EXPERIMENTO N°2: GOLPE POR GOLPE, BESO POR BESO

No era ya un secreto para nadie que Morinaga Tetsuhiro era un perfecto masoquista sin remedio. Y es que a estas alturas, ya a nadie le quedaban dudas al respecto. Los estudiantes y profesores que habían tenido la oportunidad de ser testigos de la interacción entre él y el tirano científico del laboratorio N° 2, sabían de más que el menor era una especie de mártir.

Lo que nadie entendía era cómo y por qué el pobre chico había aguantado durante casi cinco años los constantes maltratos de su superior. Aunque de cierto modo su sacrificio era necesario para evitar que la bestia matara a la primera persona que se le cruzara en el camino cuando se ponía de mal humor.

Era precisamente uno de esos días agitados y ocupados en los que Souichi se enfurecía por todo y por nada, y su kouhai era el que pagaba las consecuencias como de costumbre. El menor había soltado un grito agudo y se estaba frotando la zona en la que había recibido el repentino puñetazo de su Senpai. Este lo observaba y se acariciaba los nudillos por el impacto de su propio golpe.

– Senpai, ¿por qué me golpeas tanto? Me vas a dejar tonto.

– ¿Y qué no lo eres ya? – preguntó con sarcasmo.

El chiquillo frunció el ceño ofendido y volvió a sus labores sin refutar nada. De cierta manera, a veces se cansaba de aquella situación. No tanto por el hecho de ser golpeado sin clemencia, (y con esto no hacía más que probar la teoría general de que era un total masoquista), sino porque estos golpes no eran nada proporcionales a las noches de pasión que añoraba y que solo podía contar con los dedos de las manos. Su seme voraz interno le soplaba uno que otro plan escabroso de cuando en cuando, pero sabía que debía ir de a pocos con el hombre de su vida.

– ¿Sabes, Senpai? Se me ha ocurrido algo.

– Alguna nueva estupidez imagino. – comentó sin despegar la vista del matraz.

– No lo vería de ese modo si fuera tú… Verás, he decidido que cada vez que me des un golpe, yo te daré un beso.

– ¡¿C-Cómo?! – espetó dando un salto.

– Es lo justo, ¿no? Ah, y no importa en dónde ni con quién estemos. Así que ten mucho cuidado en adelante.

– Baka, no te atreverías… Me estás chantajeando de nuevo, ¿no es así?

El mayor empezó a hervir de rabia cual volcán en erupción y lo cogió del brazo listo para golpearlo. Y no pudo más que sentir cómo su furia aumentaba al toparse con el rostro pícaro del chiquillo retándolo seductoramente.

– Vamos, Senpai, golpéame…

Souichi no dudó en darle un buen golpe en la cabeza, y cuando pensó que ese sería escarmiento suficiente para que su chantajista asistente desistiera de aquella absurda y barata idea, sintió cómo este lo jalaba de la cintura y estampaba sus labios contra los suyos. La sangre se le subió a la cabeza por dos motivos que se entremezclaron en su cerebro simultáneamente: la intensidad de aquel profundo beso y el pánico de que alguien los sorprendiera en el acto. Para su fortuna, la puerta del laboratorio estaba cerrada y a esa hora la mayoría de alumnos estaba en clases. Asimismo, el más joven no era tan imprudente. Por más que quisiera, sabía que no era conveniente que el mundo se enterase de su complicada relación y mucho menos dentro de la universidad. Por ello, el beso fue profundo, pero muy breve, siendo él mismo el que lo había roto. Souichi lo miró con los ojos llenos de espanto.

– Cuidado, Senpai, mientras más fuerte sea el golpe, más agresivo será el beso.

Souichi volvió a levantar la mano, pero al terminar de captar el sentido de aquellas palabras, la apretó fuertemente hasta dejarla en un tembloroso puño. Finalmente descansó ambas manos en el filo de la mesa del laboratorio. Tetsuhiro rió con disimulo.

– Debo irme, tengo clases en un rato. Nos vemos en la noche, Senpai. – murmuró juguetonamente mientras desaparecía del lugar.

No te vas a salir con la tuya, bastardo.

