Antes que nada gracias por darle al click y pensar en leer este fic, cualquier critica constructiva es aceptable siempre y cuando sea con el debido respeto y si tengo suerte con este fanfic y me dan reviews contestaré de inmediato, ¡espero les guste tanto como a mi me gustó escribirlo!.
CRÉDITOS: Fate y sus personajes no me pertenecen.
Pocas veces -por no decir nulas- él debía admitir una derrota, y se dice "debía" porque lo hacía cuando ya no había opción, ni siquiera recuerda cuándo fue la última vez que sufrió semejante humillación. Claudicó, al final siempre había una primera vez para todo. Luego de la marcha de aquel lancero, la reina ya no volvió a ser la misma, parecía que todo lo que había avanzado su "intento de acercamiento" había sido en vano, o desde principio nunca hubiese pasado. Y ahí estaba el problema, ella había vuelto a ser la reina de un comienzo. Incluso en su llegada no había sido tan recia e indiferente como en ese momento. Había perdido, y más de lo que estaba dispuesto a entregar, o reconocer. Algo faltaba, sus piezas siempre ordenadas de todas la maneras posibles, parecían entrar en caos, por primera vez su vida encontraba un vacío, y aquel no se iría hasta poseer por completo todo lo que creía, correspondía a su persona por derecho.
Por su lado, Arturia no podía sentirse más mecánica, se preguntaba si su corazón no era el material de su espada en vez de tejidos y sangre recorriendo aquel órgano, y es que desde el último vistazo a esos ojos hermosos y tristes, el castillo e incluso la vida había adquirido un tono gris. Ya no era su día, y sospechó desde ese entonces en que la sombra del lancero se alejaba en el horizonte nublado, que no sería su semana, ni su mes, ni siquiera su año. Nunca fue su vida, para empezar, lo único que siempre la sacó adelante fue la sonrisa de su pueblo, llena de ilusiones y aprecio. Si, la configuración del destino, de algún Dios, ya la había colocado en ese papel, maldito el día en que intentó abandonarlo. Salirse del rol es casi pecar, y así se paga. Observó la ventana, las nubes seguían oscuras, presagiando malos augurios, sus esmeraldas acompañaban opacadas, solo participaban de la escena como un objeto inerte, y es que ya habían pasado cuatro días sin la esperanza de escabullirse y encontrar a un lancero en una celda, idear un plan y huir. No hubo hora en la que se preguntaba dónde estaría, si estaría alimentándose bien, durmiendo en algún lugar tibio. Contuvo un suspiro, ese derecho había vuelto a ser nulo, siempre el ciclo se repetía: Pensar en Diarmuid, luego los azares del destino y por último que debería hacer, que debió haber hecho. Cuál habrá sido ese punto clave de la vida en el que podría haber cambiado algo, en qué se equivocó, porqué decidió lo que decidió y que beneficios sacaba de ello ahora que su único presente era ser un objeto decorativo más, retrato de antaño de lo poderosa que alguna vez se creyó.
¿Que debería hacer?
De repente ya nada era seguro, se sentía armada de a partes que no encajaban, se hallaba en un lugar donde sus piezas eran inconexas y cada una se quería separar para ir a un lugar totalmente contrario. Nunca pensó tan a conciencia sus desgracias. De repente la corona pesaba tanto o casi como un yunque, y la capa vaya a saber a qué infierno quería arrastrarla, sostenida por demonios del averno que susurraban mil escapatorias indignas. No quería, no debía flaquear, su instinto lo sospechaba, una vez que decidiera caer y justificarse en su miseria, no volvería jamás a lo que sea que fuese en aquel momento, la forma se perdería y los cambios solo traían temor y pérdidas. ¿De que serviría arrepentirse de años de vida? ¿Que beneficio traería saber que ha perdido la mitad de su vida equivocándose en algo? La perdición definitivamente se acercaba, si no seguía mirando al frente como hasta el momento, sería débil. Un rey débil. En aquellos días tempestivos, se dedicó a callar, a mirar todo con infinita indiferencia, aunque por dentro quisiera zarandear a un ser dorado y pedirle explicaciones aunque ellas no sirvieran. A veces veía a un rey haciendo de persona, y eso la confundía, era lo contrario a ella, esos vestigios de semi humanidad eran un brillo casi atractivo, era la sutileza de una tierra desconocida que la había hecho flaquear en su "hospedaje" dentro de aquella jaula dorada. El viento azotó sus rubios cabellos, sueltos, despeinados, despreocupados. La ventana de piedra se sentía fría contras sus pequeñas manos mientras un frío casi invernal sacudía su vestido rojo, cortesía del captor. Quiso olvidar, si hubiese un punto cero donde reunir ordenadamente sus fragmentos, definitivamente lo haría. Y es que pararse sobre la nada nunca fue lo suyo en un mundo ajetreado lleno de problemas a solucionar.
