Antes que nada gracias por darle al clik y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.

CRÉDITOS: Fate/Zero y sus personajes no me pertenecen

NOTA: No es que me crea gran cosa pero se de casos en los que te plagian el fic, así que agradecería que no lo atribuyan como suyo y si lo usan me den crédito, muchas gracias...Mi saludos y disfruten.


No supo cuanto tiempo pasó luchando contra esas cosas horrorosas, carentes de sentido estético y funcional. En fin, carentes de sentido total.

Miró a su compañero de armas, el fiel lancero. Notó en la mirada del contrario la determinación necesaria para seguir luchando. Respiró agitada y corrió hacia su enemigo, mientras mas de esas plantas monstruosas se arremolinaban a su alrededor de manera persistente. Algunas de ellas eran destrozadas por alguna que otra lanza, pero aun así no daban a basto con la gran cantidad de enemigos solo para dos personas.

El numero de objetivos a cortar iba en crecimiento.

-¡Diarmuid!- Gritó el rey yendo a cortar otra de esas criaturas que estaban a punto de aprisionarlo.

-Te debo una.- Decía un agotado caballero a medida que usaba su lanza para sostenerse en pie.

Pronto ella también debería recurrir a su Excalibur, no para cortar, si no para mantenerse en pie al igual que el. Clavó el filo dorado sobre la tierra y sus manos en la empuñadura resistían todo el peso de su cuerpo agotado.

-Ya basta, Caster, así no lograrás nada.

Miró al receptor de aquellas palabras, tan campante y triunfal, sin una gota de sudor y con todas sus mascotas intentando atacar de manera intermitente.

Luego de su intento de descanso, dio varios saltos a lo alto, trepó a un árbol y continuo esperando una respuesta por parte del ser que atacaba son mover un dedo y había entrado desde hacia mucho en un estado de locura que no lograba comprender.

-¡Juana! ¡Ya he logrado verte nuevamente!, ahora toca llevarte conmigo, hacia nuestra utopía.

La rubia lo miró casi agotada, no era como una lucha contra Diarmud, de un uno versus uno, en esta ocasión nada agradable habían cientos de extraños bichos o plantas atacando. Tuvo que usar la mayoría de su energía para acabar con todos y que estos o nuevos reaparecieran poblando todo el lugar.

De repente, como quien se distrae en un dia normal, se puso a pensar sobre la palabra "Utopía", una palabra tan dulce y atrayente...Tan inalcanzable, por eso se llamaba utopía ¿No?, si alguien llegara a lograrla, sencillamente estaría en el mismísimo Edén. Cerró momentáneamente los ojos, una Gran Bretaña feliz, libre de guerras, con ciudadanos desarrollando su vida normalmente y ella reinando con calma se le vino a la cabeza. Era una buena visión de sus sueños.

-¿Utopia? ¡Ja!, esas son solo ideas tuyas, ¿No notas la diferencia? ella es Arturia.- Aseguraba clavando su lanza y haciendo salpicar sangre a montones.

Fue sacada de su ensoñación ante las palabras del hombre que había estado ayudándola hace días y supo que no había tiempo de pensar y estar mucho mas en ese árbol. Saltó y dio su último de energía, cortando todo lo que se cruzara, se abrió paso por entre los obstáculos hasta estar a solo un metro de Caster.

-Bienvenida, Juana.- Susurraba con felicidad el ex servant.

La reina solo pudo escuchar su frase y ser inmediatamente impulsada hacia el por una de esas plantas que se situaba detrás suyo. Quiso frenar por los pies pero el arrastre la llevó literalmente a los brazos del enemigo.

Sintió el abrazo de la locura en cuestión de segundos, mientras el lancero gritaba su nombre intentando deshacerse sin éxito de los demás obstáculos y llegar hasta ella. Pero resultaba imposible.

