Hola a todos n.n
Por fin he terminado de escribir esta conti que me costó bastante (por falta de tiempo, ganas; algunos exámenes y otra conti... xD)
Espero que este capítulo les guste...
Gracias por haber leído los anteriores y también por haberse tomado la molestia de escribirme un review, me alegra leerlo y ver que les está gustando esta loca idea n.n
Besos, y espero que anden bien.
Desde ya, gracias por leer; y perdón por la demora :)
Disclaimer:Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son de Masashi Kishimoto. La historia es una adaptación de la Saga "La Hermandad de la Daga Negra" perteneciente a J.R Ward, las ideas mías, sólo he sacado algunos aspectos de ella.
Pareja: SasuHinaKiba
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Capítulo 3
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Inmediatamente él dejó la habitación, se sintió frustrada. Aquella persona no quería su ayuda, ni la de nadie al parecer. Era como si hubiera ido a buscar el contenido de aquel bolso que el doctor Jiraiya le había encomendado darle cuando se lo encontró en el pasillo.
Haber estado con aquel individuo le había resultado incómodo. Ver como sus ojos –oscuros y sin brillo alguno – no dejaban de posarse sobre ella, como si le estuvieran leyendo, le hacía temer. Se sentía vulnerable, capaz de ser presa fácil de cualquier cosa, una persona débil.
Su mente se llenó con la imagen del brazo de él. ¿Por qué se encontraba en ese estado? ¿Cuántas veces debía de haberse inyectado? ¿Se había vuelto adicto a la dopamina? Sí, la curiosidad le había ganado y por eso había visto lo que el bolso contenía dentro. Luego de que el doctor le hubiera dado el encargo no tardó ni un segundo más en verlo.
La dopamina era una droga para inhibir. ¿Para qué tipo de problema le era útil a él?...
El ruido proveniente de su muñeca izquierda le hizo volver a la realidad. Observó el aparato y vio como éste anunciaba la medianoche. Hacía cuatro horas que había empezado su turno en la guardia y no se había detenido a descansar en ningún momento.
Para nada era ella una adicta al trabajo, aunque si le era de suma importancia el mismo. No, ese día no estaba empeñada a trabajar sin cesar por algún otro motivo que no fuera para despejarse. Había tenido un día difícil, por eso mismo es que sentía que debía despejar la mente y no quedarse varada en aquel suceso con el que había soñado y pensado a toda hora.
Habían pasado alrededor de diecisiete horas desde que su turno anterior había finalizado, y con eso, su retorno a su hogar. Nunca pensó que lo que sería el habitual camino, que recorría siempre que debía trabajar, sería una pesadilla.
Unos hombres se habían interpuesto en su avance por la calle en la que pasados veinte minutos más podría haberse calcinado por la próxima salida del sol. Eran personas extrañas, estaba segura que no eran humanos, pero tampoco parecían ser de su especie. Aquellos pálidos hombres con cuchillos en las manos, amenazándola y a punto de cortarla…
¿Cómo no agradecer a aquel hombre que salió en su defensa cuando creía que todo estaba perdido? Había sido un enviado para ayudarla, para dejarle seguir viviendo. Su aspecto era lo único que podría recordar sin remordimientos de esa noche, el aspecto de su salvador, de quien le permitió continuar con su vida y terminó con la de sus atacantes.
El momento de la matanza fue horrible. A pesar de haber estado feliz de seguir respirando la imagen del espectáculo que le brindaban sus ojos le daba ganas de gritar. El hombre no sólo se había encargado de golpear a los otros sino que también los había asesinado y luego incinerado sus cuerpos.
"No te preocupes", le había dicho él una vez acabado y acercado a ella. Con un suave toque en sus mejillas le permitió ver su mirada, al principio aterradora, luego amigable. Fue con una sonrisa que él continuó tranquilizándola hasta que su rostro se tornó en alerta. "Debo irme, ten más cuidado la próxima. No todo es seguro."
