NOTA: Este one-shot es un regalito de cumpleaños atrasadísimo para mi querida a92. Escrito con cariño y para que te eches unas risas. ¡Abracitos a Pichón y para ti!


TÍPICO TÓPICO

Kyoko nunca ha sido de leer mucho manga. Más que nada porque se puede decir que ella no sabe lo que es el tiempo libre. Primero trabajando en el ryokan o haciéndole los deberes de la escuela a cierto insecto, y luego pluriempleada hasta la extenuación en Tokyo. Y tiempo después, cuando ya se supone que por fin era dueña de su propio tiempo, ella insistía en ayudar en el Darumaya cuando sus obligaciones Love Me o cualquiera otra de sus actividades de formación y estudios lo permitían.

La cosa es que si hubiera sabido más de mangas, como una muchacha de su edad, se hubiera dado cuenta de que se estaba comportando como la predecible protagonista de cualquier historia. ¡Demonios!, su vida entera era un manga shōjo, pero eso es otro asunto que no será debatido aquí…

El caso es que ahí estaba ella, contemplando extasiada el rostro dormido de su amadísimo y respetadísimo sempai (más de lo primero que de lo segundo) y retorciéndose de mal reprimida vergüenza y autorreproche porque quería besarlo.

Sí, sí… Kyoko quería besar al durmiente Tsuruga Ren…

No es que el pobre hombre tuviera opción a negarse, enfermo como estaba. Porque Kyoko, siempre tan servicial y (des)interesada, se había ofrecido a cuidar de él, para alegría de Yashiro, mientras lo peor de la fiebre lo dejaba fuera de combate (como aquella otra vez).

No, no… Ella jamás haría eso, nunca…

Eso está mal…

No es que él ayudara mucho por evitar las emociones que suscitaba en ella, y que por nuevas e inexploradas desconcertaban a Kyoko. Es que en cuanto habían entrado por la puerta de su apartamento, el hombre había empezado a quitarse la ropa, febril y caliente (sí, caliente, pero no en ese sentido… Bueno, también…), y anduvo a trompicones chocándose con las paredes mientras sus prendas acababan en el suelo y una ruborizada y preocupada Kyoko iba detrás recogiéndolas y rogando a los dioses para que le permitieran llegar a la cama antes de quedar inconsciente. Si Kyoko rogaba por ella o por él, no les quedó muy claro a los dioses: el chico casi se mata al quitarse los pantalones, y una vez más la muchacha alcanzó a ver parte de su indudablemente perfecta anatomía… Cielos, ¿cuánta perfección desnuda pueden soportar sus ojos vírgenes?

Esto está mal…

Claro que estaba mal… ¿Pero podrías reprochárselo? Es que robarle un beso así, quizás fuera la única manera… Los dioses (muy ocupados hoy, por lo que parece…) saben que no había forma humana de que un hombre como él —un playboy— la encontrara tan interesante como para molestarse en besarla ni de broma…

Pero a pesar de todo, el mero hecho de pensarlo siquiera sigue una siendo tamaña desvergüenza por su parte… ¡Como si no hubiera ya suficientes ladrones de besos en el mundo!

Bueno, volviendo al tópico, Kyoko velaba el sueño inquieto de Ren… Pudorosamente cubierto con una sábana —por fin—, y la piel velada por una fina capa de transpiración, Kyoko cambiaba el paño húmedo de su frente. Los labios entreabiertos y esa expresión de tormento febril fueron demasiado para ella…

Ah, cómo quisiera ella apaciguar los demonios que atormentan a Tsuruga-san…

Y eso terminó de decidirla… Si aquel primer beso que le concedió a un príncipe de las hadas rompió una maldición de años, quizás…, quizás otro beso suyo podría traerle también algo de paz a Tsuruga-san…

Bueh, así que sí… ¿Por qué no? Un piquito, nada más… Como aquel beso chiquitito que le dio a Corn… Solo un roce, pequeño, pero poderoso… Un beso robado que ella atesoraría en su memoria y que ella habría otorgado por propia voluntad y con el deseo y la magia de su corazón…

Motivos egoístas aparte, porque Kyoko no olvida que esto sigue estando muy mal…

Con un suspiro, se humedeció los labios y se inclinó sobre él. Ella sintió su respiración algo agitada y cerró los ojos.

Y lo besó.

Intenso, turbador, excitante, el sentir otros labios… Y de alguna retorcida manera, familiar…

Y como en el típico tópico, justo cuando Kyoko dejaba su boca, él se remueve bajo ella y su torso se alza, con fuerzas sacadas de quién sabe dónde, mientras su mano acuna su mejilla con delicada firmeza, y él reanuda el beso. ¡¿Qué?! Ella, paralizada por la sorpresa de verse descubierta, ¡y besada!, apoya las manos en el colchón y no tarda más de un segundo en responder al beso.

Hay algo de íntima magia en un beso compartido. Como un hambre del otro, de aprenderlo todo, como un ansia de rendición y entrega, o un anhelo de saber que dos pueden llegar a ser uno…

Él se demora en su boca, saboreándola, recreándose en la tersura de sus labios y el olor de su piel, con el corazón a mil mientras sus lenguas se enredan. Porque Kyoko, en sus sueños, siempre le devuelve el beso con la misma pasión.

Pero al final, el beso termina.

—Kyoko... —susurra él, sin honoríficos ni nada, los ojos nublados por la fiebre y el amor, antes de desplomarse sobre la cama.

Y para pasmo de Kyoko, que aún no recobraba el aliento ni la cordura, volvió a dormirse...


Un par de días después, era Tsuruga Ren quien visitaba a una enfermita Kyoko en el Darumaya. Él quería pensar que el rubor escandaloso de sus mejillas se debía no solo a la fiebre.

—Has enfermado por cuidar de mí, Mogami-san, lo lamento tanto... —le dijo él, con tanta dulzura, que Kyoko casi se derrite—. Y te lo agradezco.

—No ha sido por eso, Tsuruga-san —murmuró ella.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él, suspicaz, y algo brilló en sus ojos que hizo que a Kyoko le saltaran las alarmas a través de la bruma de la fiebre.

—¡NADA!

—¿Qué significa nada, Mogami-san? —insistía él.

—Nada en absoluto, Tsuruga-san... —se apresuró a responder ella, con las mejillas (más) encendidas, y agitando las manos velozmente, tratando de resultar convincente.

Y fallando miserablemente.

—No te creo —dijo él, con los ojos entrecerrados, desconfiando de ella (y con toda razón).

Kyoko tragó saliva.

—¿Mogami-san? —insistió él. Y por su memoria pasó el recuerdo borroso de un beso que quizás (solo quizás) pudo no haber sido un sueño…

Pero Kyoko ya corría...

—¡Tendrás que volver en algún momento! —le gritó él por el hueco de la escalera—. ¡VAS EN PIJAMA!