Hola a todos n.n

Aquí vengo yo con la conti de este fic. La verdad que quedé la mitad de satisfecha, no por el contenido del capítulo, sino porque quería escribir un poco más... Pero sucedía que el capi quedaba muy lago así. Es por eso que lo que tenía pensado, sucederá en el próximo capi... lo cual creo que les gustará. Hasta yo estoy ansiosa de escribirlo xD

Espero que les guste este capítulo. Me costó tratar de ponerme las pilas para escribirlo, pero lo hice xD

Gracias por leer, y también por los comentarios que dejaron, me gusta el leerlos n.n

Kisses, y que anden bien.


Disclaimer:Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son de Masashi Kishimoto. La historia es una adaptación de la Saga "La Hermandad de la Daga Negra" perteneciente a J.R Ward, las ideas mías, sólo he sacado algunos aspectos de ella.

Pareja: SasuHinaKiba

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Capítulo 4

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Habían regresado de realizar sus obligaciones hacía apenas una hora. Con un suspiro que denotaba su cansancio, miró el reloj del gran comedor: las seis y diez de la mañana. Devolvió su vista hacia su plato vacío, ya no quedaba más que comer de la cena que los trabajadores de la cocina les habían preparado.

-Sigo sin entender por qué Kiba subió inmediatamente después de comer. – una voz en frente suyo se hizo notar en el silencio de la habitación.

Elevó su vista y ojeó el panorama. Estaban todos sus Hermanos y él alrededor de la mesa rectangular donde habían digeridos sus alimentos. En una de las puntas se encontraba Kakashi, con la máscara que cubría su boca puesta en su lugar; siempre era característico en él eso, no querer mostrar por completo su rostro demasiado tiempo, pero que no podía evitar al hacer cuando tenía que comer. Lo único visible en su totalidad en ese momento eran su nariz y su ojo izquierdo, el cual mostraba el cansancio que estaba sintiendo; en el otro extremo de la mesa se encontraba el vampiro pelirrojo, Gaara. No era que se sentaba allí porque había llegado antes que ellos al salón, sino porque era el que, luego de Kakashi, más años había formado parte de la Hermandad. Sasuke no estaba seguro, pero podía jurar que eran unos noventa años, por lo que tenía derecho a sentarse donde quisiera y a ser respetado por los demás.

-Quizás se encuentra cansado. – la voz que habló a su derecha era la perteneciente a su hermano de sangre, Itachi. Miró de soslayo en su dirección, el vampiro de negros cabellos largos recogidos en una coleta se encontraba masajeando sus propios hombros lentamente mientras sonreía. – Hoy no ha hecho ninguna idiotez, así que no se está preparando para la llamada de Nuestra Madre. – en eso, abrió los ojos y miró de lleno el reloj en la pared. – Y como yo también lo estoy, me retiro.

-Y yo te sigo. – volvió a sonar frente suyo. Alzó la vista al mismo tiempo que Naruto, con una mano en su nuca, se levantaba para seguir al moreno.

Poco a poco, los restantes integrantes se iban marchando; dejando la habitación concurrida por los pocos sirvientes que comenzaban a juntar los platos sucios. Él también permaneció allí, contemplando silenciosamente el ir y venir de las pequeñas personas que hacían su labor. Sasuke no intervenía, sólo había asentido cuando una mujer de cabellos marrones le preguntó si podría retirar lo suyo.

El tiempo pasó, y se quedó solo en el gran comedor. La única compañía que sentía era la del reloj que con cada "tic tac" anunciaba el pasar de los minutos. Cerró los ojos y respiró profundo, estaba cansado y quería irse a su cama. Pero seguía ahí, sentado y quieto como una estatua.

Su mente estaba tranquila, su interior también, y quería que todo continuara así. Pero algo muy dentro de ese especie de trance que vivía le decía que algo andaba mal, que el silencio no seguiría así.

No se debía a que él fuera adivino, no, eso se lo dejaba a Kiba con sus sueños e idiotez. Lo que sucedía era que algo comenzaba a molestarle, algo que clamaba su interior. Era como una voz inaudible que le anunciaba que en esa casa, algo sucedería…

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La calle oscura del callejón se encontraba teñida con pequeñas manchas rojas. Más aún, nadie se encontraba herido. Nadie que hubiera peleado contra Uchiha Sasuke había escapado herido tampoco. Entonces, ¿Dónde se encontraba la víctima? Respuesta sencilla, había volado en mil pedazos… O algo parecido.

