Antes que nada gracias por darle al click y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fanfic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.
CRÉDITOS: Fate y sus personajes no me pertenecen.
Tanta serenidad parecía querer complicarlo todo.
Que las piezas del rompecabezas no encajaran pero aun así estar tranquila no era lo normal. Dejarse arrastrar de esa manera, tampoco. Por mas que buscaba lógica a esas extrañas sensaciones, no daba con el origen, ese punto de inflección en el que su cerebro hizo un enorme y probablemente el mas ajeno click. Era una catástrofe, como intentaba hacer que los hechos cobren sentido y aun asi no lograrlo ni en cien intentos.
Eso se puso a pensar aquella mañana, mientras sostenía a un cachorro de león recientemente llamado Trómos, a la vez que veía a su captor. Primera vez que lo veía de esa forma, que era digna de un retrato, una escena hasta difícil de creer, como si fuera sacada de algún cuento fantástico. Verlo, era como intentar creer que un animal podía hablar. Si, irreal, ver a aquel rey dormir como si fuera un ser humano normal merecía tal definición. Y es que la serenidad que reflejaba el movimiento de su pecho al respirar le hacía pensar a cualquiera que era un ser muy calmo y pacífico. Incluso, observando detalladamente, afloraba una mueca de satisfacción de sus labios. No había que confundirse, esa mueca estaba muy lejos de su típica satisfacción egocentrista, era mas bien una especie de oculta felicidad, que rogaba escapar de sus labios y mostrarse, pero que aun así algo la retenía, quizá era en ese momento donde el orgullo actuaba de máscara, su siempre usada mascara. ¿Como un ser tan detestable podía brindar esa apariencia de niño bueno?, se preguntó incrédula. No supo responderse, como siempre desde su estadía allí, en donde sus interrogantes nunca hallaban la salida coherente. Acarició al cachorro, en un intento de distraerse, mas no pudo. Su mente pensaba una y mil veces lo bello que lucía el Rey de Heroes.
Se rindió, admitir tal belleza le parecía un mero sinónimo de derrota. Aquella helada mañana soltó al cachorro, dejándolo sobre la fina alfombra que revestía el suelo para que sea libre de corretear y morder vaya a saber qué. Se acomodó en la cama, dando mil y una vueltas en busca de la tan ansiada posición que le permita abrir nuevamente el portal hacia los brazos de Morfeo. Miró el techo, miró algunos tesoros hacia su costado derecho, mas nunca volteó a la izquierda, sector tomado por el dueño de sus ahora innecesarias distracciones. Fue entonces cuando sus ojos volvían a cerrarse, difuminando todo campo visual y opacando todo sonido matutino como el canto de las aves que pudiera filtrarse de la ventana...
El escenario ya distaba mucho de la realidad a su percepción, la espada dividía ambos mundos. Cada uno tenía su propio dueño. Ella había creado ese sueño y aún así no podía controlarlo. No era suyo, y aunque sus dilemas aparecieran allí, era una mera espectadora en un simple desarrollo de sus propias complicaciones.
Del lado derecho, el brillo tentador que sugería el oro en su máximo esplendor. Una dinastía, la belleza del poder. La ostentación no se acercaba dulcemente a pedirle que acortara la distancia y pruebe un poco del éxito, le ordenaba a gritos que se aproxime cuanto antes a rendirse ante tanto poderío. Y a pesar de los malos modos, sonaba tentador. Era la dulce trampa de quien, aunque tuviera una voluntad de acero, se interesaba por aquello a lo que nunca le había dado una probada.
Del izquierdo era la simpleza de la paz. Las pequeñas cosas que le sacarían una sonrisa tarde o temprano, una estabilidad y compatibilidad casi estremecedora. El alba iluminaba la silueta de la caballerosidad, la pureza de una fuerza que se mantenía estoica a pesar de los estigmas. Era casi un espejo que entre dulces susurros decía cuán exacto puede ser su reflejo masculino, su igual, alguien que por fin la comprenda en sus instantes de soledad.
Entonces lo positivo se estaba tornando oscuro, del lado derecho la jaula de oro era asfixiante y del lado izquierdo el fantasma de una mujer iba a perseguirla por siempre. Nada era conveniente, y aún así...¿Porqué se veía obligada a elegir?, lo cierto es que aún siendo un rey, lejos de quedarse en el frente de batalla quería huir.