-Me hubiera encantado agradecerle – dijo por lo bajo. Su mano derecha se cerró en un suave puño y se situó sobre su corazón – ¿Q-qué… qué hubiera sido de mi hermana si él no me hubiera ayudado?
Un remordimiento se situó en todo su ser. Pensar que estuvo a escasos segundos de perder la vida y así dejar sola en el mundo a su única hermana, el familiar que le quedaba. Ella era su responsabilidad, no podía dejar por su cuenta a una persona que en esos momentos no se encontraba bien…
Respiró profundamente para que el aire llegara a su cerebro y pulmones. Junto a su acción cerró los ojos y comenzó a sacudir su cabeza, era hora de dejar de pensar en el pasado. Respiraba, su corazón latía, la sangre corría por sus venas, todo eso significaba que estaba con vida. Estaba a salvo…
Detuvo el movimiento de su cabeza y abrió los ojos, no podía seguir perdiendo el tiempo por lo que comenzó a recoger los instrumentos con los que había realizado la extracción de sangre minutos atrás. De su bolsillo, sacó un pequeño papel adhesivo y, con el marcador que estaba sobre el escritorio, escribió el nombre de la persona a la cual le pertenecía el oscuro líquido rojo contenido en un tubo de ensayo. Una vez finalizada su tarea salió de la habitación cerrando cuidadosamente la puerta; fue luego de dos pasos que una voz a sus espaldas la hizo detenerse y voltear a ver. Su amiga y compañera de trabajo de cabellos morenos recogidos en dos pequeños rodetes fue quien se encontraba detrás suyo con una cara de alivio.
-Tenten – respondió con una pequeña sonrisa al llamado que la muchacha le había dado anteriormente.
-¿Qué haces aquí? – le preguntó ella exaltada – Deberías haberte quedado en casa descansando. Lo que te sucedió no es para estar hoy trabajando.
No era necesario preguntar su actuar apresurado, sabía exactamente de que hablaba. Fue por eso que no necesitó más que una sonrisa para contestar.
-Gracias por cuidarme – expresó con un pequeño sonrojo – De verdad te lo agradezco, Tenten, pero…–
-Pero nada, Hyuuga Hinata – le replicó en su interrupción. Su amiga había elevado ambos brazos para así cruzarlos delante de su pecho, mostrando reprimenda – Sabes cuanto te quiero y odiaría profundamente que algo así te sucediera – le explicó en tono dulce, dejando detrás los rastros de severidad que iba a emplear – Deberías haberte tomado el día, descansar y… evitar ese camino. ¡¿Qué tal si esos desgraciados están esperándote otra vez?
-¡T-tenten! – reaccionó nerviosa al grito que la morena había dado con información suficiente para que curiosos quisieran saber la historia completa. – N-no lo grites, por favor.
-Hinata… –
-N-no puedo descuidar mi trabajo – comenzó a explicar a la vez que bajó la mirada tristemente – S-sabes que estoy sola, sólo yo puedo mantenernos a mi hermana y a mi.
-No quiero que corras otra vez peligro, Hinata. Y sabes que no digo esto sólo porque las calles no sean seguras, sabes que hablo de… eso. – habló lentamente Tenten aflojando el cruce de sus brazos.
-Sí, lo sé.
-¿Y si esos hombres están esperándote? – cuestionó preocupada la muchacha. Tras la pregunta de ella un sobresalto se produjo en Hinata, el recuerdo de la madrugada anterior se apoderó de su mente. Sus atacantes no estarían esperándola, ni siquiera estaban en ese mundo, sólo eran cenizas. No podría contarle eso a su amiga…
-No lo estarán, no te preocupes – intentó aparentar tranquila al regalarle una sonrisa a la morena.
La chica no dijo más nada, sólo suspiró como resignándose a tratar de persuadirla. Y era verdad, nada le haría irse a su casa y mucho menos tomarse una licencia. En eso vio como la cabeza de Tenten se ladeó y sus ojos lanzaron una intrigada mirada hacia las manos de ella, los mismos que luego se ensancharon como platos y acompañaron en forma a su boca que se abrió con sorpresa bastaste notoria. De la misma no salió palabra ni sonido alguno por lo que sólo podía señalar muda pero eufóricamente hacia las manos de su amiga.
