¡Hola a todos!

Primero que nada, quiero agradecer por haberse tomado el tiempo de leer esta nueva historia y de haberme dejado un review, que la verdad me alegraron. n.n

Me tranquilizó saber que este nuevo fic fue bien recibido. :)

Ok, mejor les dejo leer el segundo capítulo, el cual estoy orgullosa de que me haya quedado largo, jeje. Espero que les guste...

Besos, y que anden bien n.n


Disclaimer: Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son de Masashi Kishimoto. La historia es una adaptación de la Saga "La Hermandad de la Daga Negra" perteneciente a J.R Ward, las ideas mías, sólo he sacado algunos aspectos de ella.

Pareja: SasuHinaKiba

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Capítulo 2

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-Vaya, has despertado temprano, Naruto.

El rubio, quien se encontraba inclinado delante del refrigerador abierto, alzó la cabeza para observar a la persona que le había hablado. En la puerta de la cocina se hallaba reposando justo debajo del dintel su buen amigo, Kiba.

-Tenía hambre, eso fue lo que me despertó – dijo el vampiro rubio sacando una fuente con sobras del pavo de la noche anterior y cerrando la puerta - ¿Quieres? – preguntó señalando lo que tenía en su mano.

-Claro. Estoy famélico – respondió con una gran sonrisa el moreno, acercándose para sentarse a un lado de la mesa de la gran cocina.

-¿Cómo te fue? – interrogó su Hermano mientras colocaba la fuente frente a él y le daba un tenedor para empezar con el "bocadillo".

-Como siempre – respondió haciendo una mueca – Los mismos regaños, y esta vez tres golpizas en mi adorado rostro. – se tocó las mejillas tatuadas. Un estallido de risa se oyó de parte de su amigo.

-¡¿Adorado rostro? – preguntó golpeando la mesa al compás de su risa – Me diviertes demasiado, Kiba.

-¡Oye! ¿Te burlas de mí? – arremetió con gritos el moreno.

-¿Deben hacer tanto alboroto desde temprano? – dijo una voz pausible.

Ambos vampiros que se encontraban en la mesa, giraron la cabeza para ver al dueño de aquella voz: Gaara.

El Hermano pelirrojo, quien estaba vestido con un pantalón de cuero negro y una remera de algodón del mismo color, se encontraba con los brazos cruzados en la entrada de la habitación.

-Gaara – le habló Naruto confundido tras dejar de reirse - ¿Ya estás vestido para salir?

-Faltan horas – agregó Kiba.

-Se me dio por cambiarme antes – respondió avanzando hacia la cafetera ya lista que seguramente algún sirviente debía de haber preparado más temprano para los Hermanos. Agarró una taza del estante que estaba por sobre su cabeza y se sirvió para luego irse a sentar frente a los otros dos presentes. – Es extraño verlos a esta hora. – dijo dando un sorbo a su café.

-Ya sabes…– sonrió Kiba alzando su tenedor.

-… hambre – continuó el rubio tomando de la fuente un trozo de carne. – Hablando de eso…– llevó el tenedor a su boca y comenzó a masticar, sin dar tiempo a tragar para hablar – ¿Qué hora es?

-Las dos de la tarde – respondió el pelirrojo dando otro sorbo.

-¡Qué temprano! Los demás en la casa no despertarán hasta dentro de tres horas. – explicó sorprendido Naruto – Ya de pensar eso me he aburrido.

-Vuelve a la cama entonces – le habló el moreno con una gran sonrisa – Y déjame el pavo a mi. – agregó abrazando sonriente el plato mientras lo acercaba para sí.

-Sigue soñando, Hermano. – le respondió robándole aquello que había tomado para dejarlo en el centro.

-Kiba – le llamó Gaara serenamente, a lo que el vampiro lo miró atentamente mientras masticaba un trozo enorme de carne - ¿En serio era importante?

El moreno tragó rápidamente y se quedó en silencio, ya sabía a lo que se refería su Hermano. Hablaba acerca de lo que había ocurrido esa misma madrugada.

-Cierto – dijo Naruto al comprender el tema que el pelirrojo había tocado. – Sasuke estaba furioso contigo

-No tenía derecho a eso. Ustedes no se enfadaron tanto como él – dijo con una mueca de fastidio el interrogado.

-Decías que era importante – continuó el vampiro pelirrojo, mirándolo sin expresión alguna - ¿Lo era en verdad?

