Descargo de responsabilidad: Nakamura sensei, como ya dije antes…
OoC, pero da igual XD
¡Día Blanco!
SOBRESCRITURA CHOCOLÁTICA (2)
Decir que Kyoko llevaba un mes evitando a Ren es un eufemismo. Huía.
En cuanto oía la voz de Yashiro-san o vislumbraba la alta silueta de Tsuruga-san por los pasillos de LME, corría a esconderse en cualquier sitio que no fuera Love Me, porque estaba segura de que allí sería donde primero la buscarían.
Porque ella sabía bien que la buscaban, sí, sí. Así se lo habían dicho Sawara-san, Moko-san, cada una de las recepcionistas, el chico de cartería, la señora de la limpieza y el mismísimo Sebastián.
Pero hoy, precisamente hoy, catorce de marzo, infausto e infame Día Blanco, la desdichada no tuvo esa suerte, ya que los dioses confabularon en su contra, y al doblar una esquina poco frecuentada se dio de bruces contra ese amplio pecho sobre el que ella había puesto sus indignas manos y sobre el que se había paseado.
Dos neuronas le alcanzaron a Kyoko para advertir la extraña sonrisa del hombre que amaba (y del que se escondía), y que fluctuaba entre la falsa y luminosa (¿por qué estaba enojado?) y esa otra celestial que exterminaba a sus rencores (¿por qué estaba tan feliz?).
—Mogami-san… —dijo él.
De hoy no te escapas…
—Ts-Tsu-Tsuruga-san… —saludó más o menos ella.
¡Maldita sea! ¿Por qué tenía que balbucear como una idiota?
—Es muy difícil verte estos días…
Solo me faltó romper la puerta del Darumaya…
—Oh, Tsuruga-san —respondió, apartando la vista un tanto avergonzada—, ya sabes, el trabajo…
Y el beso. No te olvides de ese beso achocolatado y maravilloso…
—Verás, sabes bien qué día es hoy, ¿verdad?
Ella agacha la cabeza, mirándose las puntas de los zapatos, y susurra un tristísimo Síííí.
—¿A qué esa cara? Ni que fuera a comerte.
O quizás sí…
—Mogami-san —continuó él—, me gustaría haber hablado contigo antes, pero como eso no ha sido posible… —Ren exhaló un suspiro profundo que Kyoko no supo cómo interpretar—. Ten…
Una caja, adornada con un hermoso lazo rojo, apareció en su rango de visión. La tapa era semitransparente y podían verse los bombones en su lecho de brillante papel dorado. Ella alzó la cabeza, a tal velocidad, que Kyoko vio chiribitas, estrellas pequeñitas, danzando frente a sus ojos.
—¿Para mí? —preguntó ella, su voz parecía más un chirrido nervioso que su propia voz. Él asintió sin decir palabra, esperando…—. ¿Me regalas chocolates? —esta vez Kyoko abrió mucho los ojos, sin saber qué más pensar, sin saber qué más decir.
Besos de chocolate…
—Sí… —respondió él, muriéndose por dentro. A la espera…
Besos de chocolate…
—Mu-Muchas gracias, Tsuruga-san —agradeció ella, tomando la caja y abrazándola contra su pecho, para luego realizar un respetuoso arco.
Y ya está. La conversación pareció languidecer y morir sin que ninguno de los dos se atreviera a hablar de la última vez que se habían visto. De lo que habían hecho, de lo que se habían dicho… De lo que habían sentido al besarse…
A ti no te gusta el chocolate…
Me gustas tú.
Pero me gusta este. Solamente este.
No me importaría repetirlo…
Besos de chocolate…
Y cuando parecía que ya no les quedaba más que decirse adiós, Ren habló:
—¿Me invitas a uno, Mogami-san?
—¡Por supuesto, Tsuruga-san! —Kyoko abrió la caja con premura, pero tratando de no deshacer el precioso lazo, a la vez que maldecía su escandalosa falta de modales. Le ofrece la caja abierta y él escoge uno y lo toma. Y solo entonces Kyoko repara en lo que él acaba de hacer—. Pe-pero tú no… A ti no te gus-…
Pero Ren no se lo lleva a la boca, no. Por lo menos, no a la suya… Lo pone delante de la boca de la muchacha…
—¿Eh? —dice ella, su mente volando en las implicaciones de ese gesto.
—Te dije hace un mes que quería repetir… —explicó él—. Que solo me gustaba una clase de chocolate…
Ella calla, los rubores adornando su rostro, extendiéndosele hasta la punta de los pies.
—Solo me gusta el chocolate de una única forma… —repitió él, dando un salto de fe y confiando su corazón al destino.
—Ah —exhaló ella, porque más que una respuesta propiamente dicha, fue un suspiro de entendimiento e iluminación.
Y ella lo toma. Sabiendo perfectamente lo que viene después. Sus dedos rozan sus labios al tomarlo y el sabor del chocolate estalla en su boca. Y Kyoko ya no puede pensar en nada más sino en los ojos que la miran, oscurecidos por el ansia de ella. ¡De ella!
Y Kyoko lo acepta. Adelanta el torso y alza el rostro hacia él, esperando. Ren no necesita más para besarla. Porque con ese gesto ella lo acepta también a él y a sus besos. Siendo plenamente consciente de lo que estaban haciendo. Besándose, saboreándose…
En algún momento la caja que tenía en las manos cae al suelo y sus brazos se alzan para rodear su cuello primero y enredarse en su pelo después. Sus suspiros se derraman en la boca del otro mientras sus lenguas danzan esa canción de amor y chocolate que no saben poner en palabras.
Las manos de Ren acunan sus mejillas con firme delicadeza mientras su corazón corre, corre veloz, porque Kyoko se le ofrece por entero, llenándole el alma y la boca con su sabor a refugio y amor.
Y cuando del chocolate ya no queda más que el vago recuerdo, consumido y saboreado por dos almas anhelantes, el beso se va ralentizando, haciéndose más suave, más tierno aún, hasta que con un último roce se separan.
Kyoko se lleva la mano al corazón, el pulso a la carrera, el sabor de Ren impregnado en el alma… Y cuando abrió los ojos, lo vio a él, aún con los ojos cerrados, respirando pesadamente. Finalmente él la miró, con una intensidad que hizo que mil mariposas locas le volaran por dentro.
—Te recojo a las siete —le dijo con la voz enronquecida.
—¿Eh? —preguntó ella.
—Para nuestra cita… —explicó él—. A pesar de lo que puedas pensar, y para dejarlo claro de una vez por todas —Ren no apartaba la vista de sus ojos—, no me gusta cualquier chocolate. Solo el tuyo, Kyo-Mogami-san —se corrigió—, solo el tuyo…
Chocolate a la Kyoko…, le había dicho él en los labios…
Ella asintió, y en sus ojos aún nublados por el beso brilló una chispa de emoción que hizo que Ren se mordiera el labio inferior, incapaz de contenerse.
—Porque eres deliciosa… —dijo él antes de inclinarse y besarla una vez más.
Y esta vez, sin chocolates. Sin pretextos.