Bajó la vista en busca de lo que había causado gran impresión a la chica y se encontró con el tubo de ensayo en el que había vertido la muestra de sangre del paciente Uchiha. ¿Por qué Tenten estaba reaccionando extraño? Sólo era sangre que debía llevar al laboratorio donde estaban las demás muestras de pacientes, las mismas que el doctor Jiraiya se encargaría de mirar al ser el único habilitado para eso.
-¡No puedo creerlo! – reaccionó finalmente la muchacha – ¡No puedo creerlo! – volvió a repetir en tono demasiado alto con el cual algunas enfermeras que estaban cerca giraron a verlas.
-Tenten – le llamó Hinata – Silencio, es un hospital – no podía permitir que los pacientes y demás integrantes del equipo médico se sintieran ofendidos – P-por favor.
-Hinata –se acercó precipitadamente hasta quedar a escasos centímetros de su rostro, haciendo que ella se asustara del repentino movimiento – ¿Es lo que pienso que es? – inquirió por lo bajo entrecerrando los ojos como si estuviera leyendo el rostro de la enfermera de ojos perlados.
-E-es una muestra de sangre – respondió confusa.
-¡¿Acaso no ves el nombre que tiene escrito? – gritó alocadamente la de los rodetes, sonriente, haciendo que nuevamente todas las miradas se centraran en ellas.
-¿Se puede saber que sucede aquí, señoritas? – una voz proveniente de la espalda de Hinata las sorprendió, ocasionando un respingo en ambas antes de percatarse a quien pertenecía la misma. Cuando voltearon a ver pudieron divisar a su jefe y dueño de la clínica, el doctor Jiraiya. – Saben que esto es un hospital, ¿no?
El silencio que vivieron las dos se interrumpía por pequeñas risillas de sus compañeras a la distancia. La autoridad máxima era la de ese hombre, el mismo que a pesar de ser amigable y a veces parecer infantil, poseía una severidad que se hacía notar cuando actuaba seriamente.
Tragó fuerte, su amiga sin dudas había llamado la atención de más de uno con su escena de emoción, y todo por una simple muestra de sangre. Pero todo quedó inconcluso cuando el rostro del doctor cambió radicalmente al verla nuevamente a ella.
-¿Hinata? – dirigió la mirada plenamente hacia ella con la pregunta – ¿Qué haces aquí? Te dije que podías tomarte unos días de descanso, por lo sucedido la noche anterior.
-Es lo mismo que yo le dije, doctor – intervino TenTen cruzándose de brazos y cerrando los ojos, demostrando hazaña. – Una persona no debería venir a trabajar tras tan grande trauma, ¿No lo cree? – lo vio con una sonrisa, pero automáticamente se vio acobardada al encontrarse con los ojos de su jefe, la miraba con reproche.
-Señorita, TenTen, ¿No crees que debería dejarse de gritar en un hospital y ponerse a trabajar? Sus gritos me trajeron hasta aquí. – apoyó una de sus manos en el hombro de la enfermera y sonrió – Y estaba a tres pasillos de aquí.
La morena se avergonzó y bajó su cabeza junto a la pronunciación de una disculpa. Hinata, por su parte, se mantuvo callada y con gran quietud, no quería que el hombre se enojara con ella.
-Lo siento, doctor Jiraiya. – dijo la muchacha de los rodetes – No sucederá otra vez.
-Lo sé. – contestó él – Sé que no deberá suceder otra vez. En cuanto a usted, señorita Hyuuga Hinata – la miró, haciéndole pegar un respingo. Ahora vendría su sermón – ¿Ha hecho lo que le pedí?
-S-sí, doctor – contestó aliviada al percatarse de que se refería a la extracción de sangre. Tome – le extendió el pequeño frasco que tenía entre sus manos.
