Antes que nada gracias por darle al click y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fanfic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.
CRÉDITOS: Fate y sus personajes no me pertenecen
NOTA: No es que me crea gran cosa pero se de casos en los que te plagian el fic, así que agradecería que no lo atribuyan como suyo y si lo usan me den crédito, muchas gracias...Mi saludos y disfruten.
No, hoy el día no iniciaba con un despertar.
Tampoco con las típicas frases sobre que ella era un tesoro.
Y había hecho un gran descubrimiento, el jardín...¡No había dorado en el jardín!
No estaba volviéndose loca, aunque a veces, en el lapso de los minutos dudara de ello con mucha preocupación. Definitivamente estaba encerrada en una jaula de oro, custodiada por al menos unos miles de ogros. Pero, cuando veía un paisaje como aquel, los barrotes que la distanciaban de su libertad parecían bonitos y de ensueño, adornados con sus tallados arabescos y finos. Era una deslumbrante pieza de arte llamada jardín, que mas que esa definición, parecía un enorme bosque donde correr. Hacía horas no había visto, o siquiera oído hablar de su captor, lo que en si le pareció extraño -aunque un alivio- desde un principio, pero una vez animada a explorar el territorio enemigo, olvido por completo. No había forma de preocuparse mucho cuando enormes y bonitas fuentes de aguas danzantes aparecían todo el tiempo, o flores totalmente exóticas le robaban el aliento de tanto en tanto, de hecho, bastante seguido. Los bancos donde sentarse y pequeñas plazoletas de descanso no eran la excepción a toda la belleza allí presente, decoraban el lugar con el toque exacto de naturalidad que se precisaba. Miró al cielo, el componente que brillaba haciendo del lugar, un sitio de confort agradable. Incluso había dejado arrojado en algún lugar de su rincón inconsciente, el horrible hecho de su apariencia actual. Bueno, no era horrible, era...Más bien osada. Vestir de blanco con escote en ve de tirantes atables a su cuello, con brazos al descubierto y la tela casi transparente abarcar el largo de sus piernas dejando ver su sombra al caminar era algo incomodo cuando de a momentos se dignaba a mirarse a si misma e ignorar la majestuosidad de la maleza. Los accesorios, dorados con rubies rojos que tenía como aros, brazalete y collares, no ayudaban a sentirse una reina humilde. Había sido obligada, y no supo en que momento de la noche, fue despojada de aquel valioso anillo. Si, una categoría mas baja que el oro: Plata. Pero ella estaba conforme y feliz con aque león incrustado que había sido regalado por el flamante primer caballero de Fianna. Miró su mano con pesar, atribuyéndole el pesado significado del vacío a su dedo índice. Y entonces sacudió la cabeza, no había que pensar, en algún momento la oportunidad para recuperar lo perdido -arrebatado mejor dicho- y escapar, iba a presentarse con vestimentas de gloria y se iría por la detestable puerta grande de su detestable palacio -a excepción del pobre jardín que no poseía la culpa- si, lo lograría.
-Lo lograré.- Asintió con la cabeza. Clara desesperación de darse ánimos. -¡Si, podré!- Exclamó ansiosa como un niño entusiasmado.
Era una expedición recreativa lo que se estaba brindando, una pequeña distracción a todas sus desgracias vividas en estos últimos días. Al principio el objetivo era claro: Analizar campo enemigo, buscar fisuras y luego, trazar un plan para huir. Al final la belleza terminó venciendo y se relajó tanto que olvidó todo y se dedicó a holgazanear. Realmente nadie la culpaba, ella al menos no lo hacía, después de tanto, necesitaba ese pequeño tiempo de reflexión a solas, en un bonito lugar. Era un buen escenario, laberíntico y sacado de aquellos cuentos modernos que se remontaban al pasado donde príncipes y princesas hacían del jardín, su lugar secreto de enamorados desesperados por encontrarse a pesar de todos los obstáculos que se les pudieran presentar. Y ahí estaba, ese que parecía el escondite perfecto para la escena ficticia en su mente. Parecía un invernadero, un enorme invernadero. Su curiosidad, o quizás las feroces ganas de distraerse, la invitaron a pasar. Mucha objeción no había por parte del dueño pues la puerta ya estaba abierta, sin ningún tipo de llave. Supuso que el lugar no hallaba ninguna especie de punto secreto, algo totalmente irrelevante a descubrir según Gilgamesh, así que pasó distraída admirando la tranquilidad contrastante con su agitada mente que causaba aquel lugar. Era otro mundo, casi tropical por el tipo de vegetación que allí se encontraba, una selva pequeña en si misma que estaba bien armada. Hizo la mueca de lo que parecía ser una sonrisa, mientras ya habiendo dominado los tacones que la hacían mantenerse en pie sin tocar el barro, caminaba arrastrando la cola blanca del vestido por todo el lugar.
