Bueno, todo hay que decirlo… ser adulto es terrible, mil responsabilidades y entonces te das cuenta que el tiempo pasa, quieres escribir y las obligaciones no te dejan, así heme aquí con cada respiro e instante disponible, en el último minuto en las semifinales después de algunas aclaraciones de infarto… me pregunto si aun querrán apoyarme.
Un abrazo a todos, sean gentiles y cuénteme si como una amiga me dijo, estas ideas parecen salir de una mente distorsionada por el consumo de alucinógenos (Que no los consumo por si alguien se los preguntaba)
La Orden Viribus
Capítulo 4
Noctis II
La mañana tuvo principio con una rara familiaridad, como si no fuera el primer mes de estar allí... a la ducha, una breve discusión por el agua caliente, la primera clase, que no fue tan dura como amenazó Miss María, o puede que yo sí tuviera unas cuantas neuronas en funcionamiento. Lo único extraño era usar el uniforme que los demás sin todos los aditamentos durante días; llaménme rebelde pero casi me complacía no tener todavía una corbata que definiera mi estatus demoníaco ante los ojos de aquellos infaustos apostadores y de esas voraces aves de rapiña. El chismorreo, era del mismo calibre que el de cualquier instituto, incluso los Eius, tan "pulcros" estaban participando de las apuestas; tal y como lo advirtió Mikoto algunos quisieron poner a prueba mi paciencia, juguemos a enojar a la nueva, para ver si su pecado es la ira y según eso, mi papi tal vez pudiera ser Ammón... fue una de esas hipótesis al uso en la mañana. Me hicieron tropezar 3 veces, me dejaron caer jugo encima y una chica intentó meterme mano en la cafetería en la maldita fila. Y si el destino estaba en mi contra como siempre, que así fue, ese día el surtido de mayonesa se había agotado.
Está claro que no llegué con mi mejor sonrisa al encuentro de Fujino y apenas di gracias al hecho de que no me pidió ir al interrogatorio en la sala del crimen. Eligió un lugar despejado, al aire libre, lo suficientemente alejado muy cerca de la arboleda... sería maravilloso de no ser, por la neblina en los alrededores y el frío endemoniado, la falda del uniforme en verdad podía ser un incordio, pero era orgullosa y no iba a flaquear por ello.
—¿Qué edad tienes?— No le permití decir nada, ni un saludo siquiera... de todos modos no parecía interesada en romper el silencio.
—150 años en el tiempo del hombre— Respondió parca. —Soy joven diría mi madre...— Sonrió genuinamente divertida de mi cara de idiota. —Ara, ¿por qué el repentino interés?—
—No sé... esperaba un par de billones de años— Cielos, que idioteces dije.
—Ni siquiera mi abuela es tan... sabia— Supongo que decir vieja no sería muy cortés, pero claro que entendí la idea.
—¿Y tu padre?— Me atreví a cuestionar, la chica terrorífica obsesionada con conocer mis pecados más secretos al parecer no vino este día y yo que pensé que me traía aquí para probar mis miedos, con un agujero lleno de arañas o serpientes.
—Es de otra dimensión, pero ella prefiere tomar una forma femenina cuando viene a verme...—
—Tienes dos madres...— Muy inusual, seguro es adoptada.
—¿No es un sueño hecho realidad?— Casi se mofó con una sonrisa ladina. —Te lo he dicho ya, su comprensión de la vastedad del universo y los planos que lo conforman, es pobre— Esa suficiencia.
—Ya volvió la mujer pedante del otro día...— Gruñí disgustada y cruzándome de brazos. —Tendrías más de mí, si no te comportaras de esa forma; o hazlo, si te vieras como de 150, tal como dices, sería más fácil—
—¿Entonces mi aspecto es desagradable?— Su tono cambió y tuve una sensación de alerta dentro del cuerpo.
—No... y ese es el problema— Por un breve momento, quizás demasiado corto para estar segura de cuán real fue, casi podría apostar que se sintió insultada y sus iris escarlata se estremecieron. —Nadie dijo que una terapeuta tuviera que ser linda, quienes me trataron antes no despertaban ni un mal pensamiento ¿comprendes?—
—Mi tarea no es ni de cerca el preservar tu psique, solo estoy aquí para cortar de raíz el problema— Con ese tono, cosas como matarme aquí en este lugar perfecto para un homicidio, no sería problema. ¿No hablaba en serio o sí? Puede ser... espeluznante, y yo que me enorgullecía de provocar miedo.
