Treinta segundos son suficientes.
Capítulo dos: Apple tart.
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Gumball está boqueando mientras camina. Gumball no conoce el Lower east side. Luego de pasar por las avenidas principales se da cuenta de que básicamente está caminando en círculos. Las indicaciones de la casa de Marshall no son precisas, en realidad no está seguro de que sea una casa como tal o un complejo de departamentos. Sin embargo cree lo segundo cuando vuelve a mirar las indicaciones que dicen Rivington Street y se da cuenta de que el único edificio de ladrillo y concreto que hay en la esquina se llama Spitzer's.
Si llegas por Rivington, tienes que entrar por las escaleras del restaurante mexicano que se llama María Bonita.
No era difícil llegar en realidad, pero Gumball no conocía ese barrio porque nunca se había atrevido a salir del Upper east side y Central park. Había encontrado su zona de conforta allí y francamente nunca le interesó conocer Brooklyn o Queens tampoco. Doblando en la esquina de Rivington el letrero color crema con letras azules que decía María Bonita le recibió y a su lado estaba el hueco de las escaleras que se bifurcaban en dos secciones. Una era para el restaurante y otra era para el complejo de departamentos. Tras unos minutos de subir escalones y buscar el número, dio con el departamento número 53 del segundo piso. Todas las puertas eran de color caoba y las paredes de color hueso, hacían una extraña combinación enfiladas y todas cerradas. Él tocó con suavidad, como si creyera que se fuera a caer sobre él.
Del otro lado del departamento, Marshall desatrancó la puerta con un chirrido de la madera y un ligero vibrar en el piso. Lo primero que Gumball notó, fue los calcetines negros descansando en el brazo del sillón descuidadamente. —Princesa… No pensé que llegarías tan temprano.
—Dijiste que llegara a las diez de la mañana.
Y justo en ese momento su Geist marcó las diez exactas.
Marshall tuvo que rodar los ojos con la risa contenida por la puntualidad del chico; le hizo espacio en el estrecho hueco de la puerta para que pasara y luego recordó un dato muy importante: Gumball era un maniático del orden y el aseo. Cuando quiso darse cuenta, él estaba en bóxers y la camiseta de St. Anger con los que había dormido, su departamento estaba patas arriba y… ¿Eso era una mancha de café en la puerta de su habitación? ¿Qué diablos?
Tragó de manera pesada cuando el menor se tomó el codo con la mano derecha, como si temiera rozarse con algún mueble y le fuesen a saltar garrapatas. Marshall se excusó de repente, entrando con prisa en su habitación, tenía la cama tendida y sólo un par de paquetes en el escritorio. Pateó todos los zapatos y la ropa sucia debajo de la cama para despejar el piso y cerró los cajones lo más silenciosamente posible. Gumball por su parte estaba allí afuera, sin saber cómo moverse entre toda esa masa de suciedad que representaba el departamento del mayor. Podría sostener como tema de tesis que Marshall no conocía el orden.
La desintegración futurista, la reflexión postrevolucionaria y la Tortilla de ajo pegada en la pared de la cocina.
La puerta se cerró con un pequeño clic y Marshall continuaba en bóxers como si la vida le pasara de noche, Gumball se ajustó la mochila al hombro y apoyó todo su peso en la pierna izquierda, ladeando su cabeza con curiosidad. —Podemos dejar el estudio para mañana Lunes, Marshall…
Por favor di que sí.
—¿Qué dices, princesa? Vamos, entra a mi habitación que allí tengo conectada la laptop, estudiaremos allí.
Casi como pasatiempo cruel, Gumball le siguió sin poder despegar sus ojos de la puerta color blanco sucio. Cuando entró en la habitación le sorprendió ver el piso despejado y el escritorio apenas ocupado por accesorios clásicos. El peli-rosa negó con su cabeza secamente en el momento en que el moreno se subió a la cama descuidadamente y jalaba uno de sus libros hacia él, palmeando el colchón a su lado mientras le esperaba. El problema comenzaba desde que se tenía que quitar los zapatos hasta que tenía que tomar una de las almohadas del peli-negro para apoyar el libro con el que iban a comenzar.
