familiar ritual, en el que independizo a mi mente de cualquier inhibición y le permito cavilar en toda materia inanimada o gozante de vida propia que haya tenido el placer —o, en su defecto, la desdicha— de tomar presencia dentro de mi vida; sólo así lograré volver a encontrarme conmigo mismo.
Y así, lo hago. Con dificultad, me reconozco: poseo la forma de un pequeño infante, candoroso como un añino y con el corazón y la conciencia henchidos de natural piedad y estima hacia todo aquello ajeno a mi persona. Domino una inteligencia que frisa lo inexistente y, a su vez, un riguroso control mental y sentimental del que hago uso para mantener firmemente sujetos a mis más oscuros deseos internos. La inquina y la hostilidad se distinguen por su ausencia dentro de mi espíritu. Al hallarme traspasando una edad tan reducida, no soy consciente de todo aquello que comprende mi entorno; no obstante, soy capaz de amar. ¡Por supuesto que lo hago! Y únicamente con este repaso autobiográfico puedo rememorarlo, tener en mente aquellos sentimientos que conformaban a mi espíritu para, después, desecharlos y volver a esfumarme en el sobrio presente, en todo lo que ahora me constituye.
Una etapa intrascendente. Está bien pensar en ella; recordar lo que fui, lo que sentí, y compararlo vagamente con lo que ahora soy. Pero ya no más. Si me apego al pasado, acabo confundiéndome con él; y si me confundo, ¿qué habrá de pasar con mi existencia actual? No. Continúo.
Descubro un nuevo periodo de mi vida y, con ánimo sombrío y melancólico, lo desaíslo. Se trata de la tormentosa temporada en la que habría de contar con seis años de edad: en esta forma, me asemejo a un arbolito, de ramas y hojas tan quebradizas como la estabilidad de su carácter, y con su inmaduro tronco siendo carcomido por la humedad del tempestuoso clima que le sobreviene. El miserable arbolito incita a ser deplorado, su natural belleza se encarga de encubrir al estado en el que su interior se retuerce: puesto que, cuando afrontaba aquella edad, cuando no era más que un manojo de ramitas, hojas, rocío y un par de bichos que descansaban sobre mis extremidades, la forma de mi personalidad sufrió una súbita mutación. Me transformé en un niño bestial, bravío, salvaje, y cualquier otra palabra que sea el sinónimo de estas. Diariamente, acababa resignado a una furia incontenible, unas inexplicables ansias de devastar todo aquello que me encontrara me embargaban, provocando que tiritara de pies a cabeza y acabara cumpliendo mis anhelos.
Mis padres, al percatarse de que la mano dura no hacía más que, irónicamente, estimularme para prolongar mi ira, me llevaron con un psicólogo; el cual, tras engendrar una fatigante conversación conmigo, les informó sobre el probable origen de mi actitud: un trastorno psicológico.
Comencé a presentarme dentro del estudio de aquel hombre con frecuencia; él me instruyó en abrir mi corazón y convidarle de mi oscuridad, relatarle sobre aquellos tóxicos pensamientos que frecuentemente me engullían entre sus fauces, preservando una actitud altiva y levantisca en el proceso. Para su infortunio, mi madre tuvo que acompañarme a aquellos exámenes de mi comportamiento, descartando a mi padre de la actividad, puesto que eso conformaba el duplo de infortunio para él. Y, aún cuando me irritaba que aquel doctor hallara deleite al juzgar la forma en que yo actuaba, gozaba sabiendo que mis padres también sufrirían como yo lo hacía; mi madre, al verse obligada a acompañarme en aquellas exhaustivas conversaciones dentro del consultorio, y mi padre, al requerir de retirar plata de sus bolsillos para sustentarlas.
Exiguas visitas fueron aconteciendo, y así, aquel sujeto que se graduó en una profesión de enseñanzas dudosas finalmente concluyó que sus conjeturas eran positivas: la desviación de mi personalidad no era menos que la manifestación de un Trastorno Disocial² en mí.
Naturalmente, me opuse con vehemencia a fiarme de su diagnóstico; excarcelé a mis más fogosas rabietas con el fin de que mi madre no me llevara a las sesiones de terapia con aquel incompetente, bramé contra su rostro y rasguñé sus manos en incontables circunstancias, le pateé en las piernas hasta grabarle purpúreos cardenales y escupí sobre sus facciones para que comprendiera que no me tragaría el resultado de sus propios caprichos; hasta que, finalmente, coseché el fruto de mis obstinación cuando ella me concedió lo que le exigía: que cesara con aquellas densas terapias que no servirían de nada. Mikoto fue cediendo paulatinamente con sus mierdas, hasta que, súbitamente, rechazó mi existencia y se consagró a desdeñarla por completo. Mi padre, como de costumbre, fue otro asunto, pero él no importa. Nunca importó.
Esa es la historia de cómo yo cambié, de cómo resolví distanciarme de mi monótona personalidad congénita y transformarme en una persona distinta. Muchos podrán narrarla de manera diferente, habrán de tergiversar los acontecimientos a su conveniencia y divulgar que la raíz del cambio en mi persona fue un misterioso problema mental. Sólo me resta algo que manifestar: ¡Que hagan lo que quieran! De un modo u otro, la opinión de las personas ya no es de mi importancia. La verdad, ¡sí, la magnífica verdad! Ella se encuentra a mi favor, se sitúa sobre un rincón de mi conciencia, haciéndole compañía a mi oído y susurrándome, a través de este, que yo, Sasuke Uchiha, la poseo.
Pero toda acción desencadena ciertas consecuencias. Tiempo ulterior al día en que cumplí siete años, mi madre se marchó de nuestra casa. Se trató de un acontecimiento imprevisto e, incluso, del que mi padre y yo no logramos enterarnos hasta que fue muy tarde: nos despertamos y, después de un rato, fuimos espectadores de cómo el fulgor del Sol matutino barnizaba la porción de cama que ella colmaba, la silla en la que su cuerpo siempre se amoldaba, los escalones de la puerta de entrada en los que acostumbraba a sentarse; todos ellos, vacíos. No volvió a retornar; su presencia se ausentó de forma perpetua, aquella que habría de reaccionar a mis disputas con una bravura semejante a la mía, aquella que solía otorgarme una extraña muestra de conciencia maternal, constituida por esos insultos, esa hostilidad, ese tipo de expresiones físicas y verbales que, probablemente, no cumpliesen con el modelo usual del trato de una madre hacia su hijo, pero que, para mí, encubrían una importancia más profunda. Sin embargo, no todo estuvo perdido, y continúa sin estarlo, puesto que mi madre logró desvanecerse de mi entorno junto a todo objeto o esencia vinculado a ella, excepto uno: la perseverante certeza de que yo, en algún momento, volvería a encontrarla, y, de este modo, le preguntaría: ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Amparando la confianza de que la respuesta a mis interrogaciones sería esta próxima: Por mí.
