Disclaimer: los personajes son propiedad de J.K, yo sólo tengo algo de tiempo libre y los tomo prestados mientras tanto.
Notas de la autora: si piensan que vengo tarde porque había olvidado por completo que es viernes... Están en lo correcto, jaja. ¿Pueden culparme? Enero es como el lunes del año. Pero ya, estoy aquí y volvemos a la programación habitual. Muchas gracias a todos, en especial a quienes se tomaron un momento para desearme felices fiestas. Espero que hayan celebrado en su justa medida. Ahora, vamos con el primer capítulo del año.
Parte VI. Milagro
11. La magia más poderosa
-¡Lo encontré! -manifestó, apenas atravesó el umbral.
-¡Yo también!
-Hermione, encontré el cuerpo de Draco.
-Lo supuse.
-¿Qué haces?
Como hojas de otoño, decenas de libros rodeaban a la chica, que parecía ejercer su dominio sobre una comunidad de papel.
-Investigación, por supuesto. Parecías tan decidido, que pensé que la próxima vez traerías una noticia importante. Quería estar preparada.
-¿Y encontraste lo que buscabas?
-Algo así. Te advertí, no hay muchas referencias sobre disociación. Pero antes dime, ¿cómo lucía su cuerpo?
-Eh… Pálido, demacrado.
-Era de esperarse, ha sido mucho tiempo y dependiendo de la localización entre uno y otro, eso acorta las posibilidades de…
-Hermione, ¿quieres ponerme al día? -la expectativa y la impaciencia empezarían a hacer estragos en él.
-Claro. Todo apunta sin dudas a la disociación, algo extraño en su caso. Cuando ha sucedido antes, afectó a personas que sufrieron accidentes o intentos de homicidio, nunca en estas condiciones. Pero hay algo que se repite y es que todos han permanecido así debido al ancla.
-¿Ancla?
-Así es. Es un poco complicado de explicar, pero básicamente es algo que evita que el cuerpo colapse, aun si sufre un daño severo. Lo que sucede es que el alma permanece anclada a algo. Un objeto, un lugar, incluso un animal. Sin embargo, este "anclaje" es temporal. El alma se debilita, en especial cuando se manifiesta. Lo único que la devuelve, es reunir ancla y cuerpo. Suena sencillo, pero no lo es. Porque el ancla puede ser cualquier cosa.
-Cualquier cosa…
-Así es. Algo de valor sentimental, un lugar en específico, un animal que presenció el suceso… Las opciones son muchas. ¿Sabes si Draco tenía su varita consigo?
-No, la dejó en la tumba de su madre.
-Sí, también hubiera sido demasiado obvio. ¿Algún anillo familiar?
-Lo tenía en la mano.
Hermione parecía disgustada al ver como sus hipótesis se desbarataban. Tomó impulso, buscando inspiración al recorrer la estancia.
-Necesito que me ayudes, piensa, por favor. ¿Nunca habló de algo que fuera valioso para él, un objeto que siempre lo acompañara?
-Además de la varita y el anillo, no recuerdo algo que siempre…
Con la fuerza de un torbellino, una memoria lo rodeó como si se encontrara en un pensadero.
-Cuando pienso en mi infancia, en mis recuerdos más felices siempre está mi madre. Crecí maravillado por todo lo que ella sabía. Me hablaba de estrellas, de historia, de flores, de literatura y también de la magia. No sólo eso, la escuchaba discutir sobre política con mi padre. La veía con admiración, pensaba que en esta tierra no podía existir ser más sabio y hermoso que ella. La recuerdo cepillando mi cabello y reprendiéndome por faltar a mis lecciones. Pensar en eso me salvó del infierno muchas veces, aunque también…
-¿También?