Se removió de entre ese frío intento de humano y alzó la cabeza, viéndolo desde abajo por cuestiones de estatura. Aquel hombre la miraba hasta con cierto amor, pero en el fondo de esa mirada había un desvíe, parecía como si estuviera en una tristeza absoluta. Todas las miradas tienen un poco de fe, después de todo son la ventana al alma. Pero aquella mirada solo reflejaba desesperación.

-Suéltame, ahora.

Le sonrió y besó su frente, nunca antes había logrado tanto aquello que se proponía. La expresión de asco y negación se hizo presente en el Rey de Caballeros ante la acción. Miró hacia atrás, donde Diarmuid continuaba eufórico en la lucha y donde un extraño tallo comenzaba a emerger de la tierra.

-¿Que es eso?, suéltame.

No le respondía, solo citaba palabras en alemán. Un conjuro. Se removió con las fuerzas nulas que le quedaban, tendría que rendir ese veinte por ciento que se estaba guardando de energía para safarse del agarre antes que atacarlo.

-¡Strike Air!

Intentó confundirlo con el fuerte viento, pero este, ni se inmutó, mientras el tallo crecía en una flor con un singular pétalo en forma de punta. Emergía de la tierra a una velocidad alarmante y aquel pétalo parecía ser de algún duro material en vez de la suavidad de una flor.

-¡Arturia!- Lancer ya se dirigía hacia esa extraña flor para apuñalarla, era incluso mas alta que todos los allí presentes, curvándose hacia la mujer y el hombre que la abrazaba.

-Oh, Juana, esta vez no iremos a Francia, ni a Japón, o alguna otra guerra...Nosotros ya no precisamos el grial ¿Estas feliz?- Le sonrió ampliamente y la tomaba mas entre sus brazos, inmovilizándola como en una batalla cuerpo a cuerpo.

-No me interesa a donde iremos, me soltarás ahora mismo.- Forcejeó liberando el brazo que poseia su Excalibur y se la clavó en un pie, no pudo atravesárselo, pero al menos había echo un avance.

O eso creyó, el hombre solo gritó un tanto de dolor y en vez de soltarla se aferró mas a ella.

-¡Vete de ahi Arturia!- Diarmuid corrió y usando su lanza cortó en dos una espora enorme que arrojó la flor en dirección a Caster y Arturia. De haber continuado habría atravesado a ambos.

-¡Presta atención!- Gritó agotado y enfadado el primer caballero.

Ella solo miró y aprovechó la distracción de Caster quien observaba a Lancer para con su Excalibur atravesar aquel libro de conjuros.

Solo logró que otra molesta flor se interpusiera y la salpique de sangre, impidiéndole alcanzar aquel libro.

Se alejó junto con Diarmuid a una distancia prudencial.

-¿Se puede saber en que pensabas?, eso los habría matado a ambos.- El morocho no pudo creer la imprudencia del propio Caster.

-Solo...- A punto de llorar. -Quería llevarnos a Juana y a mi a la eternidad y Eden de la muerte misma, regocijarnos en el descanso infinito.

-¿Un asesinato y suicidio?- La rubia se quedó helada, definitivamente ese hombre estaba loco.

En todas las guerras que vivió, ya sabia la historia de Romeo y Julieta, al parecer ese ser desquiciado queria algo similar, pero de una forma mucho mas caótica, y sin decoro, ya que ella no lo amaba, no era Juana y por sobre todo, en vez de usar veneno iba a usar una espora enorme de belleza nula.

-Basta, terminemos con esto.- Decidido, Diarmuid se puso en posición de ataque.

-Que planeas...- Susurró la reina a su oído mientras observaba la determinación en esos ojos atrayentes.

-Deberás usar tu excalibur del todo.

-¿De que hablas?, hay un pueblo aquí cerca ¿Crees que no la hubiese usado ya?

No iba a arriesgar a nadie, la anterior guerra se le encomendó romper el Santo Grial, supuso enseguida que la magnitud de su poder había destrozado todo a su alrededor. La culpa de solo una suposición casi cien por ciento acertada surcó sus facciones.

