¡Buenas noches! Sí, regresé, después de casi un mes :'v No me odien, la vida me maltrata y después me falla la inspiración. Pero dejando mis quejas a un lado, aquí les dejo su actualización. Sé que la amarán, porque es lo que muchas han estado esperando desde hace bastante tiempo 😃 Capítulo no apto para menores de edad jajajaja. ¡Saludos!

Capítulo 127

Parce que Je t'aime

—¿Puedo saber por qué razón llevas esas gafas oscuras, esa capucha y ese cubrebocas? —cuestionaba la blonda en cuanto ese alto hombre tomó asiento frente a ella—. ¿Si te das cuenta de que sé perfectamente quién eres?

—No sé de qué estás hablando. Yo solo vine aquí porque era la dirección que ponían en la carta del ganador —y por si tenía duda, ya estaba mostrándoselo—. Vine a proclamar mi premio y a divertirme en grande —lo peor es que se encontraba tomándose fotos a sí mismo, a ella y a todo el lugar.

—Dime que esto no ha sido una idea conjunta…—pedía. Pero estaba siendo ignorada totalmente—. Deja de fingir que eres mi admirador.

—Axelle-chan, no sé de qué estás hablando… Yo soy tu fan #1. Por eso gané el concurso y ahora tengo la oportunidad de tener una cita con alguien tan increíble como tú~ —si no era suficientemente bochornoso que estuviera diciéndole todo eso, tenía el interior de aquel restaurante. Nunca en su vida había visto tanto rosa, tanto rojo y tantos corazones en un mismo sitio; y es que hasta había parejas amorosas para arrojar en todas direcciones.

—Deja de hacerte el loco y dime qué está pasando aquí —jaló al muchacho del cuello, para que ambos se miraran fijamente. De ese modo le sería más fácil ver sus doradas pupilas—. Dime que Daiki no fue quien se los pidió.

—¿Quién es Daiki? No tengo el gusto de conocer a ese buen muchacho —versaba tranquilamente.

—No te hagas el tonto conmigo. Vas a decirme lo que está pasando aquí —demandó con una bonita sonrisa; como esas que empleaba en los comerciales que hacía.

—Guardemos esto para la posteridad —el muy cabrón le había tomado una foto con el flash incluido, dejándole bastante aturdida—. Claramente Daiki no iba a permitir que tuvieras la cita con cualquiera —susurraba al tiempo que jalaba a la muchacha para que se pusiera de pie. Y en cuanto lo hizo, el verdadero plan dio comienzo—. La Operación Valquiria ha iniciado —porque nada superaba a los wokitoki para las misiones importantes.

—¿Cómo que operación Valquiria? ¿Pero de qué demonios hablas? —la voz al otro lado era la de Marco—. Deja de estar perdiendo el tiempo y sigue el plan al pie de la letra.

—Entendido y anotado —Axelle no tuvo tiempo para quejarse, para reaccionar o intentar hacer algo. Cuando se dio cuenta, se encontraba fuera del restaurante, siendo alada de la mano por un motivado alemán que estaba desprendiéndose de su pésimo disfraz.

—¡¿A dónde vamos?! ¡Esto no está bien! —ella había visto a algunos camarógrafos y unos cuantos paparazzi tomarle fotos comprometedoras. Mañana se hablaría de su teatrito y seguramente sería reprendida por su mánager—. Van a asesinarme.

—Ponte esto y no hables —le arrojó un casco y ella como bien pudo, lo atrapó y se lo puso—. Agárrate fuerte que es hora de que le metamos un poco de fuerza —porque el bribón la hizo subirse a la motocicleta que había aparcado un par de cuadras arriba del establecimiento donde la gran cita tendría lugar.

—¡E-Espera! —se aferró al pelirrojo con fuerza o de lo contrario acabaría en el piso—. Sé que haces locuras, pero esto es demasiado —adiós a las largas horas en las que estuvieron arreglándole el cabello. Adiós a la combinación magistral de sus vestimentas; aunque al menos agradecía que llevaba ropa cómoda para la ocasión—. Explícame lo que está pasando aquí, ahora mismo.

—Nos enteramos del concurso que tu agencia celebraría por el día de los enamorados, por lo que no pudimos quedarnos de brazos cruzados. Debíamos hacer algo —por un lado hablaba, por otro se desplazaba con maestría por las calles concurridas de Tokio; era un piloto todo terreno—. Así que decidimos participar todos. Alguno debía ganar —ella sabía que eso era lo que había pasado.

