Antes que nada gracias por darle al click y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fanfic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.

CRÉDITOS: Fate y sus personajes no me pertenecen.


Se sintió molesto, se sintió desplazado, ignorado, dejado al nivel de un simple perro. Se mordió el labio, pensaba extorcionarla con aquello en algún momento, esa debía ser su pieza de victoria y ahora ella anhelaba usarla antes. Buena estrategia, debía de aceptar. Estaba dando vuelta una gran parte del tablero a su favor.

—¿Qué quieres de ese perro adiestrado a lanza?— Escupió sin miramientos, ante el ceño fruncido de la reina.

—Libéralo, y te llamaré como tal, hasta mira, puedo ponerte un apodo y todo.— No la vio sonreír, pues ella no era de ese tipo de expresiones altivas a su mejor estilo personal que él sabía tan bien. Pero lo aseguraba, en su mente, sus blancos y perfectos dientes estaban siendo mostrados con superación.

—¡Cuanto pide un simple tesoro!, ¿Pero quien te has creído?

—Quien está listo para pedir, también debería estarlo para dar algo a cambio. Eres el rey, pero para mi no eres más que un egocéntrico al cual no le han enseñado modales, si quieres algo, haz como siempre y arrebatalo por la fuerza. Entonces prepárate porque no seré la niña asustada de hace unos momentos, tomaré las riendas, seré libre tarde o temprano y bien lo sabes. No vives en una fortaleza impenetrable ni mucho menos, puedo huir. Sigues siendo un humano, y hasta donde se, los de nuestra especie no somos invencibles. Por eso, arrebatalo o negocia, no soy el tesoro sumiso al que me quieres convertir, y no voy a permitir que sometas a una reina que tambien tiene su orgullo en juego. Decide, pues si no comenzaré a atacarte con lo primero que me venga en mente.

Observó, su fachada segura se mantuvo, lo supo pues la vió expectante, por lo que no pudo percibir el gran fuego en el que se gestaba en la boca del estomago. Quería zarandearla, gritarle, dominarla. El maldito león abrió las fauces y eso lo enervaba. Debía darle vuelta al tablero, una simple dama en apuros no podía ganarle al dueño de un reinado, al supremo poseedor del noventa porciento del mundo. Apretó la mandíbula con debida sutileza, sus puños luchaban por no cerrarse. ¿Porque no podría simplemente maltratarla un poco? ¿Que es lo que le frenaba? ¿Donde estaba el monopolizador Gilgamesh?, quizo golpearla, golpearse a si mismo por querer maltratarla, a ella, tan delicada y hermosa, tan preciosa y fina como el cristal, pura y perfecta. Su contraparte sólo realzaba los puntos a favor, era bella, inquebrantable, decida, diestra. Si, la dulzura en saberse arrinconado le suponía un reto demasiado tentador. La provocación solo lo incitaba a interesarse mas en el objeto de sus sentimientos mas encontrados. Si, un tesoro divertido.

—Bien, "Listo para pedir, listo para dar algo a cambio", ¿Quieres que libere el collar del perro?, pues simplemente compara el precio. Ofreces monedas por un lingote de oro. Es como si quisieras comprar tu Excalibur por tres monedas de bronce.

Ella lo miró, sorprendida, buscó la lógica, y allí estaba, rebosaba en todo su esplendor.

—Ya que soy el vendedor, supongo que puedo hacer un negocio que nos beneficie a ambos. Mi deseo de ser llamado por mi nombre no supone mayor intensidad que el tuyo de liberar a tu cachorro, ¿cierto?, ¿quieres demandar, quieres hacer un pedido? ¡Vaya, el Rey de Héroes puede conseguirlo a precio módico!

—¿De que...hablas?

—Desatalo tu.

—¿Archer?

—Desata a tu cachorro de mis cadenas, y de las tuyas. Mátalo.

—¡¿Que dices?!— Preguntó con sorpresa.

—Mátalo, dale su pobre muerte digna al fracasado, le harás un bonito regalo, y dejará de ocupar espacio innecesario en mi calabozo.

—No, ¡No puedo!

—Ah, ya veo, ya veo, ¿prefieres que lo asesine yo? ¿en serio pides que me ensucie las manos con sangre insignificante? ¿sabes el precio que deberías de pagar por ello? ¡ni tu castidad podría pagar monto tan alto!— Notó como la rubia se estremecía, la humillación debería estar ya plantada allí. —¡No se que tan importante te creas para mi!, déjame dejarte algo en claro...

