Treinta segundos son suficientes.
Capítulo 2.1: Blueberry muffins.
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Las horas parecían querer torturar su empobrecida mente corriendo de manera tan lenta; Marshall golpeaba con ansiedad contenida los apuntes de su cuaderno de Historia Universal, esperando el momento para salir de ese maldito salón. El reloj estaba marcando exactamente las tres con quince minutos y sentía que los quince minutos restantes a la salida serían los peores que podía experimentar. Girando la cabeza hacia la ventana pudo observar a Fionna en los campos de futbol corriendo tras la pelota con maestría; esquivaba a las demás chicas con una agilidad asombrosa; y en esa escuela quien negara que era mejor que muchos chicos del equipo masculino, era un machista de mierda. Sonriendo con sinceridad como pocas veces, se entretuvo viendo a su amiga caer y luego volver a levantarse con sus piernas perfectas y lechosas raspadas e incluso con algunos cortes que sangraban. Teniendo que girar su cabeza de nuevo a la clase antes de ser descubierto; Marshall se encontró a sí mismo genuinamente preocupado por los eventos que habían sucedido los días pasados. Se había tomado algo de tiempo para meditarlo en calma, llegando a una ridícula conclusión: el consejero estaba jodidamente enfermo.
No es que Marshall no lo supusiera con anticipación, pero siempre creyó que era algo leve. Más como una infección o una alergia que una enfermedad crónica. Apenas el reloj marcó las tres con veinticinco el silencio en la sala se fue sustituyendo por el de los cierres abrirse y las hojas chocar entre ellas cuando los cuadernos se cerraban. Los lunes siempre eran los peores días; los alumnos no se esmeraban en su aspecto, tampoco tenían las tareas y francamente sería mentir si dijera que tomaban anotaciones de las clases.
Efectos de la guerra de Vietnam. Eran las palabras escritas en el pizarrón y a él no podía importarle menos un tema tan banal como aquél. Una vez que se dieron las tres y veintiocho, él se levantó de su lugar sin pensarlo dos veces en camino a los pasillos que esperaban ansiosos a los demás estudiantes. Cuando las puertas se abrieron, los timbres comenzaron a sonar en toda la institución marcando el final de un nuevo día que parecía haber corrido extra lento para él. Paciente, esperó en el pie de las escaleras unos segundos mientras se acomodaba la mochila en el hombro y la cerraba a medias, porque el cierre se atascaba cuando llegaba al otro extremo. Golpeando el frente de sus converse negros, alzó la cabeza hacia las escaleras para observar al consejero bajar con aristocracia por las escaleras, sosteniéndose de la barandilla de metal. A diferencia de su propio atuendo (que era un jean deslavado color gris y una camiseta de Pantera color roja), Gumball iba con unos jeans negros no muy apretados pero sí una camisa rosa algo ceñida a su cuerpo, como si fuera un anillo al dedo. Eso no era lo más sorprendente, sino que los primero dos botones de esta estaban abiertos y él podía ver sus clavículas y piel en extremo pálida asomarse de manera casi tímida. Si su mandíbula no estuviese pegada a su cráneo, él la hubiera dejado caer por aquélla revelación.
—Oye, princesa.
Y tal parecía que su voz no había surtido ningún efecto en el menor quien pasó de largo sin siquiera mirar en su dirección; vale que podría soportarlo si supiera que el menor no le había escuchado. Pero era ridículo, un poco más cerca y le hablaría al oído. Rechinando los dientes bajo sus labios él le siguió como si fuera una mascota fiel por los pasillos hasta dar con el casillero de Gumball, el príncipe se detuvo de golpe frente al mueble y comenzó a girar el candado para activar el mecanismo y abrirlo; Marshall odiaba con toda sus letras ser ignorando de una manera tan grosera. Podían no llevarse bien, podían incluso odiarse y eso estaba bien para él, pero lo cortés no quitaba lo valiente; y Gumball era valiente, pero no era cortés.
—Hey, princesa ¿cómo sigues de—
—No hay nada qué discutir de eso, te veré a las seis en tu casa.
Marshall no tuvo tiempo de reaccionar antes de que Gumball decidiera interrumpirle. Carajo ¿Pero es que el pelirrosa no podía dejar de arañarlo por cinco segundos?
—¿Sabes? Realmente agradecería que dejaras de comportarte como un completo imbécil, sólo venía a preguntarte cómo seguías de los jodidos ojos, Gumball. No es como que te fuera a morder o te fuera a patear en el jodido piso. —tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no comenzar a insultarle. A veces cuando se lo proponía, Gumball podía ser realmente un imbécil sin moral ni tacto para hablar—. ¿Realmente es más importante para ti un estúpido tema para estudiar que tu salud?
—¿Gumball?
Y con todo el odio brotando desde su interior como una llaga purulenta, Marshall tuvo que girar su cabeza casi al cien por ciento cuando se dio cuenta de que oficialmente había un tercero en ese lugar y casi peleaba a gritos con su mirada, el poder unirse a su conversación. Cuando Gumball lo vio detrás de Marshall, el pelinegro lo supo todo, la manera ridículamente homosexual en la que sus ojos se iluminaron y la sonrisa de, puta madre, como si vieras un anuncio de Colgate enfrente de ti: Kalt Gletscher era el nombre del sujeto que estaba extra oficialmente caminando en dirección al príncipe. Era alto, medía como menos un metro y ochenta centímetros, tenía el cabello de un color rubio cenizo natural, cejas pobladas y rectas del mismo rubio casi blanco y ojos de color azul como el ártico. Eran los ojos de un Husky siberiano con marcadas ojeras bajo sus párpados que les daban una sombra que los hacía verse irresistiblemente más claros, casi como si fueran blancos del mismo modo. Kalt era el Quarterback de la preparatoria con una imponente musculatura que se marcaba casi de manera ilegal bajo la chaqueta de cuero del equipo escolar; era además, miembro del club de ciencias, era nerd, guapo y limpio a la vista.