Lo que resultaba incluso más extraño es que pese a todo, yo seguía sus pasos más y más alejados del reformatorio en un acto de ciega confianza bastante rara para mí, eso duró hasta que se detuvo en la orilla de un pequeño estanque, el río que cruzaba por allí era parcialmente detenido por una especie de represa natural formada por un grupo de rocas que apaciguaba las corrientes y las desbordaba suavemente en una bella cascada en el extremo inferior. Aquel hermoso paraje, era lo suficientemente grande para formar una sección que haría las veces de tres piscinas olímpicas, lo cual sería genial en verano... pero con este helaje, ni de broma se me antojaba meterme.
Alguien no pensaba igual, Fujino retiró sus zapatos, medias, luego su chaqueta, su camisa, se quedó en ropa interior y sumergió sus hermosas piernas hasta las rodillas, el vapor que brotó de su piel hizo que mi corazón se detuviera por una milésima de segundo, nunca imaginé que la vería casi sin ropa tan... ¿rápido? A ella claro que no le importaba, tenía bastante amor propio, ni dudarlo. Elevó su mano solicitando la mía mirándome de esa forma que ciertamente yo no sabría interpretar y entonces cualquier deleite o alegría por lo que pasaba me hizo pensar ¿Le hace lo mismo a todas? ¿Había hecho esto con Mikoto? Una mueca amarga, y negué con la cabeza repentinamente disgustada, odiaba sus métodos...
—Haz lo que los demás Fujino, pregunta lo que quieres saber y luego sólo dime que tengo problemas de ira o estoy loca, me pones uno de esos collares... firmas el libro de salida y asunto resuelto, eso sí... devuelve mis medicinas— Solté con un tono, ese que usaba para espantar pretendientes. Suspiró resignada antes de bajar la mano retirando tácitamente su ofrecimiento y simplemente realizó un clavado sumergiéndose en el agua, nadó hasta la perdí de vista.
Pasaron los segundos, uno tras otro sin que apareciera en la superficie. —No voy a caer en tu juego... de nuevo— Grité para que si me oía, entendiera que esta vez no sería en sus términos. Pero el tiempo no detuvo su marcha, más de lo prudente y pude pensar lo peor... un alga enredada en su pierna, algún animal y que si no vuelvo con ella seguro me refunden en la cárcel... —¡Te odio! ¿Me oyes?— Corrí al borde y me arrojé al agua, que como pensé, estaba tan fría que fue doloroso.
Busqué hasta que el aire me abandonó, salí a la superficie tiritando por una bocanada antes de volver, incluso pude sentir la desesperación de la idea, de no volver a verla, de encontrarla demasiado tarde. Lo intenté una y otra vez, para la décima ya sentía mi propio cuerpo entumecido, la esperanza me abandonaba igual que la fuerza con la hipotermia amenazando, casi no podía mantener el aire lo suficiente y el fondo estaba demasiado profundo, oscuro. —¡Shizuru!— Grité buscándola al emerger, rogando porque fuera una maldita broma. Volví debajo de la superficie, con el corazón acelerado, con el dolor del frío en mis extremidades. —¡Déjame verte!— Entonces pude distinguir las tonalidades, las plantas en el abismo debajo de mis pies, las flamas que me atormentaron tantas veces... brillaban con su color azul bajo el agua, iluminando el fondo para mí. Lo recorrí de lado a la lado, cada esquina hasta que el aire me faltó, ascendí con dificultad a la superficie casi con lágrimas en los ojos, era momento de ir a pedir ayuda, pero me decía el sentido común que no la encontraríamos viva.
—¿Te gusta el agua?— Oí su voz y la miré como a un fantasma, pero ella estaba de pie en el borde, con su ropa intacta y tan tranquila como si nada, casi podría apostar que ni siquiera entró al agua en primer lugar. La sensación siguiente, fue igual... peor. Me engañó una segunda vez.
Salí escurriendo por todas partes, mi nuevo uniforme vuelto un fiasco, ¡Yo! hecha una miseria. Caminé temblándome cada paso, con el ceño fruncido lo suficiente para borrar esa odiosa sonrisa de su cara. —No me hables nunca más...— Que si se la come un cocodrilo, o la ataca una anaconda, bien puede... arreglárselas sola.
