Antes que nada gracias por darle al clik y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fanfic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.
CRÉDITOS: Fate/zero y sus personajes no me pertenecen.
NOTA: No es que me crea gran cosa pero se de casos en los que te plagian el fic, así que agradecería que no lo atribuyan como suyo y si lo usan me den crédito, muchas gracias...Mi saludos y disfruten.
Definitivamente los seres humanos no habían sido creados para obtener la gloria.
La gloria había sido creada para llegar hasta él, sola, sin siquiera mover un músculo.
Ni los Dioses podrían frenarlo y el estaba consciente de eso.
El poder fluía por sus venas tan sereno que era una parte mas de si, con la que nació.
Privilegios, reinado...Incluso miles de tesoros estaban a sus pies. Solo una palabra, una silaba, una mirada...Un mínimo gesto de ese hombre ya era la ley, era la supremacía.
Y como todo supremo, estaba ahora rodeado de todo aquello que quería, su hermoso león a los pies, el río corriendo frente a su vista con libertad hasta que él así lo desee. Inclusive podría alardear en cualquier momento sobre un harem de mujeres con exuberantes curvas cubiertas de telas minúsculas rodeando sus cuerpos, meciéndose al ritmo de una melodía magistral, digna del llamado a los santos y al mismo tiempo sugestiva, a tal punto de invitar al mismísimo demonio a bailar un tango. Pero esas vulgares mujeres eran lo que menos le importaban, eran mujerzuelas que no poseían ni debían poseer el lujo de servirle.
Tanto era el lujo que casi parecía ser pecado, pecado tanto poderío en solo dos manos pertenecientes a la misma persona. Era una situación similar a ver miles de monedas echas con oro puro desbordando en enormes cantidades de entre los dedos.
Monedas doradas.
Y así era, todo dorado, porque no había mejor manera de describir a la gloria, poder y supremacía que con el significado del oro y su brillo. Su presencia propia. Si, oro...Oro como esa espada sagrada que incluso rompía las barreras del poder con su santidad. Ese filo que brillaba mas que cualquier otro por todo el sentimiento que este poseía. Ideales, sueños y esperanzas que podrían corromper cualquier metal precioso, cualquier ansia de poder, pues esos mismos conceptos igualaban e incluso superaban a este ultimo.
Y eso poseía la única pieza que le faltaba para sentirse completo, ese caballero de espada noble que podría ser su mayor debilidad y a su vez su mayor fuerza. Era de doble filo, era como rozar los limites de lo impensado, impredecible, bravía.
Como los leones.
Un alma indomable, inquebrantable que le daba vida a su arma. Excalibur no era la extensión de su cuerpo, Excalibur era la mismísima Arturia Pendragon. Y eso precisaba, ese tesoro con nombre de mujer marcado a fuego era la obsesión a cumplir por tanto tiempo, aquel sueño que lo dejaba en vela muchas y miles de noches.
Que alegría, que emoción y en que jolgorio se encontraba el Rey de Héroes en ese momento. Ni el buen vino podía opacar el sabor de esos labios que aun no había probado. Lo sabia, nunca tuvo que cuestionarlo...Toda esa mujer, hasta cada misera lagrima era mejor que un añejo servido en vasijas de metal precioso tallado por los mejores esclavos expertos en artesanía.
La coleccionaría, tendría en sus brazos a la única pieza perfecta jamas creada, aquella que solo podría quedar bien al lado suyo, esa que encajaba solo con él y nadie mas, esa que no cedería ni ante los dioses, esa pieza donde junto a él brillaría con mas fuerza de la que nunca lograría en otras circunstancias. Si, haría un gran festín, mientras dos anillos dorados brillarían uno en la mano de cada. Ella con un vestido como el sol, inmenso de cola larga, estaría sonriendo chocando copas de delicado cristal con el Rey, con su armadura resplandeciente del mismo color, excelsa.