Estas partes cuestan recordar. Aquellos sentimientos... no puedo describirlos, pero sé de cuáles hablo. Son insoportables. Desean aturdirme, hacerme flotar a través de aquella atmósfera cargada de llantos, dolores, pesadillas... la atmósfera de cuando era niño. Medito, con las palabras filtrándose a través de mi mente de forma involuntaria. Bueno, ¡al carajo! Creo fielmente en que todo pasa por algo, ¡nada se le escapa a la vida! Además, ahora viene la mejor parte, ¿cierto?
Mis voces internas se congregan dentro de mi conciencia, braman estruendosamente en cada escondrijo y se entregan a un ardoroso enfrentamiento para resolver cuál de ellas se apropiará de mi atención. Me estiman como a un líder, un divino progenitor; pero yo no las estimo en lo absoluto, ¡las aborrezco! Anhelo retirarlas de mi cabeza y reducirlas a meras fracciones al rasgarlas con mis propios incisivos. Uno, Dos y Tres, esos son los nombres que yo, tras comprender que atenderé a ellas por un largo futuro, les asigné. Pero el asunto no concluye aquí, puesto que sé cómo controlarlas, ¡y lo haré hasta que, si es necesario, se me desgasten las putas palmas!: elevo los brazos, despliego ambas manos y las utilizo para golpear a mi cabeza con rigurosidad; por la frente, la nuca, los costados, la sien, la coronilla, hasta cubrir todo mi cráneo con las dolorosas huellas del encuentro de este con mis palmas. Como es costumbre, un profundo adormecimiento se propaga por los sectores golpeados, los tímpanos me silban y mis sentidos se desorientan; pero, ¡ahí está! Presto oídos al silencio, lo paladeo con sublime triunfo. Arreglado el asunto… continúo.
Desaíslo a una próxima etapa de mi existencia: ahora, atravieso la sencilla edad de catorce años. La tempestad inherente de mi carácter continuó incrementando su magnitud; en esta temporada, me presiento con una hostilidad y fiereza desmesuradas. Procedo acompañado de una profunda misantropía³, soy un extraño dentro del mundo, asediado por una sociedad colmada de amores, sueños, empatías y simpatías; en cambio, yo, ¿a dónde voy? No hay amores ni sueños aguardándome, y, de todas formas, no los busco, porque no los necesito. No siento empatía por las personas, y aún menos experimento simpatía por ellas. Acostumbro a enemistarme con todo aquel que esté construido por un aspecto que no sea de mi agrado. Encuentro una macabra satisfacción en orillar a las personas a reñir conmigo, e incluso, obligarlas a hacerlo empleando el acorralamiento y la intimidación. Disfruto destruyendo objetos, de cualquier tipo, valor y propietario, no discrimino en este asunto. Con el fin de desquitarme por la carencia de pertenencias propias, suelo robar en supermercados, kioscos y bazares. Acostumbro a rehuir de las clases, fugarme de mi vivienda y destrozar las ajenas. ¿Algo más? ¿Algo?... ¡Ah, sí!
Rememoro el año previo al de esta etapa. Cursaba primer año de secundaria, pero tuve que suspender mis estudios tras cursar hasta Septiembre, debido a este cómico incidente: sin querer, esparcí acetona sobre el brazo de un compañero de estudios y, empleando un encendedor, lo coroné con robustas y fulgurantes llamaradas. Bueno, puede que no haya sido sin querer del todo, ¡pero tampoco fue mi culpa! La oscuridad me incordiaba, las voces me gruñían… y aquel marica, ¡sí! Ese repugnante puto del que diariamente se divulgaban toda clase de rumores sobre la desviación de su sexualidad. Él había descansado su palma sobre mi hombro. El repelente contacto de su mano con una porción de mi anatomía me calcinaba… así como yo hice con su brazo.
La directora de mi instituto estuvo próxima a expulsarme; sin embargo, sentenció que transcurriría un mes distante de las clases. Y así obré, pero cuando los días del periodo establecido finalizaron, mi padre dictaminó que dejaría de ir a clases hasta que el año concluyera; por lo que, tras renunciar a los estudios, aún cuando fue mi padre el que me orilló a hacerlo, los profesores decidieron hacerme repetir primer año de secundaria. Por supuesto, la furia ulterior al injustificable proceder de mi padre acabó arribándole: una ira desmedida e incontenible, de proporciones superiores a las del tiempo en que la liberaría con el fin de que mi madre no me llevara al psicólogo. Evidentemente, obtuve severos escarmientos por mis acciones; mi padre nunca sobresalió por ser un hombre de manos suaves y amorosas, y aquello simbolizó una excusa admisible para demostrarlo. Pero aquello tampoco acabó allí, puesto que yo no le permití amedrentarme de ninguna manera. Me moví recio y firme, acepté a sus palizas como si fueran cotidianos Buenos días, y, sobre todo, continué enemistándole, desafiándole a través de mis ojos y exponiéndole que no me rendiría. Exteriorizar mis sentimientos siempre simbolizó algo menester para mi existencia, la cual nunca importó en lo más mínimo; y cuando tu existencia no importa, cuando no tienes nada que perder, no hay motivo por el cual experimentar temor alguno.
Bueno, no seguiré extraviándome entre esos asuntos. Continúo.
Retornando a mis catorce años, examino a cada memoria que se me presenta. Respaldando este proceso, me percato de que todo acontecimiento con el que tropiezo está completamente vinculado a una persona en específico. Un nombre único, el cual se reitera de forma obsesiva dentro de mi conciencia; lo paladeo gustoso, como a un confite. Lo deletreo, no obstante, con débil empeño: S... a... K. Tres letras más habrán de suceder a estas; es exhaustivo el evocarlas, pero me afianzo a hacerlo. Siempre acabo afianzándome a ese nombre, esas letras, ese rostro, esos todos. Como una criatura que rehúsa el caer dormida sin acabar de consumir la galleta que le han obsequiado; no, ¡mente, no me abandones! Continúo: U... r... a.
Se llama Sakura. Su nombre me hiere, me advierto desmembrado frente a él. En ocasiones, lo rechazo con fervor y me ofusco en ignorarlo. En otras, lo acojo en la laguna de mis palmas, lo descanso dentro de mi boca y prolongo nuestra compañía con pasivo sadismo; porque él, aún hiriéndome, guarda su esencia. Al conservarlo, me apropio de ella y la guardo para mí mismo.