—Solamente iba a ser una cita exprés. Nada de lo que debieran preocuparse —comentaba.

—Conoces a tu hombre. No dejaría que nadie quisiera pasarse de listo —no podía negar ese detallito—. Además, ganamos legalmente. Aquí no hubo mano negra.

—El que participaran ya vuelve todo fraudulento —sonrió tenuemente. En cierto modo le provocaba gracia y satisfacción todo lo que estaba pasando—. Pero ya no se puede hacer nada. Ya pensaré en una excusa para el día de mañana.

—Ya casi llegamos. Así que más vale que estés lista.

Descendió de la motocicleta con cierta lentitud. Su atención había sido robada por completo por lo que estaba frente a ella, por esas mesas exteriores que manejaba el restaurante que tanto solía visitar los viernes por la noche; pero la sorpresa no radicaba en ello, sino en la persona que le estaba esperando de pie con una mirada que por momentos la observaba y por otros se desviaba. ¿Qué se supone que estaba ocultando?

Ella avanzó. Le arrojó el casco a su fiel amigo y se dirigió hacia el moreno. Sin importar que se hubieran visto toda la semana, le encantaba pasar tiempo de calidad a su lado; y más si salían a pasear o a comer a algún lugar. Así que no dudó en abrazarle tan fuertemente como su humanidad se lo permitía.

Él por su lado, le devolvió el gesto y tomó como suyos esos labios antes de siquiera ofertarle palabra alguna. Era ya un ritual para ambos.

—No creas que te salvarás de la reprendida, ¿eh? —señaló su novia tras haberse separado un poco—. Mira que hacer algo como eso.

—Niega que no hubieras hecho lo mismo de estar en mi lugar —ella chasqueó la lengua y miró en otra dirección; la atrapó completamente.

—Si vas a seguir quejándote, no te daré lo que te traje —Axelle lo observó con curiosidad. Aomine se limitó a sonreírle con vileza—. Pero es algo que deberías usar cuando tengamos un poco de diversión nocturna. Para hacer todo más emocionante —su bromita recibió un golpe en su estómago—. Auch…Agresiva.

—Tú comenzaste —bufó con los mofletes rojos de la pena—. Pero conociéndote, eres capaz de haberme comprado algo como eso.

—Es bueno que me conozcas de esa manera. Lo hace mucho más tentador —malditos besos en el cuello, malditos modos que tenía el As de Tokio de ponerle en aprietos—. De momento disfrutemos de la comida antes de que se enfríe —él se hizo a un lado, dejando ver lo que intentó ocultar.

—D-De verdad…¿los compraste para mí? —girasoles, tan enormes, tan amarillos, tan hermosos. Todos dispuestos de una manera magistral dentro de aquel ramillete de papel celofán y listón celeste—. Están preciosos —es que ella amaba esas flores y que fuera él precisamente quien se las obsequiara, no tenía precio—. Y también…—alguien se había lucido ese día. Lo sabía con ver la selección de platillos que estaban servidos en la mesa. Todos eran sus favoritos—. Estoy sumamente impresionada.

—Y eso que todavía no han traído los postres —la rubia ensanchó una sonrisa, esas que combinaban la felicidad y el entusiasmo. Él se percató de ello y no pudo más que sentirse completamente satisfecho—. Aunque si comes demasiado volverás a tener dolor de estómago y tendremos que ir al hospital.

—Si ya no me cabe, lo pido para llevar —una solución simple pero efectiva.

—Ese no es el punto aquí.

—Comamos que me muero de hambre —la francesa se sentó, colocando cuidadosamente su ramo de girasoles en la silla que estaba de más—. Si no te apresuras, no te voy a dejar nada.

—Eres un caso perdido, ¿no? —se había sentado a su lado. Tan próximo como las sillas lo permitían—. Aunque eres mi caso perdido —remarcó con egolatría, con esa confianza que tanto le caracterizaba. Era de esa manera en la que él era y a ella ya no le molestaba en lo más mínimo.

La comida acabó entre bromas, historias de la semana y el relato de cómo llevaron a cabo la pequeña treta para impedir que cualquier otro chico tuviera oportunidad de ganar aquella cita.