-También recuerdo la última vez que la vi. En esa época… Habíamos perdido todo. Nos confiscaron la mansión y el dinero. Si me aferré a la vida en esa oscura celda, fue por ella. Pensando en que volvería a ver su sonrisa, que me acariciaría el cabello otra vez. Ella tendría un plan y las cosas se resolverían. Hasta ese día. Su juicio fue antes que el mío y los guardias discutían la posible sentencia cuando fueron por mí. Libertad condicional. Esas dos palabras me llenaron de esperanza y caminé con la cabeza en alto mientras iba a enfrentarme con mi propio destino. Supongo que las mayores putadas pasan cuando te descuidas. Fue antes de entrar a la sala de audiencias. Noté que íbamos a cruzarnos en el pasillo y me sentí feliz. Estaba esposado, hambriento y sucio, pero me dio un instante de felicidad verla. Entonces la atacaron… Fui lo último que vio, Harry. Fui testigo de cómo la vida abandonaba sus ojos y caía al suelo. Ni siquiera les importó, no intentaron detenerla. Y yo no pude hacer nada. No pude defenderla, gritar, llorar por ella ni abrazarla una última vez. Me arrastraron hasta la sala y empezó la audiencia. Como si no acabara de presenciar la muerte de mi madre. Ya no me importó. ¿De qué me servía la libertad si no podría compartirla con ella? -Draco miró a la lejanía, quizás combatiendo la opresión de esas palabras-. Ya no podría compartir nada con ella. Salí de ahí esperando correr con la misma suerte, pero no pasó. Me dejaron ir. Y tres horas después supe que mi padre fue condenado a cinco años en Azkaban. Cinco años le pareció poco a los medios y a la comunidad mágica en general, pero para mí fue… Como si me hubieran condenado a mí. Ya no estaba en una celda, pero seguía solo. Quizás era peor. Me atacaban, me decían en la cara lo desagradable que era mi existencia. Lo único que me acompañó esos años, fue el medallón de mi madre. Una herencia de los Black. Apareció en mis manos al instante de su muerte y yo lo escondí. Ya nos habían quitado todo, al menos conservaría un trozo de ella, un trozo de nuestra historia. Ha sido lo único valioso que he tenido este tiempo, lo único que ha valido la pena conservar…
El recuerdo se diluyó así como inició, haciéndolo consciente de sí mismo y de la habitación en que se encontraba.
-Creo que sé lo que es.
-¿Harry?
-Aunque todavía no sé dónde está… Debió dejarlo en algún sitio. Andrómeda no lo mencionó y si él lo tuviera, entonces no estaría…
-¡Harry!
-¿Qué?
-¿Qué piensas que es?
-Un medallón de Narcissa, una herencia de los Black.
-Es prometedor. ¿Alguna idea de dónde podría estar?
Casi podía escuchar el tintineo de sus cadenas, tan similar al de un reloj, recordándole que se encontraba en un duelo contra el tiempo. Draco estaba débil, se desvanecía. Pero él no se podía permitir ceder a la desesperación. Le prometió encontrarlo y lo haría. ¿Dónde dejaría Draco su posesión más valiosa? No en una tumba dónde cualquiera lo encontraría, como hizo con su varita. No lo tiraría por ahí, como había hecho él mismo con su varita de pluma de fénix. Lo resguardaría, como el tesoro que era. Lo destinaría a un lugar secreto, dónde pudiera sobrevivir a la curiosidad de las personas y la crueldad del clima o el tiempo.
Su risa destilaba euforia y la esperanza de quien acaba de recuperar el aliento, de quien está a punto de obtener lo que lleva tiempo deseando.
-Estuvo ahí. Todo el tiempo. Draco es increíble. La magia es increíble. Tengo que irme, Hermione. Estoy casi seguro de dónde está.
-Pero… Oh bien. Te estaré esperando junto a Andrómeda. Si lo consigues, podría ser de utilidad la presencia de un Medimago, ¿no?
-Muchas gracias. Después de tanto tiempo, sigues siendo mi mejor compañera de aventuras.
-Te lo debía, Harry. Además…
-¿Sí?
-Se siente bien. Quiero decir, sé lo doloroso que es perder a quien amas. Si tú tenías la más ligera oportunidad de recuperarlo, mi deber era apoyarte.
-Hermione…
-Ya, tienes que irte.