Hace cuatro años atrás, yo la conocí. Me sería utópico tratar de exponer todos aquellos dispares sentimientos que fueron concebidos dentro de mi corazón en el primer momento en que habría de mirarla. Me sentí como enamorado; e, incluso, no discuto que tales sentimientos no fueran auténticos. Pero no los tendré en cuenta, ya que me es imposible bosquejar una representación exacta o parecida de lo que es el amor; pero, de algún modo, intuyo que es similar a la forma en que me sentí cuando la conocí a ella.
Ahora, bien, reconoceré que siempre concebí a las personas como insulsos objetos; algunos muy cómicos, otros más deplorables, pero todos prolongando una singular función: la de permanecer, frente a mi percepción, sin estar blancos o grises, siempre negros. Pero con ella fue todo tan desordenado y abstracto: Sakura continuaba siendo un objeto para mí, dañable e insignificante. La disimilitud era que yo anhelaba dañarla, así como, a su vez, anhelaba estar ahí para reparar el daño que habría de causarle.
Aún así, como un puñado de arena balanceándose dentro del hueco de mi palma y filtrándose por las grietas que están entre mis dedos, no fui capaz de dominar los hechos, y, en base a esto, comencé a cuestionarme una inmensa cuantía de cosas, entre ellas, a mí mismo: ¿Realmente amaba a esa muchacha? ¿Por qué tenía que gustarme? ¿Por qué llegaba ahora, y no después, o tal vez nunca? Pero, sobre todo, me preguntaba: ¿Qué ganaba al quererla?
Naturalmente, resolví que no obtenía ningún provecho al entregarle mis sentires, e, incluso, yo salía perdiendo: desatendía a mis posturas poco humanitarias, pero favorables. Dejaba de ver todo de color negro, y pasaba a verlo de color gris. No podía permitírmelo, y lo que sobrevino a esta afirmación acabó conmocionando al futuro de ambos: determinado a olvidarla, comencé a encargarme de que su permanencia dentro del instituto fuera un diario y agónico castigo. Al principio, me conformaba con ofrendarle mordaces escarnios, zaherirla, excluirla, insultarla y dirigirle malignas miradas. Aún así, tras unos meses, propuse excederme: un día ligero entre ambos se formulaba por surtidos trastazos y minúsculas torturas —mi abundante imaginación suponía la principal fuente de inspiración para tales castigos—, robarle plata y objetos de nula importancia, hostigarla, encerrarla dentro de los armarios del salón de clases, continuar maltratándola a través de redes sociales o su número telefónico, entre otras tareas.
Probablemente, aquellos sentimientos sí fueron la expresión de un pueril amor hacia Sakura. Pero sólo me ofusco en divagar en temas intrascendentes; después de todo, ¿importa si yo realmente habría de amarla? Han pasado cuatro años; innumerables días y meses que me sirvieron para preservar dentro de una constante evolución al Sasuke Uchiha que hoy porta el nombre. Tuve un año, seis años, catorce años, y hoy, poseo dieciocho años.
En esta última etapa de mi vida, confirmaré que mi maldad continuó incrementándose. El repudio de mi bendita madre, Mikoto Uchiha; el borrascoso vínculo con mi bendito padre, Fugaku Uchiha; y aquella atmósfera hastiada de tratos tóxicos en la cual fui desarrollándome: estos tres factores aportaron a la incesante evolución de mi oscuridad. Hoy, soy un adulto esquivo, que no posee amigos o, por lo menos, no aprecia a los jóvenes de su entorno con tales calificativos. No tengo pareja desde incontables temporadas; estuve presto a entrar en relaciones, pero todas obtuvieron desenlaces caóticos. Como ya habría de citar, tampoco tengo familia; el único familiar que tengo es mi padre, y él representa todo aquello que es nada dentro de mi vida. Estoy solo, y gozo estándolo. Sin amigos, sin pareja, sin familia, sin Sakura. Lo indicado sería describirme como un marginado a voluntad, un hombre el cual anhela que la noche no vuelva a ausentarse, que sea inmarcesible como el tiempo e impere sobre toda luz, persona u objeto.
Y en estos instantes, no emprendo otra labor más que la de reafirmar a tal descripción hecha a mí mismo. Surgiendo dentro de un escenario compuesto por el cuarteto de insulsas paredes de mi cuarto, un suelo camuflado por la espesa capa de prendas mías que se sobrepone en su superficie, y el estropeado colchón en el que actualmente me encuentro recostado, personifico a una insociable esencia que participa en un ambiente tan gélido y escabroso como ella misma; implorando que aquel sosiego, en el que actualmente se halla fundida, no perezca nunca.
Sin embargo, soy consciente de que mi apreciada soledad habrá de ser paralizada momentáneamente. Puesto que, balanceándose de manera inestable dentro de mi palma derecha, se halla el moderno celular que habría de robar hace unos días, y del que haré uso para comunicarme con cierta persona y quebrantar la quietud por la que diariamente me empeño en localizar.
La minúscula porción de papel en la que aquel sujeto de tercer año habría de apuntar el número fijo de la vivienda de aquella persona se encuentra plegada en el bolsillo de mis pantalones. Coordinado por un movimiento involuntario, retiro al objeto nombrado de su emplazamiento y lo estrecho entre mis dedos, tratando de entretener momentáneamente a mi conciencia y, de este modo, adecuarme para cuando asista el momento de comunicarme con ella. Finalmente, lo extiendo frente a mi percepción, estudio de manera titubeante los dígitos trazados en su superficie, empleo el voluble esfuerzo que recaudé durante aquellos instantes, y, con exigua determinación, pulso los números correspondientes y emprendo la llamada.
En un principio, soy atendido por la progenitora de la persona que me condujo a hacer aquel llamado. Maniobrando un diálogo sucinto, pero colmado de cordialidad, le demuestro los motivos tras mi inoportuna llamada, para después implorarle que me conceda el gusto de intercambiar un breve diálogo con mi auténtica destinataria. Ella acaba sometiéndose a mis suplicas; se desliga del micrófono del teléfono, vocea el nombre de la persona precisada y le demanda que descienda al primer piso, con el fin de atenderme. Tras un breve instante, su madre simula apartarse del salón, no sin antes facilitarle el teléfono a la única persona por la que estaría presto a abandonar a mi casi infranqueable postura introvertida: Sakura Haruno.