No era imaginación o desvarío lo que padecía en ese momento mirando el caudal de agua correr, era proyección a futuro, predicción. Porque el no precisaba desear, con solo pensarlo, con solo cruzarsele la idea de querer algo, sabia que tarde o temprano terminaría siendo de su posesión. Estaba asegurado, haría lo que en mucho tiempo no había tenido que hacer, iría el mismo a buscar lo que le correspondía, porque la ansiedad de poseer su juguete nuevo era grande a tal punto que todas las noches la soñaba, la pensaba. Y en eso se basaba el precio de un tesoro, mientras mas alto sea, mas valioso era. Arturia era tan cara que movilizaba al mismismo rey a buscarla, era tan alto su precio que el nombrado Gilgamesh no quería que nadie mas la tocase.
Había sido paciente, brindando ese privilegio del tiempo que nunca hacia en otras ocasiones, le había dado tiempo a aquella rubia de hacer lo que tenía pensado. ¡Pero todo tenía un precio!, y el iba a cobrarlo. No quería Gran Bretaña, no quería la espada, solo deseaba a esa mujer, doblegada a su completa merced. O quizás no, quizás un desafío constante por parte de ella seria un golpe de aire fresco a su vida tan lujosa pero carente cambios novedosos y entretenidos.
-Parece que hoy se largará una fuerte tormenta.
Aseguró un ser hermoso, de rasgos perfectos y un cabello largo verdoso que deslumbraba a cualquiera que lo mirase.
-Pues que asi sea, ni un huracán podrá borrar mis objetivos y esta victoria.
-Aun no has ganado nada, Gil.
-¿No?, con solo decirlo, mi querido Enkidu, gano.
El ser de sexo indefinido y belleza indescriptible lo miró con cierta duda, era claro que ese hombre era un enigma. Tenía un alma buena y caritativa, pero todo era oculto con una capa de arrogancia tan grande que a veces sobrepasaba los puntos que poseía a favor haciéndolo dudar de sus propios pensamientos. Pero Enkidu era Enkidu, la vasija creada por los dioses para guiar a aquel ser de aura dorada hacia el camino del bien y redención. Aunque claro, las cosas se habían vuelto extrañas de alguna forma u otra, llegando a ser mas bien el gran amigo de Gilgamesh, un camarada al cual el mismo Rey de Héroes había considerado su igual. Un honor, un privilegio que nunca alguien creyó que se pudiera alcanzar para con ese rubio fue obtenido por una vasija con pensamiento propio. Observó al rey, con su toga blanca sujetada por un hermoso broche de metal precioso color oro. El león a su lado parecía un inofensivo gatito que ronroneaba a su lado, mostrando con ironía que en realidad la verdadera fiera era un humano.
-Como tu digas, se que nunca cambiarás.- Se acercó al costado vació donde el felino no se hallaba. La amada mascota y el amado amigo, aquellos pilares fundamentales de la vida de aquel rubio.
¿Pasaría a ser aquella rubia el tercer pilar?, era increíble como esa mujer había calado tan fuerte en él. Antes escuchaba a su amigo hablar de gloria, anécdotas y nuevos planes, incluso muchos caprichos a cumplir y sus diferentes planes para lograrlo. Pero nunca había oído tantos días seguidos, casi un mes completo, hablar de una mujer. Menos con tanto fervor y pasión, hasta con admiración no admitida.
Ella no era un simple capricho.
-Mañana partiré, me gustaría que tengas todo preparado para ella cuanto antes ¿Puede ser?
Ambos se miraron, con esa extraña atmósfera de igual a igual. El o la peliverde, se situaba en calma he hizo una sonrisa que reflejaba su sentir, pero sus ojos reflejaban cierta indignación y desconcierto. Era indignante porque todo su ser era propiedad de el y también desconcertante, como ese Rey estaba perdiendo la cabeza por una joven reina.
-¿Porque lo preguntas?, soy tu arma, soy tu amigo...Haré lo que desees.
El Rey de Héroes asintió con la cabeza y el pacto fue cerrado.