Hacía menos de quince minutos que había salido del bar donde casi todas las noches – por no decir todas – él y los demás miembros de la Hermandad se reunían a tomarse unos tragos antes de comenzar con el trabajo. Él había llegado un poco tarde de lo usual debido a su retraso en la mansión. "Urgencia alimenticia" les había dicho a los demás, y no mentía. Hacía un mes que no se alimentaba adecuadamente con su nutriente vital, la sangre. Esa misma noche había mandado una petición hacia el Otro Plano en pedido de los servicios de una Elegida.

La que había acudido esa noche había sido una de cabello cobrizo, una que en todos sus años de alimentación había visto unas cinco veces. Y eso era porque nunca iba la misma Elegida con él. No, era algo que él mismo había pedido luego de que una de las primeras en darle sangre había llegado a ponerse nerviosa al momento de darle de beber. Él no quería tener nada que ver con nadie, era por eso que cuando a su mente llegó la conclusión de que cierta persona lo miraba con otros ojos, pidió a la autoridad del Otro Plano que nunca le mandaran siempre a la misma muchacha. Y así fue, con los años cada Elegida que asistía a alimentarlo pasaba menos tiempo del necesario y no se hacían ilusiones. Perfecto para ella; perfecto para él.

En cuanto se sentó en la mesa, ubicada a escasa distancia de la barra, la misma que usaban desde hace años, pidió a la camarera un vaso de vodka. Amaranda, que era como se llamaba la muchacha, asintió con una gran sonrisa cuando fue en busca de su pedido. Esa chica le agradaba, y todo por el simple hecho de que no mostraba interés por él. Era más, ella era una de su especie y hacía unos treinta años que se encontraba emparejada con, nada más ni nada menos, el dueño del lugar.

Cuando la muchacha regresó, colocó con cuidado el vaso frente a él, y mostrando un brillo pícaro, se lo quedó observando.

-¿Qué? – le preguntó; odiaba que se lo quedaran viendo por mucho tiempo. Su pregunta no hizo más que sacar una risilla en la camarera, que con unos ojos del color del topacio y una larga cabellera rubia, sacaba un pequeño papel del bolsillo de su pantalón. – Tíralo. Ahora. – anunció con voz hastiada. Agarró su vaso y tomó todo el líquido de una para luego ofrecérselo a la vampira. – Y tráeme otro.

-Vamos, Sasuke, no seas gruñón. – contestó la rubia, sacudiendo el papel. – Es humana, cuando salga de éste bar se olvidará de ustedes.

Amaranda tenía razón. Tanto ella como su marido – y los guardias del lugar – conocían la verdadera identidad de todos ellos. En el tiempo en el que habían acordado que se les dijera, fue para que ellos estuvieran al tanto de los peligros que habían en el exterior, además de, ser unos buenos aliados que podían dar falsas coartadas por si algún humano los veía atacar a sus enemigos. Hace décadas que se conocían, y ese bar ya era como una segunda casa para ellos, era por eso que el dueño había conjurado un "hechizo", por así decirlo, en el que cada humano que visitara el lugar, a la hora de retirarse, se olvidase de la presencia de los Hermanos. Algo útil, ellos debían mantenerse en el anonimato, por lo que les venía como anillo al dedo. Y todo gracias al poder que ese hombre tenía.

Cada vampiro podía nacer con un don, pero a veces había quienes no. Los que sí, lo desarrollaban a partir de su edad adulta, la misma en la que comenzaban a ser dependientes de la sangre. En conclusión, cada vampiro nacía, crecía, pasaba por la adolescencia y en la adultez, a los treinta años, dejaban de ser "prácticamente humanos" para ser lo que realmente eran, "vampiros con una vida… extensa".

-¿Qué me dices? – la voz de Amaranda volvió hacerse oír. – Al menos date una alegría, Sasuke. Estás tan rígido que pareciera que estás en abstinencia de mujeres.

El sonido de alguien atragantándose les hizo a ambos voltear a ver. En la misma mesa, y a sólo una persona de distancia, el vampiro rubio volvía a respirar mientras se secaba.

-¿Lo ves? – volvió a hablar la mujer, restándole importancia al asunto. – Hasta Naruto lo piensa.

-¿Qué? – el grito del rubio volvió a atraerles la atención. – No, Mandy. – dijo apresuradamente hacia ella, llamándola con el apodo cariñoso con el que la mayoría solía decirle. – No pongas palabras que yo no dije en mi boca. Y mucho menos un pensamiento tuyo. Además, si Sasuke quisiera estar con una mujer, él mismo iría a buscarse una. Lo que sucede es que es un amargado que…–

-Naruto. – lo llamó Gaara tranquilamente. Cuando lo miró, éste prosiguió, sin quitar su vista agua marina de su copa de vino tinto. – No sigas, la estás empeorando.