-Increíble...Admirable el trabajo de quien haya realizado la ambientación de este citio.- Comentó para si misma mientras observaba la transparencia del techo que dejaba filtrar la potente luz del sol que quemaba a unos cuantos grados de calor ese día.
Pero quizá, ese que creía su día, uno de calma y turismo placentero, sería arruinado en breve. Era fácil, reconocer ese sonido en documentales, y en otras tantas cosas, como peluches, películas, zoológicos. La gente siempre los veía tras una reja, pues de otra forma estarían corriendo despavoridos intentando salvar sus vidas. Pero no, cuando había algo que encarcelaba su salvaje libertad, el mundo se podía permitir sonreir. A menudo su nación, incluso ella misma, era comparada con aquel ser. Simplemente por su dominio, y por el echo de que tal como se dijo antes, muchos sonreirían si estuviese tras algunas rejas, como ahora. El mundo le teme a la autoridad, a la libertad en su esplendor. Siempre debe haber una cadena, un control llamado encierro, a veces invisible, desapercibido, eso a lo que se le llamaba hipocresía, o leyes. A menudo, inclusive siendo reina, se preguntaba como se podría llamar libertad a la libertad, si empieza cuando termina la del otro. Pero eso no importaba, porque todos, incluso ella, estaban contentos con aquello, que con nombre ficticio, nacido de la evolución en la civilización, era seguro, la seguridad individual y mundial, era el primer mandamiento. Volteó a ver a aquel sinónimo de Rey, aquel individuo protagonista de tantos escudos y cuadros de la realeza. Por un momento, nimio, se permitió temblar y retroceder algún que otro paso, mas por el escenario repentino, que por verdadero temor. Llevó una mano a su pecho, que desacostumbrado, había comenzado a retumbar un poco mas de prisa. Un león de gran melena rubia estaba parado hasta hace poco, detrás de ella. Cuando volteo, luego de un feroz gruñido, pudo divisar a tan imponente ejemplar. Macho, probablemente llegaba en altura hasta su pecho, y ni imaginar si se paraba en dos patas. Respiró profundamente, manteniendo la mirada hacia ese animal de ojos magnéticos, felinos y peligrosos que parecían hechizar como una serpiente.
-¿Acaso le temes a tu propia especie?- Escuchó preguntar detrás suyo. Una voz aterciopelada, por primera vez, y tan serena a pesar de tal pregunta arrogante que creyó por un instante estar en una pesadilla, o quizás un sueño.
No volteó a ver, su serenidad incrementó, y la certeza de que no era conveniente darle la espalda a un león, se afianzo en lo mas recóndito de su racionalidad. Se puso a pensar en un instante, que el león era incluso una fiera menos peligrosa que su probable dueño. Entonces no temió, no titubeó más. No había mucho que pensar, si de todas formas la situación, tome la decisión que tome, conllevaba a un riesgo.
-Hola.- Dijo con suavidad, en casi un susurro de brisa mientras se acercaba de forma temeraria a la supuesta fiera, con esa costumbre de hablar con los animales que tanto la caracterizaba si se la conocía bien. Esta estaba sentada sobre sus patas traseras en muestra de todo su poderío mientras la cola cual látigo azotaba al suelo en un movimiento incesante.