Una sonrisa triunfal y eclipse de todo lo bello alrededor, surcó sus labios finalmente, cantando su victoria silenciosa.
-¿Gilgamesh?- Preguntó la rubia habiéndose ya levantado de sus sueños.
El techo con decoraciones en dorado le dio la bienvenida con un amargo recordatorio. Torció el gesto en uno malhumorado y anotó mentalmente cambiar los colores de su habitación rápidamente. Había tenido un sueño, donde ella poseía unos resistentes y gruesos grilletes de oro que colgaban con cadenas del mismo material desde la pared de un elegante y ostentoso cuarto ya conocido. Ella se situaba nerviosa mientras los pasos con una armadura resonaban en sus oídos marcando a cada golpe su sentencia. Tragaba saliva y entonces la enorme puerta a su costado derecho se abría, dando paso al Rey de Héroes.
El resto no quería ni contarlo.
Menos quería decir lo que le provocó ese sueño.
Hasta ella se sorprendió, lejos de ser nefasto, había sido...¿Erótico? ¿Sensual?, ¿Cual era la palabra para describirlo?
Un escalofrió le recorrió todo el cuerpo junto con un pensamiento sobre el asco que debía de auto inculcarse por haber soñado aquello. ¿No era mas natural haberlo echo con...Diarmuid?, después de todo el tenia ese maldecido lunar que provocaba fuego en toda mujer que se le cruce. Sacudió la cabeza esperando así también hacerlo con sus descabellados pensamientos y rectificó: No debería siquiera haber tenido uno de esos sueños. Ella no sabia ni lo que era el sexo en el sentido mas explicito de la palabra, mucho menos podría soñarlo. Y vaya que ahora se sentía con imaginación como para haber graficado eso en su mente sin siquiera conocerlo. ¿Porque ese rubio? ¿Porque ese tipo de sueño? ¿Que estaba pasando allí? ¿Se estaba volviendo acaso loca?
Habían mas preguntas que respuestas desde ya tan temprano en la mañana, si es que era de mañana, y eso la exasperaba a tal punto que debía deshacerse de todo rastro de recuerdos sobre aquel sueño. Por eso accedió a levantarse rápidamente de la cama, tocar el suelo con sus pequeños pies y correr hacia los enormes ventanales de su recámara. Abrió un poco una de las tantas cortinas blancas y miró hacia afuera que aun ni había amanecido. Bien, todavía quedaba tiempo para dormir pero no podría hacerlo por miedo de que ESE sueño se vuelva a repetir.
Tomó aire, mas no lo soltó porque casi nunca se permitía suspirar. Cerró la cortina y caminó hacia la enorme puerta. Todo allí era enorme realmente y, lógico, siendo un rey así deberían ser las cosas tal cual estaban. Por un momento al caminar vio en el reflejo de un espejo, su diminuto vestido blanco que cumplía la función de servirle como ropa de dormir. Unas piernas largas se hacían notar pálidas y su escote no dejaba mucho a la vista, pues no era de tener muchas dotes como esas. Su contextura física era mas bien delicada y fina, pareciendo que iba a romperse como una muñequita de porcelana fría, mas sin embargo podía cargar con una armadura pesada y una espada de unos cuantos kilos que no cualquier mujer levantaría. Su cabello suelto bailaba por sobre sus hombros algo ondulado por las trenzas que conformaban un rodete y horas atrás fueron sueltas. Sus ojos verdes brillaban con la luz nocturna que ahora se filtraba al abrir la puerta. Estaba descalza y el frío suelo se lo seguía recordando brindándole pequeños escalofríos.