Ella tenía razón, por supuesto. En esa ocasión, Harry no tuvo miedo de despedirse. Podría abrazarla después, aunque no habría abrazos suficientes para mantenerla de buen ánimo o agradecerle su invaluable aporte, pero podría intentarlo. Era una promesa consigo mismo, acompañarla y apoyarla por el resto de sus días.
-Aunque me gustaría saber, ¿a dónde vas, exactamente?
-Al puente.
Tener la noción del objeto y la sospecha del lugar, había sido relativamente fácil. Pero el puente cruzaba el Támesis de lado a lado. ¿Cómo saber la localización precisa? En su estado, sería capaz de quitar piedra a piedra, pero eso no sería muy eficiente. Como el marginado que cede a la angustia, hizo lo único que se le ocurrió.
-¡Draco! ¡Tienes que aparecer una vez más, estúpido! ¡Maldito idiota melodramático! ¡Hurón del demonio!
-Si esas palabras le diriges a alguien que amas, no quiero imaginar cómo me tratarías.
-Draco -la exhalación de alivio culminó al reparar en la imagen del chico.
Los rasgos se volvían cada vez más traslucidos, como un lienzo hermoso que cede ante la inclemencia del tiempo.
-Draco, necesito que me digas dónde dejaste el medallón de tu madre.
-¿Por qué tendría que hacerlo?
-Por favor, dejemos las explicaciones para después.
-Está seguro.
-Draco… Te lo suplico, nos quedamos sin tiempo.
-Eso ya no me detiene.
-Sólo dímelo.
-Está lejos del alcance de cualquier persona -acompañó su comentario con una mirada directa hacia el apacible caudal del río.
-No intentes mentirme, bastardo dramático. Dime dónde está.
-No.
-Draco, por favor…
-No sin una razón.
-¿Una razón? Lo necesito para traerte de vuelta.
-Eso es imposible, Harry. ¡Me tiré al maldito río! Mi cuerpo debió quedar destrozado y no hay ningún tipo de magia capaz de…
-Te equivocas. En todo. Sé dónde está tu cuerpo y también conozco de un tipo de magia tan poderosa como para resistir a la muerte. Sólo tienes que decirme y yo haré el resto.
-¿Cómo…?
El corazón del héroe no era el único atribulado en esa tarde, mientras se enfrentaba a una templada ventisca y a la expresión desamparada de su amado.
-No serviría de nada, Harry.
-No vas a decidir eso por mí. Draco, de verdad creo que puedo hacerlo. ¡Podemos conseguirlo! Por favor… ¿No quieres volver a pertenecer al mismo sitio? ¿No quieres… tocar mi mano?
-Detente, por favor…
-Quiero decirte que te amo mientras tomo tu mano, aun si después decides que no me quieres a tu lado. Quiero poder abrazarte y darte las gracias por salvarme esa noche. Draco… -la tempestad volvió a desatarse en su interior. Acuoso verde contra brumoso gris.
-No quería dejar nada sin resolver.
-¿Qué quieres decir?
-Aunque te lo diga… Jamás podrás llegar a él. Ese día, vine aquí temprano y decidí dónde lo dejaría… Le hice un espacio entre las rocas y lo sellé… un sello impenetrable, que sólo responde a mi magia.
-¿…tu magia?
-Así es. Después fui a la tumba de mi madre y destruí mi varita -la risa de Draco fue como un choque entre cristales-. Supongo que ahí me condené, ¿no? Aunque este puente fuera demolido, esa roca permanecerá. Siempre guardando su recuerdo, como me pareció lo más apropiado. Sellé mi destino.
-Draco…
-¿Qué me queda ahora, Harry? ¿Me quedaré así...? ¿Voy a desaparecer?
12. La teoría de la causalidad
Hay quienes creen que la causalidad es la relación que existe entre causa y efecto, un lazo de dependencia entre un suceso o acción que desencadena otro. Puede ser previsto o espontaneo, no siempre identificando la causa hasta que se obtiene el efecto. Se encuentra en algo tan primario como la fotosíntesis de las plantas que produce oxígeno, como la respiración humana que produce dióxido. Y también en algo tan extraño como una varita rota y una varita de repuesto.