-Perfecto, gracias – contestó Jiraiya al aceptar la muestra. Volvió a mirarla, esta vez más seriamente – En cuanto a lo que le di, ¿Lo ha visto? – hablaba acerca de la dopamina. El hombre le había dicho que no lo hiciera pero ella lo desobedeció. Debía mentirle, pero era muy haciéndolo.
-N-no, doctor. – contestó haciendo el esfuerzo, con probar no diciendo la verdad no perdía nada. – E-el paciente lo tomó antes de r-retirarse – tercera vez que tartamudeaba en su contestación, seguramente él se daría cuenta de que mentía – No lo he visto, sólo he hecho lo que me p-pidió – y el cuarto tartamudeo apareció, perfecto.
-Bien – oyó decir al hombre – Mejor así. Señorita TentTen – se dirigió a su amiga al cambiar simplemente de tema, al parecer le había creído – La señora de la habitación dos necesita una vía intravenosa, ¿Puede dársela? – al asentimiento y retirada de la morena, volvió con Hinata – Y usted, señorita – estiró una de sus manos hacia la placa de identificación en su traje blanco para darle unos golpecitos – Se saca todo esto y se me va para su casa.
-P-pero, doc…– intentó reprocharle, pero él no le dejó.
-Pero nada, regrese mañana.
No hubo más diálogo. El hombre se retiró, dejándola en medio del pasillo. Al parecer debía irse a su casa después de todo.
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Era extraño abrir la puerta de su casa minutos antes de la una de la madrugada. En ese momento siempre se encontraba visitando las habitaciones de los pacientes para comenzar con su rutina.
Una vez hubiera entrado, dejó las llaves en el mueble que estaba a un lado, pero no avanzó, se quedó observando el gran cuadro familiar que se cernía sobre éste en la pared. Era una linda imagen, ella y su hermana, ambas en brazos de sus padres. Había pasado mucho tiempo, podía notarse ya que ella todavía lucía como una niña. La sonrisa de su madre era hermosa, brillante y cálida, la misma que combinaba con la felicidad alojada en sus ojos perlados. Desvió un poco la mirada a la figura de su padre, seria y demandante, pero que ella sabía era una coraza para los demás ya que con su familia era una persona bondadosa y admirable. Su hermana sonreía en los brazos de su padre; lucía feliz… y sana.
Pensar que su salud se truncó cuando aquella tragedia les cambió la vida. ¿Cuántos años habían pasado ya? ¿Setenta, setenta y cinco? ¿O quizás sesenta? Ya ni recordaba el número exactamente, total le parecía una eternidad. Hacía tiempo que ella y su hermana vivían solas, mantenidas por el sueldo de enfermera que ganaba. No era mucho, pero les servía para vivir sin problemas.
Sus padres habían muerto cuando ella apenas tenía veintidós años, sólo una adolescente que había quedado encargada de una persona de dieciséis. Nunca pudieron recuperarse del daño causado en su familia, sobre todo su hermana que había visto morir a sus padres frente a sus propios ojos.
Los habían asesinado una noche en la que habían salido a cenar. Por lo poco que había podido sacar de su hermana, unos hombres los habían sorprendido, su padre le había pedido a su esposa que corriera con su hija mientras él los entretenía, pero su madre no hizo caso, quiso acompañarlo. Su hermana había corrido, por mandato de ambos, y llegado a su casa, donde ella, Hinata, se había quedado estudiando para poder ingresar en la escuela de enfermería de su especie.
A pesar de haber huido, su hermana había visto como esos hombres atacaban a sus padres, como un cuchillo atravesaba el cuerpo de su madre, y como su padre veía a lo lejos a su hija, como deseando que se marchase para no ver también su final…
Aún así lo había visto, y por ese motivo era que ahora acarreaba las consecuencias. Su salud mental había quedado afectada. "Locura momentánea", así le habían dicho los doctores que habían visitado. Su hermana, Hanabi, era una persona que mostraba cuadros de locura momentáneos, lapsos de indefinidos períodos de tiempo, lo cuales nunca se sabían cuando venían.