—¿Has oído hablar del incidente de la tajada de sandía?
—AHAHAHA. —riendo de manera descontrolada, Marshall tuvo que tomarse el estómago entre las manos por la ridiculez que acababa de escuchar. No podía creer lo que Gumball le estaba explicando de manera tan atenta. Sabía que las guerras eran estúpidas, pero no creía que llegaran a ese punto que rozaba en lo irrisorio. El peli-rosa debía admitir que también le causaba cierta gracia esa guerrilla en particular. Era una tontería pensar que por no querer pagar una rebanada de sandía tanta gente saliera afectada.
—A ver, princesa… —respirando fuerte para intentar calmarse y no ahogarse con su propia saliva, el moreno se sentó de manera casi decente en su cama, frente al menor que tenía las rodillas encogidas hacia su torso y sostenía un libro que leía—. ¿Me estás diciendo que un cerdo norteamericano no quiso pagar una tajada de sandía, hubo una revuelta y luego Estados Unidos invadió Panamá? ¡¿Es real?!
—Bueno, Marshall, es obvio que hubo otros antecedentes que propiciaron que Estados Unidos invadiera Panamá. —él explicó con detenimiento, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz, leyendo unas cuantas líneas antes de volver su atención al moreno—. Es decir, tenían acuerdos trasatlánticos y estaban construyendo un ferrocarril tansístmico, o sea, había muchos estadounidenses que pululaban por Panamá como si fuera California, Estados Unidos nunca ha sido el país amable y caritativo que las potencias no han hecho creer; además tenían más privilegios que los nativos de la región y fue también parte de est—
Gumball calló cuando Marshall le retiró los lentes con tiento y los hizo a un lado en la cama. En flor de loto frente a él, hasta ese momento Gumball fue consciente de la proximidad en la que estaban sumidos. Por un par de milímetros, estarían rozando las piernas y las narices. De repente se sintió abrumado, el aire se cortó a su paso y se sofocó.
—¿Qué haces…?
—¿Oh? ¿Quién diría que la princesa de Liches podría despotricar contra el país en el que vive? ¿Es que acaso tu país nunca ha iniciado una revuelta contra la gente? No es un reino tan antiguo.
Ignorando la provocación, Gumball se concentró en el dedo que resbalaba por su nariz hasta la punta de manera lenta, de manera demasiado lenta.
—Estados Unidos es en pocos términos; un adolescente berrinchudo que utiliza la manipulación para poder asistir a todos los conciertos que quiere. —el dedo continuó bajando hasta el labio superior y Gumball dejó de respirar por segundos—. Sus riquezas se las debe a la materia prima de otros países como México por ejemplo; sin ese petróleo, no serían la potencia y el país soberano que presumen ser.
Marshall sonreía de una manera terrorífica, el pelirrosa tuvo que tragar de manera pesada, todo estaba sofocante en ese momento. Marshall fue consciente del nerviosismo que Gumball era reticente a mostrar; cuando comenzaba a hablar mal de otros, maldición, su rostro era aún más bonito que antes. ¿Quién diría que el consejero estudiantil tendría una lengua tan filosa? No había hecho más que decir verdades que las demás personas ignoraban y que si conocían, no les interesaban, pero tenía la resolución de un criminal y eso hacía que resplandeciera. A Marshall le gustaba cuando Gumball mandaba a callar a todos con distinguida soberbia y elegancia, sin alzar la voz.
Él no había pensado eso, gracias.
—Y, pasando al tema anterior, te equivocas al pensar que Liechtenstein ha hecho algo tan bárbaro alguna vez. Es en realidad todo lo contrario, Liechtenstein vive como una nación soberana tras desligarse de la conquista del Sacro imperio Romano. Cuando se compró Vaduz, para no interferir con los arreglos políticos, la tierra no se utilizó hasta un par de décadas más tarde y tras la invasión de Francia al Sacro Imperio Romano, Liechtenstein se volvió el único país que no obedecía las reglas de nadie más que las propias. Se forjó bajo las creencias y costumbres de gente que estuvo subyugada por mucho tiempo y que no olvidó el dolor que la guerra le traía.