Draco no entendió la expresión de calma e incluso regocijo que se llevó la aflicción del héroe.
-Sólo tu magia, ¿verdad? Entiendo. Ahora puedes decirme en dónde lo dejaste.
-¿Estás bien?
-En mi mejor momento, Draco. Vamos, los muggles no pasan tan a menudo pero empezarán a comentar sobre el tipo loco que habla solo en el puente.
-Es… -la representación del chico desapareció, poniendo a Harry en un estado de alerta. Sin embargo, volvió a formarse a unos metros de él. Señalaba una roca a mitad de la baranda.
-¿Estás seguro?
-Por completo.
-De acuerdo.
Después de mucho tiempo entre sombras y espinas, Harry Potter se dejó inundar de fe. Eso iba a funcionar. Draco lo había salvado y él estaba a punto de devolver el favor. Colocó la palma sobre la parte superior de la baranda y la punta de la varita en la roca.
-Finite.
Solía encontrar reconfortante el silencio o el sonido de las gotas de lluvia en el tejado, pero en esa tarde nada le hubiera dado más consuelo que el ruido seco de las piedras moviéndose y revelándole un hermoso medallón de plata.
-¿Cómo es… posible?
-Sólo puedo darte una explicación rápida. Aquella noche, lo que rompí y arrojé al río fue mi varita. Estuve sin usar magia por semanas, pero hace poco tuve la urgencia de aparecerme y tomé la única varita que tenía disponible. ¿La reconoces?
-Mi varita de espino -susurró, porque los hechos más inverosímiles suelen ser difíciles de pronunciar.
-Así es. Una varita que recuerda tu magia, aunque también tiene la mía. ¿Sabes, Draco? Estoy empezando a creer en el destino, en la suerte y el resto de barbaridades. Si me disculpas, tengo que irme. Estaremos del mismo lado la próxima vez que nos veamos.
Su aparición en la casa causó conmoción. Andrómeda lucía estupefacta, como quien está acostumbrado a las malas noticias y no sabe cómo enfrentar las dichas. Hermione lucía entusiasmada, incluso divisó un poco de brillo en esos ojos, que casi parecían haber olvidado como sonreír.
-¿Lo tienes?
-Aquí está -exhibió su tesoro, con la adrenalina atacándolo en implacables torrentes.
-El medallón de los Black.
-¿Lo habías visto antes?
-Por supuesto. Era una tradición en la familia. Cissy lo recibió el día en que hizo su primera demostración de magia.
-¿Qué esperamos?
-Estás lista por cualquier eventualidad, ¿verdad?
-Sí. Efectué una revisión de rutina, también. Sus signos decaen, está muy débil.
-Bien. Vamos a intentarlo.
La habitación de Draco permanecía como la última vez, la misma iluminación, los mismos cobertores. Sin embargo, se presentaba un significativo cambio: la fe y esperanza que empujaban a Harry, dos fuerzas invisibles diciéndole que estaba haciendo lo correcto. Llegó hasta la cabecera de la cama y siguiendo lo que su propio instinto clamaba, colocó el medallón sobre el pecho de Draco, a la altura del corazón.
Lo que sucedió a continuación, sería ampliamente debatido y cuestionado por todos aquellos que no lo presenciaron. Un fuerte brillo plateado inundó la habitación, cegándolo por varios latidos, hasta que todo lo que quedó fue un vaporoso resplandor y olor floral. Cuando consiguió fijar la mirada, reparó en que Draco lucía igual, pese a que el medallón seguía emitiendo destellos.
-¿Cissy…? -la palabra ahogada de Andrómeda lo hizo alzar la mirada. Si no trastabilló fue porque en su vida había admirado sucesos semejantes, aunque jamás creyó que volvería a atestiguar algo así.
Narcissa Malfoy estaba de pie al otro lado de la cama, era una figura brumosa pero de rasgos definidos. No cabía duda de su identidad.
-Señora Malfoy…
-Señor Potter, no es una completa sorpresa verlo aquí. Andrómeda, lamento decir que sí me asombra tu presencia. Aunque también me hace feliz. Señorita Granger.
-¿Cómo es que estás…?