—¿Sasuke? —su voz acude a mi tímpano derecho. Comprendo a mi nombre fundiéndose con la entonación de su garganta, aquella que habrá de estar compuesta por cuerdas de arpa y algodón de azúcar para formular rumores tan soberbios y dulzones como los suyos. Me consagro brevemente a meditar en su voz; figurándome, dentro de mi conciencia, la idea de sus labios rellenitos balanceándose al parlar frente al teléfono, e, incluso, presintiendo el aroma que sus palabras tendrán, aspirando el micrófono del celular como si, de esta forma, lograra abarcarlo mediante la línea telefónica. De forma súbita, me entero de mi actuar errante, por lo que estrecho el móvil entre mis dedos y procedo a gruñirle al micrófono, afirmando, así, a la pregunta establecida. —Ah. Hola…
—Sí, sí… hola, a ti también —contesto, con infundada exasperación. —¡Cuánto tiempo! Ah, espera, estoy intentando imaginarme la carita que tienes ahora. Sí… ¡De sorpresa! Vaya, la chiquita está sorprendida. Adivino de vuelta: ¿Será porque logré conseguir el número del teléfono fijo de tu casa? ¡Eh! ¿Verdad que adiviné?
—No, no estoy sorprendida, en serio. Seguro yo te lo habré dado… sí, como te di el de mi celular hace un tiempo. Sabes que no me molesta que me llames, Sasuke. Mira, el móvil se me ha apagado y no he encontrado aún mi cargador, seguro me habrás llamado un montón por ahí. Yo habría atendido, ¿sí? ¿Lo sabes?
—Al carajo, chiquita. No me tomes como a tu hijito, ¿eh? Te encantaría, perrita. Darme la mamadera y tenerme en el corralito para bebés, ¡cómo lo gozarías! Ya sé que apagaste el condenado celular, o le sacaste el chip, la batería. ¡Al carajo, chiquita, al carajo! Ahora sabes que tengo el fijo de tu casa y, ¡vaya, el combo del día! También tengo otro: el de tu hermano. A ver, Sakura, ¿al inválido de Lautaro no le molestará que le haga un par de llamaditas?
—Sí, Sasuke, la respuesta es sí. No le llames, ¿qué necesidad de hacerlo tendrías? En serio no tenía batería. Cuando encuentre el cargador, le tomaré una captura de pantalla al celular y te la mandaré para que veas la batería que tengo.
—No, nada de esas mierdas. Te lo dejará pasar por hoy; estoy de buen humor, ¿puedes imaginártelo? ¿Yo… Sasuke Uchiha… de buen humor? Bueno, no importa, ¿qué iba a decirte?... ¡Ah, sí! Ten el celular prendido, con la batería y el chip, o le bajaré todos los dientes a tu hermano, como hice con Mauro de cuarto año —advierto, con el tono de mi dicción colmado de ficticio reposo. —¿Por qué tan paniqueada, igual? ¿Eh, Sakura? Baja un cambio, que te llamé por otra cosa —esclarezco. —Verás, tenía algo que comentarte: hoy, a la salida de la escuela, me di cuenta de algo muy curioso. Seguro es una pavada, pero, ¡bueno! A lo mejor no. ¿Quieres escucharlo? Por supuesto que quieres, chiquita: iba a darte el beso de Hasta entonces, ¡ese, del que tanto disfrutamos los dos! Pero, ¡cosa extraña! Cuando salí del instituto, ya andabas correteando por la cuadra que está frente a nuestra escuela. ¡Vaya que corrías! Sí, parecía que te perseguía el mismísimo Diablo. Dime, Sakura, ¿quién era? ¿El Diablo? ¿San La Muerte? ¿El Arcángel Mi…
—No, Sasuke, para de una vez. Yo… te juro que… no era nadie. De veras que estaba apurada, ¿me comprenderías, Sasuke? ¿Puede ser?
—Lo único que escucho es bla bla bla. Te encanta hablar; no puedo juzgarte, eres mujer, ¡no puedes huir a tus instintos! A ver, usa tu herencia femenina para explicarme el asunto.
—Es que… —suspende su aclaración, dubitativa. —Me dolía el estómago.
—¿Ah, sí? El estómago, ¿eh? Conque era eso. ¡Ah, con un demonio, chiquita! Estaba tan preocupado, creí que habían dejado de gustarte nuestras despedidas. Qué ingrato fui. Dime, Sakura, ¿cómo se encuentra tu precioso estómago ahora?
—No tienes que creerme. Pero, por favor, ¡no más problemas, Sasuke! Siempre intento ir bien contigo, pero estoy tan exhausta. Mañana me verás, ahora quiero irme a descansar. Por favor.
—Por favor —reitero con socarronería, pretendiendo parodiar su modulación chillona y condescendiente. —Ay, Sakura… a veces me haces dar bronca, ¡mucha bronca! ¿Lo sabías? Igual, sé que no es tu culpa, pero alguien tiene que pagarla por el enojo que me produces. Seguro no me entiendes; bueno, ya me iba, igual. Sólo era eso, podrás descansar hasta vislumbrar el paraíso —tras ultimar mi diálogo, procedo a mantenerme sigiloso por unos cuantos segundos, sin finalizar la llamada entre nosotros, y, a su vez, sin estar presto a permitírselo a ella. —Si cortas la llamada tú primero, le bajo los dientes a tu hermano, y de paso le robo la silla de ruedas. Dan buena plata por esas mugres.
—No pensaba hacerlo —manifiesta ella, con perceptible indecisión. —Me gusta el silencio que se escucha entre una llamada. Es como si flotaran motas de polvo entre las líneas; cierro los ojos, y sólo veo polvo.
Presto oídos a su plática, codiciando apropiarme de ella y atesorarla dentro de mi conciencia, con el fin de evocarla cuando las tinieblas ya se encuentren transitando por la atmósfera, asignarle mil definiciones y recrearme entre la conmoción que habrán de generarme. No obstante, repentinamente me percibo triste y melancólico; y, como un masoquista, vocalizo: —¿Recuerdas la vez en que nos conocimos?
—Sasuke… ya es como la séptima vez que me preguntas eso, me asustas. ¿Qué abruma a tu conciencia? Hay tanto que no comprendo, y, de todas formas, creo que no deseo comprender.
—Yo te vi y… pensé que eras la perra más fea que había visto en mi vida. Sentí tantas cosas, entre ellas… yo… quise… ¡Golpearte! Tu cabello, ¡sí! Lo vi y… lo recuerdo perfectamente, era… ¡Horrible! Quería hacerte un favor y arrancarte ese lampazo que traías en la cabeza —en cada pausa que mis labios concebían, acababa oponiéndome a enseñarle el verdadero final de la oración, en el que habría de relatarle que, la primera vez que la vi, pensé que era hermosa; que una de las cosas que sentí, fueron profundas ambiciones de asegurarme a su cintura y desfallecer sobre ella; que su cabello me fue tan sublime y angelical, que deseé apropiarme de él para tener algo bonito con lo que diariamente contentarme. —Me confundiste tanto, tanto… pero... ¡Ah, cierto! Estás cansada. Perdona, perrita, ya puedes irte a tu cucha a hacer la noni. Sí… ¿Puede ser que te haya pedido perdón, realmente? Olvídalo, yo no tengo por qué disculparme. ¡Chau, puta!