-Esta bien, no tengo otra opción.- Susurró viendo el afligido rostro de la reina.

-¿De que ha-

De repente, se sintió alzada en los fuertes brazos del caballero y siendo llevada a gran velocidad hacia el lado contrario a Caster. Ya era la segunda vez que eso sucedía, primero cuando fue despertada luego de un mes en ese nuevo mundo, y ahora. Su expresión se tornó a una de molestia ya que ahora fue cargada de esos brazos hacia su hombro, mientras miraba el paisaje que se alejaba y cuando bajaba la mirada solo divisaba el suelo y la fuerte espada de Diarmuid.

-¿Acaso huiremos? ¿Que clase de caballero eres?, bájame, bájame que al menos yo si lucharé.

Se sentía humillada, y desilusionada de que Diarmuid decidiera tal acto de cobardía. No podía creerlo, la indignación le hizo pensar en cortarlo con la Excalibur y terminar con el deshonor que empezaba a creer que había adquirido el hombre que ahora estaba llevándola aun mas rápido.

-¡Si quieres a tu Juana atrapame primero, Gil!- Comenzó a correr mas rápido a medida que se deshacía de los obstáculos como cuando fue a rescatar a Arturia.

Ya no sabia cuantos suspiros se había guardado, pero definitivamente agregaría uno mas a su lista luego de notar las intenciones de Diarmuid.

-Tendrás que irte demasiado lejos para que mi poder no destruya ese pueblo.

El alivio que sintió era indescriptible.

-Déjamelo a mi.- Le guiñó el ojo casualmente, notando que la fémina desviaba la mirada y se removía inconscientemente incomoda en su brazo y hombro. Ya que con la mano que tenia vacía manejaba triunfal y orgulloso la lanza que tantas victorias le había otorgado, y que en tantas malas ocasiones lo había acompañado.

-Oye, que puedo correr a tu lado.

-Eso no genera la misma impresión, así parece como si te raptara, el querrá venir luego de ver que con estas plantas no puede lograr nada. Mejor sigue resistiéndote y negándote.

Continuó corriendo, intentando mantener la misma velocidad en todo momento, pero no era muy fácil cuando además se sumaba el tener que apuñalar a toda cosa que se cruce y estar atento a todas las direcciones.

-Puedo ayudarte...- Insistía en tono de preocupación el rey al notar el sudor surcar el cuello de su compañero.

-No, no muevas tu espada, reserva energía, y-yo continuaré...

-¡Maldito seaaas! ¡Devuélveme a mi Juana!- Gritó desde la lejanía y comenzó a correr para luego ser llevado por unas rápidas criaturas echas de diversas hojas.

-¡Ya nos sigue!- Exclamó alentadora.

Para ser sincera nunca creyó que un plan tan simple funcionara.

-¡Que lento eres! ¡Que poco deseas a Juana!

-¡Juaaaanaaaaa!

Ya habían corrido lo suficiente, el caballero dejó a su "paquete de envío", suavemente en el suelo para luego intentar no desplomarse en el suelo. Hacia mucho, desde sus luchas como caballero, que no corría tantos kilómetros. Ella miró con aprobación, esa distancia era la correcta, el trabajo en equipo daba sus frutos, aunque no era en equipo cuando el único que corrió fue Diarmuid. Ahora le tocaba su parte de la labor.

-Arturia, te lo encargo.

Asintió con la cabeza y empuñó su espada hacia lo alto, elevándose hacia los cielos.

Atento a el ritual sagrado, Diarmuid miraba alucinado el brillo de todos los sueños elevarse. Sintió la tristeza y melancolía en cada fibra de su ser. Mirar eso tan cerca, la manera sublime en que el rey hacia esa acción, era una mezcla que hacia temblar su alma, lo sagrado se hacia presente al instante. La anterior vez lo había visto desde muy lejos.