—Tal vez... seas soberbia— Odie su acento de verdad. ¿Acaso quiere un puñetazo?
Me detuve a su lado, con tensión en cada pedazo de mi cuerpo e ira, mucha ira. —¿Me lo dice la chica que no puede físicamente exponer una emoción genuina en su cara? ¿Y que usa ilusiones, drogas o lo que sea... para no arriesgar su propio pellejo?— Mi enojo seguro era del tamaño de ese maldito estanque. —Si la cobardía es un pecado, usted Viribus Fujino... muy pronto será un descendi— Abrió ligeramente los ojos, pero más pronto que tarde volvió a su pose de siempre. ¿Ah sí? Extendí la mano mojada poniéndola sobre su hombro. —¿Quién dice que es real en primer lugar…?— La empujé, segura de que se evaporaría como las demás quimeras y me di vuelta. Sin embargo el sonido del chapoteo en el agua, me hizo voltear a verla, realmente había caído al agua, su cabello castaño siempre perfecto a donde quiera que ella fuera, estaba pegado a su cara y su uniforme convertido en una segunda piel, trasluciendo su figura... tragué saliva, incluso las fantasías no le hacían justicia. Aún con todo no perdió el glamour, salió del agua elegantemente, con sus dedos guió sus cabellos hacia atrás peinándolos, las gotas bajaban por su rostro, hasta su barbilla, obligándome a mirar sus labios, desarrolló una apariencia esencialmente arrebatadora.
—¿Satisfecha?— Me sonrió como si no fuera nada, dos niñas jugando en la piscina. —Puedo quedarme ahí o puedes unirte... me dejaste ver un poco más Natsuki— Mi nombre se escuchaba delicioso en sus labios, pero eso... no distraerá la verdad.
El susto que me había hecho pasar... no le significaba nada. —Es imposible entenderte— Me di la vuelta y me largué de allí, ni siquiera le di explicaciones a Mikoto, quien me miró extrañada al llegar a nuestra habitación.
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Caminaba sobre el pasto pero no oía mis pasos, el viento mecía la copa de los árboles pero no mis cabellos o ropa, yo estaba de pie junto a mi pequeña hermana pero ella ni siquiera notaba mi presencia. Estaba triste, podría notarlo a mil kilómetros de distancia... preguntando a dónde había ido su hermana mayor. Mamá le explicaba que yo estaría estudiando en un internado durante un tiempo, pero que irían a verme pronto. Eso era suficiente para que la brillante sonrisa y hoyuelos de mi hermanita aparecieran de inmediato en aquella pequeña carita que yo adoraba ver feliz. Conocía el lugar, veía el sol en cenit ligeramente cubierto por un par de nubes traviesas, el resto del cielo estaba absolutamente despejado y el aroma a tierra, césped... a jardín. Sería otro día de clases, mamá recogiéndola en la guardería como siempre, estaban cantando su canción favorita con su hermosa voz... así cuando supuse que sería un sueño de añoranza como otros. Mi corazón se detuvo, sobre el pasto verde algo frío y mortuorio, negro de brumosa forma, como si la niebla y el fuego pudieran ser la misma cosa, fundidos y confusos, en un color de oscuridad, de abismo y ausencia de luz, todo ello en la forma humanoide de alguien, cuyo rostro por vez primera distinguí, tan ambiguo que no supe si era un hombre o una mujer. Tragué saliva, su largo cabello negro distorsionado por la absorbente oscuridad que le envolvía brillaba en peculiar destello cobalto, sus ojos de un color tan azul como el cielo, pero plagados de una turbación que evidenciaba locura... tenían un aire tan familiar, que heló incluso más cada ápice de mí. Pero no me importaba, por cuanto conocía el sentido de la presencia de esos seres en mis sueños, cuando se tornaban pesadillas hasta el momento en que lo peor pasaría. Me puse en medio... —No te atrevas— Dije sin la certeza de ser oída o no. —No a ellas— Advertí con los brazos extendidos. –Elige a otras—
— ¿Cómo podrías impedírmelo?— Refutó una voz grave y serena, casi sensual podría decir. Sus ojos puestos sobre mí y no esperaba eso... intenté mil veces impedir en mis viejas pesadillas las acciones que trajeron muerte a las personas en la realidad, pero nunca fui atendida o escuchada por las sombras, las traspasaba como si yo no existiera pero estuviera obligada a ver sus acciones impotente. Esto era inesperado... horrorosamente nuevo.