Y cuando terminaron abandonaron el lugar y caminaron con calma por la ciudad. No había prisa para llegar a casa. Era un día que había que disfrutar más por el hecho de estar juntos que por la festividad que se estaba celebrando. Era el momento adecuado para recuperar el tiempo perdido.

—Al final las cosas terminaron bien. Aunque temo que mañana me espera un severo sermón —la rubia suspiró. Se había resignado—. Bueno, este día ha valido completamente la pena.

—La próxima vez te regalaré ropa en vez de invitarte a comer —comentaba socarronamente el moreno tras seguir a la francesa al interior de su departamento.

—Muy gracioso —ella siempre fue de buen apetito, pero posiblemente se hubiera pasado esa tarde—. Es tu culpa por haber pedido lo que más me gusta…—murmuraba.

—Y todos se sorprendieron de lo mucho que comiste —ella iba a quejarse como era debido, pero él no se lo permitió.

Su grito fue silenciado dentro de su boca. Sus quejas tendrían que dejarlas para otro momento. Por ahora, lo único que al moreno le importaba era sostener con firmeza las piernas de esa chica para sostenerle adecuadamente, para poder besarla sin dificultad alguna. Lo único que ella podía hacer era aferrarse a su cuello y a su torso para sentirse un poco más segura.

Él solo le sonrió ampliamente, con picardía mientras sus carmesí pupilas vibraban ante una acción tan simple como esa. Quizás era el modo en que habían terminado lo que hacía que aquella abrumadora pena le envolviera tan repentinamente.

Y en el instante en que iba a formular la pregunta más elemental de todas, él volvió a besarle con mucho más fervor, con menos pausas y con unas ansias crecientes de que ese acercamiento fuera más prolongado, más sofocante para ella.

Axelle apenas podía llevarle el ritmo sin sentir que el aire le faltaba y que los latidos de su corazón se tornaban más escandalosos de lo usual.

Sus manos apretaron con fuerza sus hombros. Es que el simple hecho de sentir los labios del moreno recorriéndole el cuello le estaba ocasionando serios problemas para mantener su cordura. Pero no podía hacer demasiado para conservar su cabeza fría; nunca había sido una tarea sencilla cuando se trataba de él traspasando su espacio personal y ahora parecía ser un reto que probablemente no podría encarar.

—D-Daiki…—pronunció con dificultad. No podía concentrarse demasiado cuando aquel hombre continuaba obstinado en saborear su cuello y sus labios.

—Parece que lo estás disfrutando, incluso más que yo —mencionó con cierta burla. Le satisfacía verle de esa manera, tan vulnerable por sus acciones. Él era el único que debía hacerle perder el juicio.

—¿Te das cuenta lo que estás haciendo?

—Mejor dicho, ¿te das cuenta lo que me estás permitiendo hacerte? —lanzó entre una mezcla de seriedad y deseo. Ella solamente le miró, incapaz de responderle—. Si no tienes objeción alguna, no hallo problema alguno en continuar.

—¡Daiki! —prorrumpió aún más roja que hace unos instantes atrás—. Yo…no sé si esté lista para algo como esto. Es decir, físicamente hablando me…pones en severos aprietos cada que estás de atrevido. Y sentimentalmente hablando…estoy perdidamente enamorada de ti…—confesó con vergüenza, viéndole tan fija y seriamente que él detuvo su jugueteo para ponerle toda la atención del mundo.

—No seas tonta. Me dices esto como si solamente me inspiraras el quererte llevar a la cama —habló seriamente. Incluso se había encargado de depositarla sobre la esquina de la cama con sumo cuidado.

—Y-Yo no dije eso —confesó, encarándole. Él se había sentado a su lado, echándole la mano sobre la cabeza mientras parecía estar pensando en las palabras adecuadas para expresar su idea.

—…Únicamente diré que has sido la única que me ha hecho tener pensamientos estúpidamente…melosos…—con cada palabra que él decía su tono de voz se tornaba menos audible. Es que para alguien como Aomine Daiki pronunciar esas cosas empalagosamente comprometedores no iban con su personalidad rebelde y ausente de romanticismos innecesarios—. No importa por dónde lo vea, es ridículo que un hombre tenga esa clase de ideas rondándole la cabeza —ahora parecía estárselo echando en cara. Como si fuera su plena culpa—. Así que espero que te responsabilices por tus actos —sentenció.