-Realmente estás desquiciada.- Oyó nuevamente detrás suya. Frunció el ceño, mientras calculo una probable distancia de treinta centímetros con el felino. Volvió a recalcular, si tenía de dueño a Gilgamesh -un humano-, era muy probable que se dejara tocar. -¿Que pensaria la gente de un rey que toma como esposa a una ex reina a la cual le comió el brazo un león?, ¿Acaso no piensas en eso?
-Tu amo es un idiota.- Le comentó al bello animal que se situaba ahora a unos escalofriantes dos centímetros. Bien, parecía estar domesticado, pensó.
-Así ni creas que saldrás ilesa, no creo que le agrade que insultes a la mano que le da de comer.- Añadió. Sintió sus pasos, acercándose a su espalda, y resultó mas tentadora la idea de sentir los arañazos de unas garras, antes que esa presencia engreída tras su persona.
-Repito: Un idiota.- Se encogió de hombros y su delicada mano tembló levemente de indecisión. La levantó, a una altura prudencial que no superaba la melena del león, y lentamente la fue acercando. Sus dedos se encogían con duda, pero poco a poco adquirian la confianza suficiente para dar el último empujó a su decisión mas loca en mucho tiempo.
-Arturia.
Escuchó decir. Era un susurro que le hizo conocer como inclusive la suavidad de un sonido podía resultar autoritario al punto de controlar todas las células de su cuerpo. Detuvo la trayectoria de su mano, que quedó suspendida en el tiempo, sin inmutarse, estática. Su cuerpo se tensó, cuando localizó una mano en una concreta zona de su cuerpo: La cintura. Una mano firme, vacilando entre el punto de quiebre o una breve caricia pasajera. La delicada muñeca que poseía ahora con brazaletes de oro, fue detenida por la mano faltante, que era una extraña sensación eléctrica de piel contra piel. Quedó paralizada, en un trance que definiría como inquietud. Buscó nombres, expresiones para esa sensación de ajena familiaridad, inclusive detalló miles de variantes a sus tácticas de escapatoria. Se preguntó una y mil veces porque aquello no le desagradaba, y una vez rendida en ese mundo de ensueño, con un hermoso jardín, prendas femeninas de vestir, un hombre de reconocible belleza y un león, sintió el último síntoma de demencia. Las manos del rey comenzaban a temblar. O quizá ya estaba alucinando junto con una respiración desincronizada y cálida que caía sobre su fragil cuello. Comenzó entonces a respirar entrecortado, mientras de espaldas lo único que encontraba su mirada era su muñeca siendo atrapada desde atrás por aquel rey y una bestia de hermosas características desenfocada en segundo plano. Vaciló, entre el mundo de sensaciones, imagenes y pensamientos que no parecían tener fronteras divisorias entre si, que estaban en guerra aturdiendo su mente. Dió un paso hacia atrás, mareada y dando con el pecho del contrario como sostén. Entonces recordó aquel sueño, su muñeca esa vez con cadenas de oro, esa voz autoritaria clamando su desnudez y supo que estaba entrando en una zona de grave peligro. Volvió a enfocarse en el leve temblor de las varoniles manos que la estaban reteniendo, por mas que por primera vez, no deseaba escapar a ningún lugar. Imperceptiblemente temblorosas.
-¿Gilgamesh?- Preguntó con una voz aguda y taciturna.
No sintió que su pregunta surtiera el efecto deseado, ni mucho menos algún tipo de cambio en el comportamiento de su captor.
-Tus manos...- Agregó en un segundo intento por saber que sucedía.
-Me pregunto...- Comentó súbitamente detrás suyo, en un susurro que parecía no querer llegar a ningún destino. -Si es temor, o algo mas lo que pasa con mis manos.
-¿Qué?
-De todas formas, todos los motivos, son por ti.- La reina podría jurar que una sonrisa afloraba allí atrás, cerca de su oreja, mientras sentía la mano colocada en su cintura, afianzarse con mas confianza.