Su espada dividía ambos mundos. Cuando elija uno de los dos, el filo cortaría al perdedor y sería borrado por siempre, eso parecía dictar su instinto. Tocó su pecho, más por los pálpitos inseguros de su corazón que por otro motivo. No quería decidir, pero debería de hacerlo, una fuerza mas allá de su control dictaba la orden final y solo debía ser acatada. Elegir. Ambos era imposible, impensable para su conciencia y moral, la utopía en donde todo se puede obtener eran meros mitos de la funda de su espada.
¿Vivir encerrada?, ¿Vivir pendiente de un fantasma? ¿Que deseaba para su vida? ¿Cual era realmente el deseo de una mujer, simple y llanamente Arturia Pendragon, sin cargos ni títulos nobles? ¿Que deseaba una doncella inexperta que nunca se había permitido ser tal?
—¿Quien es mi Avalon?
El hermoso Esmeralda que vestía a sus ojos vaciló, sus propias palabras parecían profesarse en otro idioma de tan extrañas a sus oídos. Brillo con una suave intensidad que estremecía a quien lo viese, una inseguridad que sentía ajena se apoderó de ella. ¿Desde cuando sentía lo mismo hacia ambos lados? ¿Cuando las jaulas encerraron su corazón y las lanzas la marcaron?
—¿Lancer o Archer?
Abrió los ojos, sobresaltada.
¿Que significaba todo eso? ¿Estaba dudando? ¿De qué?
—Lo único que debo decidir, es servir a mi pueblo.— Dijo medio adormilada, el discurso ensayado, la figurita repetida, esa que siempre servía para volver a su cauce de Reina.
—Y yo que hasta pensaba preocuparme por ti.— Sintió decir al dueño de la voz prepotente.
Solo bastó eso, el sonido altivo de su captor, deshaciendo el hermoso cuadro angelical que casi comenzaba a creer que era cierto. Entonces, derrotada mentalmente, al borde del estrés, se permitió suspirar. No fue cualquier suspiro, fue uno en donde inspiró todo el aire que sus pulmones permitían, y lo expulsó como si fuera la carga de una tonelada sobre su espalda. Ya eran demasiadas cosas para soportar. Primero que nada, ese horrible final, destruyendo a la salvación de sus sueños, haciendo trizas ese pequeño objeto milagroso que le brindaría su deseo. Luego, despertar en donde estaba ahora mismo, hace meses atrás. ¿Que tanta mala suerte podía tener alguien?, y para colmo, esa enorme travesía, donde un hombre casi la ultraja, y como olvidar al desquiciado de Gilles, ese si era un recuerdo directo al olvido. Y ahora, cautiva de su enemigo, como a un diamante en su vitrina, o mejor dicho un canario en una jaula de dos centímetros por dos centímetros, estaba encerrada teniendo extraños sueños que le estallaban la cabeza en pequeños pedacitos como si cada uno decidiera atacar los puntos débiles de su equilibrio mental.
—Maldita sea.— Bufó, desde lo más recóndito de su ser, se permitió ser libre. —Me desquicias, ¿nunca te dijeron que dejes de existir, Rey de Heroes?
—Oh, ¿desde cuando los tesoros se vuelven tan irrespetuosos?
—Sabes...—Respondió con una sonrisa torcida, sin siquiera mirarlo. Era un mérito, definitivamente que alguien irrumpa su paciencia social era un gran logro que solo y siempre se atribuía el Rey de Heroes. Ese odio, esa fijación casi infantil contra un rival de frases hirientes y una constante lucha entre el monopolizador y el intento de libertad, en cierta forma se le hacía casi una distracción obligada. Si, en definitiva, poseía al menos el pequeño regocijo en sentirse libre de fastidiar cuanto quisiera. Con aquel rubio dueño de sus mas intensas rabias, se permitia ser en parte, aquella niñita con ganas de patalear, discutir y librar tensiones. Era lo que se decía en una época moderna, un buen saco de boxeo con el cual desquitarse.
—"Buen día", se supone que deberías decir primero ¿no, Arturia?
—"Arturia, Arturia, Arturia", solo saben decir eso. Sin tesoros, sin personas y sin tierras, un rey no sería un rey, ¿sabes?