Naruto se mantuvo en silencio, dando a conocer que el consejo, o mandato, de su superior le parecía una buena idea. Por su parte, Sasuke miró a Amaranda, quien levantaba una ceja expectante.

-Tráeme otro vaso. Deshazte del papel. Y sigue trabajando. – fue lo único que articuló secamente. Ella hizo una expresión de reproche, pero su paciencia no duró mucho. Con un berrinche infantil, tomó el vaso, metió el papel en su bolsillo y se marchó.

-Mandy, cero. Sasuke… Ya perdí la cuenta. – rió Kakashi mientras tomaba de su sake.

La noche siguió tranquila. Por momentos, la camarera pasaba por donde ellos estaban para recargarle las órdenes, y a veces sacando la lengua al moreno. Cuando se hicieron las dos de la madrugada, Sasuke se retiró para comenzar a patrullar, mientras sus Hermanos se quedaban un poco más. Fue en el momento en el que atravesó las puertas que sintió la presencia de un enemigo. Caminó en dirección hacia el callejón que estaba a tres cuadras del bar, sintiendo cada vez más a aquel sujeto. Sí, era uno, y estaba esperando seguramente a una víctima.

El resto de la historia fue sencillo: Sujeto sorprendido. Sasuke sacando una daga. El idiota atacándolo. Él, deshaciéndose de él. Tipo sangrando. "No-muerto", muerto. Muerto, convirtiéndose en polvo.

Oh, sí. Su trabajo era muy bueno. Siempre daba placer el sacar la basura…

Decidió dirigirse hacia otro lugar, la noche recién había comenzado y él tenía energías de sobra. Pero algo lo detuvo, una presencia mayor, muy poderosa para pertenecer a un "no-muerto", pero aún así de la misma esencia.

-Que hermosa sorpresa encontrarme con un Hermano. – una voz resonó en el callejón. Era como si una serpiente le hablara. Volteó a ver, pero no había nadie.

-Sal de tu escondite y acabemos de una vez por todas con esto, desgraciado – le dijo a la oscuridad absorbente del lugar. Ya que había comenzado el trabajo, ¿Por qué no terminarlo por completo? – Haré que te reúnas con aquel idiota que acabo de mandar al infierno.

-Qué cosas dices – respondió la voz en un siseo – No lo has mandado a otro lugar que no sea a mi, Hermano.

-No me llames así, no tienes derecho. – apretó fuertemente el puño, donde aún tenía aferrada la daga con la que había trabajado hace segundos en el difunto – Sólo algunos pueden llamarme así, y tu definitivamente no lo eres. ¡Sal de tu escondite, cobarde!

-¿En serio quieres que salga a enfrentarte? Mira que tras la muerte de ese sujeto me he hecho más fuerte.

-Con que eres el jefe – concluyó el Hermano. Toda la Hermandad conocía el origen de sus enemigos. Su jefe los reclutaba cuando ya no les quedaba nada por qué vivir y los convertía en muertos vivientes que no tenían nada mejor que hacer que arruinarles la vida a civiles inocentes. Se decía que él mismo los convertía, lo hacía inyectándoles un poco de su sangre y esencia; era por eso que cada vez que uno de sus "hijos" era destruido, lo suyo volvía a él. – Será divertido matarte. – dijo en una media sonrisa Sasuke, girando en su puño el mango de la daga.

-Respuesta equivocada – arremetió con tono de satisfacción la voz – Será divertido, pero no esa cosa…–

La frase no terminó de decirse, en cambio, sintió un dolor punzante en su cuello, como si un par de colmillos lo estuvieran mordiendo. Rápidamente, dirigió el filoso objeto a su dolor, donde sentía que el maldito ese le estaba mordiendo. Lo apuñaló, y entonces el aire se escapó de sus pulmones al recibir el impacto. Giró su cabeza y lo vio, el puñal clavado en su propio hombro.

¿Lo había engañado? Porque había sentido como era mordido… ¿Podría haber sido eso una ilusión?