Sucumbiendo a una repentina indisposición, distancio el aparato de mi oreja y suspendo la llamada vigente. Una pronunciada fiebre asoma sus síntomas a través de mi sistema y desmenuza mi fortaleza; aún así, logro empinar el brazo con el que aferro el celular e, inconscientemente, reposo dicho objeto sobre mi mejilla derecha, encontrando una satisfacción insólita en tal maniobra. Lo comprimo dentro de mi palma con fiereza; ejerzo presión, la modero, y vuelvo a ejercerla, como si aquel trozo de plástico y metal simbolizara, para mi subconsciente, el reflejo de una esencia anónima por la que manejo una ira exorbitante. Elevo el brazo restante hacia mis labios y empiezo a dar reiterados mordiscos sobre la superficie de mis uñas, utilizando la entera fuerza de mi dentadura en la tarea, sin acongojarme frente al dolor inminente. Desde que tengo memoria, poseo manos y dientes inquietos; diariamente, me orillan a que les beneficie algún objeto o porción de mi cuerpo para complacerlos.
Acontezco un prolongado instante consagrado a sosegar mi inquietud; hasta que, finalmente, retiro el celular de mi mejilla derecha, enciendo su pantalla y accedo a la aplicación de WhatsApp, con el propósito de dirigirme al número de Sakura y perdurar, mediante la mensajería, aquel hostigamiento a su persona. Pero, en pleno camino, un mensaje recientemente recibido captura mi punto de atención: su remitente es un número desconocido, el cual no posee foto de perfil ni estado. Comprendiendo sombríamente de quién se trata, lo abro:
¿Qué harás con ella mañana?
¡Ah, mañana! No encuentro una gran cuantía de motivos por los que asistir al instituto; sin embargo, alguien tiene que atormentar a la chiquita, así que no plantearé discusión alguna en el asunto.
El clima de aquella madrugada era comparable al de temporada estival: la soberbia asistencia del Sol acicalaba a una amplia fracción del cielo con su laudable asistencia. Escoltándole a sus costados, una multitud de nubes se conservaban en una lánguida peregrinación, irradiando un sopor extraño en mi espíritu al demorarme para asistir a tal espectáculo. El viento fluía a un ritmo comedido dentro de la atmósfera, escurriéndose a través de la frondosidad de los árboles y templando a la tensión de mis facciones. A mis pies, una suma de hojitas marchitas se conglomeran, proyectando sus paseos en forma de imprecisos remolinos; la sonoridad que formulan al impactar entre ellas es crujiente, experimento un contento un tanto marginal dentro de aquel sonido, ofuscándome en apreciarlo y evitando el cuestionarme la razón detrás de ello. Con desconcierto, noto incluso que el evanescente perfume que ellas desprenden acude a mis fosas nasales; es similar a la esencia del café. También me es agradable.
Continuamente, mi mente se satura de exámenes tan minuciosos como los anteriores. Me catalogo como una persona que se entretiene distinguiendo hasta la más delgada particularidad de los objetos, extraviándome a través de ellos y evaporándome en aquella espesa borrina⁴ construida por piezas exánimes y, por lo tanto, carentes de la aptitud de herirme. Después de todo, soy un marginal, y no me cautiva en lo más mínimo la opción de adornarme con ficticias muecas amistosas.
Aquí, alojado frente al continuo murete que —en base al sector por el que habría de optar— circunda la esquina izquierda de mi instituto, contentándome con atiborrar a mi estómago de fernet⁵ con Coca-Cola y enfrascado en meditaciones polifacéticas, invito a aquella misantropía que siempre me escolta en audiencia de otras personas: Blaz, Kiba y Shisui, sujetos de una aspereza e indisciplina tan frágil como una balsa de cartón y que ocupan mi sala de estudios, se estacionan a mi izquierda, parlando sobre temas ordinarios y formando un escenario amistoso que, como es habitual, no precisa de mi participación. Semejantes a mí, ciñen una botella tajada por la mitad y que retiene el trago antes citado. A su vez, consumen un cigarrillo, del cual habrían de convidarme; están enterados de que fumo, así como de que soy asmático, y es por esta causa que rehusé al producto ofrecido: la humillación de padecer un ataque asmático frente a un grupo de personas me sería desgastante. En su lugar, lo consumo en los momentos en que penetro en mi aspirada soledad, librándome de los ataques esenciales mediante el puff.
Desvío la postura de mi rostro hacia la izquierda, inmovilizando a mis pupilas en el comprimido círculo que ilustran mis compañeros. Tras dicha acción, reparo en la mirada de Shisui afianzada en mi rostro, escrutándome con un mutismo que habría de conturbar ligeramente a mi buen juicio. Le odio, al igual que a Blaz y a Kiba; y la parte más chistosa es que ellos no lo saben, ni mucho menos lo presienten. Pero ya lo sabrán, por supuesto…
Vuelvo a virar mi semblante, en esta ocasión, hacia mi costado derecho: en dicho sector, predomina la extensa y agitada avenida que confronta al instituto, la cual domina una anchura que frisaría los treinta y cinco metros. Como en toda oportunidad en la que fundiría mi vista dentro de tal espacio, experimento una enfermiza indisposición al contemplar cómo los autos circulan a través de la autopista, marchando a un ritmo tan veloz que, inconscientemente, ocasiona que comprima con brusquedad la botella que sostengo, anhelando reprimir a aquellos vehículos y exigirles que no existan. Sin embargo, consigo serenarme y ascender mi visión, rebuscando mi espacio codiciado; y así, lo encuentro. Rebasando la avenida, se expone la vereda en la que, en instantes posteriores, el colectivo número sesenta y ocho se detendrá; y, como en las precedentes circunstancias, descenderá una gran suma de sus pasajeros, en la que mi chiquita continuará sin estar incorporada.
Aún así, no soy estúpido; comprendo la razón oculta tras aquello. Puesto que, tras una semana de aquella situación, evidencié que Sakura seguía utilizando el colectivo número sesenta y ocho, pero descendía de este en la parada precedente a la que está delante de nuestro instituto, esquivando, así, continuar coincidiendo conmigo. ¡Ah! Odio que me menosprecien. Pobre Sakura, pobre de ella, después de esto.
Percibo flemáticas pisadas aproximándose a donde estoy establecido. Empino mi semblante y enfrento a quien ha de abordarme; es Shisui, ¿quién más? El infla huevos de Shisui, varado con aquella expresión de caprichosa confianza propia que tanto me irrita. Tendría que haberse resignado a ser parte del grupo de las parias, pero le tendí la mano y acabó estrechándome el codo. —Eu, Sasuke, está simpático el fresco, ¿no? ¿Por qué no vienes allá y dejas de ser tan anti?