—Que buena charla matutina, en serio.— Su voz sonaba sarcástica y hasta algo divertida. —Así que esta es tu otra faceta...
—Hablo totalmente en serio.— Se levantó de la cama, en seco, para luego observar al dueño y señor del lugar. Dudó, la imagen de una toga resbalándose por un escultural cuerpo le hizo perder el hilo de la charla por más segundos de los que quería reconocer. Y la verdad lejos estaba de ignorarlo, ese hombre...en definitiva se asustaba de sus propios pensamientos, la poca costumbre a ellos y el intentar asimilarlo era otra de las tantas dificultades que le sacaban de sus casillas desde aquel sueño con cadenas de oro.
—No lo parece.— Ladeó la cabeza y apoyó esta sobre su mano, acostado cómodamente. —Mira, considera esto un lujo...
—¿De que hablas, Archer?
—"Gilgamesh", ese es mi nombre.
—No creo que yo, un humilde tesoro sin voz ni voto, tenga derecho a pronunciar su nombre, señor Rey de Heroes, Archer, pedazo de hombre de oro andante.
— ¡Oro andante! ¡Un pedazo!— Comenzó a reír, fresco, relajante y casual, como en la mismísima charla con un amigo ocasional, como si no fuera un rey ocupado en miles de asuntos que involucraban guerras, pueblos y deberes. —¡Tienes agallas, mujer!
Continuó riendo, como si se hubiese olvidado de su mirada seria y sonrisa engreída. Por un momento el papel que tomaba con tanta tenacidad se había esfumado en una risa casi contagiosa. La reina ocultó la mueca de lo que podría ser una pequeña y fugaz tregua. No estaba para ceder guerras silenciosas de cautiverio en busca de su libertad, ¿acaso ceder no era lo mismo que aceptar quedarse? ¡Nunca!
"Oro andante", se puso a pensar, y a darle una nota alta a la buena creatividad de su nueva adquisición, al parecer, tendría divertimento para rato al lado de ese peculiar tesoro suyo. Sonrió, la notaba confiadamente molesta, receptiva y expresiva, algo que le pareció peculiarmente refrescante, tratándose de la dogmática reina de Gran Bretaña que sabia mas de charlas de guerra que de trivialidades. Observó el cambio, y entre tanto y tanto, como aquellos ojos mas fieles al esmeralda que un propio diamante, lo observaban con cierta vergüenza queriéndose desviar de a momentos y en otros simplemente observar todo de lo que su cuerpo pudiese. Guiñó un ojo, haría el intento, un tesoro sin usar era una idea tan tentadora como incitante. Se bajó de la cama, el terciopelo rojo acarició la planta de sus pies, que sagaces como el cazador furtivo que era, se fueron acercando hacia su presa.
—"Gilgamesh", dilo— Quería escucharlo de sus labios, quería esa conexión tan íntima que solo un nombre ultra personal puede brindar. Como su identidad no habían dos, y que el objeto de su atención le dedicara su voz a una parte privada de si le atraía de forma alucinante. —Vamos, si lo haces puede haber un premio.
La reina retrocedió, sintiendo las suaves y semi-transparentes telas de su ropa de dormir acariciar sus piernas. Colocó las manos detrás suyo, tomándose la una a la otra en señal de encierro, sofocamiento. No sabía reaccionar, no sabía que se debía hacer cuando un hombre al que considera atractivo se acerque agazapado de esa manera. La definición de belleza había sido aprendida con Diarmuid, definitivamente, pero la de "Sensualidad", era una mucho mas fuerte para un ser como ella y sin duda asimilarla se le estaba haciendo dificultoso. Chocó con la pared, y no se pudo haber sentido mas patética, como la típica heroína de cuentos y demás que como una tonta, se deja caer a la merced de su acosador personal, indecisa y débil, hueca y sentimentalista, ignorante de lo que podría pasar a futuro. Se reprochó internamente, era como estar en un campo de guerra y mandarse sola en medio de las tropas enemigas, espaldas a un montón de sables con sed de sangre. Si, se sintió estúpida, indefensa y desnudas con solo unos harapos caros y finos que a penas le dejaban conservar la dignidad.
—Premio...— Susurró, ¿que premio podría esperar de alguien tan egoísta y acaparador?