Sacó la daga de su hombro con una maldición y comprobó la herida, no era muy profunda por lo que en unas horas sanaría. Limpió el cuchillo y lo guardó en el interior de su campera de cuero negro. Fue entonces que comenzó a salir del lugar para dirigirse hacia el bar, donde pediría a Amaranda que le diera un poco de alcohol para su herida, y otro poco para su hígado. Luego volvería a salir. Encontraría al maldito bastardo que se había metido con él y definitivamente clavaría la daga en el cuerpo correspondiente.

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El sonido de su reloj despertador hizo que abriera los ojos de repente. Miró hacia el origen del alboroto y observó que pasaban cinco minutos de la hora establecida. Estiró su brazo en busca del botón de apagado, lo presionó con fuerza, y el silencio reinó. Perfecto, no tenía ganas de seguir escuchando el llamado del molesto aparato – porque innegablemente era molesto cuando se lo proponía… o cuando no dormía lo suficiente y recién podía conciliar el sueño.

Giró entre sus sábanas, enredándolas con sus piernas desnudas. Con su rostro enterrado en la almohada negra, respiró profundamente.

Odiaba despertase luego de revivir el momento en el que su vida cambió. Profundamente lo hacía. No era que tuviera miedo, para nada, sólo sentía una profunda ira al no poder haberse deshecho del bastardo aquel. Por su culpa no sólo tenía que controlarse cuando algo increíblemente lo enojaba para no perder la razón, sino que también tenía que cuidar de sus Hermanos el secreto que el enemigo había hecho algo con él.

El día que había ocurrido eso, hacía aproximadamente unos dos años, creía que todo lo que había acontecido dentro del callejón no era más que una ilusión de aquel sujeto. Había matado a un enemigo, sí, eso fue real ya que él mismo lo había visto convertirse en polvo delante de él. Pero con respecto a lo otro, el sentir que lo mordían y marcaban… eso no lo sabía con seguridad.

Hasta que lo vio.

Aquella noche, cuando llegó a la mansión luego de patrullar, se había retirado rápidamente a su habitación sin decir una palabra a los demás más que no tenía apetito. Al haberse bañado, y luego secado y cambiado para dormir, algo lo había hecho detenerse. El espejo de cuerpo entero que estaba en una esquina de la habitación le había mostrado algo que por poco pasaba por alto. Sus ojos estaban rojizos. Y no eran las córneas mostrando cansancio, eran sus pupilas.

Se había acercado lentamente, y cuando miró de lleno su propia mirada, un dolor agobiante lo tomó por sorpresa. La tortura comenzó en su cuello, exactamente en el lugar donde se había clavado la daga.

Aún con el dolor punzante en esa zona pudo controlar parte de sus sentidos, los cuales le permitieron mantenerse de pie, hasta que la sensación de unos colmillos enterrándose en su cuello lo hizo desestabilizarse hasta caer al suelo. Nadie más que él estaba en la habitación, y esos colmillos no existían… Era como si estuviera reviviendo la escena de aquel callejón. Entonces, dirigió su mirada hacia el espejo; sus ojos seguían rojos, y en su cuello aparecía una marca. Tornándose de color negro, lo que iba apareciendo era el dibujo de un círculo con tres especies de aspas en su centro.

-¿Pero qué…?– con un esfuerzo mayor, en contra del dolor desgarrante, alzó una de sus manos para tocar aquello, mientras con la otra tocaba el piso para no caerse. Cuando dos de sus dedos tocaron la marca, el dolor se disparó, como si lo que hubiera estado sintiendo no era más que el mismo estando contenido. Su vista se nubló, sus músculos fallaron, y sus sentidos flaquearon. Cayó de bruces al suelo, haciendo sonar la madera del mismo con el golpe que dio su frente en él. – Mal…maldita sea. – siseó por lo bajo. Hasta hablar le dolía.

Y entonces, como si todo eso fuera poco, algo más le sucedió. Sus brazos comenzaron a arder, haciéndole imaginarse como si se estuvieran poniendo negros. Abrió uno de sus ojos, su piel parecía comenzar a tostarse…

-Estoy muy cansado.

Mientras su sufrimiento continuaba, comenzaba a escuchar las voces de sus Hermanos, como si estuvieran al lado suyo. La primera que sintió fue la de Naruto, que seguía diciéndose lo cansado que estaba.

-Todos nos vemos cansados.

La voz seguía resonando en su cabeza, a la que se le juntaron otras a la vez. ¿Cómo podían hablar todos al mismo momento y entenderse?

El dolor persistía, y las voces también. Fue cuando escuchó una idea por parte de Kakashi que cayó en la cuenta de algo: no estaban hablando. Estaban pensando…

Entonces… ¿Por qué él podía escucharlos?