Hacia mucho tiempo que no se despertaba en medio de la madrugada hasta ese entonces. Los grandes arcos con vidrios dejaban ver la luna en su máximo esplendor y la luz nocturna ahora la iluminaba a ella y a una silueta sentada al final del pasillo. Miró extrañada, pues sin ordenes de ella el personal no tenia obligaciones de pasearse por el castillo a excepción de que fueran guardias. Aun así ella siempre prescindía de ellos y por ende nadie debía de estar allí. Sus pasos lejos de retroceder, avanzaron con mas apuro hacia la silueta misteriosa. Casi comenzó a correr como en las películas de terror hasta alcanzar a su objetivo. Unas lanzas se hicieron visibles con un rojo y amarillo brillantes. Se paralizó cuando vió de aquel hermoso rostro caer algunas lagrimas.
Se preguntó si seguía soñando.
Quizá era una noche de locura repentina.
El corazón se le acongojó mientras el lancero estaba sentado con una pierna extendida y otra contraída con la rodilla contra su pecho, una mano extendida hacia arriba sostenía las dos pesadas lanzas que parecían metafóricamente simbolizar la enorme carga emocional que llevaba consigo. Luego de la parálisis, la reina avanzó lo que quedaba con desespero intentando ser disimulado. Se arrodilló a su lado y lo observó con detenimiento.
-¿Arturia?- Preguntó el contrario con la voz quebrada, sin observarla.
Sus oídos se estremecieron al contacto de esa voz calándole el alma. Se sentó en el suelo, importándole muy poco que sus desnudas piernas se enfríen a comparación con la escena patética que estaba brindando un ser tan glorioso como lo era Diarmuid. Porque a pesar de todo, de su historia y las traiciones para con el que sufrió a lo largo de sus invocaciones como Servant, para la rubia el seguía conservando ese honor y esa gloria que hicieron nacer su leyenda. Guardó algo de silencio, pues se le hacia complicado buscar unas buenas palabras de consuelo sin saber el problema y recién ahora el Rey Arturo estaba mostrando mas emociones humanas y no su típico semblante de frialdad y camaradería básica. Tal era el silencio existente entre ella pensando y el lancero sumido en su miseria sin hablar, que las lagrimas que caían seguían sonando en el suelo. Ni siquiera el tic tac del reloj o el sonido de viento azotando algún vidrio de las ventanas les hacían compania para aliviar el ambiente un poco.
Tragó saliva, si quería animarlo, primero debía saber el porque de todo.
-¿Que te sucede?- Preguntó con una voz suave, como si fuese a despertar a alguien en el enorme castillo.
Miraba el suelo, luego a la enorme luna con tintes azules que parecía un oleo sobre un inmenso lienzo. Y así repetía el proceso mientras las lagrimas le nublaban la visión. Lo cierto es que no quería mirarla a aquella mujer, sentía que con solo el echo de hacer eso la culpa lo invadía, y las ganas de envolverla en un cálido abrazo con sus fuertes brazos le ganarían a su buen juicio. Arturia era un peligro para su insegura e inestable mente. Pareciera que desde que pisó Gran Bretaña, los peores sentimientos se hicieron paso en el. Ahora maldecía un poco a su destino por haberla despertado justo cuando el decidió tomar un respiro en el pasillo.
Lo cierto, es que luego de aquella escena con Bedivere, había estado muy molesto, sabia el porque, mas no lo quería admitir. En realidad ya debería de haber sospechado desde que sintió su fragancia y su cabello cerca con el viento de aquel caballo, que aquello iba a suceder, que tarde o temprano caería en las ingenuas redes de Arturia Pendragon y su bella alma.
Otra lágrima cayó y se sobresaltó al sentir una fría mano recogerla y secarla de su mejilla. Movió la cabeza hacia aquella sensación alarmante y allí la vio. Era hermosa y bella hasta con prendas tan simples como un pedazo de tela blanca. Sus ojos con la luz nocturna no hacían mas que brillar como faroles, y su pálida piel expuesta contrastaba con los tonos oscuros que traía ya de por si la noche. Ni hablar de su rubio cabello, que parecían hilos dorados que lo atraerían en cualquier momento y no lo soltarían jamas. Se contuvo de llorar mas, aunque mas que un llanto era un lamento, pues solo sus lagrimas salían, pero su boca no emitía palabra alguna, ni siquiera un sollozo sonoro.
