Treinta segundos son suficientes.

Capítulo uno: Marmalade.

.

.

.


Tras una breve pausa para respirar algo agitado, Gumball volvió a puntear con el lápiz la zona que estaba explicándole al mayor.

—A ver, recapitulemos. —lo dijo con paciencia, como si el aire no le faltara o como si no estuviera martilléandole la cabeza por repetir lo mismo—. Los tiempos gramaticales del inglés…—. Hizo una pausa, intentando buscar una manera más sencilla de explicarle al mayor. Marshall jugueteaba con la goma de borrar en sus manos, mirando los apuntes uno tras otro, Gumball estaba seguro de que en realidad no le prestaba atención en particular. Así era el moreno, descuidado y tal parecía que tampoco tenía intención alguna en graduarse ese año.

Marshall se mordió el labio inferior tras una exhalación del menor, se sentía atrapado entre esas paredes. Incluso el más pequeño recoveco del hogar ajeno estaba pulcramente limpio, no había una sola mancha o una sola cosa que no estuviese acomodada. Las paredes eran de un blanco prístino y la decoración minimalista, los jarrones, cuadros y espejos encajaban uno tras otro en hileras regulares sobre las paredes o el amueblado. Marshall se sentía ofuscado por la profusión tan violenta de limpieza y orden; cada vez que giraba, contaba los jarrones de jade verde en la mesa de centro, pensando que quizás se habían multiplicado para torturarle.

Incluso mirar el cuaderno y los libros de Gumball no era menos alentador. Todas las páginas utilizaban tres colores nada más: un plumón para escribir el contenido, uno para el título y el tercero para remarcar lo importante. Adornados con post-it rosas o algún sticker mono, las hojas engargoladas estaban sobriamente acomodadas, sin dobleces o manchas innecesarias. Marshall se sentía sofocado con toda esa pulcritud. Gumball siempre le había visto como un maldito indigente, Marshall no ocultaba su actitud simple y quizás algo de flojera por su propio aspecto; pero creía que la obsesión de Gumball por el orden iba más allá de los parámetros.

Gumball presumía de poseer orden en cada uno de los aspectos de su vida; la casa, sus materias, incluso la manera en la que acomodaba los plumones en la caja especial, su obsesión se bifurcaba entre la limpieza y la insana necesidad de acomodar todo de menor a mayor o de negro a blanco. Tras unos segundos en silencio, Marshall fue incapaz de continuar en esa posición y tuvo que apoyar los pies en las patas de la mesa bajo el mantel de tejido color crema, con un golpe seco en la rodilla con una regla metálica, Gumball le hizo bajar los pies de allí.

Girando a mirarle de manera venenosa, Gumball espetó con voz cansada: —Mi casa no es un parque de diversiones, presta atención aquí. —su tono no dio lugar a una oposición del mayor quien le observaba como si le hubiese crecido otra cabeza. —. Se agrega "S" al final del verbo en simple presente a las terceras personas del singular. Si el verbo termina en "S Z, SH, CH ó X" se agrega un ES.

El pelinegro asentía tácito a sus palabras, intentando procesarlo todo; su cabeza se alzó entre los monotones de libros apilados unos tras otros, observando la pluma ir y venir donde el menor le decía. Era la cuarta vez que le repetía esa línea y creía haberla aprendido de memoria. En realidad era una conjugación bastante sencilla, pero a su parecer Gumball era un pésimo maestro.

—Lo siento, princesa, no puedo hacer más que esto. Esta vez debo pasar el año.

Gumball de cierta manera le entendía, la preparatoria podía ser abrumadora; sin embargo Marshall había sido el causante de todo ese descuido que ahora le costaba caro. El reloj de pie en la sala tocó, marcando las cinco de la tarde. Un ligero estremecimiento le corrió por el cuerpo a Gumball mientras se levantaba de la silla sin dar ninguna explicación. Marshall lo observó entrar en el baño como si tuviese un resorte en la espalda y luego perderse tras la puesta color menta. Estirándose en la silla de manera vaga, se encontró a sí mismo ofendido de que el menor no le pidiera permiso o se excusara para ir al servicio. ¿No era así como se comportaba la gente de la realeza? No es que a Marshall realmente le importara, sólo que le ofendía el hecho de que Gumball le ignorara estando allí.

Resguardado tras la intimidad de las cuatro paredes en su pequeño cuarto de baño, Gumball apoyó los dedos en el lavabo mientras respiraba agitado. Abriendo el mecanismo tras el espejo, la pequeña gaveta se liberó y encontró los frascos con medicamentos prolijamente acomodados de uno en uno por orden alfabético. La piel pálida y remarcadas bolsas bajo los ojos se distorsionaron cuando el espejo golpeó la pared y sacó un frasco de allí. La cabeza le estaba matando, era como si le golpearan contra la pared una y otra vez, sólo que debía mantenerse de pie; vapuleando en su sistema el dolor esperaba que fuera olvidado luego de tomar el medicamento. Tomando un pedazo de papel se limpió la nariz y el sudor del cuello.

Tras abrir la puerta, Marshall le recibió con una mirada aburrida y sin interés alguno; Gumball guardó la compostura mientras atrancaba la puerta y volvía a sentarse con la espalda recta en la silla del comedor. —Princesa ¿qué te ocurre en la cabeza? —el pelirrosa hizo acopio de todo lo que llamaban respeto, decencia y buenos modales. No era bueno soportando a Marshall; todo el odio había nacido desde que le había reconocido en la escuela:

Era sucio, desaliñado y vago. Era todo lo que no soportaba en su vida y todo lo que más detestaba. ¿Cómo es que la cosas se habían retorcido tanto como para que el mayor estuviera sentado en una de sus sillas y él le estuviera explicando las cosas con tiento esperando que entendiera? Marshall tenía una banda, una motocicleta y un convertible, el cabello desarreglado y los pantalones rasgados. Con las manos escondiendo su rostro, él negó una vez que los codos se apoyaron en la mesa, respirando de manera lenta para intentar procesar las situaciones a las que estaba sometido ese día.