Tragué saliva. — ¿Qué eres?— Un vida entera esperando la respuesta, cerré los puños y pese al miedo me aproximé para verle bien.
—Lo mismo que tú, pero mejor…— Su sonrisa que a la vista de cualquiera sería cautivadora, me mostraba superioridad y soberbia.
— ¡Yo no soy una sombra!— Reproché, yo no mataría por placer… yo no me reiría de ello. –Yo no soy verdugo de nadie…—
—Y… ¿Qué hay de Yuichi Tate? Sabes lo que pasó…— Ladeó el rostro níveo, fingiendo la pena que no sentía. –Todos lo sabemos… lo deseaste pequeña, y lo hiciste—
—Fue un accidente, él se incendió de la nada— Y verdaderamente solo eso recordaba.
—Aún te niegas a la verdad— Asintió con pesar aparente. —Cuanto más desprendas el velo... más podré verte Natsuki— Sonrió en aquel rostro perfecto, libre de líneas de expresión, él o ella no era de mi edad estaba segura pero tampoco me atrevería a calcular cuando sus ojos tan picados de demencia me mostraban también a un alma vieja encerrado en un cuerpo por el que el tiempo no pasaba.
Tragué saliva sintiendo un frío recorrer cada fracción de mi cuerpo, mi madre llevaba a Alyssa en sus brazos hasta el auto mientras mencionaba sobre la rica comida que les aguardaría, con algo de distancia tal vez podría disuadirle. — ¿Cómo sabes mi nombre?— Busqué la forma de mantener su atención sobre mí, no sabía si realmente podría impedirle pasar.
— ¿Cómo no saberlo?— Levantó su mano, alargada, fina y de ella brotó una flama azulada, turbia y oscura... conocía ese fuego, lo vi tantas veces frente a mí, al despertar. –Te he buscado y aguardado más tiempo del que podrías imaginar—
— ¿Padre?— Tembló mi voz, con una mezcla de ira y dolor, con la idea de un abandono latente y tan largo como edad tengo sobre mi haber.
—Pequeña… ya pronto lo entenderás todo, solo sé paciente— Con una sonrisa siniestra en los labios, pasó a través de mí como si yo también fuera solo bruma y se dirigió en la misma dirección que mi madre y mi hermanita.
— ¿Paciente? ¡¿Paciente?!— Grité con una lánguida esperanza. – ¿Toda mi vida esperando por esta bazofia?— No me importa si me desgarro el alma misma, jamás permitiría a una sombra aproximarse a ellas. Corrí y me arrojé sobre la sombra, pero una vez más, simplemente yo no estaba compuesta de algo sólido para golpearla, así que caí como un saco de papas por delante de aquel ser. Continuó su camino, sujeté el aire cuando intenté agarrarle el pie desde el suelo, me erguí de nuevo y procuré darle una paliza pero solo golpeé a la nada. Me di cuenta que el tiempo era de algún modo una corriente que alteraba a su antojo, porque yo me había levantado y caído las suficientes veces como para que mamá y Alyssa hubieran huido de ahí poniendo kilómetros de distancia, sin embargo ellas estaban en otro tiempo o espacio distinto al nuestro, odiosamente lento; y al mismo tiempo estábamos ahí, la sombra y yo, batallando… salvo porque yo no le causaba ningún daño.
Impotente le vi sumergir la mano en el capó del auto como si el metal no fuera sólido y se abriera a su merced como el agua, tan profunda como para llegar al motor, intuí su intención… mamá le ponía el cinturón a Alyssa y mi hermana sonreía jugando con su muñeca, era de trapo, con hilos de lana negra como cabellos y un vestido de marinerito azul, de ojos cristalinos de color verde, la abrazaba en medio de alguno de sus infinitos juegos e imaginaciones, una lágrima se deslizó fría por mi mejilla sabiendo de antemano lo que perdería. Así por una vez, deseé con todas mis fuerzas tener el fuego que a mala hora había acabado con mi vida, con mi reputación y me había encerrado en un lugar distante… anhelé que aquella maldita flama se presentara, porque le haría vivir un infierno –¡Apártate!— Grité poniendo mi mano sobre su brazo e increíblemente pude sentirlo, él o ella también me sintió… mi fuego aunque lo hubiera visto a lo largo de mi vida al despertar por breves instantes y siempre de una tonalidad azul, no era exactamente como el que la sombra me reveló instantes atrás, la flama azul tenía destellos de blancos y platino en las puntas, aquella rara llama se abría paso en el abismo que absorbía toda luz y envolvía a mi enemigo, hasta llegar a su carne y herirla.