—Yo no recuerdo haber hecho nada para hacerte eso, Daiki —soltó con plena incredulidad—. Pero supongo que puedo hacerme responsable del "monstruo" que he creado —le sonrió amorosamente—. Yo solamente fui yo misma.

—Ese fue el problema —añadió y ella arqueó su ceja derecha, mostrando su confusión.

—¿Ah?¿Pero por qué? Espera, es la primera vez que mi forma de ser tiene tan buenas repercusiones —alegó emocionada—. Generalmente mi personalidad asusta a los hombres.

—¿Ves a lo que me refiero? —ella negó—. Tú únicamente quieres que te lo deletree, cínica —ella nuevamente volvió a mover la cabeza en son de negación—. Digamos que eres una alborotadora capaz de voltear el mundo de cualquiera sin siquiera esforzarte en ello, solo siendo tú misma…A algunos podría considerarlo como bonito, pero yo lo veo como un total dolor de cabeza. Ya que por algo tan simple como eso me tienes como un completo idiota pensando en ti todo el reverendo día —chasqueó su lengua con la atención puesta en el piso de la habitación—. Y quizás lo que más me enfada es saber que me tienes a tu total merced.

Ella no esperaba recibir esas palabras. Al menos no de una manera tan clara. Pero estaba sumamente agradecida de que se hubiera sincerado con ella en ese preciso momento.

Posiblemente su modo de hablarle no era como el resto de esos galantes y románticos chicos; no obstante, no le interesaba porque sabía que él estaba a su lado porque le quería y así lo deseaba, y eso era más que suficiente. Simplemente lo había aceptado tal cual era y no deseaba cambiarlo, ya que fue así como ella se enamoró de él sin siquiera percatarse de ello.

—…Te Amo, Daiki…—le susurró antes de robar sus labios para besarlos lo más lenta y suavemente posible.

Esas dos simples palabras continuaban resonando en su cabeza mientras se encargaba de besarle, de acelerar el ritmo que ella misma había impuesto. No es como si no le proporcionara una gran dicha y orgullo el que le confesaran algo como eso, sino más bien que ahora no conocía un mejor modo de responder a sus sentimientos que a través de los actos.

Tomó su rostro entre sus manos mientras lentamente le hacía ceder ante su propio peso y acercamiento. Para cuando Axelle pudo percatarse se encontraba por completo a su merced aun saboreando el delicioso sabor de sus labios y disfrutando de las caricias que esas suaves manos le proporcionaban a su rostro.

Mordió sus labios entre una mezcla de dulzura y pasión al mismo tiempo que era incapaz de ceder ante el capricho de besarla y hacer de aquello una guerra campal entre los dos.

Sin embargo, eso no resultó suficiente para ninguno. La suavidad y el particular aroma de su cuello le hizo sucumbir ante esa zona una vez más, importándole poco que con su pícara travesía ocasionara los estremecimientos constantes de su pareja. Indudablemente lo disfrutaba tanto como él.

Acariciaba sus celestes mechones al compás de sus besos. No podía hacer nada más que besar sus mejillas e intentar acceder a su cuello y hacerle pagar por lo que él estaba provocándole. Todo era inútil, sus caprichos se quedaban a medias en cuanto el moreno detectaba sus intenciones y mejoraba su jugueteo sobre su cuello.

Le dedicó una mirada cargada de cinismo y seducción mientras ella le observaba con la respiración entrecortada, con ese sonrojo sobre sus mejillas y esa sensación de vulnerabilidad. Habría de robarle un profundo y estremecedor beso de sus labios antes de que él continuara con sus ansias de inspección.

Esa noche sus manos estaban resultando mucho más activas que en otras ocasiones.

Acarició con rapidez el contorno de sus piernas, no por considerarlas poco atractivas para su persona, sino porque existía algo mucho más apremiante que deseaba tener bajo su merced.

Un par de gemidos se escaparon de sus labios.

Esa simple respuesta le satisfizo enormemente, tanto que se negaba a silenciarle con un beso; uno que ella le exigía más que nunca en ese preciso momento. Deseaba escucharla, ansiaba contemplar cada una de sus reacciones.

Ella tomó la iniciativa, robando sus labios en un acto repentino, que incluso a él le tomó por sorpresa. Y él nuevamente volvió a imponerse sobre ella, haciendo que se recostara una vez más. Aquella guerra de besos no cesaba ni siquiera cuando su mano derecha había decidido aventurarse por debajo de su prenda superior.