-Supongo que sí – contestó dejando el tenedor a un lado y levantándose de su asiento – Depende de cómo aproveche él esa oportunidad – concluyó dejando la cocina.

-¿De quién hablaba? – preguntó el rubio frunciendo el ceño en señal de incomprensión.

-De seguro lo sabremos más adelante – dijo Gaara cruzándose de brazos.

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-Que hermosa sorpresa encontrarme con un Hermano.

Aquella voz, de similar sonido al de una serpiente, se escuchó demasiado cerca, a sus espaldas, como si el emisor estuviera hablando a su oído. Pero no era así.

Volteó en busca de aquel locutor que se encontraba con él en ese pequeño y oscuro callejón donde había ido a parar tras la persecución y aniquilación de un enemigo.

-Sal de tu escondite y acabemos de una vez por todas con esto, desgraciado – le dijo a la oscuridad absorbente del lugar – Haré que te reúnas con aquel idiota que acabo de mandar al infierno.

-Que cosas dices – respondió la voz en un siseo – No lo has mandado a otro lugar que no sea a mi, Hermano.

-No me llames así, no tienes derecho. – el vampiro apretó fuertemente el puño, donde aún tenía aferrada la daga con la que había trabajado hace segundos en el difunto "no-muerto" – Sólo algunos pueden llamarme así, y tu definitivamente no lo eres. ¡Sal de tu escondite, cobarde!

-¿En serio quieres que salga a enfrentarte? Mira que tras la muerte de ese sujeto me he hecho más fuerte.

-Con que eres el jefe – concluyó el Hermano de cabellos azabaches comenzando a formar lentamente una media sonrisa – Será divertido matarte.

-Respuesta equivocada – arremetió con tono de satisfacción la voz – Será divertido, pero no esa cosa…–

Abrió los ojos. Otra vez el recuerdo de aquella noche…

Llevó una de sus manos hacia su cuello, donde antes de inyectarse y acostarse había dolido terriblemente. Ahora no, por suerte la dopamina lo había tranquilizado.

Unos débiles golpes en la madera de la puerta lo hicieron concentrarse en el presente. Dirigió su mirada hacia la fuente de sonido y esperó a que alguien hablara.

-¿Estás despierto, Sasuke? – era la voz de su hermano de sangre, Itachi.

-Sí, ¿Sucede algo? – contestó mientras se sentaba en la cama.

-Ya son casi las siete, en breve estará el almuerzo.

-Comprendo, iré – respondió.

Tras una contestación de su hermano y su retirada decidió levantarse de la cama y dirigirse hacia el baño, fue ahí donde se vio al espejo, su apariencia era completamente normal. Vio hacia la ducha y caminó para abrir el grifo y así tomarse un baño que lo limpiara y relajara antes de la comida.

Volvió a recordar las palabras de Itachi. ¿En realidad eran las siete de la tarde? Nunca había dormido más de doce horas, a excepción de esos días en los que su otra mitad quería emerger, pero nunca tanto como esa cantidad.

El agua que caía, se reguló, por lo que se sacó la única prenda que tenía y entró bajo la cascada. Las gotas tocaban su cuerpo y poco a poco su contacto lo iban despertando más. Giró en busca del jabón y estiró el brazo para agarrarlo, en eso vio una marca en su antebrazo.

Cierto, lo habían herido en esa madrugada mientras estaba asesinado enemigos, o mejor dicho, trabajando al deshacerse de la basura.

Tras todo el acontecimiento que llevó el estúpido acto del Inuzuka y luego su propio episodio, se había olvidado de que había sido herido y, por lo tanto, de limpiar la herida. Lo bueno era que no tenía que hacerse problema ya que no se infectaría, gracias al ser un vampiro.

Lo bueno de su especie era que no adquirían infecciones y otras enfermedades graves, además de que al ser heridos, su organismo funcionaba a gran velocidad para recuperarse, haciendo que el tiempo de regeneración sea muy rápido.

Limpió sin necesidad la herida y tras eso siguió con su cuerpo. Al enjuagarse y lavar su cabello, cerró la llave de la ducha y prosiguió a secarse para así bajar a cenar.

Al salir del baño, se dirigió a su armario para cambiarse ya con la ropa de caza, después de todo, sólo habría una hora disponible entre la cena y el momento de salir a ejercer su deber. No perdería tiempo, en vez de utilizar ese momento para cambiarse, le sería útil el dirigirse al Hospital para conseguir nuevas dosis de su dopamina.