-Ex...

-¡Juana!- Corrió hacia la rubia, con un rostro de desesperación y tristeza, no quería ese final, no quería irse solo.

-¡Calibaaaaaaaaaaaaaar!- Sacudió su espada hacia abajo, y un haz enorme de luz azotó todo el bosque en microsegundos.

El rayo, sagrado entre el pastizal, enceguecía a todos los presentes , al primer caballero solo le quedó sonreír, ante un poder tan noble que le movía en júbilo el corazón. Los sueños de los caídos, los ideales de la portadora de aquella espada, y los mas cálidos sentimientos lo rozaban en forma de una imponente luz.

-¡Juana! ¡Juanaaaa!- Extendió sus manos, como aquella vez.

Muy en el fondo lo sabia, que sus lamentos perdurarían, que solo en su propio final ante un brillo tan sagrado, la vería devuelta.

Quizás solo morir en manos de aquella rubia mujer que se asemejaba a el objeto de su devoción, era lo que buscaba en un comienzo. Cerró los ojos y se dejó llevar, por una inmensa melancolía.

-...Juana...- Murmuró suavemente.

-Gil...Despierta...- Una cálida voz lo reconfortó.

Abrió los ojos enseguida. La cúpula de la iglesia se hizo presente.

¡Parecía tan real!

Una luz, similar a la que hacia minutos lo había fulminado en polvo se colaba por entre la rendija de las enormes puertas de madera.

-¿Juana?- Mas hacia el costado de aquel techo estaba el rostro del bello ángel que siempre veneró.

-Estoy aquí...Contigo.

-¿Es un sueño?

-No, este es tu deseo.

Parpadeó, mientras la hermosa mujer acariciaba su mejilla suavemente.

-Puedes quedarte conmigo, haciendo el bien, prometo estar a tu lado, si abandonas al pecado.- Sonrió, era como la sonrisa de una virgen personificada.

Ah...Debería ser un sueño.

Extendió su mano hacia arriba, hasta su mejilla, devolviendole la suave caricia. Se llevó una enorme sorpresa al ver su propia mano tan joven, pulcra y natural. Decidió no darle importancia, su imagen no valía mas que la sensación de esa sacrosanta piel que inundaba su tacto. Se inundó de paz y respiró profundamente. Movió su cabeza hasta el vientre de Juana, su Juana. Estaba acostado sobre su regazo, como una imagen divina recibiendo a su creación.

-Haré lo que me digas Juana, soy tuyo...Juana.

-Bienvenido al paraíso.- Le susurró suavemente.

Sonrió, radiante ante la oportunidad que le ofrecía la muerte, o quizás seguía vivo y había perdido su cordura aun mas, hacia una nueva fase. Miró hacia un costado y pudo divisar una funda dorada, con detalles en azul, igualándose bastante a su parecer en santidad como su amada Juana. Un aura celestial rodeaba aquel objeto. No pudo evitar recordar a esa joven de ojos esmeralda...A esa espada con los mismos colores que esa funda.

-...Gracias, Arturia...- Una lágrima rodó de sus ojos, la cual fue secada por las gentiles manos de la mujer que compartiría con el, el resto de su estadía en el paraíso.

-¿Crees que murió?- Preguntó el primer caballero.

-...- No respondió, sintió de repente una satisfacción interna.

-¿Arturia?

-Creo que...Murió con una gran sonrisa.

El caballero la miró sin entender a que se refería, solo pudo contemplar los labios curvados de la rubia quien, parecía en una completa paz mientras el quemado bosque expedía el humo de lo que antes fueron llamas carbonizando todo a su paso. Era un hermoso retrato, el retrato de la calma en persona y aunque ya no veía el brillo sagrado en el ambiente, este se reflejaba en ese rostro bello.

-Vámonos...