Volví a mirar a la sombra, padre o no, fuera quien fuera… como un caballero me devolvió el gesto, pero en la garganta, la cual sujetó sin ningún esfuerzo, elevándome a unos cuantos centímetros del suelo. Ladeó el rostro y contempló el cambio de color en mi cara…
— ¿Podrías dejar de ser tan infantil? Sólo ellas nos impiden ser la familia que debimos ser— Como si fuera lo más obvio del mundo, maldito psicópata. –Todos ellos te desprecian sin entender la maravilla de una existencia tan inusual, de la gloriosa divinidad que envuelve tu nacimiento—
—Ellas son mi familia… no tú— Dije ahogadamente antes de que pudiera, sostener en mi mano el fuego que antes le hubo lastimado, no lograba encender la mecha una segunda vez. —Si vas a hacerlo… no me importa, es entre tú y yo, déjalas y ya—
—Heroísmo, somos más parecidas de lo que pensé…— Si no me estuviera ahogando y quemando_congelando, hubiera hecho una cara de… WTF. ¿Se refirió a sí mismo como… ella? –Soy Kaon, no lo olvides… ya nos veremos pronto Natsuki, no hay nada que puedas hacer… sobre eso, lo sabes—
— ¡Mamá!— Grité casi sin voz, mirando de soslayo como encendía el auto. — ¡No aceleres!—
Fue un crudo despertar, como no ocurría hace años, con el corazón galopante y lleno de una angustia más que tangible, con el sudor en la frente, los ojos llenos de lágrimas, los labios lacerados y un sabor a metal en la boca. No necesité abrir los ojos para saber que allí estarían las brillantes flamas pululando a mi alrededor, pues el frío calando hasta los huesos ya me lo advertía. —Kaon…— Dije el nombre para no olvidar, aunque con dificultad, un ardor en la carne a la altura del cuello, y así como la torpeza lo es para corroboraciones casi retóricas, al llevarme los dedos a la magullada zona… el ardor incrementó en reacción a la tibieza de mi piel, lo que no imaginé es que se humedecieron de sangre mis dedos.
—¿Qué rayos… te pasó?— Los ojos dorados de Mikoto me observan desde el otro lado de la habitación, no demasiado lejos a decir verdad, su rostro desencajado advertía las llamas gélidas en el aire extinguiéndose una a una con mi despertar, ¿cuánto lleva ésta despierta?, ¿qué ha visto? Dudas que no manifesté en voz alta. —Tu cuello— Retornándome a la realidad, en la oscuridad de lo que se antojaba la madrugada, busqué con la mirada el reloj más cercano, eran las 5.30 de la mañana. Para cuando mi mente filtró la información comprendí que mi pesadilla me daba alguna esperanza pues el sol en cenit se daría en alrededor de 6 horas, todavía no había pasado, aunque madre llevaría a Alyssa a la guardería en poco menos de media hora. Un tiempo precioso y suficiente para impedir la falla del auto, o su presencia en ese lugar… algo que rompería la continuidad de aquella pesadilla.
Tic, Tac… Tic, Tac… Tic, Tac…
Perdí el juicio, eso seguro, porque sin siquiera responderle a Mikoto, salté de la cama, me puse de pie cual autómata, tomé la billetera de emergencias y me aproximé a la puerta. —Es imposible de abrir…— Informó aún somnolienta sin prestar más importancia al tema de mi huida.
Iba más que dispuesta a romper la puerta, si hiciera falta. Pero en cuanto tomé la perilla en mi mano derecha y la giré, el sonido del pestillo cediendo me dio la libertad que buscaba, ante la expresión desencajada de Mikoto, quien deduje había sido vilmente engañada. Si ella pensaba que la puerta era inviolable, entonces yo lo tomaría como una ventaja, quería evitar que por mis futuras acciones se metiera en problemas, así que en cuanto crucé el marco cerré tras de mí, dejándola encerrada dentro de la habitación. — ¡Natsuki! No hagas tonterías... ¡Abre!— La oí decir.