—Ah~ Kalt. Buenas tardes.
¿Qué diablos con ese tono meloso que Gumball estaba utilizando? Casi ofendido por la manera en la que fue ignorado por ambos olímpicamente, no le quedó otra más que a regañadientes, empezar una conversación donde estaban los tres. Tosiendo con fuera y estrepitosamente se hizo notar cuando el rubio le preguntó al pelirrosa como se encontraba. El rubio giró con curiosidad en su dirección para observarle casi extrañado. —Marshall Lee ¿Cierto? Eres el de la banda de rock de la escuela; fui a su última tocada en Brooklyn, en Pandemónium, estuvo genial, amigo.
—Lo sé, gracias.
Nada le agradó más que ver la descomposición en el rostro del rubio tras decir aquello; definitivamente no se esperaba algo así, y sinceramente comenzaba a fastidiarle el brillo entusiasta en los ojos de Gumball apenas veía al más alto frente a él ¿Qué era lo interesante en el jugador de todos modos? El pelirrosa casi babeaba el piso, porque, joder, su pobre corazón homosexual no podía dejar pasar esa profusión de músculos e inteligencia. Kalt era todo eso que los libros de ridícula ficción romántica relataban: alto, de muy buen cuerpo y jodidamente inteligente. Y, si el pelirrosa notaba una mínima atracción a su persona de parte contraria, por pequeñísima que fuera, entonces sabría que tendría oportunidad con él y no la desperdiciaría. —Hey, Gum ¿leíste la última reseña que subieron a Cultura colectiva?
El pelirrosa pareció apenas salir de sus pecaminosas cavilaciones tras escucharle y asentir de manera breve. —¿Cómo ignorarlas? Las alegorías del cangrejo ermitaño y su cambio de caparazón comparado con el sedentarismo y manejo del sistema humano eran demasiadas para resistirse a la tentación. —Escuchó a Kalt soltar una risa fuerte pero refinada y elegante; dios, parecía canto de los ángeles para él—. Además los análisis postrevolucionarios en base a la pornografía hard-core fueron la cereza que coronaron un artículo perfecto.
—¿Acaso estás haciéndome una propuesta indecente, Gum? —y con esas palabras dichas, Kalt se apoyó en los casilleros enseguida del pelirrosa que parecía haber palidecido para luego volverse un tomate completamente maduro. ¿Es que acaso el deportista se había vuelto loco? Ignorando las provocaciones ajenas, Marshall tuvo que intervenir en ese momento; Gumball frunció el ceño terriblemente en su dirección y el pelinegro se calló cualquier comentario sarcástico y fuera de lugar que quisiera soltar con veneno tras verlo. Era una causa perdida por que el menor parecía una quinceañera enamorada viendo a uno de los sujetos de One direction entrando en su fiesta.
—Te veo en mi casa a las seis, princesa.
Y antes de que Gumball pudiera golpearlo por dejar aquélla clara insinuación vapuleando en el aire, el pelinegro ya se había ido mientras se acomodaba la mochila en el hombro y luego la guitarra del mismo modo para que no fuera a caerse o golpearse innecesariamente. Gumball quería degollar a Marshall, pero luego recordó que estaba frente al chico. Kalt era inglés, y su acento exquisito era capaz de desarmarlo combinado con su inteligencia y resolución; si había algo que lo volvía loco, era alguien con quien poder ser nerd, que fuera caliente y que también fuera sarcástico. —Dado que el próximo análisis es el de las percepciones reaccionarias de Karl Marx y el análisis postreligioso a Sodoma y Gomorra, yo diría que sí, es una propuesta bastante indecente—. No tan seguro de jugar con fuego como parecía, el príncipe le siguió la corriente al inglés quien ahora no paraba de reír por lo que le acababa de decir; no podía creer que se tuviera esa plática allí y fuera tan agradable.
—No pensé que fuese tan atrevido, príncipe. Me ha tomado por sorpresa que quiera analizarlo como la vez que hablamos de la Empanada gallega y los Churros rellenos de queso.
—No me recuerdes aquello, Kalt, me tentaste como nunca, me dejé llevar y me destrozaste el corazón cuando admitiste no querer empanadas gallegas ¿cómo pudiste jugar así con mis sentimientos? —mientras decía aquello, el rubio acercó peligrosamente su rostro al de Gumball quien no se inmutó aunque por dentro estaba hecho un manojo de nervios. Con la cercanía, la mano del inglés se movía sobre el metal, acorralándole de manera discreta entre los casilleros y su peso.
—Príncipe, a modo de disculpa… ¿Acepta ir conmigo a comer mientras discutimos el nuevo tema? Estaremos en una mesa privada, lejos de las miradas inquisidoras ya que usted considera pertinente el hablar de pornografía y yo de comida afrodisiaca.
Soltando una risa que ya no pudo contener más, el príncipe asintió mientras le seguía hasta la salida, en dirección al estacionamiento siendo celosamente observados por Marshall Lee sobre las gradas del campo, con una cara de desprecio infinito.
Sólo vengo a introducir a un nuevo y relevante personaje en el fic; si alguien está confundido, digamos que tomé como base al Ice King, sólo que si lo hacía exactamente igual, no concordaría con lo que tengo planeado; no desesperen, que a partir del próximo capítulo comienza lo bueno.