-He soñado...Otra vez.- Sentenció en una confesión a medias.
-¿Otra pesadilla?, como la de hace poco?- Notó como esta lo miró con preocupación. -¿Te hará alejarte de mi nuevamente?
Se sorprendió en la ultima pregunta. ¿Alejarse de ella nuevamente?, el nunca se había alejado, solo había puesto un poco de distancia. La culpabilidad se agravó mas en el al notar que le había echo daño a la rubia. ¿Pero como saberlo?, recién ahora se daba cuenta que el significaba algo importante para ella al punto de afectarle sus propias acciones. Y entonces recordó aquello que le dijo en las puertas de Camelot...Que lo extrañaría si se fuese...
-Si, otra pesadilla...Esta vez fueron recuerdos con Grainne que me inculcaron una tremenda culpa aquí, en el pecho.- Una punzada se hizo presente y dejó caer las lanzas al suelo, haciendo un enorme estruendo en el suelo. -Entonces estabas tu...
-¿Yo?
Luego de pegar un mínimo brinco por el susto del ruido, procedió a acomodarse con las piernas cruzadas sobre el suelo. Un breve momento de vergüenza surcó sus mejillas al notar que apariencia le estaba presentando en ese mismísimo momento a Diarmuid. Pero ahora eso no importaba, ahora era lo de menos, un ínfimo detalle al lado de lo que estaba relatando el lancero sin prestarle mucha atención a la figura de la reina al lado suyo. Parecía que comenzaría a desahogarse, no con ella, si no consigo mismo mientras escuchaba atentamente, como una tercera persona presente.
-Si, tu...- La miró nuevamente pues había desviado la mirada hacia algún punto indefinido del lugar. -Estabas tu, Gilgamesh te había llevado con el...Todo era muy caótico pero a pesar de todo.- Frenó un poco el relato y respiró profundo. -Tu lograbas ser feliz con el, formabas tu vida a su lado inclusive, mientras yo no era feliz con el que debería ser el gran amor de mi vida, de toda mi existencia. La culpa de este sentimiento de molestia hacia tu felicidad con otro hombre, me carcomió al punto que me encuentro ahora.
Analizó todo lo que acababa de oír, si se ponía a rememorar, ella había sentido cosas similares a un menor grado cada vez que una mujer se le acercaba.
¿Como resumir todas esas palabras y las propias en un solo sentimiento?
-Probablemente, celos...- Susurró en voz alta.
El corazón del Primer Caballero de Fianna se aceleró ¿Celos?, ¿Como es que la ingenua Arturia había llegado a comprender tan fácil su sentir?
-...Culpa...- Agregó.
Quizá era mejor callarla en ese mismísimo momento.
-¿Entonces porque? ¿Sientes culpa de tener celos sobre mi?...- Preguntó en un monólogo.
-Yo...- No sabía que explicar, se quedó paralizado buscando las palabras.
-Mejor es preguntar...
-No lo hagas.- Susurró el morocho en voz muy baja mientras se tapaba la cara con las manos.
-¿Que sientes por mi para tener celos?
Miró a Lancer, como este ahora se ocultaba. ¿De que se ocultaba?
Y nuevamente las preguntas surcaron su mente como cuando recién se había levantado. Ese hombre se ocultaba de sus sentimientos, se ocultaba de la verdad. La verdad dentro de su corazón le causaba culpa. O al menos eso dedujo. Pero todas esas preguntas también debió habérselas echa para ella misma. Porque la rubia había sentido celos también ¿Verdad?, ella había experimentado lo mismo que el hermoso hombre frente a ella brindándole su costado.
-¿Que siento yo, Diarmuid?- Se acercó peligrosamente mientras este se descubría el rostro y la veía sorprendido.