Supuse que ella saldría un segundo después, así que me pegué a la puerta para impedir el paso, pero la chapa nunca cedió, bajé la mirada notando que el pomo se movía ligeramente trabado, un golpe de suerte al menos por el tiempo que tardó el metal en ponerse al rojo vivo. Salí corriendo por el pasillo y atrás escuché los destrozos de la puerta rompiéndose de una patada y temí que Mikoto estuviese muy enojada... no advertí la tonalidad de las letras comenzando a brillar a mi alrededor a medida que corría, rogaba porque ella no adivinara mi destino, pues a fin de cuentas solo necesitaba hacer una llamada.
No por nada, era la campeona del Instituto, la más veloz, la perdí de vista en la esquina, me escondí y la vi pasar. Antes de volver por la misma dirección y correr de vuelta al punto de las cabinas. Saben, no basta más que tener urgencia para cosas como marcar mal el número dos veces, un número que se usa desde que pude memorizar números, hace mucho tiempo. Y entonces cada pequeño repicar, bien parece un minuto... la paranoia de que Mikoto me encontrara, estaba destrozando mis nervios, escuché algo al otro lado...
—¿Mamá?—
—¿Natsuki?— ¡Bingo! Era ella...
Vi a Mikoto aparecer al otro lado del pasillo, sus ojos echaban fuego... literalmente. —Mamá... escucha atenta por favor, no lleves a Alyssa a la guardería, algo malo podría pasarles ¡Créeme!—
—¿Qué?— Seguramente aún no ha tomado su café matutino.
—Mamá... una pesadilla, de esas... por favor— Y entonces la línea se cortó, el silencio al otro lado me espantó ¿Que rayos? Estaba a punto de desbaratar la bocina a golpes, pero un sonido "ptss... ptss" muy molestó se escuchó. Ví al imbécil que había desconectado la red telefónica y el cable en su mano, uno alto de cabello castaño y con fachas de play boy. El sujeto estaba en pijama, sin el uniforme no estaba tan claro a qué bando pertenecía.
—Eso fue impertinente— Soltó el cable y se acercó amenazante, no me dejaría intimidar...
—¡No lo entiendes! Tengo que advertirles... tengo que ir con ellas— Se veía mal, lo sé, como una interna con una psicosis paranoica, nadie me creería, como nadie lo hizo antes. —¡Morirán!— No me importó lo que pensaran, sus opiniones no me significaban nada, solo quería salir de allí, pero más y más de ellos llegaban.
—No te atrevas... Kanzaki— Anuncio cierta chica de ojos dorados, ¿acaso nadie veía el fuego brotando de ella?
—La providencia, tal cosa no existe para un Crecelius...— Un Viribus o un Eius, quedó claro. —Son solo tus hermanos ejecutando tus más oscuras voluntades, si mueren, será enteramente tu culpa— ¿Mi culpa? ¿Insinuaba que todo lo que he visto estos años son Crecelius asesinando personas? ¿Y que yo lo deseé? Hijo de...
Le mandé un puñetazo, el cual esquivo por poco, me abriría paso aún si tenía que ser a golpes e iría con ellas. No iba a soportarlo, si algo le pasa a mi madre o mi hermanita... ¡No pasará! Me devolvió el gesto, me giré un poco y su puño cerrado pasó muy cerca de mi nariz, aproveché el impulso para completar el giro y con mi codo extendido, le di un gran golpe en la nuca, aquel saco de músculos cayó al suelo sin saber del todo qué le había pasado.
—No puedes hacer nada... Mikoto— Ese acento, me ví ver a Minagi, había dos personas tiradas en el suelo junto a ella y a una la sostenía del cuello, la chica pataleaba incapaz de respirar, otra Eius. Fujino le sujetó la muñeca de la mano en la que sostenía a su presa, apretándola hasta hacerlo doloroso... el fuego ni siquiera la tocaba, extinguiéndose mucho antes de alcanzarla con su flama. En ese instante comprendí, que había estado sumergida en un sueño cada instante de mi vida, porque las cosas dejaron de verse como siempre lo hacían.