—Me molestas, eso me ocurre en la cabeza, Marshall Lee.

Marshall se sintió un estorbo de repente.


—La idea… las conjugaciones son como la música. —luego hizo una pausa, pestañeando rápidamente mientras buscaba la línea donde seguía leyendo, para intentar explicarse con el mayor. El peli-negro le escuchaba poniendo la atención necesaria, había acercado su silla a la del menor y su mentón a veces rozaba el hombro del chico europeo. Para ser un par de personas que se odiaban, no tenían consideración de lo que era espacio personal. Marshall pecaba de demasiadas cosas y eso era respeto nulo por la burbuja individual de cada persona; su aliento le hacía cosquillas a Gumball en la nuca y el cuello, el chico creía que la respiración se le iba a ratos cada vez que el mayor hablaba.

—Esto es todo por hoy, puedes irte.

Y Marshall abrió los ojos con sorpresa tras escucharle. ¿Qué había dicho esta vez? Se enderezó en su lugar mientras observaba al peli-rosa enterrar los codos en la mesa y tomarse el puente de la nariz entre los dedos con los ojos cerrados. La antipatía se condensó en el aire cuanto trató de acercarse a él y el otro se removió con inquietud. Marshall no era ningún imbécil y mentiría si dijera que lo que antes le habría dado material para molestar al príncipe no le estaba preocupando ahora. El chico tenía los ojos rojos, con los vasos y las arterias pequeñitas inflamadas como si le hubieran golpeado; tenía los labios casi blancos y respiraba como si hubiese corrido un gran maratón.

No estaba al tanto de la vida del príncipe; no suponía que fuera fácil o que tuviera tiempo de sobra para descansar como él, incluso creía que toda su vida seguía un patrón repetitivo donde extralimitaba a su cuerpo hasta las últimas condiciones. No le sorprendería dado lo ordenada que era su casa en general. Decidiendo que Gumball tenía que dar el primer paso para apoyarse a sí mismo, él simplemente caminó a la puerta, con la culpa remordiéndole mínimamente la consciencia. Si el presidente del consejo estudiantil estaba cansado y al llegar a casa solo quería colocarse ropas de indigente y tirarse –con respeto-, en su cama ¿él le estaba deteniendo por ser un completo inútil en la escuela?

Sí.

Cuando llegaron ambos a la puerta, el peli-rosa no esperó más de diez segundos antes de abrir la puerta en par, con vista al discreto fraccionamiento para profesores en Upper east side. Las casas se enfilaban una seguida de otra con las rejas bañadas en negro y las escalinatas adornadas con piedras circulares y azulejo caoba. Marshall se adelantó al umbral de la puerta y luego giró. Se mordía el labio de manera nerviosa mientras se tocaba un codo con la mano, ligeramente tímido por lo que iba a decir.

—Gracias por… hacer esto. —era demasiado difícil decir eso, y sin embargo, entendiendo que a veces todos teníamos que ceder algo para obtener algo a cambio, él se inclinó sobre el menor y le besó la frente de manera cariñosa—. Sé que soy una carga para ti, princesa, pero te juro que me esfuerzo por comprender las materias, daré lo mejor de mí. Si aceptaras ir conmigo a un evento con mi ban-

—Hasta el lunes, Marshall Lee.

Y le cerró la puerta en la cara.

¿Alguna vez han escuchado el yeso agrietarse o el hielo colisionar? Eso fue lo que Marshall escuchó a lo lejos y no pudo importarle menos; sabía de dónde venía ese sonido y casi se sintió ridículo de ofrecer aquello al menor. Ellos no encajaban en un mismo mundo; ellos eran dos géneros distintos y que chocaban entre sí. Apretó los puños como si fuera a mitigarse el dolor con ello. Gumball se apoyó en la puerta de madera tomándose la cabeza entre las manos mientras sollozaba por el dolor.

Era imposible ya soportarlo, los ojos le ardían a un punto en que no podía mantenerlos abiertos y no pudo importarle menos que la mucosa se le activara. Abrir la puerta y despedir a Marshall no debía haber supuesto ningún problema, hasta el momento en que el mayor comenzó a hablar y planear cosas que en la vida iban a pasar. Cuanto más tiempo lo escuchaba, más desenfocaba lo que había a su alrededor. Se había apoyado de la puerta para no caer, pero las piernas le temblaban y creía que se iba a desmayar enfrente del contrario. La zona donde los labios suaves habían tocado se sentía caliente; si Marshall había notado el temblor o lo excesivamente frío que se encontraba el resto de su cuerpo no lo dijo, pero esperaba que no lo hiciera el lunes. No, se corregía a sí mismo. Después de cerrarle la puerta en la cara era posible que ni siquiera girara a verle de nueva cuenta por lo que quedaba de tiempo en la preparatoria. No sabía si iba a agradecer esto o iba a sentir remordimiento de que Marshall no lo lograra un año más.

Con esa incógnita en la cabeza, se agitó en un escalofrío tenaz y con las lágrimas cayendo por su rostro, se desmayó apenas cerró los ojos y el dolor le venció.

Del otro lado de la ciudad, Marshall se preguntó qué fue esa sensación de malestar que le recorrió el cuerpo cuando dejó su guitarra eléctrica de color rojo brillante apoyada en la pared.


El próximo capítulo ya es donde comienza la acción, no se desesperen(¿?) yo les dije que iría lento.