-¿"Temor", "Algo más"?, ¿Gilgamesh?- Ahora, la que sentía que ese mundo de ensueño y su interior temblaba, era ella. A partir de entonces, todo escenario se había borrado, se sentía en el limbo, donde cortinas negras eran lo único que los rodeaba, donde no había otra existencia más que la de aquel ser dorado. Era algo similar a la intimidación, o quizá esa sensación era la confusión de sentir una conexión tan profunda, tan irregular, que tambaleaba todas las estructuras de la lógica generando ese sentimiento llamado empatía.
-¿Seguiré sintiendo este temblor luego de haberte echo mía? ¿Luego de romperte como a una muñeca de porcelana? ¿Que nos depara el futuro una vez que gane?- Añadió a su lista de preguntas, que se volvían propias cada vez que resonaban con la misma melodía familiar en su cabeza.
-¿¡Que dices!?- Exclamó y con temor se soltó de aquellas manos que ya sentía parte de su propio cuerpo hace unos minutos. Su vista se topó con el león, al parecer causante de todos sus problemas, y sus pies, sobre tacones inexpertos, querían patinar sobre las gráciles piedras que jugaban el papel de sendero en aquel lugar. Pensó en las posibilidades, en su cabeza contra alguna que otra piedra, en su cuello cayendo justo en las fauces del león, en unas manos mas temerarias que diez garras tomándola nuevamente de la cintura y haciéndola sentir pequeña, una mujer. Cerró los ojos y lo único con lo que pudo encontrarse, aparte de la oscuridad, fue con una inquietante suavidad.
-¿Ya morí?- Preguntó con ironía mientras dejaba ver uno de sus esmeraldas ojos. Su visión momentáneamente distorsionada pudo enfocar el cabello en el costado del lomo de aquella fiera, que mas que fiera, parecía un adorno que ahora estaba recostado en el suelo. Un pequeño gruñido chocó contras sus tímpanos. Había caído sobre el león, que parecía haber decidido darse un pequeño descanso sobre su lugar de caída. Lo miró al rostro, estas miradas se encontraban, mas ninguna hacia mas que analizarse mutuamente. Él no hacía nada, y ella, vacilante, apoyó una mano sobre la barriga de este, acariciándolo con cierta quietud dubitativa. La escena le pareció por demás surrealista. El hecho de estar acariciando a tal animal como si fuera un gato no le parecía algo muy real. Notó la calma del animal, recibiendola con una envidiable calma que deseaba poseer para si, miró a dueño, este le miraba asombrado mientras se cruzaba de brazos. Primera mirada del día y pudo comprobar como nuevamente tenía una sensual toga trazando partes de su anatomía y desnudando otras.
-No, aunque creí que lo harías.- Sentenció agachándose ante ambos. -Le has caído bien a Atila.
-¿A...tila?
-Mi mascota.
-Normal, tener de mascota a un león.- Le brindó una leve sonrisa, inesperada por ambos, mientras la mano adquiría confianza y acariciaba el pelaje con cierto relajo.
-Se ha comido a mas de sesenta esclavos.- Sus pozos rojos miraron con cierta picardía.
-No es cierto.- Tragó saliva y su mano frenó.
-¿Porque crees que te detuve?
-¿Entonces ese era el temor del que hablabas?
-¿De que hablas?
-El temblor de tus manos, hace...-
-Arturia.- Volvió a sentenciar mientras desviaba la mirada a su "mascota". -Los tesoros no hacen preguntas.
-Dijiste que era de su especie.- Observó al león. -Eso no me convierte en un tesoro entonces.
-Entonces eres otra mascota.
-¿Qué?
-Tesoro, tesoro...- Susurró dejando en duda si era un apodo cariñoso usado irónicamente o una forma de recalcar el título que realmente ocupaba esa mujer en la vida del amo y señor de aquel castillo y sus inmensos jardines.