-¿Qué haces aquí tan temprano, Hinata? – la voz proveniente de la sala la distrajo. Volteó a ver, era su querida antigua institutriz, Kurenai. Ella la había visto nacer y se encargó de su educación y de la de su hermana. Había vivido en su casa desde siempre, por lo que no habían quedado tan solas cuando sus padres murieron. – No me digas que…– los ojos de la mujer se abrieron en preocupación – ¿Te han despedido?
-No, Kurenai, no – se apresuró a calmarla – Solo me han dado el día libre, no te preocupes.
-Ay, Hinata, menos mal – se alivió la mujer, dueña de una cabellera oscura y ojos rojizos. – Me hubiera preocupado mucho el que ya no tuvieran dinero.
Era una persona muy amable y querida, siempre preocupándose por ellas. A pesar de seguir trabajando para ellas, no les cobraba nada, ya que siempre decía que eran como su familia. Kurenai había tomado el rol de una tía, siempre atenta a las necesidades de sus queridas niñas.
-¿Cómo se encuentra Hanabi? – preguntó al ver que todo estaba en completo silencio, algo extraño ya que antes de irse la aludida estaba muy enérgica.
-En su habitación, dijo que quería seguir leyendo un libro empezado ayer.
-De acuerdo, iré a saludarle – dijo con una sonrisa antes de retirarse.
Caminó hacia la habitación de su hermana, la cual se encontraba frente a la suya, algo realmente bueno cuando necesitaba ir rápido a cuidarla. Tocó la puerta una vez hubiera llegado, nadie contestó, seguro estaría muy entretenida. Volvió a llamar, esta vez diciendo su nombre, la puerta se abrió. Su hermana estaba sentada al otro lado del lugar, en un sillón que era iluminado por la lámpara sobre el mismo. Ella continuaba leyendo, por lo visto había usado la telequinesis – que su madre le había enseñado antes de morir – para así abrir la puerta.
Dio unos pasos hacia ella, pero no vio señales por su parte para levantar la cabeza. Una vez enfrente, se arrodilló, haciendo visible su rostro al situarlo al lado del libro que Hanabi sostenía.
-El protagonista ha descubierto la verdad – le habló la menor – Ya sabe que la mujer de la cual se ha enamorado es en realidad su anterior esposa fallecida que ha reencarnado. Ahora está confundido.
-¿No sabe a cuál de las dos ama? – preguntó Hinata acariciándole dulcemente un hombro. Ella ya sabía la respuesta, después de todo, ya había leído el libro pero fingía no hacerlo para que su hermana siguiera hablando.
-Aún no lo sé – contestó suspirando pesadamente; sus ojos dejaron de dirigirse hacia el papel para verla, esa mirada perlada que poseía se encontraba sin brillo, como lo estaba desde hace años – Pero espero que sea la protagonista, es triste pensar que quieren estar contigo por otra cosa. Además, – siguió observándola inmutablemente – ¿Por qué vivir del pasado?
Una casi imperceptible lágrima cayó de uno de sus ojos. Hinata limpió rápidamente con dulzura su mejilla para borrar el rastro de aquello que había empapado el lindo rostro de su hermana menor.
-¿Por qué vivir del pasado, Hinata? – preguntó nuevamente; sus ojos más tristes que lo usual – El pasado no es más que una porquería queriendo siempre salir a flote.
-No digas esas cosas, a veces… a veces el pasado es bueno – respondió acariciando su mejilla.
-Y a veces un desgraciado que hace que cada vez uno se vuelva más loco – remató la muchacha con desprecio en la voz. – ¡Te deja loco! ¡Te hace revivir idioteces! – comenzó a gritar. El aire cambió, como si se hubiera tensado. – ¡Te hace enloquecer! – continuó con su escena con total angustia y enojo. La luz de la lámpara cerca suyo empezaba a titilar con fiereza, a punto de explotar.
