Antes que nada gracias por darle al clik y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.
CREDITOS: Fate/Zero y sus personajes no me pertenecen.
NOTA: No es que me crea gran cosa pero se de casos en los que te plagian el fic, así que agradecería que no lo atribuyan como suyo y si lo usan me den crédito, muchas gracias...Mi saludos y disfruten.
Despertó cómodamente y con energías renovadas. Podría decirse que ya casi no recordaba que había sucedido de malo ayer, que es lo que la había llevado a dormirse tan profundamente para querer sacarse de la cabeza esos recuerdos. Pero también había olvidado porque durmió sintiéndose tan segura, como en su castillo.
Sus ojos se movieron atentos hacia la fuente de calidez que sentía en su mano al no tener su tipica armadura, y estar vestida con ropa masculina.
Una mano totalmente entrelazada con otro hombre, con el primer caballero de Fianna de una manera tan intima que la espantó unos minutos. Se quedó mirando confundida la escena recalculando porque cedió a dormir así toda la noche, y porque el caballero la apretaba tan fuerte entre sus dedos. Parpadeó y pensó seriamente en retirar la mano, porque eso no era usual en un rey, y no sabia si estaba permitido.
Sin embargo no lo hizo y notó como el contrario comenzaba a despertar.
-Oh, buenos días Arturia.- Bostezó sentándose en el pasto con el rayo del sol recordandoles el inicio de un nuevo dia.
-Buenos...Días, Diarmuid.
-Que bien dormí.- Comentó el contrario desperezándose con el brazo.
-Eh, si, creo que yo también domí bien.
-La noche no estuvo ni fría ni calurosa, creo que nunca había dormido al aire libre.
Una charla casual, pensó el rey. Una charla casual y agarrados de la mano...Eso ya no era tan normal.
-Aunque...- Agregó el caballero. -Si morí en un lugar asi de bello...- Su tono de voz lo delató, estaba iniciando a recordar amargamente.
Ahora quizás el agarre de manos podría considerarse normal, total ¿Estaría confortandolo, no?, aparte, Diarmuid pertenecía a Irlanda, quizás ahí era muy común tomarle las manos a cualquier mujer, rey y demás. Mas teniendo ese encanto en el rostro.
Estrechó mas las manos contra las suyas y asintió con la cabeza, apoyándolo mientras este la miraba.
-Gracias, a veces recuerdo con pesar todas las veces en las que fui deshonrado.
-No lo fuiste, tu has muerto todas las veces cumpliendo tu deber, tus sueños y con honor...Solo has sido traicionado, que es distinto.
Le sonrió al rey, y luego miró esas manos, el mismo estaba tocando al Rey de Gran Bretaña tan abiertamente. Abrió un poco los ojos y apartó suavemente la mano. No había que tomarse atribuciones tan grandes. Pensándolo mejor, notó que durmieron toda la noche de la misma manera y se alarmó de lo que llegaría a pensar Arturia.
-¡Lo lamento!, te retuve así toda la noche, yo, yo me dejé llevar por el echo de que te encontrabas en una mala situación y, y sin querer quede dormido...
Otra vez mintió. No se había sentido mal tomar esa suave mano, solo lamentó haberla incomodado.
-Calma, supongo que en tu país era muy habitual fortalecer lazos y camaradería de esta forma ¿Verdad?, he de admitir que es un tanto osada pero reconfortante.
Que ingenua. Muy ingenua. Se ofendió un poco, ahora cualquier hombre le tomaría la mano que ella aceptaría con gratitud. Ya entendía el porque esa mujer se asustó hasta el punto de quiebre por un hombre rozándola.
Pero recalculando sus pasos...No era usual para el tomarle la mano a cualquier mujer. Y su forma de apoyo usual no pasaba por lo físico tampoco. Entonces ¿Porque ese impulso?
-Si, pero solo muy pocos conservamos esa costumbre.- Y seguía mintiendo, así merecía el infierno. -No lo hagas con nadie mas, por si las dudas.
-Tranquilo, solo con Irlandeses será...Aunque pensandolo nuevamente, ya no hay irlandeses...Ahora es Británicos o todo el resto del mundo bajo el control de Gilgamesh.- Frunció el ceño en fracción de segundo al nombrar aquel nombre.