Suspiró tomando de la barbilla a la reina, tan delicada, hermosa y salvaje, como su amado león. Los observó a ambos. Inglaterra encajaba muy bien con su símbolo. Allí solo faltaba aquella espada para hacer un retrato triunfal de la gran Pendragon, sensual con su vestido, imponente con su poder e indomable con el león. Eso. Eso era lo que le agradaba, esa libertad aplastante en cada poro, esa sensación de distancia que brindaba, como sin expresarlo, aplastaba al mundo bajo su armadura de metal e iba hacia sus metas. Atrapar al león en la jaula. Pero ese era un problema, tanta luz cegaba, lo hacía temblar, lo hacía ir a un mundo donde las posibilidades de un mal desenlace se le incrustaban en sus temores. Porque como siempre, una vez que obtenía lo que quería, toda la diversión se desvanecía. ¿Arturia podría ser ese pozo inagotable de entretenimiento? ¿Ella podría mantener su actitud recta y de apariencia inquebrantable por mas tiempo? El no podía ser permisivo para que se mantenga el juego, quería ganar, y al mismo tiempo, quería la existencia de ese juego de odio ardiente por la eternidad. Pero, mientras mas lo mantuviera, mas incrementarían esos temblores, de poseer entre sus decididas manos una figura tan delicada y efímera, que se iria en cualquier momento dejándolo con sensaciones nunca experimentadas. Aún no sabía darle nombre a aquella reacción temblorosa de sus manos cuando tocaban esa curva que conformaba esa cintura, o la muñeca que podría quebrar en solo un poco de fuerza entre sus dedos y que aun así, balanceaba una pesada espada.
-Ven.- Ordenó tomándola nuevamente de esa asombrosa muñeca de mujer. La observó parada, frente suyo, inalcanzable, a miles de kilómetros. Tiró de ella, de esa lejanía, mientras Atila los seguía. Salieron del invernadero y rodeandolo, tomaron de camino una linea recta, hacia un lugar, que supuso, la reina aun no había descubierto.
Ese cuerpo encajaba bien con él, esa reina acariciando su león como si se hubiese adueñado de el tambien quedaba de manera perfecta. Un escenario en donde ella compartía la misma cama todos los días, no se le hacía para nada molesto. Ese precioso tesoro haciendo de accesorio en su hogar, en aquel inmenso palacios lleno de jardines que ahora pisaban, era el elemento perfecto, un elemento que a su vez, era prohibido, que aunque encajara, no estaba en su lugar, solo apariencia. ¿Pero porque ella? ¿Porque ella teniendo tantos otros "accesorios"?, quizá era ese brillo especial, ese esmeralda único y vivaz en las llamas de la pureza y la decisión autoritaria, esa rectitud que brillaba con el pecho inflado en orgullo por su nación e ideales. Porque podría tener abundantes mujeres de grandes caderas y pechos, cabellos largos y sedosos, pero nunca esa fragilidad que cabía perfecta entre sus brazos, con hilos de oro que opacaban al mismísimo sol. Era una excepción.
¿Porque una excepción?
¿Una excepción a que exactamente?
-¿Tienes mas?- Esa voz, bien colocada y en tonos graves lo sacó de sus pensamientos inusuales. Contempló la ruptura de aquella union mano-muñeca que llevaban en todo el camino, mas bien que el impuso arrastrandola hasta el lugar. Ella se acercaba cuidadosa hacia una camada de cachorros de león, que descansaban con su madre, otros simplemente peleaban entre ellos, hermanos enseñandose a combatir en un futuro por medio de simples juegos donde pequeñas garras se clavaban con cuidado de no herir realmente al contrario.
-Atila es padre.- Aclaró en una obviedad mientras se acercaba a ella.
Por su parte, el rey de caballeros guardó una distancia prudencial, pues sabia como era una tigresa con sus crías y no quería problemas de salud por sus caprichos de tomar a una de esas ternuras entre sus brazos. Miró hacia su costado, mas precisamente hacia abajo -tan solo un poco- hasta cruzar miradas con Atila. Este se acercó a su falda para restregarse un poco en ella y luego recostarse a sus pies, ante la sorpresa, se agachó a acariciar una de sus grandes patas, que sobraban por entre la mano de la reina. Estuvieron en silencio, ella aun le hacia mimos al animal, hasta que este partió hacia donde su familia.