-Ha-hanabi, detente – le rogó su hermana desesperada, estaba teniendo otro ataque. Tocaba frenéticamente el rostro de la menor para que reaccionase, pero no hacía caso, estaba ausente. – ¡K-Kurenai! – gritó mirando hacia la puerta de la habitación esperando a ver a la persona que deseaba, la que por suerte apareció al instante – P-por favor, trae su medicin...–
-Descuida – le tranquilizó la mujer, entrando a paso rápido en la habitación – La traigo conmigo, las luces de la casa comenzaron a desestabilizarse también.
Le entregó el envase que contenía las pastillas de Hanabi, aquellas que lograban sedarla un poco. Abrió éste, sólo quedaban unas cinco, máximo seis, pastillas, debía reponerlas cuanto antes. De reojo, vio como Kurenai se abalanzaba hacia el escritorio en la otra punta del lugar, arriba de él había una jarra con agua, y a su lado un vaso de vidrio; cuando la mujer llenó con agua el último, se encaminó a Hinata para dárselo.
-Gracias – le dijo una vez tuviera entre sus manos todos los elementos – Hanabi, mírame – le habló a su hermana, pero seguía sin responder – Hanabi, por favor, a-abre la boca.
No había caso, la menor no obedecía y la situación empeoraba, tendría que hacer aquello que odiaba. Miró a Kurenai, que con un asentimiento de cabeza se tapó los oídos. Volvió a enfocarse en su hermana y, con "Lo siento" en su mente, prosiguió.
-¡Abre la boca! ¿Por qué culpas al pasado? ¿Piensas en ellos? ¡Tu padre nunca te quiso! – la furia proveniente de Hanabi se intensificaba – ¡Cuánto agradezco que hayan muerto! Los desprecio… G-gracias por haber muerto, desgraciados.
Tanto de su hermana como de ella cayeron lágrimas, no era bueno escuchar eso, y mucho menos decirlo cuando se pensaba algo totalmente opuesto. Ella amaba a su familia, y se despreciaba a sí misma por decir eso, pero debía…
-¡Maldi…! –
-¡No hables así de ell…! – le interrumpió desaforadamente Hanabi, pero su frase quedó inconclusa cuando la enfermera le metió en urgencia la pastilla, y seguidamente, el agua. Se estaba atragantando, por lo que debió tragar para poder respirar. Vio a su pequeña hermana cerrar los ojos, y desmayarse entre sus brazos. Agradeció al efecto inmediato de esa dosis.
El ataque había terminado…
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-Debemos reponer el medicamento – informó a Kurenai una vez hubieran ido a la cocina a tomarse un café. – Ya casi no quedan.
-¿Quieres que vaya al hospital ahora mismo? Falta bastante para el amanecer.
-No – le dirigió una calma sonrisa, a la vez que le alcanzaba una taza que ya había llenado – Mañana iré yo personalmente a buscar, no te preocupes.
-Hinata, – le llamó la mujer, seria y pensativamente. Cuando giró a verla, ella no la miraba, sólo se concentraba en un punto fijo en la pared. La vio tomar un largo sorbo, sin perder la concentración. – ¿Crees que los ataques cesen si…?
-No internaré a mi hermana, Kurenai. – declaró antes de que la mujer pudiera finalizar con su argumento. Sabía perfectamente que quería hablar sobre eso, pero no lo permitiría, era su hermana de quien se trataba, no podía dejarla a la suerte de cualquier médico. Era su sangre.
-Cada vez son peores, Hinata. – Kurenai dejó la taza y llevó ambas manos hacia su boca, mientras de sus ojos comenzaban a asomarse lágrimas. Hinata decidió acercarse para consolarla. Cuando lo hizo posó sobre su hombro una mano, la cual la mujer acarició. – No quiero que sufran, yo las quiero.
-Lo sé. – contestó con una pequeña sonrisa que no llegó a llenar de sentimiento sus ojos – Y nosotras a ti.
