EXPERIMENTO N°6: ANIMAL

El ruido insoportable que producía lo sacaba de quicio sin mencionar el aspecto grotesco que caracterizaba a su especie. Apretaba los dientes y se cubría la cabeza para evitar un inminente ataque del enorme animal que volaba de un lado a otro sin dar tregua a su asco y consternación.

– ¡Morinaga, date prisa! ¡Esta cosa quiere atacarme!

– Ya voy, Senpai.

El joven de cabello corto se apresuró a auxiliar a su superior trayendo la escoba a toda velocidad. La utilizaba como si fuera una espada y daba golpes al aire esperando acertar con su buena puntería y no destrozar un foco o algo más delicado que eso.

– ¡Estúpido, casi me golpeas la cabeza con la escoba! ¿No puedes traer el insecticida?

– Senpai, recuerda que las cucarachas son inmunes a los insecticidas comunes. Es más, – explicaba cual reportero – ¿sabías que la cucaracha sería uno de los animales que sobreviviría a un apocalipsis?

– No me interesa saber eso ahora, apúrate y deshazte de ella.

– ¡Ah, Senpai, por allá hay otra! – gritó señalando hacia la puerta.

– Kuso, ¿es que estos bichos nos han invadido?

La lucha entre los dos científicos y las dos cucarachas se hizo casi eterna, y cuando al fin pudieron matarlas, su espanto solo creció al ver unas cuantas más pequeñas en la cocina y el baño. Por alguna razón que pronto averiguarían, la casa se había llenado de un momento a otro de esos repulsivos insectos. Tras la necesaria hecatombe, terminaron agotados y después de darse un refrescante baño (no sin un par de gritos de Senpai que se encontró con un par de bichos en la ducha), decidieron hablar con el administrador del edificio para buscar una solución urgente a su problema.

Una vez de vuelta en el departamento, Souichi echaba chispas y Tetsuhiro debió coger la puerta para evitar que el otro la destrozarla al cerrarla con tanta rudeza. El mayor de los científicos, hecho una fiera, se lanzó al sofá y se cruzó de brazos.

– No puedo creerlo, la vieja esa del primer piso ha estado dejando la basura tirada y por eso es que han aparecido estos bichos del demonio. Todo es su culpa.

– Así parece. – acotó fastidiado – Ahora el dueño ha decidido fumigar todo el edificio. Eso es bueno, ¿ne?

– ¿Qué tiene de bueno? Vamos a tener que irnos a dormir a alguna otra parte.

– ¿Estás pensando en ir a casa de Matsuda-san?

– No, no quiero estar tan lejos. Si necesitamos sacar algo de aquí, debemos estar un poco cerca.

– Dicen que esta empresa utiliza químicos no muy agresivos y solo será necesario estar fuera de la casa por 24 horas.

– Baka, claro que lo sé, pero igual no podemos darnos el lujo de alejarnos.

– ¿Crees que el dueño cumpla su promesa de conseguir un hotel para que durmamos todos?

– No lo sé, los demás inquilinos también se veían bastante molestos, así que por presión tal vez lo haga.

El joven kouhai guardó silencio y comenzó a reflexionar. Hasta ahora en todas las ocasiones anteriores en las que habían acabado, por una razón u otra, en una cama de hotel, habían llegado a intimar de la forma más maravillosa. Su mente ya había empezado a divagar por caminos absurdos cuando un golpe lo trajo de vuelta a la realidad.

– Despierta, baka, tenemos que ir a trabajar y regresar pronto para saber qué ha decidido el maldito dueño.

– Está bien, está bien.

Eso sí. Ni el más fuerte de los golpes lo haría renunciar al desenlace soñado que tanto anhelaba esa noche.


La expresión en el rostro del tirano era digna de un zoom in. Tetsuhiro se rascó la nuca y soltó una risita nerviosa esperando con cautela la posible reacción de su amigo que no sería nada favorable evidentemente.

– ¿Otra vez una sola cama para los dos? ¡Esto ya se está volviendo mainstream!

– ¿Qué dices, Senpai? – preguntó indignado – Por llegar tarde de la universidad, nos tocó la última habitación que quedaba en este hotel. Además te recuerdo que el dueño al final nos lo pagó a todos los inquilinos por las molestias causadas. Encima nos queda muy cerca del depa. ¿Cuál es el problema entonces?

– ¡Tú eres el problema!

Tetsuhiro decidió ignorar su comentario mientras destendía la cama para acomodar las sábanas y la colcha. Una vez lista, se puso la ropa de dormir y se echó de lado. Observó con curiosidad al hombre que permanecía de pie con un gesto exasperado en el rostro.

– ¿No vas a echarte?