—El horizonte está lejos, justo allí donde tú estás.— Susurró y cerró los ojos. Se había rendido, era hora de retomar el camino designado por ese caprichoso Dios.
Y ahí estaba él, aquel horizonte era Inglaterra, cuando pudo "tomar prestado" un caballo y galopar hacia el único asilo en aquel mundo tan extraño. A veces el corazón le dolía, recordándole que habían malas elecciones, y algunas eran tomadas con el corazón, y esas si que no tenían retorno. Arturia se había convertido en la representación de la debilidad, y a su vez la fuerza de su valentía, la que confundía con terquedad de a momentos, y es que podría llamar de cualquiera de las dos formas a la imperiosa necesidad de rescatarla a toda costa a pesar de las molestas y dolorosas palabras que lo echaron como a un perro de Gilgamesh. Porque así lo deseaba, y si aquella reina deseaba quitarle el corazón y pisotearlo contra una pica, quería que lo haga, sin más remedio, con sus propias manos. Había una lucha aún por resolver, y si tan rey era, esperaba un cumplimento como se debía, iba a darle la chance de terminar de destrozarlo, reviviría el objeto de reunión inicial que lo había convocado a toda esa aventura redundante y sin significado, aunque eso significara un mero pretexto para ver a lo único real que tuvo en su vida, lo mas cercano a la dicha que pudo rozar. Y llegó, de repente dejar tierras enemigas había sido un alivio, ya por fin su cabeza había perdido precio y era un pacífico ciudadano más. Miró hacia todos lados, y no pudo sentirse más en contacto con la reina, todo parecía tener un peculiar brillo, una secuencia de ráfagas de viento que melancólicas susurraban su nombre. Todo era demasiado noble y honrado, un pueblo formidable que ofrecían casi a punta de lanza, la necesidad de protegerlo. Una vez llegado a Camelot, con el resentimiento de tener encontrarse con cierto caballero si es que la suerte no lo acompañaba como hasta ahora, empujó ambas puertas con ayuda de unos guardias reales y entró.
—¿Sir. Diarmuid?— La voz era casi enigmática, envolvente. Se fijo en todas las direcciones disponibles, más no había nadie, parecía ser absorbido desde todos los rincones de aquel monstruo de cemento.
—¿Hay alguien?
—Oh, perdon— de repente aquella extraña voz aparecía justo delante de él, quien miraba hacia atrás en su búsqueda. —Merlin.
Extendió la mano en un saludo cordial que se le hizo sumamente cómplice, como si un secreto fuera extraído de su tacto. Volteó a mirarlo con su cabello largo y extravagante vestimenta.
—¿Que plan tienes, Diarmuid?
—¿Que?
—Lo vi, te liberaban sin mi rey, y en el camino hacia tu único destino, planeabas cosas a gran velocidad, aunque al nivel de lectura mental no llego. Soy como un oráculo, no temas en contarme tus reservas.
—Ella...eh, esto es extraño.
—Te rechazó.
—Auch.— gimió con un mohín que le hubiese parecido adorable a cualquiera, pero aquel mago, aunque conservara rastros de amabilidad y sabiduría, parecía conservar la vejez en su mirada de haberlo visto todo, como si después de un tiempo, la vida dejara de ser sorprendente. Tal vez así era, tal vez ver la magia era lo alucinante, hacerla ya contaba con desiluciones y sinsabores de una avaricia temprana y un poder voluble. —Bueno, eso hizo para ser exactos, y entonces Gilgamesh por arte de magia me liberó.