Continuaron bebiendo lo que quedaba en la cafetera y cada una se fue hacia su habitación a eso de las dos. Aún era temprano, pero descansarían antes de que se sirviera la segunda comida – a las seis de la madrugada –, horario en el que siempre cenaban las tres juntas, hablando sobre cosas que pudieron haberle sucedido durante su día – o noche.
Hinata llegó cansada a su habitación. Si bien la misma no se encontraba lejos, todo lo que había ocurrido desde que se había despertado esa "mañana" a las cinco de la tarde le había hecho gastar energías. Y no sabía como ya que sólo había desayunado, leído un poco, ordenado la casa, tomado la primera comida e ido a trabajar. Aunque quizás se debía a que su sueño se vio un poco interrumpido de a momentos por los sobresaltos que tenía cada vez que soñaba con lo sucedido la madrugada anterior.
Cerró la puerta de su habitación y se encaminó hacia su armario en busca de ropa más cómoda. Antes había pasado por el baño para asearse y luego pasado a ver cómo se encontraba su hermana, la cual halló en un sueño profundo. Una vez se hubo cambiado, se dirigió hacia la cama que estaba en el centro del lugar, sus sábanas azules la arroparon cuando se envolvió en ellas. Cerró los ojos, tendría unas pocas horas para descansar y debía aprovecharlas.
"Una chica como tú no debería caminar a solas a estas horas de la noche."
Abrió rápidamente los ojos ante la frase que resonó en su cabeza, la misma que habían dicho esos sujetos…
Se levantó de su posición y se quedó mirando hacia la ventana, estaba abierta y mostrando el paisaje de estrellas en el basto firmamento oscuro. La luna no se veía, estaba en su primera fase – luna nueva.
Se masajeó la frente con una mano, esa misma frase era la que le había impedido dormir tranquila la vez anterior. Respiró profundamente y volvió a acostarse, esta vez con la mirada hacia la mesa de luz que estaba a un lado de su cama. Quedó pensativa un momento hasta volver a reincorporarse y acercarse unos centímetros hacia ella para abrirla. Dentro se encontraban algunas de sus pertenencias más preciadas como una foto de su familia, su libro preferido y viejas cartas por parte de su primo, aquel que hace mucho tiempo no veía pero que ansiaba. Posó una mano sobre la fotografía, era lindo ver las sonrisas de sus padres y la buena salud de su hermana ahí… Sacudió su cabeza, no quería ponerse a pensar en ellos porque lloraría. Su mano siguió el trayecto hacia el libro de funda verde, lo acarició con una sonrisa, era el que su madre le había regalado en su último cumpleaños juntas. Amaba ese libro, y lo había leído tantas veces como le fue posible, ya que al hacerlo le hacía sentirse acompañada por la esencia de su madre.
Dejó de tocar la cubierta para tomar la pequeña caja que estaba encima de éste. Al cerrar el cajón, se acomodó en su cama y se quedó observando lo que tenía entre sus manos. Era una caja de color azul que había conseguido para poder guardar lo que había en su interior. Sonrió.
La abrió con lentitud, como queriendo que en su interior todo se mantuviese igual, que no se moviera. Lo hizo como deseaba, el objeto estaba bien…
Metió dos dedos dentro para sacarlo, tomando la brillante cadena de plata que lo conformaba. Al elevar su mano pudo ver la imagen de eso con la luz del velador que acababa de prender. Ahí estaba, cadena y medallón del mismo material y brillo.
La placa con ese nombre…
"No te preocupes."
La voz de su salvador inundaba su mente mientras observaba eso que le pertenecía a él. Eso que se le había caído tras salvarla. Eso que ella guardaba tan cuidadamente para que no se dañara.
Porque debía devolvérselo, y agradecerle el poder seguir viva.
Guardó con delicadeza el medallón dentro de la caja y la depositó nuevamente en el interior del cajón. Apagó la luz del velador y se acomodó en su colchón, cerrando los ojos, con el nombre que había leído en el plano objeto de plata grabado en su mente.
"Gracias." Fue lo último que sus labios murmuraron antes de caer profundamente dormida.
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Continuará…
