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AMOR Y CATARRO

—¡NOOO! —exclamó Kyoko a pleno pulmón—. ¡NO ME BESES!

Porque es que Tsuruga Ren trataba de besar a su esposa antes de irse al trabajo. De mala gana, hay que decirlo, porque él no quería irse dejándola así, pero ella insistió. Y encima, ahora no deja que le dé un beso. Un beso que le dure todo el día hasta volver a casa, solo pedía eso…

Pero Kyoko se lo negaba… Ella, febril y todo, esquivaba con agilidad cada uno de sus intentos, y el colmo fue cuando se tapó la cara con la almohada. Entonces él suspiró decepcionado.

—¿No puede un hombre besar a su esposa? —preguntó él, volteando los ojos.

—NO, NO PUEDES —respondió ella, con la voz sofocada por la almohada—. No debes besadme, Hisudi Kon.

—Jamás dejaré de besarte, Kyoko… —declaró él, como el que hace un juramento solemne. Y así debió entenderlo también ella, porque se asomó tímidamente tras la almohada—. Ni catarros ni nada me impedirán besarte, Hizuri Kyoko… Hazte a la idea…

—¡Te ponddás malo! —protestó ella.

—Eso no me importa… —dijo él—. Así podré estar más tiempo contigo en la cama…

Kyoko vio ese brillo de emperador en sus ojos y tembló… Si fue por la fiebre o por esa mirada, no sabría decirlo…

—El desffiado no funsiona así, Kon… —dijo ella, con absoluta resignación, rindiéndose a lo inevitable, antes de ser besada. Una, dos, puede que tres veces…

Claro que no funciona así… Tres días después, era Kuon el que yacía en cama entre sudores y calores, que en absoluto eran debidos a actos de amor con su señora esposa, ya recuperada.

Y lo peor, es que Kyoko no le daba ni un besito…