-Cierto, bueno vamonos al siguiente pueblo, hay muchas cosas que precisamos.- Cambió de conversación el lancero soltando la mano de la mujer e incorporándose con los pies en el suelo.
-Ah...- Su mano se sintió inquietantemente vacía.
Habra sido porque se acostumbró a ella toda la noche.
Se levantó junto con el y volvieron a subir al caballo, con las bolsas de oro a los costados.
Avanzaron normalmente y sin nada significativo unas horas mas, ya que todos los pueblos allí estaban bastante aislados entre si, y no era como en la época moderna de aquellos humanos donde había casi superpoblación.
Por fin hallaron un pueblo, un poco mas grande que el anterior.
La rutina usual: Ataron al caballo, bajaron y esta vez llevaron las bolsas de oro uno en cada mano.
-Bueno, primero un mapa.
-¿No seria mejor primero un caballo?
-El caballo resiste siempre y cuando descansemos, en cambio la prioridad es guiarlo hacia mi país rápidamente y no se donde se encuentre o donde nos encontremos ahora.
-Entiendo, vamos por el mapa.
Caminaron por entre unas tiendas, habían sastrerías, locales de comida, armerías, herrerías y demás. Ambos, recreándose como método de distracción con la vista, fueron caminando inconscientemente hacia la armería.
-Que espada mas formidable.
-Mira esas lanzas de hierro, apuesto a que son bastante difíciles de maniobrar.
-No creo que para ti lo sean.
-Cierto.- Sonrió orgulloso.
-Esa espada...Mira como brilla.
-Luciría bien en ti.
-Después de todo es de oro.
-Como tu cabello...Tu excalibur, o tu aura.
Quedó en silencio y la miró, allí estaba ella con un atisbo de sonrisa frente a la vidriera.
-¿Mi aura?, que ingenioso, vayámonos, nos gustan demasiado las armas y nos distrajimos.
Lancer rió un poco.
-Supongo que ese es el problema de que seamos similares, nos distraemos mucho.
-Si.- Le sonrió cortesmente.
Divisó una tienda pequeña, que vendía en variedad. Decidió hacerle un gesto a Diarmuid con la mano e ingresar.
Eran de esos mercados variados con fachada mas antigua que el resto de lugares y diversos objetos, desde accesorios para damas hasta cuerdas y elementos fundamentales para la supervivencia.
-Mira, aquí hay muchos mapas.- Señaló Diarmuid cruzado de brazos frente a infinidad de mapas con distintos diseños.
La rubia no respondió.
-Oye, Arturia ¿Me estas escu...chando?- La miró, observando detalladamente accesorios para mujeres. -Oh, valla, valla.
Se acercó hasta ella y contempló su perfil serio, analizando cuidadosamente cada pieza de cobre que iba en las finas muñecas.
-¿Vas a comprarte una?- Preguntó cerca de su oído.
-¿¡Que!?- Salió de su distracción contrariada. -No, no...Solo curiosidad.
-Sabes, no esta prohibido darse gustos.
-Soy el rey.- Puntualizó en tono bajo ya que el vendedor circulaba cerca acomodando cosas.
-Justamente por eso.- Susurró como si estuviesen secreteando con una mano tapando el perfil de sus labios.
-Basta, no voy a gastar mi oro en esto.- Se puso aun mas seria y dió media vuelta con una terquedad insuperable.
-Valla mujer con la que me he topado.- Tomó un pequeño anillo de plata que estaba oculto en un tarro de cosas que se vendían sueltas ahí dentro a un precio conveniente. Lo analizó unos segundos.
-No.- Revolvió aun mas.
Halló otro de plata, con un león y rosas rodeándolo en unos grabados casi perfectos. Si se pulía ese anillo sacandole mas brillo, era el ideal. Lo sostuvo en la mano y se acercó a Arturia quien estaba viendo los mapas con una expresión sorprendida.
-Increíble, ver a toda la tierra unida representada de un color naranja en un mapa y ver mi reino como un punto verde, allí tan cerca...Y lejos.- Tercer suspiro que se abstenía de soltar.
-Al menos sigue estando...Piénsalo, tus deseos pueden cumplirse, estas a tiempo antes de que Gilgamesh nos encuentre.
-Si es que ya no lo hizo.
-¿Que?- Preguntó confundido.