-No tengo la respuesta a eso, pero sí algunas cosas que decir. Apreciaría que escuchen con atención, no creo tener mucho tiempo. Muchas gracias por cuidar de mi hijo, señor Potter. Temí que él hubiera cometido un error irreparable, pero creo que subestimé la magia y sus designios. Segundos antes de morir, mi único deseo fue que mi hijo estuviera a salvo, que tuviera una vida larga y plena.
-La magia más poderosa… El amor de una madre.
-Eso parece, señorita Granger. Ahora, gracias a ese deseo y a la intervención del señor Potter, mi hijo está de vuelta. No despertará tan pronto, pero no teman. Por eso los necesito para que le transmitan un mensaje.
-El que desee, Narcissa.
-El camino más sencillo es tentador, pero también lleva a la perdición. El sendero correcto es pedregoso y desafía al espíritu, pero su premio es precioso. Debe recordar eso. Debe recordar esa noche en que nos abrazamos y prometimos que elegiríamos nuestro propio destino. Díganle, que le exijo que cada día valore lo que tiene y esta oportunidad que se le ha otorgado. Que yo no lo quiero volver a ver pronto -el tono contundente hizo temblar incluso a Andrómeda-. Quiero que viva, que sueñe, que ame -no sabía si fue producto del azar, pero la última demanda fue pronunciada directamente hacia él-. Que le dé una oportunidad a su padre y a sí mismo. Hablando de Lucius, querida hermana, hechízalo un poco de mi parte. ¿Cómo se le ocurre descuidar a nuestro hijo? Me decepciona que haya sido tan negligente -a pesar de ser una representación formada con vapor, Narcissa pareció suspirar tras ese arrebato, recobrando la compostura- . Señor Potter, tengo una petición especial para usted. Cuando Draco se recupere, quiero que lo acompañe a ese puente. Quiero que le haga comprender que ese lugar significa Nunca más. Que todo lo que le llevó hacia ahí, tiene que quedarse ahí. ¿Cuento con usted?
-Sin dudar.
-Me parece que no es necesario solicitarle que cuide de él, ¿verdad?
-No.
-Bien. Espero que entienda que yo no le entregaría mi hijo a cualquiera.
-Gracias por el voto de confianza.
-Esa es una bella sonrisa, señor Potter -elogió, sabiendo que sonrisas tan hermosas y espontaneas tienen un puro y cálido sentimiento detrás-. Andrómeda, gracias por ayudarlo. Siempre fuiste una hermana maravillosa, uno de mis grandes arrepentimientos es no haber pasado suficiente tiempo contigo. Te quiero, recuérdalo.
-Y yo a ti, Cissy. Por siempre.
-Ah, señorita Granger. Sea fuerte, los corazones bellos siguen siéndolo aun cuando están rotos. Y confíe en mí, dónde yo estoy no hay espacio para culpas o rencores. Lo mejor que usted puede hacer, es lo que he pedido para mi hijo. Viva, sueñe, ame. Busque su felicidad, es lo mejor que puede ofrecerle.
-Intentaré hacerlo, señora Malfoy -la voz, aunque temblorosa, escondía la promesa de obedecer sin importar la dificultad de esas demandas.
-Gracias a todos. Que Draco sepa que lo amo. También a Lucius, aunque debe mejorar como padre.
Esas palabras parecieron quedar flotando mientras la figura de Narcissa ondulaba hasta desaparecer, dejando únicamente ese intenso olor floral y estupefacción en los presentes.
Draco no abrió los ojos esa noche, tampoco al día siguiente ni al que sustituyó a ese. El único motivo que evitaba que se sumiera en la inquietud eran los cambios físicos que empezó a demostrar. La palidez iba cediendo y su cuerpo permanecía cada vez más tibio, por lo que eliminaron un par de cobertores al tercer día. Harry prácticamente se había establecido ahí, pero Andrómeda no argumentó al respecto ni lo hizo sentir fuera de lugar. Hermione llegó en un par de ocasiones, pero tuvo que retomar su trabajo en el quinto día. Las tardes se volvían cada vez más frías y el silencio se convertía en un verdugo de cuando en cuando, pero se sobreponía a eso con esperanza. Fue hasta el séptimo día que Andrómeda consiguió comunicarse con su cuñado, para hacerlo participe de las novedades e instarlo a que regresara pronto. También esa fue la primera tarde en que lo dejó solo en esa casa, junto al durmiente rubio.