—…Son perfectas…—le murmuró al oído con ese tono que tanto le hacía perder la razón. Ella simplemente se sobresaltó en cuanto sintió la calidez de su mano ascendiendo lentamente desde su abdomen hacia arriba.

—…E-Eres un tramposo, Daiki…

—Eres mía después de todo…Tengo derecho de tocar todo de ti, todo…—le aclaró de forma juguetona. Asimismo, no reparó en morder dulcemente el lóbulo de su oreja—. Me esforzaré para no dejarte marcas, pero no prometo nada…

Se había deshecho de aquella prenda innecesaria y estorbosa. Ahora no era más que un mero adorno del suelo y que no sería requerido en largo tiempo. Y fue en ese momento en que también consideró que el bonito suéter de su novia estaba resultando un verdadero fastidio para sus planes.

Le agradaba el contraste de su piel contra el de ella. Tanto como las reacciones que provocaba en cuanto las yemas de sus dedos curioseaban sobre esa receptiva piel.

Su abdomen perfectamente delineado por todo aquel ejercicio y esa sugerente femineidad eran como dinamita pura para él. Y sin siquiera pedir su permiso empezó a besarle con una lentitud desquiciante y sublime; ella únicamente podía soportarlo y tratar de tranquilizar a su desbocada respiración. No obstante, cuando llegó a esa área tan erógena le fue imposible contenerse por más tiempo.

Era como un niño pequeño divirtiéndose con su nuevo y brillante juguete.

No iba a negar que algo como eso estaba volviéndole loca y que lo menos que deseaba era que parase, pero tampoco deseaba perder por completo su autocontrol con una acción como esa.

Él por su lado le miraba atentamente, con satisfacción y sin la mínima intención de alejar sus labios de esa parte que tanto le fascinaba de ella. Podía estar largo rato atendiendo esa fracción de su persona. Sin embargo, sabía que eso no era lo que ella deseaba.

Volvió a probar nuevamente sus labios, pero ahora podía sentir que su deseo era mucho más apremiante que hace unos instantes atrás y él tampoco estaba exento de ese estallido de sensaciones.

Sus manos acariciaban con enorme regocijo el abdomen marcado del moreno. Era sencillamente perfecto que no había nada en él que le incordiara. Para ella su cuerpo era magnifico, tan deseable y al mismo tiempo era algo que le enloquecía sin esfuerzo alguno. Y el poder tenerlo tan cerca no hacía más que maravillarla de pies a cabeza.

—..¿Te he dicho lo mucho que me gusta besarte y ponerte a mi merced?

—No, pero…era de suponerse. Siempre quieres tener el control de todo…Incluso de mí…—susurró entre cortada. Su mente no estaba ahora para preguntas triviales ni pensamientos complejos. Lo único que estaba funcionando apropiadamente eran sus sentidos y esa marejada de éxtasis que empezaba a golpear contra ella.

Ya empezaba a acostumbrarse a ese peso adicional sobre su cuerpo, a esa calidez que le envolvía por completo y al aroma que se desprendía de la tostada piel de Daiki. Era definitivamente la situación más agradable que había llegado a experimentar. ¿Pero podía ser de otro modo? Para ella no podía existir algo mejor que lo que estaba experimentando en ese momento.

Aquel botón cooperó con prontitud para él, permitiendo que la prenda inferior fuera desplazada con enorme velocidad. Y ni siquiera esos mayones térmicos fueron rivales para sus habilidosas manos.

La miró desde la punta de los pies hasta esas marcadas caderas. Observó su cintura y quedó cautivado por esa parte superior que todavía conservaba esas casi imperceptibles marcas hechas por él; eso le hizo sonreír descarada y ampliamente. Incluso su cohibido rostro le pareció tanto enternecedor como excitante. Ella poseía todo para volcar por completo su cordura.

Otra vez ese peso extra sobre su cuerpo. Otra vez su lengua combatiendo contra la suya. Otra vez sus manos recorriendo cada centímetro de su piel sin cohibición ni miramiento alguno. Otra vez estaba orillándole a clamar por más.

Pronto acariciar su ancha espalda, su pecho y su revuelta cabellera iba a ser exiguo. Ni siquiera sus besos eran suficientes para trasmitirle todo lo que sus acciones le provocaban. Habría de besar su cuello con vehemencia, con esa pasión desatada que emergía por cada poro de su albina piel. No quería dejar ni un centímetro de su piel sin besar y saborear. Pronto él le permitió cumplir su adorable capricho.