—Sin embargo, también tienen sus barreras, princesa. No son corderos indefensos y lo sabes.
—Pero son barreras legales, no tenemos una armada muy grande y al ser una nación indepe-
—No estamos hablando de si es una nación independiente o no, Gumball. Hablamos de que también tienen barreras para otros países y al igual que Panamá y Estados Unidos, si atacaran su país ustedes se defenderían con uñas y dientes. Claro, está bien defender lo que se ha forjado desde el inicio con lágrimas, sudor y sangre. Pero todas las naciones a este punto de la historia son exactamente lo mismo: restrictoras. Las barreras, murallas y puentes de un lado a otro sólo han servido a la gente para dividirlos por color, raza y condición. Las guerras no son del todo malas, recuerda que los avances en la cirugía plástica de hoy en día se los debemos en cierta parte a Hitler y sus experimentos rudimentarios.
—A Estados Unidos se le olvida que no siempre fue tierra de blancos… Que también fue usurpada y ultrajada, a la gente también se le olvida que la primera invasión de los nazis fue en Alemania, es cierto que las guerras traen cosas buenas como malas, y sin embargo, hay más daño que ganancias a la larga. Pero es por esas murallas que se han impuesto a lo largo de los siglos, que el mundo gira en la democracia que es, cada país tiene sus propias guerras internas, y no necesita a otros países atacándolo para que siga fluctuando. De vivir sin puentes, barreras o murallas, sólo seríamos una Pangea fragmentada, sin ton ni son.
Marshall bajó el dedo que tenía en el labio superior y la carne hasta el labio inferior, tentado como se encontraba, recordó que quería molestarlo en primera instancia. Guiado por un impulso animal, se acercó al europeo tanto como pudo al chico, observando los poros en su lechosa piel y el carmín de sus labios, tal parecía que le llamaban a pecar. Gumball había dejado de respirar ¿Cuándo es que la situación se había vuelto tan íntima para que estuviera pasando eso? Y sin embargo, aunque se hacía un poco para atrás, y desviaba la vista a las hojas pegadas en la pared del escritorio con notas musicales, no se retiraba por completo; quizás eran los mismos crueles impulsos que azotaban a Marshall, los que lo estaban consumiendo a él.
—Mar—
Y el timbre sonó.
Marshall maldijo a todos sus ancestros.
Intentando sosegar la rabia que sintió en ese instante, fue hasta la puerta donde recibió la pizza que estúpidamente había mandado pedir hacía media hora, el repartidor de Pizza Hutt lo miró casi con terror, Marshall debía tener un semblante horrible y a juzgar por cómo le tembló la mano cuando exigió el pago, supo que realmente estaba cabreado. Analizando con sumo detenimiento el reloj de su teléfono, el moreno se dio cuenta de que había llegado en treinta y tres minutos. Y, según la propia ley de la pizzería, luego de treinta, su pedido era gratis.
—Llegaste tres minutos tarde.
—Pe- llamé dos veces a la puerta.
—Y olvídate de tu propina.
Y antes de que el chico pudiera decir algo, Marshall empujó la puerta con el pie mordiendo con enojo la orilla rellena de queso.
Los minutos transcurrieron de manera torturosa, a Gumball la respiración comenzaba a fallarle.
—¿De dónde eres, Marshall?
Marshall casi se ahoga con el refresco.
—¿Te sientes bien?
—¿Qué?
Marshall sonrió de manera casi tierna luego de escucharle preguntar. —¿De verdad me estás preguntando por mi lugar de origen?
—¿Hay algo que te incomode?
—África, mis padres eran de Nairobi. Murieron hace un par de años.
—Ah… siento haber preguntado, no quería incomodarte.
Y luego el príncipe desvió el rostro, Marshall casi sentía que se le derretía el hielo que tenía por corazón. Tuvo que acercarse a tocarle la mejilla que se calentó al instante por que el ansia de hacerlo era más que su voluntad. A la mierda su orgullo, Gumball era demasiado bonito cuando se enojaba o se sonrojaba para no querer provocarlo un rato. —No lo haces, princesa, pero debo admitir que sí me ha causado impresión que quieras saber algo de mi. Creí que me odiabas.