-Nada...Solo me siento insignificante en un mapa.
-Arturia...- La miró con seguridad.
-¿Si?
-¿Puedo dejar de tratar contigo como lo hago con un rey?
Era una pregunta en teoría clara. Dejar el respeto usual hacia una autoridad mayor y dar paso a la confianza. Pensó que seria necesario para llevarse mejor y hacer una mejor huida, así que ¿Porque no?
-Claro, después de todo esta es una situación peculiar así que no me importaría.
-Genial, porque hace rato vengo reservándome algo.
-Dímelo sin problemas Diarmuid.- Sonrió motivada por el nuevo contexto de las cosas.
-Eres una mujer, que no es para nada insignificante, asi que déjate de idioteces ¿Quieres?
Se quedó de piedra y la sonrisa se fue. ¿Desde cuando el caballero hablaba así? ¿Esos improperios eran confianza? ¿Los irlandeses eran así o todo ese tiempo fue engañada y la gente solía hablar así? ¿Idioteces? ¿Mujer?
-Claro que soy una, y nunca dije que insignificante, si no que me siento así, pero se que no lo soy, no digo idio- digo, no digo, quiero decir, yo no hablo cosas como esas.
¿Idioteces?, se preguntó al ver el rostro de la reina. Era para un retrato, se notaba que nunca se habían dirigido de esa manera hacia ella, le causaba gracia descubrir nuevas facetas de su persona.
-Si, de genero nada mas, porque no te das los gustos de una y no te comportas como tal tampoco.
Abrió la boca, para refutar esa oración, pero se quedó súbitamente con las ganas ya que el vendedor del lugar los interrumpió al ver que habia incrementado mucho el volumen de sus voces.
-¿Los puedo ayudar con algo?
Ambos lo miraron con aura intimidante haciéndolo retroceder algunos pasos en su propio local.
-C-cualquier cosa, e-estoy allí.- Señaló el mostrador de madera y se retiró.
-Bueno, el mapa ya está, después deberíamos comprar mantas para dormir por si hace frío y por ultimo el caballo.
-Si.- Fueron hacia la caja y dejaron las cosas sobre ella con fuerza haciendo un estruendo en el lugar.
-Nos llevamos solo esto.- Dijo con normalidad la rubia.
-Y esto.- Agregó el lancero dejando delicadamente el anillo sobre la mesa. -Cobremelo aparte.
Arturia miró curiosa el anillo, era muy hermoso, bastante por cierto. Le llamó la atención que era para un dedo sin duda muy pequeño, lo pasó por alto a la hora de pagar.
Se dividieron el precio entre ellos, considerando que cada bolsa de oro era una para el, una para ella. Pagaron rápidamente, la rubia salió del local y Diarmuid se quedó pagando el anillo.
-Con que al fin sales.
El lancero miraba el anillo por cada microcentimetro de plata.
-Si, estoy orgulloso de mi compra.
-La dama que reciba ese anillo estará muy contenta.- Le sonrió por cortesía, aunque no quería hacerlo, así que se veía algo forzada.
-Bueno, te tragaras tus palabras y deberás estar muy contenta.- Tomó su mano mientras ella no entendía nada. -Aunque no te consideres mucho una dama. -Le colocó delicadamente el anillo en el dedo indice.
-¿Para mi?
-No, para Gilgamesh.
Rió un poco, después la risa incrementó un poco mas ante los atentos oídos de Diarmuid.
Era una bella risa. La risa del Rey era mas radiante que su espada.
Le sonrió ampliamente y rió junto con ella algunos momentos.
-Ya puedes ser mi bufón personal.
-Veo que te has tomado enserio lo de no tratarnos con tanta formalidad.
-Bueno, me has dicho que digo idioteces.
Que rencorosa, pensó.
-Diarmuid...- Hizo una pausa breve, conteniéndose de sonreír aun mas. -Gracias.
Asintió e hizo su típico guiño de ojo para luego seguir caminando por el pueblo. No es que estén en plan de darse el lujo de pasear turisticamente, pero aun así decidieron recorrer un poco mas el lugar, después de todo aun no habían carteles de "Se busca" con sus retratos y poniéndoles precio a sus cabezas.
Diarmuid frenó en una tienda de ropa.
-¿Que sucede?- Preguntó su acompañante femenina.