– Si intentas algo, te mato.

El miedo del mayor era natural. Era consciente de que sus noches de intimidad no eran muy frecuentes y el instinto animal de su asistente era inversamente proporcional a su amor por la ciencia. Eso ya de por sí lo aterraba. Pero no, esta vez no sucumbiría ante los acercamientos sexuales del otro por nada del mundo. Intentó disimular su nerviosismo con una fachada de macho indomable, y se tumbó en la cama dándole la espalda a su asistente. Solo breves minutos después, sintió cerca de su oído aquel familiar tono de voz sensual acompañado de un tibio aliento.

– Senpai…

– N-No me hables en el oído, ya te lo he dicho muchas veces.

– Lo sé, perdón. Solo quería… abrazarte…

– ¿Ah? Ni se te ocurra que voy a hacer algo contigo aquí. Ya te lo dije, ¿o no?

– Ya lo sé, por eso digo que solo quiero abrazarte.

– ¿Cómo puedo estar tan seguro de eso?

– Estoy diciendo la verdad.

El tirano gruñó enojado, mas el cansancio lo hizo guardar silencio porque no tenía fuerzas para discutir. Al no sentir más objeciones de su parte, el menor lo rodeó con sus brazos y colocó su rostro muy cerca del contrario. El calor de sus cuerpos uno tan cerca del otro estuvo a punto de hacerle perder el control. Besó su nuca un par de veces, y con un esfuerzo sobrehumano desistió de su propósito inicial, porque si continuaba no habría ya forma de detenerse luego. Decidió calmar sus impulsos y solo dedicarse a contemplarlo desde ese ángulo.

Ojalá pudiéramos dormir así todas las noches…

– Morinaga…

Al escuchar su nombre en un susurro casi brincó de la cama. Estaba convencido de que Souichi estaba empezando a enfurecer por esas melosas acciones y lo sacaría a patadas de la cama en cuestión de segundos. Tragó en seco y habló con la voz llena de miedo.

– D-Dime, Senpai…

Sin saber cómo ni por qué sintió que la mano derecha del mayor avanzaba despacio sobre sus brazos como si estuviera acariciándolo. Tetsuhiro se petrificó. Sabía que no había mundo alterno posible en el que Senpai actuara así a menos que fuera en la intimidad, ya que al encontrarse sumergido en el placer, las pequeñas respuestas que le entregaba eran inconscientes. Y en efecto, al observarlo bien, el hombre mayor estaba profundamente dormido, lo cual comprobaba su teoría de que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo.

Está dormido, ¿eh?

De repente, Souichi se pegó aun más a su cuerpo y gimió despacio entre sueños. Esos pequeños actos involuntarios hacían que se enamorara más de él y atesoraría esos momentos para siempre a escondidas del tirano. Sonrió feliz y suspiró mientras su pecho se llenaba de una emoción que conocía muy bien.

Te amo, Senpai… Y ahora creo que también amo a las cucarachas…


En definitiva la noche anterior, se había quedado totalmente caliente con las ganas invadiendo cada célula de su cuerpo. Sabía que su integridad sufriría la furia del mayor al preguntar semejante atrevimiento, pero si no arriesgaba, jamás ganaría. Lo había comprobado ya en diversas ocasiones.

– Senpai… ¿Cuando lleguemos al departamento podemos…? Hace mucho que no…

El tirano se ruborizó como toda la vida y le dio un manazo en la nuca como era su costumbre. El chico frotó la zona herida y lloriqueó cual niño castigado durante semanas enteras. A veces se preguntaba cómo es que su cabeza era tan resistente.

– ¿En qué diablos estás pensando? La casa aún estará oliendo a químicos cuando volvamos.

– Pero el laboratorio siempre huele a químicos…

– Sí, sí, pero en el laboratorio tú y yo no…

Souichi calló de golpe y por inercia se llevó la mano a la boca. Tetsuhiro sonrió pícaramente, en particular porque amaba que el hombre de su vida se ruborizara de una manera tan tierna a causa de un comentario tan adorable que él mismo soltaba sin querer.

– Ah, ya entiendo. No te preocupes, puedo rociar perfume sobre mi cama si eso te exci…

– ¡No necesito que hagas nada! – chilló muerto de vergüenza.

– Solo estaba tratando de ser considerado.

– ¡Urusai! Y ahora que lo pienso, no me vendría nada mal que los fumigadores me regalaran un poco de esos químicos para echarlos en tu cama. Quizá también hagan efecto en otro tipo de animales.

– ¡Hidoi! ¿En verdad harías eso?

– Dejo la respuesta a tu criterio.

