Estrellas

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Había algo mágico en Rukia y el sexo.

No le malinterpretes, todo de ella era la epítome del misticismo, desde su figura elegante, su presencia imponente y hasta sus palabras sagradas. Pero cuando estaban en la intimidad, había un halo que la rodeaba y la hacía ver como el más hermoso de los sueños.

Amaba cada pedacito de ella, pero no había nada como ver sus grandes y hermosos ojos resplandecer tal cual un par de estrellas mientras abría la boca para tartamudear su nombre después de aquellos suspiros callados.

Ella estrechó sus brazos, apretando sus senos, e Ichigo no pudo evitar levantar sus caderas, penetrándola un poco más, haciendo que rebotaran con una gracia sobrenatural. Ella volvió a decir su nombre, esta vez gritando, aún con centellas en su mirada y su azabache cabellera despeinada, pero sobretodo, sin miedo a expresarse frente a él tal cual era, como una violenta fuerza de la naturaleza que no podía ser entendida ni contenida, y que no deseaba a nadie ni a nada que no fuera él y su calidez.

Y con el furor de una cascada, el dulce clímax la azotó mientras Ichigo con ternura acariciaba su clítoris, inundándola poco después con su fuego que la consumía lentamente.

Pero la parte favorita de Ichigo de Rukia y el sexo era verla descansar en la cama, a su lado, sonriendo satisfecha por el placer carnal y emocional, con sus orbes diciendo todas esas pequeñas cosas que no le podía decir a nadie más que su cómplice, con su piel sonrosada emitiendo su aroma, y sólo entonces el mundo volvía a girar.


Estaba aburrida y triste. Y me quise alegrar un poco el día, y esto surgió.