Sus miradas dijeron todo, y a la vez nada. Necesitaban palabras el uno al otro, aclarar los malos entendidos. Por su parte, el caballero simplemente quería terminar con la charla, y al mismo tiempo descubrir a que se refería Arturia con esa pregunta, se asustó de esa pequeña ilusión que creció dentro de el al pensar que no era tan descabellado creer que la reina poseía sentimientos por el similares a los que le hacían sentir esa gran culpa. Su cabeza quedó alborotada.
¿Debía hablar? ¿Debía hacerlo ahora?, quizá el destino no le daría otra oportunidad para expresarse con ella a solas, antes de que una lanza o una espada marque el final del otro. Quizá era ahora o nunca, habría que aprovechar cada oportunidad y cuanto antes mejor.
-Arturia, yo...
Y entonces ambos se sobresaltaron ante un golpe violento, un ruido ensordecedor y una explosión. El castillo comenzó a tambalearse como si fuera una torre de naipes y las caras sorprendidas de ambos infundieron mas temor repentino en el contrario. Aquel pasillo con sus ventanas daba a un jardín interno, así que no se podía ver que sucedía mas afuera. La rubia fue corriendo sin pensar a su habitación y vestirse con su armadura y su espada, que siempre descansaba como una fiera guardia a su lado, la única protección que necesitaba. Diarmuid la siguió, entrando a la habitación.
-¡¿Saber, que pasa aquí?!- Exclamó con los pelos de punta mientras otra explosión se oía algo mas lejos.
-No lo sé.- Salió del baño privado de su habitación real y corrió hacia la puerta, dispuesta a salir.
Entonces, el oro junto con una sonrisa y una pose estoica la eclipsó, esperándola en el pasillo como un cazador a su presa cantando como el anuncio de un vidente que él sería el ganador.
-Hey, Saber...He venido a buscarte.
AUTORA: MigLi-Chan
Mitad de periodo...¿Cerrado? ¿Damos paso al rubio moja bragas? ¡Todo esto y mas en el siguiente capítulo!, imaginen esa entrada triunfal con la canción de Gilgamesh "Eiyuu Ou", se los recomiendo.
Respuesta a mis Reviews:
Mara G: Esta historia fue actualizada por última vez el 27 de Septiembre según la información que me brinda Fanfiction ¿Confiemos en que así es?, no lo sabemos con certeza. Lo cierto es que actualizo muy variado y muchas veces he dejado este fic sin actualizar por un buen rato. Muchas gracias por tu motivador Review, me sacó una sonrisa como deliraste con las explicaciones jaja. Por otra parte me super alegra que te agrade mi narración, como le he dicho a otra lectora, a veces creo que narro muy pesado, pero veo que agrada y eso me motiva mucho...Y por último, no necesitas la imaginación, he aquí el nuevo capítulo, espero que lo leas a tiempo ya que no tenes cuenta en FF. Mis saludos!
Ms. AtomicBomb: ¡Muchas gracias!, por tu formalidad al hablarme se me hizo extraño, entonces reviso tu perfil y ¡Vaya sorpresa!, veo que eres de Canadá ¿Cierto?, bueno no creo que un perfil mienta xD, en fin...Mi primera lectora de otro idioma, me siento sumamente halagada en verdad y no sé porque, será que eso de conectar países me emociona realmente. Nuevamente gracias.
Y es así como me retiro mis ladys ¿Les ha gustado?, tanta espera y ahora aparece el rubio.
PD: Por cierto, me he creado una cuenta en Wattpad de historias propias, relatos cortos de terror y una historia que empecé a hacer de Yaoi, por si les interesa.
Nombre de Usuario: BeatsTriz
PD2: Culpen a mi internet, este capítulo estaba listo para ayer pero no me lo permitió subir. Y ya saben, hay un Dabble GiglameshxArturia en mi perfil que se llama "Cadenas de Oro", échenle un vistazo así saben a que hago alusión cuando hablo del sueño de Arturia.
¿Reviews?, siempre me motivan.
Sayo~