Abrió las grandes puertas de algarrobo y buscó sus pantalones de cuero negro – uno de los tantos que tenía – y su remera del mismo color. Al cambiarse, tomó las botas de combate que estaban a un lado y se las colocó, tardando menos de un minuto para concluir el atarlas. Antes de salir, tomó su chaqueta preferida de cuero y, abrigándose con ella, cerró las puertas.

Listo, era momento de cenar.

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Llegó a su destino en menos de un minuto tras transportarse desde el comedor de la gran mansión, hogar suyo y de sus hermanos desde hace más de medio siglo.

Antes de salir había dicho que necesitaba algún trago bien fuerte en cualquier bar. Claro que también debió persuadir a Naruto diciendo que quería ir solo luego de los intentos fallidos por parte del rubio para acompañarlo.

Ya irían a tomar algo juntos luego de esa noche, antes de que regresasen a su casa a causa de la salida del sol, el cual anunciaría que su "día" acababa, y el de los humanos recién comenzaba.

Avanzó los tres pasos que lo llevaban a la entrada del establecimiento, donde no pudo avanzar más ya que una puerta de hierro se erguía frente a él, como protección a los de su especie que estuviesen ahí dentro. Levantó el rostro y lo vio, el pequeño artefacto situado a la derecha. Poseía una titilante luz roja que daba a entender de que no perdía imagen alguna del exterior. Acercó su rostro a la cámara y esperó a que le hablaran desde el intercomunicador debajo de ésta.

-¡S-señor Uchiha! – una voz masculina sonó intimidada. Al parecer seguía causando miedo en algunas personas, y no era para más, si hasta él mismo se daba cuenta de que su aura era un poco más oscura que la de los demás Hermanos.

-Busco a tu jefe – contestó sin rodeos.

-Ya le aviso, espérelo donde siempre – tras la contestación, la puerta imponente frente a él se abrió lentamente, haciendo que accediese a la pequeña antesala donde, tras traspasar otra puerta, esa vez una de vidrio automática, pudiese llegar al interior del lugar.

Blanco como cualquier hospital, no aparentaba haber sido edificado para otra raza. Cualquier humano que hubiera asistido allí no se habría dado cuenta de la diferencia. Negros sillones y sillas se situaban a los lados, en las paredes, donde había dos camillas esperando en caso de emergencia. El lugar no se mantenía en total calma. Voces se podían oír en las otras habitaciones, acompañadas del ruido acompasado de pasos de las enfermeras que pasaban apresuradamente frente a él, esquivando su mirada algunas, devorándolo con la misma otras.

Era claro que lo observasen, después de todo era un vampiro de élite, de buena apariencia y, aunque nadie lo sabía ya que era un secreto su identidad, era un miembro de la Hermandad. Las mujeres de ambas razas no podían resistirse a él, por lo que no dudaban en tirársele encima en busca de atención. También estaban aquellas que se mantenían alejadas, pero no por temerle, sino por el hecho de no saber como dar el primer paso.

Para él, hicieran lo que hicieran, sería lo mismo. No les prestaría atención alguna. Las mujeres para él en ese momento de su vida no eran nada más que satisfacción de una noche cuando había pasado tiempo desde que había calmado sus impulsos.

Continuó caminando omitiendo todos los tipos de miradas fugaces y no-disimuladas, nada de eso le importaba, mucho menos cuando había ido al establecimiento para algo en específico.

Tras pasar por el mostrador denominado como recepción, en donde se encontraba el enfermero que le había permitido entrar, giró hacia la derecha, internándose en el gran corredor. Pero su recorrido no duró mucho, al contrario, éste finalizaba en la primera puerta a su izquierda. Al observar el interior, vio como la camilla lo esperaba, por lo que avanzó y se sentó en la misma, esperando a que la persona que buscaba llegase.

Pasaron pocos minutos hasta que el sonido de unos pasos retumbara en sus oídos, y ahí lo vio. Pasando por la puerta, con una bata blanca, venía el hombre de cabellos largos y blancos a su encuentro. Con una gran sonrisa en el rostro que le hizo imaginar a Sasuke que debía de haber visto una pollera levantarse en el camino. Sí, ese hombre era un pervertido, por eso fue que seguramente fundó un hospital, para estar rodeado de mujeres vestidas en cortos trajes blancos de enfermera.