-Oh, tener que ir todo el camino devuelta, oye ¿Crees que los caballos se encuentren bien?- Dejó de pensar en esa imagen casi divina que proporcionaba la rubia.

-Si, nos alejamos lo suficiente e intenté controlar el radio de distancia.

Respiró aliviado y avanzaron, unos largos kilómetros llenos de paisaje muerto por su mas que reciente lucha. Ambos habían echo un buen equipo, y aunque se sintió mal por tener que matar a alguien, sintió un peso quitado de encima, aparte de que cumplió con el deber de quitarle a ese nuevo mundo -para el- una amenaza inminente como lo era Caster.

-Oye, Arturia...- Su voz se volvió un tanto mas grave.

-Dime.

-¿Crees que la gente como el merece una segunda oportunidad?- La miró intrigado.

-Claro, pero no somos nosotros los que debamos darla.

¿A que se refería?, se sentía cansado, así que decidió no indagar mas sobre el tema. Aunque que ella diga que todos merecían una segunda oportunidad le daba a entender que sin excepciones Gilgamesh también participaba de esa regla.

Mejor decidió no nombrar a ese hombre en sus pensamientos, por si las dudas de que atraiga a la mala suerte. Ya en si era bastante mal escenario caminar por un lugar sin vida y cansado de tanto correr antes. Los caballos relinchaban nerviosos e intentaban galopar hacia cualquier lugar. El ruido de aquella Excalibur se había echo oír hasta allí y definitivamente los había asustado.

-Tranquilos...- Acarició sus cabezas y apoyó la frente contra la trompa de su caballo.

Al instante, el caballo logró calmarse y lo montó. El de Diarmuid aun seguía nervioso, así que cuando este se subió a el, relinchó y elevando sus patas delanteras lo tiró hacia atrás en cuestión de segundos. Sintió el impacto y sobándose la cabeza miró hacia arriba, a una Arturia riendo levemente.

-¿Soy entretenido acaso?

-Mucho.- Riendo en un intento de disimulo amagó bajarse del caballo a ayudarlo.

-Deja, no hay problema.- Se levantó y ambos continuaron su rumbo. Por descansar mas de la cuenta en algún que otro pueblo, tardaron mas de lo previsto. Entre días acampando como podían bajo la lluvia y el barro bajo sus cuerpos, días en los que debían racionalizar la comida, días en los que carteles en tinta con sus retratos mal echo ya surcaban muchos lugares y días en las que hablaban de momentos de sus vidas o simplemente compartían agradables silencios para nada incómodos y del todo gratos, llegaron a Gran Bretaña. Aquel limite que habían ansiado cruzar desde ya mucho tiempo. Ese que al fin habían logrado atravesar. Arturia, a pesar de haberse duchado en muchos ríos, lucía algo desganada, pero una sonrisa de contento se hizo presente cuando su pueblo la escoltaba en una enorme fila y hacían una reverencia con mucho respeto. Sonrisas de alegría y muchos gritos de victoria porque su rey había vuelto, inundaban sus oídos como la mejor melodía que podría oír. Por otro lado se oían suavemente algunos pueblerinos preguntar quien era el hombre, hermoso, que humildemente y sin intentar llamar la atención, iba a su lado. Las mujeres allí presentes lo apuñalaban con miradas de deseo mientras contrariadas aclamaban larga vida al Rey Arturo y su reinado.

-¿Será un prometido?

-¿Un nuevo caballero de la Mesa Redonda?

-¿Un prisionero?