Se acercó a ella la diferencia que quedaba, ahora volvía a controlar el sistema que había impuesto desde un comienzo. Declaró entonces, que ya no podrían haber fallas, o él salía ganando más, o terminaba con el obstáculo. La observó, una mirada que nunca creyó usar, una que reservaba para un caso de defensa que creyó nunca se daría, nadie lo encerró, o iba a encerrar nunca. La clavó, el intenso rojo amenazaba, era la sentencia a pena de muerte, era sanguinaria, sería, sin atisbo alguno de orgullo o juego. La iba a doblegar, por la fuerza, por la forma que fuere, pero su esencia, su tenacidad no iba a morir en el proceso, era un atributo innegable, imprescindible. El Rey de Héroes sin su fulgor no podría declararse como tal.

—Eres como un objeto más de esta habitación, prescindible, manipulable y bajo mis dominios, tres principios básicos que cumple un objeto inanimado. Si quieres ascender de nivel, ya que soy un rey complaciente y compasivo que ofrece grandes oportunidades, vas a tener que aprender a entretenerme. Mátalo, lo liberas, te ganas un punto conmigo, y problema resuelto.

Guardaron silencio, notó como esta quería bajar la mirada, como apretaba los puños indignada. Algo quería frenar, quizá estaba rompiendo los pocos buenos escenarios que había logrado hasta entonces para con la Reina de Gran Bretaña. Se molestó, mas consigo mismo y una mínima alarma de indecisión, que con la situación y sus resultados en si. Estaba humillandola quizá demasiado para alguien que priorizaba su cargo que su género.

—¿De todas formas va a morir, no?— Susurró, sombrío, pero inquieto. Sabía en que ideales se basaban aquellos caballeros, sabía las historias, los enlaces y desenlaces, la pureza indescriptiblemente innecesaria de sus acciones. Los sueños y cargas que conllevan almas tan dedicadas sus ideales en vano, es es de hecho, lo que le atrajo de la mujer que tenía enfrente en primera instancia.

—Entonces, deberíamos luchar, frente a frente, y puede que me pierdas en el proceso, aunque supongo que siendo prescindible eso no importa.— Escuchó decir en un frecuencia baja, casi un murmullo lejano, como la oración de un cadáver. Un golpe bajo, lo imaginó...una Arturia muerta, muerta por un perro de mala fama que no le llegaba ni a los talones.

—Siempre está la tercera opción, siempre la hay, y puedo ofrecertela.— Respondió el, sabía que ella se negaría, preferiría verlo encerrado antes que muerto de una forma tan poco caballerosa. El no podía perder, ni su orgullo ni a su tesoro en el proceso, por mas prescindible que haya dicho que era.

Fue arrastrada a empujones hacia lugares meramente desconocidos, con tanta variedad que no sabría descifrar si se trataba de un castillo un la casa de las mil habitaciones ambientadas diferentes, por lo contrastante de estas. Tomada del brazo, con una fuerza que imponía mas orden que el hecho de herirla en si, fue conducida hacia el lugar donde cumpliría el pacto. Lo sabía, siempre que había algo a conseguir, habría que sacrificar a cambio, y entonces, mientras mas valor tenia aquel deseo, mas doloroso seria el intercambio. No había lugar a las equivalencias, mucho menos a la balanza de la justicia, eso se aprendía tanto como rey como en la guerra del santo grial, donde la clara incongruencia de las entregas y contra-entregas para obtener el objetivo, era mas claro que el río de Fuyuki. Tembló internamente, vaciló, mas las tácticas psicológicas y tan sutiles como una simple caminata tensa, no le daban opción a flaquezas, o a buscar soluciones mas convenientes a su favor. Había perdido, y a su vez, había ganado una pequeña porción de alivio en saberse la liberadora del lancero. La travesía llegó a su cauce, el desenlace era inminente y la mente en frío debía ser puesta a prueba como en un examen minucioso y del mas alto calibre. Había que imponerse la actuación como si fuese la biblia, y para alguien sincero, eso costaba los horrores de los ideales quebrantándose en menor medida, pero no por eso menos molesto. El rubio se quedó, allí, como el mero espectador del teatro a desplegar, el iba a admirar a su bella y mejor actriz, regodeándose por el precio barato de su entrada. Si, en definitiva, iba a ser el coliseo romano, donde las bestias entretendrían al verdadero, o asi parecia, rey. La celda era otra más del montón...del montón de celdas lúgubres que componían ese oscuro subsuelo. Observó, como detenidamente, una serie de ratas se paseaban dueñas de las penumbras sin ningún tipo de preocupación. Le producía asco, y más asco aún, le daba el hecho de que esos animales repulsivos rozaran en las tantas noches a Diarmuid, un ser tan bello y noble como él en las profundidades de la miseria y la injusticia. Recalculó, quedarse distraída no era una opción, la evasión detenía sus planes rápidos, debía actuar con fluidez y llegar cuanto antes en donde se encontraba él. Tenía que hacer algo, tenia que..