Un ardor más fuerte en su cuello le hizo dejar de pensar en aquello. Algo peor comenzaba a sucederle… Su garganta clamaba a gritos silenciosos sangre. Era como si esa parte de su cuerpo quería saciarse con gran cantidad de ésta. Pero eso no podía ser posible, hacía horas se había alimentado y quedado satisfecho.

Cerró los ojos, no se sentía él mismo. ¿Qué le había hecho aquel maldito a su cuerpo?

Respiró profundamente y se sintió levantarse del suelo; abrió los ojos y se vio nuevamente en el espejo, no parecía él. Sus ojos eran aterradores, su piel estaba tostada, sus colmillos se dejaban ver con ferocidad… Sus párpados cayeron, y sintió una brisa a su alrededor. Otra vez, los levantó, y se encontró en un espacio oscuro de un callejón. Estaba por amanecer, pero no le importó. Su mente estaba perdida, sus piernas se movían sin orden alguna. Su mente gritaba "sangre".

Luego de esa caminata que había hecho desde las tinieblas, no recordaba más. Sólo tenía la imagen de abrir los ojos y encontrarse en un lugar de techo y paredes blancas. Cuando se había levantado, se había mareado, y luego sentido un fuerte dolor de cabeza.

Luego de eso, había visto ingresar por una puerta al doctor de la especie, Jiraiya…

Al parecer lo había encontrado cerca de la hora del amanecer saliendo de un callejón, a punto de atacar a unas personas que caminaban por allí. Según el doctor había comentado, fue suerte que él pudiera atraparlo y prevenido que hiciera desastre alguno. Después se lo había llevado escondido al hospital, donde lo había tratado.

Desde ese momento, él conocía su secreto…

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Unos toques en la puerta de su habitación lo hicieron reaccionar. Aún seguía acostado boca abajo en la cama. Con un gruñido por el cansancio, giró la cabeza para que su voz se escuchara. Fue entonces que la puerta se abrió lentamente y la cabeza canosa del mayordomo asomó.

-Lo siento, señor. – dijo en casi un susurro, aún así, Sasuke podía escucharlo. – Venía a preguntarle si bajará a desayunar. ¿O prefiere que le traiga el desayuno a la cama?

Sasuke giró y se enderezó para verle de lleno a la cara. Con un gesto tranquilo, negó y se dispuso a salir de la cama.

-Gracias, Fritz. – dijo cuando apoyó sus pies sobre el frío piso de madera. – No hará falta, bajaré en un momento.

El hombre asintió y pidió permiso para entrar a la habitación, a lo que el moreno le permitió. Una vez dentro le preguntó si tenía alguna ropa que lavar. Una vez que Sasuke le señalara donde estaba lo que pedía, se retiró, dejando la puerta cerrada para que el vampiro recuperara su privacidad.

Se levantó de la cama y estiró sus brazos por sobre su cabeza para desperezarse. Luego de hacerlo, respiró profundamente y se encaminó hacia el baño para asearse. Apenas logró lavarse los dientes cuando su celular sonó. Se dirigió hacia donde provenía el tono de llamada y llegó a su cama, donde revolviendo las sábanas, dio con el artefacto. ¿Cómo era posible que haya terminado allí? Seguro que el cansancio le jugó una mala pasada y le hizo dejar varias cosas en distintos lugares.

El teléfono seguía insistiendo, así que atendió, sentándose sobre el colchón de la desordenada cama.

-¿Qué quieres? – preguntó sin rodeos, no hacia falta dar cálidos saludos por su parte. Nunca.

-Recuérdamelo ¿Dónde dijiste que habías dejado la amabilidad, Sasuke? – la voz del doctor se hizo escuchar desde el otro lado de la línea.

-¿Qué quieres? – volvió a preguntar, haciendo caso omiso a la burla del hombre.

-Ni siquiera un "Hola, Jiraiya. ¿A qué se debe tu llamado?" – refunfuñó el doctor. Oyó como lanzó un cansado suspiro y luego retomó la charla. – Es una pena que nunca escucharé algo así de tu parte. Bueno, dejando eso de lado, iré a lo que nos compete. He revisado la prueba de sangre que mi hermosa enfermera te ha extraído.

Al escuchar esa frase, automáticamente la imagen de la muchacha se hizo presente en su mente. Recordó la mirada que ella le había dado, esa que él había podido leer sin esfuerzo alguno. Había sentido que tenían algo en común, ¿Por qué? No se conocían, pero la cuestión era esa.