Ambos ignoraron las preguntas que en sus astutos oídos se presentaban entre algunos habitantes. Diarmuid vió a Arturia, la miró a los ojos, unos ojos esmeralda que no sabían donde mirar, esos ojos solo decían que querían ver a cada persona y no olvidarla, miró sus manos, unas manos que temblaban en las riendas con nerviosismo, o quizá demasiada alegría. Toda la gloria estaba allí presente, con todas esas personas admirando a su rey, esto solo lo hizo pensar lo sensacional que era Pendragon, que ella definitivamente merecía el cargo que llevaba sobre sus espaldas. El desfile del rey volviendo victorioso con un hombre misterioso, duró demasiado, siendo escoltados por todos hacia el castillo majestuoso que se habría ante sus ojos. Era un enorme monstruo de piedra, con los muros y detrás, en la colina el castillo, digno de Arturia, digno de estar en Gran Bretaña. Se abrió la enorme puerta de madera que albergaba el muro el cual separaba a la gente del castillo, dejando ver un enorme y frondoso jardín que hacia pensar que uno se hallaba en el cielo. Avanzaron mucho trayecto mas, ya que el jardín era enorme, y unos hombres se acercaron corriendo cuando llegaron a la ultima puerta que era la del mismísimo castillo.

-Mi rey ¡Es una alegría que halla regresado!

La rubia asintió con la cabeza y estrechó firmemente la mano de cada hombre luego de bajarse del caballo.

-Quiero que cuiden bien ambos caballos, los conservaré.

Tal y como había dicho en aquel entonces, decidió quedarse con los caballos. Diarmuid sonrió recordando como hacia una semana pensó que quería conservarlo a el. Todos se pusieron en fila haciendo un camino hasta la entrada, alzando sus espadas en símbolo de respeto. Ambos avanzaron y los plebeyos, vestidos como príncipes abrieron las puertas. El lujo allí adentro era indescriptible, no era todo dorado como con Gilgamesh, pero las paredes forradas majestuosamente, los muebles caros y demás cosas finas impactaban su vista de primera instancia.

-Descansaremos ahora Diarmuid, después iremos a la segunda fase del plan.

-¿Cual es?

Fueron subiendo las enormes escaleras, una puerta enmarcada en oro se abalanzaba y llamaba la atención. Unas criadas aparecieron con toallas, ropas nuevas y demás productos, mientras dos hombres nuevos abrían la puerta.

-Bienvenida a sus aposentos.- Hicieron una reverencia, mientras se veía que las mujeres se controlaban con dificultad de abalanzarse sobre el Primer Caballero de Fianna.

El morocho no supo si entrar, hasta que Arturia hizo un pequeño gesto el cual le confirmó que pasara. Todos los criados quedaron sorprendidos ante esa acción: Nunca antes había entrado alguien a la habitación del rey, y mucho menos un hombre. Las mujeres morían de envidia, y por que no, los hombres también. Las mujeres pasaron tras de ellos y dejaron todo sobre una cómoda de noble roble que estaba en una esquina de ese cuarto fácilmente confundible con una casa aparte de lo enorme que era.

-Pueden retirarse, y gracias.- Asintió con la cabeza y vió a todos hacer una reverencia para luego cerrar la puerta y escuchar sus pasos irse.

-Vas a robarme a mis plebeyas, Diarmuid.- Lo miró.

-No lo creo, son educadas y se contuvieron bien.

-Por ahora, tus encantos deben ser muy fuertes.- La rubia recorrió su cuarto lentamente.

Miró sus cosas, tal cual las había dejado, abrió el closet, donde cientos de vestidos elegantes y hermosos que nunca había usado dejaban la impresión de que ella era alguien coqueta y femenina. Una total mentira. Después comenzó a quitarse la armadura y tirarla fuerte y literalmente contra el suelo.

-Así es el descanso del rey, eh.- Incómodo ante la escena se quedó parado en medio de tanto lujo.

-Diarmuid.

-¿Si?

-Puedes hacer lo que quieras aquí, toma asiento, o algo.

-Ensuciaré todo.

-Vamos...- Tomó unas copas de cristal y una botella de ron, mientras se acercaba al caballero de lanzas lentamente, descalza y solo con su vestido azul, se soltó el cabello y empujó a Diarmuid hacia la cama.