Como era conocido por toda la especie, el doctor Jiraiya, era un pervertido, pero aún así, un médico excepcional. Nunca se le escapaba un detalle, siempre predispuesto y dedicado a su trabajo. El mejor de todos, quien en ochocientos años de profesión, nadie había perdido la vida, no por medio de sus manos.

No sólo era todo aquello, sino que también un buen confidente. Era la única persona que sabía su secreto, y quien hace años, a pesar de inseguridades y miedo a traicionar a cualquier otro, no había dicho nada a nadie.

¿Hacía falta decir también acerca de los rumores acerca de él? ¿Esos que decían que había llevado relación con ambos lados?: tanto con la Madre de los Vampiros como con el líder de los "no-muertos".

-Mi querido Hermano – dijo Jiraiya cerrando la puerta y acercándose a él - ¿Tan rápido te has acabado las dosis que te di el mes pasado?

-No me llames así – respondió secamente – Nadie debe saber que soy un Hermano, ni siquiera tu. Es una orden de… –

-Lo sé, no te preocupes – señaló con su pulgar la puerta ubicada tras él – recuerda que me hiciste insonorizarla en caso de que te viniera un ataque.

-Dame otra dosis – cambió de tema el vampiro de cabellos azabaches – Y que sea doble esta vez.

-Primero extraeré una muestra de tu sangre. Quiero saber porque te ha durado tan poco – comentó mientras se sentaba en una silla al frente de la camilla. – Muestra ese asqueroso brazo.

-Asqueroso tu trasero – refunfuñó por lo bajo mientras se sacaba la campera y arremangaba su remera de mangas largas.

-Como si lo hubieras visto.

-Ya quisieras.

-¿Por ti? – habló divertidamente el doctor – No, gracias. Para eso tengo enfermeras cerca.

-Eres un pervertido.

-No digas eso, bastante que mi ahijado me lo dice todo el tiempo.

-Y tiene razón – contestó extendiendo el brazo – Después de todo Naruto también sabe razonar.

Su comentario fue lo último que se escuchó en la habitación. Sólo una sonrisa por parte del médico fue lo que hizo que su rostro, antes mostrando una mueca, se tranquilizara. Era evidente su sentir, y junto a ello su pensamiento. Aquel hombre estaba orgulloso de su ahijado, no sólo por pertenecer a la Hermandad en donde sólo unos pocos entraban, sino que también por ser una persona buena que a pesar de todos los problemas que había tenido a lo largo de su vida había logrado crecer para bien, convirtiéndose en un joven en busca de paz y justicia, uno que seguía con la frente bien en alto los pasos de su padre, el cual extrañaba de sobremanera.

Jiraiya no era su pariente de sangre. Era un conocido de su padre, Uzumaki Minato, antiguo integrante de la Hermandad en la cual se encontraba ahora su hijo. Minato y Jiraiya se habían conocido por casualidad hacía varias décadas mientras visitaban el Otro Plano con el mismo motivo, hablar con la presencia superior de todos ellos, la madre de su raza.

Nadie sabía el porque Jiraiya había ido ese día, pero como pocos rumores circulaban, se decía que era para informar acerca de los planes del enemigo con el cual también tenía relación. Todo era un misterio, siempre que se le pedía información sobre lo que sucedía él no hacía más evitar el tema y decir que tenía que acudir a algún otro lado.

Sasuke nunca le había preguntado nada, sabía que si tenía un secreto no lo diría tan fácilmente. Todos quieren ocultar algo así que, ¿Por qué obligar a uno a revelar lo que se quiere permanecer oculto?

En cuanto a Minato, según Kakashi había ido a informar sobre una masacre de vampiros – civiles – por parte de los "no-muertos". Había sido una catástrofe y en consecuencia la sociedad estaba aterrada de salir a las calles nocturnas. La mujer había recibido con profundo dolor la noticia de que su gente, así como hijos que eran todos los de la especie, hubieran sido atacados. Tras días de pesar, fue ella quien decidió dar una determinación a la Hermandad: ya no atacarían a los enemigos que fueran sospechosos, y menos a aquellos que hubiesen cometido alguna muerte, al contrario, vieran a alguno de ellos, aunque no supusieran peligro, debían ser asesinados, y así se evitaría que más vidas de inocentes civiles corrieran peligro.