En el camino hacia su aula de clases, Tetsuhiro se felicitó internamente y a la vez se reprendió por no haber sido capaz de maquinar tan grandiosa idea mucho antes. Estaba a un paso de entrar a su salón cuando de repente paró en seco. Calculó mentalmente que habían pasado casi dos semanas desde la última vez en que había tenido a Senpai entre sus brazos y entre sus sábanas, y que ya venía siendo hora de hacerlo de nuevo. Gracias a su nuevo y brillante chantaje bien podía lograrlo esa misma noche.

¿Eso quiere decir que tengo oportunidad hoy? ¡Oh, soy tan feliz!

Sin embargo, esa noche a su regreso, Souichi lo había tratado como quien trata a un buen amigo. Sin insultos, sin gritos, sin golpes. Se amarraría las manos si era necesario, pero no caería en los sucios trucos de su compañero de piso por más que este lo provocara para golpearlo sin contemplaciones. Está de más decir que Tetsuhiro no podía sentirse más miserable al ver su plan irse por la borda. Y es que desde aquel día, Senpai llegaba al departamento, comían, a veces bebían, veían un poco de televisión y al rato este último se escabullía hacia su habitación sin más ni más.

Los golpes habían cesado y por tanto también los besos.

El de cabello largo empezó a sentir los efectos desde el quinto día. Estaba en su límite. Si no golpeaba a Tetsuhiro en las próximas horas, temía que su cuerpo estallaría a causa de la ira acumulada. ¿Debía retomar el karate o empezar a practicar box? Y es que cada vez que sentía deseos irrefrenables de levantarle al otro la mano, el puño o la zapatilla, le daba la impresión de que el chico menor ya no temblaría de miedo, sino que lo retaría para que lo golpeara, pero eso sí, ateniéndose a las consecuencias de ser salvajemente besado sin importar el momento ni el lugar. Ah, y quién sabe cuántas cosas más. Después de todo, su pervertido asistente no era de los que se conformaban con un simple beso, ¿verdad?

¿Ahora quién era el tirano?

Souichi se sentía acorralado. Esa noche, se puso a reflexionar a conciencia sobre su situación. Agredía físicamente a su kouhai cada vez que su furia se lo indicaba, habiéndose convertido esta práctica en parte de su rutina diaria al punto de sentir ahora que la abstinencia lo mataría. ¿Qué tan equivocado había estado todo este tiempo? Perdido en sus cavilaciones, no había sentido llegar al causante de su suplicio.

– Senpai, ¿me estás oyendo?

– ¿Eh…?

– Dije tadaima. – repitió dejando su mochila a un lado del sofá – ¿Ya comiste?

– Ah, sí, comí algo en el camino. ¿Tú?

– También. Estaba cansado como para cocinar, solo lo iba a hacer si tú no habías comido. Y en vista de que ya lo hiciste…

El menor se dirigió al cuarto de baño y minutos después volvió al salón. Souichi lo miraba de reojo desde la cocina. Quería hablar, pero las palabras se le atascaban en la garganta por vergüenza y ansiedad. Sus ojos siguieron sus movimientos hasta que lo vio sentarse en el sofá. Fue entonces cuando se armó de valor para hablar.

– M-Morinaga, yo… yo quería disculparme por… tú sabes… golpearte tan seguido…

La expresión de sorpresa en el rostro de su compañero casi hace reír al mismo Souichi. ¿Tan raro era que él se disculpara por su comportamiento erróneo? Ya lo había hecho antes, pero al parecer no era algo que lo caracterizara demasiado.

– No tienes que disculparte. No me molesta…

Esta vez fue el turno de Souichi de hacer un gesto de evidente asombro.

– ¿Qué dijiste?

– Que no me molesta que me golpees. Está bien, está bien, hasta yo acepto que eso sonó horrible. Me refiero a que no es que no me moleste, pero…

El rostro del chico de cabello corto ensombreció de repente. Sus pómulos se tiñeron de un tono rosado que, sin saber por qué, hizo saltar el corazón de Souichi.

– Es vergonzoso…

– S-Solo dilo. No me voy a enojar ni nada por el estilo.