-Pobre de Hinata. – siguió el doctor hablando. – No pararon de interrogarla cuando se enteraron de que te atendió. Eres muy conocido para todas las mujeres… Bueno, para casi todas. – una pequeña risa se adueñó de la voz de él. – Ella no sabía quien eras.

-Mejor. – contestó luego de tanta charla por parte del otro hombre. – Una menos con quien lidiar.

-¡Oye! – exclamó el doctor en forma de reproche. – No la trates así, es una de mis más trabajadoras empleadas. Hablando de eso… trata de no volver con esa aura oscura que tienes a mi hospital. Mi pobre recepcionista casi sufre otro colapso nervioso de tan solo verte.

Un silencio se produjo de parte de Jiraiya. Es eso, pareció que comenzó a revolver unas cosas ya que un tintineo se hacía oír en bajo volumen. Una maldición se escuchó luego cuando percibió que algo se le había caído.

-Ya, apúrate. – le presionó el moreno cuando la espera se alargaba. Hace minutos que debía haber bajado a desayunar y ni siquiera estaba cambiado. – ¿Para qué llamaste? – escuchó el sonido de algunos papeles moverse, y luego la voz nuevamente.

-Qué lástima, se me ha caído el café…– habló aniñadamente el hombre. – Bueno… Aquí está, los resultados de tu muestra de sangre.

-¿Algo interesante? ¿O la misma mierda de siempre?

-¿Tus buenos modales también los dejaste en la cuna, Sasuke? – se quejó ante el vocabulario que había usado. ¿Cuál era el problema? Estaba demasiado irritado de esperar como para tratarlo bien. – Y citando tus palabras, sí, la misma mierda de siempre. Nada nuevo, tus genes siguen siendo un misterio. – al soltar Sasuke otra maldición, él rió. – Sí, bueno, mi madre no estará contenta de oír eso. Como sea – sintió un cambio en su voz –, aún así seguiré tratando de conseguirte una cura. Mientras tanto, comenzaré a darte nuevas dosis cada dos semanas. Hasta luego, Sasuke, no quiero ver tu trasero por mi hospital hasta dentro de quince días.

La línea telefónica quedó muerta cuando el doctor cortó la comunicación. Sin más que hacer, el moreno tiró el celular por encima de la cama, sin importarle en donde caería. Estaba cansado de que no encontraran cura alguna a lo que el maldito jefe de esas lacras le había hecho. Más de una vez le había dicho de forma desdeñosa que por qué no le preguntaba directamente a ese idiota cómo deshacerse de eso, total el rumor de "El doctor Jiraiya trata con ambos bandos" seguía vigente hasta el día de hoy.

Miró el reloj que esa misma mañana – o, mejor dicho, tarde – lo había despertado y vio que habían pasado diez minutos desde que el mayordomo Fritz le había visitado. Tan sólo el pensar eso, su estómago reaccionó.

De acuerdo, hora de desayunar… Aunque antes, debía cambiarse.

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El disfrute del paisaje nocturno que poseía la presencia de una infinita cantidad de flores por el verde césped se vio interrumpido cuando un dolor en una de sus costillas le hizo abrir los ojos. Tratando de acostumbrarse a la luz de la habitación, intentó moverse para masajear su costado adolorido, pero un peso sobre ella se lo impidió. Entornó bien la mirada cuando todo se hubo aclarado, ya que aún seguía en un letargo. La imagen de una sonriente muchacha la recibió a un nuevo día.

Hanabi estaba encima de ella, abrazándola mientras sus ojos brillaban, haciendo evidente la alegría en su rostro. Hinata respiró en alivio, tanto por saber la causa de su costilla casi rota como por la imagen de su hermana. Ya se encontraba bien.

Intentó sentarse en la cama, pero la muchacha se lo impidió, dejando que su sonrisa de a poco se desvaneciera para mostrar una expresión de tristeza. La mayor abrió la boca para preguntarle qué le sucedía, pero no pudo hacerlo ya que un brazo que la abrazaba la soltó para rápidamente una mano cubrir su boca.

-Quiero disculparme. – habló lentamente Hanabi, sus ojos perlados, iguales a los de su difunta madre, también perdían la alegría. – Le he pedido a Kurenai que me diga que tan malo fue mi ataque. Lamento que hayas tenido que decirme eso otra vez.

Sabía a la perfección sobre qué hablaba. Hanabi, a pesar de quedar medicada tras cada ataque de locura, era consciente de que los padecía. Siempre que sufría alguno, le pedía a su hermana o a Kurenai que les contara qué situación lo había causado. Esa mañana había sido Kurenai la que le dio el "reporte clínico", por así decirlo.