Fue a partir de esa visita que Jiraiya y Minato se habían vuelto amigos, con un encuentro no predeterminado. Otras veces también se encontraban, tanto en la ciudad como en el Otro Plano, donde un día Minato conoció a la que sería su esposa: Kushina.

Ella era una muchacha joven y hermosa con un característico cabello rojizo que resaltaba su presencia sea donde estuviese en el Otro Plano, donde todo era de color blanco, ninguna tonalidad más que esa monocromática particularidad. Sólo resaltaban los distintos tonos de cabellos de las sacerdotisas y demás mujeres que habitaban en el lugar.

Sólo mujeres podían habitar allí, y no cualquiera, sino aquellas que nacían ahí y se criaban para mantener el equilibrio de poder de Su Madre. No sólo eran eso, sino que ellas eran la fuente de alimento de los integrantes de la Hermandad, y de quienes descendían ellos.

Todos los vampiros se alimentaban de sangre, como toda fábula y ficción pintaba en cuanto a ellos, pero las mismas desvirtuaban la historia para implantar terror a aquella especie de la cual los humanos no se percataban que habitaban con ellos. Ellos no salían por la noche en busca de víctimas a las que hincar sus colmillos y succionar hasta dejar secas. Era todo una mentira. Ni siquiera se alimentaban de humanos, sólo de sus mismos iguales, y no era todas las noches y hasta la última gota. La alimentación de sangre podía darse hasta tres veces al mes, no más, y como las células de su especie se reproducían más rápido de lo normal, al día siguiente la persona de la cual uno había tomado ya se encontraba en perfecto estado.

Los vampiros también podían vivir a alimentos comunes, por lo que todos desayunaban, almorzaban, merendaban y cenaban, pero como los nutrientes no les ayudaban a estar en su completa fortaleza, era por eso que cada tanto ingerían sangre.

Cada vampiro tenía un compañero a lo largo de su existencia, la cual se extendía hasta los dos mil años. Sí, otro mito que la gente se sentiría desilusionada de saber que era mentira: ellos no eran inmortales. Nacían, crecían, se enamoraban, se casaban, tenían descendencia, y luego morían. Eran personas normales, solo que a su modo.

Cuando uno de ellos se enamoraba sabía que luego no podría vivir sin la compañía de su amada, u amado, porque ellos sentían; el amor para ellos también existía. Al encontrar a su "persona" ya no bebían sangre de otro lado que no sea de sus venas, era algo recíproco, algo mutuo. Lo que era de ellos, pertenecía a su pareja, no a otros.

Quienes integraban la Hermandad bebían la sangre de las mujeres del Otro Plano, llamadas las Elegidas. Una sangre pura que les permitía adquirir más fuerzas que de las mujeres comunes de su especie. Sólo eran fuente de alimento, nada más que eso, pero algún que otro Hermano podía sucumbir ante la belleza de alguna. Eso pasó con Minato, que nunca antes había visto a la Elegida de cabellos rojizos hasta que visitó su hogar. Nunca creyó que se enamoraría, y mucho menos que con ella tendrían un hijo.

Con autorización de la Madre, fueron a vivir al plano terrestre, donde se casaron y vivieron felices varias décadas. Cuando el único descendiente de los Uzumaki, Naruto tenía la edad de sesenta años, su padre fue asesinado en una pelea contra el enemigo. Algo difícil de creer al ser Minato uno de los Hermanos más fuertes y poderosos. Fue tras ese trágico momento en que su hijo, siendo poco mayor a un adolescente, consoló a su madre, brindando su apoyo incondicional y prometiéndole que no dejaría que algo terrible le sucediera.

Con temor de que su madre no pudiera soportar vivir sin su padre, decidió que la mejor opción sería que volviese al Otro Plano, donde estaría protegida. Fue inmediatamente después de eso que Naruto se unió a la Hermandad, tomando el lugar de su padre a la vez que recibía el apoyo incondicional de su padrino, Jiraiya.

-¿Se ha estado portando bien? – preguntó el doctor buscando un trozo pequeño de algodón.

-Sí, parecerá idiota a veces, pero es muy predispuesto – respondió observando su brazo magullado.

-Me alegro por eso – escuchó la voz del hombre en tono nostálgico – Su padre debe de sentirse orgulloso, donde quiera que esté. – denotó melancolía en la voz.