El morocho solo calló sentado y sorprendido, la vió tan natural sentarse a su lado. Sintió calor subir por su cuerpo de solo pensar que no solo estaba en la habitación de un rey, si no en su cama, y que no era un rey cualquiera, era una reina, una reina de casi su estatura, con un fino cuerpo, ofreciéndole ron en una copa.

-¿Que planeas?- Preguntó nervioso. De repente notó que eso no era propio de el, y que ese comportamiento quizás tampoco era propio de ella.

-Celebrar, soy un rey y cosas como el ron no me afectan, este será como un ritual de camaradería ¿Porque estas nervioso?- Ladeó la cabeza con ingenuidad y mientras el hombre a su costado tomaba la copa entre sus manos, ella ya estaba absorbiendo el liquido.

-Es que...Toda Gran Bretaña puede malinterpretar esto.

Incluso el lo malinterpretó en un momento sintiendo una mínima esperanza de algo que nunca iba a suceder. Ya haber llegado a esas instancias con la reina era casi como un extraño sueño. El era un hombre, que hasta ahora había creído, pertenecía a solo una mujer, desde hace milenios. Vio a la rubia y lo supo, había una atracción demasiado grande, era como si ella ahora hiciera uso de sus poderes, como si le hubiese robado el don de seducción y se lo hubiese quedado.

Suspiró.

-¿De que forma?- Se sirvió mas ron.

-Ya no importa.- Le sonrió ampliamente y tomó de aquella bebida.

Ambos guardaron silencio un breve momento.

-Perdón por haberte visto desnudo, Diarmuid.

El morocho se atragantó con la bebida y casi la escupe sobre las carísimas sabanas aterciopeladas del rey. Intentó no adquirir el tono rojo de esa tela debajo suyo y la miró fijamente.

-¿Ahora tienes que decir eso?

-Te noto extraño.- Acusadora lo miró a los ojos también.

-Y a ti te noto muy tranquila.

La notó sonreír.

-¿Porque llevas tanta calma desde la pelea con Castel?

Otro breve silencio.

-¿Conoces la historia de la funda de mi espada?- Una dulce mirada surcó los verdes pozos de la rubia.

El se quedó contemplándola un tiempo. -Si.

-Bueno, creo que esto es toda obra de mi funda, al momento de destruir el Santo Grial yo...Recordé.

Asintió con la cabeza, para que la mujer continuara su relato.

-Recordé lo que sucedió, lloré, porque no quería que todo terminara así..."Si todos pudieran ser felices sin tener que hacer tanto daño...", eso fue lo que pensé, antes de que el fuego sagrado de mi propia espada, quemando en forma de luz, me atravesara a mi también.

Como quien diría, masticó la situación, y lo que había acabado de oír.

-¿Dices que todo es tu deseo, concedido por tu funda?

-Si, por Avalon, se encargó de darnos una oportunidad donde ser felices, lo comprendí cuando tuve una visión al lanzar mi poder contra Caster.- Tomó otro sorbo largo de ron. -El había alcanzado la utopía que tanto buscaba a través de la muerte, el llegó hasta donde estaba Juana y fue perdonado.

-Entonces...

-No, nosotros no debemos morir para lograr lo mismo, somos un caso diferente, por eso estamos aquí, y por eso la siguiente fase del plan.

Tomó la botella de ron y ante la mirada del rey se sirvió mas.

-Dime.

-El plan es cumplir nuestras metas, alcanzar esa utopía, por eso yo debo reinar mejor, debo decirle a este pueblo la lucha que se librará contra Gilgamesh, debo hablar con Lancelot, con la Mesa Redonda, ser un mejor rey.

-Entiendo.- Se sintió sin ganas de hablar, prefirió seguir bebiendo para digerir todo lo que acababa de oír.

-Y luego...Nuestra lucha.