– No es por eso…

– ¿Entonces?

El asistente guardó silencio y volteó la mirada. Inclinó la cabeza por inercia, de modo que los mechones de su cerquillo pudieran ocultar el brillo acuoso de sus ojos.

– Es que siento que esa es tu forma de demostrarme que… te importo. Siento que es nuestra manera de comunicarnos y es solo nuestra, así que…

Nuevamente el mutismo del más joven se hizo presente. ¿O sea que todos esos años se había dejado golpear por tan estúpida razón? ¿Se podía ser más idiota? Souichi se daba cuenta ahora de que no sabía nada, de que no entendía nada sobre los sentimientos de ese muchachito, y aunque quisiera averiguarlo todo en un segundo, no sabía exactamente cómo preguntarlo. Nunca estaba seguro de cuál era la manera correcta de actuar frente a aquel joven que le entregaba su vida día a día.

– Soy un tonto, ¿verdad?

La habitación volvió a quedar en silencio por tercera vez consecutiva. Souichi se acercó lentamente y se sentó a su lado, pero sin mirarlo a los ojos. Aquel tercer silencio incómodo duró varios minutos y fue roto solo por una motocicleta que pasaba por la calle. De alguna manera ese sonido los sacó de sus pensamientos y se miraron aún con cautela. De repente, el mayor resopló ofuscado, se puso de pie, cogió a su kouhai del cuello y le dio un potente puñetazo lanzándolo casi hasta el comedor.

– ¡¿Eh?! ¿Y ahora por qué me golpeaste? ¡Y encima tan fuerte! Además pensé que te estabas disculpando por…

Y fue en ese instante cuando se dio cuenta del propósito de ese golpe. Desde ese ángulo pudo apreciar perfectamente el precioso sonrojo que adornaba las mejillas de su Senpai y el temblor danzante de sus iris detrás de aquellos grandes anteojos.

Sí, aquel ser podía tener un carácter infernal, una personalidad atroz y unos puños de acero, pero era la personificación de la ternura y la inocencia. Se levantó despacio y lo vio sonrojarse aun más a medida que él iba acercándose. Ya no huía, ni siquiera se le notaba enojado. Solo temblaba y respiraba con dificultad con el pulso acelerado y el alma febril. Cuando al fin tuvo a Tetsuhiro justo frente a él, sus ojos se movieron hacia su cuello, ya que no se atrevía a mirarlo directamente. El menor susurró su típico "Senpai" con una voz tan sutil y sensual que parecía estar hablando para sí mismo, aunque el otro hombre pudo escucharlo fuerte y claro como si le leyera la mente. Y no es que la idea de irse corriendo a su habitación no hubiera pasado por su cabeza, sino que su cuerpo simplemente no se movía ni un milímetro.

Tetsuhiro tomó su mentón y con el pulgar bordeó el contorno de sus labios semihúmedos. Sus bocas se buscaron y se encontraron como nunca y como siempre. La última idea coherente que pasó por sus mentes fue que por un beso así, valían la pena mil golpes.

Y entre besos y uno que otro tropiezo llegaron a la habitación del ángel en donde el tirano solía saldar sus cuentas pendientes con su cuerpo y con su alma por voluntad propia.

Porque entre ellos el chantaje era la más falsa de las excusas.


No era ya un secreto para nadie que Morinaga Tetsuhiro era un perfecto masoquista sin remedio. Lo que nadie sabía era que los golpes que recibía de día, él se los cobraba por las noches.

Y de la forma más pura y sublime que nadie imaginaría nunca.


Ah, en verdad me encantó escribir esto. Qué les pareció el "Ojo por ojo, diente por diente" versión SouTetsu? Morinaga es en definitiva un masoquista, pero bien que puede sacarle provecho a su condición en situaciones como esta. Además ha aprendido a leer a Souichi y sabe cuándo está necesitado de sus atenciones. Como ven, tras un one shot cómico, me inspiré para hacer este más tierno, romántico y sensualón.

Gracias a todas/os por leer y comentar.

Hasta el siguiente experimento!

Ja nee!

**Jane Ko**