Tenía que alejarse, cuanto antes, de todo lo que pudiera distraerla de sus deberes. Ella no debía darse el lujo de ser tan permisiva como Gilgamesh, no tenía esos derechos. Más bien no quería admitir que esa era una debilidad que consideraba innecesaria, una que le producía temor, inseguridades y dudas como persona ajena a una corona y una espada sagrada. No pensó más, era contraproducente hacerlo. Hoy debía brindar una única y creíble actuación en su única oportunidad para remediar todo. Había pasado grandes meses, si, por extraño que parezca todo le había resultado una agradable aventura junto al lancero. Claro, exceptuando algunas partes traumáticas del camino. Caminó por los pasillos y por Dios o el Santo Grial, podría jurar que esa cárcel era tan grande como todo e castillo de ese rubio. Tal vez, ocupaba toda su extensión bajo tierra, puesto que en una de esas ocasiones, prestó atención a la bajada de varias escaleras en el tortuoso proceso de pensar en calmar y despejar su mente. Sus prendas, tan finas tanto en ostentación como en grosor de tela, le indicaban la frialdad de aquel lugar, que calaba mas fuerte de lo que en verdad llegó a suponer. Siguió, siempre al frente, mientras los pasos del seguidor sombra, alabado y odiado espectador astuto, la perseguían, como el peso necesario para seguir con decisión y firmeza. Analizó detrás de los barrotes, unas simples maderas amuradas a las paredes de piedra con cadenas soportando el peso sin amurar de esta, eran probablemente junto con un agujero, los únicos ornamentos que podría esperar y ver en aquel lugar. No analizó más, era realmente inhumano observar tal disposición de la que se supone es la estadía de alguien de buen corazón. Claro está, que en ocasiones como esas era cuando flaqueaba, cuando sabía que en luchas también se sacrificaban inocentes, que habían nacido y sido castigados por el simple hecho de nacer en su país, una condición no opcional para quien aún es un crío. Cerró los ojos, su calzado plano repiqueteaba en el suelo, y algunas gotas cayendo se escuchaban en la lejanía de aquel sitio húmedo.

—¿Arturia?— Escuchó mencionar, esa voz, aterciopelada, suave y envolvente, digna de la magia que el lunar profesaba en su versión sonora y no visual, la envolvió en una relativa calma. El no sonaba herido, y hacia mucho no escuchaba su voz. Fue un pequeño alivio, el ojo del huracán, puesto que antecedió a la enorme tensión que la invadió minutos después. Debía poner fin, no dar inicio a visitas.

—Diarmuid.— Dijo en seco, mientras se dignaba a ver a su costado, agachado y tomado de los garrotes, algo sucio, pero aún así igual de bello. A simple vista, parecía hasta bien nutrido, por lo que no tuvo que preocuparse mas allá de lo estrictamente necesario, seguir el plan. Se agachó, quedando a su altura, después de todo, su orgullo como rey no era sinónimo de distanciarse de la gente, una mesa redonda era el claro ejemplo de como un rey podía seguir siéndolo y aun asi, recibir colaboración hasta de los sectores mas bajos y humildes del pueblo. Recogió su cabello dorado tras su oreja, una mirada fría se mantenía sobre si, y era el ingrediente necesario para hacerse mas creíble.

Él la observó, algo azorado por las vestimentas con las que se presentaba una reina de la cual aseguraba su decencia al cien por ciento. Luego de divagues con detalles, llegó al fondo de su sorpresa, ¿como había llegado ella hasta aquel lugar?

—No me digas, que tu...— Hizo una pausa, una mueca de felicidad casi escapa de sus labios, era una ilusión sustancial, tenia fundamento, y si realmente era así, lograría decirle a la reina, todas las cosas que estuvo procesando sobre ella dentro de ese calabozo, todo aquellos sentimientos que le profesaba, la complejidad con la que se tomaba en serio a esa mujer, como caló hondo en sus pensamientos y la resolución a la que había llegado. —¿Has podido huir?

—Quisiera creer eso— Acotó con escepticismo, lo cierto es que con el último hecho acontecido, solo pudo confirmar lo difícil que sería lidiar con un poderío como el de Gilgamesh. Notó la desilusión en los ojos acaramelados de su compañero de ruta, parecía un niño al que no le dieron aquel dulce prometido hace momentos atrás. Mantuvo su firmeza a pesar de las adversidades, debía librarlo. —Pero no, he llegado a un acuerdo y te liberaremos.

—¿Que...acuerdo?— Musitó con imperiosa curiosidad. —¡Que te libere a ti! ¡¿Porque ese hombre se halla tan empecinado por ti!? ¡No eres suya, nunca lo serás!

—Diarmuid...

—¡Tú estás conmigo!