No contestó, el escuchar la palabra "padre" seguida de "orgullo" le hacía rememorar malos entendidos con el suyo, recuerdos que eran mejor dejar atrás, junto con la muerte de él y de su madre. En ese mundo sólo eran su hermano y él, viviendo a favor de la sociedad, para protegerles a cambio de nada. Una nueva vida, lejos de los malentendidos que sufrieron ambos antes de ser aceptados en la Hermandad sin tener alguna relación anterior con ella, mucho menos sanguínea.

-Pincha de una vez – le ordenó al ver que el tiempo pasaba y el mayor no progresaba con su trabajo. Sólo seguía buscando el algodón.

-No tengo los instrumentos aquí – respondió con una sonrisa nerviosa – Iré a buscarlos.

-¿Por qué no lo mencionaste antes? – dijo interrumpiendo el intento de levantarse del hombre, que se lo quedó observando. – Haces que pierda mi tiempo, el cual es limitado.

-Que humor que trajiste – le remató el otro – ¿Olvidaste la amabilidad en tu casa?

-No, la olvidé en la cuna cuando nací. Apúrate.

-Bien, ya regreso – Jiraiya se levantó de su asiento y dirigió hacia la puerta, la cual abrió y se detuvo bajo su marco para girar a hablarle – Aprende a ser más amable, Sasuke. Tu tosquedad saca de quicio a veces.

Se quedó solo una vez desapareciera tras la puerta y la cerrara. ¿Qué le importaba como era su actitud? Ni que tuviera que ser una persona agradable.

Esperó varios minutos y el doctor no volvía, cosa que esperaba que hubiera sido a causa de una emergencia y no por una falda traviesa. Miró el reloj de la pared, tenía que volver a la mansión para encontrarse con sus Hermanos y allí partir hacia las calles de Tokio. Por esa razón es que decidió dejar de esperar y se bajó la manga para así ponerse su chaqueta. Esperar era en vano…

Realizó un primer paso en dirección hacia la puerta cuando ésta sonó con tres tímidos toques en su madera. Ese no debía de ser el doctor, no ya que él entraría directamente, por lo que llegó a la conclusión de que habría mandado a otra persona.

-Sí – accedió a que la persona en el otro lado dejase de esperar para poder entrar. Cuando la puerta se abrió, lentamente, pudo observar como una pequeña mano de color parecida a la piel de él asomaba los dedos para empujarla.

Unos ojos del color de la perla le vieron fijamente para segundos después observar el suelo tímidamente. La muchacha que los poseía era de estatura mediana; tenía el cabello de color negro azulado atado en una cuidada coleta tras su cabeza, haciendo que le llegara aproximadamente a la mitad de la espalda. Vestía a su vez el uniforme blanco del hospital, pero no era como el de las otras enfermeras, el suyo era un poco más largo hasta las rodillas. En sus manos traía los instrumentos y un pequeño bolso de color negro.

La muchacha hizo una reverencia con grácil elegancia, dándole a conocer su descendencia de una familia educada y de clase alta. Algo raro en una enfermera… Si tenía dinero, ¿para que el trabajo?

-¿S-señor Uchiha? – preguntó ella tras elevarse de su saludo cordial y mirarlo a los ojos. Era una mirada que le parecía extraña, con sólo verla podía darse cuenta de lo que ella era. Parecía llevar un dolor en su alma, quizás soledad.

Quizás había una cuestión ahí, una en la que tenían algo en común, algo que trascendía los límites entre especies y eclipsaba los diferentes estratos sociales y los unía aunque ella lo habría negado.

Estaba sola, y no en la misma forma en que lo estaba él, sino que mucho más.

Sus sentimientos estaban rodeados por el vacío de desconexión de alguien separado de su tribu. Viviendo entre otros, pero esencialmente separado de todo. Un ermitaño, un paria, alguien que ha sido expulsado.

No conocía los motivos, pero estaba jodidamente seguro de que la vida era así para ella.

A pesar de que él se sentía igual a ella por momentos tras sus ataques, sabía que él no estaba tan mal. Él tenía a sus hermanos, ella no tenía nada. Lo sabía muy bien, sus ojos se lo decían a gritos.

Aún con todo lo que podía descifrar de ella, le llamaba la atención. Una chica tan pura y angelical, de buena familia y educación, trabajando en un hospital y con un cansancio en el alma.