Hinata levantó el brazo que había quedado libre del agarre y acarició el cabello de su hermana. Cómo odiaba que tuviera que lidiar con cosas así, quería que tuviera una vida tranquila como cualquier persona, pero lamentablemente a ella le tocó vivir así, sufriendo de vez en cuando por culpa de los desalmados asesinos de sus padres.

No tuvo conciencia de cuanto tiempo pasó, mucho menos de cuando dejó de dolerle el golpe que la morena le había dado al subírsele encima, pero todo el ambiente triste que había invadido la habitación se disipó cuando Hanabi sacudió su cabeza y, finalmente, sonrió.

-Pero ya está. Ya todo pasó, no hay de qué preocuparse. – le dijo haciéndose a un lado, dándole la oportunidad de poder moverse para desperezarse. De soslayo vio como ella se arrodillaba sobre la cama, el vestido azul hasta las rodillas que traía puesto se había arrugado un poco a causa del abrazo. – Mejor prevenir que curar, así que no seguiré leyendo aquel libro, lo cual es una lástima ya que estaba demasiado interesante. Así que…– peinó un mechón de su cabello marrón y miró a su hermana con las cejas levantadas en expectación. –… ¿Cómo termina la historia?

-¿Segura que quieres saberlo? – habló al fin Hinata, masajeando en un reflejo su costilla que antes no había podido. La menor pareció dudar, pero luego asintió con una sonrisa. – Se queda con la protagonista. No se olvida de lo que vivió con su esposa, pero es feliz amando a la chica nueva.

Un chillido de felicidad escapó de Hanabi. La vio levantarse de un salto y hacer un pequeño baile de victoria que a Hinata le enterneció. Su hermana se acercó a la cama nuevamente y se acostó sobre las sábanas, a su lado; volteó la cabeza sin despegarla de la blanca almohada y le agradeció por la buena noticia. Era lindo ver como algo minúsculo le daba alegría.

Hinata respondió con otra sonrisa antes de levantarse. Cuando lo hizo, se encaminó hacia su ropero en busca de ropa cómoda, total no tendría que ir al hospital más tarde. No, antes de irse para su casa, el doctor se había acercado para decirle que lo había pensado mejor y que no apareciera por el hospital por tres días. Ella había intentado decir que con un día estaba bien, pero no podía desobedecer una orden, y mucho menos cuando quien se lo había dicho fue por su propio bien.

Terminó de cambiarse, eligiendo unos pantalones de algodón negro y una musculosa lila del mismo material. Cuando volteó para buscar sus pantuflas, que habían quedado al lado de la cama, se encontró con la mirada atenta de la morena.

-Entonces, no irás a trabajar, ¿cierto? – le preguntó, o más bien habló afirmando el interrogante. Hinata negó y entonces su hermana sonrió. – Eso significa que después de tanto tiempo… ¿Por fin estás libre?

-P-por tres días. – un tartamudeo la invadió sin aviso alguno cuando contestó… Y todo porque la expresión que tenía su hermana le decía que debía estar atenta por lo que vendría.

…Y su dudas se contestaron cuando su hermana se levantó y pasó por su lado con rumbo a la puerta. Cuando la abrió y se dispuso a marcharse, le dirigió una mirada traviesa y le dio a conocer lo que pensaba.

-Esta noche saldremos. – cuando vio que la mayor iba a replicarle le calló sin dificultad alguna. La mano de Hinata había ido a parar a su boca, no por acción propia sino por la telequinesis que Hanabi tenía. – Tu amiga TenTen ha llamado hace una hora, dijo que se tomó el día libre y que haría que te divirtieras. – Hinata intentó separar su mano de la boca, pero su hermana seguía ejerciendo su poder desde la entrada. – Y me he auto invitado. Ya he elegido lo que usaré, así que no intentes frenarme.

Al fin, pudo librarse cuando la muchacha salió por la puerta. No podía dejar que su hermana saliera luego de una noche como la que tuvo, aún debía recuperarse del ataque. La siguió hacia la cocina, sin siquiera haberse calzado para no perder tiempo; el frío del piso le hacía dar pasos cortos y rápidos. Habiendo llegado a su destino, encontró a Hanabi tomándose su pastilla diaria. No era de mucha ayuda, pero ella decía que le hacía bien.