—Viribus Fujino...— Mikoto gruñó, sus ojos tan brillantes como los de un gato, eran absolutamente aterradores y pude ver sus colmillos, incluso un par de cuernos que hace 5 minutos no estaban ahí. Sin embargo, nada me preparó para ella, Shizuru... me quedé paralizada, porque ella en verdad emanaba una luz tan intensa, hubiera quedado ciega de no ser porque curiosamente ese brillo no lastimaba los ojos, sus cabellos casi flotaban a su alrededor como si un flujo constante de energía viva la envolviera, apenas podía ver las formas de su cuerpo a través de los destellos dorados, y aún así me pareció incluso más agraciada que la última vez. La hija de Ammón me miró, vi angustia en sus ojos, soltó a la chica y movió sus labios para decir algo, pero no la oí producto de un impacto inesperado.
Me desplacé con la vista puesta en Fujino, ella fue la distracción, descuidé la espalda, así que el sonido de algo rompiéndose contra mi cabeza y la pérdida de capacidad motora cuando caí al suelo fue una sorpresa. Me removí adolorida, vi los pedazos de porcelana blanca con detalles azules de flores y ramificaciones desperdigados en las proximidades, una par de margaritas en el suelo, el agua mojándome y una tonalidad tenue de rojo, mezclada con el líquido. Era... me golpeó con... ¿Un florero?
Una patada en el costado me dió vuelta y rodé a los pies de Shizuru, quedando boca arriba. Vi a Kanzaki, él me había atacado por la espalda con aquella pieza de porcelana, me atacó cuando ni podía defenderme, era un cobarde. Así como cualquier víctima, llegué a pensar... ¿Por qué estaba pasándome eso? No tenía aire, mis costillas dolían, mi boca tenía sabor a hierro... no les había hecho nada pero ahí estaban ellos, esperando descubrir algo que... por los dioses, lamentarían saber. Levanté la mirada, vi sus ojos escarlata puestos sobre mí, a Shizuru con su brazo extendido y a Mikoto justo detrás, el fuego que brotaba de sus ojos y la tensión en su barbilla, la piedra en su cuello brillaba intensamente incluso bajo su camisa. ¿Qué golpeaba? ¿Una pared? no había nada allí... era eso ¿Fuego en sus manos? Podría hacerse un incendio y a nadie parecía importarle, las paredes, las letras se tornaron rojas... como si absorbieran toda la ira hecha fuego que Minagi emanaba. También se tornaron azules, junto a mí, mientras el fuego al igual que el de Mikoto comenzaba a brotar de mis manos y se extendía lentamente sobre mis antebrazos hasta mis hombros, incluso en aire comenzaban a emerger pequeñas flamas flotantes.
—¡Va a manifestarse!— Musitó espantado el castaño, mientras los demás retrocedieron como si yo de verdad fuera un peligro.
—Sé lo suficiente...— Intervino Fujino bajando la mano que restringía a Mikoto, apenas y posó sus dedos sobre la tela en la que adiviné, la piedra brillaba incandescente, apenas eso bastó para apagar el incendio humano que era la morena y la drenó a tal punto, que cayó de rodillas. Algo que no era solo el golpe me impedía el movimiento, como si estuviera encerrada dentro de mi propio cuerpo, Shizuru me levantó como si fuera una muñeca manejable, con tan poco el fuego azul se desvaneció.
—¡¿Que vas a hacerle?!— Gritó Mikoto mientras los Eius la sostenían de los brazos para impedir que sus ímpetus incordiaran a la divina criatura que resultaba ser la Viribus Fujino.
—Nada que te interese, fallaste en retenerla y vigilarla... tus servicios ya no son requeridos— Le informó sin emociones, llevándome consigo a quien sabe dónde.
Apenas pude decir la palabra, cada imagen, cada risa, cada momento con Mikoto se tornó falso y me dolió. —Vi...gilarme— Su relación conmigo solo se debió a un acuerdo casi comercial.
Nada importaba, ni las náuseas, ni el mundo dando vueltas... solo mi familia. Si ella era un ángel, debía tener corazón. —Shiz... Shi..zuru... mi... ma..dre.. Aly..ssa... pe... peligro— Intenté transmitir aunque fuera por un instante lo que me llevó a ese momento. Me mantuve consciente sólo para oír su respuesta y esta no llegó. Un sentimiento extraño, de odio ante su indiferencia nació en mi interior y yo jamás, había odiado a nadie.