-¿Entramos?
Lo miró insegura, pero contuvo el cuarto suspiro en lo que iba de aventura y entró. Un local bastante elegante con variedad de prendas finas.
-No puedo ir con esta capa por siempre ocultando mi armadura ¿Verdad?
-Cierto, aunque para una lucha repentina puede servirte.
-Por eso me pondré la ropa por encima.
Eligió las prendas de menor precio, pero para lo que era aquel lugar parecía que eran muy finas y caras. Se las probó y decidió comprarlas. Unos pantalones de lino color negros y una camisa semi abierta blanca, simple, pero con su rostro lucia provocador y llamativo.
-¿Que tal Saber?
Lo miró y pestañeó tres veces.
-...¿Bien?...- No podía decir que le quedaba genial y que iba a tener que soportar inconvenientes en el camino como que todas las mujeres se le tiren encima.
-¿Solo eso? ¿Debería elegir algo mas?
-¿Acaso eres mujer?
Frunció el ceño de manera infantil y tomó un vestido. -Pruébate esto.
-¿Que?
-Vamos, no seas necia.
Era un vestido blanco, con volados en un escote pequeño y cuadrado, con un lazo azul brillante en la cintura que formaba un moño en la espalda, la falda llegaba hasta las rodillas y también conservaba unos volantes pequeños hacia el final de esta. Un bonito vestido pero...¡A ella no le gustaba mostrar las piernas!
-No. Definitivamente no.
-Vamos...
-¡¿Crees que estamos de vacaciones, Diarmuid?!- Levantó el tono de voz.
Estaban huyendo de Gilgamesh, el cual sospechaba que ya sabia su ubicación. Debía ver su país cuanto antes y hacer las cosas bien. Y como si fuera poco uno de los dos moriría, porque su destino así lo designó, porque el código de caballeros y honor les dictaba que debían finalizar lo que empezaron en la anterior Guerra del Santo Grial.
Porque Diarmuid deseó eso.
Abrió un poco los ojos, notando que se había pasado en gritar así en medio del lugar, eso no era propio de ella.
Es que lo admitió...Mientras mas se acercaran de esa manera, mas difícil seria dirigir su espada hacia el camino de su muerte. No podría y sabia que el tampoco. Porque eran similares.
Lo recalculó y es mas, incluso en ese momento le costaría matarlo. Tragó saliva ante su propia develación.
-Tranquila, lo entendí.- Dijo como leyendo su mente y comenzó a dirigir el vestido hacia donde estaba.
-Dame eso y deja de pensar i-idioteces.- Susurró arrebatandole vulgarmente el vestido.
El sonrió. Mientras ella pensaba en la contradicción de que, aun sabiendo como iba de terminar mal todo, accedía a acercarse mas a el.
Se colocó el vestido junto con unas altas botas acordonadas, se ató el pelo en una coleta y no su usual rodete de trenzas y salió del vestidor con una cara de apatía.
-Me llevo esto.- Pasó rápido al lado de Lancer y pagó su parte.
-Oye, déjame verte mejor.
Podría jurar que notó un sonrojo en el rey. Increíble.
-¿Listo?- Preguntó notando que el caballero la miraba mas de lo necesario.
-Eh, si, si.
Salieron del local.
-Ahora dejémonos de juegos y vamos por ese caballo.
-De acuerdo.- Dijo sintiéndose lo suficientemente complacido de verla mas femenina y radiante. Era una hermosa mujer.
Pasearon en silencio, pero el lancero no pudo evitar notar como la mirada de mujeres y hombres se centraban en ambos, quienes vestidos elegantemente para lo que era ese entonces y cargando con sacos de compras y oro, llamaban demasiado la atención.
Por su parte Arturia ignoraba monumentalmente a todos y estrujaba con ambas manos en cada costado, la falda del pulcro vestido. Sintiéndose avergonzada.
¿Como un rey iba a vestirse asi?
Llegaron al campo. Después de mucha insistencia de Arturia por comprar un caballo de raza Frizón porque se había encaprichado con su velocidad pero el dueño no quería vender eso, consiguió adquirirlo.
-Eres una belleza.
-No caeré en eso dos veces.- Refunfuñó el caballero, mientras veía a la rubia acariciar la crin del caballo con la mano que poseía el anillo regalado por el.