-Ha…Hanabi. – a pesar de no haber recorrido mucho, parecía faltarle el aire por el ejercicio, aunque quizás se debía más por la noticia que se le había sido comunicada. Por su parte, su hermana terminó de beber del vaso el agua y lo comenzó a lavar en el fregadero, apenas prestando atención a la presencia de la joven de cabellos azulados. – A-apenas han pasado horas de tu ataque. Tienes que descansar.

-No voy a pasarme la vida descansando, Hinata. – la voz de la morena sonó seria. Mientras tanto, seguía fregando con una esponja el vaso de vidrio. La mayor, por su parte, comenzaba a sentir el frío apoderarse de sus pies. – Déjame pasar una noche como una persona normal. – dejó de lavar el objeto y lo secó; cuando lo dejó boca abajo sobre la mesada para que se secara, giró a verla. – Prometo que me portaré bien. No me separaré de ti; y si me empiezo a sentir mal, te lo haré saber de inmediato.

Le sonrió tiernamente, en espera de su respuesta. Era verdad que necesitaba descansar, pero hacía tiempo que lo vivía haciendo. La sonrisa que le brindaba y las palabras dichas la conmovieron, pero aún así temía que le sucediera algo. Pero no podía arrebatarle la diversión de una noche… Entonces, en su interior aceptó la idea de dejarla ir.

-De acuerdo. – suspiró, sólo serían unas horas y ella se encargaría de cuidarla. En eso, sonrió por dentro cuando vio que su hermana festejaba en silencio. – Pero…– la miró entrecerrando los ojos. –… ¿No eres muy chica para entrar a un club nocturno? – Hinata sabía desde hacía tiempo que era mala haciendo bromas, pero quería hacer reír a la muchacha para que volviera a ganar la frescura con la que la había despertado a ella en ese abrazo. – No creo que…–

-¡Hinata! – le reprochó ella rezongando. – Ya tengo setenta y tres años, soy lo suficientemente mayor como para salir a donde quiera. Recuerda que tanto tú como yo ya pasamos la edad de los treinta, ya no somos adolescentes para nada.

Era verdad, ya eran mayores. Desde hacía poco más de cuarenta años que eran adultas, un camino transitado con dolor y esfuerzo para crecer correctas. A pesar de que habían crecido sin sus padres, sobre todo Hanabi que los vio morir frente a sus ojos cuando sólo tenía trece años, habían podido educarse a la perfección y sobrevivido en su mundo nocturno.

Hinata, y bien se había recibido en la escuela de enfermería de su raza, a la edad de veinticinco, había comenzado a trabajar, por lo que nunca les había faltado el pan en la mesa, y mucho menos las medicinas de su hermana.

Hanabi continuaba mirándole, con un aspecto un poco amenazante, algo que hizo que no pudiera seguir con su mentira y se le escapara un risilla. La morena levantó una ceja, expectante… o en creencia de que a su hermana se le había zafado un tornillo.

-La loca aquí soy yo, no me quieras quitar el título. – le dijo mientras Hinata continuaba riendo.

-L-lo… lo siento. – contestó tranquilizándose. – Nunca sabré mentir… ni engañar.

-Descuida, por un momento lo logras. – sonrió en respuesta. De un momento a otro, vio como ella se encaminó hacia la mesa de la cocina y levantó el dedo índice hacia la silla vacía que se encontraba en la punta. – ¿Viste, Camelia? Me ha dejado ir.

La mayor de las Hyuuga dejó de reír abruptamente ante tal escena: su hermana le hablaba a la nada misma. ¿Estaba alucinando? Pero si hasta hacía unos momentos se encontraba en prefecto estado… Sacudió la cabeza, eso estaba mal, debía darle el medicamento para sus ataques, por lo que se encaminó hacia la alacena donde lo guardaba, cuando alzó la mano para abrir la pequeña puerta la risa de su hermana la detuvo. Giró desesperada para ver que tan mal estaba, pero se la encontró sentada en la silla a la que le había hablado.

-¿Qué tal? ¿Yo sí sé engañar? – preguntó sonriente, apoyando su cabeza en una de sus manos, a la vez que el codo sobre la mesa la sostenía. – No te preocupes, no estaba alucinando.

No supo cuando dejó de respirar, pero sí que lo hizo cuando tomó una gran bocanada de aire que le llenó de vida los pulmones. Su hermana le había jugado una treta cuando ella pensaba que le sucedía otra cosa. Debía estar enojada, pero en su interior no hacía más que agradecer.

Agradecer que Hanabi estuviera demasiado cuerda.

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Continuará…