—Veo que estás interesada en mi oferta.— Enarcó una ceja, como en el inicio de un triunfo despues de una intensa guerra de susurros y movimiento sutiles. La pobre fémina arrinconada se veía como un dulce animalillo asustado, dispuesto a temblar. Llegó hasta el objetivo, la yema de sus dedos trazó la nivea piel de sus piernas, suaves, estilizadas y hermosas. Recorrió la extensión hasta toparse con la fina tela que cubría su entrepierna. Podría seguir, podría ignorar los temblores que sentía bajo su yugo, más decidió analizarla.
—Ya basta.— Titubeó indecisa, la electricidad aún no abandonaba su cuerpo, era una carga electromagnética que parecía satisfacer alguna oscura faceta de su persona hasta entonces desconocida. Se permitió saborearlo, más por impulso y fluidez del momento que por realmente haberlo analizado. No reparó en consecuencias, si seguía mostrándose dubitativa sabía que podría caer en la trampa tendida perfectamente que significaba ese hombre en todo su significado y extensión. Lo miró a los ojos, una mirada intensa y opaca, las pupilas dilatadas, un pequeño acercamiento hacia su persona le hizo sentir más la pared. Demasiado plana, demasiado fría para el calor que comenzaba a correr por sus mejillas. Ese fue el primer paso para admitir la pequeña derrota de haberse sonrojado, aún así, no se le pasó en ningún momento por la cabeza el bajar la mirada. Podría perder en guerras tan tontas como las habladas, podría incluso perder batallas cuerpo a cuerpo y volver con una derrota a casa, pero siempre con la frente en alto. Estaba siendo amenazada como mujer, pero el Rey nunca iba a desaparecer del todo, él era, sin duda, una parte de sí que no era artificial, era parte de su mera y cautivante esencia. Notó con asombro una mano en su cintura, y como por medio de esta era atraída hacia el cuerpo escultural y embriagante de su fuerte contrincante. Se estremeció, la fibra frente suyo era palpable, mas bien lucía con brillo propio una cantidad de músculos excepcional. Era un adonis, era simplemente una de las mejores estatuas del Miguel Ángel. Pasó saliva, siguió observándolo, el cabello dorado llovía ensombreciendo mas esa mirada que ahora, con la asimilación de la situación, podría catalogar como lasciva. Quería huir, una parte de si le estaba invitando a abrir la puerta de la razón, mas sus piernas temblando no la dejaban tomar las decisiones "correctas".
—¿Que sucede con tu determinación, Arturia?— Acercó sus labios a la mujer que ahora tomaba con ambos brazos, en una especie de abrazo posesivo. Sus brazos sintieron la pequeña cintura que la conformaba. Se perdió en aquellas curvas por unos segundos, de seguro inexploradas y tan tersas como la piel de sus largas piernas, o la piel que osaba ver de su delicado cuello. Pensó en lo bien que quedaría un collar de oro allí, plantado y majestuoso en una belleza de tal inminencia. Sus pechos, pequeños y turgentes se sentían cálidos contra sus pectorales. La miró a los ojos, una increíble fuerza de voluntad y pureza se notaban en ellos, les prestó más atención de la necesaria. Se dejó embrujar, cayó en el dulce verde de esos pozos y apoyó los labios en aquellos tan ajenos peor tan deseados.
—Si sigues sin reaccionar, el lobo te comerá.— Añadió sintiendo la suavidad de los mismos a medida que modulaba. Notó sus ojos sorprendidos, la manera de reacción tardía, la cual la impulsó a querer zafarse de sus brazos. Nunca había sentido un momento tan intenso como aquel, que sin llegar a ser explícito, había logrado arrancarle mas de un pensamiento fantasioso y no precisamente puro. En definitiva, aquella pieza atractiva podía generar más desvaríos y alucinaciones de alto grado erótico para él, que lo que todas las mujeres acumuladas en sus experiencias hasta el momento habían logrado. Se separó de sus labios, notó la confusión y el temor que irradiaban ahora los irises de aquella que aún, se mantenía pura y niña. Volvió a sonreír, una mezcla de hasta ahora desconocida dulzura y a su vez lascivia más que reconocida logró aflorar de la comisura de sus labios. Se apartó un poco, tomándola de los brazos como quien aun no quiere soltar su juguete favorito. En definitiva, costaba alejarse de una mujer tan magnética y hermosa. Se permitió entonces quedarse alucinado, admitir que esa batalla quedaba en un simple empate. Ella, con su ingenuidad, había logrado atraerlo hasta el punto de rozar la humanidad, hasta el punto de sentirse en presencia de una deidad con mas poder que su persona, dispuesto a doblegarlo a ciegas. L a fue soltando, sus manos caían rendidas acariciando la piel que podían en el proceso, apoyó la cabeza entre el pequeño hombro que cargaba todo un reinado y su cuello, tan delicado y de un dulce aroma a miel. Chasqueó la lengua, la sensación era súbitamente cómoda, relajante para alguien que solo sabia de comodidad, mas no de paz.