Los segundos de silencio parecían incomodarle a ella, viendo como en sus mejillas aparecía un sonrojo pudo saber que la estaba intimidando con su observación. Giró el rostro y miró la camilla para encaminarse a ella y sentarse.

-¿Es usted el s-señor Uchiha? – volvió a inquirir con un leve tartamudeo de nerviosismo.

-Sí, lo soy – contestó con total seriedad sin volver a verla – ¿Dónde fue el doctor?

-Ha tenido una emergencia – explicó desde su lugar. Su voz era muy dulce – M-me ha mandado a atenderlo.

-Entonces camina y apúrate – le ordenó – Debo irme y no puedo perder el tiempo.

-L-lo siento – se disculpó ella.

Escuchó el sonido de la puerta al cerrarse y, tras eso, el de unos pasos acercarse. Aún sin elevar la vista podía sentir los movimientos que realizaba, cada uno de ellos y sin problema alguno. Era un Hermano después de todo…

Oyó la silla frente a él deslizarse, seguido por la aparición de las piernas femeninas ubicándose a su vista. A pesar de taparlas hasta la mitad con ese uniforme podía decirse de ellas que no se veían tan mal.

-A-acérqueme su brazo, por favor – dijo ella.

Levantó la vista y volvió a posarse en sus perlas, haciendo que el sonrojo que antes se había apaciguado volviese a emerger en ella. Deslizó su mirada hacia la placa que se posaba en la parte izquierda del blanco ropaje, ahí figuraba su nombre: Hyuuga Hinata.

No prestó atención cuando le extendió el brazo por lo que tampoco supo cual de ellos fue. Una expresión de asombro y dolor salió de la boca de la fémina, haciendo que la mirase nuevamente al rostro.

-Su brazo, ¿No le duele? – preguntó preocupada.

Rápidamente miró a lo que ella se había alarmado, le había dado el brazo en el que siempre se inyectaba la dopamina, cualquiera se asustaría de verlo, todo magullado y al borde de parecer infectado. Negó a su pregunta afirmando que estaba bien, que no era nada, pero la expresión de ella no cambió.

-¿Alguna vez oyó hablar de la sepsis? – le preguntó acariciando con delicadeza la parte afectada. El toque le hizo una pequeña cosquilla electrizante que le molestó.

-¿Una banda de música alternativa? – sonrió socarronamente para desviarla del tema, no quería empezar a escuchar una definición médica.

-Sepsis, como en una infección de la sangre. – le explicó no prestando atención a su comentario. –Tendrá q-que hacerse algún examen, señ…–

-Para eso está usted aquí, señorita Hyuuga – le interrumpió borrando la sonrisa y adquiriendo una máscara de frialdad al decir una mentira – Así que puede dejar de hablar y ponerse a trabajar.

Ella sólo pudo asentir avergonzada ante su crítica. Por eso fue que le pidió su otro brazo ya que ese no se encontraba en condiciones de ser nuevamente pinchado. Una vez extraída la muestra, él se levantó y colocó su chaqueta para encaminarse hacia la puerta, pero la voz de ella le detuvo.

-E-el doctor le manda esto – explicó extendiéndole el bolso que había traído al comienzo.

-¿Lo has visto? – inquirió arrebatándoselo de la mano, a lo que ella negó rápidamente –Bien.

Volvió a girarse para definitivamente marcharse, ya se le había hecho demasiado tarde.

-C-cuídese – dijo ella cuando estaba por cerrar la puerta de la habitación – Sé q-que no me incumbe, p-pero cuídese el brazo. Puedo darle unas pomadas…–

-No hace falta – contestó, aún sin verla – Sé cuidarme solo.

Dejó definitivamente la habitación y continuó su camino hacia la salida del hospital. No prestó atención a las llamadas de las mujeres y mucho menos al saludo nervioso del recepcionista. Sólo siguió de largo, saliendo de las puertas e internándose a la noche, donde desapareció en una rápida teletransportación.

No hacía falta que una desconocida se preocupara por él, y mucho menos cuando ni él mismo lo hacía.

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Continuará…


Nota:

Espero que les haya agradado el capítulo. Quiero agradecerle a quienes comentaron el capi anterior, también a los que agregaron el fic a favoritos y aquienes lo pusieron en alerta.

Muchas gracias por leer n.n