Sonrió y partieron del pueblo, diciéndole internamente un gran adiós y gracias por haberlos distraído aunque sea un poco de problemas, huidas y reyes.
Subieron a sus respectivos caballos. Al menos la cercanía corporal del viaje se había ido, pensó la reina.
Así cabalgaron lo suficiente como para decidir comenzar a acampar, les quedarían dos días mas hasta llegar a Gran Bretaña, y con el oro que tenían podrían sobrevivir cuatro para la comida, así que todo marchaba muy bien dentro de todo lo desfavorable de esa situación.
-Es una lastima que no rentemos una habitación en algún pueblo.
-Si nos llegan a atrapar allí y lucháramos involucraríamos a los pueblerinos, y la huida seria mas difícil que aquí que es campo abierto y tenemos los caballos a mano.
-Lo sé.- Suspiró y extendió las mantas para dormir.
Arturia extendió las suyas, luego se acostaron ambos y agradecieron que solo halla una leve brisa.
-Hasta mañana Diarmuid, y gracias nuevamente.
-Hasta pronto, Arturia.- Bostezó y ambos cerraron los ojos.
Así es como empezaba el tercer día de supervivencia entre el Primer Caballero de Fianna y el Rey de Gran Bretaña.
Despertaron con el saludo habitual de buenos días, sin desayunar ya que no era esa una opción y lo único que respetaban era almuerzo y de vez en cuando cena. Comenzaron a partir rumbo hacia donde Arturia dictaba guiándose con el mapa.
Estaban atravesando el inmenso bosque mientras un olor nauseabundo invadía el olfato de ambos.
-¿Necesitamos un baño o este bosque huele así?- Preguntó a modo de broma el primer caballero.
El Rey de Caballeros sonrió forzadamente y miró entre los árboles que se cruzaban en el camino, como los animales se iban yendo del lugar.
-Mira, Arturia.
El olor horrible y su mal presagio no la hicieron responder.
-Un pequeño arrollo.
Observó hacia donde lo hacia su compañero. Galopó mas fuerte y llegó hasta el agua.
-Diarmuid, vete a pasear por ahí, voy a ducharme.
La miró inmóvil mientras la mujer se quitaba el calzado.
-¿Y bien?- Insinuó para que se valla.
-Aah, si, vuelvo en treinta minutos.
-Bien.
Salió del "lugar", mas o menos a varios metros de aquel arroyo algo confundido, no sabia si por el olor que aun persistía en el ambiente o por tener a su compañera, reina de Gran Bretaña desnuda en un arroyo.
-Basta, soy un caballero.- Suspiró y caminando al lado del caballo tomado por las riendas divisó la belleza visual que le ofrecía aquel bosque apartado de los demás pueblos.
Por su lado, la rubia refregaba su piel con algunos objetos de limpieza personal que compró en aquel local variado del día de ayer.
Escuchó unos débiles sonidos de entre los arbustos.
¿Diarmuid?, no, confiaba ciegamente en el, en que no la espiaría. Decidió dejar la relajación provocada por quedarse en el agua de lado y salió rápido, como el viento en unos minutos ya estaba vestida. Se había puesto el vestido de siempre, con la armadura, algo le susurraba que sea precavida, y dejó el vestido que compraron en el pueblo guardado. Fue hacia la fuente del sonido extraño, solo habia un pequeño agujero en la tierra.
-Que extraño.- Se cruzó de brazos.
Recorrió un poco el largo del arroyo, pasando los minutos restantes para que se cumpliera el plazo de media hora en la que ella se bañara y Diarmuid regrese.
-Mejor vuelvo por mi camino, siento que estar cada uno por su lado no es conveniente.
Guiada por su instinto de nacimiento e intuición primitiva caminó de regreso, escuchó algo arrastrarse por su costado, como si se ocultara de árbol en árbol.
Corrió hasta allí, no había nada, ese sonido seguía arrastrándose hacia adelante. Corrió tanto como pudo para llegar a alcanzarlo.
-Bueno, mi turno.- El caballero se despojó de sus prendas y entró hasta que el agua apenas le cubrió la cintura.