—"Gilgamesh"— Pronunció en voz baja, incitándola a acatar órdenes.
La reina quedó en un estado de tensión, la calidez de su cuerpo y el río de sensaciones de una voz tan varonil cerca de su oído no era algo que definiría como normal. La suavidad de unas manos que sabían mas de armas que de tacto contra su piel se había sentido tan ajeno y cándido que la dejó atónita. Tomó aire, al fin librada de los roces y del cuerpo del contrario. No podía flaquear, no debía flaquear. Miró al techo.
—Libérame y lo digo.— Exigió, decidiendo una negociación formal para enfriar las cosas, cualquier desvío de ese momento era una desesperada salvación por olvidar la ola de sensaciones causadas por su captor.
—Ni en sueños, otra cosa.— Escuchó mencionar y lo sintió alejarse, al menos dos pasos mas hacia atras.
No supo que más pedir, pensó, en mil manera algo que la beneficiara.
—No quiero dormir más en tu habitación.— Sentenció, con voz fuerte, autoritaria, pretenciosa y decidida. Volvió a apoyarse en la pared, esta vez mas como reseña de descanso que como propio encierro. Se cruzó de brazos, la determinación no era para menos.
—¿Tanto te moles-
—No.— Cortó ella. —Tengo una mejor idea.
Vió un brillo en sus ojos, esta vez, como si hubiese aprendido una nueva técnica capaz de acabar con él, la rubia se le acercó prudente, pero inquisitiva. Solo le quedó cruzarse de brazos él tambien, y aprovecharse de su altura para mirarla desde arriba con desdén y arrebato, no sin antes sentir el preludio de la tormenta, amenazando.
—Diarmuid.— Escuchó pronunciar de la reina como si fuese esa contrademanda su carta de triunfo, y ciertamente, lo fue.
AUTORA: MigLi-Chan
Iba a comentar cosas, pero prefiero mejor resumir, a veces siento que arruino con mis acotaciones. Procedo a lo importante en cuestión:
Nadesiko-hime: Agradezco sinceramente tus reviews en cada uno de los capítulos, fue y es realmente un muy buen y apreciado gesto para conmigo, por ende con el/la escritora. Fue agradable leer que tenías un pensamiento para cada uno, saber que prestaste atención y te interesaste es para mi un muy bonito logro en lo personal, ya que escribo para mi y para quienes tengan gustos similares a los míos. En verdad aprecio el detalle y constancia, el tipo de lector que busco y apuesto buscan muchos mas. En fin, el capítulo es tuyo, mas que nada, porque entre tus reviews releí los capitulos que ibas comentando, me metí nuevamente dentro de mi historia y pude inspirarme en continuar, ya que estaba algo trabada. En fin, espero sea de tu agrado, ya que gracias esto, el capítulo fue tan largo que decidí dividirlo en dos, cuestión que iba a comentar antes pero decidí omitir y decirtelo a vos.
Respecto a tus revs, no develaré a mi personaje preferido (de Diarmuid y Gilgamesh hablando), ya que lo arruinaría, lo que dije en aquel entonces que odiaba, era el compartamiento con el que desarrollé a Diarmuid en ese capitulo, pero solo eso...comportamiento, no persona. Sobre Bedi, bueno, el es un tema delicado, digo, lo quiero mucho pero todavía no lo adoro lo suficiente como para catapultarlo un poco mas a mis protagonismos, pero sin duda mi bebé es tan puro y dulce que no pude evitar hacerlo partícipe para el desarrollo de la trama. Bueno, espero haber respondido correctamente como mereces, querida lectora.
Mis cordiales saludos y nuevamente gracias.