-Son realmente hermosos.- Comentó de forma casi amigable mientras se re-incorporaba devuelta en el suelo.
-Cierto.
-¿Y porque posees leones?- Preguntó inocente.
-Es el único animal que puede hallarse a mi altura.- Aseguró colocando una pose altiva acompañada de un tono por demás pedante.
-Debí suponerlo.- Rodó los ojos cruzándose de brazos. A veces se preguntaba donde dejaba la lógica cuando esas preguntas obvias escapaban de su boca. Más pregunta era para ella, era como podían tener esos momentos de calma y charlas normales de apariencia tan casuales y orígenes dudosos, para que luego el "alabado rey" decidiera romperlas con sus comentarios arrogantes.
-Y, entonces...- Cuestionó vagamente, dispuesta a seguir esa descabellada escena de una charla normal con su captor. -¿Como se llaman los otros miembros del clan?- Vió como Gilgamesh se acercaba a la familia y tomaba a uno de los cachorros.
-¿Puedes creer que aún no tienen nombre?
-¿Cómo?- Preguntó incrédula a aquel comentario y a sus propios pensamientos, que dictaban un extraño rumbo como por ejemplo lo buena persona y adorable pero sensualmente autoritario que se veía ese rey con un cachorro de león a cuestas, sobre sus fuertes brazos.
-Como escuchas,- La miró fijamente a los ojos mientras le tendía con cuidado al cachorro. -¿Tu como lo nombrarías?
Lo observó, al cachorro, a las manos que lo sostenían y luego a esos ojos escarlata. Extendió las manos y tomó a ciegas a aquella cría, porque su mente no podía focalizar otra cosa que ese magnetismo rojo. Debía irse, su nación, su compañero de armas, sus caballeros, sus ideales, sus errores, decisiones como rey, ser el mismísimo rey, todo chocaba entre las paredes de su consciente mientras que otra parte pensaba un nombre para aquella belleza. Sus manos se rozaron, un roce fuerte, imprevisto y accidental que no fue gentil, y aun asi causo en ambos una cierta sensación de alarma, y ese tan cercano pero desconocido temblor.
-Que se llame...Trómos.
Trómos: Palabra griega, que traducida al español significa "Temblor".
AUTORA: MigLi-Chan
Bueno, ¡SE NOS DIÓ! ¡HEAVENS FEEL Y FATE EXTRA!, que al fin lo animan joder, yo no conseguí el Realta Nua para poder saber esa ruta, donde (me han dicho), se develan toditos los misterios del grial. Si bien Sakura no es mi preferida, hay algunas cosas para explotar en ella las cuales podrían lograr un cambio de parecer e interés hacia ella, al igual que muchas dudas del universo fate que pueden ser aclaradas en estas "tres películas" que animan su ruta, según dijeron (que me enteré en una página) en el streaming, y bueno, respecto al Extra, ¿Quién no querría ver a Nero?, vamos, que es hermosa y su historia, también (Aparte de que amo sinceramente todo lo que tiene que ver con Historia como estudio, eso es lo que me motivó a ver Fate, aparte de la magia que es un complemento que si lo saben llevar bien, me encanta. Gran inspirador de mis historias de infancia en las que usaba mi imaginación). Bueno, no me extiendo más.
Podríamos decir que, esta actualización (Parte escrita desde hace mucho, la mayoría continuada hoy) es una celebración a esta noticia. Por otro lado, se suma como motivo el lindo review de Aika Angel, a quien -si, si, esto es para ti- le agradezco mucho, ya que esto venía algo muerto y me has motivado a quitarle polvo al teclado y usarlo.
En fin, paso a decir además de todo esto, que tengo otros fanfics de Fate en mi perfil de Fanfiction, cortos pero creo que les pueden agradar:
-"Impacto" GilgameshxArturia
-"Cadenas de Oro" GilgameshxArturia
Así que, si quieren pasar a echar un vistazo y dejar sus comentarios, ¡Bienvenidxs!
Desde ya, muchas gracias y...¡Hasta la próxima!
Sayo~