Siguió corriendo, hasta que sus pies con la armadura frenaron y se clavaron sobre la tierra húmeda por la cercanía al agua. Su cuerpo se tensó y su respiración se hizo mas pesada. Abrió un poco esos ojos esmeralda que poseía y sin querer admitirlo, adquirió un leve sonrojo en sus mejillas. Lo supo por el calor que comenzó a sentir a pesar de la brisa y su cabello recién mojado.
No es como si no hubiese visto a un hombre en su vida, pero nunca uno con el torso al desnudo y el agua apenas desdibujando las lineas desde la cintura para abajo. Sintió la imperiosa necesidad de dar pasos atrás, pero su cuerpo no accionó, solo una mano tapaba su rostro avergonzado.
El caballero de Fianna se sumergió en el agua, para luego salir a la superficie y mirar alrededor para recrear su vista, y allí estaba, la rubia observándolo fijamente. El verde clavado sobre su piel, grabado a fuego.
-Me pregunto cuanto tiempo te quedarás mirándome.- Pronunció en voz alta para que se lo entendiera.
-¿Q-que?
-¿Me oyes?
No seguiría hablando para solo tartamudear, hizo una seña con la mano de disculpa y a paso rápido se dirigió hacia los arboles del bosque, internándose en el. Cuando recién creyó que ya no era visible desde el arroyo inició a correr, hasta que la imagen mental de un hombre musculoso y mojado, como si hubiese sido dotado por la belleza de los dioses, se le fue de la memoria.
Aunque no era así, sabia que solo se le había ido temporalmente.
Otro sonido.
-¿Quien está ahí?- Dio vueltas sobre si misma, girando la cabeza en muchas direcciones para intentar dilucidar que es lo que estaba escuchando hace ya casi una hora.
-¡Oh, mi Juana!
Abrió los ojos ante esa voz.
-¿Donde estas?
Una serie de plantas se movían como enredaderas hacia sus pies, invocó a su Excalibur para ir alejándolas.
-Lo sabia, siempre lo supe, el Santo Grial estuvo y está cumpliendo mis deseos.
-Caster ¡Aparece!- Mas plantas se acercaban.
-¿Tanto así deseas mi presencia, Juana? , oh Juana, si supieras cuanto he esperado por ti, cuanto he necesitado pecar contigo ¡Juana!
-¡No se quien es Juana!- Vociferó con algo de rencor el rey. -¡AH!
Una rama la tomó del tobillo y la alzó en los aires, miró fijamente el objeto de su prisión, se iba convirtiendo en carne putrefacta que la aprisionaba cada vez mas, y en cantidad, otras ramas con hojas se acercaban tomando un intenso color rojo. Sus ojos parecían ser como los tentáculos de un pulpo, con pequeñas protuberancias rosadas que parecían carne viva.
-Ya veo porque el olor ¡Suéltame Caster!
-¿Y que harás si te suelto?- El nombrado apareció por entre dos arboles que producían gran sombra.
Abrazaba feliz el libro hallado entre sus manos, sonreía y se acercaba mientras otra rama la tomaba de aquel brazo que manipulaba su sagrada Excalibur.
-Vamos, dime amada Juana ¿Que harás? ¿Vendrás conmigo? ¡Cumpliremos nuestro sueño! ¡Estaremos juntos por toda la eternidad!
Una lanza casi le rozó el cuello a una velocidad increíble que hizo danzar sus cabellos rubios en el aire, hasta dar con su muñeca y cortar aquellas plantas o monstruos que la apresaban. Quedó petrificada unos segundos, pensando en la precisión de aquella roja lanza.
-¡Ja! ¿Quien querría a alguien tan deplorable como tu para pasar el resto de la eternidad? ¡Saber!
La rubia cortó la otra atadura en su tobillo y cayendo en el suelo de pie fue hacia la espalda de Lancer.
-Esta escena me resulta conocida.- Susurró el rey.
-A por el.
Le sonrió a su compañero y supo, que esta nueva lucha los retrasaría de Gran Bretaña.
AUTORA: MigLi-Chan
Bueno...Esta historia será corta como ya dije, así que si sienten las cosas apresuradas es porque resumo, iba a ser un two-shot pero bueno, decidí dividir la historia en cinco capítulos mas o menos...Respecto al siguiente capitulo...No esperen una buena narración de lucha, porque en eso soy pésima! jaja, gracias por leerme, enserio.
¿Revs?