-Serán sólo un par de horas, Harry. Como sabes, Teddy ha estado quedándose con el mayor de los Weasley. Pero la madre de Fleur está en la ciudad y me pidieron que atienda a los chicos.
-No te preocupes, Andrómeda. Si hay algún cambio te llamaré de inmediato.
-Gracias, Harry.
La mirada de la mujer había cambiado mucho esos días. Mostraba mayor resolución y fría entereza. No habían comentado las palabras de su hermana, pero comprendía que calaron mucho en ella. Sabía, por experiencia, que no era sencillo reencontrarse de esa forma con un familiar perdido. Pero tras la impresión inicial, se trasciende a un estado de entendimiento y paz.
Había empezado a encontrar acogedora la habitación de Draco. Aunque al entrar por primera vez pensó que era demasiado sofocante, descubrió que había una ventana en la pared opuesta a la puerta. Permanecía cerrada y con las ventanas corridas, para evitar las miradas de los transeúntes. Él disfrutaba asomarse por ratos, preguntándose qué males aquejarían a las personas que pasaban por ahí. Algunos parecían metidos de cabeza en sus asuntos, sin siquiera dirigir una mirada a su alrededor. Otros se movían en grupo, quizás por intereses en común o por obligación. Eran muy pocos los que parecían despreocupados, como si no tuvieran prisa de ir a ningún sitio. Eso lo hizo cuestionarse a sí mismo, ¿tenía prisa por ir a algún sitio? No realmente. Estaba donde estaba su corazón. Aunque eso cambiaría cuando Draco despertara. Todavía esa medida era incierta. Hermione había dicho que podía tardar hasta…
Hay un instante que puede cambiar el curso de los acontecimientos, de los pensamientos, de la vida en general. Harry Potter, de 28 años, vivió ese instante cuando se giró y su universo se redujo a dos ojos grises. Dos ojos preciosos, que se humedecían con confusión y quizás, un poco de miedo.
-¿Al fin… pasó? -los labios resecos dibujaron las palabras, los primeros pensamientos del alma que después de tanto tiempo vagando a ciegas, ha retornado a casa-. ¿Es esto…? Pero no. Se siente… ¿Dónde estamos?
-En un apartamento de Kent.
Resulta increíble cómo la percepción de las imágenes y los sonidos puede verse modificada dependiendo de la situación. En esa habitación, dónde la luz se filtraba por la cortina que el héroe, descuidadamente había dejado abierta, Draco Malfoy se enfrentaba a su realidad y Harry Potter sucumbía ante la tenacidad de sus sentimientos.
-Dime que… Estamos… ¿Cómo? Entonces, yo…
-¿Cómo te sientes, Draco?
-Como que acabo de salir de un… enorme… pensadero.
-Ah. ¿Y qué tipo de recuerdos viste?
-Algo imposible.
-Quizás no lo sea.
-Entonces… ¿Siempre cumples tu palabra?
-Eso intento.
-¿Y por qué no estás… tomando mi mano ni abrazándome?
Las palabras todavía estaban provistas de sequedad y vacilación, pero dotaron al héroe de la fuerza que necesitaba.
Tres pasos más cerca de su ilusión, una mano temblorosa que se acerca a aquel que ansía y teme el contacto.
Piel contra piel. Nada se desvanece, todo cobra sentido y mucho se materializa en ese instante detenido en el tiempo.
Notas finales: realmente me emocioné escribiendo esa última escena, era como lo que da sentido a todo el fic. Espero que les haya gustado. Ya estamos más cerca del final, muchas gracias por acompañarme hasta aquí.
En la parte VII: Atardecer.
Allyselle
P.D: ¿Ya leyeron mi fic navideño? Si no lo han hecho, los invito a visitarlo en mi perfil.