—Circula, cabrón. Estoy bien aquí, y no necesito andar contigo y tus dos princesas para estarlo. Gracias por el fernet con Coca a Kiba… la perrita. De vez en cuando puedes arrojarle una galleta y esperar un buen truco de su parte.
—¡Auch! Si fueras más mala leche, seguro explotarías. Está bien, ya estamos acostumbrados, pero no te olvides quiénes fueron esas princesas que te ayudaron y cubrieron en todos tus líos.
No obstante, ya no consideraba al estridente dialecto de Shisui. Nuevamente, mi mente entablaba una somnífera ascendencia hacia aquel inmenso repertorio de proyectos que diariamente engendraba. —Tengo ganas de moler a golpes a alguien, y ya presiento quién se sacará todos los boletos para hacer de mi saco de boxeo.
—¡Óiganlo! Por esa razón no hay que dejarte a mano ninguna bebida alcohólica. Igual, ¿a quién estás queriendo moler a golpes? ¿Eh? ¿A mí? Qué cómico… ¡Vamos! ¡Párate y empecemos, hijo de perra! —vocifera Shisui, brincando de un costado al contrario y efectuando raudos y firmes puñetazos en el vacío que está a mi lado izquierdo. Tras protagonizar aquella bochornosa escena, vuelve a suspenderse, encorva ligeramente su torso y me contempla con una obnubilación desagradable, sonriéndome con mofa e, incluso, un descarado cariño fraternal. —Eh, Sasuke, te la creíste, ¿cierto? ¡Estamos bien, hermano! ¿Cuándo fue la última vez que nos agarramos a las piñas? ¿Eh? ¿Seis o siete meses? ¡Sabiendo lo fácil que te envenenas, eso es bastante! En fin… puedo comprender esa bronca que hay en ti… sí… pero, ¡oye, Sasuke! ¿Me escuchas?
Era capaz de admitir a la charla de Shisui dentro de mis tímpanos, pero no lograba ofrendarle una mínima fracción de mi interés. Puesto que, desplazándose a velocidad presurosa, ya se encontraba el colectivo número sesenta y ocho dentro del sentido contrario de la avenida. Al presentarse en la esquina de la cuadra, suspende su tránsito y abre sus puertas para que los respectivos pasajeros desciendan de su interior; y, como habría de suceder durante abundantes madrugadas, Sakura volvió a ausentarse de la parada habituada.
Advierto la expresión de una excitada intranquilidad apoderándose de mis manos, y, presa de una exigencia inexcusable, aferro el envase plástico con más fuerza de la precisa y acabo vertiendo gran porción de su líquido sobre la vereda.
Repentinamente, dispongo mis palmas sobre el suelo y las utilizo para propulsarme hacia arriba. Tras erguirme, obstruyo mi conciencia con un sinfín de reflexiones: pienso en Sakura, en cómo puede ser tan estúpida y, alusivamente, rogar con tanto ahínco que la oscuridad vuelva a apresarme y acabe devastándonos a ambos.
Le facilito a Shisui el contenido sobrante de mi trago, y, sin estar presto a despedirme de mis compañeros, procedo a movilizarse por la vereda que se adecúa al perímetro frontal del instituto. A mi costado derecho, se pronuncia el murete de piedra de granito que amuralla la demarcación del instituto. Abordando al centro del recorrido, el murete concluye y se empina el portón de barrotes herrumbrosos por el que entrarán los estudiantes al establecimiento. Después, el murete vuelve a comparecer a mi costado, empleando la misma distancia que la del precedente; hasta que, finalmente, su construcción se cierra en un ángulo de noventa grados y pasa a circundar el sector derecho del instituto, por el cual Sakura estaría orientándose hacia donde me encuentro.
Tras paralizar a mis piernas, adoso mi espalda al murete e inspecciono, con adormecida fijación, al sosegado panorama que asalta a mi derecha, mientras procuro distraerme de la noción de que Sakura podría estar cruzando la vereda que está tras la curva de esta cuadra. Tras un breve intervalo, consigo que mi cuerpo vuelva adecuarse a un nuevo estado de apatía. En base a esto, me desprendo de mi zona de descanso, y, con suma discreción, asomo progresivamente mi cabeza por el vértice del murete.
Y, como habría de sospechar durante asfixiantes lapsos de tiempo, ahí está ella. Sí, ¡ahí está Sakura! Correteando a través de la vereda por la que concebiría que ella habría de surgir, marchando de manera idéntica a como haría aquel día, dentro de aquella vereda, hace cuatro años atrás. Vedándome de la complacencia de poder contemplar a su cuerpo arropado únicamente con la piel que lo reviste, ella se recata al adornarse con fina ropa blanca, de tela semejante a la que constituiría el quitón⁶ que Afrodita portaría antaño. Envuelta entre aquellos delicados terciopelos, la advierto más ángel que persona. Y, semejante a una criatura que admira el amistoso exterior que disfraza a un fruto venenoso, la examino; soy feliz haciéndolo, me contento con observarla e intoxicar a mis pupilas con su apariencia divina, aún siendo consciente de que es maligna. Que habrá de envenenarme si me enamoro de su persona, me forzará a probarla e inyectará su maldad en todo mi sistema.
Sin embargo, tú quieres ese veneno. Como un infante, no harás caso y actuarás de forma caprichosa; se ve hermosa, ¿cierto? Las cosas lindas no pueden dañarte. ¡Vamos, tómala!
Dos hace acto de aparición dentro de mi conciencia; y yo, proporcionándole la limitada satisfacción de aceptar su existencia, me dispongo a aprobar la sugerencia que habría de aportarme.
Distancio a mi espíritu de cualquier raciocinio, enderezo la postura de mi silueta, decoro a mis facciones al formular una impaciente sonrisa, y, a continuación, emerjo a mi pie derecho por el extremo inferior del murete. Sakura aparece en donde estoy, no alcanza a vislumbrar la emboscada que he instalado, y, como confiaba que ocurriría, colisiona con ella y se desploma en el suelo, quedando con las palmas y rodillas afirmadas sobre su superficie, colocada como un bonito perrito ataviado con caras y acendradas prendas. Al ver consumada a mi maquiavélica maldad, procedo a prorrumpir entre jolgoriosas y desenvueltas risotadas, experimentando una diabólica supremacía al haber derribado a la personificación de la maldad y tenerla, ahora, consagrada ante mis pies.