Gumball intentaba recomponer su respiración, tenía los ojos irritados y las venas de la esclerótica estaban inflamadas, Marshall quizá no lo habría notado sino se hubiera acercado tanto. Girando a verle con ojos cansado, el pelirrosa se dijo que estaba demasiado cansado para pelear con el moreno por ese día, el medicamento estaba haciendo efecto en él, y se le adormecían los sentidos, sobretodo el sentido común.
Qué excusa tan patética.
—Sigues cayéndome mal, pero me he resignado al hecho de que estaremos estudiando durante al menos un mes todos los días así qu—
—Hablas demasiado, princesa. Sólo di que tenías curiosidad.
Era la tercera vez que le interrumpía y de verdad estaba muy cansado para rebatir. Marshall seguía acariciando su mejilla y luego la comisura derecha de su labio, retirando un par de migajas que habían quedado estancadas allí, un temblor uniforme cubrió el cuerpo de Gumball quien le veía expectante con los ojos ardiéndole y la cabeza martilleando. Marshall fue cortando la proximidad sin elegancia alguna, consumido por los mismo impulsos de hacía rato. Gumball le atraía de una manera espantosa, no es que lo amara ni que estuviera enamorado de él, es sólo que bajo todas esas capas de fría hostilidad real, había un adolescente sencillo con mucho peso sobre sus hombros. Este no se socavó cuando los labios de Marshall le tocaron, de hecho, el moreno creía que sería un peso extra para sus hombros tras darse cuenta que realmente se estaban besando. Que no era su propia saliva la que sabía a salsa de tomate, sino la del pelirrosa y que eran los labios del menor los que entreabría con su lengua, lleno de tacto y dulzura. La mano se enredó en la mejilla del chico, suave como la porcelana y le sorprendió que el príncipe no se opusiera. Eran sus labios de fresa y lengua de azúcar los que incitaron al moreno a continuar; trazando caminos sinuosos con su lengua por los bordes de sus labios y haciendo ligeras presiones con los movimientos.
Y luego todas las alertas de su cabeza se encendieron con rapidez cuando uno de los dedos que delineaba la mejilla se mojó. Abriendo los ojos, qué, sinceramente no se detuvo a analizar cuando fue que se cerraron, se hizo para atrás casi con miedo de haber hecho algo mal, vaya, que tampoco es que quisiera jugar con el chico. —¿Gumball? —llamó, con tiento y dándole un poco de espacio. Sin embargo cuando el europeo abrió sus ojos, estos eran completamente rojos, la esclerótica ya no tenía ningún pedazo de color blanco. El ojo derecho era el que lloraba por que los vasos se habían roto y el ojo izquierdo iba casi por el mismo camino, las arterias estaban tan inflamadas que comenzaba a darle pánico ¿El consejero realmente estaba bien de salud?—. ¿Gumball? ¿Por qué tienes los ojos tan—
—Es-estoy bien, es que… no he dormido bien. Tengo mucho cansancio.
Gumball realmente debía creer que Marshall era un imbécil para creerle esa excusa tan barata.
Y sin embargo el pelirrosa seguía argumentando de forma pausada que sólo era cansancio. Marshall le dejó hablar entretanto veía las lágrimas correr sin control y los ojos tan rojos que realmente se preocupó, cuando le quiso retirar las lágrimas que se le acumulaban en las mejillas se dio cuenta de que su piel estaba demasiado caliente; eso había dejado de ser normal hacía un buen rato. —Será mejor que te lleve a tu ca- ¿Gumball? ¡¿GUMBALL?!
Y todo pasó en una fracción de segundos, cuando quiso darse cuenta, el menor no podía mantener más los ojos abiertos por el escozor, y con un gemido de puro dolor, cayó como un saco de patatas sobre el moreno que le recibió con los brazos abiertos para que no fuera a caerse.
¿Qué demonios estaba pasando?
*Risa macabra, se da la vuelta y se va en una plataforma imitando a Renge*