Su peso no era molestia, de hecho, era sumamente reconfortante. Y tampoco podía quejarse de la vista; era sencillamente sublime sin importar por donde mirara. Ella poseía un cuerpo que se ajustaba a la perfección a sus quisquillosos estándares y el verla de esa manera solamente mermaba su preciado autocontrol.

Besarle no era una tarea complicada, lo verdaderamente problemático era hacerlo sin que él aprovechara su posición para quitarle su último atisbo de cordura. Es que sencillamente esas manos no iban a quedarse quietas esa noche; mucho menos cuando había tanto que curiosear y apreciar.

Una vez más su mundo volvió a girar.

Sus ojos miraban expectantes esos hermosos zafiros que le ofertaban tanto deseo como ese entrañable sentimiento de amor. Él era indiscutiblemente el hombre que le cautivaba, que le hacía tener pensamientos dolorosamente cursis; el mismo que estaba volviéndole loca, el mismo que le llenaba de deseo. Él era esa persona con la que quería permanecer el mayor tiempo posible a su lado.

—…Daiki…—podía sentir sin dificultad alguna la inminente necesidad del moreno por proseguir, por permitirle hacerle suya por completo y sin limitaciones. Una mirada fue más que suficiente para que él entendiera que su petición había sido aceptada.

Apretó las sabanas con aprensión, como si con eso fuera más que suficiente para hacerle minimizar su creciente dolor. Estaba segura que nunca antes sufrió una punzada tan fuerte, tan aparentemente intolerante; una que logró arquear su espalda con cierta precipitación.

Pero lenta y constantemente esa incomodidad fue tornándose en un verdadero vaivén de placer.

Aquel lento ritmo se fue incrementando en la medida posible. El éxtasis, el goce que estar dentro de ella le producía no podía compararse con absolutamente nada y no tenía manera de controlarlo. O, mejor dicho, no deseaba hacerlo.

Prefería dejarse llevar por esa embravecida sed, por esa maravillosa sensación que le hacía apresurar cada embiste. Había perdido cualquier pensamiento lógico y lo único que deseaba ahora era complacerla a ella en la mayor medida posible.

No supo en qué momento ella atrapó sus labios entre los suyos, tampoco el instante en que estos se cubrieron de un sabor salado bastante familiar. Tampoco interesaban los desbocados latidos de su corazón o la respiración entre cortada; y mucho menos preocupaba el embellecedor tono carmesí que decoraba discretamente sus mejillas. En ese instante lo que consideraban como importante era mirarse fijamente sin pena y con esa entrañable conexión que establecía que estaban enamorados el uno del otro.

No pudo reprimir aquel gemido, tampoco la manera en que sus uñas se clavaron sobre su morena piel. Sencillamente no podía contenerse en el momento en que cada una de esas embestidas se tornaba irremediablemente más placenteras que las anteriores. Él la estaba volviendo loca, estaba extasiándola sin control alguno. Estaba haciéndole tocar el cielo.

Contenerse para él era imposible, no podía. Su cuerpo, sus reacciones, esos gemidos de satisfacción y deseo, toda esa combinación le llevaban a acelerar; le conducían a que se tornara mucho más violento y que no dudara ni un segundo en tornarse mucho más pasional e incontenible. Ella era la única mujer que deseaba y que le avivaba de esa manera tan descomunal.

Fue en el preciso instante en que sus miradas se cruzaron que entendieron que existía algo parecido al paraíso en el mundo terrenal.

Él le sonreía ampliamente, tan afectiva y cálidamente como le era posible. Ella le estrechó con delicadeza, con amor y con el deseo de refugiarse entre su afable abrazo. No deseaba apartarse de él sin importar nada.

En ese instante, Aomine solameente ansiaba permanecer recostado a su lado, estrechándole entre sus brazos como si custodiara lo más frágil de este mundo.

—Daiki…—expresó quedito. Esos celestes ojos estaban mirándole fijamente. Sus rostros estaban tan próximos que su respiración ya formaba parte de la suya.

—Creo que es demasiado pronto para que te diga que hacer esto contigo me gusta más que jugar basquetbol, ¿no? —¿es que a ese hombre nada la cohibía? Quedaba claro que así era. Ella guardó silencio durante unos breves segundos antes de callarle con un tierno beso.