—La magia la hago yo— sentenció Merlín en tono agravante. —El rey y tú son muy ingenuos, más el señor de prendas doradas es muy ingenioso. Nunca confundas la magia con el ingenio, que se parecen, a veces van de la mano, pero no son lo mismo. Aunque claro, el ingenio puede ser la perdición muchas veces.
—Lo siento, aunque no entiendo a qué te refieres.
—Lo sé, un lancero no entendería como solucionan sus asuntos los reyes.
—Esto es hostigamiento.— Su semblante parecía enojado, pero era mas por el cansancio y el dolor de pecho que por un hombre desconocido señalando lo que todo el mundo ya sabía en libros y demás chucherías. Después de todo, fue volver a hacer un enorme viaje y esta vez sin compañera, las noches eran mas frías, los días mas largos y la carga de un sentimentalismo quebrado solo empeoraba los factores, el hambre se había ido por el nudo en el estómago y las ganas de entretenerse eran nulas en una tierra enemiga en la que si bien fue liberado, su cabeza contenía un valor de diez lingotes de oro. El maldito dorado, se regocijaba en verlo como un animalillo acorralado y benditos Juegos del Hambre. Otro hecho que definitivamente tampoco ayudó en nada, nada de nada. Bendita su suerte, se dijo en aquel momento en donde golpearse la cabeza parecía ser una solución muy efectiva a sus problemas.
—Lo digo sin afán de hostigar, sucede que la realidad te parece insultante, y que alguien simplemente la ventile en voz alta suena a intimidación. Nadie quiere que descubran sus pesares.
—Supongo que tú magia también detecta límites de paciencia ¿Cierto?, porque en verdad sabrás que hoy no es mi día, ninguno es mi día desde que tengo conciencia.
—Si, mi magia indica que al estar en un lugar que no te pertenece y sin protección alguna en donde todos me conocen, permanecerás con una paciencia óptima. Digo, excepto que usted sea un lancero pseudo suicida.
Guardó silencio, era cierto, como la esencia de Arturia estaba en cada recoveco, se sentía confiado y a salvo de cualquier amenaza. Pero ya no estaba al lado derecho de un rey amistoso, ahora se situaba en tierra de nadie con personas buenas, pero asustadas y a la vista de cualquier amenaza. Dejar a las masas sin líder traía tales consecuencias, los peones se amotinaban como fieras en la ultima instancia de caza.
—Ah, cierto que...— añadió con una sonrisa pícara —estas rumbo a un suicidio casi romántico, aunque uses el código de caballeros como excusa. Un poco precipitado, diría yo.
—Si lo sabes todo, ¿Para que abordar cada tema? Te cuento el plan ¿Te cuento el plan? — Repitió nervioso. A sus alturas, habiendo conociendo tantos servants grandiosos y con poderes curiosos, ya nada debía sorprenderle, pero una persona capaz de develar tantas cosas, era un peligro en sí misma. Miró hacia arriba, la construcción se elevaba en una altura increíble que te hacia sentir en libertad. Todo rodeaba así a Arturia, extensiones alejadas permitiéndole la libertad de la soledad, y entonces todo ese desierto era una belleza casi incomprensible, tan sensitiva como provocativa. Ella era la belleza de sus ideales, inclusive lo precioso de sus errores, tenía esa imperfecta perfección que doblegaba hasta al mas grande de entre los grandes.
—Bueno, no quiero esperar mucho.
—Iremos a rescatarla, todos los caballeros de la mesa redonda, usted, yo...el pueblo...
—¿El pueblo? ¿Yo? ¿Cuanta locura puede un lancero juntar en una frase?
—¿Que inconveniente hay con mi posición de lancero?
—No puedo decirte el futuro, por ende no puedo expresar mi pensar correctamente, lo siento. Un trato es un trato, y a cambio de mi sabiduría, hay muchas cosas que no puedo realizar como quisiera.