El muchacho hizo una especie de puchero con los labios y terminó de alistar las mochilas que habían llevado al hotel él y su Senpai. Lo observó de reojo y en el fondo tuvo el presentimiento de que tal vez correría con un poco de suerte al pisar el departamento.

– ¿Por fin estás listo? Tenemos que ir a la universidad y después volar a la casa a ver qué destrozos nos hicieron.

– Cálmate, son una empresa de confianza.

– Eso espero o mataré a golpes al dueño.

Después de todo, él era de esos hombres cuyo instinto nunca le había permitido rendirse por más obstinada que fuera la persona de la que estaba enamorado.


Y de algún modo su instinto no había fallado.

No había más vuelta que darle al asunto. Tetsuhiro siempre sacaba al animal que tenía dentro en momentos como esos. No reprimía sus deseos más básicos, mucho menos cuando contemplaba a su gran amor perderse en el placer. Amaba que su Senpai disfrutara de lo que él le regalaba cuando estaban enredados entre las blancas sábanas de su lecho. Y como siempre, Souichi era la más impredecible de las criaturas. Esa noche se había resistido solo lo necesario, y él, sin duda, le sacaría el jugo a la ocasión. Sus juegos previos eran excitantes sin importar cuántas veces los practicaran, y eran adictivos sin importar que el terco científico no lo fuera a reconocer nunca. Cuando ya habían avanzado lo suficiente como para que le fuera imposible arrepentirse, un alarido suyo en particular hizo sonreír de emoción a su hormonal compañero.

– Mori… ¡Ahhh!

– Ah, Senpai, ¿tan bien se sintió eso? ¿Dónde fue esta vez?

– ¡No seas idiota! – vociferó empujándolo hacia un lado – ¡Grité porque hay una cucaracha subiendo por la pared!

– ¡¿Eh?!

– Malditos fumigadores, dijeron que se desharían hasta del último bicho. ¡Me las pagarán muy caro!

– Mou, qué manera de interrumpir… ¡Y justo en la mejor parte!

– ¡Cállate y mátala, imbécil!

Souichi cubría la mitad inferior de su cuerpo con las sábanas mientras se agachaba lo más que podía para que el bicho no se le acercara. Tetsuhiro, que aún estaba en bóxer, se levantó de la cama para buscar algo con qué golpearla, al mismo tiempo en que no creía su mala suerte. ¿No sería mejor idea tan solo ignorarlo?

– Parece que está medio drogada por efecto de los químicos, Senpai. Estoy seguro de que va a morir pronto, mejor sigamos con lo nuestro.

– El que está drogado eres tú si crees que voy a continuar con ese animal ahí mirando lo que hacemos.

– Senpai, no eres justo…

Souichi con su aura malévola tradicional cogió lo primero que encontró al alcance y con un certero golpe hizo que el insecto cayera a tierra. Lo remató con varios golpazos adicionales y Tetsuhiro compadeció al pobre dictióptero, ya que era una situación que él vivía casi a diario. Cuando vio la cara triunfante de su Senpai, no pudo evitar emocionarse y quiso felicitar su hazaña. Quién sabe si un incentivo lo animaría a retomar lo que habían dejado a medias.

– ¡Sugoi! Eres tan valiente, Senpai.

– No es para tanto. – expresó con evidente orgullo.

– Supongo que ahora que no hay testigos, podemos continuar con…

– ¿Ah? ¿Ya ves por qué te digo que eres un animal? ¡Solo piensas en sexo!

– P-Pero…

– ¡Me voy a mi cuarto!

El iracundo científico se puso el bóxer y el pantalón a la velocidad del rayo y salió disparado hacia su habitación a pesar de los ruegos de su fiel asistente. Y es que tras este incidente, Souichi en definitiva ya no sabía cuál de los dos animales era más perjudicial para su existencia.

Entretanto, el más joven se tuvo que tragar sus súplicas y volvió a sentarse en la cama, mientras suspiraba con desesperanza y se vestía con resignación. De repente, tuvo el presentimiento de que había algo aun más grave que todo lo que acababa de ocurrir. Su cara de espanto no se hizo esperar.

– ¡¿Senpai, tenías que matar a la cucaracha con mi almohada?!

O quizá era el mismo Souichi el que representaba el mayor peligro para la sociedad.


Lo hice de nuevo, escribí un one shot cómico y un poquito sensualón de este par. No puedo evitarlo, ellos me inspiran miles de emociones, y amo verlos en situaciones graciosas que los pongan en aprietos. Morí de risa al escribir esto, espero que ustedes también lo hagan. Y por cierto, odio a las cucarachas. XD

Muchas gracias por sus lecturas y comments.

Hasta el próximo experimento!

Ja nee!

**Jane Ko**