Se miraron fijamente, no había seguridad en ninguna de esas miradas. No había indicios de realmente querer luchar, pero ninguno dijo nada, el honor, el honor es lo único que resaltaba en ese ambiente de silencio que se dio abruptamente. Diarmuid se acercó hasta la rubia lentamente, ella no se apartó, con la copa en la mano lo seguía viendo acercarse. La tuvo a solo unos centímetros, mientras escuchaba la respiración desincronizada de la contraria, unos labios rosados, y posiblemente nunca antes besados, se hicieron apetecibles al instante. Quería rozar la Excalibur, a Avalon, a la pureza, decisión y honor que tenia enfrente. A esa mujer portadora de ideales, portadora de su admiración.

El rey se estremeció ante lo evidente, ante esa mirada cargada de deseo y irremediablemente comparó, no era lo mismo que con aquel hombre en el prostíbulo. No le alcanzaba ni la suela del zapato a Diarmuid. Ignoró totalmente el lunar, su belleza, y se puso a pensar en la gran persona detrás de esa hermosa máscara que envejecería con el paso inalterable del tiempo, si es que dejaba de ser un servant y seguía viviendo en este nuevo plano. Tragó saliva con gusto a ron.

-¿Diarmuid?- Rompió el silencio.

-Lo lamento mucho.- Susurró con su aliento a alcohol y ciertos tintes dulces.

¿Porque? ¿Porque se disculpaba?, después de todo ni ella misma lo estaba rechazando, era ingenua, pero no tanto para no saber lo que el morocho se proponía. No pasaría mas que un roce de labios, no era una doncella que se asustaría de un primer beso con consentimiento, no era algo en contra de sus deseos. Era un rey y uno que sabia lo que quería. Tomó coraje, porque en cuestiones desconocidas ella sentía hasta cierto temor. Se acercó un centímetro mas hacia el, dejando en claro sus intenciones. El ron no había echo efecto, esos deseos ocultos ya estaban desde antes.

Lo entendió, y unió sus labios a la rubia frente suyo. Acercó suavemente la mano hasta su cabello, era tan suave. Los labios solo se aprisionaron unos a otros, era un suave y casto beso. La pureza que desprendía la mujer ahora poseedora de toda su atención, era irresistible. Su olor peculiar y natural a algo que todavía no identificaba, lo atraía aun mas, pero no avanzaría mas que eso, definitivamente no. Notó que ella no se apartó, abrió los ojos para ver su expresión, era como un rostro dormido saboreando curioso y con cierto temor lo desconocido. Sus rubias pestañas sellando la ventana de su alma, para solo sentirlo a el. Se apartó suavemente, y de igual manera se levantó de aquella cama. Había besado al rey de Gran Bretaña, ni mas ni menos. Lo había echo cuando creyó que nunca sentiría las ganas de besar a ninguna otra mujer desde aquel fatídico momento.

La miró, con la copa en la mano, con sus pies descalzos colgando de la enorme cama, con su pálida piel, y sus ojos mirándolo hasta con cierto dolor que no comprendía.

-Hasta luego, Diarmuid.

Le sonrió desganado, luchas, guerras llenas de sangre se acercaban, sangre iba a manchar su piel, ese vestido, esa armadura tirada en el suelo. Incluso alguno de los dos podría desaparecer antes de su lucha en nombre del honor. Ahora entendía esa mirada verde. Abrió la puerta y salió de esa habitación, la madera enmarcada en oro ahora lo separaba de la mujer que antes había besado.

Avanzó, a medida que las demás mujeres limpiando lo veían con deseo. Pediría una habitación y al igual que el rey, tomaría una ducha.

La guerra, indirectamente, ya había comenzado.


AUTORA: MigLi-Chan

Bueno, en lo personal, me gustó escribir este capítulo, por Caster mas que nada...Espero que mi decisión del beso y de un final feliz para Gil no les halla molestado.

Y por si se preguntan "¿Va a aparecer Gilgamesh?", si, si lo va a hacer, solo hay que esperar.

¿Revs?

Sayo~