—Tu alma al diablo, o algo así...
—Supongamos. A ver... — Aclaró la garganta con el puño de su mano sobre la boca, con los ojos cerrados, como visualizando internamente todas las posibilidades, prosiguió a hablar. —Los caballeros, me parece una idea correcta, exceptuando a Gawain, el es el actual encargado de suplantar al Rey en su ausencia. El pobre anda tan agobiado que dudo que quiera ver una espada otra vez , sin él, nuestra nación se queda sin cabeza ¿comprendes?, no puede venir cualquier campesino a reemplazarlo. Yo, por mi lado, debo decir que tengo el pequeño inconveniente de servir solo de respaldo, en verdad estratégicamente sirvo más de este lado que de aquel, puedo controlar a distancia, si así lo prefieres. Y el pueblo...Un Rey no es tal sin pueblo, Arturia nos arrebataría la cabeza sin vacilar si mandamos a corderos inocentes a la masacre enemiga.
—Listo.— Sonrió con su encanto natural mientras tiraba hacia atrás el ondeado mechón de cabello tan característico. —Tu suplantas a Gawain. Y no solo eso, tu organizas a los caballeros, está claro que un lancero como yo no se va a tomar tal atrevimiento. El pueblo tiene solución, movilizas a los caballeros para que hagan pruebas rápidas de fuerza, quien quiera recuperar al rey se va a enlistar con verdadera intención y devoción.
Solo recibió una pequeña sonrisa de parte del mago. Este se iba retirando a sus espaldas hacia la puerta donde hacía unos pocos minutos había entrado, con la palabra en la boca, y las ganas de cometer aquella locura a flor de piel, estuvo a punto de voltear, cuando se sintió paralizado nuevamente por aquella sabionda voz.
—Esta bien, mientras tanto prepárate para luchar, y no sólo con tu cuerpo, Diarmuid.
Quiso responder, pero para cuando quiso darse la vuelta a una confrontación, ese humano se había esfumado como si de la esencia de un ente fantasmal se tratase. Quedó bajo el sepulcro de una mesa sin caballeros, un pueblo sin rey, y un lancero sin sentimientos que no hallan sido destruidos. Ahora solo conservaba sus fragmentos, punzando desde adentro para lacerar todo su cuerpo y sumirlo en la desesperación de no hallar oxígeno, su oxígeno, aquel de nombre y apellido real. El enorme ventanal de probablemente tres metros, incrustaba la luz en el paradigma de su oscuridad, el horizonte parecía cercano, y probablemente asustaba, el futuro estaba por llegar para dictar su final y aquello no hacía más que ponerlo en extremo estado de ansiedad. Si, debería lucha definitivamente, con algo mas que su cuerpo. Su corazón debería ser fuerte para entonces, porque él colgaba de unas manos delicadas atrapadas tras unos barrotes llenos de codicia.
Así se hallaban todos, divididos, indiferentes, dolidos, vacíos, indecisos, definitivamente fragmentados. Y entonces, la verdadera guerra iniciaría para aquellos que solo sabían de ver horizontes y avanzar hacia adelante.
Autora: MigLi-Chan
Lo siento por no actualizar seguido, sé que esta es la forma más efectiva de perder lectores pero...No puedo forzarme. Hoy no sé que sucedió, de repente quise escribir sobre todo Fate, será por el estreno de Fate Apocrypha, ver a Mordred fue como ver la presentación de Arturia pero mucho más tenaz, por así decirlo.
Y bueno, quizá este capítulo pueda parecer redundante y carente de sentido para la trama, pero yo lo sentía necesario, porque cumple la función de preludio. Siento que se acerca el final, del fanfic tal vez o de cierto "arco", eso realmente no lo sé, pero las cosas van tomando su cause y bueno, no quiero estirar algo que al comienzo planeaba hacer de cinco capítulos.
Muchas gracias a quienes me lean en este capítulo y les deseo felices Juegos del Hambre ¡Hagan sus apuestas!
Saludos, MigLi.