Se observaron, luego de que el contrario decidiera callarse a sí mismo, y entonces, la voz cortante y autoritaria de hasta ahora una desconocida Arturia, decidió invadir sus oídos.

—No puedo ofrecer mucho, en realidad nada.— Habló de forma diplomática, como en un discurso. —Es como creer que porque hay una caja al fondo del mar, ésta es automáticamente un tesoro. Y creo firmemente que por eso no hay que idealizar, tampoco saltar precipitadamente al abismo sin haberse parado a pensar un poco antes. Hay que tener cierto cuidado por uno mismo y sus impulsos inestables. Gilgamesh es un enemigo a analizar, no puedo andarme a medias, tampoco puedo decir que estoy con alguien en específico, después de todo, nos debemos un duelo y...no tengo porqué establecer ilusiones ni vínculos con nadie.— Su voz se volvía más fuerte, segura. —No tenemos que crear expectativas que no sabemos si podemos cumplir, porque hay tantos ideales caídos como personas en el mundo y realmente he y sigo aprendiendo ello cada día. Por eso créeme, el tiempo decide y provee, mientras uno se va armando de saber para poder elegir la opción más óptima, correcta y sensata para todos, como yo en este momento.

Y hablaba de aquello como si se tratara de una estrategia a realizarse al día siguiente. Como si su corazón fuera una mera herramienta, o siquiera hiciera acto de presencia en ella. Y la envidió, la envidió por esa salvación tan racional. La envidió por haber aprendido tan fácil a no sufrir por debilidades banales. Si, después de todo los sentimientos siempre entorpecían algo, y él lo sabía con certeza. Por supuesto, era una inexperta, pero una llena de dicha en saberse exenta de dolores lastimosos, de desiluciones amorosas...

Ya decían sobre el goce que se encontraba en la dulce ignorancia. Pero, ¿no era acaso triste desconocer la dicha de amar? Por mucho que duela, por mucho que lastime, era el sentimiento noble de sentirse humano, vivo.

—Yo no soy el tesoro que Gilgamesh quiere, tampoco la damisela en apuros que deseas tú, Diarmuid.— Sus manos tomaron los garrotes con fuerza, vehemencia y una seguridad febril, dejando en claro esa terquedad inquebrantable tan característica de Arturia, mientras por dentro se disculpaba, se confundía, se refrenaba de expresar sinceridad. —Yo soy un rey. No necesito un corazón cuando nací con una espada.

Para entonces ya no supo que decir. Era la forma de rechazo mas fría e inconcebible que pudo haber escuchado. Escuchó la metáforica onomatopeya de un "crack", algo debió de haberse roto en su interior. Él sentía, volvía a sentir lo que creyó perdido desde hace mucho tiempo atrás, cuando esa mujer le fue arrebatada y era así como el ciclo de su desgracia se repetía, dándole una resolución que pareció ser dictada como a un discurso protocolar. Al final, se rindió. No había ya nada que ofrecer tras unos barrotes, al contrario, una Reina sabia y helada, le ofrecía la libertad que él con sus pobres intenciones no podía pagar. Caer al vacío sin resistirse y gastar mas energías era la opción mas tentadora y prometedora, aquella mas sabia para los que se querían retirar con un poco de dignidad. Porque todo el tiempo invertido en una celda en pensar en su sentir y un posible final feliz, solo lo había hecho volar tan alto, que la caída era irremediable. Tendría que salir, con huesos y corazón roto, ante la decisión de una persona a la cual admiraba, la cual ahora le arrebataba las alas que por fin había recuperado. No pudo hacer mas que sentirse peor. Bajó la mirada, tal vez una lanza en el pecho dolía menos que esas palabras, lo analizó, y sinceramente lo sentía así. Una mujer tan delicada tenía el mismo o más filo que la espada a la cual empuñaba siempre que podía. Lo supo desde entonces, en Camelot, cuando no podía alcanzarla con un simple caballo. Ella era la distancia de sus sueños, ella era la perdición o la salvación, que solo se acercaría lo estrictamente necesario, de sus manos pendía su vida y muerte, su libertad y cautiverio. No preguntó detalles, no preguntó sobre que trataba ese acuerdo, o que planeaba hacer una niña tan ajenamente dolorosa a él. Su mano acaricio por entre los barrotes la mejilla de esta, conteniendo miles de palabras tortuosas. El silencio estaba ampliando la profundidad de la herida, y la expresión solemne de una indiferente Arturia solo le confirmaba lo que nunca debió olvidar, él pertenecía completamente a otra historia, nunca se mezclan los cuentos, las bebidas preestablecidas, los intereses con sentimientos.

Entonces miró esos ojos esmeraldas y comprendió que la distancia de sus corazones, era la brecha entre un lancero y un Rey.


AUTORA: MigLi-Chan