La chiquita manifiesta un agudo quejido de asombro y alarma al observarme como el causante de su caída, y, probablemente, al reparar en que yo acabé descubriendo aquel plan que estuvo efectuando durante varias madrugadas. A continuación, hace un esfuerzo por incorporarse; aún así, informándome de su acción, establezco la suela de mi zapato izquierdo en su espalda y la comprimo con desmesura, expulsando un suspiro de placer al oír a la maldad gimoteando de dolor. Ella no es un ángel, ella no es bonita; Dos se equivoca. Ella está podrida, es sucia y diabólica.
—¡Ah! Miren, accidentalmente he capturado a un angelito con la suela de mi zapato —pronuncio, estimulado por el natural sarcasmo que empleo en ocasiones similares a esta. Aparto mi pie de su espalda, y, utilizando exclusivamente a mis ojos, le decreto que continúe de rodillas. —Aunque, mirándolo mejor… ¡Bah! Tú no tienes nada de ángel, demonio inmundo. No engañas a nadie con esas fachas —profiero, mientras demoro mi pie izquierdo sobre la tela de su camisa, con el objetivo de recalcar una de las prendas referidas, y, a su vez, deslucir su pulcritud con el polvo de mi suela. —¿Qué pasa, eh? ¿Otra vez estás sorprendida? Oh, pobrecita, creo que voy a romperte de tanto confundirte, pero no puedo evitar ser más avispado que tú. Bien, ¿no piensas saludarme, chiquita?
—Ay, Sasuke —bisbisea ella, angustiada por el recurrente espíritu de un desastre ineludible y de orígenes irreversibles. Es invisible, pero puedo percibirlo; la tortura, utilizando modos tan eficaces y psicológicos que los míos acaban asemejándose a los de un inexperto. —Buenos días. ¡Ay! Es que… puede que la calle aún esté vacía, pero yo vi a una persona aproximándose a donde estamos. ¿Puedo pararme? ¿Cómo explicaríamos esto, sino?
—Cállate ya, joder. Sólo… ¡Cállate! —bramo repentinamente. Levanto ambos brazos hacia los huesos temporales de mi cráneo y acoplo mis palmas sobre ellos, como si aquella sección fuera la receptora de la verborrea de Sakura y estuviera a punto de estallar por un excesivo trabajo. —Voy a coserte la boca un día de estos, bruja. Tendrás que comer y beber por el culo, y todo por tu impertinencia. Ya lo verás, sí… ¿En qué estaba? ¡Ah, cierto! El repaso de los días de estudio: primero que nada, ponte sólo en tus rodillas; esa postura de perrita es muy cómica, pero demasiado anormal… ¡Sí, así! Como si estuvieras chupándosela a un tipo. ¿A quién se la chupas, eh, Sakura? Sólo estamos tú y yo, ¡ja, ja, ja! —ironizo. —Ay, chiquita… bueno, ahora viene la parte más entretenida: dame tu mano, extiéndemela hacia adelante y estira bien los deditos… ¡Bah! La izquierda no, retrasada —sanciono, repudiando la mano entregada con una brusca pisada. Inconmovible, percibo un reciente lamento aflorando por sus labios. —No quieras pasarme por encima, no soy imbécil. Dame la mano hábil, dame la derecha.
Y ella, acatando a mi exabrupto mandato con pavor y sumisión, me otorga la mano solicitada. Descansa su palma sobre aquella fría y sucia vereda, amplía sus dedos tanto como la longitud de ellos le permite, y renueva la dirección de su semblante al conducirlo hacia la extensión del cielo, observándolo como si descubriera algo peculiar dentro de sus espacios; tal vez, de algún modo, me encuentra a mí ahí arriba, brotando en contextos desconocidos para mi conciencia.
Vuelvo la mirada hacia su mano derecha; sobre sus uñas, se exhibe un lustroso y prolijo esmalte de color negro. Yo mismo le exigí que diariamente aplicara aquel barniz a sus uñas. La razón no es evidente, pero ya será expuesta. Traslado mi zapato derecho hacia la mano de mi víctima, y, a continuación, procedo a machacar la uña de su dedo pulgar con actitud desalmada, mientras expongo la siguiente cuestión: —Veamos, Sakura, ¿hoy es lunes? —la nombrada niega a mi pregunta, sin desasistir al firme interés con el que escruta al cielo, manifestando sutiles vestigios de dolor frente a mi ataque. Muevo mi pie hacia su dedo índice y reitero mi previo movimiento. —Entonces, ¿es martes? —vuelve a desaprobar la opción. Asciendo hacia el dedo medio. —¿Quizás es miércoles? —niega. Asciendo hacia el dedo anular. —¿Es jueves? —niega. Asciendo hacia el dedo meñique. —¿Es viernes, entonces?
Sakura acaba afirmando a mi pregunta, resguardando aquel semblante colmado de insensibilidad que tanto me agobia. No llora ni suplica: contempla al firmamento con una expresión tan austera y solemne que logra concebirme escalofríos. Aparenta amar al cielo, o, por lo menos, a lo que encuentra dentro de él; y, con perturbada convicción, presiento que, si es a mí al que localiza deambulando dentro de aquellos prados celestiales, lo hace en un contexto criminal y vengativo, imaginándome en circunstancias en las que yo soy víctima de sanguinarios crímenes, y ella, la victimaria.
—¡Sí, es viernes! Tienes razón, chiquita, mucha razón —tras articular aquello, le propino una contundente patada sobre el páncreas, con el fin de que abandone a sus quiméricos anhelos y me preste atención a mí; al Sasuke entero, vivo, y triunfante. —A ver, ¿qué se hace en estos días, Sakura? ¿Qué hacemos tú y yo para despedir a los días hábiles de la semana?
El trastazo que le asesté hizo que su torso se bamboleara ligeramente, mientras que sus facciones se contrajeron en una severa reacción de aflicción. Sin embargo, al instante tornó a su precedente postura indiferente, continuando sin atender a mi presencia, y, por consecuente, sin contestar a mis cuestiones. Sus pupilas, ahora, merodean sobre el suelo, viajando de forma incesante y deteniéndose momentáneamente en los adoquines que lo conforman. ¿Qué encontrará en él, ahora? Indispuesto por la concepción de que ella se transporte a otros mundos y prescinda de aquel en el que yo existo, menciono lo siguiente: —¿Tienes mi regalito, Sakura? He estado esperándolo toda la semana… ¡Cuatro años han pasado! Pero no me canso de recibirlo.
Un adulto de mediana edad orienta sus pasos hacia el fragmento de vereda en el que yo estoy levantado, y Sakura, arrodillada, proyectando un escenario de componentes insólitos y sospechosos. Actuando con desmedida aceleración, me coloco en cuclillas, afianzo a Sakura por los hombros y le ayudo a incorporarse, con la intención de que aquella persona no desconfíe de la situación en que estábamos implicados. —Ya está, ya está, ¿cómo pudiste caerte, tontita? Vamos, no te pasó nada… ah, pero te ensuciaste toda la camisa, ¡qué torpe! —reprendo a mi compañera, aplicando una tonalidad dulzona y cordial, y confiando en que aquel viejo no ha presenciado más de lo apropiado. Él acaba rebasándonos, nos mira por lacónicos segundos, y, como aguardaba que sucediera, se aleja sin retención alguna.
Sobrepasado aquel inconveniente, privo a mis palmas del descanso que encontraría en los hombros de Sakura; y, después, utilizo mi mano derecha para atenazar, en una rauda acometida, a las dispares puntas de su cabellera, la cual presumiría una prolongación que rozaría el inicio de su cintura cuando ella tenía trece años, pero que ahora muestra una longitud que alcanza a la zona inferior de sus hombros y culmina en diversos mechones de espesura rebajada. Aporto presión sobre el ancho de su melena, jalándole gradualmente para aproximar su rostro hacia el mío; al principio, ella se opone, tratando de aislarme de ella al colocar sus manos sobre mi pecho y afianzando las suelas de sus zapatos en el piso. Pero, tras escasos intentos, logro arrimar su cuerpo al mío, y, de esta forma, confronto a nuestros rostros a una distancia que frisaría lo inexistente. —Los regalos no tendrían que pedirse, chiquita. Sólo voy a decirte eso, tú verás qué es lo que me responderás.
Un sibilante y conciso gimoteo acaba siendo impulsado por sus labios, mientras que su rostro es abordado por una coloración carmín, resultante del esfuerzo que hizo por apartarme. Sus ojos centellean y desprenden incontenibles lágrimas, poseídos por una tempestad de tiránicos sentimientos. —Sí las tengo, Sasuke. ¡Oh, por supuesto que las tengo! ¿Por qué yo…? ¿Por qué ahora… habría de querer cambiarlo a todo? —pronuncia ella, interrumpiéndose entre las palabras del último par de preguntas a causa del persistente tironeo que ejerzo en su cabello. —¡Ay, Sasuke! Ya está, ¿sí? Vamos… déjame, por favor… quiero irme al salón, por favor... ¡Vas a arrancarme el pelo, bestia!
Maniobrado por una vehemencia fulminante, desligo a la cabellera de Sakura del afiance con el que la inmovilizaba. Tras esto, ella se retira dos pasos, y, con una curiosa combinación de desafío y recelo, continúa observándome. Y yo, emulándola, también la contemplo: si hay una característica que siempre destacó en aquella perra libertina, es que tiene cara de estúpida, y ni en mil años podría apreciársela como una mujer agraciada. Posee un par de ojos de extremos decaídos y notoriamente diminutos. La superficie de su frente es prolongada en demasía y deteriorada por una pequeña cantidad de acné, propio de la edad en que se encuentra. Su nariz y sus mejillas se hallan atestadas de una inconmensurable suma de pecas y lunares, de diferentes formas y tamaños. Una nariz bonita, pero estropeada por su cúspide abultada y erguida. El perímetro de su semblante es un tanto circular, pero su rostro carece de carne, está perpetuamente demacrado y presenta un par de pómulos sobresalientes. Es muy blanca, y sus mejillas suelen acalorarse con gran facilidad, agravando aún más al previo rasgo de su fisonomía. Las orillas de su boca suelen estar entornadas, con el labio inferior pendiendo en un diseño holgazán y abstraído. Sin embargo, ella disfruta de un algo que me tienta en demasía; y ese aspecto indescifrable está constantemente intentando que yo pierda la cabeza.
Aquel miserable espectáculo me dejó ampliamente desconcertado, dominado por todo tipo de misericordiosos e inusuales planteamientos. No obstante, prontamente los aíslo, sin estar presto a atender a sentires que no me pertenecen y nunca lo harán. —Ya puedes irte, perrita. ¡Anda, ponte a trotar al instituto! Espérame en el salón, aún no acabamos.
Incapaz de continuar alargando aquella angustiante compañía entre ambos, Sakura vira su cuerpo hacia el frente, y, presurosa como la luz y el ruido, emprende una carrera por la vereda que contornea al instituto, rodea la esquina e, inevitablemente, despoja a mis pupilas de seguir palpando a su esencia. Aún inquieto y conturbado por la escena anterior, me dispongo a reposar el peso de mi cuerpo contra el murete del establecimiento, procurando ausentarme momentáneamente de toda idea que mi mente engendre.
2. Trastorno Disocial: patrón de comportamiento repetitivo en el que se violan los derechos fundamentales de los demás. Los niños con este trastorno suelen ser egoístas, insensibles, mentirosos, solitarios, crueles, amenazadores, fanfarrones, problemáticos, impulsivos, irresponsables, entre otros. Con frecuencia roban, estafan, escapan de su vivienda o escuela, inician peleas, ejercen actos de vandalismo, destruyen propiedades, maltratan animales, están a la defensiva, culpan a los demás por sus actos, son propensos al consumo de drogas y tienen pensamientos suicidas.
3. Misantropía: aversión general al ser humano.
4. Borrina: niebla densa y húmeda.
5. Fernet: bebida alcóholica elaborada a partir de varios tipos de hierbas. Muy popular en Córdoba, Argentina.
6. Quitón: prenda de vestir de la antigua Grecia.
Antes que nada, disculpen la tardanza; y, sobre todo, que el capítulo sea tan extenso. Al principio, creí que no iba a pasar de siete páginas de Word, ¡pero fueron más de trece! No prometo que el próximo sea más corto, pero sí que va a ser más interesante.
El retroceso de Sasuke a través de sus memorias fue muy necesario: como el fanfic está narrado en primera persona, es muy arduo descubrir un modo con el que relatar cosas tan importantes que ya ocurrieron [como la ausencia de la madre de Sasuke, su relación con su padre, la forma en que supo de su trastorno, y otras], por eso opté por que él nos confesara todo aquello que hizo o sucedió en su vida.
Pero yendo a otro punto: ¡Ya se sabe cuál es el trastorno de Sasuke! La señorita Noemitg-chan me comentó, en la bandeja de reviews, que ya se hacía una idea de cuál era el trastorno de Sasuke: si aún estás conmigo, me gustaría que me respondas si tu suposición era acertada.
Por cierto, ya que estamos: me cambié el seudónimo. Si quieren encontrarme en mis redes sociales, tienen que buscarme con el que tengo ahora [aunque, sabiendo cómo soy, seguro vuelvo a mi antiguo seudónimo].
Ahora sí, ¡chau! Espero que disfruten este capítulo.
